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Un corazón espléndido

Carlos Navarro Antolín | 30 de septiembre de 2018 a las 5:00

Araújo

EXISTE un tiempo real como existe un tiempo comercial. El reloj con su tic-tac y el calendario del que se caen las hojas nos marcan el paso de las horas y de los días. Es el tiempo real. La publicidad, los anuncios y los reclamos luminosos nos anticipan los nuevos períodos de consumo con tal intensidad que devoran el presente. En verano nos venden la vuelta al cole, en octubre los mantecados, en febrero los trajes de flamenca… La publicidad juega aviesamente con la denominada angustia anticipativa. Para consumir no hay nada como matar el presente, envejecer prematuramente lo que tenemos hoy para necesitar ya –de inmediato– aquello que acaso necesitaríamos en un mañana muy lejano.

José Antonio Sánchez Araújo (Sevilla, Alcalá de Guadaíra, 1944) es un profesional del periodismo, locutor de prestigio y larga trayectoria, que no vive el presente. Su estado es pensar continuamente en lo que ocurrirá en las semanas siguientes. Dicen que su cuerpo y su mente se guían por husos horarios muy diferentes. Basta un ejemplo: Araújo sale a pasear una mañana por una ciudad europea cuando se le oye reflexionar sobre las tareas que le aguardan en los días y meses siguientes, como si el partido de esa noche ya se hubiera celebrado. El partido ya no existe en su mente. El presente está continuamente amortizado en sus pensamientos.

Araújo se ha pasado media vida viajando con el Sevilla y el Betis hasta que se jubiló en 2009. Ahora solo lo hace con el Sevilla, club que lo tiene mimado, lo trata a mesa y mantel, y que le ha puesto su nombre a la sala de prensa como homenaje perpetuo. En sus tiempos de locutor acumulaba tal cantidad de puntos de la cadena NH y de Iberia que tenía para buenos viajes con muy poco gasto. Gran recolector de facturas, recibos y toda la documentación que sirva para ahorrar costes.

Soltero empedernido. Nadie le ha conocido con pelo. Más de comer que de beber. Maniático al que le gusta tenerlo todo amarrado. En su día se ofreció voluntario para hacer en directo la información del matinal de Radio Sevilla… nada menos que a las 6:30. ¿La clave? Así se aseguraba encontrar aparcamiento en el centro. Posee una cultura envidiable, sabe de casi todo, ha estado en medio mundo.

Cultivó un estilo muy particular, denominado Narrativa Araujo. Y era y es conocido como el Maestro Araújo desde que así comenzó a llamarlo Manolo Rodríguez en su etapa de Radio Sevilla. Dicen que muchas veces habla con sus propias faltas de ortografía, marca de la casa. “Está cormigo”, en vez de “conmigo”. O “Gorgue Cadaval”, en lugar de Jorge Cadaval. Tiene frases recurrentes para las retransmisiones. “¡Atención que viene un córner peligrosísimo!”. Todavía hay quienes se preguntan en qué se diferencia un córner de otro para ser unos lanzamientos más peligrosos y otros no tanto. Tiene otros clásicos en su narrativa: “…Y el árbitro pita la correspondiente falta”. “En fútbol no eleven nada a definitivo”. Una dicción trufada con un ceceo característico y con un timbre de voz que hoy sigue metiendo el cuerpo de sus interlocutores en el ambiente de tarde de domingo.

Por supuesto, si hay una cantinela con la que se identifica a Araújo es la del anuncio de los concesionarios de vehículos Ford: “Catrasa, Tysa y Ferrimóvil”. Miles de sevillanos recuerdan a Araújo intercalar las referencias a los tres establecimientos al retransmitir los partidos con un sonido opaco, casi sin fondo ambiental, propio de los años 80 y 90, cuando la técnica no era tan avanzada como la actual.

Su personalidad está muy definida. Siempre lleva la ropa justa en los viajes. Anda corto de complejos. Conserva en muy buen estado algunas prendas que suman muchos años y que usa de vez en cuando, como el chubasquero de Vía Digital. Combina la ropa con un estilo bastante particular donde los colores de los nikis pueden ser bastante arriesgados. Su estética personal está muy marcada por el uso del bolso masculino al estilo de Torrijos o del paraguayo Cayetano Ré. Hace un año que dio un pequeño paso en su adaptación a la mensajería digital. Inauguró el WhatsApp en su móvil. Todavía no sabe cómo instaló en su teléfono un sistema de mensajería sobre la evolución del Sigma Olomouc, el equipo al que se enfrentó el club de Nervión en las rondas previas de la Europa League. Araújo está ahora al día de todos los partidos de Liga del conjunto checo.

La vida es recordar su etapa de representante de Tampax. En cada farmacia a la que acudía a ofrecer los productos formaba una tertulia de fútbol. Es evocar aquellos partidos que en sus orígenes de locutor retransmitía desde una azotea para la emisora de su pueblo. O aquel director que le habló por primera vez de la FM, la Frecuencia Modulada donde se concentrarían los contenidos deportivos y musicales. La vida es comprar un imán de recuerdo de las ciudades europeas donde juega el Sevilla F.C. “No se te olvide lo del frigorífico, Miguel Ángel”, le dice a su compañero Moreno. Tiene carnet de conducir, pero no le gusta el volante a ciertas horas. Araújo tiene costumbres de obispo, pues sólo acepta la participación en actos nocturnos si el anfitrión se compromete a llevarlo a su casa por la noche.

La vida son largas estancias en Sabinillas (Málaga), donde ahora disfruta de todo el mar que no pudo gozar durante sus años en Radio Sevilla, cuando descansaba preferentemente los miércoles, el día de los “mandados”. La vida son amistades de muchos años como Luis Carlos Peris (¡Cuántos homenajes recibieron juntos tras jubilarse los dos el mismo año!), el macareno Juan Ruiz Cárdenas, el empresario Pepe Moya Sanabria, el torero Emilio Muñoz… Y, cómo no, el difunto Miguel Muñoz, el seleccionador que concentraba al equipo nacional en el hotel Oromana, el de los pinares, donde algunos recuerdan que Araújo entraba con rango de capitán general al ser íntimo del seleccionador y, además, estar en su pueblo.

Es pública su devoción por la Macarena y por Nuestro Padre Jesús, el Nazareno de su amada Alcalá. Cuentan que fue el primero en retransmitir la salida de la Virgen de la Esperanza para toda España, siendo Fontán el director general de la SER. Muchas madrugadas ha coincidido en las labores con Charo Padilla, la flamante pregonera. Un noche de Viernes Santo exclamó ante el micrófono: “El cielo tiene que ser algo muy parecido a lo que yo estoy viendo”. En otra ocasión, cuando la Señora salió sin palio camino de la Cartuja para la beatificación de Madre de la Purísima, Araújo dijo que el palio de la Virgen eran las cientos de estrellas que él vio por un instante en el cielo.

Inseparable de Pablo Blanco, director de la cantera del Sevilla F.C. Juntos comentan todos los partidos del equipo de Nervión desde la temporada 2013-2014 que retransmite Alberto Moreno, todos bajo la coordinación de Miguel Ángel Moreno.

Jamás olvida cuando tuvo que retransmitir por teléfono –desde la habitación del hotel– el partido que el Sevilla jugó en Salónica frente al Paok en la temporada 1991-92. La televisión funcionaba a base de monedas con tan mala suerte que se apagó cuando Diego Rodríguez lanzaba el penalti decisivo de la tanda. Araújo no tenía forma de saber el resultado del lanzamiento. Optó por cantar gol con todas sus fuerzas mientras el técnico de sonido buscaba una moneda griega. La imagen volvió a la pantalla y aparecieron los jugadores sevillistas abrazados. Araújo había arriesgado (y mucho) y acertó. Otro día, en un derbi, los béticos se enfadaron porque Araújo cantó con poco entusiasmo un gol del Betis. La verdad es que el técnico de sonido, ajeno al partido y entregado a la lectura de un libro, le acababa de echar las cenizas del cigarro en el pantalón.

No digiere bien ciertas servidumbres de la fama. No soporta ser imitado, pese a que sólo los muy grandes son remedados. Una de sus ilusiones es volver a retransmitir un partido oficial del Sevilla para pasar a la historia como el locutor de mayor edad, por encima del célebre Matías Prats. Siempre presume de orgullo salesiano hasta el punto de proclamar con fervor en antena tras un gol del Sevilla: “¡Gracias San Juan Bosco, gracias!”.

Araújo es un sevillista, muy sevillista, que goza del respeto del Betis. Es un periodista con buen cartel, que cae bien a todo el mundo. Fue pregonero de la Semana Santa de Alcalá y ha recogido varias medallas, desde la del Mérito en el Trabajo, junto a don Manuel Clavero y Rogelio Gómez Trifón, hasta la de la Provincia por acuerdo del Pleno de la Diputación.

Se vuelca en ayudar a los religiosos de la Orden de San Juan de Dios de su pueblo, donde se presta educación asistencial y laboral a personas con discapacidad intelectual gravemente afectadas. Siempre que ha podido ha tenido detalles con niños enfermos. El profesor alcalareño Francisco Gutiérrez, del colegio San Diego, le pidió un favor en 1986: que el goleador sevillista Ramón Vázquez visitara a un pequeño aficionado convaleciente de un riñón. Araújo no conocía de nada al pequeño paciente, pero bastaba con que se lo pidiera un amigo y que se tratara de una buena causa. Lo logró y la entonces máxima estrella sevillista, que venía de ser campeón de Europa con la selección sub-21, visitó por sorpresa la casa del enfermo.

Dicen que Araújo ahorra mucho, que cuando el camarero del hotel le sube el desayuno, deja la puerta entreabierta y le da las gracias desde el baño para no tener que dejar propina. Pero la verdad es que a mí me ha invitado a café alguna vez en el Bar Lago, el del recordado capataz de La Estrella. Y muchos años antes, sin conocerme, me trajo a casa a Ramón Vázquez cuando estaba enfermo. Aquella generosidad, que solo puede emanar de un corazón grande, espléndido, nunca se olvida. A veces conviene recordar el pasado para dejar ciertas angustias por el futuro. Sobre todo cuando el presente se da continuamente por amortizado.

Un icono de la radio

Carlos Navarro Antolín | 10 de julio de 2016 a las 5:00

Charo Padilla (1)
LA imagen de un pueblo la construyen sus narradores, la enaltecen los poetas, la distorsionan sus tópicos y la destrozan los resentidos. Se puede usted quedar con la Sevilla de postal, como iba a hacer hoy Obama, o recrear la que relatan los viajeros franceses del XIX. Con las fiestas del pueblo, con sus señas de identidad, ocurre exactamente lo mismo. Se puede usted limitar a la Semana Santa chabacanizada, fagocitada por los movimientos del neocostalerismo, donde Dios es la coartada y hasta se graban los ensayos de pasos sin vírgenes, o dejarse llevar por los momentos de emoción interior y de autenticidad a prueba de esnobismos. La elección es libre. La Semana Santa tiene manos que la cuidan y hacen posible, como las de Manuel Palomino. Tiene escritores que la acariciaron en el pasado, como Peyré. O incluso que la desnudaron como Núñez de Herrera.

La Semana Santa tiene hoy sevillanos que la retratan con amor como Martín Cartaya, el último mohicano de la Leica, fogonazo, abrigo azul, cuello cerrado y siempre en la posición idónea para mirar sin ser visto, para disparar sin ser oído. Y tiene reporteros capitalinos de tres minutos de telediario que equivocan los rótulos y sacan con la alcachofa estereotipos ceceantes para ahondar en la vieja e injusta vinculación de la religiosidad popular con el bajo nivel cultural. La Semana Santa, quizás como el periodismo en general, está necesitada de profesionales que la sepa tratar a pie de calle sin edulcorantes, que hagan crónicas en vez de pláticas, que sepan emplear el bisturí imprescindible para diseccionar lo cutre de lo auténtico, lo nuevo y pasajero de lo que siempre permanece, lo popular de lo chabacano, la elegancia que conocieron varias generaciones de lo fabricado hace un cuarto de hora.

Si la Semana Santa, la ciudad misma, tiene manos, fotógrafos y escritores, también tiene voces. Se llama Rosario Padilla de la Hoyuela (Sevilla, 1962) y es conocida como Charopadilla, dicho todo junto, de una sola chicotá y pararse ahí. Para muchos, muchísimos, es la voz de la Semana Santa, la profesional que tiene ese bisturí tan necesario en tiempos de cochambre y misticismo. Muchos, muchísimos, no entendemos la retransmisión de la salida del Cerro sin su trabajo, por esa capacidad para escrutar el público de las primeras filas, el de las vecinas de toda la vida que esperan a la Virgen de los Dolores, y tener claro en unos instantes quién es la que da juego por antena, cuál es la que tendrá capacidad para expresar con su testimonio la vida, el torrente de emociones, la alegría de terciopelo burdeos, que brota en esa calle Afán de Ribera cada mañana de Martes Santo, alicatados de las casas, comercios de toda la vida mezclados con los chinos de nueva hornada, júbilo en la barra de Los Balcones, eco de tambores que se pierden en el océano de asfalto de Ramón y Cajal, Paquili hecho un puro nervio, Adolfo el ginecólogo ajustándose la capa…

Oficio se llama el saber escoger el testimonio adecuado sin incurrir en el papafritismo, sin dejar jamás en evidencia a la entrevistada, sino, muy al contrario, convertirla en ejemplo de esa popularidad elegante sin la cual no se entiende la fiesta más hermosa de la ciudad, el día más bonito del barrio… Charo no entrevista los Martes Santos. Confiesa a las vecinas cada Martes Santo, que no es lo mismo. Y ellas le cuentan a toda Andalucía, por la celosía de confesionario que es su micrófono, cómo ha sido el año vivido. La nieta que se estrena, el hermano que falta, la deuda que por fin se tapó, la tristeza de las Navidades, la playa que pudieron disfrutar gracias a las excursiones de la parroquia, la manita que tiene que echar de nuevo la Virgen por un problemilla de salud que tiene un ahijado, el empleo que falta a un sobrino… Periodismo, reporterismo. Llámenlo como quieran. Su voz está ligada a la mejor Semana Santa, a la más auténtica por más popular, alejada de la oficialidad, el compadreo, el frikismo, las modas con caducidad, el almíbar y el elitismo de cabildo.

Carlos Herrera la llamaba ‘Sharon’ Padilla cuando trabajaban juntos a principios de los noventa, cuando la Stone estaba en pleno apogeo por Instinto básico. A Herrera se le pregunta por ella en un café en la barra del Candelaria, mientras Carmen Laffón sueña paisajes sanluqueños en el velador de al lado, y responde con la brevedad y contundencia casi de un tuit: “Charo es seria, pero no aburrida. Metódica, pero no cuadriculada. Cariñosa, pero no empalagosa. Y tiene un sentido de la fidelidad a prueba de bombas”. Pues por eso a veces no parece sevillana, querido Carlos. Pues por eso no responde al estereotipo de andaluz. Y de andaluza, que diría el tonto del género. Pues por eso dice las verdades mechadas tal vez de cierta brusquedad. Pero no gasta en agrados estériles.

Siempre el usted por delante en cualquier entrevista. Lo tiene como una máxima, ya sea al dirigirse al cardenal en la salida del Cerro o al tío de la pértiga en la entrada de la Redención, al alcalde tras presentar un proyecto urbanístico o al portavoz de un colectivo que se manifiesta en la Plaza Nueva. Tiene aversión por ese tuteo de la falsa confianza que no sólo no relaja el ambiente, sino que degrada al periodismo. Charo Padilla es mucho más que una periodista con capacidad para narrar la Semana Santa verdadera, que suele estar detrás de las vallas. En su currículum hay muchos años de trasteo en los pasillos del Ayuntamiento. Los concejales se cuentan entre ellos si han merecido o no el saludo de la reportera de Canal Sur Radio. “¿Te ha saludado la Padilla? Pues eso es que le caes bien”. A ciertas alturas de la carrera profesional, Padilla no está para hacer concesiones al niñaterío de nuevo cuño que invade la política.

Ostenta el privilegio, tal vez poco conocido, de haber realizado la última entrevista a Miguel de Molina (1908-1993), uno de los exponentes de la copla durante la República y los primeros años del franquismo, aunque hay quien le resta mérito como cantante y atribuye parte de su fama a sus dolorosas vicisitudes. Molina atendió a Charo por teléfono desde Argentina, donde vivía en el exilio desde que se tuvo que ir de España tras haber recibido una paliza de manos de falangistas por ser rojo y homosexual.

La vida es retransmitir sus tribulaciones cotidianas a Manuel Marvizón, el afamado músico que fue a por su corazón. Marvizón, entonces en condición de pretendiente, hizo una noche de Semana Santa de ayudante de la reportera con tal de ganarse su favor. Aguantaba la bobina y se agachaba para soltar más cable cada que vez Charo lo pedía: “¡Tira cable, Manolo!”. Una señora, extrañada ante la escena, lo reconoció en plenas labores ajenas a las corcheas: “¿Pero usted no es Marvizón, el músico?”. Y Marvizón respondió un tanto apurado, mientras se peleaba con la bobina para desenredar el cable y complacer a su pretendida: “Sí, señora, lo soy, pero ahora estoy tirando cable, ¿no me ve?”.

La vida es obsesión por cuidar un cuerpo estilizado, de farola fernandina, exento de grasa y curtido en el gimnasio, pese a la afición por el queso y la cocina. La vida es un vestidor muy variado, de donde sale un estilo personal de formas simples y originales, carente de barroquismos. La vida es rechazar prácticamente todas las invitaciones en horario extralaboral. Ni pregones, ni mesas redondas, ni cuchipandas para profesionales de la captura de la pavía a partir de las ocho y media. La vida es recordar los comienzos en Antena Médica, donde la jornada laboral duraba lo que la estación de penitencia de Santa Genoveva. Es reñir con Sánchez Araujo porque su voz tronante para los oyentes de la SER se cuela por el micrófono de Canal Sur Radio durante la retransmisión de la Macarena. La vida son caracoles y cabrillas de la Alfalfa, un rato de distensión con Pepa, Arancha y Carmela, un arroz con Herrera el domingo de Feria.

Cuarta de nueve hermanos, nieta del fundador de la sombrerería Padilla Crespo, hija de un empresario inquieto cuyo último negocio fue un exquisito restaurante en Benahavís donde Herrera dio cuenta de selectas carnes asturianas y gallegas. Padilla devora literatura gastronómica con la perseverancia y el metodismo que imprime a todas sus acciones. Orden y limpieza. Método y disciplina. Duerme lo que dura el Silencio en la calle. La cama le quema. Arriba el corazón cada día a las 04:30, cuando aún suena el eco de los manguerazos de Lipasam por las calles del centro. La Padilla es un icono de la radio pública andaluza que no vive de la marca. Confiesa cada Martes Santo a las mejores vecinas del Cerro, que le abren su corazón porque se sienten bien tratadas, porque les da el mismo respeto que si fuera Don Carlos con la vara o el alcalde con el chaqué. Esa voz es patrimonio inmaterial de la Semana Santa de las últimas décadas. Tira cable, Manolo, más cable, mucho más, que en aquel balcón he visto un rostro que tiene que tener toda una vida que contar.