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Con licencia para largar

Carlos Navarro Antolín | 6 de noviembre de 2016 a las 5:00

EMILIO DE LLERA 2
MANOLO García se fue del Ayuntamiento en 1999, donde había sido concejal del Partido Popular desde 1983. Ejerció de edil en la oposición y de teniente alcalde con funciones de gobierno. Hizo casi de todo, desde saludar al Papa Juan Pablo IIy a Fidel Castro hasta montarse en el patrullero de la Policía Local para cerrar bares de la movida o gestionar las reparaciones de los pavimentos del casco antiguo. Pero al dejar la Casa Grande después de tantos años de contienda política y alguna que otra polémica de las que roban el sueño, reconoció públicamente una espinita clavada: “Mi pena es no haber sido concejal de Fiestas Mayores”. Años después, gracias a que el PP decidió aquel año renovar a sus representantes en el Ayuntamiento, tuvimos a uno de los hermanos mayores de la Macarena más grandes de la era contemporánea. De haber seguido en política, el destino de Manolo hubiera sido otro bien distinto. Aquella pena se esfumó, aquella espinita de las fiestas mayores se sacó sin apenas dejar herida. La vara de las capillas ha sido, de hecho, la responsabilidad más elevada que ha podido desempeñar este hombre curtido en las madrugadas del negocio de frutas de la Encarnación.

Emilio de Llera Suárez-Bárcena (Badajoz, 1951), consejero de Justicia e Interior de la Junta de Andalucía, quiso ser fiscal jefe de la Audiencia de Sevilla. La verdad es que estaba llamado a ser el sucesor de una leyenda viva del Ministerio Público en la ciudad: el salmantino Alfredo Flores, el que llegó a ser hermano mayor de una cofradía y pregonero de la Semana Santa. Llera echó los papeles para hacerse con esa jefatura, pero le sacaron bolas negras. García se quedó sin apretar el botón del alumbrao y Llera sin dar la rueda de prensa anual de la memoria de la Fiscalía. Su gozo cayó en el pozo una y otra vez. Y bien que lo sentimos muchos partidarios de este fiscal con nombre de marisquería de selecta ensaladilla junto a la Plaza de Cuba, porque desde los despachos de Madrid apostaron por una fiscal jefe que es modelo de neutralidad, equilibrio y ponderación por las que hilan…

Emilio no fue fiscal jefe, pero con el paso del tiempo le cayó del bombo de la política el premio gordo de la Consejería de Justicia e Interior. Franco no se metió en política, pero Llera sí. Y ahí anda, desde el burladero de su despacho de la Gavidia, orientando al Ejecutivo andaluz por las arenas minadas de esos asuntos que están sub iudice. “Emilio no es del PSOE, Emilio lo que quiere es terminar su carrera de consejero, aunque pierda dinero”, dicen los compañeros de oficio. De vez en cuando saca el mandoble y se despacha a gusto contra los jueces, hace juicios sobre la magistrada Alaya trufados de cierta frivolidad e incluso arrea a los medios de comunicación por el tratamiento de algunos temas. Emilio va por libre. Tiene licencia para largar. Pocos recuerdan que es el único consejero reprobado por el Parlamento. Debe ser porque en el fondo sigue siendo un fiscal. Ya se sabe que los fiscales se pueden permitir casi todos los juicios, son casi infalibles, pues un juez, un letrado de la Administración de Justicia o un cargo público pueden incurrir en prevaricación, pero un fiscal nunca. No existe ese tipo penal para los representantes del Ministerio Público. ¿Por qué? Misterios. Si resulta que el protagonista, además, forma parte de las filas de la progresía oficial, disfruta de las ventajas de la superioridad moral de la izquierda. Así que miel sobre hojuelas. Emilio sabe que siempre hay agua en ciertas piscinas. Si Arenas o Zoido sueltan la mitad de las perlas que Llera en los últimos años, los están corriendo a gorrazos desde la calle San Fernando hasta la puerta de Antares, donde los dejan sueltos para que se reconcilien jugando al pádel. Emilio puede decir que Alaya sigue estando muy “guapa” pese a la carga de trabajo que asume, porque él está en un gobierno del PSOE. Susana jamás le va a dar un tirón de orejas. Y Amparo Rubiales tampoco le va a dedicar un artículo crítico cargado de arrobas.

Pero Emilio cae bien. Es simpático y un poco pillo. Sabe clavar dardos al enemigo con sutileza. No se suele quedar un gato en la barriga. Jamás muerde la mano que mece la cuna del PSOE en España, que es la que lo mantiene en el cargo. En política, ay Emilio, no hay plazas en propiedad. Su oficio de fiscal sí se parece al del político en que en ambos rige el principio jerárquico. Este Llera prepara a conciencia cada aparición pública con un latiguillo que evoca sus años de opositor: “Os dejo, tengo que estudiarme el tema”.

Siempre lleva encima dos o tres paquetes de tabaco rubio de diferentes marcas. A sus colaboradores más directos los sitúa a su mismo nivel, no fuerza esa estética del séquito que gusta tanto a otros consejeros. Tiene un despacho oficial en la Gavidia y una mesita alta en la terraza del Oriza, donde sigue tomando la copita de manzanilla, marca Solear, muchos mediodías de clima apacible (¿Lo de siempre, don Emilio?). Los dueños de los bares, por cierto, llaman a esas mesas altas los quitamiedos de la hostelería, porque la gente cree que la consumición es más económica que en un velador tradicional con asientos. No es el caso de este pacense, que se nota que no es de Sevilla en que suele desenfundar el primero a la hora de pagar en un bar. Es de la vieja escuela, de los que no deja nunca que sus acompañantes abonen la cuenta.

Con Zoido se lleva muy bien. Coinciden en tener el mismo dentista, en cortar trajes en privado y en saber rematar las reuniones oficiales con la confraternidad debida. Una de las muchas veces que el entonces alcalde Zoido reclamó la Ciudad de la Justicia en una visita al consejero Llera, éste, tras los cinco minutos de rigor en privado donde para decirle que no es posible porque no hay un duro, le espetó: “Bueno, Juan Ignacio, ahora ya podemos irnos a tomar una cerveza que se hace tarde, no?”. Y allá que bajaron al bar de la esquina a comentar los últimos chascarrillos judiciales…

Lo mejor de Llera es que nunca da la brasa con el fútbol ni con las cofradías. No gasta ni en un tema ni en el otro. Y siempre te cede el taburete, porque prefiere la verticalidad. Este vecino de Los Remedios es un gran admirador de la belleza femenina, usa los retrovisores con sutil y discreta habilidad. No va de místico ni de bendito, lo cual se agradece en la ciudad de los misticones.

La vida son recuerdos de la Extremadura donde nació. Su madre vivía en una pequeña localidad de Badajoz de apenas dos mil habitantes,un pueblo fundado por Felipe II con un precioso nombre: La Granja de Torrehermosa. Son recuerdos de sus primeros años como fiscal en Bilbao, una plaza dura en los años ochenta, en los que el País Vasco salía en los telediarios con tañidos de luto y banderas a media asta. La vida son recuerdos de sesiones preparando opositores de judicatura y fiscalía junto sus amigos Julio Márquez de Prado, hoy presidente del Tribunal Superior Justicia de Extremadura, y Luis Fernández Arévalo, experto en vigilancia penitenciaria y actual fiscal jefe de Huelva. La vida son refugios estivales en algún hotel de la Costa del Sol.

Si tiene que cenar en algún lugar perdido de Andalucía, fuera ya del protocolo de los actos oficiales, le pide al camarero que le hagan una tortilla francesa. Así duerme mejor y le cuesta algo menos madrugar, porque Llera no es precisamente de los aficionados a levantarse al alba por gusto.
El fiscal no fue jefe pero gestiona todas las competencias de Justicia de Andalucía. El fiscal es doctor en Derecho, con una tesis dirigida por Víctor Moreno Catena, pero se metió en política. La vida es ver pasar la ciudad desde una mesa quitamiedos. Y en Sevilla, al final, somos pocos y todos vamos desfilando. Somos casi los mismos que en La Granja de Torrehermosa. Pero sin desenfundar los primeros al pagar.

El soldado sin batalla

Carlos Navarro Antolín | 30 de octubre de 2016 a las 5:00

JUAN ESPADAS 2
ES ese vecino amable que te encuentras en el ascensor y te hace un análisis preciso sobre la previsión del tiempo para los próximos días. Juan Espadas (Sevilla, 1966) te recuerda al detalle cuánto llovió el pasado otoño mientras busca las llaves de casa con una mano y sostiene con la otra la bolsa de Polvillo con el pan del día y una carterita con los papeles del banco donde ha hecho alguna gestión. Espadas, que tiene cierta estética de cajero hacendoso del Banco Popular, es ese amigo discreto que nunca llamaba la atención ni por exceso ni por defecto, ese amigo al que un día sus antiguos compañeros de clase vieron en Canal Sur coronado como consejero de Vivienda y Ordenación del Territorio. Y justo en ese momento nadie pudo decir nada contra él por efecto de una posible envidia. Nadie. Y eso que Sevilla es muy dada a la defenestración exprés en cuanto uno de los nuestros, de los que nos encontramos en el ascensor, sale en los periódicos por algún motivo feliz. De Espadas nadie largó porque siempre se hizo perdonar sus virtudes. No caía mal. De hecho, sigue sin caer mal.

Si hubiera nacido quince o veinte años antes ya sería un respetado ex alcalde de Sevilla, porque hubiera sido ese perfil de candidato del PSOE, homologado y de catálogo, que arrasaba en los años ochenta o noventa en casi todas las circunscripciones electorales. Si fuera soldado, nunca llevaría calada la bayoneta y jamás dispararía por más que se le pusiera a tiro el más feroz enemigo. Si fuera sacerdote, sería de los de pláticas densas e interminables, y pronto se haría acreedor a un puesto en la curia diocesana por su capacidad de servicio al prelado. Si fuera atleta, su especialidad hubiera sido la marcha. De hecho, es un ciudadano de zancada larga que se lo hace pasar mal a los asesores que padecen algo de sobrepeso. Cuando va desde la Plaza Nueva hasta San Telmo para ver a La Que Manda en el PSOE, siempre quiere ir a pie por la Avenida y la Puerta Jerez. En ese rato aprovecha para ir despachando con sus concejales, como Juan Carlos Cabrera, delegado de Seguridad y Movilidad, y asesores como el director general de Emergencias, Rafael Pérez, con los que trata el número de vallas que se instalarán en Semana Santa, los cortes de tráfico por la cabalgata del Orgullo Gay o las negociaciones con la Casa Real para preparar la visita de Obama. En ese momento, el tío de los cupones que está junto al mexicano que canta en la escuálida sombra de la acera de las oficinas centrales del Santander, exhibe el aguijón:

–Míralos. Ahí van los tres fritos de calor. ¿Sabes qué te digo? Me alegro de que sufran la falta de sombra como nosotros.
–No… Van fritos los dos que van junto al alcalde, ninguno le aguanta la velocidad. Criaturas, me dan hasta sentimiento. Me los va a matar a ese ritmo.

Espadas no suele repartir abrazos ni dar ojana. Se parece más a Uruñuela que a Zoido en ese sentido. Es agradable más que chistoso. Tiene el peligro sordo de los que nunca quieren meterse en un lío. No te va a golpear, pero tampoco va dar la cara por ti si te dan un mamporro. Alguna vez ha tenido a algunos rivales del PP cogidos por donde más duele y ha preferido dejarlos políticamente vivos. No quiere broncas, porque teme el efecto boomerang más que un cofrade a un cielo panza de burra. No quiere refriegas con los ajenos ni con los propios. No mete el pie en el área jamás. No se acerca al pitón del toro nunca. Es como una locomotora antigua por una carretera de alta montaña: despacito, muy despacito, pero siempre avanzando con un chuchú adormecedor. Y al final llega a la estación de la Consejería, de la Alcaldía y ya veremos a cuál más en estos tiempos inciertos para un PSOE que no lo conoce ni la madre que lo parió, que diría uno con traje de pana que mandaba en Sevilla más que el Consejo de Cofradías.

A veces muestra un carácter que raya lo pusilánime y que ha sacado a más de un colaborador de sus casillas, pero él es así aunque desde la bancada rival siembren dudas maliciosas sobre aspectos de alguna etapa suya en empresas públicas andaluzas. Se ha guardado ciertas facturas ajenas del pasado, ciertas irregularidades graves que afectarían a protagonistas del mandato anterior, ciertos gastos legítimos pero polémicos que efectuaron sus adversarios. Todo lo ha mandado al cajón de las siete llaves. Mira al frente como un nazareno de ruan. Y punto. Si de él depende, no hiere a nadie. Tiene claro a quién no se debe molestar nunca, caso de Susana Díaz. Baste un ejemplo. Si el ínclito Pedro Sánchez acude a la Feria como secretario general del PSOE, no hay nadie del organigrama municipal para recibirle en la portada de la Feria. Ni un teniente de alcalde, ni un patrullero de la Policía Local. Jamás se puede molestar a La Que Manda, que ya se sabe cómo se las gasta con casi todos los que han sido sus rivales.

La infancia son recuerdos de las aulas de los Salesianos de la Trinidad donde un alumno listo, poco competitivo, prestaba mucha atención a las enseñanzas de don Florentino. Son evocaciones de un colegio donde vivía las bajadas de María Auxiliadora, los días de verbena, las competiciones en los campos de deporte y las horas de intensa convivencia con su primo Cejas o con amigos como Enrique Belloso. En la Facultad de Derecho, años después, fue delegado de alumnos, pero sin aparente perfil político, sino más bien de los que pringaban a la hora de trabajar y organizar los viajes. La verdad es que tardó cinco años en acabar Derecho, no los diez de su mentora. El mundo es así, fútbol es fútbol, y quien tardó el doble en sacar la licenciatura es quien decide la trayectoria del que la hizo en su tiempo. La vida es pasión por el Medio Ambiente desde que Fernando Martínez Salcedo le ofreció una de sus primeras oportunidades laborales. La vida es participar en los actos de los 25 años de la promoción del colegio, siendo consejero de la Junta, y apuntarse en el autobús que lleva a todo el grupo de la clase al lugar de celebración como uno más, sin distinguirse en ningún momento. Espadas, de hecho, es de los que dejan el coche oficial dos o tres calles antes de llegar al sitio de destino. La vida es entenderse a la perfección con la jerarquía eclesiástica. Siempre hace un aparte con el cardenal Amigo o con don Juan José Asenjo si coincide con alguno de ellos en un acto. Monseñor Asenjo lo conoció siendo Espadas líder de la oposición municipal. Cuentan que tras un primer encuentro con el hoy alcalde, el prelado musitó: “Ahí hay persona”. La vida es comer un bocadillo y dormir poco desde que es alcalde, es pasarlo mal cuando tiene que explicar en casa que el sábado debe oficiar una boda, o al no saber cómo quitarse de encima a los brasas que lo invaden durante una breve estancia en el bar del barrio.

Espadas está obsesionado con Málaga, convencido de que los nuevos polos de desarrollo son las costas y de que el futuro de Sevilla, sobre todo del aeropuerto de San Pablo, pasa en buena medida por una conexión rápida y eficaz con la capital costasoleña en todos los ámbitos. Espadas es a Málaga lo que Javier Arenas a Almería. ¿Recuerdan los años que el lince del PP se pasó dando barzones por la Andalucía Oriental con tal de no cruzar por la calle Sierpes? Cualquier oportunidad es buena para una reunión con Paco de la Torre en Gibralfaro o para recibirlo en el Salón Colón de Sevilla con todos los honores. Después de Málaga, dicen que la segunda obsesión de Espadas son las medidas de ahorro energético en las viviendas de nueva construcción, lo cual debe ser un asunto interesantísimo de tertulia para una cena de sábado noche… Espadas no es aburrido, pero tampoco es para pegarse por estar a su vera en la cena del alumbrao. Al término de la cena del ‘pescao’ de su primera Feria como alcalde, se levantó de la mesa para pedir una cerveza en la barra de la caseta de Emasesa. Había doble fila para suplicar la atención del camarero. Espadas aguantó su turno con paciencia de ordenanza en un Pleno de viernes por la tarde, que ya es tener paciencia… Alguien rogó al camarero: “Dale una cerveza al alcalde de Sevilla, hombre, que está aquí esperando y el hombre sólo quiere eso”. Y el camarero miró incrédulo, con cara del que siente que le están tomando el pelo. No se creyó que tuviera al alcalde delante y soltó una fresca del estilo de si este es alcalde de Sevilla, yo soy la reina de Saba.

Austero, sin concesiones ni alharacas, y con una gran memoria. Se acuerda al detalle de un artículo publicado hace años sobre los veladores, o de algún personaje del Carrión de los Céspedes de sus años mozos. También se acuerda, seguro, de que el día que se presentó en Fibes su primera candidatura a la Alcaldía, la de las elecciones 2011, no acudió nadie de la sociedad civil, tan sólo militantes de agrupaciones llegados en autobuses. El PSOE del tardoalfredismo ya no le cogía el pulso a Sevilla tras doce años de desgaste en el gobierno y con la amenaza de un Zoido arrollador, como se demostró en la noche electoral. Aquella noche, al menos, los fotógrafos captaron su abrazo afectuoso con un señor con aspecto de verdadero señor, que no tenía estética de militante exaltado, sino de ciudadano de prestigio, de los que exhibe el sosiego de la sabiduría y la humildad del verdadero intelectual. Era el catedrático de Psiquiatría Jaime Rodríguez Sacristán, pariente suyo y un fino observador de la ciudad.

Juan Espadas se ríe cuando oye críticas a la longitud de las mangas de su chaqueta o al exceso de caída de los bajos de sus pantalones. Se ríe menos cuando aparece como el alcalde que alquila los monumentos para cuchipandas, o el que ha provocado que España entera nos ponga, como siempre, de ciudadanos ociosos que nos dedicamos a participar en plebiscitos sobre la ampliación de la Feria. Pero nunca, en ningún caso, da un golpe sobre la mesa para culpar a nadie de ciertos despropósitos. Casi nunca pronuncia una palabra más alta que otra. Por eso dicen que es un gestor metido a político. De hecho, huye de asesores beligerantes. Odia las polémicas, evita el cuerpo a cuerpo. Le sientan bien los elogios de los sectores más conservadores de la ciudad. Se lleva muy bien con el portavoz de IU, el ex monaguillo Daniel González Rojas, o con el concejal Beltrán Pérez, del PP. El primer día que llegó al despacho de la Alcaldía mandó quitar el suntuoso sillón usado por todos sus predecesores: “Con tanta tachuela dorada se me estropean las chaquetas”. Mandó poner un insípido sillón de oficina. De Zoido admira lo bien que le quedan los trajes y dicen que siempre recuerda que en la toma de posesión del gobierno de los 20 concejales, Juan Ignacio le comentó en privado: “Vas a estar invitado con tu mujer a todos los actos de la ciudad, yo no voy a hacer lo que Alfredo ha hecho conmigo estos años”.

Espadas es habilidoso, porque, por ejemplo, va a pegar el mangazo de salir de Baltasar en la Cabalgata del centenario y casi nadie se ha enterado o ha opinado en contra. ¡Con lo que dudó Zoido para aceptar o no la corona de rey mago! Al final se quedó sin serlo por esa manía de la derecha de ser cautiva del que dirán.

La máquina avanza a golpe de chuchú por las pendientes pronunciadas. La zancada es larga por la Avenida. En política se trata de resistir, de disfrutar del amplio margen del tono gris, de sonreír en el ascensor, comentar el sirimiri matinal y cómo ha abierto la tarde, y de ir mientras buscando la llave adecuada en cada momento.

La horma de la ciudad

Carlos Navarro Antolín | 23 de octubre de 2016 a las 5:00

NURIA COBO
EMPEZABA el estudiante de Periodismo a hacer prácticas en la sección de Local cuando aprendió que para dar un barniz de protesta a cualquier información bastaba con pedir la valoración de asuntos de la actualidad a un líder vecinal, un sindicalista o un representante de los comerciantes. El vecino siempre echaba en falta más policías, el sindicalista nunca veía suficiente el número de las contrataciones y el comerciante culpaba de la bajada de las ventas –las ventas siempre son como la lluvia: evolucionan hacia abajo– a las obras programadas por el Ayuntamiento. Cuándo es la fecha idónea para un comerciante para levantar una calle es uno de los grandes misterios de la humanidad. Oídas las reacciones, el jefe de la sección, un veterano de la redacción que ya estaba de vuelta de todas las polémicas, siempre apostillaba: “¿Te das cuenta, jovencito? Nunca fallan, siempre están indignados. Son nuestros protestones de plantilla. Estos tíos nunca están contentos”.

Nuria Cobo (Murcia, 1970) tiene un comercio en el centro de la ciudad donde vende zapatos y complementos con su sello personal. Pese a su juventud, en breve hará veinte años en el sector. Cobo es la sonrisa del gremio hasta en las peores embestidas de la crisis. La calle Méndez Núñez la cortan cada dos por tres, la han levantado varias veces en los últimos años, las sucursales bancarias han sido sustituidas por bares de copas, los taxis sólo la cruzan tras acceder de mala gana por los recovecos de Zaragoza y por el único tramo semipeatonal de la Plaza Nueva… Pero esta comerciante siempre, siempre, sonríe cuando se le pregunta por las ventas. Dicen que el secreto ha estado en su adaptación a los tiempos por medio de la venta on-line y la potenciación de un estilo personal muy definido y del gusto de Sevilla en las redes sociales, todo lo cual ha generado una marca personal muy fuerte. En tiempos tuvo tres tiendas, ahora le basta con una: un local recoleto pero muy bien situado y, sobre todo, cuidado con un esmero poco habitual. Al cliente se le atiende, no se le hace un favor. Se le sonríe, no se le da ojana. Nuria, si es preciso, se prueba hasta los zapatos que usted desea regalar. Un pase de modelo privado se llama.

Los zapatos proceden del Levante español, pero reformados al gusto de Nuria Cobo, que le tiene cogida la horma a la ciudad. Una borla aquí, un tacón un punto más bajo allá, un ribete por este lado, un motivo dorado quizás para los que son de novia, una hebilla para aquellos rojos de fiesta, un lazo para los verdes, ay el verde preferido, que son adecuados para una madrina… Todos los zapatos están modificados según su criterio personal para satisfacer los gustos de una ciudad donde el personal se emperifolla para los actos sociales como si en todos hubiera fotocol.

Cobo ha logrado por mérito propio representar el status quo de la zapatería sevillana. Ahora mismo es la emperatriz local del zapato con una cartera de clientes cada día más importante en Madrid, Barcelona, Bilbao, varias localidades de Galicia, etcétera. A veces vienen a Sevilla a conocerla y la tienda aparece colapsada de madrileños o vascos que se entremezclan con ceceantes adinerados de los pueblos de Sevilla. Jubilada su admirada Pilar Burgos, que triunfó a lo grande cuando nadie lo hacía, mucho menos una mujer, Nuria se ha quedado con todo el camino expedito. A Nuria se acude en tiempos de bodas, bautizos, comuniones, la Semana Santa y hasta la Feria, porque ella se ha empeñado en recuperar el zapato de calidad y cómodo para las flamencas. Cuentan que sus zapatos son ya los Manolos del Sur de España, con capacidad de resistir las invasiones bárbaras de China y Taiwán. Ella vende su propio estilo, porque ella es el estilo en sí misma, como cuenta en sus video-blogs o en sus escritos en las redes sociales. Puede presumir de ser pionera en el uso de las redes sociales para vender sus productos. Hay quien mete la pata en las redes, se enreda y acaba siendo el peor enemigo de su producto, y quien sabe aprovechar el alcance que ofrecen para captar nuevos públicos.

La vida son los recuerdos del colegio Aljarafe, donde recibió clases de Dibujo nada menos que de Félix de Cárdenas y explicaciones de Religión de un grande de la Iglesia de Sevilla como Juan Garrido Mesa. La vida es empezar a trabajar con 18 años. Son horas leyendo a García Márquez cuando todos duermen, o paseando por las playas de Marbella o Cádiz. La vida es pensar en cómo mejorar la decoración del hogar, en constante evolución. Es perderse en el mundo sin fronteras que es la cocina de casa, concebida como espacio de creatividad y disfrute. La vida es un carácter alegre, un punto despistado, una mente ágil y una mirada ora perdida, ora ingenua, ora infantil. La vida es caminar detrás de la Virgen niña de Guadalupe, la que soñó Álvarez Duarte, las tardes y noches de Lunes Santo. Y la vida es estar en la caseta de Feria de la calle Espartero, frente a Los Remedios, el barrio donde creció soñando los primeros diseños.

Cobo cuida sus escaparates. No delega la elaboración de la principal tarjeta de presentación de su negocio. El ojo del amo coloca los zapatos. Un día acudió a un acto social con intelectuales del Arte. Con las prisas se equivocó al elegir el calzado, alguna talla mayor que el debido. Casi nadie se dio cuenta, salvo una persona. Desde ese día sabe que sus pies son su marca, su estilo es su mejor publicidad. Forma parte de un club de lectura y hasta presenta libros, como el último de Salvador Navarro (Huyendo de mí). Colabora con la diseñadora Ángeles Verano, sus zapatos son usados por famosas como María Teresa Campos o Carmen Tello, o amigas como la periodista Marina Bernal, sobre todo cuando le toca presentar galas. Y, sobre todo, cumple el proverbio chino de saber sonreír al estar detrás de un mostrador. De fina ironía y humor inteligente, nunca es malaje.

Cuando Monteseirín dejó la Plaza Nueva sin el flujo de los 70.000 viajeros de Tussam al día, esta empresaria alta y delgada apostó por la renovación, por interpretar la crisis como una oportunidad, no como una coartada para la cómoda instalación en la queja. Se replegó en el centro y se extendió por los mares de internet. Los autobuses ya no llegaban cargados de potenciales compradores, pero las redes sí. Como en la ley natural, siempre se salvan los que mejor se adaptan al ambiente. Y ella, nunca se olvide, se viste por los pies. Sabe que hay mil motivos para quejarse, pero no pierde el tiempo en lamentos. La clave es la adaptación, cogerle la horma a las situaciones. Y entrar en Sevilla sin calzador.

Las 10.000 cartillas

Carlos Navarro Antolín | 2 de octubre de 2016 a las 5:00

Dolores López Cansimo
HUBO un tiempo en que un profesor era tratado como una autoridad. Una autoridad de auctoritas, no de potestas. Una autoridad anclada en los cimientos del prestigio, la sabiduría y el ejemplo. Hoy un profesor tiene los pies de barro porque la Administración lo echa al fuego de la ira de los padres a la mínima queja del alumno. Al estudiante se le presume la veracidad de su testimonio, al profesor se le cuestiona y tiene que probar sus calificaciones y decisiones. No hay presunción de inocencia para el docente. Los padres son el ariete ante el que la Administración abre las puertas para evitar el mínimo desgaste. El aprobado que el profesor no da, la Junta lo bendice. Con los médicos pasa tres cuartos de lo mismo. El paciente es el gran exigente ante el que las autoridades sanitarias se pliegan y, postradas de hinojos, entregan las llaves de la dignidad y la autoridad de los galenos. Por eso existe cada vez más una medicina defensiva como existe una enseñanza defensiva. Y hasta un periodismo defensivo, oiga. Los profesores y los médicos de hoy tienen los pies de barro. Son maltratados desde el tuteo irrespetuoso hasta la amenaza con ser puestos delante de ese primo de Zumosol que es el político de turno, el mismo que sólo busca el titular del aumento de aprobados (la sopa boba, la engañifa, el humo provocado) o de la reducción de las listas de espera. Ser médico o ejercer la docencia hoy supone estar expuesto a un alto riesgo de conflictividad que a quien más perjudica al final es al paciente y al alumno, respectivamente. La autoridad es hoy un concepto mancillado, el prestigio está devaluado y la sabiduría sencillamente no se valora. Los médicos y los profesores han quedado reducidos en muchos casos a meros proveedores, suministradores de servicios necesarios. Poco más.

El mundo es de los que tienen ideas. Y las ideas fijas condicionan la conducta de la gente por el mundo. Hay quien sólo viaja a lugares donde hayan estado antes los romanos y quien sólo veranea donde lo haga el pediatra de sus hijos. Que le pregunten a don Manuel Clavero, que acudía en tiempos a la playa donde fuera Manuel Laffón, el célebre pediatra sevillano, padre de la pintora que representa una de las grandes marcas de la mejor Sevilla. Donde está el pediatra está la tranquilidad.

María Dolores López Cansino (Sevilla, 1938) es mucho más que una pediatra. Es un estilo a la hora de templar los nervios de los padres, un rostro escrutador de los dolores de los infantes y, llegado el caso, un tono firme a la hora de reprender alguna negligencia paterna, importándole muy poco si el apercibimiento puede causar alguna molestia, porque tiene claro que el supremo interés del menor está siempre por encima de cualquier susceptibilidad. Esa autoridad, en su acepción más hermosa, la llevó a tener una gran demanda de padres hasta que la Junta de Andalucía decretó en 2004 un plan de jubilaciones exprés que segó del sistema sanitario a los médicos con más experiencia. De la noche a la mañana. Si se dice que Dios llama siempre a los mejores, la Junta se libra siempre de los mejores. Hay que dar paso a la juventud que suele ser más dócil. El sistema siempre los prefiere blandos.

La doctora López Cansino soportó un día las exigencias de una madre para que su hijo de cuatro años fuera derivado a un especialista. La señora era el claro ejemplo de Doña Erre que Erre demandando el tratamiento que ella consideraba idóneo para su hijo y no el que la experta planteaba como adecuado y necesario. La pediatra acabó por aceptar y tramitar la solicitud de derivación ante las reiteradas quejas de la madre por los dolores de vientre del niño. Esa jornada, ya de noche, se topó con la misma madre y con su hijo en Casa Diego, en Triana. El supuesto enfermito estaba hartándose de beber vasos de caldo de caracoles. La criatura disfrutaba con las reiteradas ingestas, que la pediatra contempló largo rato en silencio. Un médico del montón de los de hoy, amenazado por el sistema, no hubiera dicho ni pío. La doctora López Cansino se acercó a la familia: “Buenas noches, pues ya sabemos de qué son los dolores abdominales del niño. No hace falta que vengan más a la consulta mientras siga bebiendo tanto caldo de caracoles. Mañana mismo anulo la petición de derivación, no se preocupen”.

Tener un estilo ágil, eficaz y pedagógico durante más de cinco décadas tiene sus consecuencias. La fuerza de la vocación conlleva unas cargas. El precio de la fama, dicen. El orgullo de todo profesional, apuntan. Las consultas sufren de superpoblación de pacientes en esos casos. Los cupos de pacientes de los antiguos ambulatorios se organizaban mediante cartillas. Cada cartilla equivalía a una unidad familiar. En el caso de los pediatras, cada cartilla solía incluir una media de entre dos y cuatro niños. La popularidad y eficacia que combinaba esta pediatra en el ambulatorio de Amante Laffón, por ejemplo, la llevó a acumular más de 10.000 cartillas, cuando lo habitual era que un pediatra tuviera asignadas entre dos y tres mil.

La vida son recuerdos en sepia de las aulas de la Facultad de Medicina de Sevilla, donde tenía a su hermana Antonia de compañera de promoción. Ambas fueron de las primeras mujeres en cursar la carrera, en aquellas clases impartidas por el doctor Suárez Perdiguero, el catedrático que siendo rector presidió de nazareno la cofradía de la Buena Muerte y todo el mundo lo identificaba por su pronunciada cojera. La vida es hacer el rodaje como pediatra en Villanueva del Río y Minas junto a su marido, que ejercía entonces de médico general. Ellos eran la única asistencia médica del pueblo minero en años difíciles en los que, además, atendían gratis a los niños acogidos en el Convento de la Hermanas de la Cruz. Las monjas agradecían siempre las atenciones con ropitas y paños bordados para sus primeros hijos. La vida es el debut en la capital, en el ambulatorio del Juncal, el retorno a la provincia en plaza de primera: Alcalá de Guadaíra. Y otra vez la capital es una plaza dura, pero gratificante: Torreblanca. Allí aprendió que la gente más humilde suele ser la más sencilla y agradecida. Marqués de Paradas, en pleno centro, y Amante Laffón, en San Gonzalo, jalonan una dilatada carrera. La vida es atender en la consulta privada de Triana a los nietos de quienes fueron sus pacientes décadas antes en el sistema sanitario público. La vida es que los vendedores ambulantes de un mercadillo la paren para saludarla porque aún recuerdan cuándo atendió a sus hijos. La vida son veranos en un chalé de Matalascañas, Villa Loli, donde cientos de padres han acudido con hijos doloridos a deshoras cuando las infraestructuras sanitarias de aquella playa eran más propias de Nairobi.

La última asignatura que aprobó en la facultad sevillana fue la de Quirúrgica, que en aquella época impartía el doctor Zarapico. En el tramo final de la carrera, López Cansino ya tenía novio, un compañero de clase, Francisco Jiménez Pérez, que con los años sería su marido. El día del examen final se citaba a los alumnos por orden alfabético, pero se saltaron ese orden y llamaron a Francisco y a María Dolores al mismo tiempo. Se trataba de un examen oral en el que uno exponía tres temas y el compañero completaba lo que le faltara al primero. Francisco defendió sus tres temas y María Dolores, tras cada exposición, alegó que estaban perfectos, que no tenía nada que añadir. El doctor Zarapico aprobó a ambos y le comentó a Francisco: “Ruego a Dios que siempre te de la razón como lo ha hecho hoy”.

En el Tardón soportó alguna madre desahogada. “¿Le importa que le coloque aquí las bolsas de la compra?”, mientras el olor a pescado inundaba la consulta. “Me importa menos que a usted la hora de la cita, ha llegado usted tarde y lo primero es el niño, no el mercado”. Otro día atendió a una niña llamada Penélope a la que su madre no paraba de llamar “Pene” con una abreviatura poco afortunada. La doctora López Cansino, ¡siempre el supremo interés del menor!, ya no pudo más: “Mire, o la llama Pe o Penélope con todas sus letras, pero pare ya porque le va a causar un trauma a la pobre criatura”.

Un pediatra es mucho más que un proveedor de Dalsy o Apiretal. O debe serlo. Una vocación tan pronunciada y un estilo de ejercicio de la profesión tan romántico han robustecido un tronco del que ha salido la rama continuadora en un hijo que estudió Medicina en la habitación contigua a la consulta privada. Allí aprendió Eduardo que la medicina es un sacerdocio. El médico debe ser, además, ejemplo de orden, limpieza, responsabilidad y educación. Todo eso reporta una auctoritas que no hay decreto de la Junta que la pueda laminar. Lo enseñan los que saben: sólo se viaja donde hayan estado los romanos. Y donde haya una buena pediatra como la doctora López Cansino. El valor de las ideas fijas. El supremo interés del menor.

Sin techo de cristal

Carlos Navarro Antolín | 25 de septiembre de 2016 a las 5:00

Carmen Moya
HAY médicos que tienden al bisturí, policías que son raudos para la acción y abogados de gatillo fácil a la hora de provocar un pleito. Y también los hay que intentan que un tratamiento sustituya a la intervención quirúrgica, una amonestación verbal a la sanción económica y una mediación bien calculada evite el litigio. Tras la trágica muerte de Francisco Rivera Paquirri, las partes con intereses en la herencia (griegos y troyanos, perros y gatos) constituían un peligroso campo de minas, como recuerda media España que se lo ha contado a la otra media. El guiso tenía todos los ingredientes y los tiempos de cocción tan pasados como para salir quemado. Todo conducía cuesta abajo y sin frenos hacia un pleito desgarrado con retransmisión incluida de la emergente prensa rosa. Sólo la intervención decisiva de una joven letrada, de ojos claros y cuerpo menudo, logró inesperadamente poner de acuerdo a todos. Aquella chica, vecina del centro, amiga personal de Paquirri y que acudía a la misa dominical de la Capilla Real, supo hallar puntos de concordia donde todos esparcían cristales rotos por los caminos ajenos.

La mediación, todo por la mediación, ha sido el lema de su casa civil desde que se dio de alta en el Colegio de Abogados en 1972, cuando las mujeres que ejercían el oficio cabían en un tranvía. Carmen Moya Sanabria (Sevilla, 1948) es una de las dichosas ramas de un tronco bien conocido en la ciudad de intramuros. Sí, es la hija de don Juan, el “humilde alcalareño” que hizo de su pujante despacho una escuela de prácticas de Derecho. El nombre de esta Carmen, polvorilla de carácter, va unido a la precocidad en todos los sentidos. El carácter pionero ha coloreado su vida de luces y ciertas desgracias la han oscurecido con las sombras que el avieso destino tenía reservadas para ella. Se ha hecho un hueco allí donde ha llegado. Sin tutelas, sin ayudas añadidas, sin cuotas, sin reivindicar tratos de favor. Tal vez sea porque ha sabido entrar por primera vez en los sitios como el torero que debuta en la plaza, que hace el paseíllo desmonterado en señal de respeto. No ha conocido más cuotas que las que paga como hermana de Los Estudiantes. Su currículum demuestra que nunca ha tenido techo de cristal en ninguno de los colectivos donde ha ejercido por mucho que estuvieran tradicionalmente reservados a hombres.

Está curtida en la mediación, en la cultura del entendimiento, en el acercamiento de las partes. El pleito es la última vía, todo antes que escenificar el enfrentamiento. Le repele un pleito tanto como a Curro el tacto de las orejas cortadas al toro. De hecho, veteranos juristas recuerdan que a don Juan no le gustaba que su hija fuera a los juzgados. Está forjada en la capacidad negociadora, en el arbitraje, en el escrutinio de los posibles puntos de acuerdo. Fue de las primeras mujeres en estudiar Derecho en la sede de la Fábrica de Tabacos y aprender después el oficio en un despacho de abogados, la primera en ingresar en la Academia de Legislación y Jurisprudencia, la primera en ser vicedecana del Colegio de Abogados y la primera en formar parte de la Corte de Arbitraje. De familia conservadora y tradicional, recibió una educación moderna, basada en la inculcación de valores reales y no en igualitarismos de escaparate, lo que es notorio que le ha facilitado una rápida adaptación a todos los ambientes. Es una mujer de carácter y fortaleza, acostumbrada a abrirse camino ante adversidades tales como una precoz viudedad que la dejó sola con dos críos que sacar adelante. Suele conseguir su objetivo en todas las situaciones, pues en la conducción de las relaciones sociales sabe adaptar la velocidad a las condiciones de la calzada. Emplea apelativos cariñosos para ganarse el favor de una azafata de un avión si es preciso, con el tono melífluo que es marca de la casa. “Princesa, ¿podemos sentarnos en un sitio más cómodo?”. O para hablar de ella misma y de su familia: “Tú sabes cuánto te queremos los Moyitas”. Maneja los diminutivos con suma facilidad. Huguito es el catedrático de Medicina y muy bético Hugo Galera Davidson. Joselito es su hermano Pepe, de fuerza arrolladora y presidente de Persán. Juanito o Bosquito son dos de sus sobrinos. Hay excepciones, como la del notario Antonio Ojeda, al que llama directamente por su apellido: “Ojeda, vamos a tomarnos una cerveza y unas anchoas con leche condensada en Trifón”. Y a veces nunca llegan a casa de Rogelio porque ambos se paran más a corresponder saludos que un paso de palio: “¿Sabes algo del cardenal? En casa lo queremos mucho”.

Como abogada es como en el resto de las parcelas de la vida: aspira al control absoluto. Todo, absolutamente todo lo relacionado con sus expedientes queda guardado en carpetas. Si el expediente acaba con alguna intervención notarial, solicita una copia para su inclusión. Dicen que obra así porque su padre le dejó enseñado que para ser buen profesional hay que sentir como propios los problemas jurídicos y personales de los clientes. Cuenta alguna lengua afilada que no repitió como vicedecana del Colegio de Abogados porque José Joaquín Gallardo, el eterno decano, tenía celillos de que Carmen fuera más conocida. Eran los tiempos, por ejemplo, de Soledad Becerril como alcaldesa. En muchos actos, Soledad se iba directamente a saludarla repitiendo siempre cada expresión: “¡Carmen, Carmen! ¿Qué tal? ¿Qué tal?”. Y José Joaquín debía aguardar al segundo turno para recibir el saludo de la primera autoridad municipal. Otras lenguas menos precisas pero más afiladas dicen que lo que José Joaquín envidiaba realmente era cómo le quedaba la toga a Carmen en las fotos de juras de nuevos letrados que aparecían periódicamente en la prensa.

La vida es soportar las impertinencias autoritarias y de corte machista de aquel célebre catedrático de Derecho Romano que fue Pelsmaeker. Y disfrutar de las enseñanzas de los catedráticos Cossío, Clavero y Olivencia en las aulas de la Facultad y de Ángel Olavarría en su notaría. La vida son canciones de Serrat, láminas de Murillo y Antonio López, viajes con la abogada María Pérez Galván y otras compañeras de profesión, y aperitivos sabatinos con Carmen Diz. La vida es creer con firmeza en la igualdad de oportunidades y no en ideologías feministas. La vida son recuerdos de los hermanos prematuramente perdidos, como el inolvidable Juan en tantas tardes de toros en los abonos de Antonio Ojeda en el balconcillo del tendido 5, o en tantos Martes Santos en la casa de la Contratación. La vida es vestir en la intimidad a la Virgen de la Angustia, la de los Estudiantes. La vida es disfrutar de una copa del glamuroso Möet Chandon tanto como de la sencillez de un guiso de alcauciles rellenos de carne. La vida es genio, sobreactuar en cierta manera cuando la ocasión lo requiere, y usar las notas marginales en el bloc imaginario para dejar constancia de cuándo alguien ha hecho una trastada. Esta Carmen tiene memoria defensiva, digámoslo así. La vida es hacer reír al Rey Felipe con un piropo y dos comentarios espontáneos cuando visitó la fábrica de Persán. La vida es colocar cada día flores frescas en el altar de la memoria de Juan padre y Juan hijo. La vida son los ladridos de Roque, guau, y los paseos por el centro.

En su trayectoria más notoria hay intervenciones como letrada en pleitos muy conocidos, como el de la Basílica del Gran Poder, las impugnaciones de acuerdos sociales del hoy extinto Banco de Huelva, o la compra de empresas como el Horno de San Buenaventura y el Hospital Infanta Luisa. A sus clientes ha contado siempre una máxima: “Las personas y sus sentimientos deben tener cabida en el Derecho”. Dicen que el día que ingresó en la Academia de Legislación y Jurisprudencia llevaba un chaqué de mujer, con un lazo en vez de corbata, al que se le rascaba y aparecía la túnica de ruan de su padre, del que siempre repite un elogio en tiempos nada boyantes para la abogacía: “Gracias por dignificar la profesión”. La hija honra al padre. La discípula homenajea al maestro. La fuerza, el carácter, la memoria defensiva, el tono melífluo, la feminidad acicalada. Si hay que llorar, se llora. Si hay que reír, se ríe. Si hay que beber, se bebe. Y si hay que comer alcauciles, se comen. Pero lo último es litigar.

Sin derecho al perdón

Carlos Navarro Antolín | 18 de septiembre de 2016 a las 5:00

FRANCISCO RIVERA ORDOÑEZ
EN Sevilla el perdón del éxito se cotiza muy alto. Triunfar genera patentes de corso para ser tiroteado. Lograr ciertos objetivos equivale a someterse al pimpampún de las barras (bravas) y al juicio sumarísimo de los veredictos del desahogo. El que está arriba nunca tiene derecho a indulgencias. ¿Cuándo se considera en Sevilla que alguien está en la cima? Depende. ¿Cuándo merece el que ha triunfado una caricia de lomo, un gesto de condescendencia, un guiño de afecto? Cuando se queda calvo o tiene una enfermedad. Una vez había dos pájaros de la avifauna local pasando revista con el codo en una barra de aluminio, postura del pensador de Rodin en clave sevillana. Uno de ellos espetó: “A tu amigo sí que le van a perdonar ahora los éxitos de su imparable carrera, porque el médico le ha encontrado un bichito y se ha puesto regular… Con lo que largó la gente de él cuando se fotografió junto al Rey, fue hermano mayor y apoyó los antebrazos en la barrera de la plaza de toros….¿Recuerdas?”.

Francisco Rivera Ordóñez (Madrid, 1974) es un vecino de Sevilla con una trayectoria personal en la que se combinan las luces y la sombras en igual medida, las puertas grandes y la enfermería, las reseñas que dudan de su concepto del toreo en el Aplausos y las referencias almibaradas del Hola, el blanco y negro de las desgracias que le han sobrevenido y el color de los días de rosas que quedan en el álbum de la intimidad familiar, las chisteras de relumbrón y los torniquetes de emergencia, las palmadas de los agradaores y las puntillas de los envidiosos.

Rivera Ordóñez pertenece al selecto club de los que nunca han merecido el perdón, ni parece que se lo vayan a conceder. Si se hubiera presentado en solitario a hermano mayor de la Esperanza de Triana, hubiera arrasado en las urnas por esa afición de Sevilla a acudir en auxilio del claro vencedor, pero como tuvo un rival en liza, perdió las elecciones como era previsible. Si hay dos opciones, Sevilla ejerce ese morbo indescriptible de votar contra el triunfador oficial, contra el guapo oficial, contra el rico oficial. Leña al pijo aunque sus 42 años de existencia estén lastrados por desgracias que a otros los mandarían al diván del psiquiatra, o los dejarían acostados para el resto de sus vidas.

Una marca de la casa civil de este torero es hacerse acompañar siempre por el séquito, la pandilla, el grupo de amigos de toda la vida, herencia quizás de haberse criado en una casa de puertas abiertas. Dicen que en eso se nota que es Ordóñez y Dominguín, en que necesita el ruido de la compañía y en que mantiene las mismas relaciones de la infancia, cuando era Picúo para su abuelo, un niño con cuerpo de alambre que ponía pegas para comer y era perseguido por una tata que llevaba la croqueta pinchada en el tenedor. El niño creció y también desarrolló la afición familiar por colocar apodos y motes a la gente con gran destreza. Carlos Telmo, criado junto a los Ordóñez, es y será siempre el cateto.

Este matador de toros es friolero de temporada larga, aficionado al blindaje de los jerseys, brazos cubiertos nueve meses al año, combinados con esos plumíferos sin mangas que otorgan ese aire de gallito de corral que Sevilla castiga cada vez que puede con las sentencias de las tabernas, que son la primer instancia de los tribunales condenatorios de la ciudad. Tal vez de forma inconsciente esté buscando el efecto del chaleco antibalas, un mecanismo de defensa frente a quienes no disculpan que sea hijo y nieto de famosos, quienes no perdonan el orgullo de los Ordóñez de sentirse una casta superior. Este cuarentón al que media España ha visto crecer se ha hecho distante a la fuerza, por instinto de supervivencia, siempre pendiente del pitón rosa, aunque en ese complejo mundillo, cargado de cristales rotos y cables pelados, tenga amistades íntimas y poderosas como Álvaro García Pelayo.

Tan listo para los negocios como ortodoxo a la hora de vestir. Estilo sevillita, lo llaman. Compra el negocio, lo hace rentable y dicen que pega el pase mucho mejor que en la plaza de toros. Por eso aseguran que se parece más a su abuelo en la sagacidad para hacer dinero que como matador de toros. Cuentan que de la madre tiene la espontaneidad, reservada ya para los círculos privados, el manejo de los idiomas y la finura en las relaciones sociales. Del padre, la capacidad de sacrificio y entrenamiento.

Es un torero al que no oirán dar la barrila con el campo. Es más bien un urbanita. No tiene ninguna predilección por Marruecos, todo lo contrario que su madre, gran aficionada al exilio más allá del Estrecho. Rivera Ordóñez no quiere ver más turbantes que los de los beduinos de la cabalgata.

La vida es la finca El Recreo, la casa de Ronda donde las noches de goyesca hay fiesta tras el cóctel oficial que ofrece la Real Maestranza que preside Rafael Atienza. La vida son días en un piso privilegiado de Sevilla, a la vera de los Jardines de Murillo, donde tras el almuerzo en la mesa grande del comedor hay tiempo para ver grabaciones de Semana Santa, cual friki de bulla todo el año. La vida es portar las cruces del destino, madrugar poco y preferir la horizontalidad de la cama antes que la del sofá. La vida es templar al toro, tanto como la tendencia a coger kilos, ser desconfiando de los rostros nuevos y un punto caprichoso con los relojes. La vida son los recuerdos de los días de corrida en los que las Ordóñez, madre y tía, cosas del destino y de las supersticiones, no se tocaban nunca las uñas.

Dejar entrever cierta vehemencia en el carácter tiene sus consecuencias. El presidente de la plaza de La Coruña le negó la segunda oreja una tarde de faena importante. Francisco se hizo el remolón a la hora de recibir el único trofeo concedido, que acabó tirando con evidente desprecio, por lo que la Xunta de Galicia abrió un expediente con propuesta de sanción de 60.000 euros y seis meses de inhabilitación. Al final, con la ayuda de un perito convenció al juez instructor de que se deshizo de la oreja porque contenía garrapatas… De verdadera vuelta al ruedo.

El Domingo de Pasión de 2015 debutó como asistente a un pregón de la Semana Santa.El orador, el poeta Lutgardo García, se hizo acompañar por la banda Sinfónica Municipal en el tramo final del pregón. Alguien le comentó a Rivera Ordóñez a la salida, con el tradicional desdén con que la mayoría habla de los pregoneros una vez terminado el acto: “Maestro, este pregonero ha terminado ayudado por la música, como los ayudados por alto en las faenas”. Y el diestro zanjó: “Oiga, hay ayudados que son muy difíciles de dar, se lo digo yo. Los ayudados tienen su mérito”.

Quiso ser hermano mayor de la Esperanza de Triana, como su abuelo Antonio, quien, por cierto, fue fiscal de la Soledad de San Lorenzo. Quiso ser anunciado como Paquirri en los carteles, pero nadie lo conoce como Paquirri, sino como simplemente Fran o Riveraordóñez, dicho así todo junto. Quiso aupar a su hija mientras toreaba en un tentadero, pero se topó con que los tiempos han virado hacia lo absurdo, hay fiscalías que son torretas para disparar contra lo políticamente incorrecto, y también hay defensores del pueblo alejados de los púlpitos que carecen del más mínimo sentido del ridículo.

El torero con barniz altivo goza de cuadrilla que lo defiende más allá de los ruedos, como tiene esa legión que no perdona sus éxitos. O lo que consideran sus éxitos. Y ya se sabe que en Sevilla hay que ganarse ciertos perdones cada día. Quedarse calvo o estar postrado en el lecho del dolor. Quizás sea porque aún no se ha desprendido del cliché del más ligón de la pandilla (“Niña, con tu cuerpo y mis ganas, la que íbamos a liar”) pese a haber matado más de mil corridas y haber tomado decisiones complejas como un cambio de apoderado.

Ordóñez fue fiscal de la Soledad. Su nieto nunca está solo. Y eso es virtud o riesgo, según se mire. Lo importante es que el mirón nunca sea el toro. Aunque haya miradas de humanos tan aviesas como las de un burel.

El arte del culebreo

Carlos Navarro Antolín | 11 de septiembre de 2016 a las 5:00

Blas
EL sueño de la razón genera monstruos. Y la actual política, secuestrada por los aparatos de los partidos, genera culebras hábiles que se adaptan a todo tipo de firmes. Cambia el firme, nunca la culebra. Existen los fondos de reptiles como existen reptiles en el fondo, muy en el fondo. Culebrear es un arte en una ciudad como Sevilla, donde hay culebras y pavimentos tan diferentes como para impartir un máster. En alguna de la ristra de universidades que pueblan esta tierra, que ya hay tantas casi como cofradías de vísperas, deberían abrir la Cátedra de Culebreo, que daría mucho más lustre al estudio de esta actividad que un mero observatorio, que los observatorios se los llevó la crisis como todo lo que era sólido. La Cátedra de Culebreo no sólo se centraría en el estudio de las habilidades de los reptadores de la política, sino, sobre todo, en la cohorte de simpatizantes, adeptos y padrinos de los que pueden llegar a gozar durante sus hazañas. La culebra hispalense nunca repta sola. Hay quienes la ayudan en su zigzagueo, le retiran los obstáculos y hasta la jalean.
Blas Ballesteros Sastre es un socialista que un día fue un importante concejal del gobierno de la ciudad gracias a que el PSOE pactó con el PA de Rojas-Marcos (catedrático del culebreo) en 1999 y desalojó de la Alcaldía a Soledad Becerril. El edil del nombre monosílabo se vio en la poltrona sin esperarlo. Como tantos. Como el propio Alfredo. Como todos los del PSOE de entonces. Y a Blas le dieron la doble T de la política municipal: tráfico y turismo. Los expertos sitúan en aquel momento el nacimiento de esta estrella de la política local que lleva más de diecisiete años en la órbita del puño y la rosa. Han leído bien: diecisiete años. Son más años que Paco Vélez en el Consejo de Cofradías y casi tantos como Cañete en Aprocom. Lo de Blas es ya de pontificado más que de supervivencia. Ha saltado de cargo en cargo, de puesto en puesto, de chiringuito en chiringuito como el que salta de velador en velador de Robles y va bordeando la fachada norte de la Catedral. Qué facilidad, que soltura, qué desparpajo. No es un tren, no es un avión. Es Blas.

Blas se hizo para la política. Y la política de hoy se hizo para Blas. Cada día tiene su intriga como cada día tiene su barra. “¿Dónde comemos hoy?”, se preguntaba cada mañana en los años del emergente alfredato. Yera como el hombre primitivo, medio pecho al descubierto y alguna piel con la que cubrir sus partes, que cada amanecida salía a cazar el mamut. Antes de que Espadas se inventara lo del hábitat urbano para revestir de una toga especial a su edil de Urbanismo, este Blas ya tenía claro su hábitat: la cervecería el Tremendo de Huerta del Hierro y el restaurante La Cococha de la Avenida del Greco. En ambos sitios tuvo Blas su corte de aduladores en los años de vino y rosas (del PSOE) municipales. Aquel tiempo en el que Blas alternaba con arzobispos a los que vender la peatonalización de la Avenida y en el que sus zapatos se deslizaban por los pasillos enmoquetados de los mejores hoteles de España. Y de Europa. Sí, hay que reconocer que Blas escondía el garbancito de la peatonalización de la Avenida en uno de los tres cubiletes sin que nadie acertara su ubicación. Nadie daba crédito al proyecto. Pero el garbancito estaba. Blas sabía que Monteseirín estaba dispuesto a dejar la Plaza Nueva sin el flujo de 2.200 autobuses que transportaban 37.000 viajeros cada día. Alfredo nunca tuvo miedo y lanzó a Blas, lo quemó en aquella iniciativa. Y Blas se tiró a la hoguera.

Vecino del Fontanal, se arrimó a don Manuel en el tardoloperismo con algunas perlas muy sonadas, como llamar “Ramona” a Sánchez Pizjuán. Como responsable de fundaciones varias no se olvidó de familiares ni de hacer carrera en Iberoamérica. Como posterior cónsul de Brasil tuvo placa de aparcamiento reservado en el barrio. ¡Cómo se mueve el artista en la pista! Como licenciado en Derecho, juró como abogado con un padrino de la categoría del ex fiscal jefe Alfredo Flores. Y hasta como integrante de un coro, Los Moracos de Triana, hizo sus pinitos en el carnaval.

En sus años de vivaqueo por la Plaza Nueva tuvo especial predilección por los periodistas. Ocurrió que no pudo engañar a todos todo el tiempo. Se acabaron los P-3 para aparcar en la Feria de tanto repartirlos. Blas repartía los aparcamientos como un antiguo rey entregaba las tierras para su cultivo tras la conquista del poder: “Hacedlas productivas y sacad provecho”. En versión: “Ve, úsalo y habla bien de mi”. Había que verlo abriendo el maletero del coche para sacar los pases y negociar como un tratante de ganado. Una vez mandó un pase de aparcamiento de oficio, sin que se lo hubieran solicitado, pero en lugar del P-3 (reservado a prensa y autoridades) metió en el sobre un pase para uno de los estacionamientos que está en Blas Infante, mirando al Aljarafe más que a la Calle del Infierno. El destinatario telefoneó a su secretaria: “Dígale a don Blas que muchas gracias, pero que lo que me ha mandado no es un parking para la Feria, sino una grada de Sol… Y con el reloj delante”.

Estaba obsesionado con la prensa, como tantos de sus compañeros de partido. Pero, en su caso particular, su obsesión le provocaba cambios de decisiones en función de lo publicado. Hay que reconocerle que quiso acabar con la mafia del taxi en el aeropuerto, que es como pretender que se vea bien la televisión en Matalascañas. Un metafísico imposible. Los bravucones del gremio quisieron pegarle y hasta acudieron a su domicilio particular. Aún hoy sigue sufriendo pintadas, prueba de que esos piratas del volante reconocen que el mero intento de este concejal por acabar con el chollo sirvió, al menos, para poner de relieve una situación de privilegio de un grupo basada en meter miedo a todos los demás compañeros.

El arte del culebreo es imposible si no se tiene verborrea ni se es simpático. Toca tantos palos este Blas que le gusta el flamenco y, en ocasiones, ha usado muchas letras de coplas en sus discursos. En la agrupación Centro del PSOE está parte del origen de su poder, pues fue secretario general y en ella conserva adeptos. Sus críticos han envidiado su capacidad para llevarse bien con destacados socialistas del País Vasco. Por Sevilla se le ha visto con Odón Elorza. Y a alguno le dio un sopitipando cuando el telediario informó de la toma de posesión de Pachi López como lehendakari y en las primeras filas estaba el sevillano Blas Ballesteros, imparable como la Junta, que aguanta más que la sábana de abajo y que no hay tsunami que arrase sus chiringos. ¿Por qué? Todos le atribuyen ser el poseedor de secretos inconfesables que comprometerían a gente importante del partido. El silencio de Blas tiene un precio que diferentes responsables del PSOE han ido pagando religiosamente.

Blas va literalmente en moto, usa pantalones Lois y una mochila que carga en el hombro derecho como Moragas cuando acompaña a Rajoy. Al igual que al presidente en funciones, le gustan los puros, aunque tiene la mala costumbre de mojarlos en la copa de alcohol.

Blas nunca ha estado solo. Cae bien a mucha gente, porque en esta tierra se siente una suerte de adoración por Rinconete. En el Ayuntamiento aún se recuerdan las mañanas en las que el edil de Tráfico no aparecía, pues la noche debió ser larga y la “cofradía” se debió encerrar al alba… Entonces era uno de sus colaboradores, el hoy concejal Cabrera, vicario en la curia de Espadas, quien tenía que intervenir en la radio para dar la información sobre la circulación y las rutas recomendadas para evitar los embotellamientos.

Algunos médicos recuerdan cuando Blas ayunaba justo antes de los análisis de sangre para mejorar los resultados. Citaba a los doctores para recoger los informes en el bar del Hotel Inglaterra, donde, destilado de importación por delante a eso de las 13:30 horas, se alegraba por el trampantojo del tubo de ensayo, la bilirrubina y los leucocitos…

La vida es una romería del Rocío vestido como un cowboy junto a Susana Díaz. Coincidió con La que Manda en el PSOE andaluz en la Casa Grande, cuando ella era la edil de Juventud, proyectaba un botellódromo y llamaba a los periodistas críticos: “Canijo, ¿otra vez escribiendo eso?”. A ella le reza ahora, como una santa apócrifa de la mística andaluza. Blas corrió el riesgo de acabar como un Guerrero suelto a la deriva en el mastodóntico organigrama de la Junta, pero tuvo mejor suerte. La vida es sobrevivir a los naufragios y a las denuncias sobrecogedoras. Nunca ha estado imputado, ni se le han sacado fotos comprometedoras. Hoy tiene un sueldo envidiado de 69.800 euros anuales como gerente de un consorcio de aguas, de cuya existencia hemos sabido gracias a Blas. La vida es estar pegado al aparato del PSOE sevillano para lograr los fines personales. Los factótum, secretarios generales y de organización pasan, pero Blas permanece. ¿Verdad, Pepe Caballos? ¿Verdad, José Antonio Viera? La vida es repetir una frase como salvoconducto: “Yo soy del PSOE”. Y dejar Tussam como la carrera oficial tras el paso de la última cofradía. La vida es pretender portar como gobernante una vara en el Baratillo con traje de chaqueta y que el entonces hermano mayor, un jovencísimo Joaquín Moeckel, fuera claro ante los servicios de protocolo del Ayuntamiento: “O viene de chaqué, o no hay vara”.

El arte del culebreo no está al alcance de cualquiera. Sólo los ungidos por la gracia y el desahogo pueden permitirse pisar ciertas rayas de picadores. Diecisiete años dan para repartir muchos P-3. Diecisiete años después, la Cococha ha cerrado y la Avenida es peatonal. El profeta Blas anunció que quitaría los coches del entorno de la Catedral. Acertó. Pero la mafia del taxi sigue en San Pablo. Y en Matalascañas se sigue engollipando la caja idiota. Sin P-3 no hay paraíso. Con Blas siempre tenemos fiesta, canijo.

Un icono de la radio

Carlos Navarro Antolín | 10 de julio de 2016 a las 5:00

Charo Padilla (1)
LA imagen de un pueblo la construyen sus narradores, la enaltecen los poetas, la distorsionan sus tópicos y la destrozan los resentidos. Se puede usted quedar con la Sevilla de postal, como iba a hacer hoy Obama, o recrear la que relatan los viajeros franceses del XIX. Con las fiestas del pueblo, con sus señas de identidad, ocurre exactamente lo mismo. Se puede usted limitar a la Semana Santa chabacanizada, fagocitada por los movimientos del neocostalerismo, donde Dios es la coartada y hasta se graban los ensayos de pasos sin vírgenes, o dejarse llevar por los momentos de emoción interior y de autenticidad a prueba de esnobismos. La elección es libre. La Semana Santa tiene manos que la cuidan y hacen posible, como las de Manuel Palomino. Tiene escritores que la acariciaron en el pasado, como Peyré. O incluso que la desnudaron como Núñez de Herrera.

La Semana Santa tiene hoy sevillanos que la retratan con amor como Martín Cartaya, el último mohicano de la Leica, fogonazo, abrigo azul, cuello cerrado y siempre en la posición idónea para mirar sin ser visto, para disparar sin ser oído. Y tiene reporteros capitalinos de tres minutos de telediario que equivocan los rótulos y sacan con la alcachofa estereotipos ceceantes para ahondar en la vieja e injusta vinculación de la religiosidad popular con el bajo nivel cultural. La Semana Santa, quizás como el periodismo en general, está necesitada de profesionales que la sepa tratar a pie de calle sin edulcorantes, que hagan crónicas en vez de pláticas, que sepan emplear el bisturí imprescindible para diseccionar lo cutre de lo auténtico, lo nuevo y pasajero de lo que siempre permanece, lo popular de lo chabacano, la elegancia que conocieron varias generaciones de lo fabricado hace un cuarto de hora.

Si la Semana Santa, la ciudad misma, tiene manos, fotógrafos y escritores, también tiene voces. Se llama Rosario Padilla de la Hoyuela (Sevilla, 1962) y es conocida como Charopadilla, dicho todo junto, de una sola chicotá y pararse ahí. Para muchos, muchísimos, es la voz de la Semana Santa, la profesional que tiene ese bisturí tan necesario en tiempos de cochambre y misticismo. Muchos, muchísimos, no entendemos la retransmisión de la salida del Cerro sin su trabajo, por esa capacidad para escrutar el público de las primeras filas, el de las vecinas de toda la vida que esperan a la Virgen de los Dolores, y tener claro en unos instantes quién es la que da juego por antena, cuál es la que tendrá capacidad para expresar con su testimonio la vida, el torrente de emociones, la alegría de terciopelo burdeos, que brota en esa calle Afán de Ribera cada mañana de Martes Santo, alicatados de las casas, comercios de toda la vida mezclados con los chinos de nueva hornada, júbilo en la barra de Los Balcones, eco de tambores que se pierden en el océano de asfalto de Ramón y Cajal, Paquili hecho un puro nervio, Adolfo el ginecólogo ajustándose la capa…

Oficio se llama el saber escoger el testimonio adecuado sin incurrir en el papafritismo, sin dejar jamás en evidencia a la entrevistada, sino, muy al contrario, convertirla en ejemplo de esa popularidad elegante sin la cual no se entiende la fiesta más hermosa de la ciudad, el día más bonito del barrio… Charo no entrevista los Martes Santos. Confiesa a las vecinas cada Martes Santo, que no es lo mismo. Y ellas le cuentan a toda Andalucía, por la celosía de confesionario que es su micrófono, cómo ha sido el año vivido. La nieta que se estrena, el hermano que falta, la deuda que por fin se tapó, la tristeza de las Navidades, la playa que pudieron disfrutar gracias a las excursiones de la parroquia, la manita que tiene que echar de nuevo la Virgen por un problemilla de salud que tiene un ahijado, el empleo que falta a un sobrino… Periodismo, reporterismo. Llámenlo como quieran. Su voz está ligada a la mejor Semana Santa, a la más auténtica por más popular, alejada de la oficialidad, el compadreo, el frikismo, las modas con caducidad, el almíbar y el elitismo de cabildo.

Carlos Herrera la llamaba ‘Sharon’ Padilla cuando trabajaban juntos a principios de los noventa, cuando la Stone estaba en pleno apogeo por Instinto básico. A Herrera se le pregunta por ella en un café en la barra del Candelaria, mientras Carmen Laffón sueña paisajes sanluqueños en el velador de al lado, y responde con la brevedad y contundencia casi de un tuit: “Charo es seria, pero no aburrida. Metódica, pero no cuadriculada. Cariñosa, pero no empalagosa. Y tiene un sentido de la fidelidad a prueba de bombas”. Pues por eso a veces no parece sevillana, querido Carlos. Pues por eso no responde al estereotipo de andaluz. Y de andaluza, que diría el tonto del género. Pues por eso dice las verdades mechadas tal vez de cierta brusquedad. Pero no gasta en agrados estériles.

Siempre el usted por delante en cualquier entrevista. Lo tiene como una máxima, ya sea al dirigirse al cardenal en la salida del Cerro o al tío de la pértiga en la entrada de la Redención, al alcalde tras presentar un proyecto urbanístico o al portavoz de un colectivo que se manifiesta en la Plaza Nueva. Tiene aversión por ese tuteo de la falsa confianza que no sólo no relaja el ambiente, sino que degrada al periodismo. Charo Padilla es mucho más que una periodista con capacidad para narrar la Semana Santa verdadera, que suele estar detrás de las vallas. En su currículum hay muchos años de trasteo en los pasillos del Ayuntamiento. Los concejales se cuentan entre ellos si han merecido o no el saludo de la reportera de Canal Sur Radio. “¿Te ha saludado la Padilla? Pues eso es que le caes bien”. A ciertas alturas de la carrera profesional, Padilla no está para hacer concesiones al niñaterío de nuevo cuño que invade la política.

Ostenta el privilegio, tal vez poco conocido, de haber realizado la última entrevista a Miguel de Molina (1908-1993), uno de los exponentes de la copla durante la República y los primeros años del franquismo, aunque hay quien le resta mérito como cantante y atribuye parte de su fama a sus dolorosas vicisitudes. Molina atendió a Charo por teléfono desde Argentina, donde vivía en el exilio desde que se tuvo que ir de España tras haber recibido una paliza de manos de falangistas por ser rojo y homosexual.

La vida es retransmitir sus tribulaciones cotidianas a Manuel Marvizón, el afamado músico que fue a por su corazón. Marvizón, entonces en condición de pretendiente, hizo una noche de Semana Santa de ayudante de la reportera con tal de ganarse su favor. Aguantaba la bobina y se agachaba para soltar más cable cada que vez Charo lo pedía: “¡Tira cable, Manolo!”. Una señora, extrañada ante la escena, lo reconoció en plenas labores ajenas a las corcheas: “¿Pero usted no es Marvizón, el músico?”. Y Marvizón respondió un tanto apurado, mientras se peleaba con la bobina para desenredar el cable y complacer a su pretendida: “Sí, señora, lo soy, pero ahora estoy tirando cable, ¿no me ve?”.

La vida es obsesión por cuidar un cuerpo estilizado, de farola fernandina, exento de grasa y curtido en el gimnasio, pese a la afición por el queso y la cocina. La vida es un vestidor muy variado, de donde sale un estilo personal de formas simples y originales, carente de barroquismos. La vida es rechazar prácticamente todas las invitaciones en horario extralaboral. Ni pregones, ni mesas redondas, ni cuchipandas para profesionales de la captura de la pavía a partir de las ocho y media. La vida es recordar los comienzos en Antena Médica, donde la jornada laboral duraba lo que la estación de penitencia de Santa Genoveva. Es reñir con Sánchez Araujo porque su voz tronante para los oyentes de la SER se cuela por el micrófono de Canal Sur Radio durante la retransmisión de la Macarena. La vida son caracoles y cabrillas de la Alfalfa, un rato de distensión con Pepa, Arancha y Carmela, un arroz con Herrera el domingo de Feria.

Cuarta de nueve hermanos, nieta del fundador de la sombrerería Padilla Crespo, hija de un empresario inquieto cuyo último negocio fue un exquisito restaurante en Benahavís donde Herrera dio cuenta de selectas carnes asturianas y gallegas. Padilla devora literatura gastronómica con la perseverancia y el metodismo que imprime a todas sus acciones. Orden y limpieza. Método y disciplina. Duerme lo que dura el Silencio en la calle. La cama le quema. Arriba el corazón cada día a las 04:30, cuando aún suena el eco de los manguerazos de Lipasam por las calles del centro. La Padilla es un icono de la radio pública andaluza que no vive de la marca. Confiesa cada Martes Santo a las mejores vecinas del Cerro, que le abren su corazón porque se sienten bien tratadas, porque les da el mismo respeto que si fuera Don Carlos con la vara o el alcalde con el chaqué. Esa voz es patrimonio inmaterial de la Semana Santa de las últimas décadas. Tira cable, Manolo, más cable, mucho más, que en aquel balcón he visto un rostro que tiene que tener toda una vida que contar.

El penitente sin cirineo

Carlos Navarro Antolín | 3 de julio de 2016 a las 5:00

JUAN IGNACIO ZOIDO
TODO político tiene dos objetivos: llegar al poder y perpetuarse. Los cuentos chinos sobre la posibilidad de cambiar la sociedad, ayudar a los más débiles y otras hermosas teorías son justificaciones, argumentarios, envoltorios, celofanes con los que sustentar y adornar la carrera por el cetro. Los administrados tenemos que creernos esas razones idílicas por aquello de que la sociedad debe funcionar con un orden en valores. Hay que mantener en pie el edificio del sistema. Y en ese concepto de orden se incluye la necesidad de confiar en la buena fe de los que nos dirigen al mismo tiempo que se debe evitar poner la nariz cerca de las cloacas de cualquier gobierno. Por todo esto, los políticos están obsesionados con su imagen, encomiendan el aumento de su notoriedad a sus asesores, se vinculan en fotografías a deportistas laureados o a tiernos niños para vampirizar su prestigio y su inocencia. El objetivo de todos los políticos, jamás se olvide, es perpetuarse en el sillón cada cuatro años. Para ese fin hay que gestionar con réditos un presupuesto. Y también hay que mantener la imagen más solvente, angelical o ingenua que se pueda en función del perfil de cada uno. Cada cuál trata de potenciar sus fuertes y obviar sus debilidades. Hablemos, por ejemplo, de los alcaldes de Sevilla. Uruñuela era la imagen del político señorial propio de la Transición. Rojas-Marcos proyectaba un perfil enérgico, decidido y rocoso. El ego disparado. Soledad, de dama altiva, selectiva, ahorradora, la buena administradora. Monteseirín, de inventarse cada mañana un charco que pisar.

¿Y Zoido? El alcalde más votado y con más poder de toda la historia de la democracia ha sido muy probablemente el de un balance material más escaso. Juan Ignacio Zoido (Montellano, Sevilla, 1957) ha proyectado siempre una imagen campechana, próxima y risueña, pero nunca se ha guardado las espaldas. Ningún alcalde como él ha carecido tanto de un número dos, de un vicealcalde, de un hombre fuerte que fuera ejecutando proyectos mientras él repartía abrazos y besos; de un edil de Presidencia que se fajara con los concejales para apremiarles, para fiscalizar su trabajo, para ponerle fecha a las terminaciones de las obras, para vertebrar toda la acción del inmenso aparato del gobierno y canalizarla en beneficio del número uno. Zoido se negó siempre a delegar. Reinó pero no gobernó. No quiso. Redujo Sevilla a su paraíso particular en no pocas ocasiones. Y el paraíso era bello, pero efímero si no se cuidaba. En demasiadas ocasiones se le notaba que le escocían los problemas, se evadía ante una narración larga o miraba el reloj cuando un concejal trataba de explicarle las novedades de una ordenanza polémica. Como acaparaba todo el poder, también concentraba todos los problemas. Al no desatascar entuertos y prometer soluciones que nunca se traducían a la práctica, comenzó a generar la frustración entre muchos electores.

No han conocido las corporaciones municipales un líder de la oposición más tenaz y vehemente que este Zoido, como tampoco han visto un alcalde que dilapide en menos tiempo el mayor crédito concedido en Sevilla a un político municipal. La crisis económica restó su capacidad de maniobra, eso es cierto. Pero pudo hacer más. Los criterios –tan legítimos como severos– de la concejal de Hacienda también influyeron. A este alcalde risueño, que tiene la gran habilidad de saber esconder el aguijón, le faltó tener un Manolo Marchena, un brazo ejecutor, alguien que se la jugara para sacar adelante los proyectos, como tuvo Monteseirín durante los doce años de Alcaldía socialista. Cada vez que Alfredo tenía detrás a un empresario con exigencias, lo resolvía con una frase: “Háblalo con Marchena”. Y Marchena se partía la cara por su señorito y se exponía a las cornadas mediáticas. A lo más que llegaba Zoido para salir del paso de peticiones de dinero, colocaciones de allegados o proyectos de cierto peso era a una sentencia habitual: “Que se encargue Jesús”. Y Jesús Maza, consejero delegado de Emasesa y vicepresidente de las empresas municipales, buscaba fondos para la final de la Davis, pero poco más de aquello que de verdad le da proyección a un alcalde, que es cortar cintas e inaugurar infraestructuras. O no había dinero en la caja, se argüía, o estaba todo el funcionariado y los altos cargos en posición de defensa para no firmar un papel que les pusiera en riesgo de pasar por el juzgado. Demasiado miedo. En la Corporación de Zoido imperaba la inacción de los funcionarios, la flojera de muchos gerentes y el criterio técnico del secretario y del interventor, dos personajes poderosos con los que nadie se atrevía a discutir. Nadie se remangaba, tal vez porque todos daban por hecho que se repetiría, al menos, cuatro años más en el gobierno.

El ejecutivo de Zoido lo basó todo en la economía, un objetivo inmaterial, y en la Zona Franca, de la que, como todo el mundo sabe, están todos los vecinos hablando en el desayuno mientras untan la mantequilla en la tostada. Sólo un par de asesores se movieron para dar un brillo especial a este alcalde del PP que no parecía del PP: Antonio Castaño, en Turismo, y Benito Navarrete, en Cultura. Cuantísimos no sestearon durante cuatro años, cuantísimos no se embriagaron en la primera taberna del poder de los 20 concejales, cuantísimos no aconsejaron mal al jefe dejándole cultivar la Sevilla de los Morancos, las bodas de chistera y otros saraos de la ciudad más frívola… Para que, al final, José Manuel Soto, premiado por Zoido con el oro de la ciudad, opine en Twitter que Juan Espadas merece un notable alto en su primer año de gestión. Ay, el fuego amigo.

Zoido llegó al gobierno pero no se perpetuó. Como un Papa sin curia. Como un rey sin corte. Como un penitente sin cirineo. No quiso tener un segundo. Durante los años de la oposición se hartó de hablar con los vecinos, limpiar el Vacie, colocar bancos, empujar carritos de la compra, dar abrazos, sonreír, hacer gimnasia con las señoras en los centros cívicos, visitar ensayos de costaleros, estar en las cabalgatas de los barrios más alejados del centro… Pero se desentendió a la hora de gestionar una ciudad y lo dejó todo en manos de funcionarios sin criterio y carentes de nociones de la política real. Y, tal vez lo peor, su círculo de confort fue reduciéndole su perspectiva y haciéndole ver enemigos gigantes en los molinos de la crítica. Zoido sabe de sobra que su lepra estaba en la curia. Todo lo que se abrió en los años de oposición –captando votos de sevillanos que estaban en sus antípodas ideológicas– se cerró en cuatro años de gobierno. O se lo cerraron. O él se lo dejó cerrar.

La vida es el reencuentro periódico con Fregenal de la Sierra, que siempre sabe a dulce de la infancia. La vida es un innegable espíritu de superación a prueba de las mayores desgracias. La vida es un armario de la Alcaldía con unos cuantos botellines de Cruzcampo entre las tazas de café de la Cartuja con la flor de Lys. La vida son unos trajes perfectos de Javier Sobrino, que son la envidia de Juan Espadas, y una condición pública de católico sin complejos. La vida es retener la mirada al periodista que ha contado algo incómodo. Es usar una frase recurrente ante los problemas: “Hay que dar la patada para adelante”. La vida es juntar los labios y emitir un sonido bilabial característico. Es pedirle a un funcionario de la Plaza de España que corrija con fotoshop algún detalle de una foto en la que posa con el Rey. La vida es recorrer en vehículo la orilla de las playas del Coto de Doñana en sus últimos días como delegado del Gobierno. La vida es no plantearle nunca a Rajoy en corto y por derecho que José Luis Sanz debía ser su sustituto en la presidencia regional del partido. La vida es cualquier actividad menos la de ser juez. Porque los jueces toman decisiones y hay personas que prefieren dar abrazos antes que firmar condenas. Ya lo decía Curro Romero: mejor torear que matar. Mejor reinar que gobernar. Pero sin matar no se cortan orejas. Y sin gobernar no se mantienen los reinados.

El conservacionista pertinaz

Carlos Navarro Antolín | 26 de junio de 2016 a las 5:00

JOAQUÍN EGEA
LOS bares de la Alameda bullen y proclaman el éxito oficial, color amarillo albero, de la revitalización del Norte del casco histórico de la ciudad. ¿Qué es el éxito?En buena parte el ruido, el movimiento, la acción, la actividad. El silencio está asociado al fracaso, la parálisis, la depreciación, la falta de uso. Pero el éxito se demuestra con ruido aunque se envuelva en un celofán de color amarillo chillón. El envoltorio es lo de menos. Lo trascendente es el ruido. Y los bares llenos son la prueba de vida. A muy pocos metros hay un teatro recoleto, de joyero de miniaturas, de elegante suntuosidad, con la decadencia propia de la autenticidad. Se proyecta una película francesa doblada al español. Los palcos están huérfanos de roedores de palomitas. El patio de butacas es un oasis aún iluminado en la gran oscuridad de un anfiteatro oscuro. La película va a empezar cuando de pronto accede a la sala un matrimonio. Solo dos personas toman asiento en el cine más antiguo de Sevilla, inaugurado en 1873, cuando muchas cofradías no eran ni un proyecto embrionario, cuando la Alameda de Hércules presentaba su mejor estampa jalonada por teatrillos y quioscos que daban vida real más allá de una perspectiva consumista. Sólo dos personas en el antiguo gran teatro Cervantes, una minoría en la ciudad de las bullas. Las dos buscan el lugar donde no recibir el puyazo directo del aire acondicionado. Las dos personas se preparan para ver la película en un cine que en sí mismo es la mejor película de la ciudad. Los bares de la Alameda bullen, luego el tonto pregona el éxito. El teatro reconvertido en cine está infrautilizado. Lo catalogaron a la bajo en el PGOUen vez de declararlo Bien de Interés Cultural (BIC). Para muchos un BIC en Sevilla es un bolígrafo. Yya se sabe:el naranja escribe fino. Y el cristal escribe normal. Y los políticos escriben muy normal, tan normal que ahora quieren hacer BIC nada menos que La Carbonería. Eso sí que es hilar fino…

Joaquín Egea (Sevilla, 1951), portavoz de la Asociación en Defensa del Patrimonio (Adepa), era uno de los dos sevillanos que estaba aquel día en el silencio del Cine Cervantes. El hábito hace al monje y el uso conserva el patrimonio. Por eso Egea usa el patrimonio. Una ciudad son sus personas, su arquitectura y su vegetación. Y Egea es un ciudadano inquieto que ha sacrificado hasta su salud en el altar de la conservación del patrimonio. Es un sevillano pertinaz en la ciudad que parece que lleva el antifaz todo el año, en la ciudad que mira hacia otro lado porque ensalza al pusilánime que evita los problemas y orilla al que se atreve a señalarlos con el dedo índice de la denuncia firme. Las cosas son lo que son y no lo que la Comisión de Patrimonio diga que son. Un derribo es un derribo y no una remodelación. Un cambio de uso es un cambio de uso y no una puesta en valor, que aquí la puesta cotidiana es la del sol por el Aljarafe. Egea lleva años con su particular defensa en la conservación de ese patrimonio histórico que es el ADN de la ciudad, su historia, sus valores representativos, las huellas de quienes amaron y contribuyeron a forjar la ciudad de cada momento, sus señas de identidad.

Hay pusilánimes que tachan a Egea de obsesivo, hay pseudoprogres que lo tildan de conservacionista carca y hay quienes quieren pasar por vanguardistas que dicen que Egea es el líder de los inmovilistas, pues Hernán Ruiz jamás hubiera construido el campanario de la Giralda de existir entonces la asociación Adepa, cuando precisamente Egea hubiera apostado no sólo por conservar el alminar, sino por mantener íntegra la segunda gran mezquita de Europa y levantar al lado la gran catedral gótica como soñaba Alfonso X El Sabio.

Egea se mueve. Y eso en Sevilla pasa factura. Egea habla. Y eso en Sevilla tiene un precio. En la ciudad donde sale rentable el activismo de chaqué en las procesiones solemnes, Egea se dedica a visitar las pocas casas que van quedando del XVII y XVIII, a denunciar las fachadas de pastiche que esconden una arquitectura barata y de aceros chorreados, y a levantar la voz desde el púlpito de la indignación contra los mamarrachos arquitectónicos de la calle Santander, o de la Diputación a la misma vera del puente de San Bernardo.

El patrimonio histórico no sólo se cae por el mal gusto, sino por las operaciones inmobiliarias que buscan el pelotazo en suelos estratégicos del casco antiguo. También cae por la incapacidad de particulares, colectivos e instituciones por conservar lo que recibieron como legado. Cuánto sabe Egea de aristócratas que dejaron abandonados sus palacios para emigrar a pisos en República Argentina y mimetizar el estilo de vida de la alta sociedad madrileña que cambió los palacetes por los pisos del barrio de Salamanca. Arrepentidos ahora los unos y los otros… Cuántas veces ha largado Egea de las cutrerías promovidas por el poder eclesiástico en templos catalogados, reinterpretados en vez de restaurados, asimilables a un hotel NH en vez de a iglesias del barroco. Y cuántas veces ha demostrado qué poquito se parece la Comisión de Patrimonio actual a la que velaba por los monumentos en tiempos de Mateos Gago, aquel canónigo que se despertó y vio cómo habían derribado el templo de San Miguel mientras dormía como un apóstol en Getsemaní. Egea es el ciudadano incómodo que firma las denuncias en los juzgados en una ciudad acomodada que pone las demandas en la barra de los bares con la rúbrica de los aspavientos.

La vida es una charla donde este sevillano pertinaz se arrima al pitón del toro de lo políticamente correcto:“Mira, La Carbonería es la Anselma sin salve mariana a las doce y con un barniz progre”. Es esperar el regreso clasicista de Las Penas de San Vicente por Virgen de los Buenos Libros. Es soñar con una Sevilla, quizás idealizada, donde haya barriadas de viviendas dignas, lejos del modelo de hacinamiento en el que fueron construidos tantos bloques de pisos, una Sevilla donde la arquitectura moderna, necesaria, no colisione con la histórica, fundamental. “La Torre Pelli no es fea, lo que pasa es que está en el sitio equivocado”. La vida es recordar los años de Filosofía y Letras en las aulas de Morales Padrón, Comellas o Navarro García. Los años de lucha contra la sede del Colegio de Arquitectos o la destrucción del colegio de Los Escolapios, que por algo este sevillano hiperactivo es una suerte de Rodrigo Caro que canta a las ruinas del patrimonio perdido de forma irreversible. La vida es admiración por Eduardo Ybarra Hidalgo, aquel presidente de la Real Academia de Buenas Letras con el que en 1998 se alcanzó uno de los momentos de mayor fuerza en la defensa del patrimonio histórico, cuando emergió todo un frente conservacionista. La vida es evocar aquel 1977 en que el licenciado Egea fundó una academia por la que pasaron conferenciantes como Manuel Clavero, Cristina Narbona, Carmen Hermosín, etcétera. Al poco tiempo se encontró con un Víctor Pérez Escolano que impulsó un catálogo de corrales de vecinos y casas populares antes de que el poder envolviera a este reconocido arquitecto.

El movimiento se demuestra andando. ¿Quién ha hecho más por mostrar el desconocido Panteón de Sevillanos Ilustres? Egea sueña con que Sevilla mire un día hacia Murillo como Toledo mira al Greco, o Ávila a Santa Teresa. Para celebrar una gran efemérides, Sevilla parece jugársela a la suerte. Que un sevillano habite en la Moncloa en 1992 y tengamos la Expo. Que un concejal socialista sea hermano de Los Caballos cuando el arzobispo echa el cierre de Santa Catalina e intervenga en la gestión de las primeras partidas de dinero público para las reparaciones.

El Corral del Conde y la plaza de toros de la Real Maestranza son dos edificios bien conservados para este empresario de la enseñanza que ejerce la portavocía de Adepa, la entidad que ha conseguido el respaldo del Tribunal Supremo en la lucha contra un PGOU que no respeta la legislación de patrimonio histórico en sus planes sectoriales. Nadie sabe cuántos remontes coplanarios, cuántos áticos, cuántas modificaciones de tramas urbanas, cuántas demoliciones parciales, lleva denunciados Egea en las últimas décadas.

Este empresario de la enseñanza defiende que en la carrera universitaria de Magisterio deben ingresar los mejores alumnos. Sólo así se potencia de verdad una educación lastrada por un poder político que ha sustituido a los padres por los profesores en el pedestal de la autoridad. Yeso, como en materia de patrimonio, puede tener y tiene consecuencias irreversibles.