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Un corazón espléndido

Carlos Navarro Antolín | 30 de septiembre de 2018 a las 5:00

Araújo

EXISTE un tiempo real como existe un tiempo comercial. El reloj con su tic-tac y el calendario del que se caen las hojas nos marcan el paso de las horas y de los días. Es el tiempo real. La publicidad, los anuncios y los reclamos luminosos nos anticipan los nuevos períodos de consumo con tal intensidad que devoran el presente. En verano nos venden la vuelta al cole, en octubre los mantecados, en febrero los trajes de flamenca… La publicidad juega aviesamente con la denominada angustia anticipativa. Para consumir no hay nada como matar el presente, envejecer prematuramente lo que tenemos hoy para necesitar ya –de inmediato– aquello que acaso necesitaríamos en un mañana muy lejano.

José Antonio Sánchez Araújo (Sevilla, Alcalá de Guadaíra, 1944) es un profesional del periodismo, locutor de prestigio y larga trayectoria, que no vive el presente. Su estado es pensar continuamente en lo que ocurrirá en las semanas siguientes. Dicen que su cuerpo y su mente se guían por husos horarios muy diferentes. Basta un ejemplo: Araújo sale a pasear una mañana por una ciudad europea cuando se le oye reflexionar sobre las tareas que le aguardan en los días y meses siguientes, como si el partido de esa noche ya se hubiera celebrado. El partido ya no existe en su mente. El presente está continuamente amortizado en sus pensamientos.

Araújo se ha pasado media vida viajando con el Sevilla y el Betis hasta que se jubiló en 2009. Ahora solo lo hace con el Sevilla, club que lo tiene mimado, lo trata a mesa y mantel, y que le ha puesto su nombre a la sala de prensa como homenaje perpetuo. En sus tiempos de locutor acumulaba tal cantidad de puntos de la cadena NH y de Iberia que tenía para buenos viajes con muy poco gasto. Gran recolector de facturas, recibos y toda la documentación que sirva para ahorrar costes.

Soltero empedernido. Nadie le ha conocido con pelo. Más de comer que de beber. Maniático al que le gusta tenerlo todo amarrado. En su día se ofreció voluntario para hacer en directo la información del matinal de Radio Sevilla… nada menos que a las 6:30. ¿La clave? Así se aseguraba encontrar aparcamiento en el centro. Posee una cultura envidiable, sabe de casi todo, ha estado en medio mundo.

Cultivó un estilo muy particular, denominado Narrativa Araujo. Y era y es conocido como el Maestro Araújo desde que así comenzó a llamarlo Manolo Rodríguez en su etapa de Radio Sevilla. Dicen que muchas veces habla con sus propias faltas de ortografía, marca de la casa. “Está cormigo”, en vez de “conmigo”. O “Gorgue Cadaval”, en lugar de Jorge Cadaval. Tiene frases recurrentes para las retransmisiones. “¡Atención que viene un córner peligrosísimo!”. Todavía hay quienes se preguntan en qué se diferencia un córner de otro para ser unos lanzamientos más peligrosos y otros no tanto. Tiene otros clásicos en su narrativa: “…Y el árbitro pita la correspondiente falta”. “En fútbol no eleven nada a definitivo”. Una dicción trufada con un ceceo característico y con un timbre de voz que hoy sigue metiendo el cuerpo de sus interlocutores en el ambiente de tarde de domingo.

Por supuesto, si hay una cantinela con la que se identifica a Araújo es la del anuncio de los concesionarios de vehículos Ford: “Catrasa, Tysa y Ferrimóvil”. Miles de sevillanos recuerdan a Araújo intercalar las referencias a los tres establecimientos al retransmitir los partidos con un sonido opaco, casi sin fondo ambiental, propio de los años 80 y 90, cuando la técnica no era tan avanzada como la actual.

Su personalidad está muy definida. Siempre lleva la ropa justa en los viajes. Anda corto de complejos. Conserva en muy buen estado algunas prendas que suman muchos años y que usa de vez en cuando, como el chubasquero de Vía Digital. Combina la ropa con un estilo bastante particular donde los colores de los nikis pueden ser bastante arriesgados. Su estética personal está muy marcada por el uso del bolso masculino al estilo de Torrijos o del paraguayo Cayetano Ré. Hace un año que dio un pequeño paso en su adaptación a la mensajería digital. Inauguró el WhatsApp en su móvil. Todavía no sabe cómo instaló en su teléfono un sistema de mensajería sobre la evolución del Sigma Olomouc, el equipo al que se enfrentó el club de Nervión en las rondas previas de la Europa League. Araújo está ahora al día de todos los partidos de Liga del conjunto checo.

La vida es recordar su etapa de representante de Tampax. En cada farmacia a la que acudía a ofrecer los productos formaba una tertulia de fútbol. Es evocar aquellos partidos que en sus orígenes de locutor retransmitía desde una azotea para la emisora de su pueblo. O aquel director que le habló por primera vez de la FM, la Frecuencia Modulada donde se concentrarían los contenidos deportivos y musicales. La vida es comprar un imán de recuerdo de las ciudades europeas donde juega el Sevilla F.C. “No se te olvide lo del frigorífico, Miguel Ángel”, le dice a su compañero Moreno. Tiene carnet de conducir, pero no le gusta el volante a ciertas horas. Araújo tiene costumbres de obispo, pues sólo acepta la participación en actos nocturnos si el anfitrión se compromete a llevarlo a su casa por la noche.

La vida son largas estancias en Sabinillas (Málaga), donde ahora disfruta de todo el mar que no pudo gozar durante sus años en Radio Sevilla, cuando descansaba preferentemente los miércoles, el día de los “mandados”. La vida son amistades de muchos años como Luis Carlos Peris (¡Cuántos homenajes recibieron juntos tras jubilarse los dos el mismo año!), el macareno Juan Ruiz Cárdenas, el empresario Pepe Moya Sanabria, el torero Emilio Muñoz… Y, cómo no, el difunto Miguel Muñoz, el seleccionador que concentraba al equipo nacional en el hotel Oromana, el de los pinares, donde algunos recuerdan que Araújo entraba con rango de capitán general al ser íntimo del seleccionador y, además, estar en su pueblo.

Es pública su devoción por la Macarena y por Nuestro Padre Jesús, el Nazareno de su amada Alcalá. Cuentan que fue el primero en retransmitir la salida de la Virgen de la Esperanza para toda España, siendo Fontán el director general de la SER. Muchas madrugadas ha coincidido en las labores con Charo Padilla, la flamante pregonera. Un noche de Viernes Santo exclamó ante el micrófono: “El cielo tiene que ser algo muy parecido a lo que yo estoy viendo”. En otra ocasión, cuando la Señora salió sin palio camino de la Cartuja para la beatificación de Madre de la Purísima, Araújo dijo que el palio de la Virgen eran las cientos de estrellas que él vio por un instante en el cielo.

Inseparable de Pablo Blanco, director de la cantera del Sevilla F.C. Juntos comentan todos los partidos del equipo de Nervión desde la temporada 2013-2014 que retransmite Alberto Moreno, todos bajo la coordinación de Miguel Ángel Moreno.

Jamás olvida cuando tuvo que retransmitir por teléfono –desde la habitación del hotel– el partido que el Sevilla jugó en Salónica frente al Paok en la temporada 1991-92. La televisión funcionaba a base de monedas con tan mala suerte que se apagó cuando Diego Rodríguez lanzaba el penalti decisivo de la tanda. Araújo no tenía forma de saber el resultado del lanzamiento. Optó por cantar gol con todas sus fuerzas mientras el técnico de sonido buscaba una moneda griega. La imagen volvió a la pantalla y aparecieron los jugadores sevillistas abrazados. Araújo había arriesgado (y mucho) y acertó. Otro día, en un derbi, los béticos se enfadaron porque Araújo cantó con poco entusiasmo un gol del Betis. La verdad es que el técnico de sonido, ajeno al partido y entregado a la lectura de un libro, le acababa de echar las cenizas del cigarro en el pantalón.

No digiere bien ciertas servidumbres de la fama. No soporta ser imitado, pese a que sólo los muy grandes son remedados. Una de sus ilusiones es volver a retransmitir un partido oficial del Sevilla para pasar a la historia como el locutor de mayor edad, por encima del célebre Matías Prats. Siempre presume de orgullo salesiano hasta el punto de proclamar con fervor en antena tras un gol del Sevilla: “¡Gracias San Juan Bosco, gracias!”.

Araújo es un sevillista, muy sevillista, que goza del respeto del Betis. Es un periodista con buen cartel, que cae bien a todo el mundo. Fue pregonero de la Semana Santa de Alcalá y ha recogido varias medallas, desde la del Mérito en el Trabajo, junto a don Manuel Clavero y Rogelio Gómez Trifón, hasta la de la Provincia por acuerdo del Pleno de la Diputación.

Se vuelca en ayudar a los religiosos de la Orden de San Juan de Dios de su pueblo, donde se presta educación asistencial y laboral a personas con discapacidad intelectual gravemente afectadas. Siempre que ha podido ha tenido detalles con niños enfermos. El profesor alcalareño Francisco Gutiérrez, del colegio San Diego, le pidió un favor en 1986: que el goleador sevillista Ramón Vázquez visitara a un pequeño aficionado convaleciente de un riñón. Araújo no conocía de nada al pequeño paciente, pero bastaba con que se lo pidiera un amigo y que se tratara de una buena causa. Lo logró y la entonces máxima estrella sevillista, que venía de ser campeón de Europa con la selección sub-21, visitó por sorpresa la casa del enfermo.

Dicen que Araújo ahorra mucho, que cuando el camarero del hotel le sube el desayuno, deja la puerta entreabierta y le da las gracias desde el baño para no tener que dejar propina. Pero la verdad es que a mí me ha invitado a café alguna vez en el Bar Lago, el del recordado capataz de La Estrella. Y muchos años antes, sin conocerme, me trajo a casa a Ramón Vázquez cuando estaba enfermo. Aquella generosidad, que solo puede emanar de un corazón grande, espléndido, nunca se olvida. A veces conviene recordar el pasado para dejar ciertas angustias por el futuro. Sobre todo cuando el presente se da continuamente por amortizado.

La fuerza de la ilusión

Carlos Navarro Antolín | 24 de junio de 2018 a las 6:00

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EL que se ríe de uno mismo se puede reír de casi todo. El adulto que sigue siendo un niño mantiene intacta la capacidad de ilusionarse con las cosas pequeñas. El buen humor y la ilusión son un combinado que garantiza la felicidad y nunca deja resaca. Los pesimistas, los que tratan siempre de contagiar al prójimo su carácter avinagrado, desprecian a quienes son capaces de entusiasmarse con el sorteo de la Lotería Nacional de Navidad, con la iluminación de la portada de la Feria, con una convivencia en el Rocío o con una simple ronda de bares. El amargado busca siempre penitentes para su particular cofradía. El lubricante de la vida está, precisamente, en las ilusiones que caben en un cofre de tamaño pequeño, en las fechas especiales señaladas en el almanaque de las emociones, en los momentos de celebración improvisados y, sobre todo, en la capacidad de convertir el trabajo en una fuente de realización personal y estabilidad. Sentido cristiano se llama. Las personas que reúnen estas características son las especiales, las que no pierden un minuto en autocompadecerse cuando la vida les pone una zancadilla y se dan de bruces con un diagnóstico adverso.

Valentín García es un periodista de Canal Sur Radio que a sus 50 años se ilusiona con la riqueza sencilla de la vida cotidiana. Su vida es una lección de buen humor, que adoba en ocasiones con la acidez y la sagacidad de la que pocos son capaces, sólo aquellos que emplean un sacapuntas fino, finísimo, para gastar bromas sin riesgo de provocar reacciones airadas. Se ríe de sí mismo antes de reírse con cualquiera. Y eso es una virtud en una sociedad crispada como la actual y condicionada por la dictadura de la corrección política. Nadie puede dudar de su punto transgresor, el mejor lubricante de su existencia.

El año 2018 saludó a este madrileño de nacimiento y trianero de adopción con una enfermedad en los pulmones. Tenía que salir de cartero real en el arrabal y le dijeron que descansara. Se negó en rotundo. Quería salir y lo hizo. Se enloqueció repartiendo caramelos, como se enajena cada año en el Rocío con su grupo bautizado como Los desorganizados. El gran secreto de la romería tan particular está en el Land Rover que emplean Valentín y sus amigos: un vehículo viejo y ronco del que nadie sabe cómo pasa la ITV. Aseguran con guasa que el momento en que se adhiere la pegatina de la inspección superada al cristal delantero del automóvil es el de mayor emoción del año. Se dice que están compinchados con el técnico, al que darían su palabra de honor de que sólo usarán semejante cacharro con cuatro ruedas para avanzar por las arenas.

Con Valentín no se puede ir por la calle si se quiere llegar puntual a una cita. Se para más que el C-2. El periodista que vino a trabajar de becario en el 92 se ha hecho con un enorme círculo de amistades y conocidos. Todavía se recuerda la fiesta de su 50 cumpleaños el pasado noviembre. Y todavía se evoca en la redacción de Radio Sevilla la fotografía de Carlos Ferrer Salat con la antorcha encendida y Valentín a su lado corriendo y entrevistándolo al mismo tiempo. El primer programa que presentó en Sevilla lo hizo en la SER, junto a Sonsoles García en los tiempos de Radio Sevilla Dos. Estuvo en los comienzos del popular programa La Cámara de los balones con el maestro José Antonio Sánchez Araujo.

Nada arriesgado con la ropa, se cuenta que es gran cliente de Cortefiel porque todas las prendas de este establecimiento parecen hechas a su medida. Usa camisas y chalecos de su padre y de su cuñado. Gasta guasa con la ropa de sus compañeros. Es provocador. Exhibe el vientre a lo Cristiano Ronaldo tras marcar un gol si la ocasión lo requiere.

Su vida es la calle, la radio. Es bueno haciendo radio porque es natural, espontáneo, divertido y tiene esa capacidad para comunicar que provoca ser echado de menos por los oyentes. Su vida es una tertulia eterna, en antena con los oyentes junto a Tom Martín Benítez, o en cualquier bar de su amada calle Castilla. Entre sesión y sesión de quimioterapia, la calle Castilla es su hábitat preferido.

La Feria es esa fiesta donde es capaz de pasar catorce horas. Como buen niño grande es un polvorilla. Se deja ensimismar por el alumbrado. Mira la portada con los ojos extasiados del primer día. Esa capacidad de ilusionarse es quizás el rasgo principal de su carácter. Ilusión por todo: para jugar el cupón de los viernes, o para estar abonado al número 41010 de la Lotería Nacional por ser el número que se corresponde con el código postal de Triana.

Tiene manías muy peculiares. Valentín García, por ejemplo, no puede con los peces. No puede tener cerca ni acuarios, ni objetos de decoración que tengan peces. Una de sus rarezas es la de entrar siempre en la radio con el pie derecho, la cartera en la mano y usar el ascensor de la derecha. O tener siempre 24 botellines en la nevera. Si se bebe uno, lo repone rápidamente. La vida es pasión por su colección de sombreros. Cada viaje un tocado nuevo: hindú, chino, inglés… Y, por supuesto, un tricornio. No le gusta nada el fútbol por mucho que colaborara con Araujo. Francino lo entrevistó recientemente en la SER para toda España y le preguntó si el Betis se clasificaría para Europa. Se tiró al ruedo y dijo que sí sin tener ni pajolera idea de la marcha de la temporada del equipo verdiblanco. Sus afines saben su proclama cuando se trata del balompié: “Yo en asuntos de fútbol me quedé en Calderé”.

En las redes sociales retransmite la evolución de su enfermedad. Sin pretenderlo se ha convertido en la referencia de muchos pacientes con cáncer. Su vitalidad y su capacidad para la comunicación lo han llevado a platós de televisión y a estudios de radio. Por su carisma siempre ha ocupado el centro de las reuniones de forma natural y ahora, quién se lo iba a decir, es la esperanza de cientos de enfermos.

La vida son recuerdos de su estancia en Boston y Nueva York junto a sus padres, del barrio de Salamanca de Madrid donde pocos saben que se ha criado, del chalé de la sierra de la capital de España donde ahora se recupera. La vida es no quejarse casi de nada. ¿Quién ha visto a este Valentín enfadado alguna vez? Quizás cuando algo no se hace bien en la radio. La vida son recuerdos de juergas de juventud interminables, de presumir de las cicatrices, de provocar, exhibir, agitar. La vida es un paseo en la Vespa de color rojo que cuida como a un tercer hijo. La vida es hacer chiste de todo: “Me apunto a un gimnasio y me entra cáncer, ¿os habéis dado cuenta?”. La vida son camisetas de diseño propio que le hacen en un comercio de Vejer de la Frontera. Genial la que luce el lema Fajas Aurora que, por cierto, es el comienzo de la dirección de su correo electrónico particular. El buen humor, siempre el buen humor. La vida es afición por la música de Los Chunguitos, Nacha Pop y Tequila. Es ganar un concurso de cartas de amor convocado en Paradas en 1999. Es escaparse por Cádiz, el Palmar, Zahara de los Atunes o pueblos desconocidos de Portugal que ha descubierto recientemente. No hace mucho se alquiló una casita en un pequeño poblado desconocido y en dos días ya estaba publicando imágenes de una barbacoa de sardinas en la que participaba media localidad. No extraña que digan que es capaz de sacarle conversación al surtidor de la gasolinera: “Ha elegido diesel”. Y Valentín le suelta una de sus perlas a la máquina y ésta le responde…

Un don para la radio, un desastre para la cocina. En la calle no existe nunca el reloj. Y el Viernes Santo mucho menos. Sale a ver el Cachorro por la calle Castilla, se queda en los bares de la collación, ve pasar la O, va empalmando las tertulias y sigue en la misma calle Castilla cuando ya está El Cachorro de regreso. No tiene medida para nada cuando está en la calle. Es el gallo de todos los gallineros que se improvisan a su encuentro. Es feliz con su forma de ser, es un escándalo permanente, una charla continua. Un tipo vibrante. La radio misma. 24 horas conectado si pudiera. De hecho duerme poco, poquísimo. Porque al dormir no puede gastar bromas a sus amigos de la redacción, Jorge González y José María Humanes, no puede lanzar dardos con humor al prójimo, disfrutar con cualquiera de los escándalos que este terremoto arma en un plisplás y contarnos en las redes sociales que va ganando su particular batalla. Durmiendo no se coleccionan sombreros. Y lo sabe.

 

No te vayas todavía

Carlos Navarro Antolín | 16 de noviembre de 2014 a las 5:00

MANUEL GARRIDO
LLegó al tablao. La noche prometía en aquella Sevilla de los setenta, de policías grises, mazmorras en la Gavidia y anhelos de libertades sin ira. Por aquel lugar bicheaban los componentes de un grupo de sevillanas con pretensiones de abrirse hueco en la ciudad. El anfitrión saludó la llegada de este caballero de una educación de vitrina y abanicos antiguos pintados a mano. El dueño cogió a uno de los cantantes por el brazo y lo llevó hasta la presencia de esa figura de prestigio recién llegada.

–Bienvenido, Manolo. Te quiero presentar a uno de estos jóvenes que hoy actuarán. Prometen mucho. Este joven en particular es el autor de las sevillanas de El Adiós, la que está sonando tan fuerte.

El señor agasajado por el dueño del local miró al joven, que asentía a todo lo dicho.

–¿Ah, sí? ¿Esas sevillanas son suyas? ¡Qué bien! Pues ya somos cinco los autores. Estamos Manolo García, un servidor, usted y dos más que también me han presentado hace pocos días como autores de esas sevillanas. ¡Qué cantidad de autores tienen!

Manuel Garrido (Morón de la Frontera, 1924) cumplió ayer 90 años. Pero ha nacido esta mañana, como Belmonte. Porque nace todas las mañanas cuando se monta en el autobús de Tussam para ir de la Barzola a untarle la mantequilla a la tostada en la terraza de la confitería La Campana. Tiene tres líneas para hacer el trayecto de su casa al centro, pero elige el 13. No es hombre de supercherías. O, mejor dicho, no es un señor de esas cosas. Porque Garrido es un señor. De lejos parece lo que luego es de cerca. Y eso se puede escribir de muy poca gente en Sevilla.

Agricultor cotidiano en la huerta de la amistad. Defiende que en la vida hay que tener algún amigo infiel en algún momento, algún tomate podrido, porque eso ayuda a paladear aún más la dulzura de la amistad verdadera. Su mundo preferido es un velador, una servilleta, un bolígrafo y citarse con la inspiración, que siempre está ahí como un bebé dormido, sólo hay que arrascarle un poco el vientre para que despierte. Los bolsillos de su chaqueta están cargados de servilletas de bares con letras improvisadas de soleares.“Alguna vez carcelero/deja la cárcel abierta/para que vuelen los sueños”. La soleá es la media verónica del repertorio de este poeta a tiempo completo que fue empleado de banca y locutor de Radio Sevilla. Se jubiló de la caja de ahorros cuando aún no había cajeros ni ordenadores en las sucursales. Tan sólo asomaban tímidamente las primeras tarjetas de crédito, que le encargaban endosar a toda la clientela. En el banco le dejaban escribir. “Me lo toleraban”. Su jefe le daba a veces una pila de documentos para que no se fuera a casa sin antes tenerlos todos vistos.

–Y cuando acabes con todo este montón, puedes volver a escribir tus poemas.

Su casa es una vivienda amplia de la Barzola, el barrio en el que vive desde 1951, cuando todavía estaba semivacío, y en el que sus vecinos le han dedicado nada menos que una plaza. Su salón es amplio, tanto que un sofá lo divide en dos. Las paredes y las estancias pregonan premios, placas, reconocimientos, hitos vividos con aquella reunión de amigos donde convivieron durante años gente muy variopinta y de muy diferentes niveles sociales.

Hay un ordenador que une al poeta con el frío de los correos electrónicos y la madeja de las redes sociales. Hay soleares como hay sonetos, saetas, pregones, relatos, entremeses, villancicos, comedias… Escribir como necesidad, escribir como adicción. La televisión acompaña, pero la escritura mantiene sano, activo y vivo el cerebro.
La primera versión de El Adiós, con música de su inseparable Manuel García, apareció en el disco De la Feria al Rocío de Amigos de Gines, en 1975. El próximo año se cumplirán 40 años. Muchas veces recuerda a aquel amigo del trabajo y de las horas de palillos, cantes y guitarras: “Sin Manolo García no hubiera podido hacer nada de lo que hice. Manolo componía y cantaba la mar de bien”.
Con noventa años está en twitter, cuyos 140 caracteres son el palmo perfecto donde pegar esa media por soleares. Debe ser el decano de los tuiteros hispalenses. Testigo directo de la caída de las sevillanas, se convirtió en el paladín de un género con cimientos débiles. El poco mérito que se atribuye es el de no haber dejado morir las sevillanas en años en que sonaban en muy pocas casetas. Utilizó el micrófono de Radio Sevilla para remover la tierra y plantar una nueva cosecha.

Con 90 años ha visto cómo la ciudad ha perdido su carácter de pueblo para convertirse en una urbe con pretensiones. Por Sierpes se para más que un paso de palio a cumplimentar cada saludo con una sonrisa. “Veo personas de mi edad pidiendo limosna por la calle. Eso me da mucha pena. Yo estoy bastante bien, puedo escribir y hacer mis cosas, pero estas personas…”

Enamorado de Triana, de la que es hijo adoptivo, defiende que el arrabal lo tiene todo para él como ningún otro barrio: el río, la cerámica, la historia, la Esperanza morena a la que ha cantado desde los atriles en todas las épocas del año. Su Esperanza que cada diciembre tiene un barco por cintura que lleva un lindo pasajero, ay Manolo, en tantas noches de campanilleros, cuchara en mano haciendo sonar el vidrio gordo del anís, abrigos azules cruzados y vahos de frío al cielo de Pureza, a la vera de la lumbre del bar de Aurelio con Esperanza, Cardenete y Amalita, Montes y Rosamari, Zaragoza e Isabel, Manolo Díaz y Mari Carmen, Paco El Confi e Isabel, Burgos y Pepita, Juan José y Ana María…

La Barzola para dormir, Triana para soñar y la letra de Garrido, otra vez, para rezarle a la Virgen en la salve. Ruega para que un día podamos echar anclas en el puerto que Dios nos promete como segura patria… De pronto fija la mirada, plateado el cabello, los surcos del tiempo en la cara, cruza las piernas, enlaza las manos huesudas por encima de la rodilla, un silencio y una pregunta directa.

–¿Y a ti no te gusta Triana?

Noctámbulo toda su vida, aunque a las siete de la mañana tuviera que estar en posición de firme en el banco. Las noches pretéritas, rematadas en La Trocha junto a Luis Álvarez Duarte y Juan Valdés, antes de volver a casa en moto. Las noches de ahora en su morada, con películas de televisión de las que nunca sigue el guión porque siempre está escribiendo sus propios guiones o tejiendo crucigramas.

Garrido se ha resistido a vivir de las rentas de El Adiós. Sigue componiendo. La historia de las sevillanas no se puede compilar sin sus aportaciones, por mucho que se haya intentado desde el olvido o su prima hermana: la ignorancia. Nunca se despide de nada ni de nadie quien mejor describió la despedida, que sonó en la marcha del Papa polaco y hasta en la muerte de Chanquete. “Cada vez que repiten Verano Azul, otra promoción de mis sevillanas. Je, je ,je”.

Noventa años. Y feliz. “Quizás porque fui un niño con muchos juguetes”, dice este hijo de malagueños que nunca deja el lenguaje figurado. Su contestador automático es hondo:“Soy Manolo Garrido. Te devolveré la llamada. Ten paciencia”. Con 27 años se vino para siempre a Sevilla. A Rafael de León le recitó unos versos al oído que aún musita sacándole el jugo a la memoria. En Triana sigue de tertulias con Ángel Vela y Manuel Melado, en el perfecto mentidero de San Jacinto. “No tengo tiempo de cansarme. Sólo me reservo por las tardes. He tenido tan buenos amigos y he disfrutado de tan buenos ambientes que hoy no ambiciono nada. Tengo amigos bastantes más jóvenes que yo que están todo el día con dolores o durmiendo mal”.
Un año perdió su caseta de la Feria en el 186 de Joselito El Gallo, Los Giraldillos. Fue al Ayuntamiento a reclamarla en vano. Le respondieron con nones, pero suavizaron la cosa con la promesa de un proyecto de monumento a Las Sevillanas con algún espacio en su honor:

–El único y mejor monumento que ustedes me pueden dedicar es devolverme la caseta.

Su figura, como el barco, se hace pequeña cuando se aleja en la mar urbana de Sierpes. Triana reza con sus letras, la Feria y el Rocío se mueven al compás de sus versos, las coronaciones se ensalzan con sus himnos. La gran mayoría no sabe que el autor está vivo. Vivo y trianeando.