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Vivir sin edad

Carlos Navarro Antolín | 29 de enero de 2017 a las 5:00

MARIBEL GOÑI
Al borde de los 65 años hay gente que hace tiempo que dejó de agacharse para ponerse los zapatos, está consultando el tríptico publicitario para hacer el crucero soñado en los primeros meses de jubilación, o consume los días ante el televisor a la espera de algún ruido callejero que justifique levantarse para correr el visillo y palpar algo de vida exterior. Defiende un empresario de los verdaderamente importantes de esta ciudad, que haberlos haylos, que de los treinta a los cuarenta años se aprende de verdad un oficio, de los cuarenta a los cincuenta se da el máximo de rendimiento en el puesto de trabajo, y de los cincuenta a los sesenta se enseña el know how a los que empiezan. Existe una minoría de personas que se salen del carril que conduce al triunfo ortodoxo, que rompen los cánones establecidos para conseguir eso que se llama éxito. Son los considerados fines de raza, aquellos que imprimen un sello personal a todas sus acciones. Son esas personas sin edad, las que siempre se agachan antes que nadie cuando se les cae el bolígrafo porque, en el fondo, disfrutan presumiendo de reflejos, las que cuando se les suelta el cordón de un zapato flexionan con celeridad las rodillas para hacerse la lazada y presumir de agilidad con la discreción de la mirada baja. La carencia de edad se exhibe en la disposición de emprender siempre una aventura. Para los fines de raza nunca es tarde para casi nada, mucho menos con 64 años. Jamás dicen que están ya para tomar sopita y pasar el invierno de la vida en posición sedente cuando nunca se sabe si, tal vez, están en la enésima primavera.

Maribel Goñi Fernández (Sevilla, 1933) tenía 64 años cuando afrontó la apertura de la Escuela Infantil del Colegio San Francisco de Paula. Llevaba entonces cuatro décadas de docencia a sus espaldas, impartiendo Química, Física, Matemáticas, Inglés y Francés. Doña Maribel es un torrente de energía pura, un modelo de vitalidad y un ejemplo de que la Tercera Edad puede tener una subcategoría particular: los Sin Edad. Veinte años después sigue sin abandonarse al sofá y continúa al frente de la escuela, dirigiendo el proceso de admisión de nuevos alumnos y vigilando cada día personalmente la salida de cientos de pequeños para que los carritos no taponen los accesos y, sobre todo, para que ninguno de sus queridos diminutos abandone el centro entre el bullicio sin la compañía de un adulto.

La docencia, como el periodismo, no tiene horarios. La vocación no se puede tasar en horas. Es una suerte de sacerdocio. Hay alumnos que necesitan ayuda en horas no lectivas, sobre todo cuando se tiene claro que la arquitectura de la formación descansa sobre los pilares del cariño y la actitud de servicio al educando. La docencia es mucho más que un temario y un reparto de horarios y materias entre profesores antes del inicio de cada curso. Goñi, lo dicen sus antiguos alumnos, forma personas antes que químicos, físicos o matemáticos. Ella misma protagonizó y desarrolló un concepto de enseñanza vanguardista en la Sevilla de los años 60, cuando las mujeres que estudiaban en la antigua Universidad de la calle Laraña cabían en un taxi negro de franja amarilla. Cuando nació su único hijo decidió hablarle en francés desde el primer día, aplicando una educación bilingüe que ni se soñaba en los planes de estudio de una España en sepia que empezaba a despertar en lo económico tras años de autarquía. Goñi traía el francés casi de cuna por sus años de crianza en París, donde su padre regentaba un negocio familiar que hubo de cerrar por la Segunda Guerra Mundial, y se lo brindó a su hijo como lengua materna. Aquel París, aquella mentalidad abierta de sus padres y abuelos, le permitió crecer en un ambiente marcado por la amplitud de miras al mismo tiempo que paladear después los encantos de una ciudad como Sevilla. Cuentan que nunca olvida cuánto aprendió al pasar del París de la Belle Epoque a la Sevilla de la posguerra. En Sevilla, tras regresar de Francia, se crió en María Auxiliadora 13, rodeada del cariño de su bisabuela y de sus abuelos, padres y tíos. Aquella niña traviesa bailaba, reía y era una reconocida polvorilla en las aulas del Colegio del Valle, donde una vez le colocaron un “deficiente por agitación”.

Muy joven conoció Marruecos cuando acompañó a su hermana en el viaje de fin de carrera de una promoción de Derecho de la que formaba parte un jovencísimo Manuel Olivencia. También muy pronto viajó a los Estados Unidos y, a su regreso a finales de la década de los 50, se plantó en la Cátedra de don Francisco González García para hacer la tesis doctoral. Su maestro le advirtió : “De acuerdo, pero al final va a hacer usted como todas. Se casará, tendrá hijos y dejará la tesis”. El maestro instó a la discípula a comenzar a trabajar en una mesa de laboratorio, donde estaba sentado un joven llamado Luis Rey Romero (1935-2009). Entre ellos surgió la química, otro tipo de química. El maestro acertó, pero sólo parcialmente. La joven Maribel, aquella alumna despierta y enjuta, comenzó en 1960 un noviazgo que acabaría en boda en 1963. En 1966 nació el primer y único hijo del matrimonio. Pero, tenacidad pura, leyó su tesis siendo ya madre. Y de 1966 a 2003 sin dejar de dar clases, con una etapa de residencia en el propio colegio, en los tiempos en que funcionaba como internado.

La vida son recuerdos de las clases del 2 de febrero, con los alumnos de Francés haciendo crepes en el laboratorio de Química por la festividad de la Candelaria, mientras sonaban letras de cantautores galos para que el idioma entrara por el oído y la cultura francesa por el apetito. La vida es coser con sus propias manos hace sólo unos días el toldo que cubre el patio central del colegio, es hacer las botitas de fieltro donde se meten los caramelos que se regala a los niños en Navidad, y es estar al quite por si en la tristeza de un alumno de tres, cuatro o cinco años se esconde un conflicto en casa, la preocupación por un abuelo enfermo o, simplemente, que se no se duermen las horas necesarias o no se llega desayunado al aula. La vida es saber que la amistad verdadera es un plato que se cuece a fuego lento, muy lento. Doña Maribel es lo que se entiende por persona de luces largas, cala rápido los melones y, sobre todo, suele hablar bastante clarito, sin recovecos y con las perífrasis justas. Si un zagalón no saluda a la directora como es debido, doña Maribel saca tarjeta amarilla: “Se dice buenos días”. Eso, por ejemplo, hacía don Antonio Gordillo Cañas, jesuita y catedrático de Derecho Civil de la Universdad de Sevilla, cuando afeaba a algunos jovenzuelos desahogados, bastante más talluditos que los de Infantil o Primaria, que le saludaran en el mejor de los casos con un simple “hola” o un terrible “qué hay”. La urbanidad es el lubricante de las relaciones sociales, el área de seguridad donde debe desenvolverse la relación cordial y de respeto entre el alumno y el profesor. Como otros profesores de su generación, lo ha tenido y lo mantiene claro sin necesidad de que ningún Gobierno imponga la Educación para la Ciudadanía. Educan las personas, no el BOE. La vida son recuerdos de amazona por la Feria en sus años de moza y de sentir orgullo al ser hermana de la primera letrada que intervino en un juicio en la Audiencia de Sevilla. La vida es una escuela infantil donde no hay niños malos, sino caobas que hay que saber pulir.

Apasionada de los viajes y de la lectura tanto como de la genial combinación de andar rápido y vivir sin prisas. Forma parte de esos sevillanos a los que resulta difícil verlos subirse a un taxi. Siempre a pie, aunque haya que ir de la calle Imagen a Kansas City. A pie y a una velocidad cardiosaludable. Hace no mucho la vieron subir en bici las empinadas cuestas que hay en el entorno del Hotel Flamero de la playa de Matalascañas, y también la vieron jugar al tenis en una cancha que tiene montada en la azotea de su casa del centro de Sevilla. La lectura es un rito de la vida cotidiana. Cultiva géneros muy variados, donde Dominique Lapierre y Larry Collins tienen un lugar preferente.

Censura a las personas flojas, fulleras y que hacen las cosas de cualquier modo. El genio bien administrado es uno de los motores de la vida. Si un padre accede al colegio antes de tiempo por donde ella administra la entrada, no tiene un pelo en la lengua: “Oiga, que me he dado cuenta de que se ha colado usted”. Hija de un señor de mentalidad progresista y con un alto grado de inquietud cultural, doña Maribel siempre ha estado dispuesta a los cambios. Su padre le inculcó que debía estudiar para ser independiente, lo cual en los años 50 tenía mucho más merito que hoy. Usa tablet y teléfono inteligente, artilugios con los que de vez en cuando se pelea en voz alta. Cocina bien y come poco, muy poco. Comer le aburre. Se alimenta de la actividad. Es de menú frugal tanto como austera en el vestir, siempre correcta, arreglada especialmente cuando la ocasión lo exige, pero nada aficionada a la ostentación de joyas o complementos. Pasea mucho por las aulas en horario lectivo. Es el ojo del amo. El Gran Hermano de la escuela de sus desvelos. La juventud es su estado de espíritu. Aquella alumna agitada sigue siendo hoy una directora hiperactiva. La vida ha puesto a prueba el barco de su fortaleza anímica con tormentas de las que muchos hubieran salido náufragos. Se cayó, se rompió la cadera y siguió atendiendo a los padres que tenía citados antes de ir a Urgencias. Le dijeron un jueves que a su marido le quedaban días y decidió llevárselo a un concierto en el Teatro de la Maestranza. Que no se detenga la orquesta. Don Luis murió y ella estaba en su puesto de directora a las cuarenta y ocho horas del funeral. Nada de instalarse en la queja, nada de tirar la toalla con la aprobación unánime garantizada. Levantarse temprano y elegir siempre el camino más difícil, la calle mas empinada, nunca el atajo o la cuesta abajo. Andando se llega siempre, en taxi puede cogerte un atasco. Lo cuentan Lapierre y Collins en Arde París como lo narra Chaves Nogales en La agonía de Francia: los parisinos oían el zumbido de los tanques nazis entrando en la ciudad y ellos seguían yendo a los cafés y al teatro. La vida sigue, los alumnos llegan, hay que coser el toldo, agacharse para abrir los pestillos de la puerta de la escuela y velar para que ninguno salga sin el control de un adulto. Educar es tener vocación perpetua de sacrificio. En la vida nunca hay invierno para los fines de raza. En la sociedad que concede gloria efímera a personajes insustanciales, sólo los modelos auténticos sobreviven y gozan de la carencia de caducidad. Muchas gracias, no se moleste, yo misma me abrocho el zapato.

La taberna mínima

Carlos Navarro Antolín | 13 de noviembre de 2016 a las 5:00

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EN Sevilla se producen extraños fenómenos con mucha frecuencia. A veces un cliente entra en un bar y su saludo –buenas tardes– queda huérfano de respuesta. Un camarero recoge los vasos mientras el otro retira con desgana los platos sucios de un velador del interior. Ninguno de los dos hace el mínimo gesto de bienvenida. El cliente parece que no existe, queda relegado a la condición de ser invisible. Los platos, los vasos, la narración por la radio, las imágenes del televisor o el pitido que avisa del final del runrún del lavavajillas son más importantes que el cliente. Cuando uno de los dos camareros concede una mirada al recién llegado lo hace con condescendencia, oteando por encima del hombro, con el desdén del que hace un favor queriendo acabar rápido porque tiene tareas más importantes. Así está demasiadas veces la hostelería en la ciudad que vive de ella. Así se pudre lentamente el sector terciario. Así se pervierte el mal llamado sector servicios, que hace tiempo que dejó de servir, hace tiempo que no sabe atender y en no pocas ocasiones se limita a despachar como un proveedor despersonalizado. En Sevilla hace tiempo que los mejores camareros son las máquinas, más amables que muchos de los llamados profesionales. Cuántas cartas gastronómicas se vienen abajo porque no tienen quien sepa venderlas a la voz, cuántos diseños carísimos y acogedores de nuevos negocios se van por el sumidero de un camarero mal pagado, quemado y sin oficio, cuántas publicidades se van al traste porque no se tiene presente que lo principal es el cliente.

Se llama Álvaro Pérez Medina (Sevilla, 1973) pero todo el mundo lo conoce por Peregil, el tabernero que tiene claro que el motor del negocio es el cliente, el combustible es el botellín y los accesorios de lujo son una carta limitada de montaditos y platos de cuchareo. Este Alvarito lleva en la sangre el oficio de atender detrás de una barra y ha heredado la memoria prodigiosa de su padre. No hay mejor libreta para hacer las cuentas que la cabeza, por muchas horas que los clientes se hayan pasado en esa taberna mínima que es La Goleta de Mateos Gago, un local que tiene los mismos metros cuadrados que una garita del Palacio del Pardo: caben dos guardias moros en el interior, uno dentro del urinario (“No corred por los pasillos”) y todo un regimiento en la puerta. Perejil sabe que a Sevilla le gusta estar en la calle. Sevilla es de exteriores, de dejarse ver, de la intemperie, del relente que da nombre hasta a una peña sevillista. Las grandes tabernas cerveceras son recoletas, de bulla organizada, de camarero sagaz con la vista alta, de cliente que trinca la cerveza y paso atrás, como el Tremendo, el Jota, el Cateca, Blanco Cerrillo, o esta Goleta de Mateos Gago, que es la calle que siempre tiene aspecto de carga y descarga. Qué casualidad que los bares populares son los más pequeños y tienen los camareros más rápidos.

Si los clientes se han pasado de hora, Perejil echa la cuenta calculando la “ocupación de la vía pública y el tiempo empleado” y siempre, siempre, se equivoca a favor del cliente. Aguanta detrás de la barra más que un costalero de Los Caballos de vuelta por la Cuesta del Rosario. Solo le sacan de quicio los caraduras, que en Sevilla hay suficientes para llenar el Prado de San Sebastián, ponerse a repartir cirios y acabar con las existencias de la cerería del Salvador. Él decide cuándo invita a una ronda, nunca el cliente. Se permite el lujo de hacerse el despistado en su negocio, como el que no vigila nunca cuando, en realidad, tiene las orejas altas y los retrovisores reglados. De vez en cuando rompe en un cante, momento en el que hay alguien que destaca lo bien que Álvaro se sabe la letra de las coplas… Porque nadie duda de que se sabe la letra.

Tiene memoria para saber a las 11:35 el número de botellines que lleva pedidos el tío de la esquina desde las 09:45. Y para recordar con precisión los pasajes de la Biblia. Este tabernero, hijo de célebre tabernero, es un lector constante de textos sagrados. Su cultura bíblica es meritoria. Católico practicante, cumple con rigor el precepto dominical, es hermano de la Cena, el Museo, Los Caballos y Los Gitanos. Es proveedor de sus hermandades cuando le piden de todo, que ya se sabe que las cofradías están siempre pidiendo. “Ahí tenéis los guisos para la cruz de mayo. ¿El cazo? ¿Tampoco tenéis cazo? Mecagoenlamá, no tenéis de ná. Ahora me llego con la moto a La Goleta a por un cazo”.

La vida son recuerdos de las aulas del San Francisco de Paula, de donde no sólo salieron científicos, políticos, rectores de universidad o alcaldes de Sevilla, también ilustres taberneros que mantienen vivo el mejor concepto del oficio. La vida es una boda en Los Terceros donde al novio, de chaqué azul, se le pone el rostro del color del Viernes Santo por la mañana cuando mete la mano en los bolsillos y no están las alianzas. Se tuvo que casar con el anillo del cura y con el de su amigo Benito Ponce. La vida es salir de costalero en Los Panaderos hasta que un día prescindieron de sus servicios “por estética”, según le comunicaron.

–Ah, que me echan por feo.
–No, por altura, Eres demasiado alto.
–No, tú has dicho por estética, no por altura.

La vida son algunos pinitos en estudios sanitarios antes de tener claro que lo suyo era heredar el oficio paterno. Siempre al servicio del cliente con el mandil blanco, las camisas lisas o a cuadros, los chalecos con cuello de pico y el pantalón de pinza gris marengo que acumula trienios: “Hay que ver lo buenos que me han salido estos pantalones”. La vida son evocaciones de la Manzanilla paterna y de la Puerta Real materna. Es tener claro que la clientela busca a Peregil, su marca personal. Él mismo es el valor añadido de sus tabernas, más allá de los garbanzos, las espinacas y los bacalaos. Le encanta la cuchara a todas horas. Si llega a casa de madrugada y hay un guiso en la nevera, este Peregil se consagra al abordaje con cuchara en mano. La vida sabe a vino de naranja y moscatel y deja escarcha en las manos del botellín fresquito. Y cuando puede se va a Tierra Santa o a Praga, se escapa por el mundo.

Cual tabernero antiguo, en La Goleta no hay trago largo. Sólo esporádicamente y para clientes muy selectos. Tiene carné del Betis que no usa. Es devoto del beato Álvaro de Córdoba, como su amigo Álvaro Enríquez, el de la Cena, tres pasos. Un sevillista del Sagrario presumió de victoria ante el Fenerbache cuyos jugadores lucen camisetas con franjas negras y amarillas: “¡Viva el Sevilla!”, gritó en la puerta de su taberna aquella noche. Y Alvarito, detrás de la barra reaccionó: “¡Anda ya, si le habéis ganado al San Roque de Lepe, quillo!”. Destila la gracia seria del mejor sevillano cuando los guiris preguntan por la ventanilla del coche cómo aparcar para entrar en La Goleta: “El párking lo tengo abajo, es subterráneo”. En el negocio de Ponce de León, el Quitapesares que regentó su padre, aguarda con paciencia a que terminen los ensayos de la cuadrilla de costaleros de La Amargura para dar de beber y comer a los hombres de Alejandro Ollero. Jamás ha apretado la vara en una cuenta. Ni en las mañanas de 15 de agosto o de Corpus, cuando hay público en segunda y tercera fila desde bien temprano y la calle huele a aguardiente.

El cliente siempre es lo más importante por mucho que haya vasos sin recoger. Si acaso se recogen al mismo tiempo que se pregunta cuántos botellines hay que ir abriendo, con ese gerundio que hace que quien acaba de entrar se sienta atendido. Peregil ha visto erigir un monumento a su padre en tiempo récord gracias a la autenticidad de ciertas amistades. En La Goleta siempre hay un ayayayayay que irrumpe en el ambiente, una cuchara y un tabernero chapado a la antigua que lleva las cuentas en la cabeza mientras se limpia las manos en el mandil antes de coger las cazuelitas de los guisos. Peregil es un tipo sano en un gremio reventado. La taberna mínima de Mateos Gago es el pequeño paraíso de este hombre que rebosa la alegría propia de la humildad. Y el Quitapesares, el mejor monumento cotidiano al padre que cantó una saeta en privado para los Reyes de España en la Madrugada de 1984. Del buen hijo sale el buen tabernero. En la vida hay que agarrar bien la cuchara y nunca correr por los pasillos. Hay espinacas para todos.