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Alta Velocidad de Huelva

Carlos Navarro Antolín | 11 de febrero de 2018 a las 5:00

GARCÍA PALACIOS

EL salón de actos de la Caja Rural estaba hasta las trancas de público aquella mañana de febrero de 2013. Se presentaba el cartel oficial de la Semana Santa, pintado por Nuria Barrera, por lo que una brisa de Quizás, perfume de Loewe, impregnaba buena parte de la estancia. El cofraderío oficial copaba las localidades de primera fila. La tropa se conformaba con las últimas, con el consuelo de estar más cerca de la salida que garantizaba un acceso rápido a las croquetas de rigor. Hacía tan sólo unos meses que había dimitido el presidente del Consejo de Cofradías, Adolfo Arenas. Las causas verdaderas de aquella renuncia nunca trascendieron, lo que siempre sirve en Sevilla para alimentar toda clase de leyendas. Y las leyendas son útiles, de alguna manera, para disfrutar de la condición de mito, rozar la inmortalidad y generar cierto morbo. Por ejemplo, Curro Romero era una leyenda, un personaje inalcanzable, misterioso, inaccesible, del que no conocíamos la voz, acaso tan sólo por la breve entrevista en el callejón que le hacía el periodista de TVE tras el segundo toro de su última tarde en el abono abrileño. Pero nada más. Ni Curro tenía cortijo, ni se vestía en el Hotel Colón, ni se prodigaba en las revistas de colores. Y todo ese estilo, esa discreción natural, hacía más grande su figura, más enigmática. Hasta que un día se rompió ese halo de misterio que hacía más grande al Faraón. Aquella dimisión de Adolfo Arenas –decíamos– nunca se explicó bien. Pasó a ser un asunto tabú. El día de la presentación del cartel de Nuria Barrera ninguno de los cofrades que tomaron la palabra tuvo un recuerdo hacia el anterior presidente, pese a que la designación de la artista se había hecho bajo su mandato y pese a que la dimisión estaba aún muy caliente. Esos silencios fueron una muestra más de la cobardía cofradiera, no fuera a molestarse la autoridad eclesiástica. Nadie de la que había sido su casa se acordó de Adolfo Arenas hasta que un señor que no es de Sevilla colocó al ausente en el sitio que le correspondía. Nada menos que el anfitrión, el presidente de la Caja Rural, José Luis García Palacios (Huelva, 1936), abrió su discurso con unas palabras hacia el presidente del Consejo con el que había colaborado durante varios años, cada uno desde su puesto. A Adolfo Arenas lo llamaron por teléfono en cuanto acabó el acto para darle el minuto y resultado de la cicatería cobardona cofradiera y del señorío onubense.

–Don Adolfo, los suyos ni le han mentado. Ha sido el señor de la Caja Rural, el que tiene todas las hechuras de Pepe Luis Vázquez, el que lo ha hecho con toda elegancia. Se han quedado los demás con la cara colorá.

Y Adolfo, abandonando su habitual prosopopeya y esa oratoria de cornucopia que es marca de su casa, acertó a sentenciar.

–Es que José Luis es un señor. El lunes lo llamaré para darle las gracias.

García Palacios ha sido durante décadas ese señor de Huelva, muy orgulloso de Huelva y que siempre vuelve a Huelva por muy tarde que se le haga en Sevilla, que forma parte de nuestro paisaje cotidiano. Es uno de los nuestros, que diría aquel. Hay quien lo imita, como Perico Rodríguez, que siendo alcalde de Huelva estaba todo el día en Antares, pero no ha llegado a alcanzar tanto grado de arraigo en Sevilla. Si la Dirección General de Tráfico tuviera la potestad de crear títulos nobiliarios, don José Luis tendría que tener, por lo menos, el marquesado de la A-49 (sin nieve, por supuesto). Personifica como nadie la alta velocidad de Huelva. Se ha pasado la tira de años en su despacho de presidente de la Caja Rural en Sevilla, el que tiene vistas a la hoy denominada plaza Josefa Reina Puerto, antiguamente conocida como el Callejón de los Pobres, una ironía del destino la mar de sevillana, porque en la primitiva plazuela de los pobres se ha pasado este onubense casi dos décadas generando créditos para ayudar al empresario agrícola.

García Palacios ha sido un presidente de la Caja Rural tan sencillo que cuando iba rodeado de colaboradores muy trajeados por la calle San Eloy, el viandante no acertaba a señalar de pronto quién era el que ostentaba el mando. Con un rostro de bondad y un estilo pausado, procura siempre no generar envidia, sabedor de que la envidia es como la hipertensión: el enemigo invisible. Nunca ha querido tener casa en Sevilla, es usuario de coches de segunda mano, fiel a Punta Umbría y con un reloj de alta gama de estilo añejo.

García Palacios tenía la vida resuelta desde pequeño. Hijo único, criado en una familia de empresarios palentinos relativamente acomodados, dedicados a los cueros, las pieles y las lanas, apostó por fabricarse su propio destino. Nació en Huelva porque sus abuelos habían elegido el Sur para su actividad empresarial, porque era donde más ovejas había. Desde muy pronto puso el ojo en las necesidades del mundo cooperativo, donde apreció graves carencias. Una de las pasiones de García Palacios son ciertos dulces, ay esos romanitos, pero con la misma intensidad figura una pasión quizás más árida: el cooperativismo agrario y de crédito. Empezó muy joven en la Cámara Agrícola de Huelva, de donde fue reclamado por la Caja Rural de la misma ciudad para acabar siendo el presidente de la entidad, primero en la propia Huelva y después en Sevilla. Su gran labor se resume en pocas palabras: haber contribuido a la transformación del sector agrario a través del crédito cooperativo. Y hasta tuvo tiempo para entrar en política en los años de la Transición. Entrar en ese mundillo, trabajar como senador en dos legislaturas y saber decir eso tan difícil del ya estoy yo en mi casa cuando Adolfo Suárez se fue y se evidenció que la UCD era un nido de víboras. García Palacios continó teniendo esa fachada de senador, de patricio romano feliz en su Huelva natal.

Si hay un objeto que define a García Palacios es una libreta donde apunta las peticiones de la gente. Cuando se está más de cuarenta años en puestos de relevancia, uno se acostumbra a que le pidan favores, ayudas diversas y cualquier tipo de prebendas. Todas son apuntadas en esa libreta donde sigue la tramitación de las peticiones: el empresario que pide una cita directa con el presidente de la Caja, el cura que necesita un patrocinio para el libro, el hijo del amigo del amigo de Huelva que clama por un traslado a una oficina de Sevilla… A sus 81 años se mantiene muy activo porque no deja de pensar en el futuro. Siempre ha sido obsesivamente previsor, tanto que el día de su boda llevaba papel higiénico en el bolsillo: “Por lo que pueda pasar”.

La vida son horas de relajación en labores de jardinería. Pantalón corto, manguera, tijeras de podar, arriates que piden un repaso… La vida es montar a caballo en el Rocío. Este onubense de pura cepa no disfrutó de verdad de la romería hasta que un año lo llevó la malagueña con la que se casó. Desde entonces no falta. Yse puede afirmar, sin margen de error, que la vida es lisa y llanamente Pilar. Una vez le ocurrió que la tarde previa a la salida de la hermandad fue a comprobar que el caballo y todos los arreos estaban a punto. El picadero estaba ubicado junto a una carpintería de ataúdes. Literal. Cuando García Palacios llegó, no había nadie, pero de pronto se abrió un féretro y salió un hombre del interior. Don José Luis se olvidó del caballo, de los atavíos y huyó rápido del lugar. Se trataba simplemente del final de la siesta del carpintero… La vida es disfrutar de los helados de La Ibense, incluso resguardado en el interior del coche para que los hijos no se los quiten. Le gustan los de sabores añejos: mantecado y tutti frutti. Ha habido años que ha acumulado helados del verano en el congelador para tener suministro todo el invierno. La vida es ser taurino, muy taurino, llevar a gala ser el promotor del monumento a Pepe Luis Vázquez. Y la vida, cómo no, es haber sufrido ingratitudes, desgracias que sólo se soportan con la alegría de la fe y hasta algunos intentos taimados de rebelión… en la granja.

El día que fue proclamado Sevillano del Año agradeció el título con humildad: “Nunca he tenido casa en Sevilla”. Jamás ha sentido que Sevilla fuera una ciudad difícil para el que viene de fuera. “Eso es cosa de los torpes”, dicen que alguna vez ha afirmado cuando oye teorías sobre los cerrados círculos hispalenses.

El decano del sistema financiero español, con casi 50 años en el sector, sigue hoy al frente de la fundación Caja Rural, con sede en Huelva, la ciudad donde hay sexagenarios que recuerdan cómo les atendió don José Luis en los años 70 cuando, siendo jovenzuelos, fueron a pedirle ayuda a su casa a una “hora impertinente” para fundar una hermandad. Una de sus máximas es que los problemas que se resuelven con dinero no son problemas. Y se le atribuye haber sido pionero en concebir la Feria de Sevilla como una fiesta de eso que ahora llaman formato largo. Desde hace muchos años la ha empezado por su cuenta desde el fin de semana previo. Esos días, solo esos días, se queda a dormir en un hotel en Sevilla. Y la A-49 espera siempre a este hombre pausado y parsimonioso que se pirra por los dulces tanto como por una charla sobre el cooperativismo de crédito.

El albacea de Abengoa

Carlos Navarro Antolín | 4 de octubre de 2015 a las 5:00

José Domínguez Abascal
EN Sevilla se mantiene que el uso del “don” para dirigirse al interlocutor es propio de quien va a pedir ese favor que se obtiene del cajero automático, o a base de saber usar el sable con destreza. La versión actualizada del don como herramienta que allana el camino para suplicar un favor es el apodo cariñoso que sustituye al nombre de pila (del pato). Por esta regla no escrita, todo el que quiere hacerle la rosca a Joaquín Sainz de la Maza, futuro presidente del Consejo de Cofradías, le dice ahora Quino. La de gente que tenía tantísima confianza con Sainz de la Maza. Cuantísima gente habla de este macareno como si lo conociera del pupitre de la escuela.

–¿Cómo va lo del Quino Sainz de la Maza para el Consejo? ¿De verdad que va a ser el único candidato?

Lo mismo ocurre con otro Joaquín, Moeckel, que tiene dos apodos, el de Quino o el de Quinete, según la ojana que gaste el que quiera pedirle los abonos de sombra, la defensa jurídica en un pleito gordo (Santa Bárbara bendita del Arenal) o cómo salir de un entuerto jurídico cofradiero. Pese a que algunos lo conocemos desde hace décadas, tenemos la mala costumbre de llamarle Joaquín, pero gente que lo ha tratado quince minutos habla de este abogado como si desayunaran juntos picatostes en el Aero todos los días. Ocurre con abogados de postín como sucede con jueces pregoneros como Francisco Berjano, quien también es rebautizado en las tertulias como Kiko. Revístase Su Señoría de toga con puñetas para que alguien te ponga apodo de marca de tratamientos estéticos, o de hijo desocupado de tonadillera soberbia entre rejas.

–A mí me encantó el pregón del Kiko. Qué cosa más bonita. Hay que ver cómo disfrutó don Juan José, qué cara de felicidad.

¿Y qué me dicen del concejal Gregorio Serrano? Ahora que no ejerce tantísimas delegaciones como le endilgó Zoido –para después ponerlo en la lista electoral en un puesto más atrasado que las partes nobles de un galgo– ya no se oye tanto que si Gori para arriba, que si Gori para abajo, que si Gori viene a la cruz de mayo, que si Gori va a la entrega de premios que me lo ha garantizado Rafa Rivas. La de hermanos mayores que tenían tantísima confianza con Serrano y que de pronto la tienen con el socialista Cabrera, en una transformación que constituye todo un verdadero acelerador de partículas en versión local, que eso sí que es un acelerador y no lo que quisieron poner en la Cartuja de cara al 92. Y de culo al 93, que se decía aquellos años.

Con los llamados como el patriarca bendito ocurre tres cuartos de lo mismo. En Sevilla están Los Pepes, que no es restaurante de Matalascañas ni suena a hotel marbellí, como están los Pepines, Álvarez (del Amor) o Tristán (de la Banda de Tejera). Tenemos también un Pepote, presidente motero que fue de la Junta, y un Pepón, que ahora es presidente de Abengoa, al que las malas lenguas –envidiosas y maliciosas como son siempre las lenguas en Sevilla– llaman el cuchara de Palmatraz, porque ni pincha ni corta al ser su presidencia en Palmas Altas un cargo no ejecutivo.

José Domínguez Abascal (Sevilla, 1953) es Pepón para los amigos, compañeros de escuela universitaria, correligionarios de academia y desahogados que no lo conocen de nada pero que se dan importancia estos días. Y las señoras le meten el dedo en el ojo a los maridos.

–A Pepón lo han ascendido en Abengoa. Este hombre es imparable. Y tú no pasas de asociado en la escuela…

Domínguez Abascal es ese señor que parece pintado por Ibáñez, a lo Doctor Bacterio, cuando cruza la Plaza de la Alfalfa con una bolsa de supermercado en cada mano. La juventud son recuerdos de la Hermandad del Valle, de una casa de la calle Águilas donde una veintena de jóvenes (donde se integraba uno llamado José Moya Sanabria) invertían muchas noches en el estudio, de una mesa de ping-pong y de un beticismo que, al imprimir carácter, hoy conserva. Muy jovencito hizo las Canarias para llegar a Sevilla en pocos años como todo un catedrático. Dicen que es un buen tipo, niño predilecto del catedrático Javier Aracil. También cuentan que es como José Luis Manzanares pero por cuenta ajena. Nos explicamos: Manzanares fundó su propia empresa (Ayesa, por cuenta propia) y Domínguez Abascal se buscó una ya fundada (Abengoa, por cuenta ajena).

Casi nadie recuerda que este catedrático de Estructura asesoró la restauración del Giraldillo, de cuyo estado el primero en dar la voz de alarma fue el maestro mayor de la Catedral, Alfonso Jiménez. Una mañana de 1995, el presidente Chaves subió al Patio de las Azucenas para comprobar el estado de la Giganta, que estaba allí depositada para un primer estudio a fondo. Chaves iba acompañado por los canónigos Manuel Benigno García Vázquez y Francisco Navarro Ruiz, componentes junto a Juan Garrido Mesa del tridente rojo de la curia, dicho así por la evidente proximidad al PSOE que exhibían los tres clérigos. Quince días después de aquella visita, apareció en la Catedral el director del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH), Román Fernández Vaca. La Junta decidió hacerse con la restauración del Giraldillo, capitalizarla si cabe, siendo consejera de Cultura la muy frívola Carmen Calvo, la que, entre otras lindezas, se refería al Archivo de Indias como simplemente “Indias”. Y la Junta lo logró. Se constituyeron las comisiones de trabajo, aparecieron sesudos italianos y expertos varios en restauración y otras disciplinas conexas, entre los que se incluyó a Pepón, que los canónigos recuerdan hoy como un tipo educado, con encanto y cierta gracia. Con el paso de los años, la Calvo llegó a ministra de Cultura de ZP como se llega a los sitios según la escuela belmontina: degenerando. Y el Ministerio de Cultura, qué casualidad, concedió el Premio Nacional de Restauración a los trabajos efectuados en el Giraldillo, una especie de Premio Juan Palomo retroactivo. Por este motivo, a Domínguez Abascal le correspondieron unas cuantas hojas de la corona de laureles.

Manzanares metió a Domínguez Abascal en la Real Academia Sevillana de Ciencias, donde ingresó con un discurso en el que aparecía citado el arquitecto Marco Vitruvio Polión, una ceremonia celebrada en ese feísimo salón de actos de la Escuela de Ingenieros donde hay sillones de sky más propios de la sala de espera de un dentista de Los Remedios en los años ochenta.

Domínguez Abascal, pese a tener un currículum brillante en investigaciones y publicaciones, picó en el cebo de la política. Durante cuatro años fue secretario general de Universidades en la Junta de Andalucía, de donde al final salió regular, pues no está hecha la política, un mundo volátil, donde reina la improvisación y donde se viaja constantemente subido en una noria, para quienes conciben la vida como trabajo, método y disciplina. Lo mejor de este señor es que nunca se ha desvinculado de la Universidad, ni por estar en la Junta, ni por ser alto cargo de Abengoa. Nunca ha dejado la maravillosa tarea de dirigir tesis doctorales, ese contacto enriquecedor con los alumnos que apuestan por la investigación. Y eso dice mucho y bueno de su condición de catedrático, cuando otros, con sus posibilidades y sus relaciones sociales, hace tiempo que hubieran mirado con desdén la pizarra y se habrían sacudido el polvo de la tiza.

Pasó por el despacho de Alaya, donde se abonó a la ley del silencio, por estar sentado en el consejo rector de la Agencia Idea. Que ahora lo hayan nombrado presidente no ejecutivo de la multinacional Abengoa lo constituye en una suerte de albacea de los Benjumea, el buen administrador de la cuota sevillana que queda tras el desembarco de los bancos en el capital de la empresa. Pocos como Domínguez Abascal conocen en Abengoa eso que los americanos llaman el know how. Abascal es la garantía de que no habrá disparates, el hombre que inspira confianza a los que siempre han estado y a los que acaban de llegar. Y, por supuesto, la garantía de que la Universidad Loyola, que tanto debe a Abengoa, mantendrá cierto equilibrio a corto plazo, pues Pepón no deja de ser un rector en la sombra, el alto y severo ciprés que los Benjumea plantaron en el campus ignaciano donde muchos investigadores encuentran más opciones de progresar que en las endogámicas universidades públicas. Justo es reconocer que gracias a su perseverancia hay ya dos disciplinas de ingenierías en la Loyola. Y más que habrá.

Mano derecha de Felipe Benjumea, en Abengoa no se tomaba una decisión técnica sin su conocimiento. Ahora que es presidente, se hartará (aún más) de recibir las peticiones de trabajo de los hijos de todos esos amigos que a uno le salen de pronto en Sevilla cuando las circunstancias lo colocan en el machito y el acelerador de partículas convierte a Pepón en Don José.

El docto sablista

Carlos Navarro Antolín | 28 de junio de 2015 a las 5:00

Alberto Máximo Pérez Calero
Si el saludo constituye esa primera impresión con vocación de permanencia y base sólida para establecer juicios sobre la persona, Sevilla es una ciudad con superpoblación de agradaores. No lo han dicho los últimos análisis sobre demografia, pero lo sabemos por el Observatorio para el Estudio y Análisis de la Ojana Hispalense en las Cofradías y Zonas de Especial Laicidad. Habremos bajado del listón de los 700.000 habitantes (¡ay, Rojas-Marcos!), lo que nos ha menguado la corporación de 33 a 31 concejales, pero agradaores hemos perdido muy pocos. Los mismos que danzaban cuando Zoido tocaba la flauta, danzan ahora cuando es Espadas quien la sopla mientras los de Participa Sevilla, Podemos, Ganemos o como se hagan llamar, están pendientes de pasar el platillo. En Sevilla hay un sinfín de gente agradable, como hay un sinfín de agradaores, que no es lo mismo agradar que ser un agradaor. Se nota, decíamos, en los saludos, en esas frases que se dicen a modo de hastag en las redes sociales, con todas las palabras juntas, sin pausa, en un aparente sin sentido. Me alegro de verte (#mealegrodeverte). Mentira, el tío no se alegra, pero funciona. El único momento en que el sevillano dice la verdad, pero la verdad de la buena, es cuando suelta una frase en negativo a la hora de saludar: “No me paro porque tengo prisa”. Ahí clava el sevillano la banderilla corta en todo lo alto. Anda que si tuviera interés (Andrés) no se iba a parar…

Alberto Máximo Pérez Calero (Écija, Sevilla, 1952) es el presidente del Ateneo, lo cual está encantado de que se diga cuantas más veces mejor. ¿Qué quieres ser de mayor?, le preguntaron en las aulas de los Padres Blancos. Y este alumno aplicado fue rotundo: “Quiero ser médico de familia, pero sobre todo quiero ser presidente del Ateneo”. Su saludo es marca de la casa, tiene estilo propio. Hay sevillanos que van por la calle, enseñándole el casco antiguo a los parientes de fuera, y lo incluyen como patrimonio inmaterial digno de exhibición: “Mira, por ahí va Pérez Calero, vamos a saludarlo para que veas cómo saluda un sevillano original, es algo inusual”. Pérez Calero pone una sonrisa profidén, levanta la mano derecha, inicia con ella una curva creciente hasta la altura del pecho (casi como el torero cuando se perfila para la suerte suprema, pero sin colocarse de perfil) y la desciende hasta el apretón final con la mano del interlocutor. Finos observadores locales dicen que se trata de un saludo con “mano stuka”, por la rapidez, decisión e intensidad de la maniobra que suele ser rematada con un acelerado “holacomoestásmealegromuchodeverte”, todo junto a modo de hastag. El saludo de Pérez Calero es tan clásico como su afición por repartir escuditos de la docta casa:

–El día que vengas con chaqueta y corbata te pongo uno.

Quien no tiene el emblema del Ateneo es como el que no tiene el pin del Curso de Temas Sevillanos, como quien no ha recibido nunca una foto de Martín Cartaya en un sobrecito marrón, o una instantánea de Salazar y Bajuelo por correo electrónico. Un sevillano sin el escudito del Ateneo es un sevillano vacío, soso, con tendencia a la exclusión. A Pérez Calero le encanta repartir escuditos del Ateneo y participar en todos los actos del mailing de la ciudad. Su pasión es estar, representar al Ateneo hasta en mitad del océano, con ese figuroneo sonriente que es digno de agradecer, porque hay que ver la de figurones con cara de mañana de Viernes Santo que pululan por la ciudad. Tanto ellos como ellas. Qué caras de estreñimiento, de enojo perpetuo, de vinagre derramado… Nada que ver con la docta sonrisa del presidente de la docta casa. Alberto Máximo Pérez Calero, que parece nombre de gladiador triunfante con apellidos de marca de sacarina, es la sonrisa del establishment hispalense. Y eso se agradece. En la ciudad que siempre cuestiona al que se estrena en un canapé (“¿Y éste qué busca ahora aquí?”), Pérez Calero siempre está dispuesto a sonreir y a integrar con el único objetivo de ganar adeptos para esas presentaciones de libro con un cuarto de entrada, o esos recitales donde no se llena ni el abono de sombra de los viejos ateneístas.

Sólo han de temer la visita de este sevillano quienes tengan cifras con algunos ceros en la cuenta corriente. O quienes simplemente tengan apariencia de poder tenerlas, porque en Sevilla basta con la presunción de tener dinero para que te lo pidan. Todo presidente del Ateneo que se precie debe emplearse en el arte de manejar el sable, modalidad de esgrima local que consiste en buscar a los reyes magos soltadores y a otros personajes secundarios que conforman ese cortejo llamado cabalgata que cuesta poner en la calle algo más de 200.000 euros. Con la Cabalgata se financia el Ateneo todo el año, como con la carrera oficial se financian las cofradías.

Estos días hay empresarios, médicos, abogados y altos ejecutivos de los que frecuentan esos desayunos a base de pastas y zumo de bote (que deja poso en la copa) que tiemblan cuando la secretaria anuncia la visita de Pérez Calero.

–Don Luis, le telefonea de nuevo el señor Pérez Calero, pide cita para verle. Insiste en que es un asunto personal, nada grave ni preocupante. Dice que le ha dado su teléfono el señor Martín Rubio… Ha llamado ya cinco veces.
–Mira Luismi, qué listo… Dígale que venga. Lo recibiremos.

Y allí que va Pérez Calero con el sable en la mano, con la camisa y el traje que le quedan bailones por ser sevillano enjuto. Yallí que llega con el objetivo de envolver al elegido para ser Melchor, Gran Visir o lo que se tercie, que Pérez Calero es como el negro de la playa que se coloca junto a la sombrilla y exhibe el panel de collares, gafas, pulseras y otros abalorios, pero en versión carroza de Gaspar, carroza de empresa municipal o carroza de personaje secundario. “¿Gusta? ¿Gusta la gafa? ¿Tú cuánto dar?”, dice el negro postrado de hinojos. Pues Pérez Calero sonríe mientras exhibe su tablón con todas las carrozas.

–El récord está en 130.000 euros. Pero si usted nos garantiza 40.000, podemos cerrar el trato. Le aseguro que será una experiencia inolvidable.

Y el elegido se va a su casa la mar de contento, viéndose aupado a la carroza, hasta que la otra parte de la sociedad de gananciales le dice que nanay, que si está en sus cabales o si le va pidiendo cita para el diván de Javier Criado. Y así se le caen decenas de reyes al Ateneo, que nadie sabe las fatigas que ha pasado este hombre en los años que el Cinzano sustituyó al Mumm en las cuchipandas de los constructores pretenciosos.

El Ateneo es muchas veces el acudidero perfecto de los sevillanos con las tardes libres. En la práctica es como una gran casa de hermandad, pero sin imágenes titulares. El presidente trabaja por las mañanas y dedica las tardes a calentar el sillón. Tiene el hábito cardiosaludable de ir de casa al trabajo andando, por ese eje urbano que comunica la Puerta Osario con el ambulatorio de Marqués de Paradas. En su día sufrió graves problemas internos. Primero, cuando trascendió que uno de los componentes de la directiva ateneísta mandaba jamones al presidente del Consejo de Hermandades para ser pregonero de la Semana Santa, el más claro ejemplo del cohecho morado. Ydespués, cuando tuvo que nombrar tres reyes Melchor en menos de un mes. El tercer elegido fue el hermano mayor de la cofradía vecina de Los Panaderos, al que menos mal que no le sacaron un trapo sucio, porque ya no quedaba más que ofrecerle la corona al tío del Rápido Americano que repara los zapatos y hace las copias de las llaves. A Pérez Calero le pidieron con fuerza la dimisión en la crisis de Melchor, pero el hombre aguantó más que un conductor nocturno detrás de un camión de Lipasam por la judería. Y ahí sigue. Como Arenas en el PP.

El momento de mayor emoción del año es cuando dirige la charla en el autobús que conduce a los reyes magos al hospital de turno la noche del 5 de enero. “Como médico de familia os digo…”. Es la coletilla con la que introduce cada frase, cada orientación, hasta que asoman las lágrimas en los oyentes: “Como médico de familia os pido que no preguntéis a los niños qué regalo quieren, pues muchos os dirán que quieren ponerse buenos. Y entonces os váis a derrumbar”.

La vida es el Ateneo, los consejos sabios de Ana, las idas y venidas al ambulatorio con el veloz caminar por San Eloy, el manejo del sable en cuanto acaba la Semana Santa, el chaqué en las procesiones oficiales, las referencias del doctor Hermosilla y de García Díaz, el bolsillo lleno de escuditos. La vida es alzar la mano en cada saludo con la sonrisa de quien cada cinco de enero echa la sacarina de su apellido en el café de una ciudad necesitada de edulcorante a falta de azúcar.

El taxi no debe esperar

Carlos Navarro Antolín | 26 de octubre de 2014 a las 5:00

Adolfo Arenas 2
EL movimiento se demuestra en taxi. No hay que viajar a ningún sitio donde no hayan estado antes los romanos, ni a ningún rincón a cuya puerta no pueda llegar un taxi. El taxi es la vara de medir el estado de ánimo de muchos ilustres sevillanos que se mueven por la vida sin carné, en el sentido literal de la expresión: sin carnet de conducir. En un taxi llegó a su casa don Manuel Clavero después de presentar su dimisión como ministro. Yen un taxi se desplazó Juan Ignacio Zoido la mañana siguiente a sacar 20 concejales en las municipales de 2011. El ya estoy yo en mi casa tan socorrido es sustituido en clave local por el ya me está usted pidiendo un taxi si es tan amable. Y eso dijo Adolfo Arenas Castillo una tarde de otoño, cuando mandó el sillón de presidente del Consejo a la furgoneta del tapicero. A partir de ese día convivió con el silencio con que le obsequiaron los adorables compañeros de la institución. En el taxi cabían al menos tres más, justos los tres cargos que lo eran gracias a su dedo, pero ninguno se subió. Yeso que un taxi entre cuatro sale siempre más económico y es una fórmula de viaje mucho más ecológica. Se montó a solas, llegó a su casa y le dieron razón de varias llamadas telefónicas:
–Adolfo han llamado unos señores muy pesados de la Universidad de Pennsylvania porque quieren estudiar tu caso. Te pagan el viaje, la estancia y un abrigo Dustin para el frío. Se han empeñado en comprobar si hay vida más allá de la presidencia del Consejo. Quieren monitorizarte a partir de ahora, evaluar tus constantes vitales y comprobar si respiras bien a pesar del enorme vacío.
El hombre que viaja en taxi se convirtió entonces en el Adolfo Suárez de las cofradías, con un equipo de gobierno que aún perdura y cuya estabilidad recuerda a la UCD de los últimos días. ¿A qué se debió la única dimisión hasta ahora de un presidente del Consejo de Cofradías? A las filtraciones a la prensa de decisiones y planes de la institución y a que sólo aceptó las tutelas justas y precisas de la autoridad, eclesiástica por supuesto. Por no ser títere se cayó del escenario. Una de las tardes previas a la dimisión se presentó en su despacho el canónigo Manuel Soria, indignado con la publicación de las votaciones del pregonero de la Semana Santa, que dejaban entrever vetos soterrados y una apuesta clara por un perfil ortodoxo. “¡Adolfo, Adolfo, tienen que rodar cabezas!” Y Adolfo le dijo, esta vez sin perífrasis: “Pues aquí tienes la mía”.
La del Consejo no ha sido más que otra tribulación en la dilatada trayectoria de este abogado cuya boda presidió nada menos que el cardenal Bueno Monreal. Arenas es un zorro viejo de las cofradías, capaz de estar hablando horas y horas con un discurso trufado de citas bíblicas y mitológicas. Generoso en la oratoria y en las convidás, que algunos del Consejo no han vuelto a comer en Becerrita desde que él dejó la presidencia. Su despacho está en la Campana, agujero de la tormenta en que se ha convertido la Semana Santa. Sus balcones están a tanta altura que representan la metáfora perfecta de su relación con la actual clase cofradiera. Demasiada perífrasis entre tanto adobo.
Llegó unos años tarde a la presidencia del Consejo, cuando la mesocracia de lenguaje políticamente correcto, de las declaraciones de carril y del doblar el espinazo ante la jerarquía política y eclesiástica, se había extendido como una mancha de cera caliente imposible de quitar con papel de estraza. Quería hacer cosas en la ciudad más estática por excelencia. Quería agitar un mundillo cofradiero disipado como una gaseosa abierta. Invitó a Möet-Chandon a quien no merecía más que un tinto Las Meninas.
Hijo de prioste del Gran Poder, fue criado en unos tiempos en los que los principales puestos eran ocupados por personalidades con currículum. En su juventud vivió la Sevilla nocturna en el café Duque, acompañado por un amigo llamado Juan Salas Tornero. Allí alternaba con los músicos de la Banda Municipal que tocaban en el Patio Sevillano, con el limpiabotas y con el lotero que ingería calorías a base de copas de coñac. En la actividad profesional se inició con apenas veinte años años probando fortuna con dos negocios en apariencia contrapuestos: la chatarra y el marisco. Alguna lengua socarrona dice que la chatarra no fue mal, pero que el marisco, más que venderlo, se lo comían. Dejó los hierros viejos y los langostinos cocidos y abrazó por completo la abogacía, incluso con despacho en Marbella en los años de expansión urbanística.
Su bufete está adornado con frases en Latín. Verba volant, scripta manent. Y sus perífrasis lo embadurnan todo mientras habla por teléfono, con sus elevaciones de tono, con un timbre de voz potente, de operadora antigua de teléfono, con el barroquismo verbal de un locutor de Radio Nacional de antes de 1975, con pausas estratégicas para no perder saliva y con rodeos y más rodeos, circunloquios y más circunloquios, pero bien adornados, recreándose en la suerte antes de llegar hasta el final del relato, que para eso el recorrido lo elige el cliente y no el taxista. Adolfo Arenas es tan amante de la solemnidad y de las formas que bien podría haber sido ceremoniero en el Vaticano, para abrir las puertas de la Capilla Sixtina antes del cónclave y mandar salir a todos los que no son cardenales con la clásica exhortación: “¡Extra omnes!”
Galante con las señoras, de la escuela antigua. Por supuesto, siempre de traje y corbata, aunque sea agosto y se encuentre en Sevilla para no faltar en la Capilla de los Negritos a la misa por la festividad de la Virgen de los Ángeles. ¿A la playa? Si hay que ir se va en tren. Si está en la barra con Juan Salas o Balbino de Bernardo y ve a unos amigos sentados en el comedor, comunica al maitre su deseo de pagar el vino de aquellos señores que están allí sentados. Ysi es Protos, mucho mejor.
La verdad es que a cierta edad, con el Café Duque y el despacho de Marbella ya cerrados, con la comodidad de tener cerca el menú de lentejas de La Reja y una parada de taxis bien poblada en Martín Villa, no estaba ya para soportar muchas directrices de curas cuyo único objetivo era apaciguar al pastor. A cierta edad, uno no acepta que le digan quién puede y, sobre todo, quién no puede pronunciar un pregón, menos aún si para eso lo citan a primera hora de la mañana, que eso es una faena para quienes la gráfica del biorritmo se viene arriba a partir del Ángelus. A cierta edad uno puede ser condescendiente con el taxista que fuma o que lleva la radio a toda potencia, pero que le digan que corte cabezas… Ahí fue como Curro Romero, que soltaba cuanto antes las orejas de los toros para no mancharse las manos de sangre.
Ninguno de los suyos se subió en el taxi el día que dimitió. Ni siquiera le preguntaron desde la puerta del Consejo un clásico, un cumplido, mientras se acomodaba en el asiento de atrás sin arrugar en exceso el faldón de la chaqueta:“Adolfo, ¿quieres dinero?” Ni siquiera pudo responderles con la mirada limpia, huérfana de enojo y sin acritud: “No lo quiero yo, lo querrá el taxista…”
Al llegar a casa y bajarse del vehículo se ajustó el abrigo. Para no sentir el frío de Sevilla. Era otoño. Los árboles estaban pelados. A lo lejos se oía el eco del motor de un taxi a la búsqueda de nuevos destinos. Lástima que el Café Duque ya no despache. Los científicos de Pennsylvania pueden por fin confirmar que sí hay vida más allá del Consejo de Cofradías. Un gran paso para la humanidad.
Dicen que cuando arrecian nuevas polémicas cofradieras, se oyen unas risas socarronas, sostenidas y monocordes. ¿Tal vez una psicofonía? Yque se intuye la redondez perfecta de un emoticono feliz.