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La pastoral de la jet

Carlos Navarro Antolín | 15 de noviembre de 2015 a las 5:00

Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp
COMO una relación precisa entre la causa y el efecto, muchos sevillanos tienen dentro no sólo gatos en la barriga como para montar una cofradía, sino un pedazo de perro de Paulov que ante determinados estímulos generan una rápida respuesta. Un poner. Cada vez que en los telediarios de la España de los años ochenta y noventa daban cuenta de un suceso bañado en sangre, de una buena cuchillada rebanando un cuello, de unas jóvenes perdidas en la noche oscura y aparecidas años después entre maleza, o de cualquier reyerta a lo Puerto Urraco, el sevillano generaba ya una inquietud interior, una curiosidad fatal propia de quien no encuentra la última pieza del puzzle. Buscaba, sin darse cuenta, la coletilla de rigor que siempre debía rematar esas informaciones: “El doctor Frontela ha sido requerido de inmediato para examinar los restos hallados”. “Desde Sevilla se desplaza ya el doctor Frontela, cuya aportación será clave para esclarecer el caso y dar las primeras pistas a la Policía”. “La familia de las asesinadas ha pedido un dictamen particular al doctor Frontela”. No había muerto sin esquela, ni crimen sin Frontela.

Otro poner. Ninguna corrida de toros de relumbrón debía carecer del Lele Colunga con los brazos descansados sobre la barrera. ¿Hay mayor símbolo de estatus social que posar los codos en la barrera del Coso del Baratillo, a ser posible con el vaso del café traído del bar Taquilla por el arenero a cambio de una generosa propina? Eso que hoy llaman postureo lo ejerció Colunga hace muchos años con toda naturalidad. Con tanta que alcanzaba pactos con los fotógrafos de la Puerta del Príncipe. Al Lele se le sacaba en los cromos del colorín cuando había escasez de famoseo. Era el comodín local a falta de rostros de la jet madrileña.

–Lele, hoy te hago la foto pero no creo que la saque mañana. Mejor el sábado, cuando ya nada más que haya catetos de los pueblos para ver al Litri y al Cordobés.

Y el Lele, con la almohadilla en una mano y la otra sobre el hombro del fotógrafo, daba todas las facilidades del mundo.

–Como tú quieras, tú sabes que yo no falto. Y cuento contigo para este año en mi casa del Rocío, como siempre, ¿eh?.

La ratio de apariciones del Lele en la galería de la Puerta del Príncipe de aquellos felices años era de una foto por cada 2,7 días, que diría el tonto de la estadística. Y sus apariciones o ausencias, motivo de charla y reprimenda familiar de mediodía.

–Pepe, esta mañana vi el periódico y no salía el Lele en los toros, ¿estará malo? Y en cambio salen otra vez retratados ese tal Luismi, el empresario de los aceites que da un potaje en su caseta al que, por cierto, nunca te invita, y ese señor madrileño tan espléndido, ¿Enrique Fernández se llama?, que aparecía junto a un jefazo de la Guardia Civil.

El perro de Paulov que muchos sevillanos llevan dentro comienza a segregar saliva cuando lee el reportaje de una boda entre famosos en la capilla de la Maestranza, en las Adoratrices, o en esa Caridad donde nadie acierta a leer el in ictu oculi. El sevillano sabe que para ser de verdad una ceremonia de tronío tiene que estar presidida por el sacerdote Ignacio Jiménez-Sánchez Dalp (Sevilla, 1973). Ni antiguas mantillas de madrina, ni trajes de Roberto Diz, ni flores de Búcaro hasta en la puerta del templo, ni haciendas del Aljarafe, ni camareros con guantes, ni sirvientes vestidos a la federica, ni canapés de diseño, ni merceditas para aliviar los pies de ellas en la barra libre con baile, ni puros traídos de Cuba para que ellos hagan la chimenea… La saliva se segrega y se sigue segregando hasta que no aparece citado el cura Ignacio.

Que se casa la hija de un maestrante, la oficia el cura Ignacio. Que se casa el hijo de la duquesa de Alba, lo casa el cura Ignacio. Que se casa la mismísima duquesa de Alba, preside la ceremonia el cura Ignacio. Que se casa el torero famoso con la presentadora de televisión, los casa el cura Ignacio. Que se casa el hijo del alcalde, en el altar está concelebrando el cura Ignacio junto al prelado. Que se casa Rafael Medina en el palacio toledano de Tavera, hasta allí se va el cura Ignacio con sus oropeles.

Se leen los ecos de sociedad de los bodorrios de tronío y no se queda uno espiritualmente en paz hasta que confirma que el cura es el que debe ser. Porque no puede ser otro. ¿No hay pastoral gitana, pastoral obrera, pastoral del turismo, pastoral de la enseñanza, pastoral de la salud, pastoral juvenil y pastorales de no sé cuántas cosas más? ¿No es Sevilla la capital del famoseo con sucursales coyunturales en Jerez y Ronda? Pues si Dios está en todos los lados, sus ministros hacen bien en servir a toda la población. Las ovejas azules tienen su pastor, la gente guapa tiene su capellán, la jet tiene su director espiritual.

El cura Ignacio también se vuelca con la gente sencilla de los pueblos donde ha ejercido su ministerio como párroco. Ay, cuánto hizo en Alcalá del Río y qué poco se lo reconocieron algunos… A cuántas puertas de casas palaciegas ha llamado para sacar perras con las que pagar la restauraciones de cubiertas, torres y campanarios. Gracias a la destreza con el sable, a lo Robin Hood con clériman y sin carcaj, ha sacado euros de los ricos para promover buenas obras en beneficio de los pobres.

Su oratoria es tan fluida y brillante, jugando con la gesticulación, los tonos y la mirada, que hay quien tiene claro que este cura risueño es una suerte de monseñor Camilo Olivares del siglo XXI, quien ejerció de capellán de Doña María de las Mercedes y cena los Sábados Santos en el Eslava con el actual duque de Alba, para irse después a ver la entrada de la Soledad de San Lorenzo.

Al cura Ignacio lo hemos visto toreando en una plaza de tientas, en el palco de convite de la Real Maestranza en tarde de farolillos, con derecho a prismático, almohadilla y horchata o destilado al doblar el tercero;entrando en el Pazo de Meirás, donde los Franco siguen celebrando sus fiestorros, y hasta oficiando el mismo día el funeral de Javier Medina Liniers y la boda de Cayetano Martínez de Irujo.

En Semana Santa es veloz gracias a la moto con la que se desplaza de los barrios al centro, y del centro a los barrios. Es usuario del clériman en los días de pasión e incienso, porque ya se sabe que da derecho a cangrejear con comodidad delante de los pasos de palio. Y en caso de bulla, el policía procedente de Soria no aprieta al cura.

Cuidadoso en el vestir y con la báscula, cuando dio el pregón de la Semana Santa se encargó en Ibáñez un precioso chalequillo eclesiástico, una prenda poco habitual en el clero sevillano. Se para por la calle más que un paso de palio. “Niño, ¿todavía no tienes hijos? Pero si llevas casado ya más de un año… Anda, date prisa”. “¿Que tu niño no da religión en condiciones? Eso te pasa por llevarlo a un colegio tan laico”.

Pocos saben que el cura Ignacio no hizo todos los estudios en el seminario de Sevilla. Los primeros años de su formación eclesiástica los cursó en el de Toledo, mucho más conservador que el hispalense. Toledo tenía estética de sotana y alzacuellos cuando Sevilla se movía en un ambiente más acorde con las enseñanzas del concilio. Dicen que de sus años toledanos queda la estética con la que reviste a los acólitos de la parroquia de las Flores:de sotana y con roquetes.

El cura Ignacio es muy envidiado por algunos de sus compañeros. El don de gentes, la oratoria y la agenda de contactos son innegables. Y eso a veces genera recelos. La notoriedad del pregón de Semana Santa resultó incómoda en algunas instancias. Su carácter desenfadado no es a veces bien digerido por sectores conservadores que tildan de histriónicas algunas muestras de naturalidad y que lo encajarían en el perfil del padre Estudillo, aquel cura currista, muy sevillista y de tapita en Trifón y en La Isla. Tiene hasta imitadores que han querido cogerle la vez, pero sin mucho éxito hasta ahora. Yhasta hay quienes presumen mucho de conocerlo, como Paloma Gómez Borrero, que lo citó malamente para reforzar una información. El día que murió la duquesa de Alba, afirmó la periodista en una televisión: “Conozco al capellán de la familia, el padre Sánchez Cal [sic]”.

La vida es presentarse a comer como uno más de la familia en la casa de los Siguero, en la Avenida de República Argentina. Es una misa del Gallo en el amplio y poblado salón familiar. La infancia es una foto de un niño con casulla jugando con toda inocencia a decir misa. Es recibir con humildad de oveja ciertas indicaciones del pastor. Es pronunciar un muy buen pregón de Semana Santa, porque el éxito de un pregón es hacer vibrar al público. Yel público vibró con el pregón de quien no podía ser otra cosa en la vida que cura.

Cuando hay una boda de famosos o una torre de campanario recién curada de las grietas y a la que por fin ha vuelto la cigüeña, segreguen saliva: ha sido el cura Ignacio, el de la moto.

El cura monárquico en Bellavista

Carlos Navarro Antolín | 1 de noviembre de 2015 a las 5:00

PEDRO YBARRA
ESTANDO en su casa de los Estados Unidos, el profesor Márquez Villanueva, invitado a recordar su infancia sevillana, acertó a decir por teléfono en un arranque muy meditado: “Nací en una casa de la calle Oriente que hoy no existe”. La importancia del lugar, el poder de la referencia, la posibilidad de retornar al sitio exacto de aquellos maravillosos años ya no existía más que en el altillo de los recuerdos donde se emite, cargada de interferencias y salpicaduras, la película de Super8 sin más sonido que el tableteo del proyector. Muchos sevillanos han visto cómo la piqueta derriba casas, crujías, patios, arquerías, corrales… Y se levantan bloques de viviendas, áticos retranqueados, adosados y hasta casas modernas en el centro con la careta de fachadas viejas. Pero no siempre el truco (¿o trato?) de guardar la fachada sirve. Un edificio son sus inquilinos, es el uso que tiene, es la historia de sus dueños que se conserva en las notas marginales del registro de la propiedad y las notas de las emociones vividas que se inscriben en la memoria. Un edificio puede ser la infancia de una persona, la representación de sus mejores años y hasta la vida entera. Un edificio puede ser parte de una ciudad, enclave que los siglos apuntalan y valores artísticos que lo hacen único, Entonces es cuando adquiere toda la fuerza de un símbolo. Márquez Villanueva confesó con tono apesadumbrado, con el barniz pausado de la melancolía, que la casa de su infancia no existía. Estaba la ciudad, estaba la calle, estaban en otros sitios los vecinos, pero no estaba la casa. El símbolo se había esfumado.

Pedro Ybarra Hidalgo (Sevilla, 1931) es un cura que un día sufrió mucho por la pérdida de un símbolo, de un edificio que ha marcado a una generación de sacerdotes. No se perdió por la piqueta, pero sí por una venta maquillada como pacto de cesión institucional. El cura Perico, como le llaman con todo cariño quienes así pueden llamarlo, es el último de San Telmo, el edificio vendido a la Junta de Andalucía en la mayor operación de enajenación de patrimonio eclesiástico aprobada por la Santa Sede en Europa “en muchísimos años”, como recordada el cura Benigno García Vázquez. El arzobispo Amigo realizó una ronda de consulta entre los sacerdotes más vinculados al entonces seminario metropolitano. Pedro Ybarra lo ha sido todo entre aquellas paredes: de estudiante a rector. Se mostró contrario a la venta. Cien años llevaba San Telmo siendo escuela de sacerdotes. Y debía seguir siendo de la Iglesia, como pensaban otros ilustres de la diócesis como Gil Delgado. Pero Don Carlos tenía claro que la venta era la salvación económica de la Diócesis, pues el mantenimiento de San Telmo era el agujero de unas cuentas maltrechas, la pesadilla del ecónomo. El clero local se dividió entre favorables a la venta y contrarios a ella. El cura Perico no estaba para paños calientes, se expresó abiertamente en contra. Venía de vivir los años del tardofranquismo y la Transición en plazas hostiles como Morón de la Frontera y Bellavista, haciendo hueco en la sacristía a los sindicalistas perseguidos, atendiendo como feligresa a la madre de un tal Felipe González, estando junto a los obreros del campo… Venía de vivir un Concilio Vaticano II donde se estaba a favor de la libertad sindical. Ybarra, de familia selecta, monárquico sin fisuras, con estudios en Derecho y viajes frecuentes al extranjero, supo interpretar a la perfección aquellos años. Nunca fue un rojo, pero estaba a favor de la libertad. Si el Rey quería serlo de todos los españoles, él no aspiraba más que a ser el párroco de todos: de la señora de alta sociedad y del militante clandestino de las Comisiones Obreras, del feligrés de pantalón de pinza y vuelta en los tobillos, y del de chaleco gordo de cuello alto y pantalón de pana. Venía de vivir todo aquello, con el sambenito de ser tildado rojo por los mismos que llamaban mantequilla a Gutiérrez Mellado, cuando no pudo callarse y se opuso a la venta del símbolo de sus mejores años. Y sufrió. Como jurista que fue pasante del despacho de don Juan Moya García, no entendió la modificación sustancial del testamento de la Infanta, que cedió el edificio para la formación de curas, no para despacho de Chaves, Griñán y Susana Díaz. Soñó con un San Telmo convertido en gran casa de la Iglesia, en sede de la Colombina y en residencia sacerdotal. Y ahora sufre cuando ve sus jardines restringidos al público.

Este cura alto, de voz nasalizada, nariz prominente y ojos claros, es un símbolo de la Transición en Sevilla. Como lo fueron los difuntos Bueno Monreal, Diamantino y Javierre. Pero en versión monárquica, selecta y con tres idiomas. Don Pedro ha ido al cine con Doña Pilar de Borbón en Londres, donde estudiaba inglés para la carrera diplomática que quiso hacer. Tanto ayudó a las Comisiones Obreras de aquellos años del nunca cumplido espíritu aperturista del 12 de febrero, que en el primer congreso legal del sindicato en Sevilla fue invitado a formar parte de la mesa presidencial. Declinó, pero mandó una carta de agradecimiento: “No soy comunista, jamás puedo serlo. Pero estoy a favor de la libertad sindical”. Libre se siente cuando se enclaustra en el jardín de la hacienda familiar del XVIII, Santa Eufemia, entre sus queridos cactus y plantas de todo tipo, allí donde están los naranjos de los que florece el azahar que ha de perfumar cada primavera el paso de su Virgen de la Concepción. La gran afición de este cura de 84 años son las plantas. Nunca lo fue el Rocío, al que sólo acudió un año con sotana y a caballo, un año en que debajo de su carreta sufrió cada noche el escándalo que formaban las gallinas que llevaba la hermandad de Umbrete para ir sacrificándolas por el camino.

La vida es fumar un cigarrillo Ducados en momentos muy escogidos. Es recordar la Semana Santa de la infancia desde el ventanal del Ayuntamiento reservado a su padrino, que fue alcalde y al que debe su nombre: Pedro Armero Manjón, conde de Bustillo. La vida es hacer la milicia en El Ferrol (entonces del Caudillo) y, oh casualidad, mandar vista a la izquierda cuando la tropa debía mirar a la derecha. La vida es viajar a Roma, Jerusalén, Rabat, Ginebra… Decir misa en inglés y en francés. La vida es ver llegar a Sevilla a un joven arzobispo procedente de Tánger el año de los mundiales de España y dar por cerrada una etapa y por abierta otra: “Pues ya tengo un jefe más joven que yo”. La vida es rezar la Salve con añadidos personales: “En este valle de lágrimas… y alegrías”. No sólo de pláticas vive el cura, sino de pintar, modelar en arcilla y cultivar la pasión por la Genealogía. La vida es emocionarse con Santa Cruz, la hermandad que nunca le ha dejado.

Dicen que su relación con monseñor Amigo quedó tocada después de la operación de venta del viejo palacio. Incluso hay quien precisa que el destino que le fue asignado con los años, la Parroquia de Santa Cruz, era una suerte de castigo para quien hubiera preferido un lugar más apropiado a su perfil activista y comprometido. Santa Cruz era visto como un retiro dorado. Sí, dorado como una canastilla, pero un retiro. Las malas lenguas se calmaron cuando el ya cardenal lo nombró canónigo de la Catedral. El cura Perico es un canónigo que puede presumir de ser nieto de canónigo, pues su abuelo Tomás gozó del tal consideración honorífica al ser bienhechor de la Catedral en tiempos en los que hubo que levantar nada menos que el cimborrio caído. Como canónigo dejó en evidencia a unos pusilánimes compañeros cuando propuso al Cabildo un pronunciamiento contra el aborto. El deán, que parecía ser Zapatero sin ceja arqueada, negó el debate al alegar que sólo correspondía deliberar sobre asuntos de altar y coro.

El cura de hoy, testigo de la pérdida de San Telmo y de una oleada de secularizaciones, sigue siendo largo, larguísimo, y con ese punto rebelde que lo mismo le impulsa a decir que no a la venta de un palacio que a saltarse los semáforos. Lo mismo va al cine con Doña Pilar en la City que se mezcla con el rojerío de Bellavista. Pero cuando susurra a los cactus, hay que dejarlo solo.

El altavoz de Dios

Carlos Navarro Antolín | 7 de junio de 2015 a las 5:00

Camilo Olivares
HAY un tipo de sevillano que ronea de caballo como hay otro que presume de estar a caballo entre Sevilla y Madrid, avifauna que hace gala de pasar horas en el AVE como signo de distinción y timbre de gloria. La alta velocidad permite a Javier Arenas mandar en el PP andaluz sin perder comba de lo que pasa en la calle Génova, de ahí que recuerde con frecuencia en las entrevistas dominicales que casi está empadronado en el AVE que Felipe González regaló a los sevillanos para que el Sur no se quedara descolgado del resto de la piel de toro. Claro que el mérito, el verdadero mérito, era pasarse media vida entre Sevilla y Madrid antes de que existiera el AVE, como era meritorio recorrerse la Ruta de la Plata antes de que fuera una autovía. En Sevilla hay un cura que lleva décadas entre Sevilla y Madrid, entre Ochoa y Lhardy; entre las torrijas hispalenses de vino o miel, y las capitalinas con leche, azúcar y canela; entre la Catedral gótica, de pináculos, vencejos, gárgolas zoomórficas y desayunos en la Avenida tras los maitines, y esas iglesias frías de la capital de España, que ya se sabe que en Madrid no hay playa, pero tampoco iglesias donde entren ganas de rezar.

Camilo Olivares (Madrid, 1926) es un desconocido para muchos sevillanos que, como apuntaría el líder de Ciudadanos, han nacido con la Constitución Española bajo el brazo. Olivares simboliza esa Sevilla que para muchos es la de los años 50, 60 y 70. Es el cura monárquico por antonomasia. Es el eterno capellán de Doña María de las Mercedes, la madre del Rey que se murió en Lanzarote con los fríos del enero del año 2000. Es el cura que mejor se ha llevado siempre con la alta aristocracia, lo que algunos de sus compañeros envidiosos han denominado como la pastoral de la jet. Si Dios está hasta en los pucheros, también estará en los salones con luz generosa de arañas, tazas de porcelana fina, servilletas de hilo y decoración de lienzos de reyes y cornucopias, ¿o no?. Por algo dicen que la Iglesia ha de tener curas de todos los perfiles para no perder presencia en ningún rincón. En España ha habido miembros del alto clero que se han ido de cena con Zapatero. Yno ha pasado nada.

Este sacerdote recuerda al detalle la secuencia del 18 de julio de 1936 y sus horas posteriores, cuando los guardias de asalto entraron en su casa del barrio de San Lorenzo buscando a su padre, pero se sólo encontraron a su abuela y a las demás mujeres de la casa rezando el rosario. Hijo de padre sevillano y de madre madrileña, desde niño sabe lo que es estar entre Sevilla y Madrid muchísimo antes de que se pudiera elegir entre vagón de turista (con derecho a auriculares) y vagón de preferente (con derecho a toallita húmeda para las manos antes del condumio).

¿Quién recuerda hoy con toda precisión haber visto al Gran Poder expuesto en besamanos en lo alto del paso? Una estampa insólita:¡un paso con escalera de subida y con escalera de bajada! El niño Camilo estaba a la vera del Señor para limpiar los besos en aquellos cultos de los años treinta. Allí subido, en la nave de oro, angelotes y claveles rojos, presenció cómo un devoto rompió sin pretenderlo una de las espinas de la corona del Señor, que tuvo que ser repuesta con el pegamento de entonces, sindetikón, a falta del IAPH. Olivares asistió a los quinarios del Señor en la parroquia de San Lorenzo, cuando predicaban sacerdotes que eran grandes oradores. Se abrían las puertas del templo y se podían oír las pláticas desde la plaza. Tal vez esos días tuvo conciencia de la importancia que tiene para un sacerdote el dominio de la palabra. Sin la oratoria, el cura se aleja de los fieles. Con ella, mantiene la atención y el poder de persuasión. Quizás en su infancia, en un barrio de San Lorenzo de vecinos sentados a las puertas de su casa viendo la vida pasar, germinó una vocación orientada a la liturgia de la palabra.

Su casa era una de las pocas con radio. Como en una premonición del vídeo comunitario de los años ochenta, en su casa se ponía la radio en la ventana para que todos los vecinos pudieran oír el parte y las charlas del General, que no necesitaba de más nombre ni apellidos para saber que se trataba de Queipo de Llano. No es aficionado a remover el carbón quemado para evitar los rescoldos. “Sólo hablo de la memoria histórica para rezar”, suele decir a quienes le preguntan por más detalles de aquellos años.

Para acudir a los palcos de la plaza en Semana Santa se requería pantalón largo, en aquellos tiempos de respeto escrupuloso por la vigilia y de dispensas como vía de escape. Participó con un cirio en la procesión extraordinaria del Gran Poder de 1939 en acción de gracias por el final de la Guerra Civil.

Don Camilo, que es un cura que de cura tiene hasta el nombre, pertenece a la cofradía de los que nunca hablan mal de nadie. Y eso en Sevilla lo convierte en rara avis, que avis es pájaro y no oficina de venta de coches de alquiler en aeropuertos y estaciones. En su casa de Sevilla, que está en el barrio de Los Remedios donde un 10% ha dejado de votar al PP en las últimas elecciones, tiene capilla propia, preciosa y recoleta para la recogida de oraciones privadas. En Navidad monta un Nacimiento digno de visita. El que ha ido sabe que en casa de don Camilo se atiende a la antigua usanza, con copa de manzanilla fina y platito de jamón después de apreciar todos los detalles del portal. Cuando está en Madrid, no se pierde noticia de Sevilla, que para eso tiene a las seguidoras de su Obra de la Palabra de Dios.

El Papa lo hizo prelado de honor con derecho a tratamiento de monseñor. Sigue ejerciendo de director espiritual del Gran Poder y es capellán real de la Catedral. Es rara la hermandad sevillana que no lo haya invitado a predicar sus cultos. Suya es una frase que define su quehacer: “La gente le da mucha importancia a escuchar la palabra de Dios por muy torpe que sea el altavoz”. Sus homilías se han oído en Madrid, San Sebastián, Segovia, Vitoria, Lérida… Yen todas las ciudades ha palpado la importancia que tienen las cofradías sevillanas como movimiento laico de la Iglesia.

Si Olivares es un cura popular no ha sido por sus relaciones con la sangre azul, sino por sus predicaciones y su proximidad a la gente. Vivió muy de cerca los tiempos en que los párrocos reñían a las señoras que lucían faldas cortas, como vivió los años del cardenal Segura prohibiendo el Miserere en la Catedral por no responder al espíritu penitencial propio de la Semana Santa. Ha seguido siempre la enseñanza de su padre:“Hijo, en esta casa, el Papa, el Rey, el cardenal de Sevilla y el cura de San Lorenzo nunca se discuten. Sean quienes sean, amén”.

Don Juan de Borbón y Doña María de las Mercedes ejercieron de padrinos de honor en su primera misa. En cuanto fue ordenado sacerdote, su padre lo mandó viajar a Estoril y a Laussanne a cumplimentar al Rey y a la Reina Victoria. Y ahí empezó una relación mantenida hasta el fallecimiento de los condes de Barcelona. En alguna ocasión recibió recados del régimen de Franco para hacerle ver que no se veían con buenos ojos tantas peregrinaciones a Villa Giralda. Un día tuvo problemas en la frontera de los que tuvo conocimiento el cardenal Segura:“Para otra vez, diga usted que va de mi parte”.

Con Don Juan de Borbón vivió un momento de tensión en Fátima, cuando muchos españoles advirtieron su presencia y lo arrollaron con entusiasmo. Olivares se sintió obligado a pedirle disculpas por el berengenal en que había metido al padre del Rey, exiliado entonces en Estoril. DonJuan pidió calma e hizo ver que estaba encantado con la reacción popular: “Estoy muy agradecido porque precisamente aquí, en Fátima, pasé uno de los momentos más amargos de mi vida. Parece que Dios ha querido compensarme hoy”. Ocurrió aquel día que también un grupo de españoles que visitaba el lugar se acercó a saludar a Don Juan, pero el cura que guiaba la peregrinación les afeó la conducta en voz alta: “¿Qué hacéis con ese hombre que es masón?”. Y Don Juan se vio obligado a responder: “Padre, infórmese mejor, porque si yo fuese masón, posiblemente estaría ya en el trono”. Monseñor Olivares se sintió obligado entonces a advertirle de que media España pensaba que Don Juan era masón porque había una campaña orquestada con tal objetivo.

Cada vez que Doña María de las Mercedes visitaba Sevilla, el alto mando militar avisaba a Don Camilo para que acompañara a la señora. Pasión y el Gran Poder solían ser estaciones fijas en la ruta. Y el sacerdote debía ir vestido como tal, de lo contrario había riña. A la madre del Rey le gustaba ver a monseñor Olivares con sotana, manteo y esclavina.

La noche del último Sábado Santo se le vio junto al duque de Alba en la bulla de la entrada de la Soledad de San Lorenzo. Los Reyes y la vida pasan. Sólo permanece el Gran Poder. Al borde de los 90 años, sigue entre Madrid y Sevilla, entre la muchedumbre capitalina y la ciudad donde fue el niño que pasaba el purificador por las manos del Señor.

El maletín imprime carácter

Carlos Navarro Antolín | 22 de marzo de 2015 a las 5:00

MARCELINO MANZANO 3
DICE el pontífice argentino que le ganó las votaciones al italiano Scola en un cónclave de cuaresma que los curas tienen que ser alegres y oler a oveja. Dice también que la lepra está en la curia. Cuando preside bautizos en la Capilla Sixtina, insta a las madres a darles el pecho a los bebés en caso de que rompan a llorar. A muchos curas les ha cogido este Papa con el paso cambiado. Los monárquicos aseguran que el rey que es del gusto de los republicanos no es un buen rey. Y los católicos ortodoxos tienen claro que el Papa que contenta a los no creyentes no es un buen Papa. Este Papa que vino del fin del mundo no gusta a muchos presbíteros de la archidiócesis hispalense. Lo reconocen en privado, jamás en público. Este Papa no gusta a los que carecen de currículum pastoral, o a los que el poco que tienen equivale a un curso de formación de la CEA en los años del boom inmobiliario. No gusta a los burócratas de cuello duro, a los de mirada gélida y actitud altiva, a los que tienen como libro de cabecera el Código de Derecho Canónico, a los que están más a gusto en el despacho que yendo de pueblo en pueblo en un cuatro latas a decir misas con un cuarto de entrada. A los curas, sean del rango que sean, se les conoce rápido en el aterrizaje en una nueva responsabilidad, en esos primeros cien días, que se diría en clave política; en el sonido del motor al arrancar, que se diría en mecánica.

Al cura Marcelino Manzano Vílches (Sevilla, 1972) le tocó el gordo de ir destinado a la Parroquia de San Vicente, con el premio a la serie de la Delegación Diocesana de Hermandades. De Lora del Río al corazón del casco antiguo. De los miuras pasó a los cofrades por el camino más corto. Han cantado bingo, oiga. El buen hombre, todo un gentilhombre de la diócesis, llegó a la parroquia, vio el tono de las maderas del cancel y otras reformas, y no sabía si preguntar por el sacristán o por el precio de la habitación simple con desayuno continental, porque a San Vicente lo dejaron como un hotel NH tras aquellas restauraciones que promovió la socialdemocracia de la Junta de Andalucía, a. S. (antes de Susana).

Llegó Marcelino y se le vio desde el arranque. Lejos de estirarse ante las hermandades de la feligresía, de dejar claro quien manda al estilo de los inseguros que meten los paneles en el Palacio Arzobispal para hacerse despachos propios, este orondo sacerdote de sonrisa perenne optó por repartir copias de la llave de las dependencias parroquiales entre las hermandades. Colocó un cartel bien visible: “El último que se vaya que eche la llave de arriba”.

Marcelino está haciendo méritos para ser el Estudillo del siglo XXI, aquel capellán real de rigurosa sotana que se tomaba el aperitivo de anchoas con leche condensada en la barra de Trifón. Marcelino es la sonrisa de la diócesis (hay quien dice que la sonrisa del régimen), el cura que va siempre agarrado a un maletín como va la juez Alaya con su trolley de telediario. Ese maletín es en realidad la cruz de Marcelino, la cruz a la que se abraza cada día. En el maletín van los papeles de los mil y un problemas de los que recibe notificación procedentes de las más de seiscientas hermandades que tiene la diócesis. El maletín imprime carácter. En el maletín viaja la información reservada: el sacristán trincón de un pueblo de la Sierra Sur al que no se puede despedir porque no está dado de alta en la Seguridad Social, el hermano mayor al que acusan de vida licenciosa, el divorciado al que han elegido pregonero y tiene al beaterío sublevado, la hermandad del Aljarafe que lleva años sin director espiritual, la junta de gobierno que pide una coronación a cambio de ayudas sociales, etcétera. El cura Marcelino va lidiando las presiones, ora con la seda de su sonrisa, ora con el percal del latiguillo que el obispo ordenante parece que entrega a cada cura el día de su ordenación para que se defiendan de los hartibles:“Estamos en ello, estamos en ello”. Y cuando arremeten por el teléfono móvil con algún microescándalo de supuesta urgencia, el cura echa agua en la muleta para templarla de los azotes del viento desapacible: “Bueno, bueno… Eso tiene que tener arreglo, tiene que tenerlo”.

Marcelino, camino de San Vicente, se para más por Tetuán que el camión de Lipasam que baldea cada noche el centro en chicotás marcadas por los silbidos del operario. En Sevilla sabemos cuánto dura la eternidad como sabemos apreciar eso que se ha dado en llamar patrimonio inmaterial. La eternidad es el tiempo que tarda el cura Marcelino en recorrer la distancia que hay entre el Palacio Arzobispal y la Parroquia de San Vicente, con más interrupciones que el peliculón de Antena 3 y dos estaciones fijas: San Onofre y la Cope. Se paran los relojes, se detiene el tiempo, se vuelve cadencioso el piar de los pájaros y hasta en los naranjos se percibe el florecimiento del azahar como en una grabación en cámara superlenta. Marcelino es la prueba cotidiana de la existencia de la eternidad. Hay quien dice que lo paran aún más por la calle porque confunden su silueta con la de Zoido, quizás porque, dicho sea en clave juanramoniana, Marcelino es de lejos el alcalde de Sevilla visto de cerca.

La elección del Papa argentino le sentó a Marcelino como un traje a medida. Cuando Francisco mandó a los curas meterse en los rebaños para oler a oveja, él venía ya de pasar jornadas de campo entre borregos con un amigo en La Puebla de los Infantes. Estudió en San Telmo en los años de la concordia entre los últimos seminaristas y los primeros socialistas, cuando nadie en el PSOE se planteaba denunciar los Acuerdos del Estado con la Santa Sede como medida para evitar el hundimiento del voto de izquierda. Marcelino conoció los enchufes de 125 watios del viejo palacio que fue escuela de mareantes. Y aquella experiencia en un edificio desvencijado y con las letrinas antiguas, debió agrandar la huella de la humildad en el personaje. Antes de despedir a los seminaristas, el presidente Chaves invitó a cenar a todos los formadores y alumnos. Por eso Marcelino tiene el privilegio de haber sido uno de los comensales de la última cena… en San Telmo. Dicen que el único cura que ha vuelto a vivaquear desde entonces por el edificio ha sido Pepe Chamizo en sus años de Defensor del Pueblo Andaluz. Pero con pashmima en lugar de sotana.

Altar y coro. Pastor de pueblo para ovejas de capital. Hay que sonreír y escandalizarse lo justo. El mensaje de estado de WhatssApp lo dice todo:“Copeando”. Copeando de ir a la Cope, so malpensados que son algunos. La mejor pastoral es la de la calle. El cura es uno más, pero es el cura. No es que sufra el riesgo de mimetizarse con las cofradías por ser su delegado diocesano, es que fue cofrade antes que cura. Es una variante del dinosaurio de Monterroso. Cuando lo nombraron, él ya estaba allí.

Mucha gente cree que Marcelino es ya canónigo. La verdad es que tiene hechuras de maitines. Tiene parroquia de tronío, despacho en la curia pero le falta la canonjía para hacer el hat-trick de la diócesis. Yo creo que no le conviene ser canónigo, más que nada porque últimamente al Cabildo le pasa como a los partidos políticos: que no ascienden los mejores, sino los que están todo el día trabajándose el favor del aparato. Marcelino quizás sea más bien una suerte de camarlengo al sevillano modo. Eso de pedir en un cartel que el último eche la llave tiene mucho de camarlengo, de velar por los servicios mínimos, para que no falten bendiciones ni se deje de pagar el recibo de la luz y el agua en períodos de interinidad.

El cura es la sonrisa. El maletín es la cruz. La eternidad es un paseo. Y la gloria… La gloria es presidir como sacerdote el paso de misterio de San Benito, la mejor canonjía para un cura feliz. El Papa argentino vino del fin del mundo. Y el cura pilatero de Lora del Río.