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Madrugada del 78

Carlos Navarro Antolín | 23 de septiembre de 2018 a las 5:00

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LA ciudad de Sevilla tiene fama de cerrada, de sociedad articulada en círculos herméticos. Los críticos dan la barrila con el carácter enclaustrado de las casetas de Feria, pero nadie explica que los socios de esas casetas están pagando las cuotas durante todo el año para disfrutar de una mesa y una silla (a veces ni eso) acaso un par de días de la fiesta. Nadie cuenta la gracia que hacen los recibos de la caseta cargados en la cuenta del banco en mayo, septiembre o noviembre. ¿Escuecen, verdad? Para que luego digan que los sevillanos no dejan (dejamos) entrar a la gente de fuera y colocan el guardia de seguridad por delante. Sucede a veces una excepción y nuestra fama de cerrados salta por los aires, porque hay quienes ejercen de arietes. Las puertas se derriban por el empuje de gente de fuera que acaba cruzando, nunca mejor dicho, por el arco… del triunfo.

José Antonio Fernández Cabrero es natural de San Felices de Buelna (Cantabria). No se le ha ido un ápice del acento cántabro. Se le oye hablar (¡no para de parlar!) y solo falta un paisaje verde, muy verde, con sosegadas vacas tudancas y un desayuno de sobaos pasiegos. Marino mercante de profesión, fue topógrafo en la empresa Huarte y Compañía, S.A., que un buen día tuvo que recalar en Sevilla, la provincia donde está el lugar de nacimiento de uno de sus personajes favoritos: el bandolero Curro Jiménez, que por aquel entonces triunfaba en la célebre serie de TVE. Un Jueves Santo, recién llegado a la ciudad, se propuso cumplir con una ilusión: ver a la Macarena. Era 1978. El cántabro se fue hasta la Campana, trató de hacerse paso entre la bulla, y logró contemplar a la Virgen de la Esperanza y todo el micromundo que rodea su paso. Con el tiempo se presentó en la hermandad con otro firme propósito: “Quiero ser costalero”. Y le explicaron que primero debía ser hermano.

Fue costalero con Luis León. Y oficial de junta de gobierno con varios hermanos mayores. ¡Cómo se le oye hablar de José Luis de Pablo-Romero! Y ahora él es el hermano mayor. El topógrafo llegó a alto directivo de Mapfre, con despachazo en la torre que la compañía tiene en Triana.

De timidez anda corto… con sifón. Se arranca a cantar flamenco en una reunión, a encender un puro, a pronunciar una meditación improvisada ante la Virgen, a intervenir en una tertulia de toros. La gastronomía, los toros, el flamenco y la Macarena son sus cuatro pasiones. No hace muchos días se arrancó con una soleá delante de varios matadores de toros. “¿Qué te ha parecido la soleá, Pepe Luis?” Y el hijo del Sócrates de San Bernardo respondió: “Muy cántabra, muy cántabra”.

Tiene mucho de torbellino con una estética, además, reconocible a lo lejos. Es tan atrevido para ser de Santander y presentarse a hermano mayor de la Macarena como a la hora de vestir. Usa pañuelos de fantasía para alegrar las chaquetas, es capaz de calzar zapatos coloraos como los del Papa y gasta camisas a medida en las que combina el amarillo liso con los cuellos y puños cuadriculados en otros colores.

Dicen que algunas de sus mejores decisiones como alto directivo de Mapfre fueron acelerar el pago de las indemnizaciones en dos casos muy dolorosos. Uno fue en el caso de la muerte de una niña de tres años por la caída de una verja metálica en un comercio de Aljaraque (Huelva). La compañía pagó rápido y, al hacerlo, le estaba enviando un mensaje a la madre: ella no era la culpable del siniestro mortal. De haberlo sido, no hubiera procedido la indemnización. Con aquel pago no solo se efectuaba una transferencia de dinero, sino se descargaba del sentimiento de culpa a una madre. El segundo caso fue el del atropello de una joven –con un elevado grado de minusvalía– por un camión de la obra de construcción de las setas en la Plaza de la Encarnación. La chica perdió la pierna, pero no las ganas de vivir. Casualidades de la vida, la joven es hija de un poeta muy macareno: Joaquín Caro Romero.

Cabrero se presentó a las últimas elecciones de la cofradía y ganó. Quiso presentarse muchos años antes, en los comicios de 2009, pero el abogado Joaquín Moeckel fue determinante para quitarle las ganas en aquella ocasión. Cabrero siguió el consejo y dejó pasar la oportunidad. El día de aquellas elecciones se fue a almorzar al Cenachero, quizás para olvidar, tal vez para pensar en el futuro. En aquella mesa se descorcharon varias botellas de Imperial, un caldo de La Rioja para exquisitos. La factura dejó a los comensales temblando y sin perras para un taxi. “¿Cuántos carros de la compra del MAS de la Cuesta del Rosario puedo llenar con lo que me ha costado esta comida?”, se preguntó uno. “¿Pero por qué habéis dejado pedir a Cabrero?”, le replicó el otro.

Ocho años después, este cántabro con un punto histriónico se tiró por fin al ruedo electoral y venció contra todo pronóstico. Sin ser empresario, ni ganadero, ni tener apellidos de honda raigambre macarena.

Una de sus grandes aficiones es subir a las visitas ilustres y a los amigos al camarín de la Virgen, donde se pueden ver los presentes que tiene la Macarena prendidos en la saya: una medalla con la foto diminuta de un difunto, un tricornio de oro de un guardia civil… La gente se queda en silencio, absorta ante el perfil de sonrisa o de pena, hasta que la voz de Cabrero inicia la oración:

–El Ángel del Señor anunció a María…

Cabrero es la voz de muchos actos de bajada de la Virgen de la Esperanza, como es el rostro de la acción social para muchos macarenos. Es listo. Muy listo. De mozo quiso conocer Cantillana y acabó casado con una pastoreña. Quiso ver la Macarena y acabó de hermano mayor. Quiso organizar un festival taurino a beneficio de la hermandad y ya está el cartel de relumbrón para el 12 de octubre en Sevilla.

La vida es un candelero encendido en la mesa de trabajo de hermano mayor y son libros subrayados sobre espiritualidad loyoliana y otros sobre autoayuda con los que obsequia a los amigos de vez en cuando, algunos con títulos tan sugerentes como Por qué decimos sí cuando queremos decir no. La vida son recuerdos de un mini con el que viajó a Sevilla, una bici de la marca Macario. La vida es recordar cuando fue retenido por la Policía Armada en la frontera por contrabando de radiocassetes procedentes de Andorra. Por fortuna se topó con un agente andaluz que le dio de cenar codornices con ali-oli y pan payés. La vida es sentarse en el sillón de tendido número 44 de la plaza de toros de Sevilla. Es un abonado que cuando le invitan a un festejo con derecho a acompañante, entrega su solitario abono a quien le ha convidado para que disponga del sillón.

La vida es haber buscado trabajo y varas de presidencia para mucha gente que luego, ay… Ya se sabe que hay quienes tienen la misma memoria que poca vergüenza. La vida es pasión por la coral de la Macarena y por la nueva escolanía que ha impulsado. La vida es recibir la felicitación pública del presidente Revilla tras ganar las elecciones en la Macarena. Y, cómo no, la vida es recordar continuamente a Paco Cossío hasta que la emoción le deja sin habla y arranca de nuevo con la cadencia de una levantá a pulso.

Sabe que un cargo como el suyo está expuesto periódicamente a la polémica. A este cántabro le gusta abrazar y besar a sus críticos. Lo de los besos debe ser el recuerdo de sus tiempos pretéritos como costalero. También le gusta rezar a última hora ante la Virgen, en el banco de la primera fila, incluso cuando el personal de la hermandad acaba de echar el telón de seguridad que protege a la imagen por la noche.

–Hermano mayor, ¿se lo dejo un poco abierto para que la vea?
–No, no. Prefiero adivinarla. Muchas gracias.

Tiene una frase muy recurrente: “Esto es más antiguo que mear de noche”. Y otra que esconde guasa: “Yo soy de Santander, digo las cosas muy directas”. Y uno piensa, en el fondo, que al decir eso nos está arreando a los sevillanos… los mismos que pagamos los recibos de la caseta de Feria durante todo el año.

La fortaleza de un castillo

Carlos Navarro Antolín | 5 de junio de 2016 a las 5:00

MANUEL COSSIO
LA cofradía de los sevillanos despistados es digna de estudio. Hay ilustres despistados capaces de mantener una conversación afectuosa durante el trayecto del tranvía que va a ninguna parte, a los que luego se les pregunta por la identidad del interlocutor y te responden: “No tengo ni idea, será un cliente antiguo”. Estos despistados lo son porque tienen muy claras dos o tres prioridades en la vida y no pierden ni el tiempo ni la atención en otros asuntos. El despistado es una tipo de sevillano muy definido, como lo es el tieso, ahora tan de moda; el político populista, que vive sus días de gloria; el cofrade de las tardes libres, el asistente a los funerales, que los prefiere siempre a media mañana para no tener que volver a la oficina; o el paseante de agenda de lomo con letras doradas por Tetuán, arriba y abajo, abajo y arriba, como Supercocos en una versión hispalense de Barrio Sésamo. Formar parte de la cofradía de los despistados es un lujo. Casi un privilegio. Es una suerte de Real Maestranza apócrifa en la que para ingresar hay que demostrar ciertas cualidades al alcance sólo de una minoría. El despistado se hace, no se nace.

Manuel Cossío Martínez (Santander, 1938) tiene ya por derecho propio un cirio con contera marcada en el último tramo del cortejo de los ilustres despistados de la ciudad. Abogado reconocido y en el taco, profesor universitario de Derecho Civil muy conocido, y un desconocido como marqués, que lo es de Torre Campo.

–¿Pero Manolo es marqués?
–Sí, pero no lo va contando… Lo del taco tampoco, pero lo está.

Tiene fama de guapo. Sus coetáneas dicen que hoy sigue siendo guapo, con porte de patricio romano, que va uno de ruta por los museos capitolinos de Roma y está viendo bustos de Manolo Cossío por todas las galerías. Gasta formas exquisitas y zalameras, con barniz de Don Juan, en el trato con las féminas, y tiene una altura idónea para ser el encargado de avisar en una bulla de Semana Santa de la llegada del paso de palio.

Siempre ha tenido mucha aceptación entre el sexo femenino. Un marido se irritó en una ocasión porque su mujer quería el divorcio y había contratado como letrado a Manolo Cossío. “¿Que has contratado a Cossío, El guapo?”. Y el abogado contestó al saber de aquella reacción: “No sabía yo que a tu marido le gustaban los hombres”.

Su bien trabajada condición de despistado le llevó a estar cuatro horas ensimismado en una librería de viejo en Londres. Era la luna de miel de su segundo matrimonio. Tuvo a su mujer cuatro horas esperando en un pub cercano. Otro día, cuando una de sus hijas tenía 12 años, se la encontró por su antigua casa de La Palmera, y le dijo: “Hola Inés, últimamente no te veo, ¿dónde te metes?”. Y la niña respondió: “Papá, llevo un año interna en Londres”. Y lo mejor ocurrió en el funeral del padre de un amigo. Cossío llegó al templo, abrazó al hijo del difunto y le preguntó cómo estaba su padre, a lo que el amigo le dijo: “Ahí Manolo, está ahí”, señalando el féretro.

Apasionado del Derecho Civil, ha disfrutado de la docencia hasta el último día en activo. Dicen que su propia vida, marcada por hechos que a otros hubieran dejado en la estacada, podría ser válida para una prueba de dictamen jurídico, pues tiene nueve hijos: uno de una relación anterior a su primer matrimonio, tres del primer matrimonio, dos que aportó su segunda mujer al matrimonio y que él trata como suyos, y tres de su segunda mujer. Dicen que tiene sentido del humor, pero no tanto como su padre, el célebre catedrático Alfonso de Cossío, que fue decano de la Facultad de Derecho y presidente del Ateneo.

Todos coinciden en que su capacidad de trabajo es la propia de una máquina siempre a punto. Incluso hay quien cree que el leve barniz de frivolidad que se autoaplica puede eclipsar la enorme valía de un profesor de explicaciones sencillas y claras, de un abogado estudioso de los casos, con la cabeza ordenada, que está al día de toda la legislación y al que se intuye una cartera de clientes envidiable. Su habilidad para hacer dinero trabajando fue reconocida por su propio padre. “Por primera vez alguien me ha enseñado a ganar dinero”, proclamó don Alfonso cuando su hijo modernizó el bufete donde hoy trabaja la tercera generación de la familia.

Para este vecino del barrio de Santa Cruz, lo importante no es tener razón, sino argumentos de defensa. La satisfacción más honda es la de encontrarse en un pleito con antiguos alumnos que lo reconocen. Fue abonado de la plaza de toros, pero tuvo que dejarlo por la incomodidad de las localidades. En sus tiempos fue cónsul de El Salvador y frecuentó tertulias cofradieras y taurinas. Hoy sigue siendo hermano de Los Estudiantes, el Gran Poder y la Macarena. Siempre ha ejercido la abogacía en la calle Castelar, donde ha tenido despacho en tres números distintos. Dicen que después del Calvario, Manuel Cossío es el más antiguo en pasar por esa calle.

El marqués de Torre Campo luce las iniciales de su título en las camisas a medida. Sí, es sobrino-nieto de José María de Cossío, el creador de la celebérrima obra taurina El Cossío y académico de la RAE. Es hijo de la excelencia universitaria no sólo por padre, sino también por madre. Su madre, Margarita, fue licenciada en Filosofía y Letras cuando en España cabían en un taxi las mujeres que acudían a las aulas de una facultad.

La vida es recordar el sabor de un chester sin boquilla que en tiempos se fumaba impartiendo clases de Derecho Civil, con el pulgar marcando un extremo del cigarro en una especie de vanguardia de lo que hoy se llamaría postureo. La vida es refugiarse en el castillo segoviano de Sepúlveda, patrimonio de la familia que este árbitro de la elegancia conserva con mimo. Hay ilustres con palco, con caseta, con barco, con carruaje de mulas, con piso en la playa y hasta que coleccionan serpientes. Pero pocos conocen a alguno que sea dueño de un castillo. Cossío para ser feliz tiene un castillo, como Loquillo quería un camión. ¿Pasa algo?, que diría Susana Díaz tras presumir de cónyuge a la cuarta pregunta.

La vida es evocar los años en las aulas de Los Maristas y escudriñar la historia de una familia en la que un Cossío murió en la Guerra Civil, en el frente de Quijorna, con tan sólo 17 años. Precisamente a aquel joven debe su nombre: Manuel. La vida es participar en las sesiones de la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia y en las del Comité Andaluz de Disciplina Deportiva. La vida es visitar a unas monjitas clarisas de Soria por las que tiene debilidad. Y disfrutar de la tertulia cotidiana en La Fresquita, copa de tinto a la que da coba, y recordar allí a Antonio de León, ¡ay la voz rasgada del inolvidable capataz, siempre en la memoria! Y, cómo no, la vida es una charla con Ventura, el ex alguacilillo de la plaza de toros que tiene el bar Arenal, o una confidencia con José León-Castro, el catedrático de Civil que fue discípulo de su padre.

Tras el tiarrón que casi no cabe en un velador, detrás de la imagen de un señor que no aparenta estar próximo a los ochenta y que suelta chistes fáciles para despistar su sapiencia, está la historia de un cántabro que vive en Sevilla desde los dos años, la ciudad donde ha triunfado y sufrido, donde ha saboreado puertas grandes y encajado cornalones propios de la vida. Hay quienes aseguran que la sangre cántabra lo ha blindado ante las adversidades de una vida que, al cabo, es como la peregrinación al Rocío: bonita y dura.

El hijo de don Alfonso, el tres veces abogado de Castelar, el cabeza de familia a lo Alberto Closas del siglo XXI, el patricio romano impulsivo y echado para adelante, sabe que sólo aspirando al diez hay garantías de obtener un ocho. Quizás haciéndose el despistado logra uno hacerse perdonar ciertos logros. Lo peor es que a partir de hoy puede haber sevillanos que le pidan la llave para pasar unos días en el castillo que es símbolo de su fortaleza. Pero también a partir de hoy será más difícil hacerse el despistado. La verdad es que unos días de agosto en Sepúlveda deben ser un ahorro considerable en aire acondicionado.

El niño grande

Carlos Navarro Antolín | 5 de julio de 2015 a las 5:00

Rogelio Gómez Trifón
La bicicleta es al transporte lo que el lince a la fauna, o lo que el velador al mobiliario urbano. Son especies protegidas. Los ciclistas por Tetuán son como vacas sagradas por las calles de la India. Pueden desplazarse a su antojo, al libre albedrío, sin cortapisas. Hay padres que señalan a sus hijos la amalgama de veladores y ciclistas por Mateos Gago:“Hijo, esto un día fue una acera”. Hoy tiene poco mérito ir por cualquier calle de Sevilla en una bici de alquiler. Los hay que llevan los auriculares puestos, sin poder advertir no ya una llamada de atención de un peatón, sino el claxon de un coche arrollador. Todo está consentido. Como al lince. En esta sociedad de pendulazos, lo que hoy es sagrado, ayer era todo un reto. El mérito era ir en bicicleta por las calles del centro en la Sevilla de los años 60. A Rogelio Gómez (Sevilla, 1946) lo paró un policía por ir a dos ruedas por la calle Barcelona a contramano cuando era un quinceañero. La multa pedía un marco en Venecia. Rogelio tiene varios títulos y distinciones, pero pocos pueden presumir de tener la de haber sido un ciclista multado en Sevilla.

El aprendiz de tabernero era un adolescente sonriente que trabajaba ora en bici, ora en triciclo, según el peso del porte que había que llevar a los clientes del negocio paterno. Con doce años ya se forjaba en el oficio de servir. Rogelio era un niño feliz. Y sigue siendo tan niño como feliz. Hay sevillanos adultos que en realidad son niños grandes, porque no han perdido la capacidad de ilusionarse con las cosas en apariencia pequeñas. Y eso genera un estado de bienestar interior que también produce envidiosos, pues si el sol ilumina, siempre hay quienes tuercen el gesto ante tanto destello. Ocurre en todos los oficios. Y Rogelio es uno de los astros de la galaxia hostelera.

Mucha gente regresa de sus trabajos con hastío, con la sensación de ser soldado de un ejército vencido por las inercias de la cotidianidad, con el rostro fatigado por los gajes de cada día. Los retornos del trabajo de este tabernero laureado han sido siempre a pie, anunciados por el tintineo de las llaves colgadas del cinturón, con alguna bolsa de plástico bien agarrada en una mano (la leyenda dice que era la recaudación del día) y flanqueado por las dos santas Justa y Rufina de su vida: su mujer y su hija. Un andar pausado, un adiós y hasta mañana a Enrique Becerra, una mirada entre merluzas y besugos por la cristalera de La Isla por si había alguien conocido, y una breve estación en la capilla de la Pura y Limpia para dar las gracias en el ocaso de la jornada.

El bar no es un bar. El bar es una tienda. Una tienda donde se puede comprar todo lo que se sirve. Ydonde se puede tomar algo mientras se compra. Como no es un bar, prácticamente no hay platos. Eso de te gastas menos que Trifón en lavavajillas es verdad, por mucho que lo digan los penitentes de la cofradía de la envidia, que en Sevilla no hay tiempo de paso suficiente para ese cortejo. Porque realmente es una tienda aunque parezca un bar, sublime contradicción donde radica la verdad. Esto es como el Barrio Sésamo de la hostelería, cuando el Conde Draco explica lo de arriba y abajo, lo de cerca y lejos, lo de izquierda y derecha, mientras se mueve compulsivamente por la pantalla. Pues La Flor de Toranzo es una tienda con mesas altas y taburetes, una tienda con camareros de camisas albas donde no ha llegado el color negro que sirve para disimular manchas y lamparones, una tienda con tirador de cerveza y muestrario de vinos y carbónicos. Y así quiere Rogelio que siga siendo. Como es una tienda, no se sirven copas largas, que si con el no también se educa, con las omisiones también se forja el sello de una casa. Quien quiera destilados, debe ahuecar el ala. Ocurre como en la taberna de don José Yebra Sotillo en la calle Boteros, donde jamás ha habido más de veinticuatro vasos (duralex), ni se ha servido whisky. Pepe tuvo un día la gentileza de explicárselo a un cliente preguntón, con guasa y cierta pretensión de tocar los costados.

–¿Y por qué no tiene usted whisky,Pepe? Porque veo que sí tiene ron y ginebra.
–Porque esto no es una barra americana.

Han cantado premio. Con esos criterios es cuando un bar deja de ser un bar para empezar a ser una casa. “En esta casa no se sirve whisky porque eso es propio de tugurios con mucho humo y muchas luces rojas cambiantes”. Y al que no le guste, tiene cuatro mil bares para elegir. Pues eso:en Trifón, ni platos, ni tragos largos.

Muchos empleados de Trifón son casi de la familia. Rogelio ha ayudado a muchos como a hijos. Hasta los ha habido que pidieron ser bautizados. Y allí que estaba Rogelio haciéndoles los papeles en la parroquia, que en esos casos este tabernero siempre ha recordado al cuadro de Colón llevando a los indios a la pila de bautismo en la plaza cacereña de Guadalupe, con el monasterio al fondo.

En esta casa no se sirven destilados. Ni se discute. Un día le cuestionaron machaconamente la tipología de la anchoa a quien es embajador de este boquerón en salmuera. El cliente, con el cuentakilómetros del tinto algo pasado, se puso bastante espeso y haciendo aspavientos, modalidad controlador de pista de aeropuerto con la lengua gorda. Rogelio, viendo el pitón del toro, zanjó el asunto mientras pegaba un bayetazo en otra zona de la barra:“Tiene usted razón con la anchoa, no voy a discutir, porque yo no discuto con mi mujer, así que no voy a discutir con usted”.

Los madrileños se bajan del AVE y se van de “cañas y vinos” a Trifón. Con estos calores, siempre piden que Rogelio suba la potencia del aire acondicionado. A la cuarta demanda con ese acento capitalino barnizado de prepotencia, con los chinos del interior del Daikin hartos de pedalear, este tabernero no pudo más: “Señores, el aire está al máximo. ¿No será que ustedes llevan ya dentro media Rioja Alta?”.

Rogelio es del Baratillo, donde conoció los tiempos de cuatro gatos en la vida diaria de la hermandad, cuando se daban papeletas de sitio la noche del Martes Santo con tal de conseguir dinero para pagar a las bandas de música, cuando funcionaba un rinconcito que se llamaba Bar Atillo, donde se guardaba la botella de Valdepeñas. Rogelio se ha pisado el yo hasta enterrarlo, al modo de Sor Ángela, por su hermandad del alma, pues es la escuela que ha aprendido del factótum de la cofradía: Otto Moeckel. Rogelio es personaje en Sevilla y en Cantabria. Entrando al convite de la boda de la nieta de Franco en el santanderino Hotel Palacio del Mar, toda la tribuna de prensa gráfica se desgañitaba en que este sevillano se parara un instante en la alfombra roja y posara junto a Blanca: “¡Rogelio, Rogelio! ¡Un momento, por favor, una foto!” Ytoda la Sevilla emperifollada que venía detrás se dio de bruces con la notoriedad de este tabernero que es sevillano en Cantabria y cántabro en Sevilla.

Creyeron que no sería capaz de jubilarse. Y se jubiló. Pero el tabernero, como el torero, nunca deja de serlo. Los matadores con la coleta cortada se ponen delante del toro en el campo, sólo para sus familiares y amistades, para matar el gusano que habita en el interior. Los viejos taberneros tienen también sus festejos a puerta cerrada, donde sólo sirven a sus amigos, donde cortan de nuevo el Riera al taco sin las prisas del oficio. El buen anfitrión es un gran egoísta que disfruta sirviendo a los demás. Por eso en el fondo auspicia reuniones.

Dicen que Rogelio fue de los primeros en colocar el detector de billetes falsos. Hay debate al respecto. De los primeros sí que fue en detectar a los falsos, que es mucho más importante.

–Rogelio, hay que ver lo estirada que es esa chica que nos ha atendido, ¿no?
–La marquesa de Villaverde, se cree ella… Ydetrás de una barra no se puede ir con tantos humos.

La vida es el Baratillo, un traje de chaqueta cruzada, una ración de bonito, un puente aéreo con Santander, el aperitivo de Doña María de las Mercedes, una colección de vacas tudancas en la vitrina de casa que sólo suelta en las pascuas para que pasten en el campo verde del Belén navideño, una misa de domingo por la tarde en el Sagrario, una reunión de curas en la barra de la tienda que convierte el negocio en un trozo de Roma junto a la Plaza Nueva, una tarde en los palcos de Semana Santa vigilando la compostura de los concejales, una noche de vísperas de San Pedro entre clarines que evocan las lágrimas del apóstol, un almuerzo pantagruélico en Borleña, Puente Viesgo o Comillas; una tableta de chocolate puro cien por cien, una llamada telefónica de Antonio Burgos, la memoria del padre que llegó a Sevilla a la búsqueda de la prosperidad del 29, el oro de la Medalla al Trabajo que aumenta el cuerpo de penitentes de la cofradía de la envidia, una copa de champán con burbujas diminutas, unos mejillones XXL, un tendido de sombra, una oración en voz alta mientras es vestido de nazareno, la foto en sepia de los portes en triciclo, un comentario sobre el Betis con Luis Carlos Peris, unos sobaos con la mantequilla justa, unas quesadas traídas directamente desde el Valle del Pas… Y siempre, siempre, un manojo de llaves que, como una esquila, anuncia con su melodía el final de la jornada laboral. La vida de verdad es ser fiscal del paso de la Piedad y guardián de la Pura y Limpia. Lo demás son circunstancias. Yeso, ya se sabe, no se discute.