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El retorno a los orígenes

Carlos Navarro Antolín | 12 de julio de 2015 a las 5:00

José Moya Sanabrioa
OCURRIÓ el pasado Martes Santo. Los primeros tramos de la cofradía de Los Estudiantes estaban formados, encendidos los cirios y puestos los antifaces. Por megafonía se dirigía una oración. Y de fondo sonaba un runrún muy lejano de nazarenos que respondían a la lectura de la lista por parte de los diputados. La cruz de guía miraba hacia la puerta aún cerrada de la vieja fábrica de tabacos, escoltada por cuatro nazarenos rectos, dispuestos ya para recibir el fuego de la tarde. Un nazareno aún descubierto se acerca a uno de esos hiératicos y silenciosos nazarenos escoltas.

–¿Eres Pepe, verdad? El nuevo Rey visitó ayer tu empresa, vaya pelotazo. Hace poco te vi de cena en la misma mesa que Felipe González, protagonizas foros de opinión y los resultados económicos de tu compañía salen en el papel salmón… ¿Qué te falta ya en Sevilla, Pepe?
Y aquel nazareno mudo, que no movía la cabeza, que no desviaba la mirada del frente y que mantenía esa figura recta que es sello de toda silueta de negro, acertó a musitar:

–Me falta que me embista un toro en la Maestranza.

José Moya Sanabria (Sevilla, 1953) es presidente de Persán y ganadero de vocación tardía. De chico le debieron preguntar qué quería hacer con su vida:“Montar un imperio para volver a ser un niño”. Y Persán es hoy ese imperio que creó de la ceniza. La inmensa mayoría de sevillanos ignora la proeza empresarial de Pepe Moya, que antes de reflotar la compañía fue jefe de personal del Ayuntamiento del socialista Manuel del Valle. Tenía que montar el imperio para cumplir su sueño. El camino era largo, pero todo buen sevillano sabe que en las bullas de la vida, como en las de Semana Santa, se tarda menos cogiendo la curva que tratando de tomar la recta.

Tiene la habilidad de no darse nunca un martillazo en los dedos, ni de pegarse un tiro en el pie. Calculador y organizado, no gasta ojana. De voz tronante, capaz de escrutar a todos los asistentes a un acto con un barrido de mirada, y con un punto de vehemencia, sobre todo si toca hablar de los problemas del Betis. Tiene una fuerza de voluntad certera a la hora de controlar la ansiedad que lleva en el ADN. A Pepe Moya le gusta comer desde que era niño. Es de la Cofradía del Acordeón, que pierde y gana peso según períodos, por lo que debe tener dos armarios en función de si el cuerpo tiende a ser de picador o de banderillero.

Criado en la disciplina y la austeridad, con un físico más corpulento que espigado por ser más Sanabria que Moya, se colocaba enfrente de la despensa de la casa familiar al término del almuerzo para forzar que su madre –que jamás revelaba su edad– le diera más de comer. Al ver un día que su demanda no era satisfecha, el niño José se hizo con el DNI de su madre, que tuvo que ceder para que no revelara el dato más celosamente guardado.

Levantó un imperio a base de tesón y de convertir la ansiedad en fuerza productiva. Cada vez que un español pone el lavavajillas o conecta la lavadora, usa un producto fabricado en sus dominios en un 90% de los casos. Si otros sevillanos hubieran hecho la mitad que Pepe Moya, estarían en la cola del Palacio de San Telmo y de la Plaza Nueva reclamando una calle en el nomenclátor, medallas y homenajes, andarían subidos en los enganches de la vanidad y estarían mirando por encima del hombro al resto de los mortales.

El verdadero lujo que se permite quien ha triunfado en la vida es la crianza de toros bravos en El Parralejo (Zufre), donde hay un ventanal privilegiado desde el que se otea media Sierra de Huelva. Los toros son su lujo, porque los toros al fin y al cabo comen en la dehesa, pero también se comen parte de los beneficios de los detergentes y suavizantes. Los toros se llevan ahora los mimos de un empresario que ha dado un paso atrás en Persán para retornar poco a poco a los orígenes, para retomar sin decirlo la senda de su padre, don Juan Moya García, maestro de abogados y persona de máxima confianza y prestigio en la curia y en las cofradías. Ahora, este sevillano de ojos claros y gesticulación elocuente, deja asomar el perfil más intimista, desprovisto ya de la coraza de acero de la que se revistió para crear un imperio empresarial del sector químico. Ha logrado vivir en la casa donde nació, donde ha habilitado su despacho en el mismo sitio que lo tenía su padre. Se ha hecho hermano de la Caridad, donde cumple con sus obligaciones asistenciales con los acogidos de Miguel Mañara, como hacía su padre. Vuelve a citarse con la memoria cada Martes Santo como nazareno en la Lonja de la Universidad, la cofradía a la que tantas horas de trabajo entregó su padre. Y hasta buscó en Portugal la tela apropiada para hacerse un traje de mil rayas en O´Kean, como el que tenía su padre.

Uno de sus lemas es que Sevilla debe cultivar sus valores tradicionales, adaptados a la modernidad, la innovación y el progreso. No tiene complejos en defender la Semana Santa en reuniones hostiles donde se emiten jucios desde la frivolidad y el prejuicio. Se rebela muchas veces contra la indolencia de los sevillanos, incapaces de organizar un homenaje al Cardenal Amigo, cuyo pontificado duró casi treinta años.

Hubo un tiempo en que los cantos de sirena de la presidencia del Betis sonaron fuertes en los oídos de este empresario. Muy fuertes. Fue elevado a la condición de esperanza blanca de un club que entonces sufría los estertores del loperismo. Era el hombre de consenso. Pero cuentan que quien bien lo quiere se opuso con firmeza a la aventura.

Puede vivir en palacios, pero prefiere el dormitorio de la infancia. Presume mucho menos de lo que podría hacerlo. Dicen que si pidiera una nota simple de todos sus inmuebles, habría que cambiar el tóner de la impresora del Registro de la Propiedad.

Cuentan que ante una mesa cargada del mejor marisco, trufada con cestillas de patatas fritas y cuencos con aceitunas, se tira hacia las patatas con pasión indisimulada. Son su perdición, el punto débil de quien es capaz de frenar la ansiedad de fumar hasta dejarlo, y de reprimirse al comerse las uñas, pero que pierde los estribos ante un buen paquete de patatas fritas.

Fabrica suavizantes pero no tiene nada de suavón. Cuando España se metía en el túnel de la crisis económica y pisaba la raya del rescate, Persán seguía recogiendo los frutos de la cosecha de años de trabajo de quien entiende la condición de empresario como un sacerdocio.

La vida es disfrutar de un aperitivo en el entorno de la Puerta Jerez, de un almuerzo en una sociedad gastronómica de Bilbao con un menú a base de cabrito, cocochas, merluza, pimientos del piquillo sin relleno y chipirones; de una tertulia bética con Gerardo Martínez Retamero; de una carroza de Gaspar desde la que lanzar caramelos a su hermano Juan, y de la melodía de una canción de Serrat.

Ahora hay que criar toros que embistan en la Maestranza y hay que cumplir con los ritos de la memoria. Ahora hay que disfrutar del azul Contratación que tiene el cielo de la plaza cada noche de Martes Santo para hacer el fondo de lienzo perfecto del Cristo menos divino por más humano. Ahora hay que clavar cada día los lirios morados en el monte del recuerdo de una fotografía sepia donde aparece un simpático monaguillo regordete junto a un nazareno adulto. Ahora que el imperio tiene cimientos fuertes, los clarineros de la vida cambian el tercio y disponen disfrutar de todas esas cosas pequeñas que suponen el retorno a los felices orígenes. Y quién sabe si un día hasta hay un toro que mete la cara en la Maestranza y este sevillano tenaz forma otro lío gordo.