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El escaso rédito del rigor

Carlos Navarro Antolín | 19 de junio de 2016 a las 5:00

JAIME RAYNAUD
SER político hoy es estar expuesto a los vertederos de las redes sociales, estar dispuesto a remar en la frágil nave que surca los mares del márquetin y el pensamiento reducido a los 140 caracteres, ser esclavo del eslogan, el titular y la fotografía y, por supuesto, asumir como propios los enemigos del jefe directo o del aparato orgánico de turno. La vida pública está degradada porque nunca antes ha sido tan fácil y ha resultado tan barato mancillar desde el anonimato a quienes la protagonizan. ¿Quiénes son entonces los mejores galeotes en las aguas embravecidas de la política actual, donde se ha sustituido el discurso estructurado desde la tribuna por la imagen efectista del líder que ve el partido de fútbol agitando la bufanda? Los mejores remeros son, en general, los que no tienen otra embarcación donde ofrecer sus servicios, otro cómitre del que recibir las órdenes, y aguantan todas las bogas. Los más reconocidos hoy no son los mejores preparados, sino los que no discuten la dirección del barco. No son los que controlan los problemas de la población a la que representan, sino los que fabrican los tuits más ingeniosos en esa exaltación del instante, del momento, del flash. Los más prestigiosos no son los que gestionan con mayor rapidez y eficacia los recursos públicos, sino los que tienen un argumento falaz que encuentra aplauso para desmentir una crítica fundamentada. En la política de hoy reinan las culebras trepadoras y no hay ramas para los búhos de ojos sabios.

Es mejor tener una imagen de bonachón, un escudero resoluto que gestione los perfiles de las redes sociales, que un buen conocimiento del funcionamiento de la Administración, un control exhaustivo del presupuesto público y unos criterios claros sobre cómo hacer qué, en cuatro años y de qué manera. Jaime Raynaud Soto (Sevilla, 1949) es un político del PP al que las circunstancias de una política cortoplacista privó de una segunda oportunidad para intentar ser alcalde de Sevilla. Su caso demuestra el escaso rédito que tiene el rigor en la política de hoy. Arquitecto técnico de profesión, vecino del centro y viejo conocido de las filas de la mitificada UCD, Raynaud siempre ha tenido mejor currículum que fotogenia, mayor capacidad para estudiar los temas, preparar las interpelaciones parlamentarias y moverse por los despachos de los técnicos de los ministerios para pulsar la tramitación de un proyecto, que para hacer el indio en una campaña electoral en la cocina de una ama de casa o haciendo pilates en un centro cívico. Raynaud es de los pocos políticos que consigue que el tostón del urbanismo sea apto para todos los públicos, que es algo tan difícil como hacer ameno el Derecho Administrativo.

Justo antes de entrar en la política municipal fue impulsor de varios edificios próximos a la Avenida de la Buhaira. En pleno esplendor profesional fue convencido por Soledad Becerril para ser integrado en la lista electoral como potencial delegado de Urbanismo, pero se quedó en la oposición después de que Alejandro Rojas-Marcos pactara con el PSOE de Chaves para convertir a Monteseirín en alcalde a cambio de la Línea 1 del Metro… Y también de varios contratos para el personal andalucista.

Siempre ha tenido aires de profesor universitario y cierto perfil de maniquí de Galán. Su problema tal vez haya radicado en que es serio en una política donde prima parecer simpático. Le ocurre como a su querida cofradía de Santa Marta: eficaz en el paso, elegante en el porte, cumplidor en los horarios, bello en la imagen, pero sin despertar aplausos…Y los vítores, aplaudidores, agradaores y demás jaleadores son imprescindibles en la dinámica electoral. Porque de ellos dependen las encuestas. Y los partidos políticos son esclavos de los augurios de las israelitas, de los redactores de las prospecciones, de los dictámenes de los sociólogos sesudos, de los caprichos de los arriolos y de otros especímenes. Dios, qué buen alcalde si hubiera tenido un buen sondeo.

“No llegamos, en Sevilla no llegamos”, dijo Arenas en el primer semestre de 2006 al ver las encuestas del PP de cara a las municipales de 2007. Y quitó a Raynaud de portavoz, lo desbancó de la vida municipal. No le dejó ser candidato a la Alcaldía por segunda vez, pese a que alcanzó proyección suficiente como para ser blanco de las bromas ácidas de Alfonso Guerra en los mítines de los barrios obreros en la campaña de 2003: “¿Cómo se llama el candidato que ha puesto el PP? ¡Decidme! ¿Renault? ¿Se llama como los coches? Si parece maestrante…”. ¡Anda que si el PP hubiera apartado a Arenas tras el primer tropiezo en las autonómicas andaluzas!.

–¿Cuántas veces ha intentado Javié ser presidente de la Junta?
–Sólo cuatro, hombre. Sólo cuatro.
–Pocas son.
–Diga usted que sí.

El tiempo litúrgico del PP andaluz se divide en candidaturas fracasadas de Arenas con el tiempo ordinario de Teófila Martínez. Todos creímos que la vida política de Raynaud se acababa aquella tarde de Corpus de 2006 en que un teletipo comunicaba que no repetiría como candidato. El teletipo que citaba “fuentes del PP” (¡Óle ahí esos tíos valientes!) era como el motorista que salía del Pardo con el comunicado de cese de los ministros. Y aquel teletipo llegó después de que Arenas hubiera tenido engañado a todos durante meses: “Jaime es hoy por hoy el candidato del PP a las municipales”, decía con la ceja arqueada. Toma del frasco, Javié. Pensamos que Raynaud entonaría el ya estoy yo en mi casa, que bien cerca la tenía del Ayuntamiento, y que le haría al de Olvera el merecido tururú. Pero no. Raynaud exigió quedarse como concejal raso para cumplir hasta el final de la corporación, de chaqué en las procesiones y oficiando las bodas que tenía comprometidas y alguna más. ¡Ay, aquella imagen suya, con los tiros largos de la dignidad, colocado en las primeras parejas de la representación municipal, como los nazarenos más jóvenes, después de haber ocupado varios años el sitio preferente del portavoz!.

Arenas tuvo que premiarle con un acta de diputado en el Parlamento Andaluz. Raynaud es hoy el decano del PP de Sevilla, con un halo de prestigio poco frecuente en la política de disciplinados galeotes que reman y reman a la espera del bocadillo de un carguillo. Todavía hoy se mantiene como uno de los depositarios de la “interpretación auténtica” del Evangelio Arenísitico, que transmite con prontitud y eficacia. Es una suerte de druida en el convulso PP sevillano. Protagoniza las intervenciones de mayor interés en las juntas provinciales de un partido que aún no se ha levantado de la lona tras recibir el golpe más duro en las últimas municipales.

La vida es recordar los años de juventud en Los Remedios, donde jugaba con un chaval llamado Quico Toscano, eterno alcalde de Dos Hermanas. La vida es un aperitivo en La Barbiana mientras cuenta batallitas del Colegio de Aparejadores, las anécdotas del último viaje a Tierra Santa (ay, qué experiencias allí vividas) o el chiste más picante oído en los pasillos del Parlamento. La vida es usar Panamá (sin papeles) para amortiguar el sol de la Avenida de la Constitución. La vida es una copa de champán francés en Navidad, sin despreciar algún cava extremeño. La vida son combinaciones extrañas de colores en el vestir, concesiones a la frivolidad que sirven quizás para descansar la mente de tanto PGOU, tanto Potau, tantas aglomeraciones urbanas, tuneladoras y legislaciones urbanísticas variadas. No se han encontrado precedentes en la historia del Ayuntamiento de aquella chaqueta de rayas rosas que lució en una audiencia de principio de curso político en la Alcaldía. La vida es corregir impertinencias sin dolo cuando pasea por la calle con la mejor compañía posible: “No son mis nietas, señora. Son mis hijas”. La vida es recordar el hotel Royal que su padre fundó en la Plaza Nueva y que, con el advenimiento de la República, tuvo que rebautizar como Hotel Iberia. La vida es salir junto a los suyos de diputado de cruces en Santa Marta, cofradía de la que su padre fue alma máter, y los fines de semana con los mismos amigos que hace treinta años.

El político al que le cabía el Ayuntamiento entero en la cabeza medita hoy si merece la pena seguir alargando la vida pública o dedicarse a su profesión y al cultivo de las plantas de su Castelgandolfo particular, que está en Almensilla. E incluso a escribir poesía, que dicen que es una de sus aficiones ocultas. Mientras algún socialista sigue respirando décadas después por la herida de la Alcaldía perdida en los tejemanejes de los pactos, Raynaud se reconcilió consigo mismo y hasta con Arenas después de haber guardado el oportuno luto. Se le podrán imputar fallos y carencias, pero nunca el de prepararse tres minutos antes una rueda de prensa, como hacen hoy tantas culebras con las que Guerra no tiene ni para una broma. Ni cierta sastrería tiene para un traje.

La fortaleza de un castillo

Carlos Navarro Antolín | 5 de junio de 2016 a las 5:00

MANUEL COSSIO
LA cofradía de los sevillanos despistados es digna de estudio. Hay ilustres despistados capaces de mantener una conversación afectuosa durante el trayecto del tranvía que va a ninguna parte, a los que luego se les pregunta por la identidad del interlocutor y te responden: “No tengo ni idea, será un cliente antiguo”. Estos despistados lo son porque tienen muy claras dos o tres prioridades en la vida y no pierden ni el tiempo ni la atención en otros asuntos. El despistado es una tipo de sevillano muy definido, como lo es el tieso, ahora tan de moda; el político populista, que vive sus días de gloria; el cofrade de las tardes libres, el asistente a los funerales, que los prefiere siempre a media mañana para no tener que volver a la oficina; o el paseante de agenda de lomo con letras doradas por Tetuán, arriba y abajo, abajo y arriba, como Supercocos en una versión hispalense de Barrio Sésamo. Formar parte de la cofradía de los despistados es un lujo. Casi un privilegio. Es una suerte de Real Maestranza apócrifa en la que para ingresar hay que demostrar ciertas cualidades al alcance sólo de una minoría. El despistado se hace, no se nace.

Manuel Cossío Martínez (Santander, 1938) tiene ya por derecho propio un cirio con contera marcada en el último tramo del cortejo de los ilustres despistados de la ciudad. Abogado reconocido y en el taco, profesor universitario de Derecho Civil muy conocido, y un desconocido como marqués, que lo es de Torre Campo.

–¿Pero Manolo es marqués?
–Sí, pero no lo va contando… Lo del taco tampoco, pero lo está.

Tiene fama de guapo. Sus coetáneas dicen que hoy sigue siendo guapo, con porte de patricio romano, que va uno de ruta por los museos capitolinos de Roma y está viendo bustos de Manolo Cossío por todas las galerías. Gasta formas exquisitas y zalameras, con barniz de Don Juan, en el trato con las féminas, y tiene una altura idónea para ser el encargado de avisar en una bulla de Semana Santa de la llegada del paso de palio.

Siempre ha tenido mucha aceptación entre el sexo femenino. Un marido se irritó en una ocasión porque su mujer quería el divorcio y había contratado como letrado a Manolo Cossío. “¿Que has contratado a Cossío, El guapo?”. Y el abogado contestó al saber de aquella reacción: “No sabía yo que a tu marido le gustaban los hombres”.

Su bien trabajada condición de despistado le llevó a estar cuatro horas ensimismado en una librería de viejo en Londres. Era la luna de miel de su segundo matrimonio. Tuvo a su mujer cuatro horas esperando en un pub cercano. Otro día, cuando una de sus hijas tenía 12 años, se la encontró por su antigua casa de La Palmera, y le dijo: “Hola Inés, últimamente no te veo, ¿dónde te metes?”. Y la niña respondió: “Papá, llevo un año interna en Londres”. Y lo mejor ocurrió en el funeral del padre de un amigo. Cossío llegó al templo, abrazó al hijo del difunto y le preguntó cómo estaba su padre, a lo que el amigo le dijo: “Ahí Manolo, está ahí”, señalando el féretro.

Apasionado del Derecho Civil, ha disfrutado de la docencia hasta el último día en activo. Dicen que su propia vida, marcada por hechos que a otros hubieran dejado en la estacada, podría ser válida para una prueba de dictamen jurídico, pues tiene nueve hijos: uno de una relación anterior a su primer matrimonio, tres del primer matrimonio, dos que aportó su segunda mujer al matrimonio y que él trata como suyos, y tres de su segunda mujer. Dicen que tiene sentido del humor, pero no tanto como su padre, el célebre catedrático Alfonso de Cossío, que fue decano de la Facultad de Derecho y presidente del Ateneo.

Todos coinciden en que su capacidad de trabajo es la propia de una máquina siempre a punto. Incluso hay quien cree que el leve barniz de frivolidad que se autoaplica puede eclipsar la enorme valía de un profesor de explicaciones sencillas y claras, de un abogado estudioso de los casos, con la cabeza ordenada, que está al día de toda la legislación y al que se intuye una cartera de clientes envidiable. Su habilidad para hacer dinero trabajando fue reconocida por su propio padre. “Por primera vez alguien me ha enseñado a ganar dinero”, proclamó don Alfonso cuando su hijo modernizó el bufete donde hoy trabaja la tercera generación de la familia.

Para este vecino del barrio de Santa Cruz, lo importante no es tener razón, sino argumentos de defensa. La satisfacción más honda es la de encontrarse en un pleito con antiguos alumnos que lo reconocen. Fue abonado de la plaza de toros, pero tuvo que dejarlo por la incomodidad de las localidades. En sus tiempos fue cónsul de El Salvador y frecuentó tertulias cofradieras y taurinas. Hoy sigue siendo hermano de Los Estudiantes, el Gran Poder y la Macarena. Siempre ha ejercido la abogacía en la calle Castelar, donde ha tenido despacho en tres números distintos. Dicen que después del Calvario, Manuel Cossío es el más antiguo en pasar por esa calle.

El marqués de Torre Campo luce las iniciales de su título en las camisas a medida. Sí, es sobrino-nieto de José María de Cossío, el creador de la celebérrima obra taurina El Cossío y académico de la RAE. Es hijo de la excelencia universitaria no sólo por padre, sino también por madre. Su madre, Margarita, fue licenciada en Filosofía y Letras cuando en España cabían en un taxi las mujeres que acudían a las aulas de una facultad.

La vida es recordar el sabor de un chester sin boquilla que en tiempos se fumaba impartiendo clases de Derecho Civil, con el pulgar marcando un extremo del cigarro en una especie de vanguardia de lo que hoy se llamaría postureo. La vida es refugiarse en el castillo segoviano de Sepúlveda, patrimonio de la familia que este árbitro de la elegancia conserva con mimo. Hay ilustres con palco, con caseta, con barco, con carruaje de mulas, con piso en la playa y hasta que coleccionan serpientes. Pero pocos conocen a alguno que sea dueño de un castillo. Cossío para ser feliz tiene un castillo, como Loquillo quería un camión. ¿Pasa algo?, que diría Susana Díaz tras presumir de cónyuge a la cuarta pregunta.

La vida es evocar los años en las aulas de Los Maristas y escudriñar la historia de una familia en la que un Cossío murió en la Guerra Civil, en el frente de Quijorna, con tan sólo 17 años. Precisamente a aquel joven debe su nombre: Manuel. La vida es participar en las sesiones de la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia y en las del Comité Andaluz de Disciplina Deportiva. La vida es visitar a unas monjitas clarisas de Soria por las que tiene debilidad. Y disfrutar de la tertulia cotidiana en La Fresquita, copa de tinto a la que da coba, y recordar allí a Antonio de León, ¡ay la voz rasgada del inolvidable capataz, siempre en la memoria! Y, cómo no, la vida es una charla con Ventura, el ex alguacilillo de la plaza de toros que tiene el bar Arenal, o una confidencia con José León-Castro, el catedrático de Civil que fue discípulo de su padre.

Tras el tiarrón que casi no cabe en un velador, detrás de la imagen de un señor que no aparenta estar próximo a los ochenta y que suelta chistes fáciles para despistar su sapiencia, está la historia de un cántabro que vive en Sevilla desde los dos años, la ciudad donde ha triunfado y sufrido, donde ha saboreado puertas grandes y encajado cornalones propios de la vida. Hay quienes aseguran que la sangre cántabra lo ha blindado ante las adversidades de una vida que, al cabo, es como la peregrinación al Rocío: bonita y dura.

El hijo de don Alfonso, el tres veces abogado de Castelar, el cabeza de familia a lo Alberto Closas del siglo XXI, el patricio romano impulsivo y echado para adelante, sabe que sólo aspirando al diez hay garantías de obtener un ocho. Quizás haciéndose el despistado logra uno hacerse perdonar ciertos logros. Lo peor es que a partir de hoy puede haber sevillanos que le pidan la llave para pasar unos días en el castillo que es símbolo de su fortaleza. Pero también a partir de hoy será más difícil hacerse el despistado. La verdad es que unos días de agosto en Sepúlveda deben ser un ahorro considerable en aire acondicionado.

La fuerza del tirador

Carlos Navarro Antolín | 29 de mayo de 2016 a las 5:00

JULIO CUESTA
EN las vísperas de la mayoría absoluta de Rajoy que mandó al PSOE a un largo y oscuro tardozapaterismo, varios políticos del PP de segunda fila soñaban en la barra de Trifón con el reparto de los cargos del inmenso organigrama del Estado. Uno aspiraba a despacho de secretario de Estado, otro a la presidencia de una sociedad estatal con sede en Andalucía, de las que dan brillo y generan poco riesgo. No faltó quien dijo la boutade de soñar con ser subdelegado del Gobierno en Alicante “con derecho a las playas de Benidorm todo el año”. E incluso hubo quien sentenció con el codo derecho apoyado en la barra, que es como se dictan los veredictos de taberna de los viernes a mediodía, que son siempre firmes, sin derecho a recurso: “No os equivoquéis, el mejor puesto es el de presidente de los paradores de turismo. Trincas presupuesto para rehabilitar doce o quince y te pasas los cuatro años visitando obras por toda España”. Y de pronto, alguien que estaba callado irrumpió y provocó un giro en el debate: “Pues yo a lo que aspiro es a quedarme en Sevilla… Y ser Julio Cuesta”. Y en ese preciso momento alguien pidió otra ronda de anchoas con leche condensada.

Julio Cuesta (Sevilla, 1946) forma parte de esa minoría de sevillanos que está en el momento adecuado en el sitio preciso. Cuando en esta ciudad cabían en un taxi los sevillanos que hablaban inglés, que eran Eduardo Osborne, el padre Antonio Garnica y dos más, apareció en la escena de la ciudad –para quedarse para siempre– un señor apellidado Cuesta con un dominio del mencionado idioma y una facilidad para las relaciones públicas que en la Sevilla de los años previos a la Expo lo convirtieron en un personaje muy cotizado para Manuel Olivencia, que lo fichó cuando Cuesta estaba vinculado nada menos que al Consulado de los Estados Unidos en Sevilla.

En Sevilla están las flores de un día, los personajes que duran cuatro años, los ejecutivos que desaparecen tras la jubilación y, después, la eternidad y la versatilidad representada por Julio Cuesta. La Expo’92 y Cruzcampo han sido los pilares de su dilatado pontificado por lo civil. Quien maneja el tirador (de la Cruzcampo) maneja la fiesta. Es como el gordito dueño del balón. O se le deja jugar de delantero aunque sea un patán… o simplemente no hay partido. Cuesta ha sido un perfecto cultivador del puesto soñado por una ingente cantidad de sevillanos de a pie, el de repartir casi lo único imprescindible para el riego sanguíneo de la ciudad: la cerveza. En la Sevilla de principios del siglo XX le pedías a Julio Cuesta cuatro barriles de beneficiencia para la velá del barrio, la cruz de mayo de la hermandad o la tómbola de la asociación de vecinos, y aparecía un camioncito con los cuatro barriles reclamados, más un preciado complemento de dos mostradores, cuatro parasoles y una cajita de la shandy que por entonces estaba de promoción. El tío de la carretilla bajaba la mercancía y saludaba: “¿Dónde dejo todo esto? Es de parte de don Julio”.

Julio Cuesta ha sido un rey mago de 365 días al año. De recibir visitas ilustres en la Exposición Universal, a controlar nada menos que el combustible del motor de la vida social de la ciudad. Sin cerveza no hay paraíso. Y las llaves del paraíso son de este vecino del centro que está en las cofradías, pero que nadie, por cierto, sabe cuál es de verdad su cofradía.

–¿Julio Cuesta? Si acaso, del Baratillo, ¿no? Pero ahora que lo dices, tampoco veo yo que tenga una hermandad muy clara…

Cuando la Cruzcampo tras la Expo proyectó su fundación, cuentan que alguien le espetó a Julio: “¿Cuántos litros venderemos gracias a la fundación?”. Cuesta contestó: “Ninguno. La pregunta es cúanto valor añadido va a aportar a la compañía”. Y ahí, en principio, acertó. Nació el poder del tirador, el gran poder del tirador. ¿Cuantísima gente no se va a su casa cenada y contenta gracias a los actos de la Fundación Cruzcampo que dan derecho a cerveza tirada por camareros con batines blancos y a numerosas diócesis de tortilla de patatas de dos plantas y ático retranqueado? Cuesta tiene en plantilla muchos sevillanos anónimos que acuden a todos los actos de la fundación exclusivamente para el ágape de válvula.

Ejerció cuatro años de tesorero del Consejo de Cofradías, un período que endureció su carácter, pues repartir entradas del pregón y sillas no es tan fácil como dar cerveza. No fue un tesorero de supervisar el montaje de la carrera oficial, ni de llamar a las puertas de bancos o empresas para buscar ayudas y patrocinios. No, no, no. Su lema fue: “Yo me dedico a los números enteros. Los demás, a los decimales”. Y claro, afrontó con éxito el duro reto de sacar adelante la gestión integral de la carrera oficial, un negocio del que salió definitivamente el último sillero, pero no llamó a todas las puertas de instituciones y entidades que se esperaba para conseguir convenios de colaboración y más recursos económicos.

De ortodoxia exquisita en las formas, de una oratoria fluida y de una estética muy a lo Florentino Pérez, elegancia sin concesiones ni alharacas, Julio Cuesta parece que siempre lleva un farol junto a la custodia del Corpus. Cuenta la leyenda que alguna vez ha sido visto sin corbata y con un chaleco negro de cuello vuelto en los días de invierno por su hábitat natural de Canalejas y San Pablo. Quiso ser presidente del Consejo, pero a lo grande, como gran hombre de consenso, por mucho que no lo reconozca. Pero no resultó. La verdad es que, tal vez sin pretenderlo, Cuesta siempre ha aparecido como fijo en determinadas quinielas de la ciudad. Pero, o la cosa era un bulo alimentado por su coro de aduladores, o él mismo no se ha atrevido nunca a hacer el paseíllo en un proceso electoral en el que hubiera otros matadores… Y las cofradías ya no eligen a nadie por aclamación. Hablando de cofradías, Cuesta fue capaz de arrimar el hombro en los tiempos difíciles de los preparativos de la Expo’92, pero no de formar hace unos meses una simple junta de gobierno en su queridísima Archicofradía Sacramental del Sagrario, a cuya parroquia está vinculado desde hace décadas. Será porque en Sevilla no se cumple el aserto de que quien puede lo más, puede lo menos.

Está jubilado, sí. Pero sigue siendo el faro de la Cruzcampo para muchos sevillanos. La luz que aún irradia Cuesta ha de ser tenida en cuenta por Jorge Paradela, el director de las relaciones institucionales de Heineken España, quien lleva en su currículum el ADN de la compañía. Cuesta y Paradela son hermanos del Silencio, pero Paradela se incorporó a Cruzcampo con mucha menos edad que Cuesta.

Dicen quienes bien lo conocen que Cuesta aún conserva un corazoncito andalucista. “Vamos a darle unos votitos al PA que os harán falta para gobernar”, cuentan que le comentó a Zoido antes de las municipales de 2011. Forma parte de esa cofradía minoritaria de la ciudad cuyos miembros son conocidos por el nombre de pila. “A Julio hay que llamarlo para el acto”, dice el sevillano de siempre. Si Cuesta no está en el acto, el acto no vale tanto. “Yo soy amigo de Julio”, afirma el sevillano peligroso”.

La vida es contemplar el mar desde una cafetería de la Playa de La Antilla. Tener claro que la formación académica de los jóvenes con valía debe ser completada en el extranjero. La vida es cambiar en marzo la cerveza por el gazpacho en el bar Las Piletas. Y charlar en el ascensor con el vecino catedrático. La vida es soprender al cofraderío mediocre con frases bien aprendidas: “Vamos a aplicar un sistema DAFO”. Y tener muy claro que la cerveza es el mejor lubricante de las relaciones sociales. En Sevilla, quien maneja la Cruzcampo no es que tenga el equivalente a la Alcaldía, pero sí la Gerencia de Urbanismo. Y eso es mejor que la presidencia de los paradores de turismo. Sobre todo porque los paradores ya no son como en época de don Manuel Fraga. En tiempos de Fraga, en Sevilla sólo parlaban inglés cuatro gatos.

Es de Ronda y se apellida Telmo

Carlos Navarro Antolín | 15 de mayo de 2016 a las 5:00

CARLOS TELMO
CUESTA imaginar que existe gente que se gasta cien mil euros en carpas, cortinajes y decoración variada para revestir el recinto de celebración de una boda. El exceso de dinero suele tener dos consecuencias: Hacienda mete más el cucharón en el perol y la excentricidad se dispara. Se aprecia en muchos eventos. La palabra evento ha tenido dos momentos de claro apogeo en Sevilla. El primero fue la Exposición Universal, el evento por antonomasia de la Sevilla moderna. Todo el mundo se refería al evento de la Cartuja, incluso aderezado con el adjetivo magno por influencia de la magna hispalensis de Francisco Navarro, el canónigo que creó el modelo de visita turística de la Catedral que ha llegado a nuestros días. Hoy se diría de forma machacona que Navarro “puso en valor” el templo metropolitano. El segundo empuje a la palabra evento lo dio un rondeño afincado en Sevilla desde, precisamente, aquel año en que los sevillanos aprendieron a hacer cola y todavía no se les ha olvidado, de tal forma que un sevillano llega a la sucursal del banco, a las cajas de Supersol, a la oficina de renovación de sillas y palcos, y se coloca directamente en la cola más larga. Después del 92 todo fueron eventos. Carlos Telmo es especialista en la organización de todo tipo de actos sociales, desde una boda de tronío hasta la presentación de un libro, pasando por la inauguración de un comercio con alfombras rojas en la puerta o cualquier fiesta privada. Es un relaciones públicas, experto en protocolo de alto nivel y con un máster en la organización de eventos. El evento es el término baúl donde caben todos los saraos de la ciudad que se pirra por figurar en el mailing de este ciudadano hiperactivo para tener ocupación de cierto postín a partir de las ocho de la tarde.

La Exposición Iberoamericana trajo afamadas sagas de taberneros a Sevilla, procedentes de Cantabria o de la provincia de Huelva. El 92 nos dejó al comisario del pabellón de Canadá metido a costalero, Gary Bedell, y a Carlos Telmo, director de relaciones externas y servicios VIP de la Expo 92.

Telmo es la garantía de éxito tanto para el famoseo como para los particulares con aspiraciones (o ínfulas) que quieren controlar todos los detalles de sus celebraciones. ¿Usted quiere camareros con pelo para la inauguración de su negocio en el centro? Telmo tiene la lista de camareros sin alopecia. Conocemos uno que, siendo estudiante universitario, se hartó de servir en las citas más selectas. Siempre era convocado por Telmo en detrimento de los demás compañeros de la bolsa de trabajo, que eran relegados a otro tipo de actos.

–¿Todavía no te has enterado? Te llama siempre porque ese cliente no quieren calvos.

¿Acaso los necesita sin tatuajes? También los tiene. Pida sus deseos que Telmo le hará feliz. Eso sí, este relaciones públicas inquieto, un punto maniático y siempre perfeccionista, accede a las peticiones de los clientes, pero no se deja un gato en la barriga dentro. Si considera un disparate el gasto de cien mil euros en una decoración efímera, lo dice abiertamente con esa exquisitez que es marca de la casa. Telmo es un tipo de educación refinada, cuyo broche es que parla francés con notable fluidez.

Tiene verdadera obsesión por mantenerse en su peso ideal. Usa los colores oscuros para vestir, que alegra con tirantes, bufandas y pañuelos de seda coloridos, según la estación del año, sin olvidar las gafas de sol ovaladas. De vez en cuando se permite alguna extravagancia, como acudir a la plaza de toros con un pantalón de camuflaje en los días que Canal Plus le encomendó las relaciones públicas de su palco.

Siempre se ha cuidado mucho en no aceptar trabajos que no ve nada claros. Por mucho que sean rentables para el bolsillo, si no le gustan los compañeros de viaje, no acepta la empresa. Aprieta los dientes –otro de sus rasgos característicos– y dice mientras emite un sonido de rechazo:“Eso no es para mí, eso no es para mí”. Al fin y al cabo se puede proclamar que es un romántico de las relaciones públicas. Pudo haberse forrado de plató en plató contando sus décadas de convivencia e intimidad con la familia Ordóñez, pero jamás ha aceptado ninguno de esos ofrecimientos. Los Ordóñez lo han tratado siempre como uno más de la familia. Le dicen “cateto” con todo el cariño. Yél también los considera familia. “Belén Ordóñez es la hermana que no tuve”. Organizó las dos bodas de Francisco Rivera Ordóñez:la primera con Eugenia Martínez de Irujo, todo un reto al ser retransmitida por TVE, y la segunda con Lourdes Montes. Cuando coordina un acto social, Telmo es el típico manojo de nervios con pretensión (fijación) por controlar todos los detalles. Hasta tal punto quiso controlar aquella primera boda que expidió acreditaciones en función de los tres lugares claves:la Casa de las Dueñas, de donde salía la novia; el Hotel Colón, de donde salió el novio con su madre vestida con una llamativa mantilla azul en consonancia con el traje, y la Catedral, en cuyo trascoro se ofició la ceremonia.

Como siempre busca la originalidad, siendo relaciones públicas de Isla Mágica en los años noventa, apostó por difundir la nueva atracción del parque, basada en un náufrago abandonado a su suerte en una isla, enviando a las redacciones la nota de prensa dentro de una botella. A más de un redactor jefe se le oyó:

–¿Esto qué es? […] Las cosas de Telmo…

Cuando creía su carrera en un declive natural por razón del paso del tiempo y casi pensaba en crear un cáterin con su firma personal, fue requerido para trabajar en el pabellón de España en la Exposición Internacional de Shangai, donde estuvo más de seis meses y de donde se trajo información, contactos y material como para abrir un bazar pijo en la calle Regina, un comercio al que acudió varias veces la duquesa de Alba.

Hay quien afirma que este rondeño de cuerpo enjuto y piel blanquecina podía haber hecho carrera en Madrid, Nueva York o cualquier ciudad con mucha más proyección que Sevilla. Pero se quedó aquí, donde construyó su círculo de confort y donde sus ambiciones se encuentran satisfechas. En muchas ocasiones prima su bienestar personal antes que la rentabilidad de los negocios. Es tal vez demasiado pasional para los negocios y poco duro a la hora de exigir. No pocas veces hay quienes le previenen de la necesidad de ser más pragmático.

–Carlos, no pierdas tanto tiempo en tomar café con esa marquesa que ahí no hay negocio.
–Pero hay que estar, hay que estar.

Cada vez que llega la goyesca de Ronda, su teléfono echa humo. ¡Qué de amigos tiene Telmo así que llega septiembre! ¡Y cuántos se quieren colar a su vera en casa de los Ordóñez a pegar el mangazo de cena tras la corrida!.

La vida es perderse por San Lorenzo, en las barras de la antigua Casa Ovidio o del Eslava. Es recordar los días de Navidad en Ronda, cita con la memoria más entrañable. La vida es exhibir con orgullo y alegría su condición de usuario de Tussam cuando la vespa descansa. Es enviar ramos de flores a los jugadores de fútbol sevillanos que debutan en la selección española para cuidar la imagen de su agencia. Es mantener su papel de contertulio ameno en los medios de comunicación. La vida es pegarse un “chutazo” en la consulta de Carmen Sarmiento para tener el rostro más hidratado. ¡Cómo le espanta la sola idea de tener el rostro arrugado! Quien conversa habitualmente con Telmo sabe la de veces que cita a Sarmiento en su vida cotidiana. Y perderse en charlas de barrio en el estanco, la panadería o la farmacia de San Lorenzo. La vida es comer caracoles en un bulevar en compañía de un grupo de gente que no viste precisamente al sevillanito modo. La vida es cortarse el pelo en Bruno Pantoja, su peluquero de siempre de la calle Bailén. Telmo, además, forma parte de la gran cofradía de ilustres despistados de la ciudad, a los que hay que darles el adiós en voz alta por la calle para que deje de escrutar escaparates y salude al interlocutor que reclama su atención.

Quizás su mayor mérito no sea guardarle lealtad a la familia Ordóñez desde hace cuarenta años. Ni tener un mailing que valdría aún más fuera de Sevilla que en esta ciudad. Tampoco que tenga un gusto refinado, un sentido de la estética reconocido, y carácter emprendedor para abrir un hostel en la calle Calatrava. Ni siquiera que sea un vanguardista de la metrosexualidad. Su mayor mérito es que triunfó en Sevilla hace años y se ha ganado el perdón de la ciudad. El hacerse perdonar los éxitos en Sevilla es cosa que no se enseña en las universidades privadas ni en ningún instituto de empresa.

El andaluz inglés

Carlos Navarro Antolín | 8 de mayo de 2016 a las 5:00

LUIS URUÑUELA
EN Sevilla hay gente que sabe hablar sin voz tronante y que sabe ir vestida en tiempos de calores sin necesidad de hacer el indio, enseñar las uñas de los pies o emitir olores de autobús en hora punta. Sí, las hay. Son de una cofradía civil selecta por minoritaria. A este tipo de gente los llaman señores hasta los que tienen pinta zarrapastrosa. Es curioso. Es un ejemplo de autoexclusión inconsciente. Estos señores, como así los llama la gente, han estado incluso en la política, que hoy es un cultivo idóneo para los sin oficio, los de pensamiento epidérmico y los cautivos del titular del periódico digital que cambia cada dos minutos a golpe de f5. En Sevilla hay sevillanos que no lo parecen porque no pegan voces, no anidan en la crispación cotidiana, no tratan de colarse al subir al tranvía, no exhiben los sobacos en agosto, no descansan los pies en lo alto de un velador, dejan pasar al público en una bulla de Semana Santa y no tratan de aparentar ser catedráticos de todas las materias. Los sevillanos que no parecen serlo pueden ser quizás los mejores sevillanos, estirpe de la mejor estirpe, que diría el pregonero cursi, una especie de aristocracia que habría que proteger como linces de Doñana. Aman la ciudad, viven la ciudad, están dentro de la ciudad a todos los efectos, pero no te dan la vara cada cinco minutos, ni su intenso grado de integración impide una visión más allá de los límites del tranvía más corto del mundo.

Luis Uruñuela (Sevilla, 1937) es uno de esos sevillanos que no lo parecen. Encaja más bien en el perfil de un andaluz inglés. Un inglés andaluz en meses de abrigo y en tiempos de mercurio alto. Fue alcalde de 1979 a 1983, cuando el Ayuntamiento pagaba nóminas a gente que literalmente no aparecía nunca por su puesto de trabajo. Un Ayuntamiento en bancarrota en una ciudad por revitalizar, donde todo estaba por hacer y donde existían dos fuerzas descaradas que presionaban en sentidos opuestos. Unos no querían que nada cambiara, veían rojos peligrosos con tridentes y cuernos en cada esquina, y otros apostaban directamente por irrumpir en las instituciones, destrozar todo lo anterior, incluido lo que de bueno pudiera haber. Uruñuela fue la moderación necesaria en tiempos convulsos, en una ciudad de casitas bajas, sin instalaciones deportivas, con una Carretera de Carmona colapsada por el tráfico de Huelva y Madrid, un parque móvil donde el Seat 127 era el reyezuelo de la selva entre autobuses azules y blancos con franja roja, y todavía elegantes taxis negros con franja amarilla. Resulta curioso hoy que aquel alcalde señor fuera visto como una amenaza por los sectores conservadores, que tuviera que soportar que algunas cofradías no hicieran la parada de respeto a que están obligadas ante la presidencia de la ciudad en la Plaza de San Francisco. Pero aquella ciudad no comprendía entonces que Uruñuela, procedente de los movimientos de Acción Católica, se hubiera entendido con los comunistas, como pocos años después no entendió que monseñor Amigo vendiera San Telmo al rojerío del PSOE.

Stefan Zweig dejó escrito en Momentos estelares de la humanidad que hay instantes que tienen una trascendencia irrevocable. Un “sí”, un “no”, un “demasiado pronto” o un “demasiado tarde” pueden cambiar de forma definitiva la vida de una persona, la de una sociedad e, incluso, la de la historia. Corría el año 1979 cuando el resultado de las elecciones municipales dejó abierta la posibilidad técnica de un acuerdo entre las fuerzas de izquierda para hacerse con el control de los ayuntamientos de las capitales andaluzas. El PSOE de José Rodríguez de la Borbolla, en adelante Pepote, el PSA de Ladislao Lara y Alejandro Rojas-Marcos, y el PCE de Fernando Soto negociaban para dejar fuera de los sillones a los candidatos de la UCD de Suárez. O todo o nada. O puerta grande o enfermería. El PSOE estaba dispuesto a garantizarse la Alcaldía de todas las capitales menos la de Sevilla, la cual cedía a los andalucistas a cambio de que éstos permitieran al PSOE coger el bastón de alcalde de Granada. Un cambio de estampas en blanco y negro que hoy pasaría por un juego de tronos a todo color. Pepote andaba una tarde de negociaciones con los comunistas en la sede de la calle Teodosio cuando decidió telefonear al secretario general de su partido, Felipe González, para reclamar la bendición superior a los pactos de izquierda. Felipe dio el visto bueno a todo. No puso un pero. El socialista Rodríguez Almodóvar, cabeza de lista municipal, se tendría que conformar con la primera tenencia de Alcaldía y ceder la vara de mando al andalucista Uruñuela. Pepote tenía claro que Sevilla acabaría cayendo bajo el control del PSOE más pronto que tarde, como así ocurrió. Felipe remató aquella conversación sin ningún atisbo de pena por perder la plaza de Sevilla: “Además, Uruñuela será un buen alcalde”, sentenció. Minutos después, Alfonso Guerra, vicesecretario general del PSOE, trató de localizar a Pepote para deshacer el acuerdo. Pero Pepote no se puso al teléfono. Guerra insistió, buscó intermediarios en tiempos en los que no existía la telefonía móvil.

–Pepe, que es Alfonso, que quiere hablar contigo, que te pongas por favor.
–No me voy a poner. Ya sé lo que quiere y yo ya he hablado con Felipe.

En la trayectoria de Sevilla, de Uruñuela, del PSOE y del PSA, aquel fue un momento estelar. Si Pepote se hubiera puesto al teléfono, la probabilidad del vuelco se hubiera disparado, los acuerdos políticos podrían haberse deshecho, la historia, en fin, podría haber sido otra muy distinta. Pero dejó a Guerra esperando. Y Uruñuela comenzó una etapa de cuatro años en los que sufrió. Vivió el gran momento de recibir al Papa Juan Pablo II; pero también las zancadillas de su primer teniente de alcalde, que dicen que aprovechaba para sentarse en el sillón principal del Pleno tan pronto como Uruñuela se ausentaba por el menor motivo. A Uruñuela le dieron por todos lados: sus supuestos aliados políticos, la ciudad que no quería modificaciones sustanciales ni en su vida cultural (que era un páramo en los estertores del franquismo) ni en sus fiestas mayores. Soportó el bochorno de una caseta municipal abierta a todo el público, un público que interpretó a su particular manera el todos somos iguales de la democracia recién estrenada, y tuvo que remangarse y poner orden al año siguiente para impedir ciertos espectáculos poco edificantes bajo las lonas. El modelo de Feria actual procede en buena parte de los cambios impulsados en aquellos años.

Una decisión que refleja con nitidez el talante de este alcalde es que siguió vistiendo el frac en el cortejo de la Hiniesta, como habían hecho sus predecesores. No quiso romper con la etiqueta de mayor gala usada por los alcaldes en ciertos actos. Siempre tuvo claro que la institución estaba por encima de cualquier coyuntura y que los cambios debían ser con sosiego. Tenía quizás una visión utópica del poder. Se encontró arañas en la tesorería, por lo que no pudo pagar las subvenciones a las cofradías. Se inventó entonces el modelo que sigue hoy en uso. El Ayuntamiento no paga de forma directa, pero cede el espacio público para que las cofradías lo exploten mediante la instalación de sillas y palcos. El Ayuntamiento se libró del mochuelo y las cofradías quedaron contentas.

La infancia son recuerdos de una casa familiar donde la Semana Santa estaba ligada a San Roque y Los Negritos con cortejos de menos de 300 nazarenos. La juventud son recuerdos de una sólida amistad con Felipe González. Sus respectivos padres ya se conocían. Uruñuela tramitó los papeles para la boda de Felipe con Carmen Romero, pero no intervino como apoderado en la ceremonia, tal como aseveran algunos tratando de crear leyenda. La vida son recuerdos del SEU en la Facultad de Derecho, de un activismo dentro del régimen, nunca desde fuera. Son años de colaboración con el cardenal Bueno Monreal promoviendo foros de pensamiento donde quedó frustrado el intento de traer como invitado al discutido filósofo José Luis Aranguren. La vida es creer en una Andalucía dentro de España, un nacionalismo no excluyente y, por tanto, nunca asimilable al separatismo catalán o el vasco. La vida son recuerdos de un concejal de Cultura y Fiestas Mayores, José Luis Ortiz Nuevo, de aspecto desaliñado y que solía llegar tarde a los actos para enojo del alcalde. La vida es tener claro que en tiempos convulsos lo que se precisa, sobre todo, es que el edificio del sistema no se caiga y, en definitiva, evitar la acción de los bochincheros y alborotadores. La vida hoy es seguir al frente de la escuela universitaria que creó como centro de nuevas profesiones tras dejar la política. Si cada político en retirada fundara una empresa como la que levantaron Uruñuela y Nicolás Valero, el paro en España no abriría los teledarios. Qué poquito tiene que ver Uruñuela con el niñateo zarraspastroso de la política de hoy, las fotos de mariscadas pantagruélicas, los paseíllos por los juzgados, los papagayos del argumentario y los gabinetes que diseñan cómo hay que repartir los abrazos. La vida hoy es un palco en primera fila en la Plaza de San Francisco, único legado que le queda como alcalde, donde este inglés andaluz se mantiene de pie al paso de una cofradía de la vida donde no han faltado las cruces más dolorosas ni los cirineos más fieles.

El tabernero valiente

Carlos Navarro Antolín | 1 de mayo de 2016 a las 5:00

Pedro Sánchez Cuerda
LOS teóricos del tacticismo a lo hispalense siempre aconsejan quedarse quieto. No hacer nada. El movimiento en Sevilla genera problemas. Y, sobre todo, recelos. En Sevilla, dicen, conviene no moverse mucho, quedarse sentado en el velador de los días a contemplar el paso de las diversas procesiones. Ni se deben mostrar habilidades, ni dar pasos al frente. Sevilla es una ciudad aliada de los silencios, de los susurros, de mirar tras los visillos y echar la vista abajo, de escrutar al recién llegado y de sospechar de quien emprende una buena acción. En Sevilla quedarse quieto puede salir muy rentable. Hacer el estatuario hasta puede generar aplausos de los tendidos del día a día de la ciudad. Los espontáneos del consejo con minúscula, que son los que se tiran al ruedo de tu vida para hacerte recomendaciones que nadie les ha pedido, son muy dados al “tú no te metas en problemas”, “no digas nada”, “no vayas tan rápido”, “si haces eso te vas a quemar”… Sevilla, si en su mano está, impide que sus hijos crezcan. Los prefiere vivaqueando en las rutinas cotidianas, víctimas de la dependencia del que recibe el pescado, pero nunca la caña; anclados en la mentalidad de la subvención, rehenes del buen o mal humor de quien les da dar de comer. Sevilla es una gran cofradía del silencio donde se cumple la disciplina de mirar siempre al frente y no perder la disciplina del carril. El que se sale de la fila, el que destaca, el que se atreve a denunciar alto y claro una corruptela, debe ser de inmediato acusado de oscuros intereses, de anhelos de vanidad, de justiciero con las cartas marcadas.

Éranse una vez dos empresarios de la hostelería interesados en fundar una escuela para enseñar a los jóvenes dos claves fundamentales del oficio: saber tratar al cliente y saber tratar el género (el de comer, no el de la ideología mortífera). Una escuela donde jóvenes en situaciones de riesgo social aprendieran el noble y viejo oficio de servir: saber recibir con una sonrisa al cliente, ofrecerle una mesa y la carta, hacerle sugerencias, guardar las distancias, no rebajarle nunca el usted salvo casos muy particulares, distinguir una merluza de un rape, un pisto de una sopa de tomate, la ternera del cerdo, una ginebra básica de una premium

Los años del boom de la construcción diezmaron las plantillas de los bares. Los camareros españoles se fueron a ganar tres mil euros al mes como encofradores. Y en las Oficinas de Empleo no se podían emitir ofertas de trabajo para extranjeros porque aún quedaban españoles inscritos para ser camareros, pero –¡Ay, las teorías de la calidad de vida!– se negaban a currelar los fines de semana o los festivos, de tal forma que seguían inscritos como desempleados impidiendo la llegada de mano de obra de otras naciones.

Pedro Sánchez-Cuerda (Sevilla, 1971) es la tercera generación de una familia de hosteleros. Junto a su primo José Ignacio Rojas dedicó dos años de trabajo a preparar una escuela de hostelería en Mercasevilla, la sociedad mixta que ha terminado siendo la lonja (cueva) de Alí Babá, donde el pescado de la corrupción siempre huele a podrido. Cuando todo estaba a punto para obtener el apoyo económico de la Junta, les marcaron la hoja de ruta de la pudrición del sistema: debían aportar 450.000 euros en un maletín olvidado, oh casualidad, en un bar. Sin maletín para los asaltadores de caminos no habría subvención. Los dos empresarios, que habían tenido una hermosa idea en la ciudad donde siempre sale recomendable quedarse quieto, forzaron una segunda reunión, activaron la grabadora y pusieron el cebo para que aquellos dirigentes de Mercasevilla picaran y ofrecieran una versión actualizada de Rinconete y Cortadillo, pero de muy de baja estofa. Sánchez-Cuerda y Rojas no pasaron por taquilla, optaron por denunciar el caso tras desoír a la Sevilla que siempre aconseja evitar los líos, llevaron la grabadora ante el juez y dieron por perdidos los meses de viaje por toda Andalucía visitando otros modelos de escuela que ya funcionan con éxito.

Nadie podía intuir entonces que aquella grabación era el inicio del destape del mayor del escándalo de corrupción en España: de la extorsión a dos empresarios honrados se pasó a los ERES fraudulentos con sus fondos de reptiles, la venta de terrenos de la lonja bajo sospecha, el delito societario… Mercasevilla se quedaba sin pescado para tantos tiburones, hinchados hoy de calmantes para soportar los días de imputaciones y paseíllos por los juzgados. “La Junta colabora con quien colabora”. Fue la frase grabada que resumía el modus operandi, a modo de salutación en la entrada principal del cuartel de Mercasevilla. Sánchez-Cuerda y Rojas no colaboraron y se replegaron a sus negocios de siempre (La Raza y la Hostería del Prado) y emprendieron otros nuevos (Los Corales, la línea de cátering, etcétera).

Sánchez-Cuerda es un modelo de esfuerzo y superación. La Raza es un símbolo de la hostelería que ha pasado por crisis graves: una plantilla sobredimensionada en los ochenta por efecto de la nueva legislación (la que acabó con las categorías de aprendiz, fregador, ayudante de camarero, camarero, jefe de rango, metre, segundo metre, etcétera) y la moda emergente desde finales de los noventa de celebrar los banquetes en haciendas y otros salones fuera de la capital. La Raza corrió el riesgo de quedarse como abrevadero para turistas en chanclas a la búsqueda de la Plaza de España, o como sede de almuerzos de rancios colegios profesionales. Algo similar le ocurrió a Villa Luisa, que sufrió su decadencia por la tendencia de muchas parejas de novios a irse a las afueras para sentirse señoritos de cortijo por un día, aunque ignoren que en algunos casos han celebrado el almuerzo donde antes comían (y descomían) las bestias.

Con la tenacidad propia del empresario y la ayuda indirecta de la Guardia Civil con los controles de alcoholemia, La Raza recuperó poco a poco las bodas, las comuniones y las copas de Navidad. Y hasta se inventó una terraza de copas para los meses de verano. Cuando Zoido ganó la Alcaldía, Sánchez-Cuerda fue investido como tabernero del régimen: “Todas las cosas hay que hacerlas en casa de Pedro, ¿eh?”, fue la consigna del alcalde. Pero Zoido, al final, dejó el sillón de alcalde sin solucionarle su continuidad al frente de la Raza, un edificio de propiedad municipal donde la histórica empresa lucha por permanecer con todos los papeles en regla. El fin de los antiguos arrendamientos y la incapacidad del gobierno anterior para sortear las rigideces administrativas han dejado en jaque uno de los negocios más representativos del sector terciario de la ciudad, mientras otros hosteleros se expanden como el imperio romano por encima de titularidades municipales de inmuebles, protecciones urbanísticas y otros supuestos blindajes.

De la grabación letal para Mercasevilla, con su efecto de bomba racimo, y de la pasividad de la Administración de Zoido a la hora de deshacer entuertos, quedó como resultado un empresario quemado con la clase política. Al final no fue el tabernero del régimen del PP. Ni tampoco el PP estuvo a su altura. Lo mejor, quizás, es que Alfonso Guerra sigue sentándose en las sillas de hierro de forja tan características de La Raza, unos asientos con más antigüedad y sabor que muchas cofradías. Adolfo Suárez figura entre la clientela ilustre de los tiempos en sepia. Hasta Monteseirín y Marchena, con la que les cayó encima a cuenta de Mercasevilla, siguen entrando en este restaurante del Parque de María Luisa, donde una foto de Zapatero revela que el presidente del Gobierno más nefasto de la democracia hizo un día parada en La Raza. Es cierto que Arenas es un clásico de la casa, casi tanto como la cofradía de la Paz cada Domingo de Ramos sin lluvia. Cuando Arenas no quiere que lo vean, se aleja del Oriza y se va a La Raza. Al final, todos lo acabamos viendo también en La Raza, pero él se cree un lince. Y todos los delegados del Gobierno saben que sin La Raza… no hay paraíso.

La juventud son recuerdos de un joven que cursó el COU en Oxford. Al regresar a Sevilla debutó fregando platos una Nochevieja que había que dar de cenar a unos turistas llegados en globo hasta el Prado de San Sebastián. La vida hoy es meterse en la cocina cuando hay que atender una boda y tres primeras comuniones. Echarle la vista a un negocio nuevo en Nervión, darle vueltas a la cabeza constantemente para que los nuevos usos no te cojan con el pie cambiado. La vida es servir a los demás y honrar la memoria del fundador, José Rodríguez Cala, el contable que emprendió en el sector de la hostelería haciendo posible el legado de hoy. Y como presidente de los hosteleros sevillanos, la vida es tener claro quiénes son los modelos de auténticos taberneros de la ciudad. Por eso se presentó en la taberna de José Yebra, en la calle Boteros, la última noche en que abría el negocio tras más de 50 años de servicio. El mayor logro de Sánchez-Cuerda después de meter la grabadora en el despacho de los truhanes de Mercasevilla, ha sido conseguir que Yebra aceptara recibir el merecido homenaje del gremio de la hostelería tras décadas de sacrificio detrás de una barra en las que ha impartido un estilo de servir alejado del compadreo y la guasa.

El tabernero perdió la escuela de hostelería que siempre había soñado. Pero tuvo claro que lo que se deja uno olvidado es el paraguas en las notarías, no los maletines en los bares. Y llevar maletines es malo para la columna vertebral. ¿Verdad, primo?

Un socialista en la frontera

Carlos Navarro Antolín | 24 de abril de 2016 a las 5:00

Juan Carlos Cabrera
A muchos sevillanos de orden les gusta un rojo en misa más que los picos gordos de una ensaladilla servida en un par de cucharadas bien despachadas y no con pinzas de heladería para dejar dos insípidas bolitas. Qué horripilante manía la de las pelotas ensaladilleras. Cuantísimo le gustaba a la Sevilla cofradiera de los ochenta ver a Fernández Floranes debajo del paso de misterio de San Esteban, metiendo riñones en la trabajadera bajo la ojiva imposible del Martes Santo. O admirarlo de tiros largos el Domingo de Pasión para leer con voz radiofónica las pedazos de presentaciones que escribía de los pregoneros en tiempos de Manuel del Valle, alcalde de ruan y de Semanas Santas marcadas por el estruendo del laterío callejero y los excesos de flores en los pasos. Qué gran presentador de pregoneros fue este socialista barbudo que hoy no quiere ni oír hablar de su etapa municipal. ¿Y lo que ha disfrutado la Sevilla Eterna viendo a Rosamar Prieto-Castro de mantilla en los oficios del Jueves Santo con una joyería fina, justa y medida que no se volverá a ver por las Casas Consistoriales hasta sabe Dios cuándo?

–Eso digo yo. ¿Cuándo volveremos a ver algo igual?
–Cuando el PP tenga otro gobierno con 20 concejales.
–Antes tienen que desaparecer las diputaciones provinciales, por lo menos.
–Pues entonces no veremos nunca más al PP con 20 tíos en el gobierno, miarma.

La Sevilla conservadora flirtea con el rojerío de altar y coro. Se deja cortejar. Uno del PP elogia una cofradía, concede una subvención, se pone el chaqué de O´Kean delante de un paso, pero el cofraderío se queda igual, estático, al considerar todos esos gestos amortizados. Ni fú ni fá. Pero llega un socialista con su chaqué de José Gestoso, las manguitas una mijita largas y sabiéndose sentar y levantar cuando corresponde durante la misa y, hala, se ha ganado al personal en dos minutos. ¡Vengan golpes de incensario para el rojo de carné que se sabe la liturgia! La Sevilla cofradiera trata al PSOE como al hijo pródigo. Está deseandito que vuelva al redil. Ocurrió con Manuel Marchena en sus tiempos de gerente de Urbanismo, al que el Consejo de Cofradías lo sentó en primera fila en la presentación de un cartel de Semana Santa y después le insistió en que participara en la copita en Las Lapas. Aquella presencia motivó las protestas de la entonces durísima oposición municipal del PP, que hizo al oído de los señores del Consejo la sevillanísima pregunta de quien siempre se cree en una posición superior: “¿Y el Marchena éste que hace aquí?”

–Es el que nos atiende a la primera en todo.

Juan Carlos Cabrera (Sevilla, 1965) cambia de color según el ojo que lo mira. Primero, es un rojo para los del PP. Segundo, es el militante de un partido abortista dispuesto a pactar con la extrema izquierda en varias comunidades autónomas para los miembros de la Sevilla ultraconservadora, los del aperitivo de la una en el salón adornado con cuadros de la caza del ciervo. Y tercero, es un tío de derechas para muchos de sus compañeros del PSOE, que no entienden que públicamente se confiese macareno, hable de la Esperanza y exalte la caridad. Este concejal licenciado en Derecho –en las mismas aulas con preciosos crucifijos de la Buena Muerte en las que se formó Felipe González– navega en la frontera en una ciudad muy dada a las fronteras. Las propias cofradías están en la frontera de la fe. Anda que no…

Cabrera vive días de gloria en el Ayuntamiento tras los éxitos de la Semana Santa y la Feria. Pero su trayectoria también está jalonada por baches. Cuando trabajó con el concejal Blas Ballesteros en el Instituto del Taxi, tuvo que tragarse varios sapos por efecto de la agenda díscola de aquel concejal metido después a cónsul. Aquel concejal que a veces no había aparecido a la hora del Ángelus…

Cuando Monteseirín cesó a Carmelo Gómez, Cabrera se quedó fuera del organigrama municipal hasta que, buscando posada, se le abrió la puerta de la Diputación Provincial, una institución que después tuvo que indemnizarle por despido improcedente. En 2011, por fin, fue incluido en la lista municipal del PSOE por influencia del propio Carmelo Gómez. Y en 2015 mejoró el puesto por méritos propios. Es la cara amable del gobierno en minoría de Juan Espadas, la sonrisa del régimen que dirían otros. Siempre dispuesto a contar un chiste que sea celebrado con carcajadas, todo lo contrario, por ejemplo, a los candidatos a la Presidencia del Consejo, que en vez de vivir días de gloria andan detrás de las glorias hasta en la Feria. Y alguno hasta con cara de manigueta. A uno de ellos lo vieron en la puerta de una caseta y parecía el contratado de Prosegur para no dejar pasar a las gitanas de los claveles. Vamos a reírnos una mijita, por favor, que hay vida más allá de San Gregorio.

Sigamos con Cabrera. Algún veterano del PSOE le ha advertido en privado que tenga cuidado con las Fiestas Mayores, que no son siempre una parcela amable de gestión, que debe poner los cinco sentidos en la adjudicación de las casetas y en los dineros para no llevarse disgustos. También le han dicho que se apriete los machos con el sindicato mayoritario de la Policía Local. Cometió el error de colocarse el pin de esta central el día de su toma de posesión como concejal en el Salón Colón, cuando lo prudente hubiese sido seguir el sabio consejo que Asenjo le dio al delegado diocesano de hermandades cuando debutó en el cargo: “Guarda la distancia, Marcelino, no te mimetices con las cofradías”. Eso le decimos a Cabrera: ¡Cuidado con ese sindicato, que puede traer los idus en marzo o en cualquier otro mes!

Cabrera cumplió con diligencia sus labores en los cuatro años de oposición al gobierno plano de Zoido. Junto a Moriña y Bazaga formaba el trío de capilla que arropaba a Espadas en los actos cofradieros. Se llevó bien con algunos del PP, con los que compartió veladas de cuaresma en la denominada Concordia de la Croqueta. Algunas tardes de Pleno, cuando los periodistas ya se habían ido hartos de las plúmbeas sesiones, Cabrera se sentaba en los bancos de la derecha para charlar de fútbol y cofradías con Beltrán Pérez o Rafael Belmonte mientras el altivo presidente de la sesión, Javier Landa, les miraba con su ternura habitual (por las que hilan) y las mociones políticas urgentes (risas en off) se desparramaban sin control hasta la noche.

Este socialista ha sabido capitanear la Agrupación del Casco Antiguo, permanecer leal a Espadas y exigir su puesto en la lista cuando sabía que había sumado méritos y estaba en una posición de fuerza.

La vida es teñirse las patillas cuando llega el verano. Es intentar que el alcalde se pasee por la Plaza del Salvador y se pare a tomar una cerveza entre los sevillanos para que cese en el estudio minucioso de los expedientes. La vida debería ser tener claro que a ciertos sindicalistas no se les puede combatir de frente y apelando al patriotismo (¿verdad, sheriff Cabello?). La paz social sólo existe mientras haya dinero para el pago de productividades, lo demás son amistades peligrosas. La vida es recordar, ay, cuál fue la última vez que salió de nazareno en la Macarena. Cabrera, nadie lo dude, es tan socialista por los cuatro costados como votante de Manuel García, político del PP, cuando se trata de las urnas macarenas. García, por cierto, era un concejal de derechas que se llevaba mejor con socialistas y comunistas que con sus compañeros de bancada. La vida es triunfar a la primera en la presentación del pregonero. Falta, quizás, probar su perfil de gestor cuando se haya rearmado la oposición del PP, entretenida ahora en revueltas de Twitter y a la espera de que Zoido pida la cuenta. Si para entonces sigue teniendo el mismo cartel, algún día le dirán lo que le dijo un señor muy de derechas a Rosamar: “Eres como la Virgen de San Roque, le caes bien a todo el mundo”. De lo contrario, le ocurrirá como a Fernández Floranes, al que llamaban hace años para recordar sus años de vida municipal y, siempre, siempre, parecía que se cortaba el teléfono.

“Estás más delgado”

Carlos Navarro Antolín | 10 de abril de 2016 a las 5:00

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LOS partidos políticos tienen estatutos colgados en sus páginas oficiales de internet. Muchos preceptos de redacción hueca, de escasa utilidad y de formulación lo suficientemente generalista para que los presidentes, secretarios generales y comités ejecutivos puedan hacer y deshacer con apariencia de legalidad. Al margen de los estatutos está el código interno, que no se explica en ningún curso de formación (subvencionado) y que se lo saben al dedillo los cargos y militantes del núcleo duro. Se trata de dos normas básicas y no escritas: al jefe hay que reírle las gracias, sobre todo si son en público, y hay que estar siempre disponible al cornetín de mando que toca el correveidile de gabinete de turno. Javier Arenas, padre natural de toda la militancia del PP andaluz, es un especialista consumado en gastar bromas y permitirse ciertas licencias en los mítines o convenciones que se celebran en salones de hoteles con derecho a botellita de agua y platito de caramelos. También lo es en trabajar los domingos para inventarse cualquier excusa para hacer declaraciones y colarlas en el telediario de las tres de la tarde y en el de las nueve de la noche. Va uno de viaje por España, pone la televisión en Cáceres y aparece Javié con la ceja arqueada haciendo declaraciones sobre los independentistas catalanes en el Parador de Carmona. Yel acompañante, ante el plato de migas, clava el diagnóstico que nadie ve.

–Ea, ahí tienes al campeón mangando cuota mediática nacional y poniendo una pica en Carmona para capitalizar la casi mayoría absoluta de Juan Ávila. Anda que no es listo el Arenas. Tiene claro el cumplimiento del precepto dominical… en política.

Arenas coge el micrófono y saluda con toda soltura a “Pani” (Luis Panigua, el responsable de Nuevas Generaciones), alude a que el veterano Albendea “siempre es el primero en aplaudir”, saluda a Juan (Juan Ignacio Zoido), del que dice –decía– que se fía tanto que le dejaría al cuidado de un hijo un fin de semana, manda un beso a Lola (Dolores Meléndez, histórica de la derecha sevillana), refiere el color amarillo del jersey de Jaime Raynaud (“¡Qué bonito, Jaime!”), por lo que Raynaud sale echando sapos y culebras, y reserva la perla para su querido Antonio Sanz: “Antonio, estás más delgado”. ¿Cuántas veces hemos oído de Arenas, abrazado al atril del mitin o en la presidencia del comité ejecutivo regional, proclamar que Antonio Sanz está más delgado?

Y Antonio Sanz (Jerez de la Frontera, 1968) ha soportado todas y cada una de las bromas del antes jefazo del PP andaluz, ahora superviviente de Génova y, siempre, siempre, catedrático del culebreo en las filas del peperío del Sur de España. Todos en el PP andaluz lo admiran, digan lo que digan. Cuando llegaban los jueves de los ministerios que perdimos, Arenas cogía el teléfono interno y avisaba a su gabinete:

–¿Marilar? ¿Mateo? Oye, preparadme algo para salir en la tele el domingo tras el partido de pádel en Antares. Avisad a Zoido, Jaime, Juanitobueno, Antoñito Sanz… ¿Eh? Que estén allí arropándome mientras hablo para que el total de la tele quede de dulce. Y al día siguiente nos volvemos a Madrid en el AVE de las seis y veinte, tempranito, ¿eh? Que se venga alguien del partido para ir trabajando sobre los planes de Andalucía.

Y el único que siempre ha estado disponible a la hora de la verdad ha sido Antonio Sanz. Para arropar al líder en los totales haciendo leves afirmaciones con la barbilla, para coger el AVE de las 06:20 en Santa Justa, y hasta para salir en coche hacia Madrid a las cuatro de la madrugada porque había que estar en Génova de forma urgente a primera hora y ya no había tren posible. Antonio Sanz nunca le ha dicho que no a Javié. Nadie en el partido, ni siquiera quienes han sufrido su carácter de general secretario, ocultan que es el tío que más horas de trabajo echa en la estructura de un partido acomodado, casi convertido en la perfecta Consejería de la Oposición de la Junta de Andalucía. No le ha importado ser secretario general, dejar de serlo y volverlo a ser. No le ha importado mandar en el PP de Cádiz, dejar de mandar y volver a mandar. Y al fin ha conseguido ser un cargo serio tras años de travesía del desierto por la oposición andaluza: delegado del Gobierno en Andalucía.

Paradójicamente, Antonio Sanz está sacando rédito político a un cargo eminentemente institucional, habitualmente reservado a figurones. Y eso lo han conseguido pocos delegados del gobierno, al menos del PP. Zoido se volcó en la agenda social, Carmen Crespo se fue sin enterarse de la misa la media, y este Sanz que nació para ejercer el poder está aprovechando los meses del gobierno en funciones para desplegar toda la cola del pavo real político que siempre ha llevado dentro. El destino lo ha mantenido demasiados años sin responsabilidades institucionales. Por fin el hombre de aparato (puro y duro) se está luciendo visitando el dispositivo de la DGT un domingo de fin de puente festivo, coordinado el simulacro de un terremoto o trabajando en armonía con los socialistas en el plan de seguridad de la Semana Santa. Las cofradías de Sevilla siempre estarán en deuda con este jerezano que suba y baja de kilos con facilidad, que escruta con el barrido de una mirada todos y cada uno de los asistentes a un acto público, y que es tenido por un rocoso negociador cuando en la mesa se sientan políticos de otro signo. Como delegado del Gobierno se vuelca con los ayuntamientos del PP sin ningún complejo, aunque sea el de Tomares de José Luis Sanz, con el que ora se lleva bien, ora dicen que son como Ben-hur y Messala, que cada cuál le ponga a cada uno la cuadriga que considere más apropiada…

La vida es echar una bronca a los cachorros de Nuevas Generaciones cuando no se cumplían sus directrices, que algunos de aquellos jovenzuelos aún recuerdan sus reprimendas. La vida es dar rienda suelta a su gran afición: ejercer de radioaficionado nocturno con el código EA7AE en largas noches donde puede acabar al habla con un tío en Tailandia. Aún se recuerda la antena que hizo instalar en la sede regional de la calle San Fernando en sus años como secretario general, como se recuerda su último día en aquel despacho oficial, cuando una limpiadora le preguntó por qué se llevaba las banderas oficiales: “Son mías”. La vida es desayunar en las ventas de la A-92 en los largos viajes con Javié por la Andalucía que sigue dejando al PP en la cuneta del poder como heredero natural del pifiazo de la UCD en el referéndum autonómico. La vida es tener el don de la ubicuidad para estar en los oficios del Viernes Santo en la Catedral y en las procesiones de Jerez la misma tarde. La vida es estar de patrulla nocturna con la Cruz Roja en el Estrecho sin fotógrafos, una afición sana que, como la de radioaficionado, es propia de quien necesita dormir poco. Siempre dispuesto a subirse al helicóptero de la Guardia Civil, a sentarse en el puesto de mando de cualquier operativo de la Policía Nacional, a conducir el coche que lleva a Arenas adonde tiene que estar el líder a las 9 de la mañana.

Pero hubo una noche de escasos testigos en la que Sanz dio la verdadera talla de político del PP. Aquel domingo de cuaresma en que Arenas se quedó a cinco diputados de la mayoría absoluta de Andalucía, cuando de los salones del Oriza parecía que iba a salir la Mortaja y sólo faltaba el sonido de la esquila, cuando los camiones del cáterin de la Raza contratado para la prensa se quedaron aparcados encima de la acera con los canapés criogenizados, cuando la pancarta triunfal se quedó sin desenrollar y los músicos contratados fueron literalmente los primeros en marcharse… Aquella noche de hundimiento de la Armada Invencible de Arenas, cuando ya no quedaban pelotas y el perro flaco del PP andaluz volvía a rascarse las pulgas de un nuevo varapalo, Antonio Sanz siguió en la sede hasta el final junto al gran derrotado Fue una estampa dolorosa, compensada hoy con la experiencia en un despacho que ha convertido en una suerte de ministerio andaluz del Gobierno de Rajoy.

Sanz es un tipo intenso, el clásico agonía que no conoce límites en el oficio, una característica de donde afloran sus virtudes y sus defectos. Hoy vive días de preocupación por el futuro del Gobierno de España. Si el PP continúa en la Moncloa, nadie se atreverá a desalojarlo del despacho de la Plaza de España, pues ha demostrado que no se limita a acompañar a los ministros, sino a vender logros políticos de todo tipo: desde los planes de seguridad de Semana Santa a los tramos nuevos de autovía. Dicen las malas lenguas que Sanz tiene la visión política que falta en el equipo de Moreno Bonilla, líder regional. Y que, en la práctica, la Plaza de España es la referencia del PP andaluz en contraposición con la calle San Fernando. Si tuviera una imagen más estilizada, tal vez podría plantearse otros objetivos en una política marcada en exceso por la imagen y el márquetin. Pero entonces no sería el genuino Sanz, duro como secretario general con los suyos y amable para entenderse con los interlocutores de la izquierda. Es un profesional de la política en el buen sentido. No se caracteriza por su especial sentido del humor, pero no es aburrido. Será presidente del PP de Cádiz por los siglos de los siglos, sabedor de la importancia que tiene retener una parcela de poder orgánico cuando los vientos desalojan al PP de las instituciones. No quiso ser presidente del PP andaluz, tal vez porque ha vivido en exceso en la burbuja que se creó el propio Arenas y donde en muchas ocasiones sólo tenían cabida el propio Arenas y él. Dicen que con Arenas ha tenido más aguante que la sábana de abajo y que ha visto en demasiadas ocasiones como Javié es capaz de venderle un pingüino a un moro en el desierto. El caso es que Antonio, sea como fuere, siempre está más delgado. Palabra de Arenas Albendea aplaude. Y todos ríen, menos Raynaud si lleva el jersey amarillo.

El balcón de los pasos perdidos

Carlos Navarro Antolín | 20 de marzo de 2016 a las 5:50

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DESDE el balcón se ve la Sevilla del 29, regionalismo que se mantiene en pie porque no hay mejor forma de mantener el patrimonio que garantizando su uso. Se admira el río y se aprecia la cuadrícula urbanística de Los Remedios, barrio de escuadra y cartabón que en muchos casos se ha quedado varado en los tiempos de Lauren Postigo, que no suena a Baratillo sino a Andaluz, éste no es tu referéndum. Gabriel Rojas acertó cuando apostó por construir en Los Remedios cuando allí sólo estaba el convento. Pensó que si desde la explanada de República Argentina se otea a la perfección la Puerta de Jerez, por qué no querría la gente vivir al otro lado del río. En el mismo balcón se pueden dar hasta 21 pasos y formar tres filas de público, más que en muchas capillitas, tabernas y despachos profesionales de la ciudad. Un buen balcón con unas buenas vistas dan para pensar mucho. La expresión del Estado es el vacío. Clavar la vista en el cielo infinito desde tu propia casa es la expresión de la libertad. Es como disfrutar de la lluvia sin mojarse. A Juan Pablo II le encantaba oír la lluvia desde la basílica de San Pedro. “La lluvia es una bendición de Dios”, proclamaba con el baldaquino de fondo. Hay vistas que también son una bendición. Dar 21 pasos al aire libre sin salir de casa y respirando el aire de la calle tiene que ser como ciertos sacramentos: imprime carácter. El 21 es un número bonito. Rima con el 151, el de la autonomía andaluza. Manuel Clavero Arévalo (Sevilla, 1926) se inventó el artículo 151 de la Constitución en su casa con Herrero de Miñón, aquel político que estaba llamado a ser el líder de la derecha del tardofranquismo. A Dios por la belleza. A la autonomía por el 151. El Congreso tiene su salón de los pasos perdidos. Y la casa sevillana de Clavero tiene un balcón de los pasos perdidos.

La casa está trufada de libros. Por los libros los conoceréis. Sevilla vista por Atín Aya. El boletín de la Hermandad de los Estudiantes. El tomo granate de las personalidades de la Universidad de Sevilla. Las revistas de Abengoa. Vocabulario andaluz. Historia de la Universidad de Valladolid. Una biografía de Adolfo Suárez, el presidente al que Clavero provocó fuertes dolores de cabeza. Rumbo a lo desconocido. Una obra en homenaje a José Luis Prats, alma máter de Emasesa. La Celestina. El Ideal Andaluz. El habla andaluza. Delfines y tiburones. Juan XXIII. Córdoba y su Cabildo Catedralicio. Mirando las dos orillas. José Bono, les voy contar. Mitos del pensamiento dominante. La Inquisición. Rusia no es culpable. 1934: el movimiento revolucionario de octubre. La ladrona de libros. Mis amigos muertos. Andalucía: cambio y encuentro con el nuevo milenio. Los lomos de los libros hablan, son voces. Cantan las pasiones, los cambios de régimen político, las aficiones, los regalos… Los libros hablan como hablan las ausencias de libros. Una casa hiperpoblada de libros es un jardín botánico, donde todo está por estudiar. Y cada planta, cada libro, tiene su valor.

Clavero es la Transición, el 23-F, la alta política, la dimisión por antonomasia, una idea de Andalucía, un símbolo, una leyenda viva. Clavero es la visita a la Zarzuela para despedirse del Rey: “Señor, vengo a comunicarle que hago una cosa que usted no puede: dimitir”. Y se fue a Barajas a coger un avión. Y llegó el avión y había una multitud esperándole cuando ya no era nada. Los pelotas de cámara del PSOE sevillana esperaban a Guerra cada viernes en San Pablo para hacerle la corte porque Guerra era el capataz del gobierno de Felipe. Pero Clavero se bajó del avión como ex ministro cuando en España no dimitía nadie. Y a pesar de que ya no portaba la cartera ministerial de Loewe, estaba también al pie de la escalerilla un gobernardor civil para anunciarle que sí tendría la condecoración propia de los ex ministros para acallar ciertos rumores que apuntaban a una supuesta cicatería de honores. Clavero llegó, vio y cogió un taxi. Se plantó en su casa, donde estaba el balcón de los 21 pasos, los libros y las raquetas de tenis.

Siempre ha jugado al tenis de blanco, pero sin sofisticaciones. Aún se recuerdan sus sencillas zapatillas blancas en las que pegaba unos cortes para que el pie estuviera más holgado. Jugaba con Pepe García de Tejada, que usaba alpargatas de costalero. Fueron campeones de Andalucía. Y en Valencia se quedaron sin ser campeones de España. Nunca dejó el tenis, ni siquiera siendo ministro, cuando tenía derecho a usar las pistas del club Puerta de Hierro de Madrid. Clavero, el del café para todos, ha jugado al tenis por casi toda España. Y en Sevilla, además, con el sastre José María O´Kean y el radiólogo Ángel Rodríguez de Quesada. De los 18 a los 82 años, siempre jugando al tenis. Dos dígitos más para una vida simbolizada en los números. Andar 21 pasos da para mucho: para evocar la Constitución de 1931 que sólo daba autonomía directa a Cataluña y el País Vasco, para evocar a Ortega y Gasset, precursor de la teoría del café; para añorar Punta Umbría, para rememorar los días agrios en los que tuvo que irse al grupo mixto de los diputados, orillado por voluntad propia ante la actitud cerril de la UCD con Andalucía, e incluso para recordar con afecto ciertos viajes junto a Sus Majestades los Reyes en el 77. “Menos mal que ganó el Betis la copa, si no se llena Madrid de banderas vascas”, le comentó Doña Sofía en Valencia algunos días después de aquel histórico partido en el Calderón: Iríbar, Esnaola, penaltis y la locura verdiblanca.

Desde el balcón se ve el río, sí. Y el restaurante Río Grande, donde Clavero se dirigió a Escuredo en el enésimo intento por desbloquear el proceso autonómico andaluz tras un referéndum que se quedó encasquillado en Almería: “Rafael, esto no puede quedar así”. Y Escuredo le propuso almorzar con Felipe y Guerra para iniciar el desbloqueo ante el gobierno de la UCD. La historia es conocida. Hoy, un paseo por ese balcón sirve para comprobar cómo Andalucía marcaba un debate nacional de altura, lejos aún de corruptelas de café y de largas listas de imputados por los ERE. El proceso quedó desbloqueado sin necesidad de repetir el referéndum en Almería. Para el acto donde quedó sellado el acuerdo político, el presidente Suárez hizo una petición a Felipe: “Que no esté Clavero”. La UCD hocicó, pero no quería tener delante a quien había sido clave. El niño criado en la Puerta Osario, junto a la fábrica de harinas de su padre, estaba ya en la historia. Y al pasar los años nunca miró con rencor a Suárez, todo lo contrario. Se hubiera mirado a sí mismo con rencor de no haber dado el paso que tenía claro que debía dar: levantarse del mullido sillón y coger un taxi antes de tragarse el sapo antiandaluz de la UCD, ese sapo que aún tiene atragantada a la derecha en Andalucía como una maldición.

La infancia son recuerdos de la Semana Santa en las sillas de Sierpes oyendo las saetas de Antonio Mairena y Fosforito. La juventud, de salir de nazareno junto a su padre en el Gran Poder, siempre a pie desde la casa familiar de la Plaza Padre Jerónimo de Córdoba hasta la vieja parroquia de San Lorenzo por el camino más corto.

La vida es un balcón. 21 pasos. Una devoción al Señor reflejada en un número muy bajo en la nómina de hermanos. Una vara de rector en la presidencia de la cofradía de la Universidad junto a un hermano mayor llamado Ricardo Mena-Bernal. Un cuadro de la Virgen de Guadalupe en la entrada de una casa acogedora. Una Universidad con crucifijos en las aulas. Un tono de voz estilizado, de los que no se da ninguna importancia. Un forma de ser tan natural como el público a pie de calle cuando se dirige al periodista de alcachofa: “Antolín, ¿esto cuándo sale?”

La chicotá más larga

Carlos Navarro Antolín | 13 de marzo de 2016 a las 5:00

ALEJANDRO OLLERO
SE alejaba aquel paso de palio sin alharacas, carente de concesiones, huérfano de licencias. Se alejaba sobre los pies, escupiendo las bambalinas. Sí, escupiendo. Los varales firmes, hieráticos. Casi no se oía la música. Avanzaba el paso en una larga chicotá que obligaba al cuerpo de nazarenos a replegarse, a fundirse con la presidencia y el cuerpo de ciriales. El paso hacia delante, como la mar que empuja el espigón, ganando terreno, imparable. De frente, de frente, de frente. No hay mecida, no hay movimientos de costero, ni levantás a pulso. Hay un andar sereno y decidido. Así andan los pasos de palio. Y las bambalinas, escupiendo, escupiendo, escupiendo… Alejandro Ollero Tassara (Sevilla, 1951) tiene el inmenso privilegio de mandar el paso de palio de la Virgen de la Amargura. No tiene dinastía que ampare su trayectoria, pero tiene un estilo propio, una capacidad de liderazgo y eso que en política se llama carisma. Hay costaleros que son de la Amargura y, además, son olleristas. Ya quisieran muchos partidos políticos tener seguidores tan leales como los que tiene este veterano del martillo que aprendió el oficio de Rafael Franco, el Penitente y el Moreno, y que sabe cuánto le debe la Semana Santa a los costaleros asalariados. Sin ellos, los pasos hoy tal vez serían desplazados con horquillas.

Tiene este capataz tres reglas para el buen costalero: colocarse bien, esperar a recibir los kilos (los kilos no se buscan, se reciben)y andar con soltura. Tonterías, las precisas. Fue costalero antes que capataz, pero muy poco tiempo. Su lugar ha estado más ante el martillo que bajo la trabajadera. Este Ollero es tan relaciones públicas en la vida cotidiana, como serio cuando se trata de ejercer de capataz. Su vida es la Semana Santa hasta tal punto que la cuadrilla de la Amargura es la madrina de bautizo de su hija.

Delante del paso se permite alguna licencia, sólo apreciable por los finos observadores. Cuando la Amargura deja el antiguo Laredo y entra en la plaza, se coloca mirando al frente como un nazareno más. Y el paso va andando detrás de su capataz con toda perfección.

Entre sus ritos, hermosos ritos, está el citar a la cuadrilla en el convento de Sor Ángela (Madre Angelita, como a él le gusta decir) a primera hora de la tarde de cada Domingo de Ramos. Todos los costaleros rezan juntos. Y el capataz entona una oración de elaboración propia. Porque este capataz habla y escribe a un nivel muy apreciable. Oír a Ollero es refrescar una serie de términos de la jerga de capataces y costaleros que ya se está perdiendo. No sólo eso de que las bambalinas “escupan”, sino los pasos que dan “jabón”, “leña”, “vienen jumeando el taco” y “de lo bonito a lo ordinario hay sólo una mecida”.

El paso de palio de la Amargura anda, anda y anda. A Ollero le cuesta bajar el paso. Sus costaleros son gente sacrificada. Los cuellos de los costaleros de Ollero bien pueden ser los más sufridos. En Sevilla se dice que tienes el cuello más colorao que un costalero de Alejandro Ollero. Hay quien asegura que este capataz se olvida de quienes van debajo. No es cierto. Los que van debajo están preparados para sufrir. Si la música ha terminado la marcha, el capataz manda arriar. Pero si sigue sonando y no hay palermazo de fiscal que ordene arriar, el paso sigue adelante: “¡Hay que seguir, hay que seguir!”. Siempre de frente. “Los locos son los costaleros, no el capataz”, se oyó una vez entre el público. Los pasos de Ollero necesitan espacio libre por delante, como la Legión en el desfile del 12 de octubre. “¡No acostarse los costeros! ¡No acostarse! Hay que seguir, hay que seguir con Ella”.

El capataz es autoritario, un punto altivo y con un barniz que combina ingredientes, como la receta del buen incienso: cien gramos de soberbia con otros cien de vanidad. Dicen que no se casa con nadie. Temperamento se llama. Cuando un costalero se alivia tiene una teoría letal:la cuadrilla es una familia, un grupo unido por fuertes vínculos. Un día le oyeron tronar: “¡Un amigo no deja de cargar kilos para echárselos a otro amigo, eso no se hace!”. Palabra de Ollero. Cuidemos las cervicales.

Delante del paso lo controla todo con barridos de mirada: la candelería, los contraguías, el aguador, el público. Tiene un gesto de afecto en Alcázares con el costalero que está en su último año. Avista un cable a cien metros. Sujeta al policía zarandeado en la bulla. No se le va una. En la quietud adoquinada de Cuna percibió a una embarazada en segunda fila, se acercó a ella:“¿Tú lo vas apuntar a la Amargura cuando nazca, verdad?”. Aquella joven, sorprendida, le dijo que sí, que lo tenía ya decidido. Ollero se fue a levantar el paso cuando la presidencia andaba ya lejos y quedan libres esos metros que necesita para sacar esas chicotás interminables.

–¡Oído! ¡Esta levantá va por los futuros hermanos de la cofradía que están hoy en el vientre de sus madres! ¿Me habéis oído bien? Aquí hay un niño en el vientre materno, su madre está a mi lado, el niño será nazareno de la Amargura. Y yo voy a tener mi primer nieto en pocos días.

Y unas voces masculinas, tamizadas por los faldones, se percibieron casi nítidas.
–Vámonos, Alejandro, por ellos. ¡Por ellos!

Y la Amargura se fue al cielo a buscar la noche cerrada en la Anunciación con el sol por corona en una chicotá larga, larguísima, marca de la casa de este Ollero de traje oscuro con el pelo que desciende por la nuca como candelabros de cola.

Ser capataz no es sólo igualar, mandar y respetar al costalero para ser respetado y querido como capataz. Ollero es un estudioso del mundo del martillo, una suerte de I+D que ha investigado, escrito e innovado. Hasta edita una revista que se suele distribuir el día del Pregón y por la carrera oficial, fruto de sus buenos contactos y habilidades. Suya es la idea de pesar los pasos para saber con precisión los kilos y poder organizar mucho mejor las cuadrillas. La información es clave para el diagnóstico. Con básculas que se emplean para los camiones y remolques, Ollero comenzó a pesar los pasos en los retranqueos, una tarea que luego siguieron con perseverancia y precisión José Antonio García de Tejada y Javier Espinosa.

La vida es eso que ocurre en el ocaso del Domingo de Ramos, con el paso cuadrado frente a las Hermanas de la Cruz, la cera baja, los manigueteros fatigados, cuando están en las últimas la cántara de Lebrija y los jarrillos de lata soldada de José Luis de Pedro, aguador de camisa y pantalón albos; y el capataz que va y se sienta en el escalón de entrada a la Casa Madre. ¡Sí, se sienta! Se echa en el escalón como un torero en el estribo. Para que nada ni nadie se interponga entre la Virgen y las hermanas. Ahí, en esos minutos sentado, con la torre de San Juan de la Palma estirándose para ver si vuelve ya la Señora, este Ollero de la mejor estirpe experimenta la gloria misma, efímera, caduca como toda gloria en la tierra. La vida es ser independiente y pagar el precio de serlo. No tener excesivas relaciones con otros capataces. Haber apoyado a algún candidato a hermano mayor, lo que quizás le costó perder el martillo de la Gracia de Sevilla bajo palio. La vida es enseñar a Nono García de Tejada a mandar el paso de la Quinta Angustia, miradas barrocas, santos varones, sudario, cantores, bendito cimbreo del Señor, que nunca se pierda, y exquisito cortejo del preste. La vida es ser testigo privilegiado del diálogo entre la Virgen y San Juan, que dicen que San Juan es el que le va diciendo a Ollero que no pare el paso, que no pare, que sigan los varales firmes y las bambalinas escupiendo, que hay que dejar atrás el engendro de las setas para buscar los blancos muros de Santa Ángela cuanto antes, que esos muros saben arropar, cortejar y acunar a la Virgen mejor que nadie. La vida es una fecha:noviembre de 1979 cuando se estrenó como capataz en la procesión extraordinaria del XXV aniversario de la coronación de la Amargura. La vida es acudir a casa de su hermano Ernesto tras el encierro de la cofradía y que el reloj marque las seis o siete de la madrugada embebidos en tertulias sobre cuanto ha ocurrido.

El secreto del ollerismo radica quizás en que la cuadrilla de la Amargura conserva formas antiguas de trabajar, pues son más importantes las convivencias que los ensayos, más importante estrechar lazos entre los costaleros que apostarlo todo a alcanzar la perfección técnica debajo del paso, más importante valorar el sacrificio personal que organizar un sinfín de relevos para evitar la más mínima fatiga, más importante que haya menos costaleros para que trabajen cómodos que calzar muchos hombres debajo del paso y que vayan apretados.

Si la vida es sufrir, el costalero debe sufrir. Porque no hay recompensa sin sufrimiento. Los varales quietos, las bambalinas escupiendo, el andar sobre los pies, siempre de frente. La corona de la Amargura es el sol que nunca se apaga de noche. La Semana Santa es un paso de palio que se aleja. Hay que seguir, siempre hay que seguir. Y no dormirse los costeros.