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El exceso como motivación

Carlos Navarro Antolín | 27 de mayo de 2018 a las 5:00

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RESULTA curioso, tremendamente llamativo, que en esta sociedad sin maestros, crispada y con una convivencia urbana degradada, el tratamiento del usted se mantenga en un mundillo como el del fútbol como cuando casi no se conserva en ningún otro círculo laboral. Los alumnos tutean al catedrático por esa igualación por abajo o, quién sabe, si porque los catedráticos de hoy son de pata blanca (por acreditación) y no de pata negra (por oposición). Hasta alguno hay que ha sacado la cátedra tras varios intentos de acreditación y anda queriendo quitarle el sillón a don Miguel Ángel Castro. Tenga usted cuidado, rector magnífico, que le vienen por derecho… Decíamos que los alumnos y profesores se tutean, como los curas tutean a los feligreses y éstos, claro, se toman la misma confianza con los presbíteros. Tutea el camarero, tutea el panadero, tutea el ordenanza, tuteaba el dependiente del Corte Inglés a todos bicho viviente hasta que se ha empezado a aplicar la encuesta exprés sobre el grado de amabilidad con el que (usted) ha sido atendido. Tutean los empleados de Paradores, tutean los médicos a los pacientes, tutean las enfermeras y los celadores al médico, con las correspondientes consecuencias a medio plazo que siempre provoca el no saber guardar las necesarias, saludables y recomendables distancias. Pero, fíjense ustedes, en el fútbol sigue siendo muy habitual que el entrenador se dirija a los futbolistas de usted. Hay más tratamiento de respeto en un entrenamiento de fútbol –“¡Chute! ¡Dispare! ¡Márquelo! ¡Muévase!”– que en el aula magna de cualquier universidad española.

Joaquín Caparrós Camino (Utrera, Sevilla, 1955) es un gran defensor del usted, ya sea para dirigirse a un tiarrón consagrado como defensa central, caso de Pablo Alfaro, ya sea para tratar a pipiolos de 16 años llamados José Antonio Reyes, Sergio Ramos (todavía limpio de tatuajes) o Jesús Navas. Veías a Caparrós hablarle de usted a Navas y ese usted tenía más cuerpo que el propio futbolista. El usted de Caparrós a Navas era como ver a Pau Gasol de chaqué, que los tiros largos parecían inmensos.
Caparrós fue el arquitecto que puso los cimientos del engrandecido Sevilla F. C. que ha llegado a nuestros días. Como los cimientos siempre son una estructura anclada al suelo, a los bajos, empezó la labor en Segunda División, cuando el Sevilla no es que no ganara nada, es que llevaba años sin levantar siquiera un Carranza. Y aquellos sevillistas de entonces se conformaban con ganar el Trofeo Estella o ver marcar goles al alcalareño Ramón Vázquez. El mayor trofeo era hincarle el diente a la salchicha roja que se vendía en los bares del interior del estadio, con esos botes de mostaza o ketchup de dudosa procedencia y que pasaban de mano en mano sin control alguno.

Su carácter de puro nervio y ese continuo papel de agitador, de estar mascando chicle, de provocar constantemente al interlocutor, le llevaron a Caparrós desde el principio a practicar esa labor intensa de motivación, ese aldabonazo permanente al estado de ánimo de los jugadores, toda esa estrategia que hoy se conoce como coaching. Caparrós ni ha estado en universidades especializadas de estimulación de la creatividad, ni en seminarios sobre explotación del rendimiento de trabajadores a su cargo, ni ha hecho ningún máster sobre la forja de habilidades directivas. Es así. Se enloquece en el autobús camino del estadio, parece que es víctima de un Siroco. En esa forma de ser encaja a la perfección una estética ligeramente desaliñada, con el cabello un tanto caótico, con aspecto de científico estresado. Algunos dicen que Caparrós no usa peine: se peina con la toalla. Malas lenguas se llaman.

Hay quienes conocieron bien su carácter en el Trofeo Carranza del año 2004, disputado en la localidad de San Fernando por obras en el estadio de la capital gaditana. Ganaba el Sevilla 2 a 1 al Valencia cuando el balón cayó causalmente en manos de Miguel Ángel Moreno, el periodista que retransmitía el partido desde la banda para la emisora oficial del club. Moreno se apresuró a devolver el esférico al terreno de juego, lo que provocó la reacción airada de Caparrós, que gritó para afearle la conducta al periodista, al que demandaba que fuera más lento, que contribuyera a perder tiempo de juego: “¡¡¡La radio del Sevilla no está metida en el partido!!! ¡¡¡No lo está!!!” Todos debían tener mentalidad de futbolista: desde los utilleros a los periodistas, pasando incluso por el cuerpo médico.

La motivación es fundamental para este entrenador con perfil de hincha, para este sevillano con el que es imposible hablar con calma. Siempre está nervioso, más aún cuando no se encuentra a gusto en un sitio. Si llega a una reunión y no le agrada el ambiente, rápidamente comienza a buscar la coartada para escaparse. Caparrós contagia sus nervios a los presentes.
La vida son recuerdos de la barriada de Pío XII, desde donde acudía andando con su padre hasta el estadio del Sevilla. La vida es acabar los partidos con victoria y mirar al cielo para dedicárselos a quien le inculcó la afición rojiblanca. La vida es repetir cualquier pauta si ha conducido al éxito. Ha lucido el mismo traje en los cuatro partidos que ha entrenado al Sevilla este final de temporada. Yel mismo reloj de la marca G-Shock, de color rojo y de gran tamaño. Ni siquiera se puso el chubasquero en el encuentro con el Alavés pese a la lluvia que estaba cayendo. Todo lo que sale bien debe ser repetido con solemnidad litúrgica. La vida es procurar que los futbolistas no se debiliten con los elogios, no le gustan las alabanzas a los jugadores: “Hay que evitar el azúcar”. La vida es una etapa feliz en Bilbao al frente del Atlhetic Club, donde descubrió a Llorente y a Javi Martínez. Y donde acabó conocido por los vascos como Jokin.

A Caparrós siempre le ha gustado tener controlados a los futbolistas y que éstos se encontraran cómodos. En su etapa como entrenador en el Sevilla promovía los jueves la organización de cenas. Él no asistía nunca a las veladas, pero le gustaba que los jóvenes salieran y trasnocharan –debidamente controlados– una vez a la semana. Para conseguir su objetivo se apoyaba en los veteranos Pablo Alfaro y Javi Navarro, a los que al día siguiente preguntaba por el número de asistentes, el ambiente general y las horas de recogida de todos y cada uno. Tenía claro que dos jugadores se entienden mejor en el terreno de juego si antes han compartido mesa y mantel, como tenía también muy presente la edad de los futbolistas: gente joven con ganas de vida nocturna.
Vehemente, puro nervio, transmite su inquietud a todos los que tiene próximos. Caparrós es de los que no se dejan un gato en la barriga, aunque en ocasiones pague el precio de soltar declaraciones que pisan la raya de picadores del mal gusto. El fútbol de hoy, no obstante, tiene la manga bastante ancha como para aceptar el estilo de este profesional que viene de vuelta. En las vísperas de derbi le gustaba empapelar el vestuario con declaraciones de jugadores béticos que tuvieran el efecto de provocar a los suyos:“Este año quedaremos por encima del Sevilla”, “El Sevilla nunca estará por encima del Betis”.

No quiere entrenar más. Es el sexto entrenador con más partidos en primera división de la historia: 499 encuentros. Caparrós es el tipo más parecido a Manolo Cardo, el célebre entrenador sevillista de los años ochenta al que se recurría en períodos delicados y que siempre salía en chandal en los informativos de mediodía de Telesur haciendo pequeñas flexiones.

De los días veraniegos de preparación de la temporada en Isla Canela, siempre se recuerda su afición por las paellas, que organizaba como convivencia entre jugadores y periodistas. A Caparrós siempre le ha gustado cuidar las relaciones entre ambas partes, y hacer de pararrayos para ser el centro de las broncas de las aficiones rivales para restarle así presión a sus jugadores.
Entrenador con perfil de forofo. Personaje que está a gusto cuando tiene los ojos desorbitados. Redescubrió para toda España que la sangre es roja. Y que puede hasta hervir, porque todo es posible cuando se trata de fútbol. Acuñó la cadencia de “partido a partido” para aludir a la necesidad de vivir la Liga a corto plazo antes de que se le atribuyera inmerecidamente al argentino Simeone. Aseguró –siempre provocando– fijarse en los genitales de sus jugadores y encontrarse con que son rojos y blancos. El exceso como motivación, el nervio productivo. Las malas lenguas dicen que no se sabe la letra del himno del centenario, como los hay que en misa no se saben la salve en latín. Pero nadie le discute la devoción, ni le pide prestado el peine.

El docto sablista

Carlos Navarro Antolín | 28 de junio de 2015 a las 5:00

Alberto Máximo Pérez Calero
Si el saludo constituye esa primera impresión con vocación de permanencia y base sólida para establecer juicios sobre la persona, Sevilla es una ciudad con superpoblación de agradaores. No lo han dicho los últimos análisis sobre demografia, pero lo sabemos por el Observatorio para el Estudio y Análisis de la Ojana Hispalense en las Cofradías y Zonas de Especial Laicidad. Habremos bajado del listón de los 700.000 habitantes (¡ay, Rojas-Marcos!), lo que nos ha menguado la corporación de 33 a 31 concejales, pero agradaores hemos perdido muy pocos. Los mismos que danzaban cuando Zoido tocaba la flauta, danzan ahora cuando es Espadas quien la sopla mientras los de Participa Sevilla, Podemos, Ganemos o como se hagan llamar, están pendientes de pasar el platillo. En Sevilla hay un sinfín de gente agradable, como hay un sinfín de agradaores, que no es lo mismo agradar que ser un agradaor. Se nota, decíamos, en los saludos, en esas frases que se dicen a modo de hastag en las redes sociales, con todas las palabras juntas, sin pausa, en un aparente sin sentido. Me alegro de verte (#mealegrodeverte). Mentira, el tío no se alegra, pero funciona. El único momento en que el sevillano dice la verdad, pero la verdad de la buena, es cuando suelta una frase en negativo a la hora de saludar: “No me paro porque tengo prisa”. Ahí clava el sevillano la banderilla corta en todo lo alto. Anda que si tuviera interés (Andrés) no se iba a parar…

Alberto Máximo Pérez Calero (Écija, Sevilla, 1952) es el presidente del Ateneo, lo cual está encantado de que se diga cuantas más veces mejor. ¿Qué quieres ser de mayor?, le preguntaron en las aulas de los Padres Blancos. Y este alumno aplicado fue rotundo: “Quiero ser médico de familia, pero sobre todo quiero ser presidente del Ateneo”. Su saludo es marca de la casa, tiene estilo propio. Hay sevillanos que van por la calle, enseñándole el casco antiguo a los parientes de fuera, y lo incluyen como patrimonio inmaterial digno de exhibición: “Mira, por ahí va Pérez Calero, vamos a saludarlo para que veas cómo saluda un sevillano original, es algo inusual”. Pérez Calero pone una sonrisa profidén, levanta la mano derecha, inicia con ella una curva creciente hasta la altura del pecho (casi como el torero cuando se perfila para la suerte suprema, pero sin colocarse de perfil) y la desciende hasta el apretón final con la mano del interlocutor. Finos observadores locales dicen que se trata de un saludo con “mano stuka”, por la rapidez, decisión e intensidad de la maniobra que suele ser rematada con un acelerado “holacomoestásmealegromuchodeverte”, todo junto a modo de hastag. El saludo de Pérez Calero es tan clásico como su afición por repartir escuditos de la docta casa:

–El día que vengas con chaqueta y corbata te pongo uno.

Quien no tiene el emblema del Ateneo es como el que no tiene el pin del Curso de Temas Sevillanos, como quien no ha recibido nunca una foto de Martín Cartaya en un sobrecito marrón, o una instantánea de Salazar y Bajuelo por correo electrónico. Un sevillano sin el escudito del Ateneo es un sevillano vacío, soso, con tendencia a la exclusión. A Pérez Calero le encanta repartir escuditos del Ateneo y participar en todos los actos del mailing de la ciudad. Su pasión es estar, representar al Ateneo hasta en mitad del océano, con ese figuroneo sonriente que es digno de agradecer, porque hay que ver la de figurones con cara de mañana de Viernes Santo que pululan por la ciudad. Tanto ellos como ellas. Qué caras de estreñimiento, de enojo perpetuo, de vinagre derramado… Nada que ver con la docta sonrisa del presidente de la docta casa. Alberto Máximo Pérez Calero, que parece nombre de gladiador triunfante con apellidos de marca de sacarina, es la sonrisa del establishment hispalense. Y eso se agradece. En la ciudad que siempre cuestiona al que se estrena en un canapé (“¿Y éste qué busca ahora aquí?”), Pérez Calero siempre está dispuesto a sonreir y a integrar con el único objetivo de ganar adeptos para esas presentaciones de libro con un cuarto de entrada, o esos recitales donde no se llena ni el abono de sombra de los viejos ateneístas.

Sólo han de temer la visita de este sevillano quienes tengan cifras con algunos ceros en la cuenta corriente. O quienes simplemente tengan apariencia de poder tenerlas, porque en Sevilla basta con la presunción de tener dinero para que te lo pidan. Todo presidente del Ateneo que se precie debe emplearse en el arte de manejar el sable, modalidad de esgrima local que consiste en buscar a los reyes magos soltadores y a otros personajes secundarios que conforman ese cortejo llamado cabalgata que cuesta poner en la calle algo más de 200.000 euros. Con la Cabalgata se financia el Ateneo todo el año, como con la carrera oficial se financian las cofradías.

Estos días hay empresarios, médicos, abogados y altos ejecutivos de los que frecuentan esos desayunos a base de pastas y zumo de bote (que deja poso en la copa) que tiemblan cuando la secretaria anuncia la visita de Pérez Calero.

–Don Luis, le telefonea de nuevo el señor Pérez Calero, pide cita para verle. Insiste en que es un asunto personal, nada grave ni preocupante. Dice que le ha dado su teléfono el señor Martín Rubio… Ha llamado ya cinco veces.
–Mira Luismi, qué listo… Dígale que venga. Lo recibiremos.

Y allí que va Pérez Calero con el sable en la mano, con la camisa y el traje que le quedan bailones por ser sevillano enjuto. Yallí que llega con el objetivo de envolver al elegido para ser Melchor, Gran Visir o lo que se tercie, que Pérez Calero es como el negro de la playa que se coloca junto a la sombrilla y exhibe el panel de collares, gafas, pulseras y otros abalorios, pero en versión carroza de Gaspar, carroza de empresa municipal o carroza de personaje secundario. “¿Gusta? ¿Gusta la gafa? ¿Tú cuánto dar?”, dice el negro postrado de hinojos. Pues Pérez Calero sonríe mientras exhibe su tablón con todas las carrozas.

–El récord está en 130.000 euros. Pero si usted nos garantiza 40.000, podemos cerrar el trato. Le aseguro que será una experiencia inolvidable.

Y el elegido se va a su casa la mar de contento, viéndose aupado a la carroza, hasta que la otra parte de la sociedad de gananciales le dice que nanay, que si está en sus cabales o si le va pidiendo cita para el diván de Javier Criado. Y así se le caen decenas de reyes al Ateneo, que nadie sabe las fatigas que ha pasado este hombre en los años que el Cinzano sustituyó al Mumm en las cuchipandas de los constructores pretenciosos.

El Ateneo es muchas veces el acudidero perfecto de los sevillanos con las tardes libres. En la práctica es como una gran casa de hermandad, pero sin imágenes titulares. El presidente trabaja por las mañanas y dedica las tardes a calentar el sillón. Tiene el hábito cardiosaludable de ir de casa al trabajo andando, por ese eje urbano que comunica la Puerta Osario con el ambulatorio de Marqués de Paradas. En su día sufrió graves problemas internos. Primero, cuando trascendió que uno de los componentes de la directiva ateneísta mandaba jamones al presidente del Consejo de Hermandades para ser pregonero de la Semana Santa, el más claro ejemplo del cohecho morado. Ydespués, cuando tuvo que nombrar tres reyes Melchor en menos de un mes. El tercer elegido fue el hermano mayor de la cofradía vecina de Los Panaderos, al que menos mal que no le sacaron un trapo sucio, porque ya no quedaba más que ofrecerle la corona al tío del Rápido Americano que repara los zapatos y hace las copias de las llaves. A Pérez Calero le pidieron con fuerza la dimisión en la crisis de Melchor, pero el hombre aguantó más que un conductor nocturno detrás de un camión de Lipasam por la judería. Y ahí sigue. Como Arenas en el PP.

El momento de mayor emoción del año es cuando dirige la charla en el autobús que conduce a los reyes magos al hospital de turno la noche del 5 de enero. “Como médico de familia os digo…”. Es la coletilla con la que introduce cada frase, cada orientación, hasta que asoman las lágrimas en los oyentes: “Como médico de familia os pido que no preguntéis a los niños qué regalo quieren, pues muchos os dirán que quieren ponerse buenos. Y entonces os váis a derrumbar”.

La vida es el Ateneo, los consejos sabios de Ana, las idas y venidas al ambulatorio con el veloz caminar por San Eloy, el manejo del sable en cuanto acaba la Semana Santa, el chaqué en las procesiones oficiales, las referencias del doctor Hermosilla y de García Díaz, el bolsillo lleno de escuditos. La vida es alzar la mano en cada saludo con la sonrisa de quien cada cinco de enero echa la sacarina de su apellido en el café de una ciudad necesitada de edulcorante a falta de azúcar.