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El devoto de las 22:05

Carlos Navarro Antolín | 19 de agosto de 2018 a las 5:00

henares

HAY quien tiene muy claro que a las personas se las conoce de verdad por las noches. Según este criterio es conveniente manejarse en la vida con cierta nocturnidad, a esas horas en que el personal pierde el maquillaje de la ducha matutina, cuando el cansancio de las horas obliga a bajar la guardia y el nudo de la corbata pierde prestancia y se viene abajo como un cascote glacial. Para los defensores de esta tesis, todos los gatos no son precisamente pardos por la noche, sino más auténticos. La noche es aliada de la relajación a la que obliga la fatiga y de la pérdida del protocolo que provoca una copa. Bien manejadas estas claves, en esta ciudad hay quienes disfrutan con templanza de contemplar el paisanaje fuera del contexto laboral y sin el corsé de la compostura a la que obliga la luz del día.

El abogado laboralista Enrique Henares Ortega (Sevilla, 1952) es una figura principal de la película que se rueda cada día en el centro de la ciudad. De costumbres arraigadas, de ritos definidos y de rutas preestablecidas. El centro histórico es el plató de su vida, con alguna licencia para ir en el tranvía a la sede judicial del edificio Noga, o para montarse en el 34 de Tussam para llegar al Centro de Mediación, Arbitraje y Conciliación en Los Bermejales. Cuando las críticas arreciaban a Monteseirín por la construcción del tranvía más corto del mundo, hay quienes aseguraban que el alcalde socialista había pensado en los vecinos de la derecha sociológica del Prado de San Sebastián para que pudieran llegar a la barra de La Barbiana, y en este veterano abogado, con despacho en la Plaza de San Francisco, gran beneficiario de este medio de transporte que le deja a las puertas del Noga.

A Henares se le reconoce como un cofrade de prestigio que pronunció un pregón muy largo donde por primera vez y con toda justicia fueron homenajeadas las tabernas, y en el que hubo polémica porque incluyó una amonestación al nuevo arzobispo que –por circunstancias– adquirió un eco exagerado. Pero, en realidad, más que un cofrade al uso, Henares es un costalero de enorme trayectoria, de los que formó parte de la primera cuadrilla de hermanos –la de Los Estudiantes– y que se formó con El Penitente y convivió y aprendió de los históricos del martillo. Llevar ha llevado casi todos los pasos, menos los de cebra. Y, por encima de todo , es un apasionado taurino con plaza en el jurado de los premios de la Real Maestranza de Caballería. Nada más entrar en su despacho aparece la cabeza de Zandunguero, del hierro de Torrestrella, el toro de la confirmación de alternativa de su amigo Emilio Muñoz, lidiado el 19 de mayo de 1980 en la Monumental de las Ventas. Hace años que no pisa el real de la Feria al considerar que sus horarios ya no son compatibles con la asistencia a las corridas del abono de abril.

La vida son recuerdos de la casa familiar de la calle Santa Ana, donde se crió en el ambiente tranquilo del barrio de San Lorenzo y, cómo no, en la devoción al Señor. Son evocaciones de las tres sedes del colegio Los Maristas: Jesús del Gran Poder, San Pablo y Los Remedios. Su padre, oriundo de Maracena (Granada) se afincó pronto en Sevilla, donde ejerció de taxista en uno de aquellos elegantes vehículos negros con la franja amarilla. Su enorme sentido de la responsabilidad le llevaba a salir a a trabajar después de cenar hasta en Nochebuena. Su abuelo era Enrique Ortega El Almendro, banderillero de grandes figuras del toreo como su primo Joselito El Gallo, y cantaor. La vida son evocaciones de las aulas de la Facultad de Derecho, donde estudió becado en los tiempos en que no había masificación. Fue un tuno que literalmente portaba la bandurria, porque tocarla, lo que se dice tocarla, es otra cosa. La vida son recuerdos de su momento cumbre como costalero. Fue en el paso de misterio de la Amargura, donde calzaba en la última trabajadera, justo bajo el trono de Herodes. Ahora lo acompaña de regreso cada Domingo de Ramos con tremenda nostalgia. La vida, cómo no, son evocaciones de su maestro en la abogacía, don Juan Moya García. La vida son misas de domingo en la recoleta capilla de la Carretería, o escasos días de asueto estival en la Costa del Sol. La vida, en el fondo, es la mirada de un niño clavada en los costaleros de Rafael Franco (los ratones) cuando sacaban la de Montesión en años en blanco y negro, la hermandad familiar de los Ortega. La vida es estar sentado en la grada 4 de la plaza. Yla vida es buscar el acuerdo antes que recurrir al magistrado, la concordia entre las partes hasta en la barra del Rinconcillo si es necesario antes que entrar en el juicio.

El abogado rinde más cuando cae la tarde, en la tranquilidad del despacho huérfano ya de colaboradores, de las visitas de los clientes y del sonido de los teléfonos, a esas horas en que se estudian mejor los casos, cuando se estiran tanto las jornadas laborales que la luz de su despacho es la última en apagarse de la Plaza de San Francisco. De recogida a su casa, próxima a la Alfalfa, los manguerazos de los operarios de Lipasam parecen rendirle honores a esta leyenda viva del costal.

Fiel a la cita semanal con el Gran Poder, los viernes es conocido en San Lorenzo por ser de los que apuran la hora y llegan minutos después del cierre, fijado a las diez de la noche. Enrique Henares es devoto de los viernes, pero de los de las 22:05, cuando ya están cerrando las puertas, suenan los últimos balonazos de los niños en la plaza, y el capiller le deja entrar para que el Señor reciba esa última plegaria a deshoras. De noche, siempre de noche. Cuando las personas son más reales y cuando el Señor, quizás también cansado de todo un día de peticiones, recibe a este abogado templado. A Henares no le verán alzar los brazos por una sentencia a favor de su cliente, ni caer en depresión por un fallo en contra. Sus compañeros de toga, los mismos que lo definen como uno de los mejores abogados laboralistas de Sevilla, dicen que su mayor cualidad es la templanza, la moderación, esa misma serenidad que exhibe cuando está en la barra del Rinconcillo los domingos a mediodía ante un coronel de tinto y, si acaso, el empapante de una tapa de salchichón de Casa Riera. Los Ortega siempre han sido muy partidarios del tinto y poco dados a comer. Cuando Henares se enfrenta en las conciliaciones previas a un juicio o ya en pleno litigio a pretensiones exageradas de la parte contraria, se limita a exhibir la sonrisa socarrona del que sabe que el rival está metiendo la pata. Pero nunca se enciende. Es largo, tan largo como los procesos de lo social en los que interviene como abogado.

Hay quien lo define como un hippie con chaqueta y corbata por ese punto de bohemio altruista y por el perfil de personaje solitario que se gasta , un tipo sin miedo a la soledad porque, probablemente, está harto de oír a gente todo el día. A Henares no le hace falta citarse con nadie para disfrutar de un tinto en Casa Morales. Ni para darse esos paseos cardiosaludables. Es de los auténticos que no tienen coche por mucho que tengan carnet, como es de los que nunca tienen tiempo para ir al médico o de meter a los pintores en el despacho.

Tiene claro que el movimiento se demuestra andando. Nunca esperen verlo en las sillas de Semana Santa que tiene en La Campana. Las paga religiosamente para que las disfruten otros mientras él se harta de ver pasos con su amigo Fernando Moreno El Tato. Sí, “ese señor con barba” con el que siempre vemos a Henares buscando las cofradías las tardes de Semana Santa.
Es de los que se transforman en su despacho, se crecen, porque es el hábitat donde se siente más a gusto, la selva donde este león de la toga reconoce su particular reino, ese lugar al que tardó en llegar la conexión a Internet, porque ya se sabe que las mentes de ideas fijas tardan en aceptar ciertos cambios. Lo mismo que le cuesta digerir que los costaleros de hoy hiperflexionen el cuello para poder ver porque tienen ceñida la ropa a los ojos, luzcan tatuajes, se salgan del paso por el faldón delantero, o se exhiban hablando por el teléfono móvil o del brazo de la novia. Todos esos comportamientos que Henares, en alguna conversación privada, define como la conducta propia de un “papafrita”. En alguna ocasión, en una de esas charlas le oyeron dar una clase magistral sobre la materia: “Yo me salía del paso de la forma más discreta, por el faldón trasero o por el final de los laterales, pero jamás por delante del paso. Y al salirme, desaparecía rápido de la cofradía. ¿Qué es eso de exhibir sudores, tatuajes, costales deshechos y teléfonos por medio del cortejo? Yo me salía y me iba rápido a una taberna. ¡Sí, a una taberna con toda discreción y dignidad! Y no aparecía más hasta la hora en que me tocaba entrar de nuevo. Pero por las calles estaba el tiempo justito. Y se quejaban del olor de los del muelle y de las blasfemias que decían debajo del paso… Ni un papafrita había entre ellos. ¡Ni uno haciendo el indio! Eran gente sufrida, que vivía en condiciones muy lamentables en algunos casos, pero no hacían el indio. Cumplían el oficio con dignidad, llevaban un dinero extra a casa y en muchísimos casos se les veía rezar en privado al encerrarse la cofradía, no formando tertulias con las novias ni exhibiendo tatuajes, musculitos o telas de saco con el lema del SAS. Hombre, por Dios…”.

Henares representa hoy a una minoría de sevillanos a los que no les importa pagar el precio de ser como son: sevillanos discretos y a contracorriente (ni bebe cerveza ni acude a la Feria), sevillanos de guardia en agosto que saben disfrutar de momentos de soledad o de tertulia en las noches de tabernas, esos pocos santuarios muy escogidos donde este letrado es tratado como un parroquiano más que como un cliente. Gran admirador del cardenal Amigo, íntimo de la familia Villanueva, habitual y aficionado a ver las cofradías en segunda o tercera fila para no provocar el saludo de los miembros del cortejo. Nunca se le pasa un plazo en los litigios por ese sentido de la responsabilidad heredado de su padre. Acaso, como se ha dicho, se le pasa la hora de cierre de la basílica algunos viernes por esa costumbre de apurar el tiempo en el despacho, pero dicen que Miguel Martín, el capiller, aguanta abierta la hoja de una puerta todo lo que puede hasta que Félix Ríos, el hermano mayor, le recuerda que son ya las diez. “Es que todavía falta Enrique”. Y Henares llega a paso de mudá, con ese andar recto y de brazos caídos que es marca de la casa, para ser el último de los Viernes del Señor, el devoto de las 22:05, cuando la noche hace que Enrique vea al Señor más auténtico, más persona, más humano.

La alegría de la fe

Carlos Navarro Antolín | 18 de marzo de 2018 a las 5:00

José Ignacio del Rey Tirado

COFRADE de ruan, vecino de Los Remedios, abogado de profesión y pregonero de la Semana Santa. Hay quien lo tiene todo para responder al prototipo de sevillano ortodoxo con el que una tarde de Feria podría ser una experiencia tan divertida como la lectura de la revista oficial del Colegio de Médicos en la sala de espera del dentista. Este año tenemos un pregonero de catálogo. Sí, pero es de los que pegan el regate en corto y exhiben el espíritu transgresor que llevan dentro cuando uno menos se lo espera. Cuidado porque hay guasa. Hay gente que se mete en las cofradías para trepar, gente que se introduce como una babosa aficionada para hacer cierta carrera social en Sevilla. Hay gente joven que se hace prematuramente vieja por estar tantas horas en una casa de hermandad, como también hay gente que mantiene un espíritu jovial pese al tiempo que invierte en una cofradía. José Ignacio del Rey Tirado (Madrid, 1972) no es lo que reza su tarjeta de presentación. Su vida tiene mas baches que el empedrado de la Lonja de la vieja Fábrica de Tabacos. Nunca se hará la víctima. Es un personaje divertido, cristianamente alegre y con un elevado grado de compromiso con su hermandad del alma y con su profesión de abogado. Este domingo pronunciará el Pregón de la Semana Santa con un chaqué cortado por el maestro Ibáñez. Dicen que el sastre está rezando para que el pregonero no coja más peso en estos días previos, cuando se le están poniendo hechuras de costalero de Los Caballos en la chicotá de vuelta por la Cuesta del Rosario. Defienden algunos entendidos en la materia que lo bonito del Pregón es que sea pronunciado por alguien no experto ni en la literatura ni en la oratoria, pero sí con unas vivencias y un conocimiento profundo sobre los pilares de la materia: la Semana Santa y sus hermandades. En eso no le quepa duda a nadie que este abogado tiene el cum laude garantizado. No es aburrido porque tiene guasa y acidez de sobra, como el día de su designación cuando afirmó, tras varios años con novedades musicales en el acto, que en su pregón podría haber maracas… De tonto está como la Canina: ni un pelo. De amor a las cofradías anda sobrado. Pilla al vuelo a los envidiosos taimados. Y siempre, siempre, arenga a todos para que tengan caridad cristiana con el prójimo. Claro que a veces hay que recordarle que la caridad debe ir de la mano de la justicia previa. Y ahí pueden surgir esas discrepancias que le encantan para organizar una buena y ordenada polémica. En ese momento, este José Ignacio se acerca a la barra y pide una copa “pregonero”, que consiste en un chorreón de ginebra con limón, siempre con limón, en ese bar de la calle Juan Sebastián Elcano donde tantas y tan buenas tertulias improvisa con algunos de sus hermanos en la cofradía de la Universidad, como sus inseparables Antonio Piñero, Antonio Gil Tejero o Juan Antonio González Marín. “Mi pregón será entretenido, ¿eh?”, anuncia para alivio del respetable, demostrando conocer cómo se las gastan sus paisanos cada Domingo de Pasión.

La vida son recuerdos de todo lo que ha oído de su abuelo, José María del Rey Delgado, un notario con despacho en la Plaza del Pan que se metió a ganadero y a escribir libros taurinos con el seudónimo de Selipe. Su abuelo, por cierto, protocolizó nada menos que la concordia entre el Gran Poder y la Macarena, el célebre acuerdo que sigue vigente más de cien años después. El tío de José Ignacio, José María del Rey Caballero, usó después ese mismo seudónimo. Y hasta su hermano Eduardo, hoy hermano mayor del Silencio, lo ha empleado alguna vez como Selipe III. La vida son diez años de crianza en Madrid antes de que a su padre, Eduardo del Rey García, le dieran plaza fija en Sevilla como funcionario del Ministerio de Agricultura. Son recuerdos de las aulas del colegio Marista y del instituto Carlos Haya de Tablada. La vida es vivir en la alegría de la fe con independencia de como sean de pronunciadas las curvas del camino de la existencia. Ahí se le nota que es nazareno del Silencio: en el abrazo a la cruz de las desgracias. La vida es ironía, sentido del humor y nervio, puro nervio, para bien y para mal.

Dicen que le ha pegado más recortes al texto original del Pregón que Montoro al estado del bienestar. Sabe que en la impresión del Pregón no se debe emplear más de un paquete de folios y que todos debemos llegar a tiempo (con comodidad) de oír las noticias de las dos de la tarde. Al menos tiene tanta facilidad para usar las tijeras como para responder a cualquier comentario. Este abogado es rápido, muy rápido, aprieta el gatillo con suma rapidez en cualquier reunión, y es un gran observador de cuanto le rodea. Es un tipo actual de los que se empapan los telediarios y las informaciones sobre la Iglesia. Pregúntenle por los movimientos eclesiales, los últimos documentos sobre asuntos del gobierno de la Curia o las quinielas para nuevos prelados.

Un día se hartó de pescao frito en su casa de hermandad. El hermano mayor de entonces tuvo la feliz idea de prescindir de los capataces, una decisión legítima, pero eligió con alguna torpeza el momento de comunicar dicha decision, porque lo hizo antes de una convivencia prevista con las cuadrillas y la junta de gobierno. Los costaleros, en cuantito se enteraron de los despidos, se sumaron voluntarios a esa suerte de ERE del martillo. En la mesa quedaron pavías, pescadas y croquetas para dos cuadrillas enteras de costaleros. Los entonces jóvenes de la cofradía que andaban por allí, entre ellos José Ignacio, se pusieron morados y nunca, nunca, olvidaron la noche en que los Ariza y el añorado Jesús Basterra dejaron el martillo de la cofradía universitaria. La vida es guardar lealtad al hermano mayor de su cofradía, sea quien sea, y a su maestro en la profesión como abogado, Alfonso Cano Bravo. Y la vida es ejercer gratis total el oficio cuando las condiciones del cliente lo requieren, pero de eso no le oirán hablar nunca, eso lo sabemos porque lo dicen algunos de sus compañeros con lágrimas de emoción en los ojos. Tampoco le oirán hablar mucho de su condición de orgulloso hermano de la Caridad, donde trabaja de manera muy activa en el proceso de beatificación del venerable Miguel Mañara (1627-1679).

Alegre, echado para adelante, sin complejos y con la enorme ventaja de no haber generado ninguna expectación para el Domingo de Pasión. Sí, es abogado, vecino de Los Remedios y doblemente cofrade de cola, pero se puede compartir una tarde de Feria con este letrado porque sabe dosificar esa acidez que en clave local se llama guasa y que, al fin, es el lubricante de los mejores momentos. El día que recibió la llamada del Consejo para ser designado pregonero estaba en la sede de su cofradía tras el acto de inauguración del curso académico universitario. Se metió con el teléfono móvil en el retrete de la casa de hermandad. Allí se quedó un buen rato para atender las principales llamadas y es de suponer que para hablar también con sus familiares. Al salir de ese reducido aseo, la gente de la hermandad estaba esperando oír de su propia voz la feliz noticia de su nombramiento. José Ignacio prefirió ser directo. A su estilo, que es hablar muy rápido porque piensa a la velocidad de Santa Marta: “¿Qué hacéis todos aquí? ¿Un pregonero no puede estar en el wáter, o qué?”.

Disfruta de la buena mesa tanto como cuando recorría la cofradía estudiantil en sus años de diputado mayor de gobierno: de cruz a palio con parada en el cántaro de agua. Porque los buenos nazarenos con funciones de enlace saben cómo y dónde hay que beber agua sin ser vistos. Creador del sistema de vigilancia de los monaguillos, con un cuerpo auxiliar y un dispositivo muy controlado de entrega de los menores a sus padres o tutores. Siempre ha tenido a los monaguillos como los hermanos predilectos de la cofradía, más importantes que los propios sagrados titulares en caso de lluvia repentina. Su casa está iluminada por una fe a prueba de vaivenes, simbolizada en un hachón de cera tiniebla que iluminó la última tarde de Martes Santo la faz amorosa de ese Cristo más humano por menos divino, el Señor que siempre espera los lirios morados que llegan frescos la mañana del Sábado de Pasión, la misma mañana en la que se descargan las cruces que son apiladas en las galerías de la Universidad. No hay más preciosa imagen de la alianza de la cultura y la fe que esas cruces que aguardan junto a las aulas a ser portadas por nazarenos de todas las edades y condiciones. Hay túnicas de tonalidad ala de mosca que salieron de la vieja Universidad de Laraña, donde se concentraban las cuatro facultades de los años cincuenta, como las hay de brillante ruan que quizás visten ya estudiantes de nuevas y emergentes universidades privadas.

El pregonero dice que no aburrirá. Escrito está que algunos ya hemos estado en el pregón de este madrileño que aprendió a hacerse sevillano en la distancia. Lo hemos oído varias veces en las reuniones preparatorias, cuando se ganaba la confianza de los monaguillos, de sus padres y de sus abuelos. Lo hacía con tacto, con exquisitez, con cariño, con mano izquierda. Sólo así se forja a los futuros nazarenos de Los Estudiantes, sólo así uno se queda de pie cuando la vida le golpea. Pasa la fuerte marejada de cualquier desgracia y allí sigue José Ignacio, empapado por fuera, abatido por dentro, pero agarrado a la cruz que recibió de sus padres, la del mástil más alto, carey y plata; la del Señor de ojos grandes, cuello erguido y potencias de oro. Y siempre hay alguien, siempre, que le da de beber del cántaro fresco de la Buena Muerte para, torbellino de nervios, seguir remontando la cofradía y buscar a su Virgen de Los Estudiantes.

La pastoral de la jet

Carlos Navarro Antolín | 15 de noviembre de 2015 a las 5:00

Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp
COMO una relación precisa entre la causa y el efecto, muchos sevillanos tienen dentro no sólo gatos en la barriga como para montar una cofradía, sino un pedazo de perro de Paulov que ante determinados estímulos generan una rápida respuesta. Un poner. Cada vez que en los telediarios de la España de los años ochenta y noventa daban cuenta de un suceso bañado en sangre, de una buena cuchillada rebanando un cuello, de unas jóvenes perdidas en la noche oscura y aparecidas años después entre maleza, o de cualquier reyerta a lo Puerto Urraco, el sevillano generaba ya una inquietud interior, una curiosidad fatal propia de quien no encuentra la última pieza del puzzle. Buscaba, sin darse cuenta, la coletilla de rigor que siempre debía rematar esas informaciones: “El doctor Frontela ha sido requerido de inmediato para examinar los restos hallados”. “Desde Sevilla se desplaza ya el doctor Frontela, cuya aportación será clave para esclarecer el caso y dar las primeras pistas a la Policía”. “La familia de las asesinadas ha pedido un dictamen particular al doctor Frontela”. No había muerto sin esquela, ni crimen sin Frontela.

Otro poner. Ninguna corrida de toros de relumbrón debía carecer del Lele Colunga con los brazos descansados sobre la barrera. ¿Hay mayor símbolo de estatus social que posar los codos en la barrera del Coso del Baratillo, a ser posible con el vaso del café traído del bar Taquilla por el arenero a cambio de una generosa propina? Eso que hoy llaman postureo lo ejerció Colunga hace muchos años con toda naturalidad. Con tanta que alcanzaba pactos con los fotógrafos de la Puerta del Príncipe. Al Lele se le sacaba en los cromos del colorín cuando había escasez de famoseo. Era el comodín local a falta de rostros de la jet madrileña.

–Lele, hoy te hago la foto pero no creo que la saque mañana. Mejor el sábado, cuando ya nada más que haya catetos de los pueblos para ver al Litri y al Cordobés.

Y el Lele, con la almohadilla en una mano y la otra sobre el hombro del fotógrafo, daba todas las facilidades del mundo.

–Como tú quieras, tú sabes que yo no falto. Y cuento contigo para este año en mi casa del Rocío, como siempre, ¿eh?.

La ratio de apariciones del Lele en la galería de la Puerta del Príncipe de aquellos felices años era de una foto por cada 2,7 días, que diría el tonto de la estadística. Y sus apariciones o ausencias, motivo de charla y reprimenda familiar de mediodía.

–Pepe, esta mañana vi el periódico y no salía el Lele en los toros, ¿estará malo? Y en cambio salen otra vez retratados ese tal Luismi, el empresario de los aceites que da un potaje en su caseta al que, por cierto, nunca te invita, y ese señor madrileño tan espléndido, ¿Enrique Fernández se llama?, que aparecía junto a un jefazo de la Guardia Civil.

El perro de Paulov que muchos sevillanos llevan dentro comienza a segregar saliva cuando lee el reportaje de una boda entre famosos en la capilla de la Maestranza, en las Adoratrices, o en esa Caridad donde nadie acierta a leer el in ictu oculi. El sevillano sabe que para ser de verdad una ceremonia de tronío tiene que estar presidida por el sacerdote Ignacio Jiménez-Sánchez Dalp (Sevilla, 1973). Ni antiguas mantillas de madrina, ni trajes de Roberto Diz, ni flores de Búcaro hasta en la puerta del templo, ni haciendas del Aljarafe, ni camareros con guantes, ni sirvientes vestidos a la federica, ni canapés de diseño, ni merceditas para aliviar los pies de ellas en la barra libre con baile, ni puros traídos de Cuba para que ellos hagan la chimenea… La saliva se segrega y se sigue segregando hasta que no aparece citado el cura Ignacio.

Que se casa la hija de un maestrante, la oficia el cura Ignacio. Que se casa el hijo de la duquesa de Alba, lo casa el cura Ignacio. Que se casa la mismísima duquesa de Alba, preside la ceremonia el cura Ignacio. Que se casa el torero famoso con la presentadora de televisión, los casa el cura Ignacio. Que se casa el hijo del alcalde, en el altar está concelebrando el cura Ignacio junto al prelado. Que se casa Rafael Medina en el palacio toledano de Tavera, hasta allí se va el cura Ignacio con sus oropeles.

Se leen los ecos de sociedad de los bodorrios de tronío y no se queda uno espiritualmente en paz hasta que confirma que el cura es el que debe ser. Porque no puede ser otro. ¿No hay pastoral gitana, pastoral obrera, pastoral del turismo, pastoral de la enseñanza, pastoral de la salud, pastoral juvenil y pastorales de no sé cuántas cosas más? ¿No es Sevilla la capital del famoseo con sucursales coyunturales en Jerez y Ronda? Pues si Dios está en todos los lados, sus ministros hacen bien en servir a toda la población. Las ovejas azules tienen su pastor, la gente guapa tiene su capellán, la jet tiene su director espiritual.

El cura Ignacio también se vuelca con la gente sencilla de los pueblos donde ha ejercido su ministerio como párroco. Ay, cuánto hizo en Alcalá del Río y qué poco se lo reconocieron algunos… A cuántas puertas de casas palaciegas ha llamado para sacar perras con las que pagar la restauraciones de cubiertas, torres y campanarios. Gracias a la destreza con el sable, a lo Robin Hood con clériman y sin carcaj, ha sacado euros de los ricos para promover buenas obras en beneficio de los pobres.

Su oratoria es tan fluida y brillante, jugando con la gesticulación, los tonos y la mirada, que hay quien tiene claro que este cura risueño es una suerte de monseñor Camilo Olivares del siglo XXI, quien ejerció de capellán de Doña María de las Mercedes y cena los Sábados Santos en el Eslava con el actual duque de Alba, para irse después a ver la entrada de la Soledad de San Lorenzo.

Al cura Ignacio lo hemos visto toreando en una plaza de tientas, en el palco de convite de la Real Maestranza en tarde de farolillos, con derecho a prismático, almohadilla y horchata o destilado al doblar el tercero;entrando en el Pazo de Meirás, donde los Franco siguen celebrando sus fiestorros, y hasta oficiando el mismo día el funeral de Javier Medina Liniers y la boda de Cayetano Martínez de Irujo.

En Semana Santa es veloz gracias a la moto con la que se desplaza de los barrios al centro, y del centro a los barrios. Es usuario del clériman en los días de pasión e incienso, porque ya se sabe que da derecho a cangrejear con comodidad delante de los pasos de palio. Y en caso de bulla, el policía procedente de Soria no aprieta al cura.

Cuidadoso en el vestir y con la báscula, cuando dio el pregón de la Semana Santa se encargó en Ibáñez un precioso chalequillo eclesiástico, una prenda poco habitual en el clero sevillano. Se para por la calle más que un paso de palio. “Niño, ¿todavía no tienes hijos? Pero si llevas casado ya más de un año… Anda, date prisa”. “¿Que tu niño no da religión en condiciones? Eso te pasa por llevarlo a un colegio tan laico”.

Pocos saben que el cura Ignacio no hizo todos los estudios en el seminario de Sevilla. Los primeros años de su formación eclesiástica los cursó en el de Toledo, mucho más conservador que el hispalense. Toledo tenía estética de sotana y alzacuellos cuando Sevilla se movía en un ambiente más acorde con las enseñanzas del concilio. Dicen que de sus años toledanos queda la estética con la que reviste a los acólitos de la parroquia de las Flores:de sotana y con roquetes.

El cura Ignacio es muy envidiado por algunos de sus compañeros. El don de gentes, la oratoria y la agenda de contactos son innegables. Y eso a veces genera recelos. La notoriedad del pregón de Semana Santa resultó incómoda en algunas instancias. Su carácter desenfadado no es a veces bien digerido por sectores conservadores que tildan de histriónicas algunas muestras de naturalidad y que lo encajarían en el perfil del padre Estudillo, aquel cura currista, muy sevillista y de tapita en Trifón y en La Isla. Tiene hasta imitadores que han querido cogerle la vez, pero sin mucho éxito hasta ahora. Yhasta hay quienes presumen mucho de conocerlo, como Paloma Gómez Borrero, que lo citó malamente para reforzar una información. El día que murió la duquesa de Alba, afirmó la periodista en una televisión: “Conozco al capellán de la familia, el padre Sánchez Cal [sic]”.

La vida es presentarse a comer como uno más de la familia en la casa de los Siguero, en la Avenida de República Argentina. Es una misa del Gallo en el amplio y poblado salón familiar. La infancia es una foto de un niño con casulla jugando con toda inocencia a decir misa. Es recibir con humildad de oveja ciertas indicaciones del pastor. Es pronunciar un muy buen pregón de Semana Santa, porque el éxito de un pregón es hacer vibrar al público. Yel público vibró con el pregón de quien no podía ser otra cosa en la vida que cura.

Cuando hay una boda de famosos o una torre de campanario recién curada de las grietas y a la que por fin ha vuelto la cigüeña, segreguen saliva: ha sido el cura Ignacio, el de la moto.

Catulo abrazó el atril

Carlos Navarro Antolín | 3 de mayo de 2015 a las 5:00

CARO ROMERO
EN Sevilla hay gente brillante que va por la calle con la mayor naturalidad, que comparte la barra del café matinal con el prójimo con toda soltura, que va asido a la misma barra del Tussam que usted con toda cotidianeidad. Pero Sevilla es tan ombliguista que, ironías del destino, de tanto mirarse el ombligo tiene herniadas las cervicales, no pide cita ni en la consulta de Trujillo ni en la de Narros, y ya no puede ni girar el cuello para contemplar el brillo que irradia alguno de sus vecinos. La gente brillante de verdad casi nunca sale en las fotografías, esas galerías donde siempre figuran los mismos de tres en tres, o de cuatro en cuatro. Una de las combinaciones más repetidas, según un estudio realizado gracias a un convenio firmado entre varios Departamentos de Antropología de universidades andaluzas, es la de Julio Cuesta (la fuerza del tirador), Juan Ignacio Zoido (el alcalde reina, los tecnócratas gobiernan), Alberto Máximo Pérez Calero (la sonrisa del Ateneo, dispuesto siempre a venderle la enciclopedia de títulos dorados en el lomo para presumir de sapiencia en el salón) y Luis Miguel Martín Rubio (teniente de hermano mayor de la Real Maestranza del Corcho que Siempre Flota).

En Sevilla hay tontos que se dan una importancia que no tienen a golpe de poses forzadas y de la seda pesante de las corbatas. Y en Sevilla hay gente brillante que gasta camisas de manga corta, calza sandalias por las que asoman los calcetines gordos y pasean al perro (guau) por las calles del centro. Joaquín Caro Romero (Sevilla, 1940) tiene un perro ladrador que se llama Kiki. Antes tuvo otro que se llamaba Nadie, como Ulises en La Odisea. Caro Romero es un poeta de los de antes: anárquico, libre, irónico, incisivo, carente de complejos y que porta con dignidad y discreción las cruces que la vida ha ido dejando caer sobre sus hombros. En casa de este verso libre de la ciudad se combinan las esmeraldas de la Virgen de la Esperanza con los dibujos eróticos que Rafael Alberti le mandaba en 1971 con un falso remite para salvar los controles de la censura: Padre Merry del Val. Y la censura ignoraba que ese sacerdote, que llegó a cardenal y secretario de Estado, estaba muerto desde 1930.

Un día hicieron pregonero a este poeta que de vez en cuando usa gafas gordas. Ese día lo llamaron a su trabajo, al periódico ABC de Sevilla donde firmaba crónicas taurinas de personalísimo estilo. El interlocutor cofradiero que pretendía darle la buena nueva no se identificaba ante el telefonista: “Dígale que le llama un amigo”. Y Caro Romero no aceptaba:“Si no se identifica, no me pases la llamada. No será mi amigo”. Al concluir la jornada laboral, dejó indicaciones en el mostrador: “Si vuelve a llamar ese amigo y sigue sin decir el nombre, le dice que estoy en Madrid”. Se marchó a pie desde la Cartuja hasta la calle Doña María Coronel con la noche ya caída y la impaciente ciudad huérfana de pregonero. “Te ha llamado Antonio Ríos. Te va a volver a llamar a las diez”, le saludó su mujer. “Querrá encargarme alguna conferencia para unos cursos que creo que está organizando. Me voy a pasear al perro”. Y su mujer, que se olería la tostada, le conminó a quedarse en casa. El can se quedó sin paseo. Ríos le comunicó el nombramiento y le anunció que toda la junta superior se disponía a ir a su casa a darle ese abrazo que en realidad es el mangazo de botellín y croqueta: “Yo acepto encantado, pero aquí no hay croquetas preparadas, Antonio”. Y tuvo que organizarse el ágape en El Rinconcillo.

La verdad es que el día que fundaron La Casa del Libro en Sevilla llegaron tarde. La de Caro Romero ya era una casa consagrada al libro desde hacía décadas. Hay dormitorios dedicados en exclusividad al almacenamiento y custodia de libros. Hasta la escalera tiene un trastero con libros. En una estantería hay colecciones completas, ordenadas y archivadas de los tebeos más célebres para varias generaciones de españoles: El Guerrero del Antifaz, El Coyote, Roberto Alcázar y Pedrín, El Capitán Trueno… El joven Caro Romero, en sus años de admiración por Rodríguez Buzón y el poeta cubano José Ángel Buesa, se bebía las historias de aquellas leyendas que están en el imaginario colectivo de toda una nación.
El poeta no tiene teléfono móvil. Tanto libro debe impedir la cobertura. En la puerta principal no hay timbre. El poeta vive en la casa donde nació. Desde ella acudía todos los días a las aulas de los Escolapios y después a las del instituto San Isidoro, donde un profesor de Latín, don Vicente García de Diego, nunca le aprobó, pero sí le hizo amar a los clásicos, sobre todo a Marcial y Catulo. Caro Romero acabó aprobando la asignatura gracias a un sistema de compensaciones en las que jugaban a su favor las más altas calificaciones en Literatura. Suspendido en Latín, sí; pero tan agradecido estaba a aquel maestro que sembró en su vida la semilla del amor por los grandes autores, que años después le pidió el prólogo para un libro: Vida del centauro Quirón. En el San Isidoro fue testigo de las correrías de Felipe González, que acabó expulsado por un catedrático de Literatura llamado don Alfredo Malo Zarco. Mientras el profesor escribía en la pizarra, Felipe abandonó la clase por la ventana para acudir a un encuentro sentimental, pero rompió el cristal y quedó en evidencia. Con el paso de los años, el ex presidente del Gobierno no le pidió el prólogo de ningún libro, pero siempre tuvo en consideración a aquel catedrático.

La buena literatura necesita combustible. El desayuno en la cama es la mejor forma de iniciar la jornada. Pantagruel tiene una buena sucursal junto a la Casa de las Dueñas. Si es cuaresma, Caro Romero saluda la mañana con una torrija de La Campana y un pestiño de Santa Inés, delicia de la clausura para quien vive en su propia clausura interior, soñando sonetos, creando décimas, tejiendo silvas… El noventa por ciento de la producción literaria de este ciudadano libre es poesía erótica de altísima calidad. Pero hay una gran Sevilla (no la Gran Sevilla del área metropolitana que nos vendieron en los años de humo y ladrillo) que se queda en el mejor de los casos con el pregón de Semana Santa de 2000. El cofraderío tuvo al mismísimo Catulo hispalense abrazando el atril del Maestranza. Y menos mal que muchos no se enteraron. Las lenguas afiladas aseguran que a Caro Romero lo hubieran hoy descabalgado del pregón con el oportuno dossier de sus poemas más tórridos. Será que los censores a los que temía Alberti siguen coleando. Lagarto, lagarto…

El campo de los poetas no acepta vallas. Catulo era capaz de los versos más tiernos, líricos y sensibles para cantarle al amor, y también de los más obscenos en aquella república romana donde había vía libre para la libertad de expresión. Caro Romero es capaz de dedicarle versos a una braga y de componer la bella y honda filigrana que es la letra del Himno de la Esperanza. Le puso edad a la Macarena y ensalza el cuerpo femenino o recrea un encuentro amatorio con toda precisión de adjetivos. Su trayectoria está marcada por algunos poemas cofradieros (concesiones a la religiosidad popular) y mucha, muchísima, poesía erótica.

Última pareja por antigüedad en el tramo de la muy tiesa Academia de Buenas Letras. Consumidor de papelones de calentitos. Fue cabo gastador de sanidad militar, desfilando un Corpus y un 15 de agosto. No necesitó del barniz universitario para brillar desde muy joven. Hace 50 años logró el premio Adonais. Hace quince dio el Pregón de la Semana Santa. Odi et amo. Un día le comentó a un amigo:“No hay cosa más falsa que esas dedicatorias de libro que aluden a la gran admiración y enorme cariño del autor por el lector. Eso es una gilipollez. Las dedicatorias hay que personalizarlas”. La moto Ducati duró 37 años. Ya no arranca, pero sigue conservada. Como un libro más. Como los ramos de flores secos que adornan el patio. La flor marchita pierde color, pero no su condición de flor.

El poeta sin móvil ni timbre en la puerta se queja de lo difícil que es hablar por teléfono con el periodista. El perro ladra. Y sueña con que ningún pregón más le prive de su paseo. Menos mal que el cofraderío no consume mucho Catulo. Guau, guau.

No te vayas todavía

Carlos Navarro Antolín | 16 de noviembre de 2014 a las 5:00

MANUEL GARRIDO
LLegó al tablao. La noche prometía en aquella Sevilla de los setenta, de policías grises, mazmorras en la Gavidia y anhelos de libertades sin ira. Por aquel lugar bicheaban los componentes de un grupo de sevillanas con pretensiones de abrirse hueco en la ciudad. El anfitrión saludó la llegada de este caballero de una educación de vitrina y abanicos antiguos pintados a mano. El dueño cogió a uno de los cantantes por el brazo y lo llevó hasta la presencia de esa figura de prestigio recién llegada.

–Bienvenido, Manolo. Te quiero presentar a uno de estos jóvenes que hoy actuarán. Prometen mucho. Este joven en particular es el autor de las sevillanas de El Adiós, la que está sonando tan fuerte.

El señor agasajado por el dueño del local miró al joven, que asentía a todo lo dicho.

–¿Ah, sí? ¿Esas sevillanas son suyas? ¡Qué bien! Pues ya somos cinco los autores. Estamos Manolo García, un servidor, usted y dos más que también me han presentado hace pocos días como autores de esas sevillanas. ¡Qué cantidad de autores tienen!

Manuel Garrido (Morón de la Frontera, 1924) cumplió ayer 90 años. Pero ha nacido esta mañana, como Belmonte. Porque nace todas las mañanas cuando se monta en el autobús de Tussam para ir de la Barzola a untarle la mantequilla a la tostada en la terraza de la confitería La Campana. Tiene tres líneas para hacer el trayecto de su casa al centro, pero elige el 13. No es hombre de supercherías. O, mejor dicho, no es un señor de esas cosas. Porque Garrido es un señor. De lejos parece lo que luego es de cerca. Y eso se puede escribir de muy poca gente en Sevilla.

Agricultor cotidiano en la huerta de la amistad. Defiende que en la vida hay que tener algún amigo infiel en algún momento, algún tomate podrido, porque eso ayuda a paladear aún más la dulzura de la amistad verdadera. Su mundo preferido es un velador, una servilleta, un bolígrafo y citarse con la inspiración, que siempre está ahí como un bebé dormido, sólo hay que arrascarle un poco el vientre para que despierte. Los bolsillos de su chaqueta están cargados de servilletas de bares con letras improvisadas de soleares.“Alguna vez carcelero/deja la cárcel abierta/para que vuelen los sueños”. La soleá es la media verónica del repertorio de este poeta a tiempo completo que fue empleado de banca y locutor de Radio Sevilla. Se jubiló de la caja de ahorros cuando aún no había cajeros ni ordenadores en las sucursales. Tan sólo asomaban tímidamente las primeras tarjetas de crédito, que le encargaban endosar a toda la clientela. En el banco le dejaban escribir. “Me lo toleraban”. Su jefe le daba a veces una pila de documentos para que no se fuera a casa sin antes tenerlos todos vistos.

–Y cuando acabes con todo este montón, puedes volver a escribir tus poemas.

Su casa es una vivienda amplia de la Barzola, el barrio en el que vive desde 1951, cuando todavía estaba semivacío, y en el que sus vecinos le han dedicado nada menos que una plaza. Su salón es amplio, tanto que un sofá lo divide en dos. Las paredes y las estancias pregonan premios, placas, reconocimientos, hitos vividos con aquella reunión de amigos donde convivieron durante años gente muy variopinta y de muy diferentes niveles sociales.

Hay un ordenador que une al poeta con el frío de los correos electrónicos y la madeja de las redes sociales. Hay soleares como hay sonetos, saetas, pregones, relatos, entremeses, villancicos, comedias… Escribir como necesidad, escribir como adicción. La televisión acompaña, pero la escritura mantiene sano, activo y vivo el cerebro.
La primera versión de El Adiós, con música de su inseparable Manuel García, apareció en el disco De la Feria al Rocío de Amigos de Gines, en 1975. El próximo año se cumplirán 40 años. Muchas veces recuerda a aquel amigo del trabajo y de las horas de palillos, cantes y guitarras: “Sin Manolo García no hubiera podido hacer nada de lo que hice. Manolo componía y cantaba la mar de bien”.
Con noventa años está en twitter, cuyos 140 caracteres son el palmo perfecto donde pegar esa media por soleares. Debe ser el decano de los tuiteros hispalenses. Testigo directo de la caída de las sevillanas, se convirtió en el paladín de un género con cimientos débiles. El poco mérito que se atribuye es el de no haber dejado morir las sevillanas en años en que sonaban en muy pocas casetas. Utilizó el micrófono de Radio Sevilla para remover la tierra y plantar una nueva cosecha.

Con 90 años ha visto cómo la ciudad ha perdido su carácter de pueblo para convertirse en una urbe con pretensiones. Por Sierpes se para más que un paso de palio a cumplimentar cada saludo con una sonrisa. “Veo personas de mi edad pidiendo limosna por la calle. Eso me da mucha pena. Yo estoy bastante bien, puedo escribir y hacer mis cosas, pero estas personas…”

Enamorado de Triana, de la que es hijo adoptivo, defiende que el arrabal lo tiene todo para él como ningún otro barrio: el río, la cerámica, la historia, la Esperanza morena a la que ha cantado desde los atriles en todas las épocas del año. Su Esperanza que cada diciembre tiene un barco por cintura que lleva un lindo pasajero, ay Manolo, en tantas noches de campanilleros, cuchara en mano haciendo sonar el vidrio gordo del anís, abrigos azules cruzados y vahos de frío al cielo de Pureza, a la vera de la lumbre del bar de Aurelio con Esperanza, Cardenete y Amalita, Montes y Rosamari, Zaragoza e Isabel, Manolo Díaz y Mari Carmen, Paco El Confi e Isabel, Burgos y Pepita, Juan José y Ana María…

La Barzola para dormir, Triana para soñar y la letra de Garrido, otra vez, para rezarle a la Virgen en la salve. Ruega para que un día podamos echar anclas en el puerto que Dios nos promete como segura patria… De pronto fija la mirada, plateado el cabello, los surcos del tiempo en la cara, cruza las piernas, enlaza las manos huesudas por encima de la rodilla, un silencio y una pregunta directa.

–¿Y a ti no te gusta Triana?

Noctámbulo toda su vida, aunque a las siete de la mañana tuviera que estar en posición de firme en el banco. Las noches pretéritas, rematadas en La Trocha junto a Luis Álvarez Duarte y Juan Valdés, antes de volver a casa en moto. Las noches de ahora en su morada, con películas de televisión de las que nunca sigue el guión porque siempre está escribiendo sus propios guiones o tejiendo crucigramas.

Garrido se ha resistido a vivir de las rentas de El Adiós. Sigue componiendo. La historia de las sevillanas no se puede compilar sin sus aportaciones, por mucho que se haya intentado desde el olvido o su prima hermana: la ignorancia. Nunca se despide de nada ni de nadie quien mejor describió la despedida, que sonó en la marcha del Papa polaco y hasta en la muerte de Chanquete. “Cada vez que repiten Verano Azul, otra promoción de mis sevillanas. Je, je ,je”.

Noventa años. Y feliz. “Quizás porque fui un niño con muchos juguetes”, dice este hijo de malagueños que nunca deja el lenguaje figurado. Su contestador automático es hondo:“Soy Manolo Garrido. Te devolveré la llamada. Ten paciencia”. Con 27 años se vino para siempre a Sevilla. A Rafael de León le recitó unos versos al oído que aún musita sacándole el jugo a la memoria. En Triana sigue de tertulias con Ángel Vela y Manuel Melado, en el perfecto mentidero de San Jacinto. “No tengo tiempo de cansarme. Sólo me reservo por las tardes. He tenido tan buenos amigos y he disfrutado de tan buenos ambientes que hoy no ambiciono nada. Tengo amigos bastantes más jóvenes que yo que están todo el día con dolores o durmiendo mal”.
Un año perdió su caseta de la Feria en el 186 de Joselito El Gallo, Los Giraldillos. Fue al Ayuntamiento a reclamarla en vano. Le respondieron con nones, pero suavizaron la cosa con la promesa de un proyecto de monumento a Las Sevillanas con algún espacio en su honor:

–El único y mejor monumento que ustedes me pueden dedicar es devolverme la caseta.

Su figura, como el barco, se hace pequeña cuando se aleja en la mar urbana de Sierpes. Triana reza con sus letras, la Feria y el Rocío se mueven al compás de sus versos, las coronaciones se ensalzan con sus himnos. La gran mayoría no sabe que el autor está vivo. Vivo y trianeando.