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“Estás más delgado”

Carlos Navarro Antolín | 10 de abril de 2016 a las 5:00

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LOS partidos políticos tienen estatutos colgados en sus páginas oficiales de internet. Muchos preceptos de redacción hueca, de escasa utilidad y de formulación lo suficientemente generalista para que los presidentes, secretarios generales y comités ejecutivos puedan hacer y deshacer con apariencia de legalidad. Al margen de los estatutos está el código interno, que no se explica en ningún curso de formación (subvencionado) y que se lo saben al dedillo los cargos y militantes del núcleo duro. Se trata de dos normas básicas y no escritas: al jefe hay que reírle las gracias, sobre todo si son en público, y hay que estar siempre disponible al cornetín de mando que toca el correveidile de gabinete de turno. Javier Arenas, padre natural de toda la militancia del PP andaluz, es un especialista consumado en gastar bromas y permitirse ciertas licencias en los mítines o convenciones que se celebran en salones de hoteles con derecho a botellita de agua y platito de caramelos. También lo es en trabajar los domingos para inventarse cualquier excusa para hacer declaraciones y colarlas en el telediario de las tres de la tarde y en el de las nueve de la noche. Va uno de viaje por España, pone la televisión en Cáceres y aparece Javié con la ceja arqueada haciendo declaraciones sobre los independentistas catalanes en el Parador de Carmona. Yel acompañante, ante el plato de migas, clava el diagnóstico que nadie ve.

–Ea, ahí tienes al campeón mangando cuota mediática nacional y poniendo una pica en Carmona para capitalizar la casi mayoría absoluta de Juan Ávila. Anda que no es listo el Arenas. Tiene claro el cumplimiento del precepto dominical… en política.

Arenas coge el micrófono y saluda con toda soltura a “Pani” (Luis Panigua, el responsable de Nuevas Generaciones), alude a que el veterano Albendea “siempre es el primero en aplaudir”, saluda a Juan (Juan Ignacio Zoido), del que dice –decía– que se fía tanto que le dejaría al cuidado de un hijo un fin de semana, manda un beso a Lola (Dolores Meléndez, histórica de la derecha sevillana), refiere el color amarillo del jersey de Jaime Raynaud (“¡Qué bonito, Jaime!”), por lo que Raynaud sale echando sapos y culebras, y reserva la perla para su querido Antonio Sanz: “Antonio, estás más delgado”. ¿Cuántas veces hemos oído de Arenas, abrazado al atril del mitin o en la presidencia del comité ejecutivo regional, proclamar que Antonio Sanz está más delgado?

Y Antonio Sanz (Jerez de la Frontera, 1968) ha soportado todas y cada una de las bromas del antes jefazo del PP andaluz, ahora superviviente de Génova y, siempre, siempre, catedrático del culebreo en las filas del peperío del Sur de España. Todos en el PP andaluz lo admiran, digan lo que digan. Cuando llegaban los jueves de los ministerios que perdimos, Arenas cogía el teléfono interno y avisaba a su gabinete:

–¿Marilar? ¿Mateo? Oye, preparadme algo para salir en la tele el domingo tras el partido de pádel en Antares. Avisad a Zoido, Jaime, Juanitobueno, Antoñito Sanz… ¿Eh? Que estén allí arropándome mientras hablo para que el total de la tele quede de dulce. Y al día siguiente nos volvemos a Madrid en el AVE de las seis y veinte, tempranito, ¿eh? Que se venga alguien del partido para ir trabajando sobre los planes de Andalucía.

Y el único que siempre ha estado disponible a la hora de la verdad ha sido Antonio Sanz. Para arropar al líder en los totales haciendo leves afirmaciones con la barbilla, para coger el AVE de las 06:20 en Santa Justa, y hasta para salir en coche hacia Madrid a las cuatro de la madrugada porque había que estar en Génova de forma urgente a primera hora y ya no había tren posible. Antonio Sanz nunca le ha dicho que no a Javié. Nadie en el partido, ni siquiera quienes han sufrido su carácter de general secretario, ocultan que es el tío que más horas de trabajo echa en la estructura de un partido acomodado, casi convertido en la perfecta Consejería de la Oposición de la Junta de Andalucía. No le ha importado ser secretario general, dejar de serlo y volverlo a ser. No le ha importado mandar en el PP de Cádiz, dejar de mandar y volver a mandar. Y al fin ha conseguido ser un cargo serio tras años de travesía del desierto por la oposición andaluza: delegado del Gobierno en Andalucía.

Paradójicamente, Antonio Sanz está sacando rédito político a un cargo eminentemente institucional, habitualmente reservado a figurones. Y eso lo han conseguido pocos delegados del gobierno, al menos del PP. Zoido se volcó en la agenda social, Carmen Crespo se fue sin enterarse de la misa la media, y este Sanz que nació para ejercer el poder está aprovechando los meses del gobierno en funciones para desplegar toda la cola del pavo real político que siempre ha llevado dentro. El destino lo ha mantenido demasiados años sin responsabilidades institucionales. Por fin el hombre de aparato (puro y duro) se está luciendo visitando el dispositivo de la DGT un domingo de fin de puente festivo, coordinado el simulacro de un terremoto o trabajando en armonía con los socialistas en el plan de seguridad de la Semana Santa. Las cofradías de Sevilla siempre estarán en deuda con este jerezano que suba y baja de kilos con facilidad, que escruta con el barrido de una mirada todos y cada uno de los asistentes a un acto público, y que es tenido por un rocoso negociador cuando en la mesa se sientan políticos de otro signo. Como delegado del Gobierno se vuelca con los ayuntamientos del PP sin ningún complejo, aunque sea el de Tomares de José Luis Sanz, con el que ora se lleva bien, ora dicen que son como Ben-hur y Messala, que cada cuál le ponga a cada uno la cuadriga que considere más apropiada…

La vida es echar una bronca a los cachorros de Nuevas Generaciones cuando no se cumplían sus directrices, que algunos de aquellos jovenzuelos aún recuerdan sus reprimendas. La vida es dar rienda suelta a su gran afición: ejercer de radioaficionado nocturno con el código EA7AE en largas noches donde puede acabar al habla con un tío en Tailandia. Aún se recuerda la antena que hizo instalar en la sede regional de la calle San Fernando en sus años como secretario general, como se recuerda su último día en aquel despacho oficial, cuando una limpiadora le preguntó por qué se llevaba las banderas oficiales: “Son mías”. La vida es desayunar en las ventas de la A-92 en los largos viajes con Javié por la Andalucía que sigue dejando al PP en la cuneta del poder como heredero natural del pifiazo de la UCD en el referéndum autonómico. La vida es tener el don de la ubicuidad para estar en los oficios del Viernes Santo en la Catedral y en las procesiones de Jerez la misma tarde. La vida es estar de patrulla nocturna con la Cruz Roja en el Estrecho sin fotógrafos, una afición sana que, como la de radioaficionado, es propia de quien necesita dormir poco. Siempre dispuesto a subirse al helicóptero de la Guardia Civil, a sentarse en el puesto de mando de cualquier operativo de la Policía Nacional, a conducir el coche que lleva a Arenas adonde tiene que estar el líder a las 9 de la mañana.

Pero hubo una noche de escasos testigos en la que Sanz dio la verdadera talla de político del PP. Aquel domingo de cuaresma en que Arenas se quedó a cinco diputados de la mayoría absoluta de Andalucía, cuando de los salones del Oriza parecía que iba a salir la Mortaja y sólo faltaba el sonido de la esquila, cuando los camiones del cáterin de la Raza contratado para la prensa se quedaron aparcados encima de la acera con los canapés criogenizados, cuando la pancarta triunfal se quedó sin desenrollar y los músicos contratados fueron literalmente los primeros en marcharse… Aquella noche de hundimiento de la Armada Invencible de Arenas, cuando ya no quedaban pelotas y el perro flaco del PP andaluz volvía a rascarse las pulgas de un nuevo varapalo, Antonio Sanz siguió en la sede hasta el final junto al gran derrotado Fue una estampa dolorosa, compensada hoy con la experiencia en un despacho que ha convertido en una suerte de ministerio andaluz del Gobierno de Rajoy.

Sanz es un tipo intenso, el clásico agonía que no conoce límites en el oficio, una característica de donde afloran sus virtudes y sus defectos. Hoy vive días de preocupación por el futuro del Gobierno de España. Si el PP continúa en la Moncloa, nadie se atreverá a desalojarlo del despacho de la Plaza de España, pues ha demostrado que no se limita a acompañar a los ministros, sino a vender logros políticos de todo tipo: desde los planes de seguridad de Semana Santa a los tramos nuevos de autovía. Dicen las malas lenguas que Sanz tiene la visión política que falta en el equipo de Moreno Bonilla, líder regional. Y que, en la práctica, la Plaza de España es la referencia del PP andaluz en contraposición con la calle San Fernando. Si tuviera una imagen más estilizada, tal vez podría plantearse otros objetivos en una política marcada en exceso por la imagen y el márquetin. Pero entonces no sería el genuino Sanz, duro como secretario general con los suyos y amable para entenderse con los interlocutores de la izquierda. Es un profesional de la política en el buen sentido. No se caracteriza por su especial sentido del humor, pero no es aburrido. Será presidente del PP de Cádiz por los siglos de los siglos, sabedor de la importancia que tiene retener una parcela de poder orgánico cuando los vientos desalojan al PP de las instituciones. No quiso ser presidente del PP andaluz, tal vez porque ha vivido en exceso en la burbuja que se creó el propio Arenas y donde en muchas ocasiones sólo tenían cabida el propio Arenas y él. Dicen que con Arenas ha tenido más aguante que la sábana de abajo y que ha visto en demasiadas ocasiones como Javié es capaz de venderle un pingüino a un moro en el desierto. El caso es que Antonio, sea como fuere, siempre está más delgado. Palabra de Arenas Albendea aplaude. Y todos ríen, menos Raynaud si lleva el jersey amarillo.

Don Pelayo sin teleférico

Carlos Navarro Antolín | 19 de julio de 2015 a las 5:00

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EN la serie ochentera Fama, la profesora de danza de la Escuela de Arte de Nueva York agitaba la vara de mando: “Para triunfar hay que sufrir”. Y todos los alumnos –estética de sudor, mallas ajustadas y calentadores en las piernas– atendían la arenga en silencio, hieráticos, en posición de disciplina marcial. Algo parecido hizo un día el padre natural del PP andaluz, Javier Arenas. No es que cogiera la vara de mando, porque la trae puesta de fábrica cuando se trata de Andalucía y el PP, pero sí reunió a todos sus hijos políticos en los sótanos de la sede regional, donde se llevan años rodando los capítulos de Canción triste de San Fernando Street, para comunicarles sus nuevos destinos, a modo de capitán general en la entrega de despachos a la nueva promoción: Tomares, Mairena del Aljarafe, Palomares, Guillena… Mandó a sus centuriones a las campañas municipales de la provincia con el objetivo de sumar losetas de poder municipal para aspirar a pisar el pavimento palaciego de San Telmo. Los muchachos de Arenas se iban al frente, como Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena.

José Luis Sanz (Sevilla, 1968) era el coordinador, o como se llamara el puesto, de la presidencia del PP andaluz. Era un chico de Arenas, que era el cargo que realmente importaba entonces. Y Arenas lo mandó a Tomares: “Para estar en este partido hay que aprender a sufrir, José Luis”. El druida del centro derecha andaluz, sin marmita pero con raqueta de pádel, lo clavó. ¡Anda que no lleva José Luis sufriendo un tiempo! Si casi me lo dejan herniado para la política. Cuando recibió la encomienda de Tomares, no es que Sanz sonriera, porque es un tipo sacado de El nombre de la rosa –un monje no debe reirse– pero cumplió con disciplina un encargo que suponía un cambio de aires, no sólo porque iba a estar más fresquito gracias al microclima aljarafeño que tanto apreciaban los musulmanes, grandes buscadores de la sombra urbana hasta que Monteseirín se la cargó y Zoido fue incapaz de arreglar el desaguisado, sino porque salía así de la exclusividad de Javié, cuya hiperactividad no da lugar a un respiro.

–Con Zoido al menos da tiempo a hacer vida familiar y se puede tomar uno una cerveza.
–Y hasta con tapa, José Luis.

Javié es de los que no dejan vivir, pega continuos demarrajes que sólo aguanta Antonio Sanz.

–Antonio, Antonio… Hay que estar mañana a primera hora en Madrid, tenemos que llegar a Génova antes que Lola Cospedal, y me dice Patricia del Pozo que ya no queda ni un Ave.
–Tranquilo, Javié, cojo el coche y nos vamos ya. Tú te duermes y yo conduzco.
–Gracias, Antonio. Por cierto, hoy te he visto más delgado en la ejecutiva.

José Luis Sanz se hizo con la Alcaldía de Tomares en 2007. Prometió un teleférico para comunicar el municipio con la capital en los años del boom inmobiliario en que regía aquello de tonto el que se no compre un adosado. Nunca hubo un teleférico, pero la Real Academia de la Lengua Española siempre agradecerá a Sanz su intención de adecuar la realidad al uso del lenguaje. Hay tanto tonto aljarafeño que dice lo de subir y bajar a Sevilla, que Sanz se empeñó en que fuera verdad a base de montar a los vecinos en cabinas de verdadera subida y bajada: los tomareños bajaban directamente a la zona nacional de Los Remedios y los sevillanos subían hasta Casa Esteban a jamar los célebres huevos fritos con patatas, que es como el Lucio de Madrid, pero sin catetos esperando ver al Rey con Zapatero sin corbata.

Este político de apariencia amodorrada mantiene hoy el cargo de alcalde de Tomares pese a las circunstancias. Es un sevillano de ruán que sólo se ríe en la distancia corta. Y lo hace hacia dentro. Por ejemplo, un día le contaron que Zoido le prometió a un vecino pasar una noche en el Palacio de las Marismillas de Doñana, donde pernoctan los jefes de Estado, para que conociera in situ este inmueble de Patrimonio del Estado. Cuando Sanz oyó el relato de semejante promesa, no pudo reprimirse: encogió los hombros, esbozó una sonrisa blindada a lo Gillete y emitió un sonido que era una suerte de carcajada difundida por un transistor con la batería baja. A lo perro Risitas, pero sin dolo.

Debe ser verdad que Sanz gana en la distancia corta, que es el elogio que se hace de los tímidos. El zoidismo emergente de 2012 lo convirtió en secretario general del PP andaluz. Cuando llegó al despacho regional no había banderas: ni española, ni andaluza. La señora de la limpieza le dijo que se las había llevado su antecesor, Antonio Sanz: “Don Antonio dijo que eran suyas, que se las llevaba para Cádiz”. Desde ese nuevo despacho trató de renovar el partido como si fuera un plato de la nueva cocina: Solomillo del PP andaluz a la reducción de Arenas. Y, claro, como diría Calvo Sotelo, esa receta equivalía a un metafísico imposible. Y Javié no se lo perdona desde entonces. Porque el PPandaluz, o es Arenas o sencillamente no es PP andaluz.

La falta de fuerza de Zoido en Madrid, las andanzas del zorro de Javié en la Sierra de Génova y una fiscal con cara de pocos amigos, le metieron a Sanz un cornalón que lo dejó sin aspiraciones a la presidencia regional del partido. Game over. Sanz se acostó Papa en las vísperas del cónclave del PP andaluz, con sus amigos Juan Bueno y Eloy Carmona recogiendo avales para su causa, y se despertó cardenal, con Juan Bueno y Eloy Carmona pasando los avales por la trituradora. La sotana blanca era para un malagueño llamado Moreno Bonilla. Y dicen que el sastre que le tomaba medidas tenía cierto parecido a Javié…

–Oiga, ¿todo es culpa de Arenas en el PP andaluz?
–Todo, mientras no se demuestre lo contrario.

Algún acto público se celebró aquellos meses de zozobra, aquellos días sin cargo regional y con el aliento de la justicia en la nuca, donde sus camaradas ya no se le acercaban como antaño. Hasta decían que una victoria electoral en Tomares no es una contienda que merezca medallas, pues el municipio tiene la renta per cápita más alta del Aljarafe y ni siquiera tiene la población del distrito más pequeño de la capital. Pero es alcalde con mayoría absoluta. Yeso en el PP de Sevilla actual es de premio, de fin de semana en Zahara de los Atunes con todos los gastos pagados y derecho a almuerzo con Mayor Oreja. La última noche electoral dejó al PP hecho unos zorros, pero Tomares se convirtió en una especie de Covadonga para el centro derecha. Y su alcalde, en un Don Pelayo sin teleférico.
Quién se lo iba a decir a este José Luis que suena a aperitivo en la Plaza de Cuba. Enviado por su emperador a morir en el frente electoral de 2007, consiguió la victoria con la muleta andalucista tras los escándalos de la socialista Antonia Hierro, aquella que puso escolta de la Policía Local en la boda de su hija.

–¡Óle ahí!

Tomares es ahora la aldea gala que resiste al invasor socialista y a las nuevas modas políticas. Tomares es el santuario al que peregrinan tanto fieles como desengañados del arenismo. Sanz aguantó como nadie desde la tribuna los falsos reconocimientos a su persona el día del congreso regional que certificó su caída. Puso la cara de palo de siempre, el carro de la nieve por delante. Su venganza fue el 22 de marzo. Aquella noche se oían risitas interiores al compás de unos hombros que se mecían con levedad. El PP de Sevilla estaba como Cartago: Delenda est. “Hemos perdido Sevilla, pero siempre nos quedará Tomares, presidente”, le dijo Arenas a Rajoy. Todo está perdido, todo menos un ramillete escuálido de pueblos donde Tomares brilla por estar en esa Gran Sevilla que algún día diseñaron los socialistas.

–Malditos roedores… Son hasta peores que Javié.

La vida no es una noria, es un teleférico que sube y baja. Y por el camino, una trituradora se lleva los avales de apoyo y los angustiosos autos judiciales. Sólo se salvan los huevos fritos. Ponga usted más patatas. Y un dedito de Ginebra London con Fever Tree.

El ciprés andaluz

Carlos Navarro Antolín | 28 de septiembre de 2014 a las 5:00

JAVIER ARENAS
NO es un señorito andaluz. Nunca lo ha sido. La verdad hay que decirla siempre, aunque sea a contracorriente de los hechos considerados probados. Javier Arenas (Sevilla, 1957) es preso de la foto del betunero del Palace, pero ni tiene apellidos de señorito, ni viste como un señorito, ni tiene hábitos de señorito. Los señoritos nunca llevarían esas camisas blancas de perenne invitado de boda. Nunca ha ido de monterías ni ha pasado fines de semana en las casas de campo de esos señores del empresariado andaluz que son como los moros de Queipo en la Puerta del Príncipe, en el Rastrillo o en la cena de los enganches en las vísperas de Feria. Siempre los mismos. Hasta sus enemigos del PP reconocen la injusticia de ese estigma, hábilmente labrado por los rivales del PSOE. Una mala fama alimentada también por la distancia que siempre ha mantenido con la ciudad de Sevilla, su gran lastre en todos los sentidos, que ha visto altanería y distanciamiento donde tal vez había simple timidez. Arenas tiene miedo a la Sevilla Eterna, nunca se ha sentido a gusto en ella. En el corto trayecto del coche blindado, aparcado junto al Oriza, hasta la puerta de la sede regional de la calle San Fernando ha podido sufrir las malas caras de muchos viandantes que no eran precisamente del 15-M.
Arenas cae mal en Sevilla. Sevilla y Arenas son la historia de un desencuentro. Quizás porque todo el que se esconde termina por generar desconfianza. YSevilla, como el can callejero, olisquea rápido los miedos y se comporta con la crueldad de los niños. A los pocos sitios que frecuenta acude siempre arropado, protegido, camuflado entre el séquito que siempre envuelve al poder establecido, por esa cuadrilla que con su sola presencia va voceando la timidez del matador. Manolo García siempre lo escolta en la Macarena para quitarle el frío del atrio. YCurro Romero y Carmen Tello, en los actos sociales muy contados o en cenas muy reducidas. Muy atrás quedan aquellas noches felices en el reservado del Espigón de Felipe II o los mediodías sabatinos del Portarrosa, tras bajarse del AVE procedente de Madrid como ministro andaluz de turno. Y, ay, aquellos cumpleaños en la preciosa Olvera con el tito Colunga. Amigos pocos, porque la política no es tierra de cultivo para las amistades. El roce en política no hace el cariño, sino la UTE. Distinto es que Arenas sea maestro en hacer como si fuéramos amigos, porque los dos sabemos que no lo somos, porque ya se sabe que cuando dos gitanos hablan es la mentira inocente: se engañan, pero no mienten. El problema en todo caso es de quien ignora las reglas de la política. Yen el PP andaluz el autor del manual de instrucciones se llama Javier Arenas.
Arenas cae mal en Sevilla, regular en Cádiz y Huelva y sus adeptos se disparan en todas las demás provincias, sobre todo en esa Almería que siempre le ha dado el calor que le ha negado Sevilla, donde –baste un clamoroso ejemplo– nunca ha pisado los palcos de Semana Santa desde que dejó de ser aquel concejal combativo de abundante mata de pelo. Arenas y Sevilla recelan el uno del otro. No se han entendido nunca. No se han perdido de vista como ciclistas a un kilómetro de la meta. Pero en el sprint final, Sevilla siempre, siempre, ha dejado a Arenas atrás, como en la antítesis perfecta de la madeja que es la heráldica de la ciudad.
Es un sacerdote de la política. No conoce otra actividad. Vive por y para la política, con todas sus consecuencias. Su gran hijo político, el gaditano Antonio Sanz, es el único que ha sabido estar siempre a la altura de su vertiginoso ritmo de trabajo (o de intrigas y maniobras, según las épocas). Sanz le aguanta hasta las bromas desde el atril del mitin, siempre aplaudidas por el veterano Juan Manuel Albendea.
–Antonio, estás más delgado.
La velocidad a la que vive es tal que los hábitos propios de cualquier mortal quedan orillados. Para algunos es una tradición encontrarse con Arenas comprando regalos en los grandes almacenes la misma tarde del 5 de enero. O a deshoras en los Opencor. Su consagración a la vida pública, en cambio, no suele aprovecharla para altas relaciones, como sí han hecho otros que también han tenido alcoba y despacho en la Moncloa. Muy raro ha sido ver a Arenas alternando con banqueros o trabajándose su futuro en la empresa privada, quizás porque su porvenir sólo lo ve ligado a la calle Génova, donde todavía –nunca se olvide– se sienta a la izquierda del Padre Rajoy, por mucho que haya acumulado tres derrotas y haya libado del amargo cáliz de la victoria sin mayoría absoluta en Andalucía.
Buena parte del éxito de Arenas en Madrid radica en su innegable capacidad negociadora (con los sindicatos en el Ministerio de Trabajo, con un bisoño Zapatero para firmar el Pacto por la Justicia o con el socialista Alfonso Perales para sacar adelante el Estatuto Andaluz), en representar el gracejo andaluz (siempre resultó un chico muy simpático para Ana Botella) y en ser el único, absoluto e incontestable referente del sur. Su identificación con el PP andaluz eclipsa a todos los sucesores. Arenas es el ciprés cuya sombra no deja margen de brillo para otras especies. Todos los dirigentes públicos del centro-derecha andaluz se han criado en sus pechos, lo admiran, mimetizan su estilo, con esa inconfundible repetición de la frase final; arquean la ceja izquierda para subrayar una idea, y abrazan con las dos manos a su interlocutor para ganar en proximidad. Llega a ser insoportable la falta de originalidad de algunos cargos públicos y cómo han interiorizado el estilo de Arenas a base de no tener otro ejemplo y guía durante lustros. Hay que rebuscar entre la vieja guardia pepera para hallar estilos y oratorias no contaminadas por Javié, como lo llaman cuando es ministro, para volver a ser el Arenas cuando se trata de censurar alguna de sus andanzas. Hay dos narrativas de los peperos en época de tam-tam electoral, dos formas de referirse al jefe según haya ido la tómbola de las listas.
–El Arenas me llamó el sábado por la tarde para decirme que iba en la lista más atrasado que los cojones [sic] de un galgo. Y encima me suelta que ya me buscará algo si la cosa va bien en las generales y las autonómicas…
Ydespués está la versión del que ha encontrado la tierra prometida, del que ha sido bendecido por una luz cegadora.
–Javié ya me ha llamado desde Antares para asegurarme que voy en puesto de salida. Me ha dicho que me quede muy tranquilo.
La afición a seguir maquinando los domingos suele ir acompañada de la definición de animal político. El sacrificio del fin de semana también tiene su recompensa con los treinta segundos en los telediarios nacionales. Arenas, como el socialista Gaspar Zarrías en sus buenos tiempos, se ha sentado a comer con miles de familias el día de precepto, con esa cazadora azul de Ralph Lauren con la cremallera cerrada levemente, dejando ver la camisa preferentemente alba.
Entre sus espinas están Carlos Rosado, de los tiempos del PDP, Manuel Pimentel, aquel ministro que dio el portazo un sábado, y Luis Miguel Martín Rubio, que fue presidente de Agesa y vicepresidente de Cajasur tras la debacle municipal de Soledad Becerril. Tres apuestas que no le salieron como el campeón esperaba. Dicen que la cuarta puede ser, o lo es ya, Juan Ignacio Zoido, simplemente “Juanito” en los tiempos de compartir pensión completa y acabar los almuerzos con un dedito de Cardhu en vaso bajo, por favor.