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El niño grande

Carlos Navarro Antolín | 5 de julio de 2015 a las 5:00

Rogelio Gómez Trifón
La bicicleta es al transporte lo que el lince a la fauna, o lo que el velador al mobiliario urbano. Son especies protegidas. Los ciclistas por Tetuán son como vacas sagradas por las calles de la India. Pueden desplazarse a su antojo, al libre albedrío, sin cortapisas. Hay padres que señalan a sus hijos la amalgama de veladores y ciclistas por Mateos Gago:“Hijo, esto un día fue una acera”. Hoy tiene poco mérito ir por cualquier calle de Sevilla en una bici de alquiler. Los hay que llevan los auriculares puestos, sin poder advertir no ya una llamada de atención de un peatón, sino el claxon de un coche arrollador. Todo está consentido. Como al lince. En esta sociedad de pendulazos, lo que hoy es sagrado, ayer era todo un reto. El mérito era ir en bicicleta por las calles del centro en la Sevilla de los años 60. A Rogelio Gómez (Sevilla, 1946) lo paró un policía por ir a dos ruedas por la calle Barcelona a contramano cuando era un quinceañero. La multa pedía un marco en Venecia. Rogelio tiene varios títulos y distinciones, pero pocos pueden presumir de tener la de haber sido un ciclista multado en Sevilla.

El aprendiz de tabernero era un adolescente sonriente que trabajaba ora en bici, ora en triciclo, según el peso del porte que había que llevar a los clientes del negocio paterno. Con doce años ya se forjaba en el oficio de servir. Rogelio era un niño feliz. Y sigue siendo tan niño como feliz. Hay sevillanos adultos que en realidad son niños grandes, porque no han perdido la capacidad de ilusionarse con las cosas en apariencia pequeñas. Y eso genera un estado de bienestar interior que también produce envidiosos, pues si el sol ilumina, siempre hay quienes tuercen el gesto ante tanto destello. Ocurre en todos los oficios. Y Rogelio es uno de los astros de la galaxia hostelera.

Mucha gente regresa de sus trabajos con hastío, con la sensación de ser soldado de un ejército vencido por las inercias de la cotidianidad, con el rostro fatigado por los gajes de cada día. Los retornos del trabajo de este tabernero laureado han sido siempre a pie, anunciados por el tintineo de las llaves colgadas del cinturón, con alguna bolsa de plástico bien agarrada en una mano (la leyenda dice que era la recaudación del día) y flanqueado por las dos santas Justa y Rufina de su vida: su mujer y su hija. Un andar pausado, un adiós y hasta mañana a Enrique Becerra, una mirada entre merluzas y besugos por la cristalera de La Isla por si había alguien conocido, y una breve estación en la capilla de la Pura y Limpia para dar las gracias en el ocaso de la jornada.

El bar no es un bar. El bar es una tienda. Una tienda donde se puede comprar todo lo que se sirve. Ydonde se puede tomar algo mientras se compra. Como no es un bar, prácticamente no hay platos. Eso de te gastas menos que Trifón en lavavajillas es verdad, por mucho que lo digan los penitentes de la cofradía de la envidia, que en Sevilla no hay tiempo de paso suficiente para ese cortejo. Porque realmente es una tienda aunque parezca un bar, sublime contradicción donde radica la verdad. Esto es como el Barrio Sésamo de la hostelería, cuando el Conde Draco explica lo de arriba y abajo, lo de cerca y lejos, lo de izquierda y derecha, mientras se mueve compulsivamente por la pantalla. Pues La Flor de Toranzo es una tienda con mesas altas y taburetes, una tienda con camareros de camisas albas donde no ha llegado el color negro que sirve para disimular manchas y lamparones, una tienda con tirador de cerveza y muestrario de vinos y carbónicos. Y así quiere Rogelio que siga siendo. Como es una tienda, no se sirven copas largas, que si con el no también se educa, con las omisiones también se forja el sello de una casa. Quien quiera destilados, debe ahuecar el ala. Ocurre como en la taberna de don José Yebra Sotillo en la calle Boteros, donde jamás ha habido más de veinticuatro vasos (duralex), ni se ha servido whisky. Pepe tuvo un día la gentileza de explicárselo a un cliente preguntón, con guasa y cierta pretensión de tocar los costados.

–¿Y por qué no tiene usted whisky,Pepe? Porque veo que sí tiene ron y ginebra.
–Porque esto no es una barra americana.

Han cantado premio. Con esos criterios es cuando un bar deja de ser un bar para empezar a ser una casa. “En esta casa no se sirve whisky porque eso es propio de tugurios con mucho humo y muchas luces rojas cambiantes”. Y al que no le guste, tiene cuatro mil bares para elegir. Pues eso:en Trifón, ni platos, ni tragos largos.

Muchos empleados de Trifón son casi de la familia. Rogelio ha ayudado a muchos como a hijos. Hasta los ha habido que pidieron ser bautizados. Y allí que estaba Rogelio haciéndoles los papeles en la parroquia, que en esos casos este tabernero siempre ha recordado al cuadro de Colón llevando a los indios a la pila de bautismo en la plaza cacereña de Guadalupe, con el monasterio al fondo.

En esta casa no se sirven destilados. Ni se discute. Un día le cuestionaron machaconamente la tipología de la anchoa a quien es embajador de este boquerón en salmuera. El cliente, con el cuentakilómetros del tinto algo pasado, se puso bastante espeso y haciendo aspavientos, modalidad controlador de pista de aeropuerto con la lengua gorda. Rogelio, viendo el pitón del toro, zanjó el asunto mientras pegaba un bayetazo en otra zona de la barra:“Tiene usted razón con la anchoa, no voy a discutir, porque yo no discuto con mi mujer, así que no voy a discutir con usted”.

Los madrileños se bajan del AVE y se van de “cañas y vinos” a Trifón. Con estos calores, siempre piden que Rogelio suba la potencia del aire acondicionado. A la cuarta demanda con ese acento capitalino barnizado de prepotencia, con los chinos del interior del Daikin hartos de pedalear, este tabernero no pudo más: “Señores, el aire está al máximo. ¿No será que ustedes llevan ya dentro media Rioja Alta?”.

Rogelio es del Baratillo, donde conoció los tiempos de cuatro gatos en la vida diaria de la hermandad, cuando se daban papeletas de sitio la noche del Martes Santo con tal de conseguir dinero para pagar a las bandas de música, cuando funcionaba un rinconcito que se llamaba Bar Atillo, donde se guardaba la botella de Valdepeñas. Rogelio se ha pisado el yo hasta enterrarlo, al modo de Sor Ángela, por su hermandad del alma, pues es la escuela que ha aprendido del factótum de la cofradía: Otto Moeckel. Rogelio es personaje en Sevilla y en Cantabria. Entrando al convite de la boda de la nieta de Franco en el santanderino Hotel Palacio del Mar, toda la tribuna de prensa gráfica se desgañitaba en que este sevillano se parara un instante en la alfombra roja y posara junto a Blanca: “¡Rogelio, Rogelio! ¡Un momento, por favor, una foto!” Ytoda la Sevilla emperifollada que venía detrás se dio de bruces con la notoriedad de este tabernero que es sevillano en Cantabria y cántabro en Sevilla.

Creyeron que no sería capaz de jubilarse. Y se jubiló. Pero el tabernero, como el torero, nunca deja de serlo. Los matadores con la coleta cortada se ponen delante del toro en el campo, sólo para sus familiares y amistades, para matar el gusano que habita en el interior. Los viejos taberneros tienen también sus festejos a puerta cerrada, donde sólo sirven a sus amigos, donde cortan de nuevo el Riera al taco sin las prisas del oficio. El buen anfitrión es un gran egoísta que disfruta sirviendo a los demás. Por eso en el fondo auspicia reuniones.

Dicen que Rogelio fue de los primeros en colocar el detector de billetes falsos. Hay debate al respecto. De los primeros sí que fue en detectar a los falsos, que es mucho más importante.

–Rogelio, hay que ver lo estirada que es esa chica que nos ha atendido, ¿no?
–La marquesa de Villaverde, se cree ella… Ydetrás de una barra no se puede ir con tantos humos.

La vida es el Baratillo, un traje de chaqueta cruzada, una ración de bonito, un puente aéreo con Santander, el aperitivo de Doña María de las Mercedes, una colección de vacas tudancas en la vitrina de casa que sólo suelta en las pascuas para que pasten en el campo verde del Belén navideño, una misa de domingo por la tarde en el Sagrario, una reunión de curas en la barra de la tienda que convierte el negocio en un trozo de Roma junto a la Plaza Nueva, una tarde en los palcos de Semana Santa vigilando la compostura de los concejales, una noche de vísperas de San Pedro entre clarines que evocan las lágrimas del apóstol, un almuerzo pantagruélico en Borleña, Puente Viesgo o Comillas; una tableta de chocolate puro cien por cien, una llamada telefónica de Antonio Burgos, la memoria del padre que llegó a Sevilla a la búsqueda de la prosperidad del 29, el oro de la Medalla al Trabajo que aumenta el cuerpo de penitentes de la cofradía de la envidia, una copa de champán con burbujas diminutas, unos mejillones XXL, un tendido de sombra, una oración en voz alta mientras es vestido de nazareno, la foto en sepia de los portes en triciclo, un comentario sobre el Betis con Luis Carlos Peris, unos sobaos con la mantequilla justa, unas quesadas traídas directamente desde el Valle del Pas… Y siempre, siempre, un manojo de llaves que, como una esquila, anuncia con su melodía el final de la jornada laboral. La vida de verdad es ser fiscal del paso de la Piedad y guardián de la Pura y Limpia. Lo demás son circunstancias. Yeso, ya se sabe, no se discute.