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Todo por el partido

Carlos Navarro Antolín | 15 de julio de 2018 a las 5:00

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SEGURO que muchas veces ha hecho usted de Paco Lobatón con personajes de la sociedad sevillana o andaluza a los que un buen día dejó de ver y de pronto se pregunta qué habrá sido de ellos. Alguna vez habrá entonado ese quién sabe dónde para preguntarse como aquel célebre programa de televisión, una interrogante que es como un certificado de defunción expedido por adelantado. “Habrá fallecido y se me pasó la esquela”, pensamos sin saber que a lo mejor nuestro personaje anda simplemente retirado. Tal decía el compositor Manolo Garrido: “Ya no me llaman, creerán que me he muerto”.

Dice el tabernero Jesús Becerra que no hay mejor publicidad que darse varios paseos por el centro a media mañana para que la gente se acuerde de que el negocio existe. Ese recurso es mucho más eficaz que cualquier cuña de radio de las que emiten sobre su restaurante cuando está uno en pleno afeitado y anuncian los menús especiales, esos anuncios que terminan con un señor hablando muy rápido –a lo Antonio Ozores– para precisar que las consumiciones en barra no están incluidas. Por cierto, después de esos anuncios matinales siempre ponen la cuña publicitara del Opel Divisa con un señor que tiene toda la voz de Javier Arenas, ¿se han fijado? ¡Cómo nos vende el coche! Sobre Arenas, por cierto, no hay que entonar ese quién sabe dónde. Todos sabemos dónde está Javié: moviendo los peones andaluces en el tablero del nuevo PP que saldrá del congreso extraordinario del próximo fin de semana.

Pero, por ejemplo, dónde están sus predecesores Gabino Puche y Hernández Mancha. ¡Quién sabe dónde! ¿Y qué fue de socialistas como Escuredo? ¿Dónde está, por cierto, uno de los grandes fontaneros del PSOE sevillano, Curro Rodríguez?

Curro Rodríguez (Sevilla, 1946) no estuvo en la histórica foto de la tortilla. Especulan con que estaría detenido por la Policía en aquellos años del No&Do. Sí aparece su mujer, Mari Martín, la única impar en la instantánea de aquellos jóvenes que hicieron la Transición y a los que Manuel del Valle inmortalizó en un pinar de La Puebla del Río a mediados de los años 60. Él está en otra foto histórica, la de la primera corporación democrática del Ayuntamiento de Sevilla, donde con ilusión y la experiencia adquirida en la empresa privada pilotó la modernización de la institución, esos retos que ahora se hacen con planes estratégicos y entonces se hacían casi con las manos y pagando algunos materiales del bolsillo particular, ¿verdad Javier Queraltó?

Curro es la fidelidad al PSOE por encima de todo, el partido al que llega de la mano de Alfonso Guerra. Es de esa vieja guardia que dice “el partido” a secas. Y no hacen falta más precisiones. Esa identificación absoluta con el partido ha sido fundamental para sobrevivir a los diferentes dirigentes. Hay quien dice que tiene las propiedades del corcho, como hay quien sostiene que su caso es simple y llanamente el de alguien que es fiel a las siglas por encima de secretarios generales circunstanciales. Si el PSOE cambia de dirección, Curro adapta el rumbo. Y punto.

Ha tenido diferentes trabajos en Madrid, desde en una imprenta hasta en una empresa distribuidora de bebidas espirituosas. En este segundo empleo se comenzó a forjar el perfil del Curro más exquisito. Un día alguien, viendo cómo este socialista dominaba el catálogo de licores escoceses, le espetó con sorna: “A los sociatas os gusta los buenos whiskys, ¿eh?”. Y Rodríguez sentenció en clave gaditana: “Yo soy rojo, no carajote”.

Su mujer es junto al PSOE su otra gran clave. Cuando Mari comenzó a tratar con los políticos de derecha en la primera corporación municipal, se le oyó afirmar: “Pues son buena gente”. En el Ayuntamiento fue concejal de 1977 a 1991 En una primera etapa fue delegado de Gobierno Interior y Escuelas. Muchos recuerdan que entonces confió en José Moya Sanabria las labores de director de área, una suerte de jefe de personal en un Ayuntamiento donde estaba casi todo por hacer. Moya no era un hombre precisamente del partido, sino un bético de derechas y hermano de la Esperanza de Triana. Y Curro era y es un sevillista, agnóstico y, al mismo tiempo, macareno. Cada cual tiene derecho a sus contradicciones.

En los años de la clandestinidad vivió junto a Alfonso Guerra un episodio de los que no olvida jamás. Estaban los dos una noche de invierno en los alrededores de Madrid manipulando una multicopista para preparar un reparto de propaganda política cuando la tinta de la máquina literalmente se congeló por el frío. El grajo volaba bajo en la capital.

En ese tramo final del franquismo, precisamente, fue detenido varias veces. En una una ocasión recibió una bofetada de un policía que le dejó afectado un oído para el resto de su vida. Curro siempre ha dicho que aquellos años veía que en las comisarías siempre le zurraban a los obreros y nunca a los “niños universitarios”. Ironías del destino, el mismo agente que le agredió terminó siendo su escolta en una procesión de la Virgen de los Reyes en la que participó como concejal. No sólo se negó a ir acompañado por aquel señor, sino que admitió que así fuera alegando su carácter democrático.

También en esos años complejos guardó discreción de los amores de un sacerdote con una feligresa en una barriada periférica. Incluso hizo de emisario entre las partes. El cura acabó colgando los hábitos. Mari le preguntó uin día a Curro: “Hijo, ¿tú sabías algo?”. Y cuentan que su mujer se llevó las manos a la cabeza cuando se fue enterando de los detalles: su marido había sido clave para que aquella relación de alto riesgo acabara cuajando. Esa capacidad de discreción ha sido clave para ser el fontanero de larga trayectoria que ha sido en el PSOE.

De Curro dicen que era un rojo que esos años se entendía muy bien con los concejales de la derecha, sobre todo con Manuel García y Javier Arenas. Siendo concejal de Policía y Tráfico (que así se denominaban las áreas), García hizo una pregunta por escrito al gobierno de Manuel del Valle. Era la corporación de 1987 a 1991. El correoso edil de la oposición se interesó por el número de patrulleros que cubrían la seguridad nocturna de la ciudad. Era obligatorio responder esas preguntas por escrito y leer las contestaciones en el Pleno. Rodríguez fue un día antes de la sesión plenaria a ver a García para avanzarle el contenido de la respuesta. Se llevó una sorpresa: ¡sólo dos patrulleros cubrían el servicio nocturno en una gran capital! El concejal del PP entendió que aquello provocaría una gran alarma. Cuando el alcalde Manuel del Valle pidió en el Pleno que se leyera la pregunta, García declinó la propuesta y alegó que su solicitud de información ya había sido atendida satisfactoriamente. Ahí quedó el asunto. El talante de estos dos concejales, uno del PSOE y otro del PP, se ve hoy como una reliquia en el mundo de la política de hoy.

Tras la etapa municipal asumió los planes de seguridad de la Exposición Universal. Este veterano del PSOE ha ido y vuelto tanto de la política como de la empresa privada con bastante facilidad. Rafael Vera, secretario de Estado de Seguridad, le confió la fundación de un sindicato de izquierdas dentro del cuerpo de la Policía Nacional. Fruto de aquella tarea, culminada con éxito, Curro controlaba el quién es quién de la Policía. Cuentan que llegó a hacer prácticas de tiro. Y que aquel período le generó posteriormente un empleo en una empresa del ramo. Ha sido tanto senador de relumbrón por Sevilla como asesor discreto y leal del alcalde Monteseirín. Se ha sabido llevar siempre muy bien con el empresariado, sobre todo con Ramón Contreras.

La vida es disfrutar del menú degustación de tapas en Casa Yebra, donde le guardan la mesa del rincón, la que está al fondo a la derecha. Come de todo menos garbanzos, porque dicen que estas legumbres le recuerdan un episodio trágico. Y para regar las viandas, siempre tinto. La vida es ser siempre ese señor de aspecto apacible, bajito como casi todos los de su generación y con la barba propia de un socialista moderado. Tan apacible que casi nadie se lleva mal con él. La vida son recuerdos de la conocida todavía como banda de los cuatro, la que elevó a Pepote Rodríguez de la Borbolla a su cima política: Pepe Caballos, Guillermo Gutiérrez, Miguel Ángel de Pino y el propio Curro Rodríguez. La vida es ilusión por una casa en Higuera de la Sierra, concebida como el retiro del guerrero, el lugar de recreo, tertulias, excursiones y lecturas de Jonh Le Carré. Este Curro tiene una notable inquietud cultural sin necesidad de haber pasado por las aulas universitarias. Se le nota su formación en las juventudes obreras católicas, donde se convirtió en lector de la obra de Santa Teresa y, a partir de ahí, incluso comenzó estudios en Teología. De las cosas divinas a las terrenales, tiene también afición por la cocina. Sólo los muy amigos de Curro han sido distinguidos con un plato de su receta de fabes.

Hoy es vicepresidente de la Fundación Persán, la compañía que preside José Moya Sanabria, aquel señor en el que confió para que la estructura del Ayuntamiento pasara del blanco y negro a la versión en color. Por supuesto, es el hombre de máxima confianza del PSOE en el consejo de la RTVA. Y para muchos sigue siendo Curro, el fontanero por excelencia de un partido que él conoció como defensor de la socialdemocracia y que hoy no es reconocido ya ni por la madre que lo parió. A veces, precisamente, se podría preguntar quién sabe dónde quedó aquel PSOE de Felipe y Guerra, aquel partido que se entendía con los curas y con los sectores conservadores de la sociedad. Como este Curro.

El poder del frac

Carlos Navarro Antolín | 10 de junio de 2018 a las 5:00

ANTONIO PASCUAL

EL deporte es muy importante para los políticos. Son horas de ocio que, valga la rima, siempre se dedican al negocio, pero con el valor añadido de que se hacen fuera de contexto. Se hace política en todas sus vertientes (periodismo incluido) jugando al pádel en la Moncloa con Aznar, al baloncesto con el avieso Zapatero, o yendo de caminatas con Rajoy por las sendas gallegas. Hubo un tiempo que en Andalucía eran muy importantes los partidos de futbito de los lunes que organizaba el presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla, en el pabellón de Arquitectura de la Avenida de Reina Mercedes. Allí se citaban apellidos sonados de la política andaluza como Torres Vela, Recio, Zarrías, Pérez Cano… Los escoltas también jugaban. Un día logró entrar en tan selecto círculo deportivo un señor llamado Antonio Pascual Acosta (Jaén, 1951), el catedrático que debutó en el organigrama de la Junta de Andalucía al frente de la dirección general de Universidades, recién creada en aquellos años ochenta para gestionar las competencias recién transferidas por el Estado. Manuel Gracia era el consejero de Educación, pero sin mucho control de las universidades, por lo que el consejero de Presidencia, el catedrático Ángel López –siempre atento a los movimientos internos, corrientes de opinión y grupos de presión del mundo académico– propuso el nombre de Antonio Pascual. Y Pepote lo aprobó. Pascual terminó escalando a consejero de Educación cuando Borbolla hizo una crisis de gobierno y envió a Gracia a Gobernación. Con el tiempo, tras la marcha de Pepote, Chaves lo mantuvo en el gobierno, pero como consejero de Industria. Fue una etapa corta. Año y medio. Como Zoido en Interior. Cuentan que pese a la brevedad del período, Pascual le sacó muchísima rentabilidad a aquellos días por los contactos personales que hizo con la entonces emergente cúpula de la patronal andaluza, sobre todo con Rafael Álvarez Colunga (1937-2008). Siendo consejero de Industria desembarcó ya para siempre en el mundo de la clase dirigente empresarial. La trayectoria pública de Pascual está estrechamente vinculada a la figura del Lele Colunga.

Pascual era y sigue siendo uno de los fijos en la plantilla de los actos sociales de la ciudad. Es un jiennense del PSOE que parece un sevillano del PP. Es el Luismi de los socialistas, alguien que hace años que dejó los cargos públicos (como Martín Rubio) pero que sigue estando en todas las entregas de premios, foros empresariales de diverso pelaje, conferencias de postín en Cajasol (donde a Pulido no se le va un detalle), desayunos de políticos variados en el Alfonso XIII, retiros (no espirituales) para directivos, funerales de media mañana, cafés en Antares, y toda esa lista de citas en las que lo importante no es lo que se dice en los estrados o presbiterios, sino lo que se cuece en las cocinas o fogones.

Hay una máxima que no falla en la Sevilla de los últimos 25 años. Usted sospeche del anfitrión de cualquier convocatoria de pretendida resonancia si Antonio Pascual no está entre los invitados. Es como lo del jamón del pobre. O el pobre está malo, o lo está el jamón. O al acto va Pascual, o es un acto sin resonancia, de medio pelo.

Pascual controla algo tan serio como la luz en virtud de su condición de patrono de la Fundación Endesa. Y eso es muy peligroso. Pascual controla o interpreta las encuestas electorales, como alto mando del denominado Centro Andaluz de Prospección. Y eso también es muy peligroso. Y Pascual tiene una vara reservada en sitio preferentísimo en la cofradía de la Universidad, a la que se apuntó en 1980. Y eso son ya palabras mayores. Pascual está en todos los guisos. Pascual es ese señor que empezó a usted a ver en Telesur y que de pronto aparece en la toma de posesión de un ministro de diseño (o ministra) de Pedro Sánchez. Todo pasa, Pascual permanece. Como Luismi. El poder del corcho.

En las encuestas del organismo que preside Pascual casi siempre ocurre como en las elecciones de los pueblos: gana el PSOE mientras no se demuestre lo contrario. Pascual manda hacer una encuesta y ya están removiéndose los del PP más que de aquí al congreso extraordinario de julio. Los del PP andaluz telefonean a Pascual para preguntar cómo está el paciente, perdón el partido, y dicen que Antonio les contesta como el del chiste del abogado y el preso en el locutorio: “Lo tuyo va bien, pero si puedes te escapas. Agárrete ligero un escaño en Madrid o lo que sea”.

Pascual es ese señor de pelo caoba que siempre tiene una encuesta para usted. Como siempre tiene a punto el frac para los actos pomposos de la Academia que preside, dada en llamar Academia de las Ciencias Sociales y del Medio Ambiente de Andalucía, un tinglado creado por decreto del presidente Chaves en 1993, siendo consejero de Educación… ¿Saben quién? Tachín, tachín… [Redoble de tambor]… ¡Antonio Pascual! Exacto. Dicen que en los estatutos apócrifos se refleja que se funda para que Pascual pueda amortizar el frac que tiene en propiedad.

–¿Pero qué es lo que tiene en propiedad: la Academia o el frac?
–El frac, so malpensado.

Las academias se mantienen hoy como Mercasevilla. Por no cerrarlas. Con tantas universidades, que hay más que cofradías de vísperas, y el suministro de alimentos de las grandes poblaciones más que asegurado, hay entidades que carecen ya de sentido. Salvo, claro está, que sea para amortizar chaqués y organizar saraos de admisión de nuevos miembros con derecho a fotografía. Anda que no presumió nada don Antonio cuando recibió como académica a doña Amparo Moraleda (Madrid, 1964), entonces presidenta de IBM. Pero de la IBM de verdad, no de los “y veme por esto y veme por lo otro” que hay por Sevilla a manojos dando barzones.

Este Pascual es también conocido en ciertos círculos como el ginecólogo andaluz, porque dicen que como patrono de la Fundación Endesa ha ayudado a dar más (a) luz que el doctor Chacón. Si el IAPH controlado por los socialistas se ha hartado de restaurar cristos y vírgenes, Pascual se ha hinchado a iluminar templos y catedrales. Hágase la luz. Y allí está Pascual apretando botones para activar los leds más modernos del mercado y generar la felicidad de obispos, párrocos y cofrades. Desde que el presidente Pepote alcanzó un convenio inédito de colaboración con el Arzobispado de Sevilla en materia de conservación del patrimonio histórico-artístico, socialistas como Pascual han seguido sin complejos la senda de la colaboración con la Iglesia. ¿A cuántos botones de encendido le ha dado Pascual para alumbrar ojivas, altares y torres? Pascual siempre ha tenido muchas luces… largas. Ser patrono de la fundación Endesa es tener asegurada la buena fama en Sevilla con poco que se haga, como Julio Cuesta con la Cruzcampo. La fuerza de la luz, la fuerza del tirador. Llena ahí. Son cargos amables y de relumbrón, de repartir caramelos como un rey mago en una cabalgata que dura todo el año.

La vida es ser un miembro orgulloso de la asociación de aficionados al tinte capilar de color caoba. En Sevilla crece el número de celebridades que gastan esta tonalidad. Del blanco al caoba. De Pepote a Chaves. De Jaén a Sevilla. La vida es tener un hermano gemelo que suele recibir muchos saludos por error. Te lo encuentras por la zona de la Magdalena, lo saludas y te llevas un chasco: “No, no soy Antonio”. La vida es ser consejero de Educación de la Junta con una apuesta personal por colegios privados y religiosos, al igual que Susana Díaz tiene miembros en su gobierno que apuestan por la enseñanza privadísima en sus parcelas no menos privadas. La vida es ser la cara más amable de la beautiful people de aquel PSOE de los 90. La vida es ofrecer un trato cercano al prójimo, ser solidario al trabajar para organismos benéficos y recordar a Álvarez Colunga –su gran descubridor– en almuerzos periódicos con otros afines en Becerrita. La vida son recuerdos de las celebraciones en el campo del Lele en Olvera (Cádiz), donde Pascual coincidía con Javier Arenas, o de las del santo del Lele y Miguel Gallego, organizadas conjuntamente en el club de enganches a finales de septiembre. La vida es que la clase política andaluza te pida opinión. Pesarán después más o menos sus dictámenes, pero se la piden.

Taurino, fumador de puros, bético, nazareno del Martes Santo. Los escrutadores dicen que solo se nota que no es de Sevilla en que luce un puntito largas las mangas de la chaqueta y un poquito alevitado el faldón. Colmillo se llama. O envidia, porque lo susurran quienes no tienen frac. Pascual transmite alegría pese a los golpes de la vida. Hace poco que el cardenal Amigo lo refirió en un círculo muy privado como ejemplo de fortaleza personal y a algunos de los asistentes se le bañaron los ojos.

Pascual es ese señor en el que uno piensa al recordar aquello que repetía machaconamente el profesor de Matemáticas del extinto Bachillerato. “Quien controla las raíces cuadradas tiene más opciones de llegar lejos en la vida. O, al menos, de que no lo timen cuando compra el pan”. Pascual sabe hacer raíces cuadradas… Pero tela de cuadradas. Del futbito al frac. Del blanco al caoba. Del Telesur a La Sexta. De Pepote hasta Susana.

El andaluz inglés

Carlos Navarro Antolín | 8 de mayo de 2016 a las 5:00

LUIS URUÑUELA
EN Sevilla hay gente que sabe hablar sin voz tronante y que sabe ir vestida en tiempos de calores sin necesidad de hacer el indio, enseñar las uñas de los pies o emitir olores de autobús en hora punta. Sí, las hay. Son de una cofradía civil selecta por minoritaria. A este tipo de gente los llaman señores hasta los que tienen pinta zarrapastrosa. Es curioso. Es un ejemplo de autoexclusión inconsciente. Estos señores, como así los llama la gente, han estado incluso en la política, que hoy es un cultivo idóneo para los sin oficio, los de pensamiento epidérmico y los cautivos del titular del periódico digital que cambia cada dos minutos a golpe de f5. En Sevilla hay sevillanos que no lo parecen porque no pegan voces, no anidan en la crispación cotidiana, no tratan de colarse al subir al tranvía, no exhiben los sobacos en agosto, no descansan los pies en lo alto de un velador, dejan pasar al público en una bulla de Semana Santa y no tratan de aparentar ser catedráticos de todas las materias. Los sevillanos que no parecen serlo pueden ser quizás los mejores sevillanos, estirpe de la mejor estirpe, que diría el pregonero cursi, una especie de aristocracia que habría que proteger como linces de Doñana. Aman la ciudad, viven la ciudad, están dentro de la ciudad a todos los efectos, pero no te dan la vara cada cinco minutos, ni su intenso grado de integración impide una visión más allá de los límites del tranvía más corto del mundo.

Luis Uruñuela (Sevilla, 1937) es uno de esos sevillanos que no lo parecen. Encaja más bien en el perfil de un andaluz inglés. Un inglés andaluz en meses de abrigo y en tiempos de mercurio alto. Fue alcalde de 1979 a 1983, cuando el Ayuntamiento pagaba nóminas a gente que literalmente no aparecía nunca por su puesto de trabajo. Un Ayuntamiento en bancarrota en una ciudad por revitalizar, donde todo estaba por hacer y donde existían dos fuerzas descaradas que presionaban en sentidos opuestos. Unos no querían que nada cambiara, veían rojos peligrosos con tridentes y cuernos en cada esquina, y otros apostaban directamente por irrumpir en las instituciones, destrozar todo lo anterior, incluido lo que de bueno pudiera haber. Uruñuela fue la moderación necesaria en tiempos convulsos, en una ciudad de casitas bajas, sin instalaciones deportivas, con una Carretera de Carmona colapsada por el tráfico de Huelva y Madrid, un parque móvil donde el Seat 127 era el reyezuelo de la selva entre autobuses azules y blancos con franja roja, y todavía elegantes taxis negros con franja amarilla. Resulta curioso hoy que aquel alcalde señor fuera visto como una amenaza por los sectores conservadores, que tuviera que soportar que algunas cofradías no hicieran la parada de respeto a que están obligadas ante la presidencia de la ciudad en la Plaza de San Francisco. Pero aquella ciudad no comprendía entonces que Uruñuela, procedente de los movimientos de Acción Católica, se hubiera entendido con los comunistas, como pocos años después no entendió que monseñor Amigo vendiera San Telmo al rojerío del PSOE.

Stefan Zweig dejó escrito en Momentos estelares de la humanidad que hay instantes que tienen una trascendencia irrevocable. Un “sí”, un “no”, un “demasiado pronto” o un “demasiado tarde” pueden cambiar de forma definitiva la vida de una persona, la de una sociedad e, incluso, la de la historia. Corría el año 1979 cuando el resultado de las elecciones municipales dejó abierta la posibilidad técnica de un acuerdo entre las fuerzas de izquierda para hacerse con el control de los ayuntamientos de las capitales andaluzas. El PSOE de José Rodríguez de la Borbolla, en adelante Pepote, el PSA de Ladislao Lara y Alejandro Rojas-Marcos, y el PCE de Fernando Soto negociaban para dejar fuera de los sillones a los candidatos de la UCD de Suárez. O todo o nada. O puerta grande o enfermería. El PSOE estaba dispuesto a garantizarse la Alcaldía de todas las capitales menos la de Sevilla, la cual cedía a los andalucistas a cambio de que éstos permitieran al PSOE coger el bastón de alcalde de Granada. Un cambio de estampas en blanco y negro que hoy pasaría por un juego de tronos a todo color. Pepote andaba una tarde de negociaciones con los comunistas en la sede de la calle Teodosio cuando decidió telefonear al secretario general de su partido, Felipe González, para reclamar la bendición superior a los pactos de izquierda. Felipe dio el visto bueno a todo. No puso un pero. El socialista Rodríguez Almodóvar, cabeza de lista municipal, se tendría que conformar con la primera tenencia de Alcaldía y ceder la vara de mando al andalucista Uruñuela. Pepote tenía claro que Sevilla acabaría cayendo bajo el control del PSOE más pronto que tarde, como así ocurrió. Felipe remató aquella conversación sin ningún atisbo de pena por perder la plaza de Sevilla: “Además, Uruñuela será un buen alcalde”, sentenció. Minutos después, Alfonso Guerra, vicesecretario general del PSOE, trató de localizar a Pepote para deshacer el acuerdo. Pero Pepote no se puso al teléfono. Guerra insistió, buscó intermediarios en tiempos en los que no existía la telefonía móvil.

–Pepe, que es Alfonso, que quiere hablar contigo, que te pongas por favor.
–No me voy a poner. Ya sé lo que quiere y yo ya he hablado con Felipe.

En la trayectoria de Sevilla, de Uruñuela, del PSOE y del PSA, aquel fue un momento estelar. Si Pepote se hubiera puesto al teléfono, la probabilidad del vuelco se hubiera disparado, los acuerdos políticos podrían haberse deshecho, la historia, en fin, podría haber sido otra muy distinta. Pero dejó a Guerra esperando. Y Uruñuela comenzó una etapa de cuatro años en los que sufrió. Vivió el gran momento de recibir al Papa Juan Pablo II; pero también las zancadillas de su primer teniente de alcalde, que dicen que aprovechaba para sentarse en el sillón principal del Pleno tan pronto como Uruñuela se ausentaba por el menor motivo. A Uruñuela le dieron por todos lados: sus supuestos aliados políticos, la ciudad que no quería modificaciones sustanciales ni en su vida cultural (que era un páramo en los estertores del franquismo) ni en sus fiestas mayores. Soportó el bochorno de una caseta municipal abierta a todo el público, un público que interpretó a su particular manera el todos somos iguales de la democracia recién estrenada, y tuvo que remangarse y poner orden al año siguiente para impedir ciertos espectáculos poco edificantes bajo las lonas. El modelo de Feria actual procede en buena parte de los cambios impulsados en aquellos años.

Una decisión que refleja con nitidez el talante de este alcalde es que siguió vistiendo el frac en el cortejo de la Hiniesta, como habían hecho sus predecesores. No quiso romper con la etiqueta de mayor gala usada por los alcaldes en ciertos actos. Siempre tuvo claro que la institución estaba por encima de cualquier coyuntura y que los cambios debían ser con sosiego. Tenía quizás una visión utópica del poder. Se encontró arañas en la tesorería, por lo que no pudo pagar las subvenciones a las cofradías. Se inventó entonces el modelo que sigue hoy en uso. El Ayuntamiento no paga de forma directa, pero cede el espacio público para que las cofradías lo exploten mediante la instalación de sillas y palcos. El Ayuntamiento se libró del mochuelo y las cofradías quedaron contentas.

La infancia son recuerdos de una casa familiar donde la Semana Santa estaba ligada a San Roque y Los Negritos con cortejos de menos de 300 nazarenos. La juventud son recuerdos de una sólida amistad con Felipe González. Sus respectivos padres ya se conocían. Uruñuela tramitó los papeles para la boda de Felipe con Carmen Romero, pero no intervino como apoderado en la ceremonia, tal como aseveran algunos tratando de crear leyenda. La vida son recuerdos del SEU en la Facultad de Derecho, de un activismo dentro del régimen, nunca desde fuera. Son años de colaboración con el cardenal Bueno Monreal promoviendo foros de pensamiento donde quedó frustrado el intento de traer como invitado al discutido filósofo José Luis Aranguren. La vida es creer en una Andalucía dentro de España, un nacionalismo no excluyente y, por tanto, nunca asimilable al separatismo catalán o el vasco. La vida son recuerdos de un concejal de Cultura y Fiestas Mayores, José Luis Ortiz Nuevo, de aspecto desaliñado y que solía llegar tarde a los actos para enojo del alcalde. La vida es tener claro que en tiempos convulsos lo que se precisa, sobre todo, es que el edificio del sistema no se caiga y, en definitiva, evitar la acción de los bochincheros y alborotadores. La vida hoy es seguir al frente de la escuela universitaria que creó como centro de nuevas profesiones tras dejar la política. Si cada político en retirada fundara una empresa como la que levantaron Uruñuela y Nicolás Valero, el paro en España no abriría los teledarios. Qué poquito tiene que ver Uruñuela con el niñateo zarraspastroso de la política de hoy, las fotos de mariscadas pantagruélicas, los paseíllos por los juzgados, los papagayos del argumentario y los gabinetes que diseñan cómo hay que repartir los abrazos. La vida hoy es un palco en primera fila en la Plaza de San Francisco, único legado que le queda como alcalde, donde este inglés andaluz se mantiene de pie al paso de una cofradía de la vida donde no han faltado las cruces más dolorosas ni los cirineos más fieles.

La fe y las milhojas

Carlos Navarro Antolín | 20 de diciembre de 2015 a las 5:00

ANTONIO OJEDA
HAY obispos y cardenales que no pueden ocultar el cura de pueblo que llevan dentro por muchos oropeles que luzcan y por muchos secretarios y gentileshombres que revoloteen a su alrededor. En muchos momentos hasta se entristecen en la fría soledad del mando y buscan el calor del hogar de ese feligrés que siempre tiene un cubierto disponible para el sacerdote. Hay altos directivos de empresas a los que se rasca el Dustin multiusos y siempre aparece el espíritu del currelante que fueron en sus inicios, siempre dejando la mesa ordenada cada viernes por la tarde, con todo el material a punto para arrancar la jornada del lunes con la mayor diligencia y oficio. Hay gerentes de hospitales que, consagrados a la política sanitaria, política al fin y al cabo, echan de menos mirar a los ojos del paciente, ejercer la técnica del diagnóstico y vivir la satisfacción que proporciona la sanación del enfermo. Hay directivos de emisoras de radio que un día fueron reporteros y que hoy estudian ajustes de plantilla mientras añoran el micrófono, hay altos mandos militares encadenados a la melancolía de un despacho a los que el gusanillo de las maniobras en Cerro Muriano o Montejaque siempre provoca inquietud, el movimiento de ese gusanillo del que hablan los toreros de coleta cortada. Hay un momento en toda vida profesional que el ascenso en el escalafón supone el alejamiento de ese oficio vocacional por el que el profesional se siente realizado, alcanza la dignidad y consigue ser lo más importante: persona. La subida, ironía del destino, aleja de la vocación y supone, siempre, una aproximación a la política.
Antonio Ojeda Escobar (Escacena del Campo, Huelva, 1941) es notario de profesión, socialista de carnet por la provincia de Jaén, pues ejerció de fedatario en Villacarrillo, donde coincidió con un joven juez llamado Baltasar Garzón; y entre sus pasiones, además de la vida pública en los años más intensos y románticos de la política contemporánea española, figuran dos por notoriedad, nunca mejor dicho: la lectura y los dulces.
Un día sonó el teléfono de un importante abogado sevillano.
–Te llamo porque tú eres buen amigo de Ojeda, el notario. Es que estaba esperando un taxi en la Magdalena y me he quedado muy extrañado. He visto cómo tu amigo se ha pasado un rato largo mirando un escaparate con mucho interés, muy concentrado.
–¿Antonio? Estaría viendo si hay trencas nuevas en Derby.
–No, no… Se ha pasado veinte minutos contemplando los dulces de la confitería de al lado.
Antonio Ojeda ama los libros, el recorrido pausado por las estanterías de ensayos, tanto como las milhojas de cubierta rosa de Ochoa. Se sigue concentrando ante las páginas de un tomo sobre filosofía o pensamiento con la paciencia de un opositor. Y disecciona las milhojas con precisión de cirujano: la capita rosa para un lado, el hojaldre para otro.
El PSOE ha tenido su capellán, que era el inolvidable Manuel Benigno García Vázquez, como tiene su tabernero, Juan Robles, y como tiene su notario de referencia, que es este don Antonio que nunca ha cobrado aranceles ni a los partidos políticos, ni a hermandades, ni a congregaciones religiosas de cualquier tipo. Probablemente sea el último socialista con trenca y pantalón de pana en los días de invierno, de invierno en el calendario y de invierno para un partido que se va poco a poco calentando como el planeta, sin cumbre posible que busque acuerdos para enfriar algunos ánimos desesperados. Ojeda ha formado parte de la jet del PSOE de los años de la Transición, gente que sigue siendo leal a las siglas del partido cuando son requeridos para alguna consulta, pero que difícilmente encontrarían hoy encaje en una política controlada por los aparatos, con jovenzuelos trepando con cuchillo en boca, brincando de machito en machito, acabando la carrera de Derecho a golpe de recomendaciones, y con mucha militancia de escaso nivel cultural y de excesiva beligerancia en las redes sociales. Expresado en un brochazo: Ojeda no es hombre de esas cosas.
La política no es hoy el lugar para los hombres cultos, de espíritu inquieto, ni por supuesto para los deseosos de ganar dinero. Dijo Rajoy en el cara a cara tabernario, de serrín y colillas en el suelo, que cuando más dinero ha ganado en su vida fue en el ejercicio de su profesión: registrador de la Propiedad. El gallego ha estado siempre corto de guita, como todo político. Que le cuenten a Ojeda el coste que supuso dejar la notaría varios lustros para ser desde viceconsejero a presidente del Parlamento de Andalucía –sesión constituyente en el Alcázar incluida– pasando por senador y muchos otros cargos. Hasta que se fue para no volver. Se marchó de la política para volcarse en su profesión. No había puerta giratoria, sino un puesto de trabajo ganado en años de estudio a la luz de un flexo en la pensión. Olvidó la vida de partido.
Dicen que en los años del boom inmobiliario había que pedir la vez en una notaría con más colas que una tienda de capirotes de Alcaicería en cuaresma.
–A este hombre tiene que irle muy bien. Aquí tienen que entrar tela de jurdeles.
–Pero de donde de verdad saca es de la reventa de los paraguas olvidados…
La vida es un cinco de enero en la cola de Ochoa para recoger el roscón de reyes. Son tres abonos en el balconcillo de sombra de la plaza de toros, desde cuya baranda casi se sale por culpa de los pies clavados en el albero de José Tomás ante un torrealta. La vida es un consejo a los alumnos que prepara sin cobrar un euro: “La vida de opositor es una vida de cabrón, hay que salir de ella cuanto antes”. La vida es la admiración discreta de la belleza:en la serenidad del rostro de una mujer, en el dibujo de un cuadro hiperrealista, en el tiempo detenido de la faena a un toro. La vida es un paseo por la calle Velázquez camino de La Casa del Libro. Una larga charla con Pepote Rodríguez de la Borbolla, que para eso Ojeda es una suerte de presidente de la apócrifa Asociación de Amigos de Pepote, donde hay gente de pelaje ideológico tan variado como un encierro de Prieto de la Cal. Y la vida, ay, son tardes de Semana Santa con Juan Moya Sanabria, su director espiritual en la sombra de la amistad, como son caminos del Rocío, siempre a pie, con Pepe Moya, Jaime Artillo y El Triana.
Por muchos altos vuelos que haya dado este veterano del Derecho, compañero de aula de Felipe González y Gerardo Martínez Retamero. Por muchos despachos de ministros que haya frecuentado como máxima autoridad del notariado español, negociando nuevas leyes y ganando competencias para el gremio. Por muchas ceremonias académicas con frac que haya vivido, por muchas audiencias con pontífices romanos en las que haya estado, por muchos cargos que haya desempeñado, incluso en su amado Real Betis Balompié, y por muchas últimas voluntades de grandes personajes que haya recogido en testamento, este maestro de notarios será siempre un hombre de pueblo que se pierde por un guiso, sobre todo de garbanzos de Escacena; por la cola de toro desmenuzada, por los tacos de ibérico que sólo cortan para él en casa de Enrique Becerra, cuando la pata es casi todo hueso, que es justo cuando sale el jamón más sabroso, y por los ferrero rocher de postre de Trifón. El hombre de pueblo con trenca y gorra, con la bolsa de la Casa del Libro en una mano y la de Ochoa en la otra. El hombre de pueblo que sigue teniendo cuenta abierta en Cañete, modalidad de pago en desuso. El hombre de pueblo que abre el despacho el sábado y el domingo, como un tendero de confianza, para firmar las escrituras de urgencia, o para tomarle temas a un opositor.
La infancia son recuerdos salesianos. La juventud es la forja del opositor en la austeridad de una pensión. La madurez son las luces y sombras de la política. El libro, la fe pública, la milhoja. El PSOE, el Betis y la trenca. Oír, firmar y callar.
Ama tanto los libros, que literalmente les puso un piso. Tiene una vivienda exclusivamente dedicada a la guarda y custodia de libros. Rajoy pierde dinero en política. Ojeda nunca revendió los paraguas. El hombre camina con un leve balanceo y a la velocidad marcada de un paso de palio de cofradía seria. Por detrás, un currículum de estudio, exento de intrigas. Por delante, libros que seguir leyendo. Y en una bolsa, una bandejita de milhojas para endulzar una tarde de fútbol o, simplemente, la existencia.

El cardenal libre

Carlos Navarro Antolín | 9 de agosto de 2015 a las 5:00

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AQUEL mediodía del 25 de noviembre de 2009 el guardia de seguridad del palacio abrió la verja para que saliera por última vez el coche de carrocería metalizada que por seguridad tenía asignado monseñor Amigo (Medina de Ríoseco, Valladolid, 1934) desde hacía años, desde los tiempos en que los encapuchados de la serpiente, escocidos por su valiente homilía en el funeral de Jiménez Becerril en 1998, le dejaron en el buzón una amenaza con los gráficos de sus recorridos habituales. Al volante iba el fiel y eficaz secretario personal, Pablo Noguera, que tiró por Mateos Gago para salir del casco antiguo y tomar la salida hacia Madrid. Al dejar la circunvalación de Écija, el cardenal mandó parar el vehículo. Una breve pausa sirvió para telefonear a un amigo personal, de los escogidos que participaban en el almuerzo privado de cada festividad de San Carlos Borromeo: “Sólo para anunciarte que en este justo momento salimos del término de la diócesis de Sevilla”.

El cardenal se fue demasiado pronto. Una cosa es que todos los prelados están obligados a presentar su renuncia al Papa al cumplir los 75 años, y otra muy distinta es que se le acepte en menos tiempo que se hace un café expreso. La Iglesia de España estaba hipercontrolada entonces por un personaje que despierta escasas simpatías hasta entre muchos católicos: el cardenal Rouco Varela. El cardenal Amigo siempre ha sido un verso libre en sus casi 30 años de titular de la archidiócesis hispalense. No se alineó nunca con sectores específicos de la Conferencia Episcopal, menos aún con la línea dura que combatió contra Zapatero alternando las pancartas contra sus leyes sobre el matrimonio homosexual y el aborto, con las tazas de caldito en la Nunciatura para limar asperezas. Baste un detalle: Don Carlos no fue a concelebrar una misa por la familia convocada en Madrid como acto masivo contra las políticas del gobierno socialista en los años de las cejas. Tampoco acudieron destacados sacerdotes de la diócesis, que incluso no ocultaron sus opiniones críticas con el proceder de Rouco.

Tan libre se ha sentido que siendo obispo de Tánger, el gobierno de Franco le indicó que no era conveniente que recibiera con mucho boato a Don Juan de Borbón. No hizo caso de la directriz. Muchos años después, dicen quienes saben que Don Juan le advirtió a su hijo, el ya Rey Don Juan Carlos, que no debía quedar en el olvido el trato afectuoso que Don Carlos Amigo siempre dio a la“familia” en tiempos de turbulencias. La Casa Real fue clave para un ascenso insólito: de Tánger a Sevilla.

Esa libertad de acción –que le llevó a “comprender” las huelgas generales y a solicitar leyes justas para los transexuales– pasó factura a este fraile que llegó a Sevilla procedente de Tánger recién terminado el Mundial de Naranjito. Su primer secretario fue el hoy canónigo Ángel Gómez Guillén, en cuyo Seat 127 de color amarillo sin aire acondicionado se recorrió aquel verano los pueblos de la diócesis. Tan libre se ha sentido siempre que en Tánger presidió el funeral por Francisco Franco y en su primera etapa en Sevilla quiso ir a conocer personalmente al cura Diamantino, líder jornalero, fundador del SOC y encasillado en las antípodas de la ortodoxia católica. Monseñor Amigo y Diamantino entablaron amistad, cultivada en almuerzos preparados por la madre del conocido como “cura de los pobres”. Diamantino murió con 51 años. Don Carlos presidió un funeral masivo en la Parroquia del Cerro, con los bancos repletos de jornaleros de Martín de La Jara y Los Corrales, dirigentes y militantes de Izquierda Unida y del PSOE, y con Soledad Becerril entre ellos. En la homilía defendió su forma de entender el ejercicio de su ministerio pastoral: “Las opciones de Diamantino permanecerán vivas como opciones a imitar”.

Nunca dejó de ser fraile en sus años en Sevilla. Se levantaba a las 05:30 y acudía al comedor entonando oraciones que recreaban el ambiente de un refectorio monacal en un palacio barroco.

Mandar ha mandado mucho. Con energía y cuota de genio. Cuando se enojaba, siempre se le pasaba rápido y se refería con humor a que tenía una “tarde vallisoletana” en contraposición al carácter “trianero” del interlocutor con el que hubiera tenido la discusión. Con el poder socialista se ha entendido siempre con armonía, hasta el punto de provocar ceños fruncidos en la Sevilla más conservadora. Otra muestra de su libertad de criterio fue sentarse a negociar la venta del Palacio de San Telmo, una operación que se bautizó como cesión institucional del Palacio a la Junta de Andalucía, pero que destacados expertos en Derecho siguen considerando que se trató de un negocio de “difícil calificación jurídica”, pues, entre otras singularidades, hubo que saltarse la voluntad de la Infanta María Luisa de Orleans –expresada en su testamento– que cedió San Telmo a la Iglesia de Sevilla en 1896 siempre y cuando sirviera como centro de formación para los futuros sacerdotes. La Junta y el Arzobispado protagonizaron unas negociaciones complejas. A un lado de la mesa, Javier Torres Vela, por la Administración autonómica. Al otro, el canónigo Manuel Benigno García Vázquez, miembro del “tridente rojo” de la Diócesis (junto a los inolvidables Juan Garrido y Francisco Navarro). El Vaticano tardó en emitir un dictamen favorable a la enajenación del palacio. El Cabildo Catedral, para colmo, se pronunció en contra de la venta (19 votos en contra, siete a favor y uno en blanco, más un precioso voto particular de Gil Delgado , un texto considerado como una joya de la fundamentación jurídica). El clero local vivía su particular cisma. Quizás ha sido la última vez que el Cabildo –históricamente celoso de su autonomía– se ha opuesto a los planes de un arzobispo. El presidente andaluz, José Rodríguez de la Borbolla, comenzó a impacientarse. La negociación se atascaba. Cada día aparecía una piedra nueva en la travesía. Cogió el coche oficial y se plantó en el Palacio Arzobispal. Don Carlos lo recibió con toda amabilidad y le dijo que sí, que la cosa iría hacia adelante, que ya se irían moviendo los papeles. Pero Pepote no se reprimió:

–Verá usted, Don Carlos. Ocurre que usted gobierna para la eternidad y yo para cuatro años. Y ocurre que detrás de usted vendrá otro como usted que los domingos seguirá leyendo las mismas circulares que usted. Pero detrás de mí no sé yo quién vendrá ni lo que leerá o dirá, así que o cerramos nosotros la operación, o…

Y en 1989, un año antes de que Pepote dejara la Presidencia, se firmó una venta maquillada como cesión. La Sevilla Eterna se echó las manos a la cabeza. ¡Un arzobispo entregando el Palacio de San Telmo a los rojos! Entre las contraprestaciones hubo mil millones de pesetas como dotación inicial de la Fundación Infanta María Luisa. Los patronos de esta entidad eclesiástica pusieron a rentar el dinero en un fondo de inversión de alta volatilidad gestionado por el BBVA privanza. Una pequeña parte de los fondos se fueron a cierta isla conocida por ventajas fiscales de las que conducen a otro tipo de paraíso. Cuando trascendió la información, monseñor Amigo, lejos de enojarse, aludió a la parábola de los talentos. La verdad es que pocas veces se ha molestado con la prensa por delicadas que fueras las informaciones. Sigue teniendo buena prensa y ha sabido siempre hacer uso del tremendo eco que genera haber sido titular de la Sede de San Isidoro.

Con los años, por cierto, el cardenal se ofreció a presidir la boda de Pepote con Gracia ante el Cristo del Calvario, en la intimidad de una Magdalena a solas, sin invitados ajenos a la familia. “Así deberían ser todas las bodas”, le dijo al ex-presidente.

En las vitrinas de su largo pontificado hay imágenes de dos estancias del Papa en su casa (1982 y 1993), una boda real (1995), la venta de otros bienes inmuebles como la Escuela Francesa, una designación como cardenal (2003), una homilía en al altar mayor de la Catedral, con el Ejecutivo de Aznar en primera fila, que por su contundencia dejó en evidencia al entonces ambiguo y pusilánime clero vasco; la participación nada menos que en dos cónclaves en la Sixtina; un puñado de libros, decenas de premios, reconocimientos y coronaciones…

La vida es mantener a toda costa la hiperactividad que es marca de la casa. Por la mañana, confirmando jóvenes en una parroquia de barrio, a mediodía en un almuerzo en una casa particular y por la tarde saliendo a la provincia a presidir una función principal. Cuando se fue de Sevilla, se llevó el especial cariño de dos colectivos: los presos a los que visitaba con frecuencia, y el reconocimiento público de colectivos de gays y lesbianas que le concedieron el premio Arco Iris en 2006 . Hasta Carla Antonelli, que no es precisamente de altar y coro, lo despidió agradeciendo públicamente sus opiniones favorables a un trato serio –“sin frivolidades”– hacia las personas de distinta condición sexual.

Si el Papa Francisco se hubiera revestido con sotana blanca unos años antes, muy probablemente no se hubiera producido un relevo exprés como el que se vivió en la diócesis de Sevilla, pues todo cardenal disfruta de tres, cinco y hasta siete años de prórroga al frente de la diócesis.

Un día le preguntaron en la intimidad de un despacho qué pasaría si al cerrar para siempre los ojos resulta que no sólo no aparece Dios, sino que no hay nada.

–Pues que me quiten lo bailado. ¡Y menudo baile es vivir con el gozo de la fe!