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Una dama en el PSOE

Carlos Navarro Antolín | 14 de septiembre de 2014 a las 5:00

ROSAMAR PRIETO
En los entierros se conoce gente. Sobre todo en una ciudad que acentúa el componente social de todo encuentro y donde se publican hasta pobladas galerías de rostros a la salida y entrada de los sepelios. En un entierro conocí a Rosamar Prieto-Castro, en el romántico cementerio de San Fernando, donde están empadronados en horizontal esa gran cantidad de sevillanos que nunca te dan una puñalá, que el yuyu lo provocan siempre los vivos. Los muertos no molestan nunca en su soledad becqueriana. Rosamar Prieto-Castro es una granadina del 47 que vive en Sevilla con el alma puesta en la almeriense Garrucha, la población que tiene musiquilla de administración de lotería premiada en el Sorteo de Navidad. “El segundo premio ha sido vendido en la tres de Tarrasa, la uno de Sabadell, la cinco, 24 y 47 de Madrid y la dos de Garrucha”. Ea, premio repartido.

–¿Te ha tocado, Rosamar?
–Nada, prenda.

A Rosamar la sacaron un día del Consejo Económico y Social de Andalucía, donde estaba más a gusto que un arbusto antes de ser podado por Zoido, para colocarla en el potro de tortura del Ayuntamiento tras haber sido gobernadora civil de Huelva y jefa de gabinete de una delegada del Gobierno en Andalucía llamada Amparo Rubiales. Pertenece a la jet del PSOE de los grandes años, aquel partido centrado que logró el voto de tantísima gente de derechas y al que nunca se le ocurrían majaderías como suspender el concordato con la Iglesia, un mérito debido a Manuel Benigno García Vázquez, el capellán del partido del puño y la rosa que daba clases de Religión en el San Francisco de Paula y que instruyó a Felipe en el respeto a la Iglesia, “una institución en la que se puede creer o no, pero que asegura un orden en valores. Y a todo gobernante le interesa mucho una sociedad en orden”. Una de las virtudes de Rosamar es que todos la sitúan en la acera de enfrente. Para la gente de derechas, de aperitivo dominical y tres vueltas del collar de perlas, Rosamar es la oveja descarriada del rebaño. Para su correligionarios, esos siempre adorables compañeros de partido, Rosamar es el ala conservadora, la que se entiende con empresarios, curas y cofrades.

A punto estuvo de ser alcaldesa interina de la ciudad en el tardoalfredismo de obras faraónicas pasadas de frenada en el presupuesto. Un Lunes Santo acudió a los palcos de la Plaza de San Francisco una chica llamada Susana Díaz, por aquel entonces secretaria general del partido en Andalucía. Hizo maripandi con ella en las sillas de Quidiello. Susana le susurró al oído que se pusiera el chándal y calentara la banda porque todo estaba preparado para relevar a Monteseirín un año antes del final del mandato. Rosamar se puso nerviosa varios meses, emergió ese genio que lleva dentro semejante figura y algunos hasta padecimos tirones de orejas de los que dejan colorado el lóbulo. Alfredo no se quiso marchar sin la seguridad de un nuevo destino bajo el ala protectora del partido y hubo concejales que no estaban dispuestos a que no se respetara el sacrosanto orden de la lista electoral. Entre unos y otros, y con el partido desangrándose en los nefastos últimos años de ZP, se esfumó la posibilidad de que toda una señora ocupara el mullido sillón de la Alcaldía.

El mayor mérito de Rosamar no es haber hecho una oposición antes de desembarcar en la política para tener siempre los garbanzos (de Escacena) asegurados. Ni siquiera haberle correspondido en suerte la lidia de la Delegación de Fiestas Mayores con unas cofradías que acabaron despidiéndola con una ovación cerrada en el Teatro de la Maestranza, que ya se sabe el cariño infinito que esta ciudad le ofrece a quien se marcha para ponérselo imposible al que llega. Su mayor mérito es haber sobrevivido a los homenajes, sobre todo porque a Rosamar, escrito sea con trazo grueso, le organizaron un bonito homenaje sus enemigos, que así son los verdaderos homenajes, que las cosas hay que hacerlas bien, como Dios manda. Quien no alimenta bien al canario enemigo con su ración de alpiste cada mañana ya sabe que se queda sin homenaje al final de sus días laborales. Un homenaje sin enemigos ni es homenaje ni es ná. Aquel canapé fue una de las ceremonias que evidencian el Maquiavelo que el sevillano lleva dentro. “Mira, ha venido aquella de allí. Y eso que nunca me ha podido ni ver”. Y Rosamar pega el pase de la firma con esos cuatro golpes de risa monocorde separadas por leves pausas profundas, muy profundas: “Ja, ja ja, ja”. “Y aquel otro… Con lo que se movió para que yo no fuera alcaldesa”. Y otra vez: “Ja, ja, ja, ja”. Cuando sí le salió la mejor sonrisa fue al llegar su admirado Manolo Chaves. Ay, aquellas tardes de domingo en el cine junto a Chaves y Griñán, rematadas en los veladores del Antonio Romero de la calle Antonia Díaz. Aquellas tardes no volverán…
Un día de Feria la invitaron a la caseta del gremio de los notarios de la calle Juan Belmonte. Como es de vista larga y retrovisores bien reglados, se dio cuenta de que alguna, pasada ya de trago largo y con los lunares caídos, la recibió con cuchicheos de censura. “¿Quién ha traído aquí a una roja?” Y Rosamar, que se hizo la sorda, templó la escena para no incomodar a sus anfitriones: “Esa muchacha no conducirá ahora, ¿no?” Y se puso a narrar sus vivencias en la caseta de los notarios del Prado de San Sebastián, en la que era una de las pocas mujeres que entraba por razones familiares en los años del Nodo. En el haber de esta señora figura que siempre se ha movido con facilidad en territorios aparentemente hostiles y ha sido una gran defensora de los derechos de la mujer sin necesidad de carnés o etiquetas especiales. Por sus obras la conoceréis. Y por la alta y fina joyería que ha lucido los Jueves Santos de mantilla en los oficios, que pasarán varias corporaciones antes de que se vuelvan a ver en los palcos municipales oros y gemas antiguos.

Una noche asistió a una tertulia como delegada de Fiestas Mayores a la entrega de un premio al catedrático Manuel Marchena, entonces consejero delegado de Emasesa. Todos los asistentes acudieron de rigurosa chaqueta y corbata, en un restaurante de maitre elegante y mantel gordo. Sentados ya y con la servilleta de tela planchada sobre las piernas, a Marchena le preguntaron al oído:

–Manolo, ¿de esta reunión quién vota el PSOE?
–Los camareros, yo… Y creo que Rosamar.

Ave nocturna sin complejos que no camufla sus aficiones ni sus ganas de vivir. La vida le ha puesto en su camino baches en los que a otros se les hubieran reventado los neumáticos. Es una suerte de ciudadana coraje a la que el trianero Rosco regaló un crucifijo del Cachorro cuando más lo necesitaba: “Jefa, aquí tienes al único Dios verdadero”. Y aquel crucificado expirante comenzó a lucir en la Dirección General de Comercio de la Junta y después en los despachos que ocupó en el Ayuntamiento.

Carente de complejos y libre de poses convencionales, un día que presidía un almuerzo profesional pidió la carta de postres en un restaurante con vistas a la Torre del Oro, se puso las gafas para leer con detenimiento, pasaron varios minutos, toda la mesa quedó expectante y cuando volvió el maitre con la libretilla para tomar nota, no se cortó un pelo: “Estos postres deben estar riquísimos, pero las calorías que llevan me las va a sustituir usted por una copita de ron con coca-cola”. Y, cómo no, hubo pase de la firma: “Ja, ja, ja. ¿Vosotros nos animáis, prendas? ¿O queréis un tiramisú de cerezas?”