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La fortaleza de un castillo

Carlos Navarro Antolín | 5 de junio de 2016 a las 5:00

MANUEL COSSIO
LA cofradía de los sevillanos despistados es digna de estudio. Hay ilustres despistados capaces de mantener una conversación afectuosa durante el trayecto del tranvía que va a ninguna parte, a los que luego se les pregunta por la identidad del interlocutor y te responden: “No tengo ni idea, será un cliente antiguo”. Estos despistados lo son porque tienen muy claras dos o tres prioridades en la vida y no pierden ni el tiempo ni la atención en otros asuntos. El despistado es una tipo de sevillano muy definido, como lo es el tieso, ahora tan de moda; el político populista, que vive sus días de gloria; el cofrade de las tardes libres, el asistente a los funerales, que los prefiere siempre a media mañana para no tener que volver a la oficina; o el paseante de agenda de lomo con letras doradas por Tetuán, arriba y abajo, abajo y arriba, como Supercocos en una versión hispalense de Barrio Sésamo. Formar parte de la cofradía de los despistados es un lujo. Casi un privilegio. Es una suerte de Real Maestranza apócrifa en la que para ingresar hay que demostrar ciertas cualidades al alcance sólo de una minoría. El despistado se hace, no se nace.

Manuel Cossío Martínez (Santander, 1938) tiene ya por derecho propio un cirio con contera marcada en el último tramo del cortejo de los ilustres despistados de la ciudad. Abogado reconocido y en el taco, profesor universitario de Derecho Civil muy conocido, y un desconocido como marqués, que lo es de Torre Campo.

–¿Pero Manolo es marqués?
–Sí, pero no lo va contando… Lo del taco tampoco, pero lo está.

Tiene fama de guapo. Sus coetáneas dicen que hoy sigue siendo guapo, con porte de patricio romano, que va uno de ruta por los museos capitolinos de Roma y está viendo bustos de Manolo Cossío por todas las galerías. Gasta formas exquisitas y zalameras, con barniz de Don Juan, en el trato con las féminas, y tiene una altura idónea para ser el encargado de avisar en una bulla de Semana Santa de la llegada del paso de palio.

Siempre ha tenido mucha aceptación entre el sexo femenino. Un marido se irritó en una ocasión porque su mujer quería el divorcio y había contratado como letrado a Manolo Cossío. “¿Que has contratado a Cossío, El guapo?”. Y el abogado contestó al saber de aquella reacción: “No sabía yo que a tu marido le gustaban los hombres”.

Su bien trabajada condición de despistado le llevó a estar cuatro horas ensimismado en una librería de viejo en Londres. Era la luna de miel de su segundo matrimonio. Tuvo a su mujer cuatro horas esperando en un pub cercano. Otro día, cuando una de sus hijas tenía 12 años, se la encontró por su antigua casa de La Palmera, y le dijo: “Hola Inés, últimamente no te veo, ¿dónde te metes?”. Y la niña respondió: “Papá, llevo un año interna en Londres”. Y lo mejor ocurrió en el funeral del padre de un amigo. Cossío llegó al templo, abrazó al hijo del difunto y le preguntó cómo estaba su padre, a lo que el amigo le dijo: “Ahí Manolo, está ahí”, señalando el féretro.

Apasionado del Derecho Civil, ha disfrutado de la docencia hasta el último día en activo. Dicen que su propia vida, marcada por hechos que a otros hubieran dejado en la estacada, podría ser válida para una prueba de dictamen jurídico, pues tiene nueve hijos: uno de una relación anterior a su primer matrimonio, tres del primer matrimonio, dos que aportó su segunda mujer al matrimonio y que él trata como suyos, y tres de su segunda mujer. Dicen que tiene sentido del humor, pero no tanto como su padre, el célebre catedrático Alfonso de Cossío, que fue decano de la Facultad de Derecho y presidente del Ateneo.

Todos coinciden en que su capacidad de trabajo es la propia de una máquina siempre a punto. Incluso hay quien cree que el leve barniz de frivolidad que se autoaplica puede eclipsar la enorme valía de un profesor de explicaciones sencillas y claras, de un abogado estudioso de los casos, con la cabeza ordenada, que está al día de toda la legislación y al que se intuye una cartera de clientes envidiable. Su habilidad para hacer dinero trabajando fue reconocida por su propio padre. “Por primera vez alguien me ha enseñado a ganar dinero”, proclamó don Alfonso cuando su hijo modernizó el bufete donde hoy trabaja la tercera generación de la familia.

Para este vecino del barrio de Santa Cruz, lo importante no es tener razón, sino argumentos de defensa. La satisfacción más honda es la de encontrarse en un pleito con antiguos alumnos que lo reconocen. Fue abonado de la plaza de toros, pero tuvo que dejarlo por la incomodidad de las localidades. En sus tiempos fue cónsul de El Salvador y frecuentó tertulias cofradieras y taurinas. Hoy sigue siendo hermano de Los Estudiantes, el Gran Poder y la Macarena. Siempre ha ejercido la abogacía en la calle Castelar, donde ha tenido despacho en tres números distintos. Dicen que después del Calvario, Manuel Cossío es el más antiguo en pasar por esa calle.

El marqués de Torre Campo luce las iniciales de su título en las camisas a medida. Sí, es sobrino-nieto de José María de Cossío, el creador de la celebérrima obra taurina El Cossío y académico de la RAE. Es hijo de la excelencia universitaria no sólo por padre, sino también por madre. Su madre, Margarita, fue licenciada en Filosofía y Letras cuando en España cabían en un taxi las mujeres que acudían a las aulas de una facultad.

La vida es recordar el sabor de un chester sin boquilla que en tiempos se fumaba impartiendo clases de Derecho Civil, con el pulgar marcando un extremo del cigarro en una especie de vanguardia de lo que hoy se llamaría postureo. La vida es refugiarse en el castillo segoviano de Sepúlveda, patrimonio de la familia que este árbitro de la elegancia conserva con mimo. Hay ilustres con palco, con caseta, con barco, con carruaje de mulas, con piso en la playa y hasta que coleccionan serpientes. Pero pocos conocen a alguno que sea dueño de un castillo. Cossío para ser feliz tiene un castillo, como Loquillo quería un camión. ¿Pasa algo?, que diría Susana Díaz tras presumir de cónyuge a la cuarta pregunta.

La vida es evocar los años en las aulas de Los Maristas y escudriñar la historia de una familia en la que un Cossío murió en la Guerra Civil, en el frente de Quijorna, con tan sólo 17 años. Precisamente a aquel joven debe su nombre: Manuel. La vida es participar en las sesiones de la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia y en las del Comité Andaluz de Disciplina Deportiva. La vida es visitar a unas monjitas clarisas de Soria por las que tiene debilidad. Y disfrutar de la tertulia cotidiana en La Fresquita, copa de tinto a la que da coba, y recordar allí a Antonio de León, ¡ay la voz rasgada del inolvidable capataz, siempre en la memoria! Y, cómo no, la vida es una charla con Ventura, el ex alguacilillo de la plaza de toros que tiene el bar Arenal, o una confidencia con José León-Castro, el catedrático de Civil que fue discípulo de su padre.

Tras el tiarrón que casi no cabe en un velador, detrás de la imagen de un señor que no aparenta estar próximo a los ochenta y que suelta chistes fáciles para despistar su sapiencia, está la historia de un cántabro que vive en Sevilla desde los dos años, la ciudad donde ha triunfado y sufrido, donde ha saboreado puertas grandes y encajado cornalones propios de la vida. Hay quienes aseguran que la sangre cántabra lo ha blindado ante las adversidades de una vida que, al cabo, es como la peregrinación al Rocío: bonita y dura.

El hijo de don Alfonso, el tres veces abogado de Castelar, el cabeza de familia a lo Alberto Closas del siglo XXI, el patricio romano impulsivo y echado para adelante, sabe que sólo aspirando al diez hay garantías de obtener un ocho. Quizás haciéndose el despistado logra uno hacerse perdonar ciertos logros. Lo peor es que a partir de hoy puede haber sevillanos que le pidan la llave para pasar unos días en el castillo que es símbolo de su fortaleza. Pero también a partir de hoy será más difícil hacerse el despistado. La verdad es que unos días de agosto en Sepúlveda deben ser un ahorro considerable en aire acondicionado.