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Piano, piano

Carlos Navarro Antolín | 31 de enero de 2016 a las 5:00

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AQUEL 2 de abril de 2009 estaba el Teatro Lope de Vega de punta en blanco, con bulla de autoridades socialistas a la búsqueda de foto y un ceremonial marcado por una cuidada liturgia civil. Sevilla estrenaba Metro en el tardío, siempre tardío, Domingo de Ramos de las infraestructuras pendientes. El presidente Manuel Chaves, la ministra Magdalena Álvarez y el alcalde Monteseirín formaban aquel cartel, hoy imposible por imputaciones judiciales o cortes de coleta política. Los políticos pasan, el Metro permanece. El presidente de la Junta ordenó desde el escenario del teatro que el primer convoy saliera de la estación de San Bernardo. Todos los asistentes pudieron presenciar la puesta en marcha de aquel tren en dirección al Aljarafe. Un vídeo explicaba el proceso de construcción mientras doce percusionistas recreaban el sonido de la tuneladora. El Metro nacía con una sintonía fresca, con la chispa necesaria para despertar a la ciudad del letargo que es marca heráldica de la urbe, una suerte de sevillanos levantaos… de la siesta. Cuando el periodista Carlos Herrera oyó aquella música se quedó enganchado. Esa música que simbolizaba el despertar de la ciudad en un proyecto que arrancó con Franco, pasó por la vergonzosa campaña municipal El Metro, un túnel sin salida, y terminó con Chaves activando el botón de la línea uno, que en realidad es la línea única, esa melodía –decíamos– debía servir también para levantar a millones de oyentes. Por eso Herrera la pidió para hacerla suya en las horas punta de su programa radiofónico, entonces en Onda Cero y hoy en la Cope, la emisora de los obispos a los que hay que pedir oraciones para que nuestros nietos, algún día, se monten en la línea dos. La melodía del Metro de Sevilla suena a las seis, siete y ocho de la mañana en toda España. Herrera pegó el mangazo de las corcheas.“Me gusta esa música. ¿Me la puedo quedar, Manolo?”. Y Manolo, vicario de la iglesia herreriana en la tierra, hizo las gestiones con la Sociedad Metro de Sevilla para obtener el plácet. Ese influyente Manolo no era Manolo Chaves, sino Manuel Marvizón Carvallo (Sevilla, 1956), músico de profesión, empresario, productor y un etcétera cargado de siete revueltas en el callejero de una prolífica vida.

Las sintonías de Marvizón son como las buenas coplas: se las queda el pueblo. Baste un ejemplo: el anuncio del queso Vega e Hijos, un clásico de la radio, tan natural y tan rico como siempre, salió de la cabeza de este músico que casi acaba en médico, de este músico que fue testigo de cómo su maestro, Álvaro Nieto, creaba el anuncio del Almendro que marca la Navidad española con la fuerza de un villancico. Melodías, sintonías, anuncios, marchas de Semana Santa, sevillanas. De su mente salió la melodía de Navidad en Canal Sur. Estudio, grabaciones, piano, auriculares, más piano, vista perdida en el horizonte de forma repentina para tararear una composición. Una vida ligada al pentagrama hasta en lo alto de una moto ajada, que los duendes nunca están liberados.

La sintonía es a la música lo que el trincherazo a una faena taurina. Menos es más. Reflejar un estado anímico (España despertándose) en diez segundos de música es un don al alcance de pocos, al igual que componer la banda sonora del Jardín Botánico de Córdoba. Poner música a momentos de la vida cotidiana, he ahí la clave. Músico se nace, quizás por eso abandonó las aulas de Medicina cuando estaba al final de la carrera. Su padre quería que fuese galeno, pero el niño estaba enamorado del piano. Ganó el niño, pero este músico es hoy un vademécum farmacéutico. Una de sus grandes aficiones es estar el día de todos los medicamentos. Tiene cuenta abierta en una botica, adonde acude cada día como el que va a por el pan. En Sevilla hay gente que colecciona serpientes o soldaditos de plomo. Y otros están encantados con genéricos, fórmulas magistrales y todo tipo de pomadas. Manolo no es sólo el vecino que te echa el capote en una obra y te aporta el teléfono de unos carpinteros la mar de serios, un electricista formal y unos pintores que cobran por horas pero no ralentizan la tarea con tal de trincar más, sino que se conoce la pastilla perfecta para la tos quintosa, la cefalea primaveral y la dureza de pies tras un día de cofradías.

Es un sevillano de los que aman su ciudad en agosto, odian la arena de la playa y pasan los días de Feria sin beber ni bailar. Marvizón abandona el real cargado de aire como un globo de la cantidad de refrescos que ingiere.

Es un perfecto diplomático en las relaciones sociales. Hace lo imposible por evitar la confrontación en una sociedad cada día más crispada y tobillera. Quizás su problema sea que nunca quiere decir que no y que ha sacado adelante a muchos jóvenes talentos que en algunos casos, la vida misma, se han comportado como cuervos. Cuando se pregunta por su carrera como músico a algunos directores de orquesta, hay unanimidad: “Manolo no copia, tiene un lenguaje propio y reconocible”. Por eso tal vez sea envidiado y por eso, también, ha ayudado a mucha gente que después, España pura, no quiere reconocer quién les tendió la mano para levantarse.

El músico se mete en charcos, es un vecino activo de la ciudad. Dicen que le ha quedado una conclusión muy clara de su contacto fugaz con la clase política a cuenta del negocio de la recogida de aceites usados de bares y restaurantes: el aceite es mejor dejarlo para las tostadas.

La vida es la búsqueda de la música alegre, colorista, que anuncia un futuro con la luz de la Alfalfa, la música que ayuda a los palios a exhibir la gracia azul y plata. Es ayudar al guitarrista alemán que desembarca en Sevilla pidiendo una oportunidad, es pedirle el teléfono a un músico callejero, o buscarle un profesor de piano a un chaval del Polígono Sur. La vida son cuestas arriba y pendientes hacia abajo que se alternan como la calle Muñoz y Pabón. Según se suba, o se baje.

Segundo de cinco hermanos, siempre ha sido un poco despistado con un leve barniz de hombre desastre. De soltero tenía, además de una legión de yogures caducados, una colección de lubinas en el congelador y una pila de paquetes de sal en la despensa que ríanse de las salinas de San Fernando, porque cada día que iba al pescadero echaba en la cesta un paquete de sal. Lleva a gala presumir en círculos privados de su pericia al cocinar la lubina a la sal, cuyo ingrediente clave guarda con el mismo celo que las monjas de San Leandro mantienen en secreto la receta de las célebres yemas.

A Carlos Herrera lo conoció nada menos que en el palquillo de la Campana una Semana Santa de finales de los setenta. Cuentan que cuando el comunicador habla de Marvizón una tarde cualquiera de café en el Candelaria, escondido en unas gafas de sol y con un atuendo no apto para el palco de la Maestranza en tarde de farolillos, lo tiene claro. “Manolo es un renacentista, un hombre que brilla en la música, pero que podía haber brillado en otros ámbitos. ¿Demasiado buena persona? Nunca se es demasiado buena persona”.

Pudo ser hermano mayor de una santa cofradía, la Hiniesta, pero no quiso. Cada día está más implicado en la Sociedad General de Autores, lo que contribuye a desvincular esta entidad de los trincones de telediario, que para eso Marvizón es un obsesionado de la higiene. ¿Cuántas veces se lava las manos al día este compositor? Será porque el ritual de tocar el piano requiere de manos limpias, que aquí no suena a sindicato, sino a cura que celebra el sacramento de la eucaristía.

El músico que sale con vara en Santa Cruz pasea por el centro y tiene que lidiar con el cofraderío que le pide que escriba una marcha para su Virgen. De balde, por supuesto. O le ruegan que medie para que Herrera escriba en el boletín, presente una gala o recoja un premio. Sin dar las gracias, por supuesto. O le piden que arregle una marcha antigua en sus estudios de grabación. Con el mero agradecimiento de un cuadrito con marco dorado, por supuesto.

Inventó el pregón multimedia en la Hiniesta hace muchos años. Ha vivido experiencias próximas al más allá, como oír cantar al cura Lanzafame en su estudio de grabación. Se quitó el bigote que había lucido durante 30 años porque una tierna voz infantil se quejó de que el rostro pinchaba. Como luce calva desde que era muy joven, su imagen es la de la eterna juventud. Los relojes, mejor de esfera grande. El deporte, ¿para qué? La moto, como los zapatos, cuanto más usada mejor se adapta. Disfruta comiendo pan. Si los médicos lo someten a pruebas que incluyan técnicas de última generación, su tendencia a la hipocondria se rebaja.

La música es el celofán que envuelve el mejor regalo, el lazo de un día perfecto. La música es como una vida templada: piano, piano. En la música hay una combinación de reposo, meditación, sacrificio, horas de oído y ejercicio mental. Si tres personas hablan y hay una radio de fondo, tengan por seguro que Marvizón está oyendo la radio. Érase una vez un hombre pegado a unos auriculares que luchó por ser músico sin olvidar la vocación humanista del médico que vio su padre. Serán cosas del Renacimiento, palabra de Herrera. ¡Dentro sintonía!

Un tal Del Valle

Carlos Navarro Antolín | 24 de enero de 2016 a las 5:04

MANUEL DEL VALLE
DON Remondo es la calle donde siempre hace frío de enero y en los adoquines suenan las pisadas cobardes de los que huyen con pasamontañas y dejan atrás un reguero de sangre inocente. Las calles de Sevilla se van especializando de forma espontánea, con el paso de los años y la consolidación de los hábitos, sin necesidad de diseñadores de centros comerciales especializados, desubicadores, globalizados, franquiciados y carentes de la singularidad que hace a un comercio irrepetible y distinto a otro. Si Don Remondo es el frío perpetuo que hiela los interiores de la memoria y Feria es la calle que siempre conduce a la Esperanza, Córdoba es la calle de los zapatos, Trajano la de las funerarias, la Plaza del Pan donde se visten las novias, la Encarnación donde los chinos arreglan los teléfonos que se han mojado, Muñoz y Pabón donde se regatea el precio de las antigüedades, Arfe donde aquellos jóvenes de las botellonas de los años 90 se gastan ahora la nómina en gin-tonics sibaritas servidos en barra, Alcaicería donde se encarga el cartón de los capirotes, Francos donde se cortan las telas y se compran los escudos del antifaz, Regina donde el comercio pijo-progre ha encontrado su nicho… Y Capitán Vigueras es la calle de los abogados de la Transición, un despacho en blanco y negro, con gente con gafas de pasta, cuellos abiertos a lo Curro Jiménez, pantalones de pata elefante y música de Jarcha. Un despacho donde, entre otros, había un par de nombres ligados a la ciudad. En muchos círculos no hay que decir el despacho de Felipe González, Rafael Escuredo, Manuel de Valle, Antonio Gutiérrez, Ana María Ruiz Tagle y Miguel Ángel del Pino, sino simplemente se dice “el despacho de Capitán Vigueras” y basta, al igual que el cofraderío dice “en Campana”, sin artículo, o la ministra frívola dice “en Indias” para aludir al Archivo.

En aquellos días de sudores y fatigas del Rey y Suárez para encarrilar el tren de la democracia, hubo unos vecinos de Bellavista apurados con un asunto jurídico. Recurrieron a Juana, la madre de un joven abogado llamado Felipe González. Querían ser atendidos por Felipe. Pasados los días, la señora Juana se interesó por el resultado de sus gestiones. Y aquellos desorientados vecinos sentenciaron:

–Bueno, fuimos al despacho y nos atendió un tal Del Valle…

Manuel del Valle Arévalo (Sevilla, 1939) forma parte de Capitán Vigueras, dicho sin más, como la Alcaicería de la Loza podría ser la rebautizada Alcaicería de los Capirotes. El tal del Valle hizo la célebre foto de la tortilla, una instantánea sobre la que ya hay más teorías y leyendas que sobre el 23-F. Del Valle es retraído, discreto y comedido. Si fuera nazareno sería de cola y, por supuesto, de ruan. Y  eso en política es como tener contratado un seguro. No molesta al líder, luego el líder jamás lo ve como una amenaza. Y siempre hacen falta peones y alfiles en el ajedrez de la política. Como buen sevillano, administra a cuentagotas un profundo sentido del humor, que exhibe mediante cargas de profundidad sólo aptas para interlocutores sagaces. Del Valle es hermano veterano de la Cofradía de la Retranca. En una reunión de la Internacional Socialista celebrada en el Madrid de finales de los 70 fueron apareciendo líderes extranjeros, anunciados con todo bombo por la megafonía. Cuando se oyó el nombre de Carlos Andrés Pérez, el sevillano de Capitán Vigueras soltó:“¿Pero este hombre no debía estar en la cárcel?”

Pasaba fatiguitas a la hora de tirar los pasquines del PSOE en los años de la Transición, que es cuando tenía mérito lanzarlos desde la ventanilla del seiscientos, o pegar carteles con el puño y la rosa por el centro y los barrios. Hay quien sigue manteniendo que Del Valle los tiraba en la papelera más próxima y que, con la cara descompuesta, decía a los compañeros:“Yo ya he tirado los míos”. Aquellos años de juventud universitaria, de secretario de cultura y propaganda del SEU, colaboraba en Radio Vida, con sede en Trajano, donde hacía la información política internacional basada en las ediciones del rotativo francés Le Monde que compraba en Sierpes a dos pesetas, siempre y cuando los ejemplares no hubieran sido intervenidos por la censura por contener informaciones críticas con el régimen.

Hombre tan retraído como habilidoso. Pareció un buen gestor, que es mucho más importante que serlo. Ysi podía evitar cualquier decisión traumática en el desempeño de cargos públicos, la evitaba a toda costa. Como guerrista que era, logró ser presidente de la Diputación y alcalde de Sevilla. A la Plaza Nueva llegó después de que Alfonso (el político, no el restaurador de Jerez)dijera que no quería seguir contando “ni muerto” con el escritor Antonio Rodríguez Almodóvar. Hay que alabar que se marchó a su casa y a su despacho, con un breve período de tiempo inicial en que presidió una fundación. Se fue sin rechistar ni largar, sabiendo jugar a la perfección el difícil papel de ser un jarrón chino, una parte importante de la historia reciente de la ciudad, un símbolo que debe ser respetado y debe ganarse ese respeto. No se lamentó pese a que pudo pensar que se quedaba sin probar la miel del 92 después de haber puesto a punto la ciudad con el PGOU de 1987. Las encuestas de Julián Santamaría, sociólogo de cámara de Felipe y Guerra, advirtieron de que el PSOE corría el peligro de perder la mayoría absoluta en 1987. Yse perdió. Los sondeos de 1991 ya alertaban de que se perdía directamente la Alcaldía. Yapuntaban que el mejor candidato para retener el gobierno era Pepote Rodríguez de la Borbolla. Aludían después a socialistas como Luis Yáñez. El dedo de Guerra señaló a Yáñez. Y el PSOE perdió la cotizada plaza de Sevilla.

Una de su cualidades es que no ha tenido celos de ningún colaborador. No ha sido nunca hombre de acción, pero no le ha importado que en su equipo hubiera gente con impulso y decisión. El PSOE influyó mucho en las dos listas electorales con las que concurrió a las municipales, la de 1983 (mayoría absoluta) y la de 1997 (mayoría simple). Siempre permitió brillar a sus tenientes de alcalde. Tuvo un equipo de concejales solvente, con bastante más enjundia de lo que circula por la Plaza Nueva en los últimos años: Curro Rodríguez, Paco Moreno, Guillermo Gutiérrez, José Vallés, Isidoro Beneroso… Yen el Alcázar contó con Paco Mir, quien promovió junto a Manzano la retirada de la Cruz de los Caídos. Eso sí, sin que Del Valle firmara ninguna orden, porque dicho está que evitaba cualquier decisión que pudiera originar revuelo. Especialista en mandar a alguien siempre por delante y quedarse resguardado en la trinchera. Para negociar el presupuesto con el interventor Francisco Pimentel confiaba en un pujante Pepe Moya Sanabria, que era el jefe de personal del Ayuntamiento y que hoy es presidente de Persán. Ypara evitar negociar en minoría con los comunistas de Adolfo Cuéllar, si había algún asunto de especial trascendencia para la ciudad, le pedía a Manuel García, entonces edil del PP y hoy hermano mayor de la Macarena, que mediara ante Soledad Becerril para contar con los votos del Grupo Popular. En sus años como alcalde se apoyó mucho en dos funcionarios de prestigio:Mauricio Domínguez y Domínguez-Adame, experto en protocolo y en el quién es quién de la ciudad, y Pepe Contreras Rodríguez-Jurado, una suerte de jefe de la Casa Consistorial que controlaba todo lo que se cocía en el noble edificio.
Siendo alcalde vivía en un piso del Polígono San Pablo con su suegra. En los últimos y muy calurosos días de la campaña del 87 recibió en la vivienda familiar para la entrevista de rigor al periodista José Aguilar, jefe de Política de Diario 16. Pepe solicitó al alcalde un refresco para evitar el riesgo de colapso que todo sevillano padece cuando se ha expuesto al sol a primera hora de la tarde de un junio amenazador. La suegra terció: “Sólo tenemos agua”. El periodista colocó la grabadora en la mesa para comenzar la entrevista. Y se oyó de nuevo la voz de la suegra:“Cuidado no me vaya a rayar el mueble”.

Aficionado a la fotografía, Manuel del Valle tiene buen ojo para captar imágenes con la cámara y sin ella, incluidas las de la belleza femenina. No sabe bailar sevillanas. Dicen que un día de Feria junto a este veterano del PSOE puede resultar más largo que la cofradía de San Bernardo.

–¿Usted que haría si se encontrase en la Feria y sólo pudiese conversar con Manolo del Valle?
–Buscar el globo de Ecovol donde se pedían los taxis.

Apenas bebe. Acaso se moja los labios. Es el típico amigo que conviene cultivar para que se haga cargo de conducir a la vuelta los días de parranda. En ocasiones oculta la copa con una servilleta para que los pesados de guardia, de aspavientos y lengua gorda, no le controlen si de verdad está libando. Metódico y austero, un día fue invitado a almorzar en Madrid por el presidente del Senado, José Federico de Carvajal. Se limitó a pedir consomé y tortilla francesa. Con políticos así nunca habría vergonzosas fotos de mariscadas con Pantagrueles y cubiertos dispuestos en vertical.

Si hay un rasgo que define a Del Valle es su forma de saludar. Pocos aprietan la mano con tanta fuerza, casi con un punto de vehemencia que contrasta con su aspecto aparentemente frágil, con su estética de escuadra y cartabón, con su abrigo de caída perfecta a lo Antonio Ríos.

Del Valle es el triunfo de la segunda fila. Ni se ha quejado, ni ha sido dispendioso. Dicen que se libró de una posible cornada tras ciertos negocios marbellíes en San Pedro de Alcántara. Tal vez de su etapa juvenil como jugador de rugby aprendió a encajar los golpes. Su amistad con Jesús Aguirre generó un gran beneficio para Sevilla, pues supuso la apertura de la Casa de Alba hacia la ciudad. Jamás tuvo problemas con la Iglesia siendo alcalde, se entendió a la perfección con el cardenal Amigo, al que, invitado por Monteseirín, despidió en el Ayuntamiento al término de su pontificado. Tuvo una gran excepción el 23-F, cuando aguantó el tipo todo el tiempo en la sede regional del PSOE junto al secretario general, Pepote Rodríguez de la Borbolla, y el entonces consejero de Interior de la Junta de Andalucía, Antonio Ojeda, entre otros militantes, mientras otros compañeros eran gamos a la búsqueda de la frontera con Portugal.

Manuel del Valle tiene calle en Sevilla, una pedazo de Avenida cargada de colmenas de vecinos donde Sevilla se aproxima a Córdoba y se aleja de la Giralda. Aunque Del Valle no evoca más calle que Capitán Vigueras ni más vianda que la tortilla. Y, por supuesto, no se asimila al perfil del socialista de hoy ni de lejos. Al lado de algunos de los que hoy pueblan la sede de Ferraz, Manuel del Valle parecería hasta de derechas. Y siempre, siempre, tiene el aspecto de un señor de orden al que en Navidad da gusto felicitarle las pascuas y en la cola de la caja del supermercado cederla la vez.

El sastre entallado

Carlos Navarro Antolín | 17 de enero de 2016 a las 5:00

JOSÉ CAÑETE   2
HAY médicos fumadores, orondos y con cara de dormir poco, que son más aficionados a los recortes que Rajoy. Le quitan a uno de cuajo de la mayonesa, de la técula mécula y de ir al estanco a por pitillos, sin período de carencia en el BOE, y lo ponen a caminar en la ruta del colesterol por el río y a comer canónigos cual grillo, pero canónigos de la huerta que los venden ya lavados en bolsas de plástico, no de los que Su Excelencia elige a dedo en agradecimiento a los favores prestados para asegurarse el control del Cabildo, que el Cabildo es a la diócesis lo que el Senado a las Cortes: tiene la misma utilidad que el abrecartas con piel de cocodrilo que te regala el cuñado en el amigo invisible, pero que conviene no perder de vista para no quedar malamente. “Oiga, doctor. Si cumplo las restricciones a rajatabla, ¿viviré más?” Y dice el galeno pasado de kilos: “No, pero se le va a hacer a usted la vida de larga…”. Con los sastres ocurre algo parecido. Te sueltan la teoría del cuerpo de rico (que necesita traje a medida por sus especiales dimensiones)o de pobre (al que le sienta bien cualquier terno de confección), te convencen de que el pantalón no debe reposar en exceso sobre el empeine del zapato (para que no parezcas José Joaquín Gallardo camino del Colegio de Abogados) e insisten en darte un centímetro más en el cuello y la cintura para que no vayas tan apretado en una ciudad con riesgo de calores seis meses al año: “Un pelín más holgado y así puede usar usted este terno casi todo el año”. Y cuando uno se fija en los maestros sastres de la corte, que cada vez son menos, resulta que van todos más entallados que un banderillero o que el maniquí de Scalpers, con el botón de la chaqueta con claros síntomas de estrés en la maniobra del cierre, y con el bajo del pantalón acariciando levemente el calzado de tal forma que ni se salpica en caso de charco.

José Cañete Serrano (Sevilla, 1938) es un sastre entallado que forma parte de esa privilegiada casta de sevillanos al que todo el mundo le echa entre diez y quince años menos de edad. ¿Qué edad tiene Pepe Cañete?, se pregunta de vez en cuando el personal de los comercios en las horas muertas de esta cuesta de enero. Ea, pues ya hemos revelado el segundo secreto de Sevilla después de los criterios para distinguir entre el original y la réplica del tesoro del Carambolo. Cañete cumplirá 78 primaveras el próximo abril. Como diría el doctor Escribano, a base de “mirarse” en la báscula, que hay que salir hecho un pincel en las fotos de los periódicos, que en eso Cañete puede impartir un máster de posgrado en cualquier universidad pija, que son las de pago, las que se anuncian con sonrientes jóvenes rubios. Un acto social en Sevilla sin Cañete es como una cofradía sin pasos, que verlas las hemos visto, ¿verdad Kiko Berjano?.

No hace mucho llegamos al mostrador de la recepción de Diario de Sevilla pidiendo con urgencia un periódico del día.

–Coge ese que está ahí suelto, que lo ha usado un momento don José Cañete, pero no se lo ha llevado.
–Claro, porque no sale él en la foto del acto de ayer.

Cañete mide a los clientes para que los trajes queden perfectos, pero no entalla el paño como se lo entalla a sí mismo, porque dicen que se guarda la exclusividad de presumir de tipo en los paseos por ese hábitat urbano que es el centro comercial, y no la delegación municipal que permite los veladores, jaimas y otros chirimbolos en la vía que llaman pública, pero que en realidad es de un solo hostelero con más sucursales que La Caixa.

Nadie puede discutirle a Cañete ni su capacidad de trabajo, incluidos muchos domingos, ni la pasión por un oficio que heredó de su abuelo y de su padre, que aprendió en el taller familiar de Sevilla y perfeccionó en Barcelona y Francia. Es de esos españoles privilegiados que se incluyen en el ínfimo porcentaje de los que trabajan en aquello que siempre quisieron por mucho que tuvieran sueños juveniles de ser torero, que los tuvieron. Cada día sigue acudiendo a su comercio de la calle Rioja con el traje azulón, las camisas y corbatas (más bien cortas) en distintos tonos celestes, según los casos, y con el cinturón de característica hebilla metálica de gran tamaño que recuerda al del Rey emérito en las fotos veraniegas del Marivent sin imputados. Cañete, que se deja el pelo una mijita largo para conseguir cierto efecto de candelabro de cola, es como Florentino Pérez a lo hispalense, fiel a los colores azules y sin concesiones a las estridencias, como si estuviera siempre listo para ser testigo de una boda. Por mucho frío que haga, no presenta alegaciones para escaquearse de la jornada laboral: abrigo y bufanda. Si hay que prescindir de algo, se prescinde del abrigo, pero no de la bufanda, preferentemente muy apretada al cuello, que Cañete protege la garganta hasta en días de fuerte calor haciendo ver, si es necesario, que la potencia del aire acondicionado está en modo llamada de pingüinos.

Cañete es de los sevillanos que no hablan con cualquiera. Selectivo. Muy selectivo. Serio de entrada, como buen sastre. Ha tomado medidas a muchos famosos de diverso pelaje. Ortega Cano, Morante de la Puebla, Jesulín de Ubrique (un día en que las jóvenes casi invaden la tienda), o el entonces ministro francés Sarkozy, aún sin Carla Bruni. Cañete es el sastre de grandes personajes de la ciudad, como el notario Antonio Ojeda, el cofrade Antonio Ríos, el mismísimo arzobispo Asenjo (al que se le toman medidas en el Palacio Arzobispal), o los jugadores de la plantilla del Sevilla. No hay otro sastre tan bético que haya revestido con más prestancia a los futbolistas del Sevilla. Un día que pasó Lopera por la tienda y vio el perchero con los trajes terminados y con el escudo rojiblanco del club que entonces vivaqueaba por la Segunda División, preguntó con indisimulada guasa:

–Pepe, ¿estás seguro que te van a pagar los trajes?
–Claro que sí, de hecho ya los he cobrado.

En épocas del boom del ladrillo no se sabe si había más cola en ciertas notarías, convertidas en charcuterías de la fe pública (“¿Quién da la vez?”), o en la sastrería de Cañete, donde no había tiempo de hacer las composturas ni se daba abasto en la entrega de ternos, que había señores muy conocidos que se encargaban uno para cada día de la Feria.

La infancia son recuerdos del taller de su padre en el número 20 de Sierpes. La juventud, del servicio militar en Ronda, nada menos que en la Legión. La vida son tardes de Jueves Santo vestido de ruan tras el Señor de Pasión y jornadas como oficial de junta del Dulce Nombre, con Pepe Torres de hermano mayor. Son pequeñas siestas de obligado cumplimiento, con un ojo puesto en la novela de turno de la televisión, antes de ir de Canalejas a Rioja por el camino más corto. La vida son días de reposo en el chalé de Sanlúcar la Mayor rodeado de los fieles canes y alejado de la pegajosa arena de la playa. Y son días del Rocío en Pentecostés y también después de Pentecostés con la hermandad de Dos Hermanas. La vida es medir, cortar, hilvanar, probar y coser, verbos de un precioso oficio en decadencia donde la confección se ha impuesto al traje como Ikea al mueble de artesanía.

Este sastre recibió un día un hermoso encargo: confeccionar una túnica para el Gran Poder. Habló con el catalán Juan Gorina, que dirige la mejor pañería de España, que respondió que no perdía horas de trabajo en sacar una tintada especial cuando se trata de tela para una sola prenda. Pero cuando preguntó para quién era la túnica y Cañete le dijo que para el Gran Poder de Sevilla, Gorina no sólo se esforzó en conseguir el color exacto en los talleres de Sabadell, sino que no cobró su trabajo. Ningún alcalde ha colocado aún una placa para conmemorar el hito de conseguir que un catalán no cobre por su trabajo, y eso que ha habido alcaldes que se han hartado de poner placas. Hasta uno hubo que inauguró mandato poniendo un bacalao y terminó con un bacalao… de gestión. De aquella tela hubo suficiente para hacer otra túnica para el Gran Poder de Dos Hermanas. Y hasta algún periodista conocido tiene un chalequillo.

Parece altivo, pero dicen que atesora una gran humanidad. Perfeccionista, puntilloso y ordenado. Le horroriza un escaparate incompleto o un batiburrillo de ropa en una estantería. Defensor del tratamiento de usted en las relaciones profesionales. Es un sastre que no delega la labor del corte. Huele al tieso figurón a larga distancia. Formó parte de la pandilla del Lele Colunga en días de vino y rosas. Gran amigo de Los del Río y del periodista José María García, al que recogía en el aeropuerto en sus llegadas a la Sevilla de los 80. Asiduo de las fiestas del inolvidable Enrique Fernández Asensio en la casa de Montesinos cada noche de Viernes de Dolores.

Cuentan que un día le preguntaron cómo proceder con un cliente que se lleva el traje, pasan los meses y no termina de pagar. La clave, al parecer, es andarse con ojo en caso de que el moroso sea de gran notoriedad, para evitar que lleve el traje puesto y, como respuesta a los requerimientos de pago, largue en ciertas reuniones de lo malamente que se lo han cortado. Mejor, no presionar a ciertos pájaros. Y vigilar el peso cada día. Sin olvidar los pequeños ritos de la siesta para que el Gran Poder siga teniendo un sastre de guardia, entallado como un joven aprendiz. Porque para cierto Cliente nunca falta tela para cortar. Y encima es de los que siempre pagan con gracias de valor muy superior a todo lo recibido en una vida prolija.

El tabernero auténtico

Carlos Navarro Antolín | 3 de enero de 2016 a las 5:00

Pepe Yebra
ACUSÓ recibo del tarjetón de la invitación a la boda y, una vez que, reunido en asamblea consigo mismo, decidió que sí era procedente la asistencia, decidió telefonear para confirmar su participación con un lenguaje parco, directo, sin concesiones y exento de alharacas.

–Muy honrado. Quería avisarte que sólo iré a la celebración.
–¡Qué alegría! Pues te digo de dónde salen los autobuses para la Hacienda y los horarios…
–¿Qué hacienda? Yo voy a la iglesia solamente, que es donde tiene lugar la celebración, ¿no?

Así de auténtico es José Yebra Sotillo (Sevilla, 1948), que forma parte de una minoría que no gasta ojana, que cultiva el arte de administrar las distancias (donde radica la verdadera buena educación), que huye del ruido, de la verborrea, del griterío, de la bulla, de los aspavientos y, en general, del mal gusto de las masas. Es tabernero de la calle Boteros, donde ha cotizado 52 años detrás de la barra del negocio que su padre adquirió en 1947. Pepe se jubiló recientemente. La taberna sigue igual, como si fuera a abrir cualquier día. Están el anuncio del viejo barbudo de Terry, los cinco barriles (blanco, mosto de Umbrete, tinto, fino y manzanilla), los dos taburetes en la trastienda y, por supuesto, las paredes sin pintar, porque cada vez que anunciaba reforma se barruntaba una recogida de firmas entre los allegados alegando que la Real Academia de Bellas Artes emitiría un dictamen contrario a la modificación sustancial de la estética del establecimiento. Hasta hay quien ha visto manchas en esos muros parecidas a las caras de Bélmez.

Pepe Yebra es un alguacil de la hostelería. De riguroso mandil y con el usted por delante con todos los clientes (muchos de ellos más parroquianos que clientes), siempre espera las peticiones alejado levemente de la barra, como el alguacil espera en la raya de picadores que sea el torero quien se acerce a recoger la oreja. El arte de la distancia, el respeto a los espacios propios. Jamás ha servido whisky. “Esto no es una barra americana ni aquí se pasean niñas”, se le oyó decir. De destilados, exclusivamente ginebra del Puerto y ron blanco. Nada amigo de la prepotencia capitalina (experimenta cierta irritación con el acento centralista) ni de los agradaores sevillanos. Si intuye guasa, pega el corte, como cuando una noche le pidieron de forma insistente una copa de Marie Brizard.

–Chucherías, al quiosco de la Alfalfa.

Si en lontananza aparece un borrachín, se le oye una sentencia en voz baja: “Éste viene de pasar la noche en San Onofre”. Y si es un grupo de jóvenes con evidente desaliño y camisetas a lo Errejón: “Ya está aquí el grupo joven de la Quinta Angustia”. El derecho de admisión no se reserva, se administra. ¿Cómo? Siempre lo ha tenido fácil para ahuyentar a la clientela incómoda. En corto y por derecho: “Ahora mismo no tengo vasos libres”. La leyenda siempre ha mantenido que en la taberna de Pepe sólo hay 24 vasos duralex, como 24 caballeros acompañaron a San Fernando en la entrada triunfal en Sevilla. La doble fila no sólo es cosa del tráfico, sino de la clientela de Pepe esperando a que se queden vasos libres para tomar la cerveza, siempre escoltada por una conchita de aceitunas que si se las deja en reposo unos minutos adquieren el tono reseco del bodegón que adorna la sala de espera ochentera de la consulta del endocrino de Virgen de la Antigua.

Jamás ha tenido un horario oficial de apertura.
–¿Cuándo abre Pepe?
–Cuando él quiere. Esto es como los almonteños y la Virgen.

Pero siempre abre, salvo el Viernes Santo, día para el exilio interior, revestido de ruan en la Costanilla tras el Nazareno caído. Si pasa una procesión por delante de la taberna, echa el cierre para evitar la clientela ocasional: “Vivo de mis socios, no del día del club”. Si intuye que hay riesgo de convertirse en receptor de cerveceros sabatinos del Salvador y el Tremendo, retrasa la hora de apertura para evitar esa peligrosa oleada pasada de fermentación a la búsqueda del trago largo económico.

Su padre, por cierto, abría de ocho de la mañana a doce de la noche, desde muchas décadas antes de que la novelería sevillana se admirara del horario ininterrumpido de los chinos. Hasta 32 personas fueron contadas en una ocasión en la calle Boteros a la espera de que Pepe pegara el persianazo hacia arriba. Si ha de cerrar un día señalado por algún motivo, avisa personalmente a los clientes incondicionales. Si no ha podido avisar a uno, renuncia al descanso. Se planta el mandil y abre, pero no se falla al cliente que no falla. En esa barra han convivido, tanto en tertulias como en sonoros silencios, una mezcla ordenada de profesionales de prestigio con personajes propios de la cafetería de La Guerra de las Galaxias. Catedráticos, médicos, funcionarios, solitarios profesionales, maniáticos, aristócratas venidos a menos, obsesivos del número de aceitunas, artistas, periodistas, economistas, militares, gente con la cabeza notoriamente ida, costaleros, capataces, camareros de los bares de alrededor (El Rinconcillo, Morales, Peregil) a la búsqueda de la última guarida antes del retorno a casa.

Gran amante del fútbol, vivió junto al palco del Bernabeu la final de Copa del Rey entre el Sevilla y el Getafe. Su acompañante asegura que Pepe recibió más saludos que Monteseirín y Zoido. Y cuando recorre la Alfalfa con su hermano, el eminente dermatólogo Ismael Yebra, son muchos los que comentan: “Ahí va Pepe con su hermano”.

La vida es disfrutar de las cofradías en soledad, como los viejos cofrades sabios. Es destinar las propinas de todo el año a la bolsa de caridad de la Exaltación, su otra hermandad querida. La vida es no echar a ningún cliente, sino usar el lenguaje del escobón. Si Pepe se pone a barrer, hay que ir abandonando el local. Es el código. La vida, hoy, es no entender del todo que se tiene derecho a una pensión sin trabajar, una suerte de mala conciencia en quien no ha hecho otra cosa más que trabajar desde que la familia se quedó descabezada y tuvo que ponerse al frente del negocio o, mejor dicho, detrás de la barra. La vida es el orgullo de estar en primera fila en el ingreso de un hermano en la Real Academia de Medicina, un hermano siete años menor por el que Pepe sacrificó sus estudios, abandonó las aulas, para sacarlo adelante con su esfuerzo cotidiano y hacer posible la forja de uno de esos profesionales, vecinos de la ciudad y gente que, como diría Muñoz Molina, hace cosas sustanciales por la sociedad. La vida es estar a las ocho de la mañana en la salida de la Virgen de los Reyes. “¿El Rocío? Yo me he criado en los pasos”. La vida es viajar a Liverpool, cuna de los Beatles, y devorar cada día periódicos hasta dejarse enlutadas las yemas de los dedos.

El humor hondo y de mano baja es marca de la casa en este sevillano nacido en la calle Herbolario. Un día le preguntaron por las reiteradas ausencias de un parroquiano habitual.Con la voz acelerada y la mirada caída a media altura, explicó la causa mientras tiraba un tanque de cerveza.

–No, no. Ya no viene hace meses. Se ha dado dado de baja.
–¿De baja? ¿Se han peleado ustedes? ¿Se ha muerto?
–Que se ha casado. Que ya no viene.

Siempre ha mirado por la economía de la clientela.
–Pepe, llénale a Jesús y la compaña. Y me lo anota usted.
–No, no, otro día. Hágame caso que Jesús viene hoy con seis o siete por lo menos.

A los desahogados que lo tutean nada más entrar en su casa, trincherazo rápido: “¿Nos conocemos de algo?”. Lista de tapas, jamás. Todo lo más, algún fruto seco, nunca publicitado que, al igual que los taburetes, debe ser traído expresamente de la trastienda.
Estuvo años recibiendo la barra de hielo pese a tener ya refrigeración propia. Pero como no sabía como decirle que no al repartidor, víctima del apuro, la seguía recogiendo y pagando hasta que la empresa cerró. El caso es que la barra se derretía sin uso cada día, durante lustros, formando ríos hasta la Pila del Pato.

Educado, prudente y selectivo. Es todo un google de la Alfalfa, controla a la perfección el quién es quién de su entorno. Hombre que vive en paz sus días, no le toquen los costados porque se defiende con garra. Enemigo de recibir “partidos de homenaje”, nadie duda que ha creado un estilo en la hostelería. Alguacil señorial detrás de la barra, fiel a su educación sin complejos, sevillano trajeado en las fiestas de guardar. No alquila el local después de jubilado. Sigue intacto, como el despacho de Manolete. Sólo le falta la barra de hielo, los fieles parroquianos y algún personaje de vida inconfesable. La mejor medalla al trabajo que ha recibido este guardián prematuro de la viña familiar ha sido la carrera de su hermano. Nobleza se llama. Autenticidad se pregona. En la ciudad de los gorrones hay quien acude sólo a la misa en las bodas. Y encima te manda el regalo. Señorío se ve.

Una vida al galope

Carlos Navarro Antolín | 6 de diciembre de 2015 a las 5:00

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ES la cantinela que sigue a la desgracia, la coletilla que confirma el grado elevado de la tragedia. A cada siniestro con un número considerable de víctimas, a cada atentado terrorista o catástrofe natural, siempre sigue la referencia al equipo de psicólogos que acuden a la zona cero para atender a los familiares, para prestar los primeros auxilios y amortiguar los fatales sopitipandos, para ayudar a digerir la mala nueva. Hay gente en cuyo currículum se combinan las mayores alegrías y las peores desgracias con especial intensidad. Será verdad lo que dice el cura Perico Ybarra cuando reza la Salve, que mete una hermosa morcilla cuando alude a que la vida es un valle de lágrimas. Es justo entonces cuando don Pedro irrumpe en los bisbiseos de los fieles: “…Y de alegrías”. Llanto y risa. El cura rebelde se niega a reconocer que sólo hay lágrimas.

María Luisa Guardiola Domínguez (Sevilla, 1940) es una de esas sevillanas que siempre ha llevado dentro un nazareno de ruan. No por el hieratismo ni por la seriedad, porque precisamente se caracteriza por la vitalidad y por tener siempre la sonrisa esculpida en el rostro, sino por mirar al frente en clara expresión de futuro. La vida le ha obligado a tomar curvas tan cerradas que hubieran sido la coartada perfecta para bajarse del vehículo, marcharse a casa y parasitar delante de la televisión. Nadie le hubiera podido reprochar nada. Décima de quince hermanos, responde al perfil de haber estado criada en la alegría y el encanto del ruido cotidiano de una familia numerosa. Dicen que a mayor población, mayores riesgos. Y bien que ella lo sabe. Muy joven sufrió la pérdida de tres hermanos: Joaquín, que murió en presencia de su padre durante un atraco; Ángela, en un accidente doméstico, y Salvador, el célebre rejoneador que perdió la vida en la plaza de toros de Palma de Mallorca. Tal vez estos tres sucesos, sumados a la fuerza que genera una crianza en el cariño de una familia estructurada, convirtieron a la niña María Luisa en una ciudadana marcada por una inusual fortaleza ante la adversidad. Y el destino aún la aguardaba a la vuelta de la esquina con la daga más afilada: el fallecimiento de una hija. La pequeña María Luisa murió de cáncer en 1975, en una Sevilla sin planta oncológica infantil, sin infraestructuras proyectadas para estos pequeños, sin subvenciones específicas para la investigación de estos males. Aquel viejo García Morato aún no recibía armaos de la Macarena la tarde del Jueves Santo para generar una sonrisa en esos ángeles pelones que son querubines que Dios coloca en las canastillas del dolor de sus padres. Esos mismos armaos se derrumban como torres de ajedrez ante la tierna mirada de alfil de estos santos inocentes de los hospitales. Nada había entonces, más que la tenacidad de una doctora y el coraje de unos padres dispuestos a todo.

De la enfermedad surgió la fuerza productiva que caracteriza a los verdaderos aristócratas, a los mejores ciudadanos. María Luisa Guardiola llevó a la doctora Álvarez Silván a París para que se pusiera al día en las técnicas de vanguardia en el tratamiento del cáncer infantil, que entonces se practicaban en el hospital francés Villa de los Judíos. Aquellos días estaba poniendo los cimientos de Andex, una de las grandes marcas blancas de la ciudad, uno de los estandartes que mayor prestigio y crédito tienen entre los ciudadanos, una prueba palmaria, quizás, de que es posible un mundo mejor. Andex, Cáritas y las Hermanas de la Cruz constituyen probablemente la tríada de la mejor Sevilla.

Al empuje de María Luisa Guardiola, a su perfecta conexión con aquella profesional de la Medicina, se debe el nacimiento de la ONG en 1987, de la planta oncológica infantil y del hospital de día del Virgen del Rocío, ambos servicios en el mismo edificio y gracias a un convenio modélico de una entidad privada con el Servicio Andaluz de Salud. Si Sor Ángela pedía para sus pobres pisándose el propio yo, esta aristócrata coraje pide para sus niños con cáncer, llama a las puertas de la Casa Real, a las de las administraciones, empresas y particulares que haga falta para que sus ángeles pelones tengan curación. Habilita sótanos, contrata maestros y resiste sinsabores. Transforma el dolor de su propia experiencia en una fuente de energía positiva que produce beneficios para los demás.

Andex es su vida. Su obsesión. Su afán. No hay día sin Andex. No hay día sin estar al día de los empleados, de los niños, de los voluntarios. Su amor propio le conduce a la búsqueda de la perfección. A la exigencia. Los niños son lo primero aunque haya que tragarse el recuerdo de estar a diario en el mismo hospital en el que vivió las peores horas de su vida, aunque haya que tropezar con dirigentes de la sanidad pública más preocupados por su propia proyección personal, por no perder un palmo de notoriedad, que por el objetivo fundamental:la curación y el bienestar de los pequeños pacientes.

Esta sevillana, que siempre luce un peinado perfecto, reliquia estética en las fotografías de ecos de sociedad, jamás ha ocultado su fe, pues probablemente sea el mástil firme al que se ha agarrado en tiempos de zozobras y rumbo incierto. Junto a su marido, Luis Manuel Halcón de la Lastra, conde de Peñaflor, constituyen la reserva espiritual de la sangre azul hispalense.

En la bendición de unas nuevas instalaciones de Andex, presenció cómo ciertos políticos socialistas tomaron las de Villadiego justo antes de que el sacerdote sacara el hisopo del acetre con el agua bendita. Ya eran los tiempos en que el PSOE, perdido el centro político de los años grandes de Felipe González, sacaba de la chistera el conejo del laicismo y proclamaba urbi et orbi la majadería de amagar con romper el concordato con la Santa Sede. Los dirigentes socialistas debían cuidarse de aparecer rezando en público. Aunque luego agarren las varas doradas de hermano mayor a la mínima oportunidad.

La vida es una medalla al pecho de Mater Admirabilis, que evoca a la Virgen del Colegio del Valle donde la niña María Luisa se formó en sus primeros años de vida. Después vinieron los años de estudios superiores para ser perito mercantil. La infancia es una casa de Guzmán el Bueno y, cómo no, de una casa catalogada de la Puerta Jerez donde hoy sigue presente la familia. La vida son labores de jardinería, de macetas cuidadas con primor en la casa familiar de la Palmera. La vida son recuerdos de una timidez superada en la primera ocasión que tuvo que aparecer en la Real Maestranza ataviada con la clásica mantilla blanca. Los veranos en El Puerto de Santa María se apuran hasta el 12 de septiembre, onomástica de esta sevillana que ha estado dos veces en la India y por naciones de medio mundo.
Mucha gente se arrastra por una condecoración. O la pide directamente. Incluso por escrito: por mí y para mí. Sin pudor. El alcalde Monteseirín quiso reconocer la labor de María Luisa Guardiola al frente de Andex con la medalla de oro de la ciudad. Decidido, Alfredo cogió el teléfono, la llamó y le anunció que la distinción sería aprobada con toda solemnidad en el siguiente Pleno. La sorpresa del socialista fue que María Luisa Guardiola dijo que no. “¡Me ha dicho que no! ¿Me oyes? ¡Que me ha dicho que no!”, le dijo a un asesor. Hubo que recurrir a mediadores para que la presidenta de Andex accediera finalmente a recibir el reconocimiento de la ciudad. Aquel 30 de mayo de 2010, cuando coincidió antes del acto con otros premiados en las dependencias del Teatro Lope de Vega, se le oyó decir:“Ustedes sí que merecen la medalla, yo no”. El teatro la premió con una ovación cerrada.

Cuando el tiempo lo permite, elimina el estrés a caballo. María Luisa Guardiola galopa por los campos de Carmona. Amante de la velocidad, le gusta ir rápido tanto a lomos de un jaco como en un coche. Es un rayo. Esta mujer pisa fuerte en todos los sentidos: para conducir, para sacar dinero para Andex, para negociar todo tipo de atenciones para sus niños enfermos, que incluso ha conseguido que camareros del Alfonso XIII sirvan la merienda a los niños en el hospital vestidos a la federica.

Como suele ocurrir con las buenas reposteras, mantiene la figura pese a su demostrada habilidad en la elaboración del tocino de cielo y de especialidades varias de chocolate. Son otros los que cogen los kilos. Su gran satisfacción es que Andex alcanza un 80% de curaciones en los niños que son atendidos en sus instalaciones. Es el mejor homenaje que cada día hace esta madre coraje a a aquella pequeña de seis años, cuya memoria ha servido para levantar una de las marcas que verdaderamente hacen mejor la sociedad y convierten una ciudad en un lugar mucho más habitable. Cuando todo se conjura para quedarse acostado y meter la cabeza debajo de la manta, cuando la vida hiere realmente con zarpa de fiera, hay quienes se levantan como legionarios y hasta galopan. Sin necesidad de equipos psicológicos, con la sola fuerza que nace del interior de quien ha sido forjada como una ciudadana coraje que sólo mira hacia atrás para seguir contribuyendo a la cura de más y más ángeles pelones. Muchos son hoy adultos, profesionales solventes que al reconocerla y saludarla le están concediendo el oro de la mejor medalla. Y en el cielo, las nubes esbozan una sonrisa de algodón.

El oboe y el caballo

Carlos Navarro Antolín | 29 de noviembre de 2015 a las 5:00

Francisco Javier Gutiérrez Juan
LOS consultores americanos que asumen la selección de la plantilla de una nueva empresa o la mera contratación de sustitutos por bajas temporales, se fijan cada vez más en los hobbies de los candidatos. Una persona es su currículo tanto como sus aficiones. Su vocación y sus horas de ocio. A lo Perales,pregúntenle al nominado a qué dedica el tiempo libre antes que por sus calificaciones en la Universidad. Esos americanos que siempre sos citados así, sin mayor precisión, desconfían de quienes no tienen perfiles en las redes sociales (aparecer mucho en las fotos es de chuflas, pero no salir nunca en ellas genera desconfianza) y de quienes no tienen bien definida una afición extralaboral cuando el jefe, a lo maestro de ceremonias vaticanas, entona el extra omnes. Fuera todos del currelo. ¿Y usted qué hace fuera del bufete de abogados, fuera del despacho de ejecutivo estresado, fuera de las horas en que vigila a sus empleados o una vez que echa la persiana del negocio que levantó con la indemnización recibida cuando lo botaron de la plantilla, sabiendo que en sus días ya no conocerá más plantilla que la de los zapatos?

–Nada especial.
–¿Nada?
–¿Está en facebook, tuiter o linkedin?
–No, soy muy discreto.

No hace jardinería, no se calza las zapatillas deportivas para evadirse en el Parque, no se le ve por la Casa del Libro recogiendo el pedido de un ejemplar atrasado de Muñoz Molina en cuanto ha recibido el pitido del sms, no publica fotos de los pies en la playa junto a una copa de gin premium, ni siquiera el menor atisbo de algún viaje por la ruta del románico español en la que se intuya agarrado de la mano de un niño que haga presumir una familia estable, digna de foto con marco del Ikea en el mueble minimalista del salón. Yel consultor apunta en rojo la condena que recibe todo aquel que sólo piensa en el trabajo, con tendencia a ser un workaholic: perfil de riesgo.

Francisco Javier Gutiérrez Juan (Guillena, 1968) es un músico de figura menuda como un pictolín, de silueta enjuta como un Quijote y con ese rostro levemente oscurecido como un banderillero de Joselito El Gallo. Tiene la color de una foto antigua, el rostro de un sevillano del ayer, como sacado de la confitería La Española a la hora del aperitivo, o curioseando desde el zaguán el patio del Palacio de los Sánchez-Dalp (va por usted, Nicolás Salas). Gutiérrez Juan es el director de la Banda Sinfónica Municipal de Sevilla, un músico consagrado al I+D+i del pentagrama. Dirige la banda, investiga partituras perdidas en archivos de ciudades y pueblos, las rescata y arregla para su interpretación y, además, publica libros con los frutos de su trabajo más allá de las obligaciones propias de la batuta.

Gutiérrez Juan es lo que se conoce como un fatiga. Su especialidad es el oboe. Cocinero aventajado antes que fraile disciplinado, es maestro en el oboe antes que director de orquesta. Lleva décadas con la música, desde que ayudaba al maestro Marvizón a arreglar sevillanas de Los Romeros de la Puebla o de los Amigos de Gines hasta sacar de los nervios al personal por su exquisita meticulosidad:“¡Para, para la grabación! He oído respirar una trompeta y hay que eliminar ese sonido”.

El músico con fonendoscopio que oye los latidos de los instrumentos. El hombre de pueblo que cada día da paseos a caballo. Tiene cuadra con varias jacas. Y al galope, al trote o al paso elimina el estrés de las horas de dirección e investigación, con la única melodía acompasada de los cascos del caballo.

–¿A qué dedica el tiempo libre?
–A susurrar a los caballos.

Queda usted contratado, dijo el americano. Nervioso, sonriente y con espíritu positivo. La gente se divide en dos:los que generan toxinas, siempre hablando de sus problemas en un yoísmo patológico, y los que generan activos beneficiosos con los que se robustece todo el entorno. Como buen sevillano con brillo, para que no se rompa la tradición, está más considerado lejos de Sevilla que en la ciudad de los veladores y los ciclistas con auriculares. Su figura diminuta y cargada de vigor ha dirigido orquestas en Venezuela, Costa Rica y Estados Unidos. En Iberoamérica es reclamado para impartir lecciones magistrales, esas que los tontos de las técnicas de entrenamiento mental y otras gaitas, llaman ahora máster class. A Gutiérrrez Juan se le ha visto dirigiendo la orquesta nacional de Venezuela, blandiendo la batuta ante decenas de tíos con chandal tricolor que ponen la música oficial del régimen bolivariano. El sevillano, siempre tan caritativo y dispuesto al reconocimiento de la labor del prójimo, exclamó aquel día con ese desdén que es marca de la casa, con el sello del que se cree un ser superior con palillo en la boca: “¿Ya este hombre lo llaman para dirigir esa orquesta tan importante? Pero si yo lo veo todos los días entrar en su oficina del antiguo matadero”. Y el sevillano ignora que sí, que su vecino es a veces un científico de relumbrón, un investigador de las Ciencias Jurídicas, un emprendedor asentado en los Estados Unidos o un músico hecho a sí mismo al que varias naciones de ultramar reclaman continuamente para enriquecerse con su magisterio. Yque él, sevillano mediocre, que tira con balas de verdad contra la reputación y el currículo de la gente, es el que no ha hecho nada por la ciudad, salvo elevar el IPC verdadero de Sevilla, que es el Índice de Precios de la Cruzcampo.

Los críticos dicen que Gutiérrez Juan tiende al divismo y apuntan a que para revestir su ego tiene que ir a la planta de tallas especiales. No hay artista sin ego, pues el ego bien encauzado es el motor del progreso. Es cierto que el barniz de divo se percibe cuando ejerce de director, cuando parece un apasionado Leonard Bernstein de Guillena, cuando se enfunda el esmoquin de las grandes solemnidades. Con Antonio Silva como director de Fiestas Mayores del Ayuntamiento se entendió como Curro con Canorea. Silva sacó la banda de la entonces plúmbea área de cultura. Después, con Carlos García Lara en la dirección de las Fiestas Mayores, llegó el sablazo al Corte Inglés para sacarle esmóquines de válvula para todos los músicos de la Municipal. La banda dejó definitivamente ese papel de hermana pobre del organigrama del Ayuntamiento, de señores mayores cicateros al soplar que sólo tocaban en el Santo Entierro, en el Pregón de Semana Santa y cada cuatro años en la toma de posesión de las corporaciones municipales, maceros y ordenanzas de gala con arzobispo en primera fila del Salón Colón.

Gutiérrez Juan vive con tanta pasión los conciertos que se mete un dulce entre pecho y espalda al bajarse del estrado porque tiene calculado que pierde unos dos kilos en cada actuación. Azúcar para recuperarse y el caballo para evadirse en los campos de Villanueva del Ariscal.

Es tan fatiga que puede volver loco al atrilero buscando partituras: “¡Bazaga, Bazaga, me faltan papeles!” Hábil negociador con los sindicatos para sacarle el máximo jugo a la banda, llevándola a Madrid y a Torreblanca, a la Catedral y a los colegios, a la basílica macarena y a la despedida del cardenal Amigo en al andén del Ayuntamiento. Una noche de concierto de víspera de 15 de agosto en la Plaza de la Virgen de los Reyes, la banda interpretó una selección de los momentos más amenos de la zarzuela El Bateo, de Federico Chueca. Gutiérrez Juan hizo que tocaran las palmas, se jalearan y hasta protagonizaron algunos diálogos divertidos. Al final del concierto, el prelado, que estaba en primera fila, susurró al director: “Cierro los ojos y no estoy oyendo una banda, sino una auténtica sinfónica”. Yahí comenzó su lucha para conseguir la bien merecida ese.

Sufre con la crítica, especialmente tras el estreno del Miserere en el que metió gregoriano como a la vieja usanza. Si los políticos le tocan las cosquillas, tiene un recurso mucho más letal que una huelga:un músico está enfermo y no se puede garantizar la calidad del concierto. Para eso la banda es la que menos componentes tiene de todas las formaciones municipales de España. Cuenta con poco más de 30 músicos. Gutiérrez Juan lleva años reclamando doce incorporaciones y, aun así, seguiría muy por debajo de la cifra recomendable:entre 50 y 60 profesionales.

La vida es vestirse de corto en la Feria y montar a caballo, probar el sabor a gloria de los días del Rocío en familia, contemplar la evolución de los hijos que han heredado la pasión por las corcheas. La vida es un maletín con partituras, es dedicar una marcha tras el paso de la Virgen de los Reyes a un ciudadano despistado de la tercera fila al que señala con la batuta de entre la bulla, es sacar del cajón del olvido composiciones de Pedro Gámez Laserna en un incansable ejercicio de arqueología del pentagrama. La vida es ser un jefe de servicio del Ayuntamiento que prefiere ser conocido como director de orquesta. La vida son tardes dedicadas a aprender veterinaria en cursos especializados para tratar mejor a sus caballos. La vida es sentirse envidiado por tener uno de los diez mejores sueldos del Ayuntamiento de acuerdo con la ley.

A su labor tenaz se debe la transformación de una banda de pueblo en una sinfónica de prestigio que combina en armonía el viento y la cuerda, con más cedés grabados en cuatro años que en los anteriores treinta. Nadie discute que domina desde la música de pasodoble a la opereta bufa. A veces riñe a sus músicos como si de un parvulario se tratase, pero es respetado porque da la cara por ellos ante los gobiernos de turno. Con Carlos García Lara también se entendió. Pero al llegar Zoido a la Alcaldía, el PP devolvió la banda a las mazmorras del área de Cultura, donde esos años estuvieron algo acomplejados con todo lo que pudiera parecer excesivamente sevillano.

Es poseedor de uno de los grandes secretos de la ciudad, que trae negro a más de un miembro de la Corporación: por qué la Marcha Real es el himno (con letra oficiosa) más breve de los que se tocan en España, menos de 40 segundos. Se escuda en que la culpa la tiene un decreto de Aznar. que ya se sabe que la culpa de todo es de Aznar o del Consejo de Cofradías, que para eso están el uno y los otros. Ojú, esos otros…

Si le piden un concierto especial, este inquieto director tiene dos respuestas. La primera: “Eso es muy difícil, pero te lo voy arreglar”. Ylo arregla. O la segunda, al estilo del anuncio de las natilla, ¡Repetimos!:“Ese concierto no te lo puedo dar, porque para dos días antes estamos ensayando uno dedicado a música popular muy escogida. Pero lo que hago es repetirte a ti el de música popular”. Y lo repite.

Lo peor es cuando frunce el ceño y alega que hay un músico enfermo. Entonces se pueden ir al traste la función votiva de la Hiniesta y hasta el acto del Pregón. Yacto seguido cepilla las crines del caballo para eliminar el estrés al trote. El jaco genera confianza a los consultores americanos, mientras el sevillano envidioso sigue mascando el palillo hasta dejarlo escobillado.

La Constitución y yo

Carlos Navarro Antolín | 22 de noviembre de 2015 a las 5:00

pérezroyo
HAY quienes no se respetan a sí mismos. Tal vez se trate del precio de la autosuficiencia. En Sevilla hubo un rector que quiso echar a la Hermandad de Los Estudiantes de las dependencias que ocupa desde 1966 en la vieja Fábrica de Tabacos. Aquel rector, tan magnífico como narcisista y que ocupó el cargo de 1988 a 1992, adujo que la Universidad necesitaba espacio para los enlaces sindicales. Una mente tan preclara no encontraba metros cuadrados suficientes en un inmueble que está entre los cinco edificios civiles más grandes de Europa. ¡Y tenía que expulsar a la cofradía! En aquella larga e intensa porfía se topó con uno de los hermanos mayores más grandes, preparados e inteligentes que ha deparado la historia contemporánea de la Semana Santa, Juan Moya Sanabria, que le habló en su despacho alto y clarito: “Si yo tengo que salir del Rectorado, nos tendremos que ir los dos. Tú y yo”. Moya Sanabria invitó a diversas autoridades a la misa matutina de comunión general del Martes Santo. Por el vestíbulo del Rectorado aparecieron, entre otros, los socialistas José Rodríguez de la Borbolla y Manuel del Valle. El rector magnífico apareció esa mañana en pantalones vaqueros y botines, elementos que aparecen en el escudo de la casa civil de este personaje. Cuando se percató de la presencia de socialistas de nivel ante los pasos de la cofradía, optó por quedarse en la misa y hasta quiso dejar su rúbrica en el libro de honor de la cofradía. Fue entonces cuando Moya le entró en corto y por derecho: “¿Vas a ser capaz de firmar en este libro cuando estás haciendo todo lo posible para echarnos?”

Javier Pérez Royo (Sevilla, 1944) es el catedrático de Derecho Constitucional que estos días ha protagonizado un metisaca en su relación con Podemos, una media salida de portero que termina en gol. Toda la vida en la órbita del PSOE gracias a Amparo Rubiales, lo que le ha permitido importantes conexiones con el poder institucional socialista, para acabar quedándose definitivamente aislado. Conoce a la Rubiales desde principios de los años sesenta, cuando eran jovenzuelos inquietos a la sombra de Manuel Giménez Fernández, catedrático de Derecho Canónico que fue ministro de Agricultura de la República, que lideraba un grupo de universitarios que hacía oposición al franquismo mediante la publicación de la revista Peñafort y a través de iniciativas como la redacción de dos proyectos de ley: de responsabilidad política y de gobierno provisional. En ese grupo estaban también Felipe González, Antonio Ojeda, Guillermo Medina, Martín Maqueda, Javier del Río y Manuel Álvarez Fuentes, entre otros. A mitad de los setenta, Pérez Royo dio un giro radical. De la democracia cristiana pasó al Partido Comunista de España, en unos años de tertulias entre amigos en las que justificaba la invasión de Checoslovaquia , lo que soliviantaba incluso a Manuel Ramón Alarcón. Con el tiempo se convirtió en constitucionalista de guardia del PSOE, en rector de la Universidad, en asesor de personajes con aristas y, ya siendo profesor emérito, en buscador del calor podemita, lo que, como diría su admirado Felipe González, lo acaba situando públicamente fuera del mercado de la política, si es que no lo estaba ya en privado.

Su obsesión por distinguirse se ve a las claras en el retrato hiperrealista que le hizo Hernán Cortés para la galería de rectores de la Hispalense. Todos los rectores, tanto franquistas como de la democracia, guardan la estética académica de muceta y birrete negros. Pérez Royo prefirió ser retratado en traje gris con chalequillo, con la informalidad de un Jovellanos o de un Godoy pintados por Goya. Es curioso: Queipo se distingue en la galería de retratos de Capitanía General por ser el único que no luce sable de gala, sino el micrófono de Radio Sevilla.

Mientras amagaba con expulsar a la hermandad universitaria del Rectorado, hay que admitir que negociaba con el Arzobispado la creación del Servicio de Asistencia Religiosa Universitaria: el Sarus. Pérez Royo llegó a pronunciar una conferencia en el prestigioso ciclo Cultura y Fe con un título hoy muy actual: Ética y nacionalismos. Al término, bajó a la casa de hermandad a participar en el tradicional pescao frito que se ofrece a los ponentes. La verdad es que promovió la regulación de la presencia de la Iglesia en la Universidad. Puso al sacerdote Juan del Río, hoy arzobispo castrense, a trabajar en un borrador de regulación junto con dos altos funcionarios de la Universidad. Se alcanzó un convenio firmado por Pérez Royo y por el arzobispo Carlos Amigo. El texto de aquel convenio, que continúa vigente, ha servido de pauta para otras universidades. A pesar de algunos prejuicios propios de su ideología, aquel rector tan peculiar sabía de la importancia de no ignorar el hecho religioso en la Universidad. A monseñor Amigo le explicó al inicio de su mandato como rector que no acudiría a las solemnidades eclesiásticas, pero le rogaba con especial interés que él sí acudiera a los actos de la Universidad.

Sus alumnos de los años noventa recuerdan su estética de pantalón vaquero y zapatillas deportivas. Casi 25 años antes de que se pusieran de moda las zapatillas deportivas como calzado cotidiano, incluso con traje de chaqueta, hay que reconocer que Pérez Royo ya las usaba para enojo de los fieles al protocolo. Los alumnos también tienen grabadas algunas de sus aseveraciones: “Yo hago exámenes orales para dar nota. En los escritos, apruebo o suspendo”. Muchos estudiantes hicieron el primer oral de su vida en su despacho, bajo la atenta mirada del retrato de Rousseau. Hasta sus más críticos reconocen su brillantez como orador y su capacidad como docente, plasmada en su imprescindible manual sobre Derecho Constitucional de la editorial Marcial Pons, un libro que permite hasta entender los telediarios. Expeditivo en las formas, alguna vez generó alguna lágrima en el alumnado. Pocas veces faltaba a la clase de primera hora. En eso era serio, riguroso y puntual, no como otros catedráticos de supuesto prestigio que se dedican a la mamandurria de los viajes y congresos, orillando la docencia y la dirección de investigaciones.

Pérez Royo bramaba contra la derecha a la mínima oportunidad, después de lo cual se le veía con frecuencia en el Oriza. Se le considera padrino de una generación que tiene su alfa y omega en Pedro Cruz Villalón y Fernando Álvarez Ossorio, respectivamente.

Testigos de la escena lo recuerdan una noche de Viernes Santo, liturgia de luto y cruces veladas, sorprendido por la cofradía de San Isidoro cuando recorría la calle Francos en calzonas deportivas. Se abrió paso con toda naturalidad entre las filas de ruan y los blazers. Su perseverancia en la práctica deportiva es loable. Pérez Royo ha seguido corriendo pese a los cambios de denominación que dictan las modas o los intereses comerciales: jogging, footing o running. Todavía se le puede ver haciendo una suerte de marcha rápida a primera hora de la mañana por el Paseo de Juan Carlos I, a la vera del río. Conserva el porte altivo y cierta mirada desafiante, como cuando llegó a Sevilla Kofi Annan, secretario general de Naciones Unidas, y no esperó a ser presentado: “Hola, soy Javier Pérez Royo”.

Para muchos ha sido una pena que este comunista estricto haya tenido tanto seguidismo del poder establecido en Andalucía, rematado con el lazo morado de la aventura podemita. Siempre seguro de sí mismo, hay quienes estos días se han alegrado del resbalón que se ha llevado con los muchachos de Pablo Iglesias. Porque a poco que se pregunta, es curioso comprobar que Pérez Royo ha cultivado casi tantos enemigos como Javier Arenas. Es lo que pasa cuando se pisan callos, que no hay podólogos suficientes en el listín del seguro. Quizás no le perdonan el yoísmo, el barniz prepotente de sus opiniones, el uso del púlpito más que de la cátedra para emitir juicios. Tal vez no disculpan que haya asesorado a determinados personajes más conocidos por sus andanzas que por sus obras altruistas, con más eco en las informaciones de corrupción que por ser prohombres de la sociedad. Ahí es donde, justamente, se ha podido faltar el respeto a sí mismo: no se pueden interpretar varios papeles a la vez, no se pueden usar varias máscaras a la vez. O se es catedrático solvente y dictaminador riguroso, o se es asesor de conseguidores a la búsqueda del calor de partidos políticos de nuevo cuño a los que, desprendida la cáscara, se les ve el pelo de la dehesa, que no es otro que el tacticismo consagrado a la búsqueda del poder por el poder, la política con envoltura de Juego de Tronos, la conquista del sillón por el sillón.

Al amante del estrado, de la galería, del púlpito tertuliano, lo estaban esperando con las escopetas cargadas. El teórico del federalismo, el revelador de las verdades absolutas en los debates, ha medido mal su fuerza y ha valorado mal su posición.

El nieto de rector, el hijo de militar, el estudiante de los Maristas en la calle San Pablo, donde era voluntarioso en los partidos de fútbol; el osado rector con botines, el aspirante a personaje especial, distinto y único, el hombre que se entendió a la perfección con la jerarquía eclesiástica, ha querido quizás retornar a sus años de juventud bolchevique. Y se le han caído todas las máscaras. Uno es dueño de sus pensamientos, esclavo de sus palabras y rehén de sus bandazos.

El poder de la fruta

Carlos Navarro Antolín | 8 de noviembre de 2015 a las 5:00

Manolo García
EN Sevilla hay gente que conoció los mercados de abasto abiertos de domingo a domingo, sin frigoríficos y con el pescado envuelto en papel de periódico. Gente que estuvo en el antiguo mercado de la Encarnación, antes del provisional que duró cuarenta años de acuerdo con la vocación de permanencia que en esta ciudad adquiere todo lo provisional. Que vio de cerca a Queipo de Llano. Que conoció una Iglesia en la que la misa del sábado no servía para cumplir el precepto dominical. Que compró y vendió en reales.

Manuel García (Sevilla, 1933) dejó muy pronto las aulas del San Francisco de Paula para ponerse a trabajar junto a su padre en el puesto de frutas y verduras de la Encarnación. Él y su entrañable hermano Pepe eran la cuarta generación de la familia al frente del negocio. Hoy es hermano mayor de la Macarena. Y en 1999 remató un período de cuatro corporaciones seguidas como concejal: ocho años en la oposición y ocho en el gobierno. Pero antes del brillo del poder en los meses de la Exposición Universal, cuando alternaba con jefes de Estado de muy diferentes ideologías y culturas por su cargo como responsable de la seguridad ciudadana; antes que ajustarse el chaqué de pura lana virgen en las procesiones, sudando la gota gorda cada 15 de agosto; antes que coger la vara de las capillas en el atrio macareno y antes que disfrutar de tantas madrugadas con la capa de merino al vuelo como diputado mayor de gobierno, mucho antes que toda esa montaña rusa de emociones y vivencias, Manolo García se curtió durante más de treinta años en la otra madrugada de Sevilla, la que comienza todos los días con el toque del despertador a las cuatro de la madrugada, antes en el Mercado de Entradores del Arenal y ahora en Mercasevilla; la que huele a lonja de pescado y aguardiente, la que tiene el tacto de la verdura fresca y la música del vocerío anunciando género y los rifirrafes del regate, la de ventas selladas con coñac para mitigar el frío del invierno.

La juventud son recuerdos de la casa familiar de la calle José María Izquierdo, desde la que había que ir a pie hasta el Arenal, en plena noche, por unas calles de persianas cerradas en unos tiempos en que la juerga a deshoras se despachaba en las ventas; cruzando la mirada con los secretas de la Policía Armada, oyendo el sonido de las propias pisadas por Enladrillada, Peñuelas, San Pedro, hasta llegar por Reyes Católicos a Pastor y Landero, para estar sobre las cinco entre los corrillos de los mayoristas y cumplir la liturgia aprendida de su padre, Manuel García Balmaseda: no aceptar nunca el primer precio. Precios en reales: veinte reales, diez reales… A las siete y media tenía que estar el puesto de la Encarnación listo para su apertura, con toda la mercancía descargada ya de los mulos que portaban las frutas y verduras por la carrera oficial cotidiana desde el Arenal a la Encarnación. No había tiempo para el desayuno, nunca; tan sólo para un café bebido, habitualmente frío porque la clientela apretaba más que un fin de mes. Un industrial de plaza de abasto suele reunir tres características en su biorritmo: dormir poco por la noche, no desayunar y hacer siestas largas. Acabado el mediodía, Manolo García se echa a descansar muchos días sobre el mismo tablero del puesto, para dedicar la tarde a ordenar el género no perecedero y tenerlo a punto para el día siguiente.

La única ventaja de los fruteros era que no tenían que sufrir las humedades de los compañeros del pescado, obligados a las grandes botas de goma para aislarse de la nieve que refrigeraba el género. En las siestas de tablón se fue curtiendo este macareno que logró terminar el Bachillerato por las tardes.

Del puesto de fruta del padre de García se abastecían todos los cuarteles militares de la ciudad, que en los años de racionamiento habían gozado de una preferencia demostrada en vales especiales. Ytambién se abastecían los mejores hoteles: el Alfonso XIII, el Biarritz, el Cristina, el Inglaterra, el Madrid… Había hoteles que hacían pedidos de 20 kilos de guisantes pelados, que había que pelar a mano. La frutería de los García, junto con la Frutería Tetuán, fue la primera en traer a Sevilla las coles de Bruselas, que la clientela confundía con alcauciles diminutos; las endivias, las piñas tropicales, los aguacates, las lombardas…

El frutero Manolo García está afiliado a Alianza Popular por su admiración por Fraga desde muy joven. Paga religiosamente sus cuotas, pero no hace vida en la sede más que cuando es requerido para hacer de interventor en las elecciones. Mientras sigue potenciando el negocio, presidiendo la cooperativa del mercado y ejerciendo de vocal del gremio de fruteros en el sindicato. Hasta consigue la decisiva mediación de Bueno Monreal para que el gobierno del alcalde Pérez de Ayala acepte cerrar los mercados los domingos. Le explica al cardenal en una audiencia privada que la venta de los domingos es residual al ser el género de peor calidad porque los mayoristas no suministran desde el viernes. Yse le ocurre poner una guinda.

–Además, Eminencia, los placeros podríamos así ir a misa.
–Le recuerdo que la misa del sábado por la tarde ya es válida.
–Pero lo del sábado ni es misa ni es ná, Eminencia. A misa hay que ir los domingos.

El cardenal apoyó la causa en una carta remitida al alcalde. Y la denominada Tenencia de Alcaldía de Subsistencias del Ayuntamiento de Sevilla decretó el cierre dominical.

Cuando el médico Ricardo Mena Bernal alcanza la presidencia de AP de Sevilla, tira de García, al que conocía por medio de Salvador Dorado El Penitente, para completar la lista de las elecciones locales de 1983 que lidera Pedro Albert.

–Pero en un puesto que no sea de salida, Ricardo; que yo estoy hasta la corcha en el mercado.

Quedaron en que Manolo iría de quince. El Miércoles Santo previo a las elecciones, Mena Bernal le comenta por la Avenida, señalando al Ayuntamiento: “Yas vas a estar ahí”. Lo había colocado de diez. Y la coalición AP-PDP-UL saca exactamente diez ediles. Aunque el décimo bailó durante un par de meses entre AP y el PCE. El comunista que se queda sin acta es un tal Juan Ramón Medina Precioso, que con los años fue rector de la Universidad de Sevilla y con algunos años más llegó a consejero de Educación del gobierno autonómico de Murcia… por el PP.

García pasa del puesto de frutas y verduras a sentarse en el Pleno del Ayuntamiento. Durante más de un año alterna ambas actividades. El negocio había crecido con nuevos puestos en los mercados de Las Palmeritas, Bellavista, el Tiro de Línea y Pino Montano. Pero el Ayuntamiento absorbe. Por aquellos años de oposición había un edil jovenzuelo que llegaba al Ayuntamiento a media mañana, preguntaba qué asunto había para zurrar al gobierno, tomaba tres notas con rotulador y daba una rueda de prensa de una hora. “Este muchacho llegará lejos”, decía García de un tal Javier Arenas. Aunque García siempre dice Javié. Y Javié lo ha invitado a tinto en sus altos despachos de ministerios.

El grupo municipal de AP encarga en El Corte Inglés los fajines de gala. Las medidas se toman a Manolo García, entonces un concejal muy orondo, de tal forma que hay ediles como Arenas y Melgarejo a los que el fajín da más de una vuelta. García siempre se lleva mejor esos años con los concejales de la izquierda socialista y comunista que con sus compañeros de filas. El alcalde Manuel del Valle le pide varias veces que medie ante Soledad Becerril para que los populares voten con el gobierno algunas iniciativas y no tener que depender de unos comunistas de los que Valle recela como un cofrade de la lluvia. Cuando alcanza el gobierno, García monta a la alcaldesa, Soledad Becerril, en una furgoneta de la Policía Local para que vea los efectos de la movida juvenil en las plazas de San Lorenzo y la Gavidia.

–Qué horror, Manolo, qué horror… Hay que acabar con esto.
–Si tú me autorizas…

Y Manolo, ayudado por un cabo de la Policía Local, persuade a los tres bares claves para que cierren a las once de la noche. Los ríos de orines nunca más traspasan la puerta de la basílica del Gran Poder.

En el 92 alterna con Fidel Castro, los Príncipes de Gales, Lech Walesa… En el 93,con Juan Pablo II. En la Macarena gana dos elecciones, ambas con rivales. Cada triunfo ha estado precedido de una cuesta arriba. Uno de sus rivales fue Juan José Morillas, hoy estrecho colaborador suyo con una conducta ejemplar de la que el cofraderío debería tomar nota. En la procesión extraordinaria de 2014 le cedió unos instantes la vara de las capillas al socialista Juan Espadas, curiosamente la misma vara que de niño vio portar al general Queipo.

La vida hoy es llegar a los 200.000 euros anuales destinados a asistencia social. La vida es hoy una oración a solas con la Virgen de la Esperanza, es acercar la intimidad de las ceremonias de bajada de la Virgen a quien ha perdido a un padre, a quien quiere ser madre, a quien sufre marejadas en las aguas particulares de la fe o al niño al que aguarda el quirófano. Este Reagan del Arco gobierna con 82 años una hermandad con dieciséis empleados, más de 11.000 hermanos y con una proyección social que genera una apretada agenda de compromisos. Y todo sin más coaching ni escuela de negocios que las siestas sobre el tablón, el sacrificio de los madrugones y las enseñanzas del padre del que aprendió a oír, ver y callar durante los regates con los mayoristas. Ni se acepta el primer precio, ni se queda uno en tierra al primer traspiés de la vida. Manolo es hijo de Esperanza, su madre.

El cura monárquico en Bellavista

Carlos Navarro Antolín | 1 de noviembre de 2015 a las 5:00

PEDRO YBARRA
ESTANDO en su casa de los Estados Unidos, el profesor Márquez Villanueva, invitado a recordar su infancia sevillana, acertó a decir por teléfono en un arranque muy meditado: “Nací en una casa de la calle Oriente que hoy no existe”. La importancia del lugar, el poder de la referencia, la posibilidad de retornar al sitio exacto de aquellos maravillosos años ya no existía más que en el altillo de los recuerdos donde se emite, cargada de interferencias y salpicaduras, la película de Super8 sin más sonido que el tableteo del proyector. Muchos sevillanos han visto cómo la piqueta derriba casas, crujías, patios, arquerías, corrales… Y se levantan bloques de viviendas, áticos retranqueados, adosados y hasta casas modernas en el centro con la careta de fachadas viejas. Pero no siempre el truco (¿o trato?) de guardar la fachada sirve. Un edificio son sus inquilinos, es el uso que tiene, es la historia de sus dueños que se conserva en las notas marginales del registro de la propiedad y las notas de las emociones vividas que se inscriben en la memoria. Un edificio puede ser la infancia de una persona, la representación de sus mejores años y hasta la vida entera. Un edificio puede ser parte de una ciudad, enclave que los siglos apuntalan y valores artísticos que lo hacen único, Entonces es cuando adquiere toda la fuerza de un símbolo. Márquez Villanueva confesó con tono apesadumbrado, con el barniz pausado de la melancolía, que la casa de su infancia no existía. Estaba la ciudad, estaba la calle, estaban en otros sitios los vecinos, pero no estaba la casa. El símbolo se había esfumado.

Pedro Ybarra Hidalgo (Sevilla, 1931) es un cura que un día sufrió mucho por la pérdida de un símbolo, de un edificio que ha marcado a una generación de sacerdotes. No se perdió por la piqueta, pero sí por una venta maquillada como pacto de cesión institucional. El cura Perico, como le llaman con todo cariño quienes así pueden llamarlo, es el último de San Telmo, el edificio vendido a la Junta de Andalucía en la mayor operación de enajenación de patrimonio eclesiástico aprobada por la Santa Sede en Europa “en muchísimos años”, como recordada el cura Benigno García Vázquez. El arzobispo Amigo realizó una ronda de consulta entre los sacerdotes más vinculados al entonces seminario metropolitano. Pedro Ybarra lo ha sido todo entre aquellas paredes: de estudiante a rector. Se mostró contrario a la venta. Cien años llevaba San Telmo siendo escuela de sacerdotes. Y debía seguir siendo de la Iglesia, como pensaban otros ilustres de la diócesis como Gil Delgado. Pero Don Carlos tenía claro que la venta era la salvación económica de la Diócesis, pues el mantenimiento de San Telmo era el agujero de unas cuentas maltrechas, la pesadilla del ecónomo. El clero local se dividió entre favorables a la venta y contrarios a ella. El cura Perico no estaba para paños calientes, se expresó abiertamente en contra. Venía de vivir los años del tardofranquismo y la Transición en plazas hostiles como Morón de la Frontera y Bellavista, haciendo hueco en la sacristía a los sindicalistas perseguidos, atendiendo como feligresa a la madre de un tal Felipe González, estando junto a los obreros del campo… Venía de vivir un Concilio Vaticano II donde se estaba a favor de la libertad sindical. Ybarra, de familia selecta, monárquico sin fisuras, con estudios en Derecho y viajes frecuentes al extranjero, supo interpretar a la perfección aquellos años. Nunca fue un rojo, pero estaba a favor de la libertad. Si el Rey quería serlo de todos los españoles, él no aspiraba más que a ser el párroco de todos: de la señora de alta sociedad y del militante clandestino de las Comisiones Obreras, del feligrés de pantalón de pinza y vuelta en los tobillos, y del de chaleco gordo de cuello alto y pantalón de pana. Venía de vivir todo aquello, con el sambenito de ser tildado rojo por los mismos que llamaban mantequilla a Gutiérrez Mellado, cuando no pudo callarse y se opuso a la venta del símbolo de sus mejores años. Y sufrió. Como jurista que fue pasante del despacho de don Juan Moya García, no entendió la modificación sustancial del testamento de la Infanta, que cedió el edificio para la formación de curas, no para despacho de Chaves, Griñán y Susana Díaz. Soñó con un San Telmo convertido en gran casa de la Iglesia, en sede de la Colombina y en residencia sacerdotal. Y ahora sufre cuando ve sus jardines restringidos al público.

Este cura alto, de voz nasalizada, nariz prominente y ojos claros, es un símbolo de la Transición en Sevilla. Como lo fueron los difuntos Bueno Monreal, Diamantino y Javierre. Pero en versión monárquica, selecta y con tres idiomas. Don Pedro ha ido al cine con Doña Pilar de Borbón en Londres, donde estudiaba inglés para la carrera diplomática que quiso hacer. Tanto ayudó a las Comisiones Obreras de aquellos años del nunca cumplido espíritu aperturista del 12 de febrero, que en el primer congreso legal del sindicato en Sevilla fue invitado a formar parte de la mesa presidencial. Declinó, pero mandó una carta de agradecimiento: “No soy comunista, jamás puedo serlo. Pero estoy a favor de la libertad sindical”. Libre se siente cuando se enclaustra en el jardín de la hacienda familiar del XVIII, Santa Eufemia, entre sus queridos cactus y plantas de todo tipo, allí donde están los naranjos de los que florece el azahar que ha de perfumar cada primavera el paso de su Virgen de la Concepción. La gran afición de este cura de 84 años son las plantas. Nunca lo fue el Rocío, al que sólo acudió un año con sotana y a caballo, un año en que debajo de su carreta sufrió cada noche el escándalo que formaban las gallinas que llevaba la hermandad de Umbrete para ir sacrificándolas por el camino.

La vida es fumar un cigarrillo Ducados en momentos muy escogidos. Es recordar la Semana Santa de la infancia desde el ventanal del Ayuntamiento reservado a su padrino, que fue alcalde y al que debe su nombre: Pedro Armero Manjón, conde de Bustillo. La vida es hacer la milicia en El Ferrol (entonces del Caudillo) y, oh casualidad, mandar vista a la izquierda cuando la tropa debía mirar a la derecha. La vida es viajar a Roma, Jerusalén, Rabat, Ginebra… Decir misa en inglés y en francés. La vida es ver llegar a Sevilla a un joven arzobispo procedente de Tánger el año de los mundiales de España y dar por cerrada una etapa y por abierta otra: “Pues ya tengo un jefe más joven que yo”. La vida es rezar la Salve con añadidos personales: “En este valle de lágrimas… y alegrías”. No sólo de pláticas vive el cura, sino de pintar, modelar en arcilla y cultivar la pasión por la Genealogía. La vida es emocionarse con Santa Cruz, la hermandad que nunca le ha dejado.

Dicen que su relación con monseñor Amigo quedó tocada después de la operación de venta del viejo palacio. Incluso hay quien precisa que el destino que le fue asignado con los años, la Parroquia de Santa Cruz, era una suerte de castigo para quien hubiera preferido un lugar más apropiado a su perfil activista y comprometido. Santa Cruz era visto como un retiro dorado. Sí, dorado como una canastilla, pero un retiro. Las malas lenguas se calmaron cuando el ya cardenal lo nombró canónigo de la Catedral. El cura Perico es un canónigo que puede presumir de ser nieto de canónigo, pues su abuelo Tomás gozó del tal consideración honorífica al ser bienhechor de la Catedral en tiempos en los que hubo que levantar nada menos que el cimborrio caído. Como canónigo dejó en evidencia a unos pusilánimes compañeros cuando propuso al Cabildo un pronunciamiento contra el aborto. El deán, que parecía ser Zapatero sin ceja arqueada, negó el debate al alegar que sólo correspondía deliberar sobre asuntos de altar y coro.

El cura de hoy, testigo de la pérdida de San Telmo y de una oleada de secularizaciones, sigue siendo largo, larguísimo, y con ese punto rebelde que lo mismo le impulsa a decir que no a la venta de un palacio que a saltarse los semáforos. Lo mismo va al cine con Doña Pilar en la City que se mezcla con el rojerío de Bellavista. Pero cuando susurra a los cactus, hay que dejarlo solo.

Maestro del instante

Carlos Navarro Antolín | 11 de octubre de 2015 a las 5:00

Jesús Martín Cartaya
DICE el sabio que apoya su sabiduría en la barra de la taberna que hay amigos de dar y amigos de recibir. Bajo los efectos del moyate y con la gesticulación alocada y un punto brusca que generan los taninos, distingue entre la gente que siempre está pidiendo favores de aquellos que te dejan la ofrenda de su amistad cada día sin hacer ruido, sin llamar al timbre, sin anunciarse en las vísperas para no forzar compromiso alguno. En Sevilla hay dos formas de ganarse el respeto: generando cierto temor, o sabiendo estar en segunda fila donde hay que estar en cada momento preciso y hacerlo en silencio durante décadas.

Jesús Martín Cartaya (Sevilla, 1938) es el último mohicano de la Leica, la cámara fotográfica alemana que requiere algo más que destreza para su manejo. Es el testigo prudente, discreto y que pasa desapercibido en un sinfín de actos y hechos noticiosos. Es en sí mismo el notario gráfico de la ciudad, sobre todo de la Sevilla de los 60, 70 y 80 del pasado siglo. Corporaciones municipales desde los tiempos del frac a los trajes desestructurados, de las cofradías pobres a los años de dispendio de coronaciones, de las corridas de toros donde era preceptivo el permiso facultativo para lidiar con el estoque simulado, a la plaza remodelada con la nueva puerta del despeje; de la vida cotidiana de una urbe con personajes como el Mudo de Triana, a estampas insólitas como el atrio de una puerta de la Catedral convertida en aparcamiento; del humo del avión estrellado de la Operación Clavel a un Viernes Santo trianero con la Torre Pelli de testigo, de la Feria de los puestos de lechuga a la de la crisis con la gente llegando ya comida de casa, de las peregrinaciones rocieras con personajes de la realeza a las de los famosos de Triana, de cabalgatas en sepia con Antonio Ordoñez de Rey Mago a la que hoy sale de la antigua Fábrica de Tabacos… Martín Cartaya sigue revelando en papel los negativos en el Fotosupra de la calle Sierpes. Y de la tienda van directamente a los sobres que reparte entre sus amistades, dejándolos en silencio en los mostradores de las empresas, en los buzones de las casas, o en los bares que frecuentan quienes han sido retratados sin saberlo. Un sevillano que recibió por primera vez un sobre de Martín Cartaya con una foto firmada por el reverso, no sabía cómo reaccionar y telefoneó a Antonio Silva de Pablos, que comparte devociones cofradieras con Jesús.

–¿A este señor cuánto se le paga? Porque habrá que pagarle semejante detallazo…
–Nada. Él lo hace así por vocación. Su gran afición es la fotografía y hacer retratos sin que la gente se de cuenta.

Sobres blancos o sobre marrones comprados en la papelería de la calle Harinas. Martín Cartaya lleva décadas sembrando los periódicos, las hermandades y las casas de sus allegados de unos sobres que utiliza como el pabilo del celador que siempre está listo para mantener encendido el tramo de sus amistades. Tal vez no lo sepa, pero Martín Cartaya tiene el toisón de oro que está ciudad concede a muy pocos de sus vecinos. Ese toisón lleva como complemento una pensión vitalicia con derecho a que nadie, nunca, hable mal de este sevillano que nació en la espartería de su padre de la calle Reyes Católicos.

Ha disparado fotos en momentos muy delicados en la vida de la ciudad. Cuando el torero Joaquín Camino volvió en un avión con los pies por delante tras dejarse la vida en la Monumental de Barcelona, Martín Cartaya estaba en San Pablo esperando la llegada del féretro. Como sabe estar y nunca incordia, acabó llegando a Camas en el mismo coche fúnebre, sentado junto al chófer. Nunca ha conducido, pero siempre ha llegado a todos los sitios. Su gran clave es la de estar en los sitios donde otros no han estado para captar el instante. Y aplica la máxima del duro y el cambio: quien tiene la foto puede publicarla.

Mucho antes de que los políticos de plantilla inventaran el pretencioso concepto de la Gran Sevilla para potenciar las relaciones entre la urbe y los municipios del área metropolitana, Martín Cartaya llevaba ya años yendo y viniendo de Castilleja de la Cuesta hasta el centro de la ciudad a todas las horas del día. Él en sí mismo era ya un modelo de sevillano que pernoctaba en el Aljarafe y trabajaba y desarrollaba su pasión (la fotografía) en la capital, antes incluso de la constitución del Consorcio Metropolitano de Transportes. Que ya podía el consorcio declararlo usuario de honor.

Martín Cartaya es un fotógrafo de ruán, tal vez porque su primer contacto con la Semana Santa vino por los cinturones de esparto que se elaboraban en el taller de su padre. Tiene el don de saber estar, del buen árbitro de fútbol que pasa desapercibido. Pocos, por no decir nadie, pueden presumir de haber estado dentro de San Antonio Abad durante la salida del Silencio, un momento vedado incluso a monarcas para los que se había solicitado ese privilegio. Martín Cartaya estuvo allí con su Leica una Madrugada, siendo hermano mayor Juan Delgado Alba, que cuando lo sorprendió lo mandó a taparse en el coro. ¿Cómo entró aquella noche en la iglesia? Por la puerta. Le preguntaron la contraseña y Martín Cartaya, con su gabardina, traje y corbata, la acertó.

–¡Capilla!
–Adelante, buenas noches.

Dicen que ha destruido su archivo secreto, del que jamás ha salido una fotografía, pese a que Interviú le ofreció veinte mil duros a finales de los setenta por las imágenes nunca vistas de la Semana Santa de Sevilla. Nunca haría daño a la Semana Santa, a la que ama con la incondicionalidad de un niño, como si fuera Inmaculada, la mujer que nunca ha sentido celos de esa señora alemana que es Leica. En esa colección secreta había fotos comprometidas, nazarenos y personajes muy conocidos en actitudes bochornosas o que hoy no serían entendidas. Tenía las fotos de una Semana Santa de alcantarilla e indisciplina, una Semana Santa pasada por el vidrio gordo y la chacota. Hizo las fotos para su uso personal. Y no hace muchos días que las pasó por la tijera.

La vida es una riada de los años cincuenta en que el joven Jesús se fue a hacer fotografías arriesgadas del Guadalquivir marineando por la zapata trianera. Su madre, Doña Reyes, se enteró de la osadía de su hijo por un vecino y le dio un merecido sopapo. La vida son las tertulias de su padre con Serrano y Arenas, donde el niño ponía el oído y nació la vocación por la fotografía, la obsesión por la captación del instante. La vida son cuatro madrugadas como último cirial del Gran Poder para cumplir una promesa en los años en que estaba mal visto salir de acólito, unas noches en que Jesús se camuflaba como podía en el alzacuellos cuando era reconocido por el público. La vida es una charla con Álvaro Pastor, catalogando fotografías en la Alfalfa y recreando una ciudad que ya sólo existe en la bolsa de plástico Kodak que contiene esos sobres que son las ofrendas que este señor bondadoso tiene para con sus amistades.

Las juntas de gobierno de las hermandades no toman posesión cuando son sancionadas por la autoridad eclesiástica, sino cuando son retratadas por Martín Cartaya, que sin saberlo ha compuesto los mejores anuncios de Cortefiel y Dustin que jamás hayan soñado las marcas comerciales. ¿Quién tiene fotos de las juntas de gobierno de los años setenta? ¿Quién de la basílica del Rocío en construcción? ¿Quién de un cardenal de la Iglesia por las calles de la Feria? ¿Quién de las primeras turistas en biquini en los tendidos de la plaza de toros? ¿Quién de Antonio Burgos en el palquillo? ¿Quién de don Antonio Colón en sus diálogos con Jesús Nazareno con la Concepción como testigo? ¿Quién de Enrique El Cojo y la duquesa de Alba en Las Dueñas? ¿Quién de los toros abiertos en canal en el desolladero de la plaza? ¿Quién del doctor Vila salvando vidas con el bisturí en la enfermería de la plaza? ¿Quién de los Reyes de España en el coro de la Catedral? ¿Quién del Peregil cantando una saeta en privado a la Familia Real en las dependencias nobles de la Macarena? ¿Quién del entierro de Bandarán, Bueno Monreal o Paquirri? ¿Quién de las corporaciones municipales bajo maza yendo a desayunar al Alcázar tras una procesión del Corpus o de la Virgen? ¿Quién de Su Divina Majestad entrando en el Corral del Conde? ¿Quién de los antiguos costaleros del muelle, rendidos por el esfuerzo de sacar a la Esperanza de Triana, tirados junto al río minutos antes de sacar a La O? ¿Quién del coche fúnebre con los restos mortales de la viuda del maestro Tejera y el paso de palio de la Macarena yéndose por Feria? Nadie como él ha retratado a esos capataces y costaleros del ayer, en unas fotos que huelen a mezcla de sudor fuerte y vino de garrafa. Nadie ha sacado la personalidad del Mudo de Triana, ramillete de llaves de Santa Ana colgadas del cinturón y los surcos del paso del tiempo en el rostro.

El gran mérito de Martín Cartaya no es el uso del obturador, ni la elección del zoom, ni siquiera ser un aliado del blanco y negro, sino ser un maestro en la primera regla suprema de todo fotógrafo apasionado de la actualidad: ser el único que está en los sitios y capta instantes valiosos. Cuando la era digital ni se intuía, Martín Cartaya disparaba con generosidad la Leica sin importarle el coste de los carretes ni de los revelados. Castilleja de la Cuesta le dedicó una plaza. Sevilla, tal vez sin ser consciente, el toisón de oro de hablar siempre bien de su persona. Y eso más que mérito de Sevilla, es mérito de este sevillano, maestro del instante preciado, señor con bastón y cámara, el último mohicano de la Leica al que un día regalaron una cámara digital.