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Sin derecho al perdón

Carlos Navarro Antolín | 18 de septiembre de 2016 a las 5:00

FRANCISCO RIVERA ORDOÑEZ
EN Sevilla el perdón del éxito se cotiza muy alto. Triunfar genera patentes de corso para ser tiroteado. Lograr ciertos objetivos equivale a someterse al pimpampún de las barras (bravas) y al juicio sumarísimo de los veredictos del desahogo. El que está arriba nunca tiene derecho a indulgencias. ¿Cuándo se considera en Sevilla que alguien está en la cima? Depende. ¿Cuándo merece el que ha triunfado una caricia de lomo, un gesto de condescendencia, un guiño de afecto? Cuando se queda calvo o tiene una enfermedad. Una vez había dos pájaros de la avifauna local pasando revista con el codo en una barra de aluminio, postura del pensador de Rodin en clave sevillana. Uno de ellos espetó: “A tu amigo sí que le van a perdonar ahora los éxitos de su imparable carrera, porque el médico le ha encontrado un bichito y se ha puesto regular… Con lo que largó la gente de él cuando se fotografió junto al Rey, fue hermano mayor y apoyó los antebrazos en la barrera de la plaza de toros….¿Recuerdas?”.

Francisco Rivera Ordóñez (Madrid, 1974) es un vecino de Sevilla con una trayectoria personal en la que se combinan las luces y la sombras en igual medida, las puertas grandes y la enfermería, las reseñas que dudan de su concepto del toreo en el Aplausos y las referencias almibaradas del Hola, el blanco y negro de las desgracias que le han sobrevenido y el color de los días de rosas que quedan en el álbum de la intimidad familiar, las chisteras de relumbrón y los torniquetes de emergencia, las palmadas de los agradaores y las puntillas de los envidiosos.

Rivera Ordóñez pertenece al selecto club de los que nunca han merecido el perdón, ni parece que se lo vayan a conceder. Si se hubiera presentado en solitario a hermano mayor de la Esperanza de Triana, hubiera arrasado en las urnas por esa afición de Sevilla a acudir en auxilio del claro vencedor, pero como tuvo un rival en liza, perdió las elecciones como era previsible. Si hay dos opciones, Sevilla ejerce ese morbo indescriptible de votar contra el triunfador oficial, contra el guapo oficial, contra el rico oficial. Leña al pijo aunque sus 42 años de existencia estén lastrados por desgracias que a otros los mandarían al diván del psiquiatra, o los dejarían acostados para el resto de sus vidas.

Una marca de la casa civil de este torero es hacerse acompañar siempre por el séquito, la pandilla, el grupo de amigos de toda la vida, herencia quizás de haberse criado en una casa de puertas abiertas. Dicen que en eso se nota que es Ordóñez y Dominguín, en que necesita el ruido de la compañía y en que mantiene las mismas relaciones de la infancia, cuando era Picúo para su abuelo, un niño con cuerpo de alambre que ponía pegas para comer y era perseguido por una tata que llevaba la croqueta pinchada en el tenedor. El niño creció y también desarrolló la afición familiar por colocar apodos y motes a la gente con gran destreza. Carlos Telmo, criado junto a los Ordóñez, es y será siempre el cateto.

Este matador de toros es friolero de temporada larga, aficionado al blindaje de los jerseys, brazos cubiertos nueve meses al año, combinados con esos plumíferos sin mangas que otorgan ese aire de gallito de corral que Sevilla castiga cada vez que puede con las sentencias de las tabernas, que son la primer instancia de los tribunales condenatorios de la ciudad. Tal vez de forma inconsciente esté buscando el efecto del chaleco antibalas, un mecanismo de defensa frente a quienes no disculpan que sea hijo y nieto de famosos, quienes no perdonan el orgullo de los Ordóñez de sentirse una casta superior. Este cuarentón al que media España ha visto crecer se ha hecho distante a la fuerza, por instinto de supervivencia, siempre pendiente del pitón rosa, aunque en ese complejo mundillo, cargado de cristales rotos y cables pelados, tenga amistades íntimas y poderosas como Álvaro García Pelayo.

Tan listo para los negocios como ortodoxo a la hora de vestir. Estilo sevillita, lo llaman. Compra el negocio, lo hace rentable y dicen que pega el pase mucho mejor que en la plaza de toros. Por eso aseguran que se parece más a su abuelo en la sagacidad para hacer dinero que como matador de toros. Cuentan que de la madre tiene la espontaneidad, reservada ya para los círculos privados, el manejo de los idiomas y la finura en las relaciones sociales. Del padre, la capacidad de sacrificio y entrenamiento.

Es un torero al que no oirán dar la barrila con el campo. Es más bien un urbanita. No tiene ninguna predilección por Marruecos, todo lo contrario que su madre, gran aficionada al exilio más allá del Estrecho. Rivera Ordóñez no quiere ver más turbantes que los de los beduinos de la cabalgata.

La vida es la finca El Recreo, la casa de Ronda donde las noches de goyesca hay fiesta tras el cóctel oficial que ofrece la Real Maestranza que preside Rafael Atienza. La vida son días en un piso privilegiado de Sevilla, a la vera de los Jardines de Murillo, donde tras el almuerzo en la mesa grande del comedor hay tiempo para ver grabaciones de Semana Santa, cual friki de bulla todo el año. La vida es portar las cruces del destino, madrugar poco y preferir la horizontalidad de la cama antes que la del sofá. La vida es templar al toro, tanto como la tendencia a coger kilos, ser desconfiando de los rostros nuevos y un punto caprichoso con los relojes. La vida son los recuerdos de los días de corrida en los que las Ordóñez, madre y tía, cosas del destino y de las supersticiones, no se tocaban nunca las uñas.

Dejar entrever cierta vehemencia en el carácter tiene sus consecuencias. El presidente de la plaza de La Coruña le negó la segunda oreja una tarde de faena importante. Francisco se hizo el remolón a la hora de recibir el único trofeo concedido, que acabó tirando con evidente desprecio, por lo que la Xunta de Galicia abrió un expediente con propuesta de sanción de 60.000 euros y seis meses de inhabilitación. Al final, con la ayuda de un perito convenció al juez instructor de que se deshizo de la oreja porque contenía garrapatas… De verdadera vuelta al ruedo.

El Domingo de Pasión de 2015 debutó como asistente a un pregón de la Semana Santa.El orador, el poeta Lutgardo García, se hizo acompañar por la banda Sinfónica Municipal en el tramo final del pregón. Alguien le comentó a Rivera Ordóñez a la salida, con el tradicional desdén con que la mayoría habla de los pregoneros una vez terminado el acto: “Maestro, este pregonero ha terminado ayudado por la música, como los ayudados por alto en las faenas”. Y el diestro zanjó: “Oiga, hay ayudados que son muy difíciles de dar, se lo digo yo. Los ayudados tienen su mérito”.

Quiso ser hermano mayor de la Esperanza de Triana, como su abuelo Antonio, quien, por cierto, fue fiscal de la Soledad de San Lorenzo. Quiso ser anunciado como Paquirri en los carteles, pero nadie lo conoce como Paquirri, sino como simplemente Fran o Riveraordóñez, dicho así todo junto. Quiso aupar a su hija mientras toreaba en un tentadero, pero se topó con que los tiempos han virado hacia lo absurdo, hay fiscalías que son torretas para disparar contra lo políticamente incorrecto, y también hay defensores del pueblo alejados de los púlpitos que carecen del más mínimo sentido del ridículo.

El torero con barniz altivo goza de cuadrilla que lo defiende más allá de los ruedos, como tiene esa legión que no perdona sus éxitos. O lo que consideran sus éxitos. Y ya se sabe que en Sevilla hay que ganarse ciertos perdones cada día. Quedarse calvo o estar postrado en el lecho del dolor. Quizás sea porque aún no se ha desprendido del cliché del más ligón de la pandilla (“Niña, con tu cuerpo y mis ganas, la que íbamos a liar”) pese a haber matado más de mil corridas y haber tomado decisiones complejas como un cambio de apoderado.

Ordóñez fue fiscal de la Soledad. Su nieto nunca está solo. Y eso es virtud o riesgo, según se mire. Lo importante es que el mirón nunca sea el toro. Aunque haya miradas de humanos tan aviesas como las de un burel.

Es de Ronda y se apellida Telmo

Carlos Navarro Antolín | 15 de mayo de 2016 a las 5:00

CARLOS TELMO
CUESTA imaginar que existe gente que se gasta cien mil euros en carpas, cortinajes y decoración variada para revestir el recinto de celebración de una boda. El exceso de dinero suele tener dos consecuencias: Hacienda mete más el cucharón en el perol y la excentricidad se dispara. Se aprecia en muchos eventos. La palabra evento ha tenido dos momentos de claro apogeo en Sevilla. El primero fue la Exposición Universal, el evento por antonomasia de la Sevilla moderna. Todo el mundo se refería al evento de la Cartuja, incluso aderezado con el adjetivo magno por influencia de la magna hispalensis de Francisco Navarro, el canónigo que creó el modelo de visita turística de la Catedral que ha llegado a nuestros días. Hoy se diría de forma machacona que Navarro “puso en valor” el templo metropolitano. El segundo empuje a la palabra evento lo dio un rondeño afincado en Sevilla desde, precisamente, aquel año en que los sevillanos aprendieron a hacer cola y todavía no se les ha olvidado, de tal forma que un sevillano llega a la sucursal del banco, a las cajas de Supersol, a la oficina de renovación de sillas y palcos, y se coloca directamente en la cola más larga. Después del 92 todo fueron eventos. Carlos Telmo es especialista en la organización de todo tipo de actos sociales, desde una boda de tronío hasta la presentación de un libro, pasando por la inauguración de un comercio con alfombras rojas en la puerta o cualquier fiesta privada. Es un relaciones públicas, experto en protocolo de alto nivel y con un máster en la organización de eventos. El evento es el término baúl donde caben todos los saraos de la ciudad que se pirra por figurar en el mailing de este ciudadano hiperactivo para tener ocupación de cierto postín a partir de las ocho de la tarde.

La Exposición Iberoamericana trajo afamadas sagas de taberneros a Sevilla, procedentes de Cantabria o de la provincia de Huelva. El 92 nos dejó al comisario del pabellón de Canadá metido a costalero, Gary Bedell, y a Carlos Telmo, director de relaciones externas y servicios VIP de la Expo 92.

Telmo es la garantía de éxito tanto para el famoseo como para los particulares con aspiraciones (o ínfulas) que quieren controlar todos los detalles de sus celebraciones. ¿Usted quiere camareros con pelo para la inauguración de su negocio en el centro? Telmo tiene la lista de camareros sin alopecia. Conocemos uno que, siendo estudiante universitario, se hartó de servir en las citas más selectas. Siempre era convocado por Telmo en detrimento de los demás compañeros de la bolsa de trabajo, que eran relegados a otro tipo de actos.

–¿Todavía no te has enterado? Te llama siempre porque ese cliente no quieren calvos.

¿Acaso los necesita sin tatuajes? También los tiene. Pida sus deseos que Telmo le hará feliz. Eso sí, este relaciones públicas inquieto, un punto maniático y siempre perfeccionista, accede a las peticiones de los clientes, pero no se deja un gato en la barriga dentro. Si considera un disparate el gasto de cien mil euros en una decoración efímera, lo dice abiertamente con esa exquisitez que es marca de la casa. Telmo es un tipo de educación refinada, cuyo broche es que parla francés con notable fluidez.

Tiene verdadera obsesión por mantenerse en su peso ideal. Usa los colores oscuros para vestir, que alegra con tirantes, bufandas y pañuelos de seda coloridos, según la estación del año, sin olvidar las gafas de sol ovaladas. De vez en cuando se permite alguna extravagancia, como acudir a la plaza de toros con un pantalón de camuflaje en los días que Canal Plus le encomendó las relaciones públicas de su palco.

Siempre se ha cuidado mucho en no aceptar trabajos que no ve nada claros. Por mucho que sean rentables para el bolsillo, si no le gustan los compañeros de viaje, no acepta la empresa. Aprieta los dientes –otro de sus rasgos característicos– y dice mientras emite un sonido de rechazo:“Eso no es para mí, eso no es para mí”. Al fin y al cabo se puede proclamar que es un romántico de las relaciones públicas. Pudo haberse forrado de plató en plató contando sus décadas de convivencia e intimidad con la familia Ordóñez, pero jamás ha aceptado ninguno de esos ofrecimientos. Los Ordóñez lo han tratado siempre como uno más de la familia. Le dicen “cateto” con todo el cariño. Yél también los considera familia. “Belén Ordóñez es la hermana que no tuve”. Organizó las dos bodas de Francisco Rivera Ordóñez:la primera con Eugenia Martínez de Irujo, todo un reto al ser retransmitida por TVE, y la segunda con Lourdes Montes. Cuando coordina un acto social, Telmo es el típico manojo de nervios con pretensión (fijación) por controlar todos los detalles. Hasta tal punto quiso controlar aquella primera boda que expidió acreditaciones en función de los tres lugares claves:la Casa de las Dueñas, de donde salía la novia; el Hotel Colón, de donde salió el novio con su madre vestida con una llamativa mantilla azul en consonancia con el traje, y la Catedral, en cuyo trascoro se ofició la ceremonia.

Como siempre busca la originalidad, siendo relaciones públicas de Isla Mágica en los años noventa, apostó por difundir la nueva atracción del parque, basada en un náufrago abandonado a su suerte en una isla, enviando a las redacciones la nota de prensa dentro de una botella. A más de un redactor jefe se le oyó:

–¿Esto qué es? […] Las cosas de Telmo…

Cuando creía su carrera en un declive natural por razón del paso del tiempo y casi pensaba en crear un cáterin con su firma personal, fue requerido para trabajar en el pabellón de España en la Exposición Internacional de Shangai, donde estuvo más de seis meses y de donde se trajo información, contactos y material como para abrir un bazar pijo en la calle Regina, un comercio al que acudió varias veces la duquesa de Alba.

Hay quien afirma que este rondeño de cuerpo enjuto y piel blanquecina podía haber hecho carrera en Madrid, Nueva York o cualquier ciudad con mucha más proyección que Sevilla. Pero se quedó aquí, donde construyó su círculo de confort y donde sus ambiciones se encuentran satisfechas. En muchas ocasiones prima su bienestar personal antes que la rentabilidad de los negocios. Es tal vez demasiado pasional para los negocios y poco duro a la hora de exigir. No pocas veces hay quienes le previenen de la necesidad de ser más pragmático.

–Carlos, no pierdas tanto tiempo en tomar café con esa marquesa que ahí no hay negocio.
–Pero hay que estar, hay que estar.

Cada vez que llega la goyesca de Ronda, su teléfono echa humo. ¡Qué de amigos tiene Telmo así que llega septiembre! ¡Y cuántos se quieren colar a su vera en casa de los Ordóñez a pegar el mangazo de cena tras la corrida!.

La vida es perderse por San Lorenzo, en las barras de la antigua Casa Ovidio o del Eslava. Es recordar los días de Navidad en Ronda, cita con la memoria más entrañable. La vida es exhibir con orgullo y alegría su condición de usuario de Tussam cuando la vespa descansa. Es enviar ramos de flores a los jugadores de fútbol sevillanos que debutan en la selección española para cuidar la imagen de su agencia. Es mantener su papel de contertulio ameno en los medios de comunicación. La vida es pegarse un “chutazo” en la consulta de Carmen Sarmiento para tener el rostro más hidratado. ¡Cómo le espanta la sola idea de tener el rostro arrugado! Quien conversa habitualmente con Telmo sabe la de veces que cita a Sarmiento en su vida cotidiana. Y perderse en charlas de barrio en el estanco, la panadería o la farmacia de San Lorenzo. La vida es comer caracoles en un bulevar en compañía de un grupo de gente que no viste precisamente al sevillanito modo. La vida es cortarse el pelo en Bruno Pantoja, su peluquero de siempre de la calle Bailén. Telmo, además, forma parte de la gran cofradía de ilustres despistados de la ciudad, a los que hay que darles el adiós en voz alta por la calle para que deje de escrutar escaparates y salude al interlocutor que reclama su atención.

Quizás su mayor mérito no sea guardarle lealtad a la familia Ordóñez desde hace cuarenta años. Ni tener un mailing que valdría aún más fuera de Sevilla que en esta ciudad. Tampoco que tenga un gusto refinado, un sentido de la estética reconocido, y carácter emprendedor para abrir un hostel en la calle Calatrava. Ni siquiera que sea un vanguardista de la metrosexualidad. Su mayor mérito es que triunfó en Sevilla hace años y se ha ganado el perdón de la ciudad. El hacerse perdonar los éxitos en Sevilla es cosa que no se enseña en las universidades privadas ni en ningún instituto de empresa.