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El lepero alcaide

Carlos Navarro Antolín | 25 de octubre de 2015 a las 5:00

Bernardo Bueno
HAY gente que dice hasta aquí he llegado, me voy y no quiero ni recoger medallas ni asistir a cenas de homenaje con derecho a placa y discurso almibarado anunciado con golpecitos de cucharilla en la taza de café. Hay gente que se corta la coleta de la lidia laboral de cada día y aplica el ya estoy yo en mi casa, hundido en el mullido sofá o acariciándome la planta de los pies en la alfombra mientras la grasa del vientre va cogiendo forma de bolsa de caramelos del rey Baltasar. Y hay gente que simplemente cambia de actividad cuando se jubila, se busca habas propias que seguir enterneciendo al fuego de la lumbre cotidiana, o incluso las circunstancias lo premian con un sobrero noble y con embestida que alarga el lucimiento de los días laborables.

Bernardo Bueno (Lepe, Huelva, 1948) estaba recogiendo el material, guardando el marco de la foto familiar en la caja de cartón, cuando Juan Espadas, alcalde de Sevilla, lo llamó para regalarle uno de los escasos títulos nobiliarios de la política local: alcaide del Real Alcázar. O de los Reales Alcázares, como prefiere decir con todo rigor, al ser una suma de palacios de diferentes etapas históricas. Estaba Bueno sellando una trayectoria política con origen en 1977 y cargos públicos hasta en La Rioja, cuando sonó el teléfono otra vez. Y no era Guerra para que lo recogiera al pie de la escalerilla el viernes por la tarde. Y no era Manuel del Valle para encargarle la cultura municipal pisando la raya de picadores de lo políticamente correcto con aquella inolvidable Cita en Sevilla. Y no era Chaves para llevarlo como dócil parlamentario por Sevilla. Ni Griñán para asignarle una delegación provincial, grada de sol alto en el reparto de cargos de la Junta. Era Juan Espadas, representante del susanismo en la Plaza Nueva, el que llamaba para concederle una suerte de ducado con grandeza local en nombre de la reina del socialismo andaluz, en nombre de la La Que Manda Tela. Porque si los jueces imparten justicia en nombre del Rey, todo lo que haga un socialista en Sevilla es hecho (o perpetrado) en nombre de esa fuerza roja, rojísima, que el laicismo de paellador exprés de Ferraz va a terminar convirtiendo en la reserva espiritual del PSOE.

La teoría de los parecidos razonables y evocadores demuestra que existen niños con cara antigua, sacados de fotos de tonalidad sepia con faldones de bautismo de larga encajería, que piden ser expuestos en la vitrina de Luis Crux, en Martín Villa; existen sevillanos de perfil antiguo, de abrigos cruzados en invierno, como sacados del rodaje de Amar en tiempos revueltos, y por supuesto, existen cofrades que parecen criogenizados a lo Walt Disney, conservados en el frío de trajes de los años 70, con una sola abertura en el faldón de la chaqueta y un tono ala de mosca en las hombreras gastadas. Existen curas con cara de Domund como existen curas con cara de concilio. Bernardo Bueno tiene rostro de la Transición, como escapado de la magnífica serie dirigida por Victoria Prego. Este lepero evoca a Suresnes, a los últimos años de los señores procuradores con bigotito y retórica pregoneril. Uno ve a Bernardo Bueno por Doña María Coronel, con esa barba modelo Junta de Andalucía (imparable), con esa chaqueta un punto holgada y con esa camisa estilo Puente y Pellón fashion, y antes que saludarle dan ganas de decirle: “¡Hay que ser socialistas antes que marxistas!”

Bueno ha sido guerrista. Le ha ido bien con Chaves y Griñán. Y cuando a la playa del socialismo llegaba esa ola roja de espuma blanca y rumor de caracolas, el tito Bueno, como le dicen con todo cariño muchos socialistas, trincó el premio extraordinaro de jubilación con derecho a Patio de la Montería. Alguna mala lengua dice que Bueno es el mejor producto de la industria del corcho del socialismo sevillano, la veleta que indica hacia dónde va a soplar el viento cuando el guerrismo busca las tablas, el oráculo que predice la patada hacia arriba del chavismo aquel Domingo de Ramos de tambores destemplados, el mejor oído del cascabeleo de las mulillas que van a arrastrar el griñanismo sobre el albero manchado de los ERE y, por supuesto, el druida que intuye la formación de ese huracán Susana que arranca de cuajo cualquier posible rival en las filas del PSOE, andaluz por supuesto. A la hora de la verdad, lo cierto es que todos los dirigentes del socialismo sevillano han contado con su participación, tal vez porque no sólo no resta nunca, sino suma. Quizás porque la ciudad siempre le deberá el haber innovado en política cultural con aquella Cita en Sevilla que trajo a la ciudad mucho más que unos conciertos en el Prado o en el solar del Maestranza. Sevilla tuvo su propia movida cultural gracias a este político austero que supo gestionar con imaginación un programa cultural de máxima innovación cuando las administraciones locales eran aún un mecano por montar. Este amante de la Feria, con caseta propia en la umbría Gitanillo de Triana 125, se trajo a Sevilla voces extranjeras como B.B. King, Miles Davis, Nina Hagen, The Kings, Georges Moustaki, Ian Dury, James Brown, Leonard Cohen, Frank Zappa… Un concejal joven llamado Javier Arenas, por cierto, ya arqueaba la ceja al arremeter contra las cuentas del festival en los plenos, pero pedía entradas para los conciertos en privado.

El tito Bernardo tenía rasgos en común con el alcalde Manuel del Valle: cierto sentido del humor inglés (“Vamos a ser malos, Bernardo…”, como entradilla a algún chascarrillo), cierto refinamiento, ausencia absoluta de guasa o una de sus derivadas, que es la ojana; y un trato exquisito con los grupos de la oposición. Monteseirín receló de algunos de los movimientos de Bueno en la Delegación Provincial de Cultura, cuando ponía algunas piedrecillas en el camino de las Setas, del tranvía o la recalificación de la sede provincial del PSOE. Bueno era visto desde la Plaza Nueva como el fuego amigo, como el mascarón de proa del susanismo emergente, dispuesto a soltar marrones para recrearse después en el yoyaísmo que aseguran que es marca de la casa de Bueno: “Yo ya te lo advertí, yo ya te lo dije, yo ya te lo avisé”.

La vida es pasión por el teatro. Es una clase de alumnos del Instituto Macarena que aplauden al profesor Bueno la mañana siguiente a su elección como parlamentario andaluz. Un profesor, por cierto, que no concebía cómo a un discípulo se le puede indigestar una ecuación. La vida es tomar la palabra en el almuerzo de despedida como concejal y pedir públicamente disculpas a un asesor, del que había dudado injustamente al inicio del mandato por atender a comentarios intoxicadores. La vida es viajar en el Damas para dar clases en el edificio del Seminario de Pilas, es ser miembro destacado de la apócrifa congregación de peatones del centro de Sevilla, es hacer las veces de embajador de su tierra y obsequiar a los amigos con cajitas de fresa. La vida es dar por terminada la trayectoria pública y apuntarse a una academia de inglés sin imaginar que el premio gordo del Alcázar aún estaba en el bombo. Es una declaración de bienes de los cargos públicos en la que este lepero, fiel a la playa de la Antilla, es de los que más capacidad de ahorro demuestran. La vida es una sonrisa, sincera y afable para muchos, suavona para otros, que cada cual cuenta su Feria.

Aficionado a los dulces tanto como a los conciertos del Maestranza, sobre todo si la entrada a la función es de válvula. En el PSOE sevillano es respetado. Y podría decirse que muy querido, cosa rara en la política, más aún en la actual de cuchillo en boca y ventilador listo para el lanzamiento de heces sobre el prójimo. Dicen que llegó a la política por pura ideología, no por hacer carrera, ni por razones terapéuticas. Jamás se metió con las cofradías para pasar por moderno. Ni tuvo que excluir ningún sector para que la ciudad avanzara por nuevas sendas. Muchos sevillanos oyeron en directo el Hay cuatro rosas para ti de Gabinete Caligari en el Prado de San Sebastián. O cumplieron el sueño de estar con Miguel Ríos. El lepero feriante tal vez soñaba con perderse en paseos hacia El Terrón cuando se encontró sentado en un despacho del Alcázar, el sobrero noble que permite una faena con adornos a un socialista moderado del que nadie podrá decir que no le coge el teléfono sin necesidad de secretarias, gabinetes, ni otros filtros.

El intelectual del zoidismo

Carlos Navarro Antolín | 20 de septiembre de 2015 a las 5:00

Javier Landa
HAY algunos adolescentes, hijos de militares, que lamentan que sus progenitores no se quiten los galones al entrar en casa, lo que no deja de ser una forma de censurar a conveniencia el mero ejercicio de la patria potestad. A los periodistas también se les imputa que nunca dejen de serlo ni de puertas para adentro, ni de puertas para afuera, ni sin puertas; que dediquen a pensar en el oficio el tiempo que están con los ojos abiertos y, algunos, hasta el tiempo que duermen con un sólo ojo cual liebres. El periodismo se asemeja mucho al sacerdocio. Hay que estar dispuestos a difundir la noticia o a impartir el sacramento cuando se necesita, sin horario predeterminado. La muerte no entiende de convenios colectivos que fijan los horarios. Un cura tuvo que salir a gran velocidad de la Feria una noche del alumbrao porque era reclamado en una casa donde había fallecido el cabeza de familia. Un yerno impertinente no se recató: “¿Quién ha encontrado un sacerdote a estas horas y con traje azul y corbata?”. La vocación no sabe de horarios, pero puede chocar contra el muro de otras realidades y provocar sonoras quejas como las del hijo rebelde del comandante.

Javier Landa Bercebal (Zaragoza, 1955), catedrático de la Universidad de Sevilla y ex decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, es uno de esos profesionales que los políticos incorporan a sus equipos para darse un barniz de intelectualidad. Es la versión actualizada del Español, siente un pobre a su mesa, que ha mutado en Candidato, meta un catedrático en su lista. Landa se trabajó en su día la condición de heredero natural de Camilo Lebón, el eterno decano de Económicas, el factótum de la facultad de la sede fría a lo carcelario. Este aragonés afincado en Espartinas ha sido siempre un habitual a los actos del PP en la localidad aljarafeña. Se ha dejado ver y se ha dejado querer. Cómo ronea, cómo ronea este Landa para que Arenas lo vea. Y vaya si lo vio.

Desde el decanato pudo contactar durante muchos años con personajes públicos, entre ellos un Arenas que lo introdujo en la plataforma de independientes por el cambio en Andalucía. Cuando Zoido confeccionaba la lista electoral de 2011 –la que olía a mayoría absoluta, terminó siendo absolutísima y acabó como el parto de los montes– Arenas frunció el ceño y dijo algo muy parecido a lo siguiente: “Juanito, la lista está muy bien, pero hay que meter a alguien de peso, porque esta lista tiene mucho niñato”. Hay quien dice que Landa, en realidad, era el pretendido contrapunto que Arenas quería introducir para compensar el populismo de Zoido.

Los políticos a veces buscan mujeres, intelectuales, famosos u otros perfiles de la sociedad civil para cubrir las lagunas que los arriolos de plantilla ven en la composición de las listas. Para compensar ese niñateo, el PP puso a Landa de número dos. El catedrático que estuvo a punto de sentarse en una grada de sol en la lista del PP por Espartinas (donde le ofrecieron un puesto del siete al diez), acabó sentado en el palco de convite de la Real Maestranza de la lista por la capital: el número dos, el fichaje estrella de la era Zoido.

A este señor catedrático no le hizo gracia que el primer jovenzuelo de turno de las Nuevas Generaciones le hablara de tú nada más llegar a la sede del partido. El osado mozalbete, repanchingado en un asiento, se justificó con desahogo:

–Es que me han dicho que tú eres ya de los nuestros… ¿No?

Landa sufrió algo tal vez más incómodo que el tuteo al dejar la Universidad y entrar en política: la difusión de una antigua condena de 120 euros por enfrentarse a unos jóvenes a los que reprochó (con toda razón)su incivismo al esparcer la basura de unos contenedores, y una bajada de sueldo. “Pues chico, menos mal que conservo y genero trienios”, se lamentaba ante viejas amistades de la Universidad sin necesidad de que nadie le preguntara. También ha sufrido la impuntualidad de Zoido, marca de la casa, al que acompañaba muchas veces como delegado de Relaciones Institucionales. En una ocasión, precisamente en un foro universitario, no sabía ya como justificar el retraso del alcalde. Subió al atril y anunció que Zoido estaba llegando: “Bueno, ¿quieren que mientras les cuente algo? ¿Les canto?”. El público no sabía dónde esconderse, por si se arrancaba a capela con el Gaudeamus igitur.

Como presidente del Pleno, no pocas veces se tomó las sesiones como si de una clase se tratara. A lo Quijote, debía ver alumnos donde habían concejales. Firme en las maneras, adusto y serio, pero nunca grosero, desahogado o faltón. Metió el pinrel bien metido el día que expulsó a un fotógrafo, tal vez, precisamente, por no dejarse los galones de decano en la calle antes de entrar en el Ayuntamiento. Con Torrijos, portavoz de Izquierda Unida, tuvo duelos dialécticos a lo Pimpinela. Alguien apuntaba siempre que Landa y Torrijos eran los concejales “más conservadores” de la corporación. Alguna vez compartieron charla de café en El Portón. Con la socialista Adela Castaño protagonizó escenas parecidas a las películas de Juanito Valderrama y Dolores Abril. En el PP irritaba que Landa, bastante neutral en el ejercicio de la presidencia, mandara callar al alcalde cuando lo consideraba oportuno. Una vez, un compañero de filas le reprochó que no dejara hablar al alcalde el tiempo que quisiera. Landa tiró de cátedra:“No te enteras, chico, no te enteras…”.

Otra landada es haber carecido de cintura con el Defensor del Ciudadano, José Barranca, a quien pretendía recortar la memoria anual en función de criterios reglamentistas; o con el Curso de Temas Sevillanos, cuyos miembros lo tienen como persona non grata por negarles el uso del Alcázar para su sesión anual. Landa no supo ver que el presidente del colectivo, Antonio Bustos, es una marca de la ciudad, carente de aristas, sin dobleces, y cuya labor por la divulgación de la cultura ha merecido altos reconocimientos. Landa jamás debió tratar con frialdad y un punto de suficiencia la petición de una entidad que hace mucho por facilitar a personas mayores el acceso a conferencias y charlas en lugar de ser condenadas a hieráticas tardes de televisión. Se obsesionó con no convertir el Alcázar en un salón multiusos, pero falló al aplicar criterios sin flexibilidad. “Lo dejan todo perdido”, decía de las empresas de cáterin, evocando a Soledad Becerril cuando hacía comentarios con un desdén similar: “Cómo suda Monteseirín, qué horror”. Landa estaba más preocupado por las vías de evacuación del Alcázar, que por facilitar los accesos. En una ocasión puso en guardia a las fuerzas del orden al ver la cola de jóvenes que aguardaban a la entrada junto a a la Galería de los Grutescos para asistir a una gala de blogueros en la que, además, actuaba el cantante Hugo.

Muchos de sus adorables compañeros del gobierno nunca le perdonarán cierto aire altivo, ni cierto desprecio por quienes han mamado la cultura de partido. Los concejales de distrito no lograban la cesión de ningún salón palaciego para actos de las asociaciones de sus dominios. Se marchaban de su despacho cabreados, jurando en arameo y con ganas de pegar el portazo. Cuando aprovechaban la visita al centro y subían al despacho de Asunción Fley, la independiente que dirigía la Hacienda local, tampoco encontraban apoyo presupuestario para el arreglo de una acera. Los ediles de los barrios dejaban la Plaza Nueva confusos, sin saber si Landa y Fley eran del PSOE o de la verdadera casta funcionarial que denuncian los de Podemos.

La verdad es que Landa gana en el terreno corto lo que pierde visto de lejos. Y no es un elogio fácil, porque hay políticos que pierden todo el crédito cuando se les conoce de cerca y se aprecian con nitidez los lamparones de la chaqueta. Entre las virtudes de Landa figura su dontancredismo, esa capacidad de darse la vuelta, ser consciente de que le caen encima los chorreones de cera caliente de los ciriales que portan los lacayos de la política, y darle exactamente igual. Landa ha soportado más de un año varios avisos serios que lo mandaban de vuelta a la Universidad en cuanto acabara el mandato, pues Zoido fue recortándole competencias. El buen hombre aguantó a lo Paco Ojeda la proximidad del pitón que lo dejaba fuera de la lista de 2015. Landa ha demostrado ser un gato de la política: tiene siete vidas. Y responde a la perfección a ese gerundio que en Sevilla es augurio de la eternidad. “A Landa se lo están cargando, se lo están despachando…”. Cuantos más gerundios, más opciones de seguir vivo. Y hoy sigue de concejal, aunque reincorporado a la Universidad y sin sobresueldo municipal. Dicen que el landismo durará lo que dure el zoidismo. O no, que diría Rajoy. En el PP hay quien valora que Landa haya logrado ser durante tantos años el decano de una Facultad considerada un “nido de rojos”. Por muchos pinreles que haya metido. Y los niños (niñatos, según Arenas) siguen quejándose de que no se despoje nunca de los galones. Pecados de juventud, o de clarividencia política. “Si es que no te enteras, chico…”

El arte de la distancia

Carlos Navarro Antolín | 12 de octubre de 2014 a las 5:00

SOLEDAD BECERRIL
AQUEL día de la primavera baja de 1999 aguardaba nerviosa en el Alcázar a todo un zorro de la política como Alejandro Rojas-Marcos. Entretenía la espera sacudiendo el polvo de las cortinas del despacho reservado para la Alcaldía en los palacios almohades. En cuanto el andalucista llegó afloraron las tensiones:”¿No irás a pactar con Monteseirín con lo que suda?” Soledad Becerril (Madrid, 1944) creía entonces que repetiría cuatro años más como alcaldesa. Veía muy improbable que los andalucistas se echaran en los brazos del PSOE. “A ver cómo explica Alejandro un pacto con los socialistas cuando vaya por Trifón o Casa Moreno”. Olvidó que en política se tarda un minuto en fabricar un buen argumentario. Con Rojas-Marcos se llevaba muy mal. Hasta dejaron de hablarse. Soledad barajó incluso la posibilidad de gobernar en minoría. Pero Rojas-Marcos recibió a Chaves en su casa aquel mismo día. Exigió la construcción de la Línea 1 del Metro y la Gerencia de Urbanismo a cambio de la Alcaldía. El presidente de la Junta llamó al consejero Vallejo delante del andalucista y le marcó la prioridad del Metropolitano. El pacto estaba sellado. El alcalde sería el hombre que suda, el que había ganado las primarias a Rodríguez de la Borbolla. Becerril reaccionó con un artículo en prensa que algunos interpretaron como un tardío cheque en blanco entregado al PA. El entonces secretario general, Javier Arenas, entró en juego muy tarde: “Hombre, Alejandro, cómo no vamos a hablar tú y yo y tomarnos una cerveza”. Y el andalucista zanjó: “Cerveza cuando quieras, del pacto no hay más que hablar”. A la alcaldesa saliente no le quedó otra que apelar a la honra para justificar el que, cuando menos, fue un error estratégico que privaría al PP de la Alcaldía durante doce años. El día de la toma de posesión en el Salón Colón, recurrió nada menos que al alcalde de Zalamea para salir del paso: “Al Rey, la hacienda y la vida se han de dar, pero el honor… Es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”. La ambición de Alejandro por el control de las caracolas de la Gerencia generaba en ella temores difíciles de paliar. No quería verse haciendo el paseíllo en los juzgados.

Siempre se ha caracterizado por ser fiel seguidora de las directrices de la Dirección General de Tráfico: la seguridad está en guardar las distancias. Y ella siempre las impone de tal forma que un halo de elitismo envuelve su figura, sellada además muchos años con el celofán del poder. No da nunca excesivas confianzas, como tampoco da besos, menos aún si se trata de un señor con barba. Se limita a acercar la cara. Está en las antípodas del político abrazafarolas. Tanto escrúpulo también lo ha aplicado en la gestión. Jamás se ha venteado una factura a su nombre por comidas o viajes frívolos. Y conocida era su costumbre de ir apagando las luces de las estancias del Ayuntamiento, tanto como el escozor que le producía que las velás de los barrios fueran subvencionadas. No lo entendía, pero tampoco se atrevió a cortar el grifo.

Culta, políglota y rigurosa. Dicen que su elitismo (para algunos puro clasismo) se cultiva en hondas relaciones con destacados miembros de la izquierda ilustrada, hasta el punto de que algún caballero maestrante la conoce por la marquesa roja. Amante de las tertulias con grandes literatos y filósofos, más aún si son en Ronda. Basta un ejemplo:ella fue quien hizo posible que el mexicano Carlos Fuentes pronunciara el pregón taurino de 2003, que el propio escritor nos lo contó por teléfono desde su residencia de Londres. Y conocidas son sus relaciones con pintores de primera fila como Juan Lacomba, Carmen Laffón y Teresa Duclós.

Ese elitismo, ese manejo perfecto de las distancias con un leve barniz de timidez, nunca le ha impedido ser reconocida y hasta vitoreada por la gente de a pie que la sigue reconociendo como alcaldesa, no sólo en Sevilla, sino en Dos Hermanas, Utrera o Marchena. Tal vez en muchos casos sea por la afición del marujerío hispalense por desenrollar la alfombra roja ante personajes con cierto halo aristocrático. En un acto en Fibes la recibieron con alabanzas a su belleza, lo que encendió a una conocida concejal andalucista:“Lo que me faltaba por oír. Que a Soledad la jalearan también por guapa”.

Monteseirín le quitó la Alcaldía en 1999. Cuando en 2000 murió su admirado Jaime García Añoveros, Soledad fue a casa del ex ministro de la UCD a darle el pésame a su familia. Justo cuando salía de aquel portal del barrio de Los Remedios, entraba Monteseirín. Dos señoras comentaron:“Mira, la alcaldesa. Y el que entra… Creo que es Monteseirín”.

Le encantan la música, la ópera, los escritores y, por supuesto, los arquitectos, por los que tiene especial predilección. El edificio de Moneo en el Prado debió ser su gran obra material, pero se quedó en los planos al ser orillada de la Alcaldía. Consiguió, al menos, que Rojas-Marcos no se saliera con la suya y convirtiera todo el Prado en una gran explanada. “Este hombre quiere hacer aquí una gran Plaza de Tiennamen, qué horror, qué horror”. Y gracias a la perseverancia de Soledad se plantaron muchos árboles y se obró el milagro de la sombra.

Nunca fue semanasantera y mucho menos feriante. En sus oídos chirriaban los estrenos que le contaban los hermanos mayores en las visitas matutinas a los templos, pero sí le encantó eso de agasajar a Plácido Domingo y a su mujer en los palcos municipales. Una aficionada al té tiene poco que hacer en la Feria. Las fiestas mayores consumen demasiado tiempo para quien está obsesionada con la formación. Conocidas son sus opiniones sobre el exceso de bares que hay en Sevilla y el riesgo de que España, y en especial Andalucía, quede relegada a ejercer el papel de camarera de Europa.

La vitola de la UCD siempre la ha acompañado. Dicen que ha sabido vender a la perfección su condición de primera ministra de la Democracia, aunque sólo ejerciera como tal un año. Quizás por su orgulloso pasado centrista ha sentido siempre recelo por el sector franquista del PP. Nunca se le ha encuadrado en ninguna familia del partido. Nunca ha perdido su individualidad en una organización tan encorsetada como es un partido político. Por el ‘aparato’ no sentía precisamente simpatía. Si siendo alcaldesa recibió algunas orientaciones estratégicas fueron del exterior, acaso de algún articulista de opinión o de algún escritor, siempre procedentes del progresismo intelectual capaz de relacionarse con los sectores conservadores.

Arenas y ella se han entendido lo justo, nunca se han perdido de vista. Y con Aznar se ha comunicado sin intermediarios. Se le reconoce su decisión de abandonar su acta de diputada cuando logró hacerse con la Alcaldía, sin necesidad de que una ley obligara a no acumular cargos.

No le gustaba nada que sus ediles acudieran a la copa de Navidad que Rojas-marcos ofrecía en su casa de Castelar, santuario de peregrinación del andalucismo en aquellos felices años. Alguno del PP siempre rompía la disciplina y acudía al besamanos alejandrino por las pascuas, al igual que uno la rompió años antes (Manolo García), cuando Fidel Castro acudió al Ayuntamiento el Día de Cuba en la Expo’92. Tal era la tensión en el gobierno de coalición que cuando había que comunicar algo a los socios del PA, encomendaba esta función a alguno de sus jóvenes concejales.

Su sueño incumplido es haber sido la primera reina maga de la Cabalgata. No conocía horarios a la hora de trabajar en el Ayuntamiento, en tiempos aún sin teléfonos móviles, pero con aquellos buscas que pitaban reclamando la atención de concejales a las horas más intempestivas. Su amor por los árboles le llevó a impedir la tala de los Laureles de Indias que hay delante del Banco de España, como el Consejo de Cofradías pedía para ganar terreno para más palcos. No quería a políticos en las empresas, sino a técnicos. Cortaba a las doce las cenas de compromiso. “Señores, nos vamos a ir, ¿verdad?” Las horas de sueño son sagradas, casi tanto como la regla por la que todo caballero debe tener un abrigo azul de cashmere. Y si el asiento del AVE es individual, mucho mejor. Salvo que el viaje sea con Albendea, uno de sus grandes partidarios.