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El intelectual del zoidismo

Carlos Navarro Antolín | 20 de septiembre de 2015 a las 5:00

Javier Landa
HAY algunos adolescentes, hijos de militares, que lamentan que sus progenitores no se quiten los galones al entrar en casa, lo que no deja de ser una forma de censurar a conveniencia el mero ejercicio de la patria potestad. A los periodistas también se les imputa que nunca dejen de serlo ni de puertas para adentro, ni de puertas para afuera, ni sin puertas; que dediquen a pensar en el oficio el tiempo que están con los ojos abiertos y, algunos, hasta el tiempo que duermen con un sólo ojo cual liebres. El periodismo se asemeja mucho al sacerdocio. Hay que estar dispuestos a difundir la noticia o a impartir el sacramento cuando se necesita, sin horario predeterminado. La muerte no entiende de convenios colectivos que fijan los horarios. Un cura tuvo que salir a gran velocidad de la Feria una noche del alumbrao porque era reclamado en una casa donde había fallecido el cabeza de familia. Un yerno impertinente no se recató: “¿Quién ha encontrado un sacerdote a estas horas y con traje azul y corbata?”. La vocación no sabe de horarios, pero puede chocar contra el muro de otras realidades y provocar sonoras quejas como las del hijo rebelde del comandante.

Javier Landa Bercebal (Zaragoza, 1955), catedrático de la Universidad de Sevilla y ex decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, es uno de esos profesionales que los políticos incorporan a sus equipos para darse un barniz de intelectualidad. Es la versión actualizada del Español, siente un pobre a su mesa, que ha mutado en Candidato, meta un catedrático en su lista. Landa se trabajó en su día la condición de heredero natural de Camilo Lebón, el eterno decano de Económicas, el factótum de la facultad de la sede fría a lo carcelario. Este aragonés afincado en Espartinas ha sido siempre un habitual a los actos del PP en la localidad aljarafeña. Se ha dejado ver y se ha dejado querer. Cómo ronea, cómo ronea este Landa para que Arenas lo vea. Y vaya si lo vio.

Desde el decanato pudo contactar durante muchos años con personajes públicos, entre ellos un Arenas que lo introdujo en la plataforma de independientes por el cambio en Andalucía. Cuando Zoido confeccionaba la lista electoral de 2011 –la que olía a mayoría absoluta, terminó siendo absolutísima y acabó como el parto de los montes– Arenas frunció el ceño y dijo algo muy parecido a lo siguiente: “Juanito, la lista está muy bien, pero hay que meter a alguien de peso, porque esta lista tiene mucho niñato”. Hay quien dice que Landa, en realidad, era el pretendido contrapunto que Arenas quería introducir para compensar el populismo de Zoido.

Los políticos a veces buscan mujeres, intelectuales, famosos u otros perfiles de la sociedad civil para cubrir las lagunas que los arriolos de plantilla ven en la composición de las listas. Para compensar ese niñateo, el PP puso a Landa de número dos. El catedrático que estuvo a punto de sentarse en una grada de sol en la lista del PP por Espartinas (donde le ofrecieron un puesto del siete al diez), acabó sentado en el palco de convite de la Real Maestranza de la lista por la capital: el número dos, el fichaje estrella de la era Zoido.

A este señor catedrático no le hizo gracia que el primer jovenzuelo de turno de las Nuevas Generaciones le hablara de tú nada más llegar a la sede del partido. El osado mozalbete, repanchingado en un asiento, se justificó con desahogo:

–Es que me han dicho que tú eres ya de los nuestros… ¿No?

Landa sufrió algo tal vez más incómodo que el tuteo al dejar la Universidad y entrar en política: la difusión de una antigua condena de 120 euros por enfrentarse a unos jóvenes a los que reprochó (con toda razón)su incivismo al esparcer la basura de unos contenedores, y una bajada de sueldo. “Pues chico, menos mal que conservo y genero trienios”, se lamentaba ante viejas amistades de la Universidad sin necesidad de que nadie le preguntara. También ha sufrido la impuntualidad de Zoido, marca de la casa, al que acompañaba muchas veces como delegado de Relaciones Institucionales. En una ocasión, precisamente en un foro universitario, no sabía ya como justificar el retraso del alcalde. Subió al atril y anunció que Zoido estaba llegando: “Bueno, ¿quieren que mientras les cuente algo? ¿Les canto?”. El público no sabía dónde esconderse, por si se arrancaba a capela con el Gaudeamus igitur.

Como presidente del Pleno, no pocas veces se tomó las sesiones como si de una clase se tratara. A lo Quijote, debía ver alumnos donde habían concejales. Firme en las maneras, adusto y serio, pero nunca grosero, desahogado o faltón. Metió el pinrel bien metido el día que expulsó a un fotógrafo, tal vez, precisamente, por no dejarse los galones de decano en la calle antes de entrar en el Ayuntamiento. Con Torrijos, portavoz de Izquierda Unida, tuvo duelos dialécticos a lo Pimpinela. Alguien apuntaba siempre que Landa y Torrijos eran los concejales “más conservadores” de la corporación. Alguna vez compartieron charla de café en El Portón. Con la socialista Adela Castaño protagonizó escenas parecidas a las películas de Juanito Valderrama y Dolores Abril. En el PP irritaba que Landa, bastante neutral en el ejercicio de la presidencia, mandara callar al alcalde cuando lo consideraba oportuno. Una vez, un compañero de filas le reprochó que no dejara hablar al alcalde el tiempo que quisiera. Landa tiró de cátedra:“No te enteras, chico, no te enteras…”.

Otra landada es haber carecido de cintura con el Defensor del Ciudadano, José Barranca, a quien pretendía recortar la memoria anual en función de criterios reglamentistas; o con el Curso de Temas Sevillanos, cuyos miembros lo tienen como persona non grata por negarles el uso del Alcázar para su sesión anual. Landa no supo ver que el presidente del colectivo, Antonio Bustos, es una marca de la ciudad, carente de aristas, sin dobleces, y cuya labor por la divulgación de la cultura ha merecido altos reconocimientos. Landa jamás debió tratar con frialdad y un punto de suficiencia la petición de una entidad que hace mucho por facilitar a personas mayores el acceso a conferencias y charlas en lugar de ser condenadas a hieráticas tardes de televisión. Se obsesionó con no convertir el Alcázar en un salón multiusos, pero falló al aplicar criterios sin flexibilidad. “Lo dejan todo perdido”, decía de las empresas de cáterin, evocando a Soledad Becerril cuando hacía comentarios con un desdén similar: “Cómo suda Monteseirín, qué horror”. Landa estaba más preocupado por las vías de evacuación del Alcázar, que por facilitar los accesos. En una ocasión puso en guardia a las fuerzas del orden al ver la cola de jóvenes que aguardaban a la entrada junto a a la Galería de los Grutescos para asistir a una gala de blogueros en la que, además, actuaba el cantante Hugo.

Muchos de sus adorables compañeros del gobierno nunca le perdonarán cierto aire altivo, ni cierto desprecio por quienes han mamado la cultura de partido. Los concejales de distrito no lograban la cesión de ningún salón palaciego para actos de las asociaciones de sus dominios. Se marchaban de su despacho cabreados, jurando en arameo y con ganas de pegar el portazo. Cuando aprovechaban la visita al centro y subían al despacho de Asunción Fley, la independiente que dirigía la Hacienda local, tampoco encontraban apoyo presupuestario para el arreglo de una acera. Los ediles de los barrios dejaban la Plaza Nueva confusos, sin saber si Landa y Fley eran del PSOE o de la verdadera casta funcionarial que denuncian los de Podemos.

La verdad es que Landa gana en el terreno corto lo que pierde visto de lejos. Y no es un elogio fácil, porque hay políticos que pierden todo el crédito cuando se les conoce de cerca y se aprecian con nitidez los lamparones de la chaqueta. Entre las virtudes de Landa figura su dontancredismo, esa capacidad de darse la vuelta, ser consciente de que le caen encima los chorreones de cera caliente de los ciriales que portan los lacayos de la política, y darle exactamente igual. Landa ha soportado más de un año varios avisos serios que lo mandaban de vuelta a la Universidad en cuanto acabara el mandato, pues Zoido fue recortándole competencias. El buen hombre aguantó a lo Paco Ojeda la proximidad del pitón que lo dejaba fuera de la lista de 2015. Landa ha demostrado ser un gato de la política: tiene siete vidas. Y responde a la perfección a ese gerundio que en Sevilla es augurio de la eternidad. “A Landa se lo están cargando, se lo están despachando…”. Cuantos más gerundios, más opciones de seguir vivo. Y hoy sigue de concejal, aunque reincorporado a la Universidad y sin sobresueldo municipal. Dicen que el landismo durará lo que dure el zoidismo. O no, que diría Rajoy. En el PP hay quien valora que Landa haya logrado ser durante tantos años el decano de una Facultad considerada un “nido de rojos”. Por muchos pinreles que haya metido. Y los niños (niñatos, según Arenas) siguen quejándose de que no se despoje nunca de los galones. Pecados de juventud, o de clarividencia política. “Si es que no te enteras, chico…”

El cardenal libre

Carlos Navarro Antolín | 9 de agosto de 2015 a las 5:00

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AQUEL mediodía del 25 de noviembre de 2009 el guardia de seguridad del palacio abrió la verja para que saliera por última vez el coche de carrocería metalizada que por seguridad tenía asignado monseñor Amigo (Medina de Ríoseco, Valladolid, 1934) desde hacía años, desde los tiempos en que los encapuchados de la serpiente, escocidos por su valiente homilía en el funeral de Jiménez Becerril en 1998, le dejaron en el buzón una amenaza con los gráficos de sus recorridos habituales. Al volante iba el fiel y eficaz secretario personal, Pablo Noguera, que tiró por Mateos Gago para salir del casco antiguo y tomar la salida hacia Madrid. Al dejar la circunvalación de Écija, el cardenal mandó parar el vehículo. Una breve pausa sirvió para telefonear a un amigo personal, de los escogidos que participaban en el almuerzo privado de cada festividad de San Carlos Borromeo: “Sólo para anunciarte que en este justo momento salimos del término de la diócesis de Sevilla”.

El cardenal se fue demasiado pronto. Una cosa es que todos los prelados están obligados a presentar su renuncia al Papa al cumplir los 75 años, y otra muy distinta es que se le acepte en menos tiempo que se hace un café expreso. La Iglesia de España estaba hipercontrolada entonces por un personaje que despierta escasas simpatías hasta entre muchos católicos: el cardenal Rouco Varela. El cardenal Amigo siempre ha sido un verso libre en sus casi 30 años de titular de la archidiócesis hispalense. No se alineó nunca con sectores específicos de la Conferencia Episcopal, menos aún con la línea dura que combatió contra Zapatero alternando las pancartas contra sus leyes sobre el matrimonio homosexual y el aborto, con las tazas de caldito en la Nunciatura para limar asperezas. Baste un detalle: Don Carlos no fue a concelebrar una misa por la familia convocada en Madrid como acto masivo contra las políticas del gobierno socialista en los años de las cejas. Tampoco acudieron destacados sacerdotes de la diócesis, que incluso no ocultaron sus opiniones críticas con el proceder de Rouco.

Tan libre se ha sentido que siendo obispo de Tánger, el gobierno de Franco le indicó que no era conveniente que recibiera con mucho boato a Don Juan de Borbón. No hizo caso de la directriz. Muchos años después, dicen quienes saben que Don Juan le advirtió a su hijo, el ya Rey Don Juan Carlos, que no debía quedar en el olvido el trato afectuoso que Don Carlos Amigo siempre dio a la“familia” en tiempos de turbulencias. La Casa Real fue clave para un ascenso insólito: de Tánger a Sevilla.

Esa libertad de acción –que le llevó a “comprender” las huelgas generales y a solicitar leyes justas para los transexuales– pasó factura a este fraile que llegó a Sevilla procedente de Tánger recién terminado el Mundial de Naranjito. Su primer secretario fue el hoy canónigo Ángel Gómez Guillén, en cuyo Seat 127 de color amarillo sin aire acondicionado se recorrió aquel verano los pueblos de la diócesis. Tan libre se ha sentido siempre que en Tánger presidió el funeral por Francisco Franco y en su primera etapa en Sevilla quiso ir a conocer personalmente al cura Diamantino, líder jornalero, fundador del SOC y encasillado en las antípodas de la ortodoxia católica. Monseñor Amigo y Diamantino entablaron amistad, cultivada en almuerzos preparados por la madre del conocido como “cura de los pobres”. Diamantino murió con 51 años. Don Carlos presidió un funeral masivo en la Parroquia del Cerro, con los bancos repletos de jornaleros de Martín de La Jara y Los Corrales, dirigentes y militantes de Izquierda Unida y del PSOE, y con Soledad Becerril entre ellos. En la homilía defendió su forma de entender el ejercicio de su ministerio pastoral: “Las opciones de Diamantino permanecerán vivas como opciones a imitar”.

Nunca dejó de ser fraile en sus años en Sevilla. Se levantaba a las 05:30 y acudía al comedor entonando oraciones que recreaban el ambiente de un refectorio monacal en un palacio barroco.

Mandar ha mandado mucho. Con energía y cuota de genio. Cuando se enojaba, siempre se le pasaba rápido y se refería con humor a que tenía una “tarde vallisoletana” en contraposición al carácter “trianero” del interlocutor con el que hubiera tenido la discusión. Con el poder socialista se ha entendido siempre con armonía, hasta el punto de provocar ceños fruncidos en la Sevilla más conservadora. Otra muestra de su libertad de criterio fue sentarse a negociar la venta del Palacio de San Telmo, una operación que se bautizó como cesión institucional del Palacio a la Junta de Andalucía, pero que destacados expertos en Derecho siguen considerando que se trató de un negocio de “difícil calificación jurídica”, pues, entre otras singularidades, hubo que saltarse la voluntad de la Infanta María Luisa de Orleans –expresada en su testamento– que cedió San Telmo a la Iglesia de Sevilla en 1896 siempre y cuando sirviera como centro de formación para los futuros sacerdotes. La Junta y el Arzobispado protagonizaron unas negociaciones complejas. A un lado de la mesa, Javier Torres Vela, por la Administración autonómica. Al otro, el canónigo Manuel Benigno García Vázquez, miembro del “tridente rojo” de la Diócesis (junto a los inolvidables Juan Garrido y Francisco Navarro). El Vaticano tardó en emitir un dictamen favorable a la enajenación del palacio. El Cabildo Catedral, para colmo, se pronunció en contra de la venta (19 votos en contra, siete a favor y uno en blanco, más un precioso voto particular de Gil Delgado , un texto considerado como una joya de la fundamentación jurídica). El clero local vivía su particular cisma. Quizás ha sido la última vez que el Cabildo –históricamente celoso de su autonomía– se ha opuesto a los planes de un arzobispo. El presidente andaluz, José Rodríguez de la Borbolla, comenzó a impacientarse. La negociación se atascaba. Cada día aparecía una piedra nueva en la travesía. Cogió el coche oficial y se plantó en el Palacio Arzobispal. Don Carlos lo recibió con toda amabilidad y le dijo que sí, que la cosa iría hacia adelante, que ya se irían moviendo los papeles. Pero Pepote no se reprimió:

–Verá usted, Don Carlos. Ocurre que usted gobierna para la eternidad y yo para cuatro años. Y ocurre que detrás de usted vendrá otro como usted que los domingos seguirá leyendo las mismas circulares que usted. Pero detrás de mí no sé yo quién vendrá ni lo que leerá o dirá, así que o cerramos nosotros la operación, o…

Y en 1989, un año antes de que Pepote dejara la Presidencia, se firmó una venta maquillada como cesión. La Sevilla Eterna se echó las manos a la cabeza. ¡Un arzobispo entregando el Palacio de San Telmo a los rojos! Entre las contraprestaciones hubo mil millones de pesetas como dotación inicial de la Fundación Infanta María Luisa. Los patronos de esta entidad eclesiástica pusieron a rentar el dinero en un fondo de inversión de alta volatilidad gestionado por el BBVA privanza. Una pequeña parte de los fondos se fueron a cierta isla conocida por ventajas fiscales de las que conducen a otro tipo de paraíso. Cuando trascendió la información, monseñor Amigo, lejos de enojarse, aludió a la parábola de los talentos. La verdad es que pocas veces se ha molestado con la prensa por delicadas que fueras las informaciones. Sigue teniendo buena prensa y ha sabido siempre hacer uso del tremendo eco que genera haber sido titular de la Sede de San Isidoro.

Con los años, por cierto, el cardenal se ofreció a presidir la boda de Pepote con Gracia ante el Cristo del Calvario, en la intimidad de una Magdalena a solas, sin invitados ajenos a la familia. “Así deberían ser todas las bodas”, le dijo al ex-presidente.

En las vitrinas de su largo pontificado hay imágenes de dos estancias del Papa en su casa (1982 y 1993), una boda real (1995), la venta de otros bienes inmuebles como la Escuela Francesa, una designación como cardenal (2003), una homilía en al altar mayor de la Catedral, con el Ejecutivo de Aznar en primera fila, que por su contundencia dejó en evidencia al entonces ambiguo y pusilánime clero vasco; la participación nada menos que en dos cónclaves en la Sixtina; un puñado de libros, decenas de premios, reconocimientos y coronaciones…

La vida es mantener a toda costa la hiperactividad que es marca de la casa. Por la mañana, confirmando jóvenes en una parroquia de barrio, a mediodía en un almuerzo en una casa particular y por la tarde saliendo a la provincia a presidir una función principal. Cuando se fue de Sevilla, se llevó el especial cariño de dos colectivos: los presos a los que visitaba con frecuencia, y el reconocimiento público de colectivos de gays y lesbianas que le concedieron el premio Arco Iris en 2006 . Hasta Carla Antonelli, que no es precisamente de altar y coro, lo despidió agradeciendo públicamente sus opiniones favorables a un trato serio –“sin frivolidades”– hacia las personas de distinta condición sexual.

Si el Papa Francisco se hubiera revestido con sotana blanca unos años antes, muy probablemente no se hubiera producido un relevo exprés como el que se vivió en la diócesis de Sevilla, pues todo cardenal disfruta de tres, cinco y hasta siete años de prórroga al frente de la diócesis.

Un día le preguntaron en la intimidad de un despacho qué pasaría si al cerrar para siempre los ojos resulta que no sólo no aparece Dios, sino que no hay nada.

–Pues que me quiten lo bailado. ¡Y menudo baile es vivir con el gozo de la fe!

El niño grande

Carlos Navarro Antolín | 5 de julio de 2015 a las 5:00

Rogelio Gómez Trifón
La bicicleta es al transporte lo que el lince a la fauna, o lo que el velador al mobiliario urbano. Son especies protegidas. Los ciclistas por Tetuán son como vacas sagradas por las calles de la India. Pueden desplazarse a su antojo, al libre albedrío, sin cortapisas. Hay padres que señalan a sus hijos la amalgama de veladores y ciclistas por Mateos Gago:“Hijo, esto un día fue una acera”. Hoy tiene poco mérito ir por cualquier calle de Sevilla en una bici de alquiler. Los hay que llevan los auriculares puestos, sin poder advertir no ya una llamada de atención de un peatón, sino el claxon de un coche arrollador. Todo está consentido. Como al lince. En esta sociedad de pendulazos, lo que hoy es sagrado, ayer era todo un reto. El mérito era ir en bicicleta por las calles del centro en la Sevilla de los años 60. A Rogelio Gómez (Sevilla, 1946) lo paró un policía por ir a dos ruedas por la calle Barcelona a contramano cuando era un quinceañero. La multa pedía un marco en Venecia. Rogelio tiene varios títulos y distinciones, pero pocos pueden presumir de tener la de haber sido un ciclista multado en Sevilla.

El aprendiz de tabernero era un adolescente sonriente que trabajaba ora en bici, ora en triciclo, según el peso del porte que había que llevar a los clientes del negocio paterno. Con doce años ya se forjaba en el oficio de servir. Rogelio era un niño feliz. Y sigue siendo tan niño como feliz. Hay sevillanos adultos que en realidad son niños grandes, porque no han perdido la capacidad de ilusionarse con las cosas en apariencia pequeñas. Y eso genera un estado de bienestar interior que también produce envidiosos, pues si el sol ilumina, siempre hay quienes tuercen el gesto ante tanto destello. Ocurre en todos los oficios. Y Rogelio es uno de los astros de la galaxia hostelera.

Mucha gente regresa de sus trabajos con hastío, con la sensación de ser soldado de un ejército vencido por las inercias de la cotidianidad, con el rostro fatigado por los gajes de cada día. Los retornos del trabajo de este tabernero laureado han sido siempre a pie, anunciados por el tintineo de las llaves colgadas del cinturón, con alguna bolsa de plástico bien agarrada en una mano (la leyenda dice que era la recaudación del día) y flanqueado por las dos santas Justa y Rufina de su vida: su mujer y su hija. Un andar pausado, un adiós y hasta mañana a Enrique Becerra, una mirada entre merluzas y besugos por la cristalera de La Isla por si había alguien conocido, y una breve estación en la capilla de la Pura y Limpia para dar las gracias en el ocaso de la jornada.

El bar no es un bar. El bar es una tienda. Una tienda donde se puede comprar todo lo que se sirve. Ydonde se puede tomar algo mientras se compra. Como no es un bar, prácticamente no hay platos. Eso de te gastas menos que Trifón en lavavajillas es verdad, por mucho que lo digan los penitentes de la cofradía de la envidia, que en Sevilla no hay tiempo de paso suficiente para ese cortejo. Porque realmente es una tienda aunque parezca un bar, sublime contradicción donde radica la verdad. Esto es como el Barrio Sésamo de la hostelería, cuando el Conde Draco explica lo de arriba y abajo, lo de cerca y lejos, lo de izquierda y derecha, mientras se mueve compulsivamente por la pantalla. Pues La Flor de Toranzo es una tienda con mesas altas y taburetes, una tienda con camareros de camisas albas donde no ha llegado el color negro que sirve para disimular manchas y lamparones, una tienda con tirador de cerveza y muestrario de vinos y carbónicos. Y así quiere Rogelio que siga siendo. Como es una tienda, no se sirven copas largas, que si con el no también se educa, con las omisiones también se forja el sello de una casa. Quien quiera destilados, debe ahuecar el ala. Ocurre como en la taberna de don José Yebra Sotillo en la calle Boteros, donde jamás ha habido más de veinticuatro vasos (duralex), ni se ha servido whisky. Pepe tuvo un día la gentileza de explicárselo a un cliente preguntón, con guasa y cierta pretensión de tocar los costados.

–¿Y por qué no tiene usted whisky,Pepe? Porque veo que sí tiene ron y ginebra.
–Porque esto no es una barra americana.

Han cantado premio. Con esos criterios es cuando un bar deja de ser un bar para empezar a ser una casa. “En esta casa no se sirve whisky porque eso es propio de tugurios con mucho humo y muchas luces rojas cambiantes”. Y al que no le guste, tiene cuatro mil bares para elegir. Pues eso:en Trifón, ni platos, ni tragos largos.

Muchos empleados de Trifón son casi de la familia. Rogelio ha ayudado a muchos como a hijos. Hasta los ha habido que pidieron ser bautizados. Y allí que estaba Rogelio haciéndoles los papeles en la parroquia, que en esos casos este tabernero siempre ha recordado al cuadro de Colón llevando a los indios a la pila de bautismo en la plaza cacereña de Guadalupe, con el monasterio al fondo.

En esta casa no se sirven destilados. Ni se discute. Un día le cuestionaron machaconamente la tipología de la anchoa a quien es embajador de este boquerón en salmuera. El cliente, con el cuentakilómetros del tinto algo pasado, se puso bastante espeso y haciendo aspavientos, modalidad controlador de pista de aeropuerto con la lengua gorda. Rogelio, viendo el pitón del toro, zanjó el asunto mientras pegaba un bayetazo en otra zona de la barra:“Tiene usted razón con la anchoa, no voy a discutir, porque yo no discuto con mi mujer, así que no voy a discutir con usted”.

Los madrileños se bajan del AVE y se van de “cañas y vinos” a Trifón. Con estos calores, siempre piden que Rogelio suba la potencia del aire acondicionado. A la cuarta demanda con ese acento capitalino barnizado de prepotencia, con los chinos del interior del Daikin hartos de pedalear, este tabernero no pudo más: “Señores, el aire está al máximo. ¿No será que ustedes llevan ya dentro media Rioja Alta?”.

Rogelio es del Baratillo, donde conoció los tiempos de cuatro gatos en la vida diaria de la hermandad, cuando se daban papeletas de sitio la noche del Martes Santo con tal de conseguir dinero para pagar a las bandas de música, cuando funcionaba un rinconcito que se llamaba Bar Atillo, donde se guardaba la botella de Valdepeñas. Rogelio se ha pisado el yo hasta enterrarlo, al modo de Sor Ángela, por su hermandad del alma, pues es la escuela que ha aprendido del factótum de la cofradía: Otto Moeckel. Rogelio es personaje en Sevilla y en Cantabria. Entrando al convite de la boda de la nieta de Franco en el santanderino Hotel Palacio del Mar, toda la tribuna de prensa gráfica se desgañitaba en que este sevillano se parara un instante en la alfombra roja y posara junto a Blanca: “¡Rogelio, Rogelio! ¡Un momento, por favor, una foto!” Ytoda la Sevilla emperifollada que venía detrás se dio de bruces con la notoriedad de este tabernero que es sevillano en Cantabria y cántabro en Sevilla.

Creyeron que no sería capaz de jubilarse. Y se jubiló. Pero el tabernero, como el torero, nunca deja de serlo. Los matadores con la coleta cortada se ponen delante del toro en el campo, sólo para sus familiares y amistades, para matar el gusano que habita en el interior. Los viejos taberneros tienen también sus festejos a puerta cerrada, donde sólo sirven a sus amigos, donde cortan de nuevo el Riera al taco sin las prisas del oficio. El buen anfitrión es un gran egoísta que disfruta sirviendo a los demás. Por eso en el fondo auspicia reuniones.

Dicen que Rogelio fue de los primeros en colocar el detector de billetes falsos. Hay debate al respecto. De los primeros sí que fue en detectar a los falsos, que es mucho más importante.

–Rogelio, hay que ver lo estirada que es esa chica que nos ha atendido, ¿no?
–La marquesa de Villaverde, se cree ella… Ydetrás de una barra no se puede ir con tantos humos.

La vida es el Baratillo, un traje de chaqueta cruzada, una ración de bonito, un puente aéreo con Santander, el aperitivo de Doña María de las Mercedes, una colección de vacas tudancas en la vitrina de casa que sólo suelta en las pascuas para que pasten en el campo verde del Belén navideño, una misa de domingo por la tarde en el Sagrario, una reunión de curas en la barra de la tienda que convierte el negocio en un trozo de Roma junto a la Plaza Nueva, una tarde en los palcos de Semana Santa vigilando la compostura de los concejales, una noche de vísperas de San Pedro entre clarines que evocan las lágrimas del apóstol, un almuerzo pantagruélico en Borleña, Puente Viesgo o Comillas; una tableta de chocolate puro cien por cien, una llamada telefónica de Antonio Burgos, la memoria del padre que llegó a Sevilla a la búsqueda de la prosperidad del 29, el oro de la Medalla al Trabajo que aumenta el cuerpo de penitentes de la cofradía de la envidia, una copa de champán con burbujas diminutas, unos mejillones XXL, un tendido de sombra, una oración en voz alta mientras es vestido de nazareno, la foto en sepia de los portes en triciclo, un comentario sobre el Betis con Luis Carlos Peris, unos sobaos con la mantequilla justa, unas quesadas traídas directamente desde el Valle del Pas… Y siempre, siempre, un manojo de llaves que, como una esquila, anuncia con su melodía el final de la jornada laboral. La vida de verdad es ser fiscal del paso de la Piedad y guardián de la Pura y Limpia. Lo demás son circunstancias. Yeso, ya se sabe, no se discute.

El maestrante sin miedo

Carlos Navarro Antolín | 14 de junio de 2015 a las 18:52

Imagen Alfonso Guajardo-Fajardo
AQUELLA tarde era de cielo panza de burra. La llovizna barnizaba los adoquines de Roma. El otoño sienta bien a las ciudades bellas por viejas y viejas por historia. Los guardias civiles de la puerta de la embajada daban las buenas tardes con un fondo de reproducciones de cuadros de Goya. El Palacio de España es un museo, poco conocido como son casi todos los museos. La llovizna era el punto poético de aquel octubre de escalinatas, estancias suntuosas, paredes forradas de terciopelo y lámparas altas y esplendorosas, de las que manaba la luz como fontanas. El embajador, Carlos González Abella, era gran aficionado a realzar y solemnizar todos los actos. Las formas son claves en la diplomacia. Era un día grande en la Embajada de España ante la Santa Sede, donde se recibía a dos nuevos cardenales españoles: monseñor Amigo, arzobispo de Sevilla, y monseñor Herranz, arzobispo de la curia. En la planta alta, González Abella recibe uno a uno a los sevillanos que formaban una bulla en torno a los nuevos Príncipes de la Iglesia. Un séquito de seiscientas personas acompaña a Don Carlos. En la estancia principal, en una mesa con capacidad para acoger un consejo de ministros, se ofrecen a modo de cuerno de la abundancia un sinfín de manjares pese a la hora del acto: las 17:30. Paella, pescado en salsa, croquetas, cava, caldos de Rueda… El personal da rienda suelta al Pantagruel que lleva dentro. Se aprecian los movimientos tácticos de esos sevillanos capaces de capturar croquetas con una mano mientras con la otra las esconden en el bolsillo. Hay más interés por engullir que por apreciar el arte de un edificio del XVII, con lienzos del Museo del Prado y esculturas de Bernini. Alejado de esa bulla que cangrejea ante las fuentes de paella, un sevillano discreto, ajeno a los codazos del canapé y extasiado ante tanta belleza, se acerca al periodista y comparte un sentimiento hondo, muy alejado del espectáculo terrenal que se perpetra entre tapices, volutas y cristales valiosos: “Este es uno de los sitios donde uno se siente orgulloso de ser español”.

Alfonso Guajardo-Fajardo y Alarcón (Sevilla, 1961) es un sevillano fino, pero nada frío. En aquel viaje representaba a la Real Maestranza de Caballería, de la que poco tiempo después fue teniente de hermano mayor. Sevillano que a veces usa camisas de manga corta, siempre luce corbatas discretas y gasta trajes con tres botones que de vez en cuando incluyen un elegante chalequillo. Un sevillano que habla lento y en voz baja en la ciudad del ruido. Como buen caballero maestrante, parece que siempre está en posición de firme, dispuesto a recibir al Rey en la puerta de la Casa. Dicen que ahora se considera un sevillano en la reserva, viviendo su vida entre su casa de Felipe II y los campos de la provincia donde ejerce de agricultor, de amo cuyo ojo engorda el ganado. En Umbrete cuida de los olivares, de donde salen las aceitunas gordales y de manzanilla, y en Carmona del trigo.

Cualquier hermano mayor que se precie, comienza a moverse en el final de su mandato para aspirar a un carguete en el Consejo de Cofradías. Pero este sevillano que fue teniente de la Maestranza lleva a gala no poder ser ya nada más importante que lo que ha sido, en su caso el mismo cargo que desempeñó su padre, como recuerda uno de los cuadros de los salones principales de la institución nobiliaria. Lo fácil para un teniente de hermano mayor de la Real Maestranza es no hacer casi nada durante los cuatro años del mandato y los dos de ampliación. Lo cómodo es limitarse a reposar los brazos en la barandilla del palco de la plaza de toros, esas localidades con derecho a horchata o a refresco aliñado, a cuarto de baño con toalla y jabón, a prismáticos y a meter mano en la caja de puros. Lo cómodo, decíamos, es sentarse en la presidencia de la ceremonia de entrega de premios taurinos y de mejores expedientes académicos, y hacerse unas cuantas fotos en las presentaciones de libros o en la entrega de donativos a los comedores sociales. Con eso bastaría para muchos, amén de la vida social a puerta cerrada que reporta la tenencia y de la facultad de invitar a los allegados a los festejos de relumbrón de la temporada taurina. El cargo de teniente ya lo quisiera mucho cofraderío, sobre todo el que se ha inventado una orden de nuevo cuño y se reviste de capas blancas a falta de no poder ingresar en la Real Maestranza.

Pero este sevillano nacido en el Patio de Banderas no fue un teniente acomodado. No se conformó con cumplir con el mínimo que la liturgia de la tenencia prescribe. Tuvo la osadía de meterle la piqueta a la plaza de toros, uno de los monumentos intocables de la ciudad. Buscó en los archivos los planos originales de la plaza, negoció con los arquitectos, se puso el casco de obra y metió la maquinaria en el ruedo para romper un tendido y recuperar un antiguo acceso interior, la conocida como puerta del despeje, a costa de reducir el aforo. Hay quien dice desde entonces que tienes más peligro que un maestrante en otoño o que un cofrade con las tardes libres, porque en esos tiempos muertos se sueñan las grandes reformas.

Pasó el invierno, llegó la primavera y comenzó la temporada taurina con los muros de la plaza encalados, gloria de monumento que es el mejor cuidado de la ciudad y sin coste alguno para las arcas públicas. Entraron los abonados en la plaza el Domingo de Resurrección y no se oyó una queja, ni un chascarrillo. La reforma fue un éxito. Fue un caso único de silencio maestrante que daba derecho a las dos orejas y vuelta al ruedo. Guajardo-Fajardo quedó coronado como el maestrante sin miedo… a abrir en canal un tendido, en la ciudad donde cualquier reforma en el centro es para cepillarse el caserío del XVIIy el XVIII, desarrollar una arquitectura de tanatorio y sembrar el callejero de esas fachadas de hierro sucio que a los arquitectos les ha dado por usar tanto para restaurantes a la vera del río, como para posadas antiguas junto a San Pedro, o para casas de hermandad en la judería. Como diría la ex alcaldesa: “Qué horror, qué horror”.

La vida cotidiana tiene la calma de un mar plato en los amplios salones de una vivienda donde el retrato del padre escruta a todo el que llega a la morada. El santuario personal es una biblioteca impoluta, de lomos catalogados, donde se funden las colecciones de libros del padre y de un tío-abuelo, donde está el Señor Descendido de la Magdalena y algunos importantes reconocimientos de entidades de la ciudad. Las estancias de la casa combinan una selecta pinacoteca y una platería cuidada. Hay rostros en blanco y negro en fotografías que son reliquias del pasado que sigue vivo. Guajardo-Fajardo es nazareno de la Soledad de San Lorenzo, cofrade serio al que nunca verán en cabildeos. Fue costalero de los Ariza en los años sin relevos, en esas noches de Sábado Santo que había que ingerir terrones de azúcar para no desfallecer en esa recta interminable que era Cardenal Spínola.

En la Semana Santa de 2007 perdió el teléfono móvil en una bulla en la que orientaba al Defensor del Pueblo, Enrique Múgica. Un Jueves Santo acompañaba como oficial de la junta de gobierno de la Real Maestranza a los Duques de Lugo, pero las primeras cofradías de la tarde no salieron por la lluvia, así que la comitiva acabó visitando la Basílica del Gran Poder y, oh casualidad, entrando en San Lorenzo para ver a la Soledad. Aquella tarde, cuando se confirmó que salían la Quinta Angustia y el Valle, gracias a la decisión de dos grandes hermanos mayores como Luis Rodríguez-Caso y José María O´Kean, este maestrante sin miedo remontó las filas de la cofradía de la Anunciación para gestionar que se dejara a la Infanta de España tocar el martillo del paso de la Virgen de los ojos verdes. Y así fue en la Avenida. En la salida de la Macarena, fue testigo del gesto espontáneo del duque de Lugo, cuando se quitó la cadena de oro y se la donó a la Virgen de la Esperanza. Una joya que sigue expuesta en las vitrinas del tesoro macareno. La Infanta se retiró tras ver pasar a los Gitanos por la Casa de las Dueñas, pero el duque quiso seguir viviendo la Madrugada. Hubo que llevarlo a la Catedral para que viera el Calvario y la Esperanza de Triana. Y parece que, por fin, se quedó satisfecho.

No hay honor más importante que el haber sido teniente, que en Sevilla no hay más que una tenencia y no hacen falta mayores precisiones. No hay mayor placer que los pequeños deleites como la lectura del periódico, cuando el café se enfría porque un artículo requiere de la máxima atención, o el aperitivo del que no debe quedar ninguna sobra. Los achaques de salud son oportunidades que uno tiene para saborear aún más esos pequeños hitos de la vida cotidiana. Yno hay mirada más penetrante que la del padre, el retrato que recibe al visitante. Los soleanos son personas acostumbradas a disfrutar con profundidad de los momentos en que otros son presas de la melancolía. La vida es una noche de Sábado Santo, cuando todo empieza. La clave es estar siempre firme, como si el Rey pudiera aparecer en cualquier momento.

El altavoz de Dios

Carlos Navarro Antolín | 7 de junio de 2015 a las 5:00

Camilo Olivares
HAY un tipo de sevillano que ronea de caballo como hay otro que presume de estar a caballo entre Sevilla y Madrid, avifauna que hace gala de pasar horas en el AVE como signo de distinción y timbre de gloria. La alta velocidad permite a Javier Arenas mandar en el PP andaluz sin perder comba de lo que pasa en la calle Génova, de ahí que recuerde con frecuencia en las entrevistas dominicales que casi está empadronado en el AVE que Felipe González regaló a los sevillanos para que el Sur no se quedara descolgado del resto de la piel de toro. Claro que el mérito, el verdadero mérito, era pasarse media vida entre Sevilla y Madrid antes de que existiera el AVE, como era meritorio recorrerse la Ruta de la Plata antes de que fuera una autovía. En Sevilla hay un cura que lleva décadas entre Sevilla y Madrid, entre Ochoa y Lhardy; entre las torrijas hispalenses de vino o miel, y las capitalinas con leche, azúcar y canela; entre la Catedral gótica, de pináculos, vencejos, gárgolas zoomórficas y desayunos en la Avenida tras los maitines, y esas iglesias frías de la capital de España, que ya se sabe que en Madrid no hay playa, pero tampoco iglesias donde entren ganas de rezar.

Camilo Olivares (Madrid, 1926) es un desconocido para muchos sevillanos que, como apuntaría el líder de Ciudadanos, han nacido con la Constitución Española bajo el brazo. Olivares simboliza esa Sevilla que para muchos es la de los años 50, 60 y 70. Es el cura monárquico por antonomasia. Es el eterno capellán de Doña María de las Mercedes, la madre del Rey que se murió en Lanzarote con los fríos del enero del año 2000. Es el cura que mejor se ha llevado siempre con la alta aristocracia, lo que algunos de sus compañeros envidiosos han denominado como la pastoral de la jet. Si Dios está hasta en los pucheros, también estará en los salones con luz generosa de arañas, tazas de porcelana fina, servilletas de hilo y decoración de lienzos de reyes y cornucopias, ¿o no?. Por algo dicen que la Iglesia ha de tener curas de todos los perfiles para no perder presencia en ningún rincón. En España ha habido miembros del alto clero que se han ido de cena con Zapatero. Yno ha pasado nada.

Este sacerdote recuerda al detalle la secuencia del 18 de julio de 1936 y sus horas posteriores, cuando los guardias de asalto entraron en su casa del barrio de San Lorenzo buscando a su padre, pero se sólo encontraron a su abuela y a las demás mujeres de la casa rezando el rosario. Hijo de padre sevillano y de madre madrileña, desde niño sabe lo que es estar entre Sevilla y Madrid muchísimo antes de que se pudiera elegir entre vagón de turista (con derecho a auriculares) y vagón de preferente (con derecho a toallita húmeda para las manos antes del condumio).

¿Quién recuerda hoy con toda precisión haber visto al Gran Poder expuesto en besamanos en lo alto del paso? Una estampa insólita:¡un paso con escalera de subida y con escalera de bajada! El niño Camilo estaba a la vera del Señor para limpiar los besos en aquellos cultos de los años treinta. Allí subido, en la nave de oro, angelotes y claveles rojos, presenció cómo un devoto rompió sin pretenderlo una de las espinas de la corona del Señor, que tuvo que ser repuesta con el pegamento de entonces, sindetikón, a falta del IAPH. Olivares asistió a los quinarios del Señor en la parroquia de San Lorenzo, cuando predicaban sacerdotes que eran grandes oradores. Se abrían las puertas del templo y se podían oír las pláticas desde la plaza. Tal vez esos días tuvo conciencia de la importancia que tiene para un sacerdote el dominio de la palabra. Sin la oratoria, el cura se aleja de los fieles. Con ella, mantiene la atención y el poder de persuasión. Quizás en su infancia, en un barrio de San Lorenzo de vecinos sentados a las puertas de su casa viendo la vida pasar, germinó una vocación orientada a la liturgia de la palabra.

Su casa era una de las pocas con radio. Como en una premonición del vídeo comunitario de los años ochenta, en su casa se ponía la radio en la ventana para que todos los vecinos pudieran oír el parte y las charlas del General, que no necesitaba de más nombre ni apellidos para saber que se trataba de Queipo de Llano. No es aficionado a remover el carbón quemado para evitar los rescoldos. “Sólo hablo de la memoria histórica para rezar”, suele decir a quienes le preguntan por más detalles de aquellos años.

Para acudir a los palcos de la plaza en Semana Santa se requería pantalón largo, en aquellos tiempos de respeto escrupuloso por la vigilia y de dispensas como vía de escape. Participó con un cirio en la procesión extraordinaria del Gran Poder de 1939 en acción de gracias por el final de la Guerra Civil.

Don Camilo, que es un cura que de cura tiene hasta el nombre, pertenece a la cofradía de los que nunca hablan mal de nadie. Y eso en Sevilla lo convierte en rara avis, que avis es pájaro y no oficina de venta de coches de alquiler en aeropuertos y estaciones. En su casa de Sevilla, que está en el barrio de Los Remedios donde un 10% ha dejado de votar al PP en las últimas elecciones, tiene capilla propia, preciosa y recoleta para la recogida de oraciones privadas. En Navidad monta un Nacimiento digno de visita. El que ha ido sabe que en casa de don Camilo se atiende a la antigua usanza, con copa de manzanilla fina y platito de jamón después de apreciar todos los detalles del portal. Cuando está en Madrid, no se pierde noticia de Sevilla, que para eso tiene a las seguidoras de su Obra de la Palabra de Dios.

El Papa lo hizo prelado de honor con derecho a tratamiento de monseñor. Sigue ejerciendo de director espiritual del Gran Poder y es capellán real de la Catedral. Es rara la hermandad sevillana que no lo haya invitado a predicar sus cultos. Suya es una frase que define su quehacer: “La gente le da mucha importancia a escuchar la palabra de Dios por muy torpe que sea el altavoz”. Sus homilías se han oído en Madrid, San Sebastián, Segovia, Vitoria, Lérida… Yen todas las ciudades ha palpado la importancia que tienen las cofradías sevillanas como movimiento laico de la Iglesia.

Si Olivares es un cura popular no ha sido por sus relaciones con la sangre azul, sino por sus predicaciones y su proximidad a la gente. Vivió muy de cerca los tiempos en que los párrocos reñían a las señoras que lucían faldas cortas, como vivió los años del cardenal Segura prohibiendo el Miserere en la Catedral por no responder al espíritu penitencial propio de la Semana Santa. Ha seguido siempre la enseñanza de su padre:“Hijo, en esta casa, el Papa, el Rey, el cardenal de Sevilla y el cura de San Lorenzo nunca se discuten. Sean quienes sean, amén”.

Don Juan de Borbón y Doña María de las Mercedes ejercieron de padrinos de honor en su primera misa. En cuanto fue ordenado sacerdote, su padre lo mandó viajar a Estoril y a Laussanne a cumplimentar al Rey y a la Reina Victoria. Y ahí empezó una relación mantenida hasta el fallecimiento de los condes de Barcelona. En alguna ocasión recibió recados del régimen de Franco para hacerle ver que no se veían con buenos ojos tantas peregrinaciones a Villa Giralda. Un día tuvo problemas en la frontera de los que tuvo conocimiento el cardenal Segura:“Para otra vez, diga usted que va de mi parte”.

Con Don Juan de Borbón vivió un momento de tensión en Fátima, cuando muchos españoles advirtieron su presencia y lo arrollaron con entusiasmo. Olivares se sintió obligado a pedirle disculpas por el berengenal en que había metido al padre del Rey, exiliado entonces en Estoril. DonJuan pidió calma e hizo ver que estaba encantado con la reacción popular: “Estoy muy agradecido porque precisamente aquí, en Fátima, pasé uno de los momentos más amargos de mi vida. Parece que Dios ha querido compensarme hoy”. Ocurrió aquel día que también un grupo de españoles que visitaba el lugar se acercó a saludar a Don Juan, pero el cura que guiaba la peregrinación les afeó la conducta en voz alta: “¿Qué hacéis con ese hombre que es masón?”. Y Don Juan se vio obligado a responder: “Padre, infórmese mejor, porque si yo fuese masón, posiblemente estaría ya en el trono”. Monseñor Olivares se sintió obligado entonces a advertirle de que media España pensaba que Don Juan era masón porque había una campaña orquestada con tal objetivo.

Cada vez que Doña María de las Mercedes visitaba Sevilla, el alto mando militar avisaba a Don Camilo para que acompañara a la señora. Pasión y el Gran Poder solían ser estaciones fijas en la ruta. Y el sacerdote debía ir vestido como tal, de lo contrario había riña. A la madre del Rey le gustaba ver a monseñor Olivares con sotana, manteo y esclavina.

La noche del último Sábado Santo se le vio junto al duque de Alba en la bulla de la entrada de la Soledad de San Lorenzo. Los Reyes y la vida pasan. Sólo permanece el Gran Poder. Al borde de los 90 años, sigue entre Madrid y Sevilla, entre la muchedumbre capitalina y la ciudad donde fue el niño que pasaba el purificador por las manos del Señor.

El último traje de mil rayas

Carlos Navarro Antolín | 31 de mayo de 2015 a las 5:00

Otto  Moeckel
El verano es la coartada perfecta para relajar las buenas maneras, los usos sociales que son el lubricante de la convivencia. El verano en Sevilla empieza mucho antes que el día de San Luis. Comienza prácticamente en abril con los primeros sofocos que derriten la cera, inauguran prematuramente la venta de helados y pueblan las casetas feriales de armatostes de refrigeración con zumbido de bombarderos de la Segunda Guerra Mundial. Hasta hay curas que recortan las homilías en días de calor para no ahuyentar a la feligresía. Existen las misas light al igual que los programas de redifusión en la parrilla de televisión. La Semana Santa de la intimidad de muchos sevillanos comienza con el primer nazareno. Yel verano de un tiempo a esta parte arranca cuando se ven las primeras chanclas. El símbolo del verano hace mucho que no son las bicicletas, son las chanclas por las que asoman uñas largas y negruzcas, como son los pantalones de pirata en sus diversas modalidades:ceñidos con elástico a la pantorrilla, con tirillas sueltas, con bolsillos exteriores, con un único bolsillo trasero, etcétera. La chancla y el pantalón son los símbolos de la heráldica de los meses tórridos en una ciudad con la sombra tan en retirada como un ejército vencido.

Hay una minoría de sevillanos que resisten, como los galos de la aldea de Astérix, a la invasión de camisetas de tirantas y pelambreras al viento que se ven, por ejemplo, en la cola de turistas de la Catedral, subidos en la segunda planta del autobús panorámico, o sentados en una terraza del barrio de Santa Cruz tomando paellas recalentadas en el microondas. Y muchísimas veces son los sevillanos quienes han hecho suya la estética del turista desharrapado en riesgo de deshidratación. Entre los sevillanos que resisten la oleada del desaliño figura Otto Moeckel von Friess (Sevilla, 1929), siempre trajeado llueve, ventee o nieve; siempre con el cuello cerrado con corbata, siempre en perfecto de estado de revista. Quizás sea de los últimos sevillanos en tener trajes de invierno y de verano, ternos gruesos para el frío y el mil rayas para la canícula. Es un fin de raza de la estética elegante del verano, como en tantas otras cosas. Ver a un señor con un traje de mil rayas por la Avenida de la Constitución es más difícil que toparse con un turista en pantalones de pinza, con un cura con sotana o con un concejal de Podemos entrando en O´Kean. Don Otto es probablemente el último traje de mil rayas que se puede admirar por esa jurisdicción en la que hace su vida:el barrio del Arenal y sus zonas de influencia.

Desciende de los alemanes que vinieron a electrificar la ciudad y muchísimos pueblos de la provincia. Hágase la luz en Sevilla, dijo Dios. Y llegaron los Moeckel para quedarse en la ciudad para siempre. Hijo único, su familia paterna era de Sajonia y la materna de Baviera. Criado en los valores del esfuerzo, el orden y la disciplina. En caso de que el niño Otto cometiera las trastadas propias de la edad, su madre era el juzgado de primera instancia y su padre el Tribunal Supremo. Los abuelos encarnaban una suerte de Defensor del Pueblo.

Mucho antes de que Felipe González inventara el “mire usted” como arma letal en un debate, don Otto ya había puesto firme a más de un desahogado con el “mire usted” en la ciudad del compadreo. Lo ha sido todo en el Baratillo, donde fue inscrito en 1938. Personajes muy conocidos le han pedido ayuda para ser hermano mayor, pero siempre ha distinguido el carril de los afectos del carril de la responsabilidad de un cargo. Por mucha influencia que el pretendiente de la vara dorada tuviera sobre don Otto, si este sevillano con sangre teutona creía que no valía, se lo decía con toda contundencia. Y estaba dispuesto a pagar el coste del no. Para pasteleos ya están Los Angelitos de la calle Adriano.

Un agradaor le comentó un día lo orgulloso que debía estar al trascender que su hijo se presentaba a hermano mayor de la cofradía familiar. Encogió los hombros, marcó distancia y respondió:“Mire usted, si lo hace bien, doble alegría por mi hermandad y porque es mi hijo. Si lo hace mal, pues doble disgusto”. Años hubo que el Domingo de Resurrección aún le asomaban las hebillas en el calzado:“Me las quitaré cuando visite el último templo de las cofradías que no he podido ver en la calle”.

Al Baratillo se lo ha dado todo. Nadie ha mandado como él en esa cofradía. Su autoridad no sólo estaba basada en el sinfín de ayudas económicas que ha prestado, sino en la auctoritas ganada a pulso con las horas invertidas. Ni el mayor cicatero puede negar que la vida de este sevillano es un derroche de generosidad sin límites con una cofradía que ama como a su familia. Tiene la medalla de oro de la hermandad, la de plata de la Real Maestranza y la Pro Ecclessia et Pontífice concedida por Benedicto XVI a petición del cardenal Amigo, además de otros numerosos reconocimientos y homenajes. Nunca habla mal de nadie. Se sabe escurrir con elegancia cuando le ponen en el aprieto de ofrecer una opinión comprometida. Un circunloquio de don Otto agota a cualquiera que pretenda ponerle en un renuncio. Es imposible que diga lo que no quiere decir.

Nunca lleva tabaco encima, pero siempre se las arregla para tener un cigarrillo cuando apetece. En su opinión, los curas deben vestir de curas y no alargar su presencia en los ágapes de la casa de hermandad. ¿Cómo se le dice al sacerdote que su presencia ya es inconveniente? Muy fácil. Don Otto se acerca al corrillo y espeta:
–Don […]. Le voy pidiendo el taxi si le parece. Y yo mismo le acompaño a cogerlo.

Las hermandades son asociaciones privadas de la Iglesia Católica por mucho que la normativa diocesana de 1997 dijera lo contrario. No le insistan porque no admite cesiones en este debate, donde coincide con la corriente de opinión de eminentes juristas de la ciudad.

Para don Otto no existe el cansancio. Ni la jubilación tiene el significado etimológico de júbilo. Es hiperactivo al moeckeliano modo. El trabajo, la actividad cotidiana y las idas y venidas del barrio del Arenal son la combinación que mantienen con vitalidad a este vecino único, de exquisitas formas y costumbres arraigadas y, sobre todo, de una oratoria antigua y ordenada que pareciera que está escribiendo cuando está hablando. Sus discursos pueden ser editados directamente en papel.

El primer año que no pudo salir en el Baratillo estaba viendo la cofradía desde un palco de la plaza. De pie desde que llegó la cruz hasta que se fue el palio, como hacía don Antonio Delgado Roig con el Silencio en las sillas del Laredo. Llegaba la Santa Cruz y se levantaba, como esos cofrades que se levantan al paso de la Bandera Pontificia. En una Semana Santa de roedores de pipas a la espera de los pasos, de sillas plegables o de un público echado directamente sobre las aceras, queda aún el testimonio de quienes se forjaron en un respeto que no se explica más que desde el conocimiento profundo de la hermandad. Porque sólo lo que se conoce puede ser valorado.

Siempre ha hecho gala de un concepto de orden que distingue con precisión de tiralíneas la familia, la hermandad, los vecinos y los trabajadores. Llegó a tener 70 empleados. Si uno le invitaba a la primera comunión de un hijo, don Otto no faltaba, pero de su asistencia jamás se podría deducir ninguna suerte de favoritismo posterior sobre ese empleado. A la hora de marcar las distancias, no ha hecho excepciones. Su propio hijo, siendo hermano mayor, ha visto cómo su padre se pronunciaba en contra de algunas de sus decisiones. La objetividad en los planteamientos es uno de los estandartes de su vida.

Sufrió las interpretaciones interesadas que algunos hicieron de las directrices del Concilio Vaticano II. Siempre ha defendido que aquel concilio fue el de la renovación, pero desde la conservación de lo que había, no de la supresión. Un cura de aquellos años le exigió que quitara la mesa de altar que formaba parte del retablo y que pusiera unos taburetes con unas tablas encima como nuevo altar. “¿Pero usted comprende que yo me puedo cargar un retablo artístico de esa manera?”. Suya es una frase que pide mármol: “Ser cofrade es la forma de ser católico en Sevilla”.

Un día pidió a unos amigos que lo acercaran en coche a un barrio alejado del centro de la ciudad. Al llegar al destino, antes de bajarse, consultó al conductor: “¿Me puedes esperar cinco minutos?”. Ylos cinco minutos de un alemán son cinco minutos de reloj, no los cinco minutos del sevillano que te hace esperar veinte en la Plaza Nueva, te llama por la calle San Fernando para decirte que va por la Avenida y te endiña al final una demora de treinta. A los cinco minutos de reloj, se montó en el vehículo y ordenó rumbo al Arenal. Se sintió obligado a dar una explicación que ningún ocupante del coche le había pedido: “Muchas gracias, era necesaria mi intervención para poner orden. A los nietos hay que enseñarles el valor de la disciplina”.

La vida es aquello que ocurre en el Arenal, aquello que sucede en la institución de la familia. Es el cariño de hijos y nietos que adoran una conducta recta y ejemplar.La vida es el cumplimiento de las obligaciones antes que las devociones; es ayudar al cura en la misa de esos domingos de mirada baja de la Piedad y de sillas de enea apretadas; es hincharse los pulmones de ese olor a Baratillo que vuela por la cúpula, es visitar cualquier día la tienda de Trifón, los viernes del Silencio o los lunes del Santo Entierro. La vida es un café con doble azucarillo, una charla interminable en tantas noches de cuaresma, una gesticulación que es marca de la casa y un porte señorial donde el bastón contribuye a realzar ese señorío.

El tabernero ilustrado

Carlos Navarro Antolín | 24 de mayo de 2015 a las 5:00

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EN la película Sin reservas, ambientada en las cocinas de un restaurante, los cocineros interpretados por Catherine Zeta-Jones y Aaron Eckhartse se sientan cada día a la mesa con los camareros para detallar la elaboración de cada plato. Cuando el cliente pregunta por la alboronía, a ningún camarero se le ocurre decir que es un pisto sin tomate. Y cuando aparecen croquetas de un color extraño, ninguno responde no saber de qué están hechas, como ocurre en Sevilla más veces de las deseadas. Una ciudad son sus mercados, sus cementerios y sus tabernas. Los mercados se conocen por sus frutas, los cementerios por los panteones y las tabernas por la ensaladilla y la croqueta, alfa y omega de cualquier lista de tapas. Un restaurador puede ser todo aquel que monta una franquicia de Macdonalds, en cuya licencia de actividad figura el término restaurante. Un tabernero es el que nace como tal, lo lleva en la sangre porque se ha criado en la dureza de los horarios de un oficio que es como el periodismo: una suerte de sacerdocio. Enrique Becerra (Sevilla, 1957) es un tabernero que quiso ser periodista, estudió unos años de Farmacia y acabó de tabernero, que para eso es la rama primogénita de un tronco que se hizo un nombre en un establecimiento de la calle Recaredo en la Sevilla de los años del blanco y negro. En aquel negocio de su padre se hacía dos veces arroz caldoso los domingos. El de las doce y media, para los hermanos de Los Negritos que salían de misa. Yel de la una y media, para los de San Roque. Siendo Juan Fernández alcalde de Sevilla, los concejales acudían al negocio del padre de Enrique después de cada Pleno municipal. Cada edil pagaba lo suyo de tal forma que había que abrir cuentas personales. En una ocasión, el joven camarero Enrique tenía dieciséis cuentas abiertas de una misma mesa.

Este tabernero lee y escribe. Y tiene inquietud por saber más sobre su oficio, por investigar los nuevos negocios y por escudriñar los detalles. Aconseja a todos los jóvenes con interés por montar un restaurante que primero trabajen por cuenta ajena en diferentes establecimientos: de costa, de interior, de barrios, de centro… En su libro al respecto asegura que es la mejor forma de aprender el oficio antes de hacerse autónomo. Tiene claro que no se puede deconstruir una tortilla de patatas sin antes saber hacerla. A Becerra le duele que los cocineros queden reducidos a montadores de platos, y que los camareros sean meros transportistas de platos. Técnica, cariño y ausencia de prisas son las tres patas del caballete del buen negocio de hostelería, un sector donde hoy mandan los contenidos asépticos, los bares anodinos y los camareros muy estudiados pero sin oficio.

Conoció muy de cerca la Sevilla en la que sólo había un ramillete de bares buenos: Los Candiles, con los riñones al Jerez; Los Corales, con la hueva con mayonesa; el Rinconcillo con las espinacas, y La Isla, célebre por sus mariscos y el San Jacobo. En aquellos tiempos no se hablaba de montaditos, sino de emparedados. Y eran famosos los emparedados de En la Espero te Esquina.

Enrique Becerra no suele callarse. No hace mucho asistió en Sevilla a una conferencia de Sergi Arola, el discípulo aventajado de Adriá. La cita estaba organizada por la Cámara de Comercio, que pagaba muy bien al cocinero catalán por su disertación. Arola arremetió contra la gastronomía local: “Las tapas son una grastronomía de segunda”. Becerra comenzó a fruncir el ceño. Arola reveló que tenía en mente abrir una paninoteca en Sevilla, un negocio a base de distintos panes especiales con diferentes rellenos. Becerra, mosca porque conocía el caché que cobraba el reputado cocinero por la charla, levantó la mano y tomó el turno de palabra.

–Perdona, Sergi. Tú entonces lo que quieres poner es un negocio de montaditos. Y en Sevilla ya hay cientos de negocios de los que tú llamas pa-ni-no-te-cas.

Tiene la guerra declarada a los precocinados tanto como al tomate frito de lata. Sabe que el proveedor de precocinados se está forrando. Las croquetas y el arroz con leche son transversales en la hostelería hispalanse, como se diría ahora. Uno encuentra la misma selección de croquetas en muchos bares: de hongos (nunca se usa el término setas), de puchero, de jamón y de chipirones. Esta singular transversalidad también incluye el menudo distribuido en bloques a granel y la carrillada confitada de fábrica. Odio eterno a los precocinados y al gazpacho de tetrabrik que se beben los guiris en muchos negocios de Santa Cruz.

Becerra fue vetado un tiempo por el alcalde Monteseirín, que mandó que no se organizaran almuerzos del Ayuntamiento en su restaurante. La causa fue su intervención en un foro del sector donde se debatían mejoras de la ciudad de cara al turismo. Becerra propuso la profesionalización de determinados cargos del Consorcio de Turismo para evitar los vaivenes de cada cuatro años. Un frase elevada a titular periodístico sentó muy mal al alcalde: “Estamos en manos de impresentables”. Becerra explicó al alcalde el contexto de sus palabras, pero de nada sirvió. Es cierto que algunos concejales del gobierno se saltaron la directriz y siguieron yantando en su negocio.

Si el mundo se divide en dos, la hostelería también. Por un lado, los negocios baratos a base de montaditos. Por el otro, los buenos. Y en el centro, los gastrobares. ¿Ycuáles son los buenos? Los que todavía elaboran guisos sin externalizar el tomate o el sofrito. Los buenos son los que trabajan el plato al cien por cien en sus cocinas.

En su negocio de la calle Gamazo, fundado en 1979, se ha visto casi de todo. Cuentan que uno de los momentos de mayor apuro ocurrió cuando una señora se levantó de una mesa y se dirigió hacia la barra para emprenderla a bolsazos contra su marido, que acababa de entrar acompañado por una señorita. La señora estaba en la mesa con el abogado que tramitaba su divorcio, el cual acudió al día siguiente al restaurante a explicar la causa del desagradable suceso. En otra ocasión estaba el gobierno autonómico de Pepote Rodríguez de la Borbolla repartido en dos reservados distintos de la planta alta. Eran momentos de crisis en el consejo de gobierno. A Pepote le querían mover el sillón. Unos conspiraban contra otros sin saber que sólo estaban separados por una pared. Y en un tercer reservado, para colmo, estaba el entonces alcalde, Manuel del Valle. Los camareros tenían la orden de abrir, servir y cerrar nada más salir. Cuando algunos de ellos se encontraron en el servicio, se oyó de un destacado militante socialista: “Esto está como para venir con una querida”.

Fernández Floranes, aquel delegado socialista de Fiestas Mayores, agasajó una Semana Santa a Ángel Cristo y Bárbara Rey para tratar de frenar la huelga de atracciones que estaba anunciada para la Feria. Floranes quería agotar todas las posibilidades. Una noche de Miércoles Santo acabaron la velada a las cinco de la madrugada. Pero fue un esfuerzo baldío. El anuncio de huelga se cumplió.

Los archivos de Becerra demuestran la caída de la economía de la ciudad tras la Exposición Universal. Aquel 12 de octubre de la clausura fueron atendidos 180 comensales. El día 13, 90 comensales. Y el 14, solamente 45. Los meses de la muestra generaron beneficios como para comprarse un piso, que es lo que hizo este tabernero que cuida desde las servilletas del negocio hasta la selección de caldos.

En su lista de tapas hay algunas que están en plantilla desde hace más de treinta años: cola de toro, cordero a la miel, calamar relleno, carrillada, bacalao gratinado, flamenquín de espárragos verdes, ensaladilla y croquetas. Y siempre defiende que hay dos cosas habitualmente de calidad en todos los bares de Sevilla:el café y el queso. No le gustan nada los metres que hacen el paripé de preguntar con frialdad a los clientes si tienen mesa reservada cuando el restaurante está vacío y seguirá vacío dos horas después.

Hay quien asegura que este Becerra corpulento, ilustrado en las aulas del San Francisco de Paula, considera su negocio como un hijo más, por eso digiere con dificultad algunas críticas que considera infundadas, sobre todo las que cuestionan la calidad de un pescado o de una carne. Acude a las principales citas de gastronomía en España, sobre todo a la de las tapas en Valladolid, donde en día y medio ha llegado a probar 66 tapas diferentes.

A las ciudades se las conoce por sus mercados, bares y cementerios. A los restaurantes por la capacidad de dar respuesta a un cliente exigente e improvisar platos alternativos, por dar ese trato personalizado, nunca de compadreo y confianza impostada, que convierte a un negocio en único y muy alejado de las franquicias igualitaristas.

La alboronía no es un pisto sin tomate. La carne con tomate no puede saber a Fruco. La ensaladilla no es una masa compacta con pegotones de mayonesa de bote. Las patatas deben ser fritas en casa y no extraídas del congelador. Todos los camareros deben saber explicar los ingredientes de un plato y cómo se ha cocinado. Oficio, sacerdocio, esmero… Hay bares y restaurantes que sobreviven a modas propias de la ciudad novelera y a gobiernos caprichosos que pretenden mandar más allá de las páginas del BOP. Todo bar que sirve para tomarle el pulso a la ciudad tiene vocación de perpetuidad. Se convierten en observatorios, pero como no trincan subvención se siguen llamando bares.

Catulo abrazó el atril

Carlos Navarro Antolín | 3 de mayo de 2015 a las 5:00

CARO ROMERO
EN Sevilla hay gente brillante que va por la calle con la mayor naturalidad, que comparte la barra del café matinal con el prójimo con toda soltura, que va asido a la misma barra del Tussam que usted con toda cotidianeidad. Pero Sevilla es tan ombliguista que, ironías del destino, de tanto mirarse el ombligo tiene herniadas las cervicales, no pide cita ni en la consulta de Trujillo ni en la de Narros, y ya no puede ni girar el cuello para contemplar el brillo que irradia alguno de sus vecinos. La gente brillante de verdad casi nunca sale en las fotografías, esas galerías donde siempre figuran los mismos de tres en tres, o de cuatro en cuatro. Una de las combinaciones más repetidas, según un estudio realizado gracias a un convenio firmado entre varios Departamentos de Antropología de universidades andaluzas, es la de Julio Cuesta (la fuerza del tirador), Juan Ignacio Zoido (el alcalde reina, los tecnócratas gobiernan), Alberto Máximo Pérez Calero (la sonrisa del Ateneo, dispuesto siempre a venderle la enciclopedia de títulos dorados en el lomo para presumir de sapiencia en el salón) y Luis Miguel Martín Rubio (teniente de hermano mayor de la Real Maestranza del Corcho que Siempre Flota).

En Sevilla hay tontos que se dan una importancia que no tienen a golpe de poses forzadas y de la seda pesante de las corbatas. Y en Sevilla hay gente brillante que gasta camisas de manga corta, calza sandalias por las que asoman los calcetines gordos y pasean al perro (guau) por las calles del centro. Joaquín Caro Romero (Sevilla, 1940) tiene un perro ladrador que se llama Kiki. Antes tuvo otro que se llamaba Nadie, como Ulises en La Odisea. Caro Romero es un poeta de los de antes: anárquico, libre, irónico, incisivo, carente de complejos y que porta con dignidad y discreción las cruces que la vida ha ido dejando caer sobre sus hombros. En casa de este verso libre de la ciudad se combinan las esmeraldas de la Virgen de la Esperanza con los dibujos eróticos que Rafael Alberti le mandaba en 1971 con un falso remite para salvar los controles de la censura: Padre Merry del Val. Y la censura ignoraba que ese sacerdote, que llegó a cardenal y secretario de Estado, estaba muerto desde 1930.

Un día hicieron pregonero a este poeta que de vez en cuando usa gafas gordas. Ese día lo llamaron a su trabajo, al periódico ABC de Sevilla donde firmaba crónicas taurinas de personalísimo estilo. El interlocutor cofradiero que pretendía darle la buena nueva no se identificaba ante el telefonista: “Dígale que le llama un amigo”. Y Caro Romero no aceptaba:“Si no se identifica, no me pases la llamada. No será mi amigo”. Al concluir la jornada laboral, dejó indicaciones en el mostrador: “Si vuelve a llamar ese amigo y sigue sin decir el nombre, le dice que estoy en Madrid”. Se marchó a pie desde la Cartuja hasta la calle Doña María Coronel con la noche ya caída y la impaciente ciudad huérfana de pregonero. “Te ha llamado Antonio Ríos. Te va a volver a llamar a las diez”, le saludó su mujer. “Querrá encargarme alguna conferencia para unos cursos que creo que está organizando. Me voy a pasear al perro”. Y su mujer, que se olería la tostada, le conminó a quedarse en casa. El can se quedó sin paseo. Ríos le comunicó el nombramiento y le anunció que toda la junta superior se disponía a ir a su casa a darle ese abrazo que en realidad es el mangazo de botellín y croqueta: “Yo acepto encantado, pero aquí no hay croquetas preparadas, Antonio”. Y tuvo que organizarse el ágape en El Rinconcillo.

La verdad es que el día que fundaron La Casa del Libro en Sevilla llegaron tarde. La de Caro Romero ya era una casa consagrada al libro desde hacía décadas. Hay dormitorios dedicados en exclusividad al almacenamiento y custodia de libros. Hasta la escalera tiene un trastero con libros. En una estantería hay colecciones completas, ordenadas y archivadas de los tebeos más célebres para varias generaciones de españoles: El Guerrero del Antifaz, El Coyote, Roberto Alcázar y Pedrín, El Capitán Trueno… El joven Caro Romero, en sus años de admiración por Rodríguez Buzón y el poeta cubano José Ángel Buesa, se bebía las historias de aquellas leyendas que están en el imaginario colectivo de toda una nación.
El poeta no tiene teléfono móvil. Tanto libro debe impedir la cobertura. En la puerta principal no hay timbre. El poeta vive en la casa donde nació. Desde ella acudía todos los días a las aulas de los Escolapios y después a las del instituto San Isidoro, donde un profesor de Latín, don Vicente García de Diego, nunca le aprobó, pero sí le hizo amar a los clásicos, sobre todo a Marcial y Catulo. Caro Romero acabó aprobando la asignatura gracias a un sistema de compensaciones en las que jugaban a su favor las más altas calificaciones en Literatura. Suspendido en Latín, sí; pero tan agradecido estaba a aquel maestro que sembró en su vida la semilla del amor por los grandes autores, que años después le pidió el prólogo para un libro: Vida del centauro Quirón. En el San Isidoro fue testigo de las correrías de Felipe González, que acabó expulsado por un catedrático de Literatura llamado don Alfredo Malo Zarco. Mientras el profesor escribía en la pizarra, Felipe abandonó la clase por la ventana para acudir a un encuentro sentimental, pero rompió el cristal y quedó en evidencia. Con el paso de los años, el ex presidente del Gobierno no le pidió el prólogo de ningún libro, pero siempre tuvo en consideración a aquel catedrático.

La buena literatura necesita combustible. El desayuno en la cama es la mejor forma de iniciar la jornada. Pantagruel tiene una buena sucursal junto a la Casa de las Dueñas. Si es cuaresma, Caro Romero saluda la mañana con una torrija de La Campana y un pestiño de Santa Inés, delicia de la clausura para quien vive en su propia clausura interior, soñando sonetos, creando décimas, tejiendo silvas… El noventa por ciento de la producción literaria de este ciudadano libre es poesía erótica de altísima calidad. Pero hay una gran Sevilla (no la Gran Sevilla del área metropolitana que nos vendieron en los años de humo y ladrillo) que se queda en el mejor de los casos con el pregón de Semana Santa de 2000. El cofraderío tuvo al mismísimo Catulo hispalense abrazando el atril del Maestranza. Y menos mal que muchos no se enteraron. Las lenguas afiladas aseguran que a Caro Romero lo hubieran hoy descabalgado del pregón con el oportuno dossier de sus poemas más tórridos. Será que los censores a los que temía Alberti siguen coleando. Lagarto, lagarto…

El campo de los poetas no acepta vallas. Catulo era capaz de los versos más tiernos, líricos y sensibles para cantarle al amor, y también de los más obscenos en aquella república romana donde había vía libre para la libertad de expresión. Caro Romero es capaz de dedicarle versos a una braga y de componer la bella y honda filigrana que es la letra del Himno de la Esperanza. Le puso edad a la Macarena y ensalza el cuerpo femenino o recrea un encuentro amatorio con toda precisión de adjetivos. Su trayectoria está marcada por algunos poemas cofradieros (concesiones a la religiosidad popular) y mucha, muchísima, poesía erótica.

Última pareja por antigüedad en el tramo de la muy tiesa Academia de Buenas Letras. Consumidor de papelones de calentitos. Fue cabo gastador de sanidad militar, desfilando un Corpus y un 15 de agosto. No necesitó del barniz universitario para brillar desde muy joven. Hace 50 años logró el premio Adonais. Hace quince dio el Pregón de la Semana Santa. Odi et amo. Un día le comentó a un amigo:“No hay cosa más falsa que esas dedicatorias de libro que aluden a la gran admiración y enorme cariño del autor por el lector. Eso es una gilipollez. Las dedicatorias hay que personalizarlas”. La moto Ducati duró 37 años. Ya no arranca, pero sigue conservada. Como un libro más. Como los ramos de flores secos que adornan el patio. La flor marchita pierde color, pero no su condición de flor.

El poeta sin móvil ni timbre en la puerta se queja de lo difícil que es hablar por teléfono con el periodista. El perro ladra. Y sueña con que ningún pregón más le prive de su paseo. Menos mal que el cofraderío no consume mucho Catulo. Guau, guau.

El maletín imprime carácter

Carlos Navarro Antolín | 22 de marzo de 2015 a las 5:00

MARCELINO MANZANO 3
DICE el pontífice argentino que le ganó las votaciones al italiano Scola en un cónclave de cuaresma que los curas tienen que ser alegres y oler a oveja. Dice también que la lepra está en la curia. Cuando preside bautizos en la Capilla Sixtina, insta a las madres a darles el pecho a los bebés en caso de que rompan a llorar. A muchos curas les ha cogido este Papa con el paso cambiado. Los monárquicos aseguran que el rey que es del gusto de los republicanos no es un buen rey. Y los católicos ortodoxos tienen claro que el Papa que contenta a los no creyentes no es un buen Papa. Este Papa que vino del fin del mundo no gusta a muchos presbíteros de la archidiócesis hispalense. Lo reconocen en privado, jamás en público. Este Papa no gusta a los que carecen de currículum pastoral, o a los que el poco que tienen equivale a un curso de formación de la CEA en los años del boom inmobiliario. No gusta a los burócratas de cuello duro, a los de mirada gélida y actitud altiva, a los que tienen como libro de cabecera el Código de Derecho Canónico, a los que están más a gusto en el despacho que yendo de pueblo en pueblo en un cuatro latas a decir misas con un cuarto de entrada. A los curas, sean del rango que sean, se les conoce rápido en el aterrizaje en una nueva responsabilidad, en esos primeros cien días, que se diría en clave política; en el sonido del motor al arrancar, que se diría en mecánica.

Al cura Marcelino Manzano Vílches (Sevilla, 1972) le tocó el gordo de ir destinado a la Parroquia de San Vicente, con el premio a la serie de la Delegación Diocesana de Hermandades. De Lora del Río al corazón del casco antiguo. De los miuras pasó a los cofrades por el camino más corto. Han cantado bingo, oiga. El buen hombre, todo un gentilhombre de la diócesis, llegó a la parroquia, vio el tono de las maderas del cancel y otras reformas, y no sabía si preguntar por el sacristán o por el precio de la habitación simple con desayuno continental, porque a San Vicente lo dejaron como un hotel NH tras aquellas restauraciones que promovió la socialdemocracia de la Junta de Andalucía, a. S. (antes de Susana).

Llegó Marcelino y se le vio desde el arranque. Lejos de estirarse ante las hermandades de la feligresía, de dejar claro quien manda al estilo de los inseguros que meten los paneles en el Palacio Arzobispal para hacerse despachos propios, este orondo sacerdote de sonrisa perenne optó por repartir copias de la llave de las dependencias parroquiales entre las hermandades. Colocó un cartel bien visible: “El último que se vaya que eche la llave de arriba”.

Marcelino está haciendo méritos para ser el Estudillo del siglo XXI, aquel capellán real de rigurosa sotana que se tomaba el aperitivo de anchoas con leche condensada en la barra de Trifón. Marcelino es la sonrisa de la diócesis (hay quien dice que la sonrisa del régimen), el cura que va siempre agarrado a un maletín como va la juez Alaya con su trolley de telediario. Ese maletín es en realidad la cruz de Marcelino, la cruz a la que se abraza cada día. En el maletín van los papeles de los mil y un problemas de los que recibe notificación procedentes de las más de seiscientas hermandades que tiene la diócesis. El maletín imprime carácter. En el maletín viaja la información reservada: el sacristán trincón de un pueblo de la Sierra Sur al que no se puede despedir porque no está dado de alta en la Seguridad Social, el hermano mayor al que acusan de vida licenciosa, el divorciado al que han elegido pregonero y tiene al beaterío sublevado, la hermandad del Aljarafe que lleva años sin director espiritual, la junta de gobierno que pide una coronación a cambio de ayudas sociales, etcétera. El cura Marcelino va lidiando las presiones, ora con la seda de su sonrisa, ora con el percal del latiguillo que el obispo ordenante parece que entrega a cada cura el día de su ordenación para que se defiendan de los hartibles:“Estamos en ello, estamos en ello”. Y cuando arremeten por el teléfono móvil con algún microescándalo de supuesta urgencia, el cura echa agua en la muleta para templarla de los azotes del viento desapacible: “Bueno, bueno… Eso tiene que tener arreglo, tiene que tenerlo”.

Marcelino, camino de San Vicente, se para más por Tetuán que el camión de Lipasam que baldea cada noche el centro en chicotás marcadas por los silbidos del operario. En Sevilla sabemos cuánto dura la eternidad como sabemos apreciar eso que se ha dado en llamar patrimonio inmaterial. La eternidad es el tiempo que tarda el cura Marcelino en recorrer la distancia que hay entre el Palacio Arzobispal y la Parroquia de San Vicente, con más interrupciones que el peliculón de Antena 3 y dos estaciones fijas: San Onofre y la Cope. Se paran los relojes, se detiene el tiempo, se vuelve cadencioso el piar de los pájaros y hasta en los naranjos se percibe el florecimiento del azahar como en una grabación en cámara superlenta. Marcelino es la prueba cotidiana de la existencia de la eternidad. Hay quien dice que lo paran aún más por la calle porque confunden su silueta con la de Zoido, quizás porque, dicho sea en clave juanramoniana, Marcelino es de lejos el alcalde de Sevilla visto de cerca.

La elección del Papa argentino le sentó a Marcelino como un traje a medida. Cuando Francisco mandó a los curas meterse en los rebaños para oler a oveja, él venía ya de pasar jornadas de campo entre borregos con un amigo en La Puebla de los Infantes. Estudió en San Telmo en los años de la concordia entre los últimos seminaristas y los primeros socialistas, cuando nadie en el PSOE se planteaba denunciar los Acuerdos del Estado con la Santa Sede como medida para evitar el hundimiento del voto de izquierda. Marcelino conoció los enchufes de 125 watios del viejo palacio que fue escuela de mareantes. Y aquella experiencia en un edificio desvencijado y con las letrinas antiguas, debió agrandar la huella de la humildad en el personaje. Antes de despedir a los seminaristas, el presidente Chaves invitó a cenar a todos los formadores y alumnos. Por eso Marcelino tiene el privilegio de haber sido uno de los comensales de la última cena… en San Telmo. Dicen que el único cura que ha vuelto a vivaquear desde entonces por el edificio ha sido Pepe Chamizo en sus años de Defensor del Pueblo Andaluz. Pero con pashmima en lugar de sotana.

Altar y coro. Pastor de pueblo para ovejas de capital. Hay que sonreír y escandalizarse lo justo. El mensaje de estado de WhatssApp lo dice todo:“Copeando”. Copeando de ir a la Cope, so malpensados que son algunos. La mejor pastoral es la de la calle. El cura es uno más, pero es el cura. No es que sufra el riesgo de mimetizarse con las cofradías por ser su delegado diocesano, es que fue cofrade antes que cura. Es una variante del dinosaurio de Monterroso. Cuando lo nombraron, él ya estaba allí.

Mucha gente cree que Marcelino es ya canónigo. La verdad es que tiene hechuras de maitines. Tiene parroquia de tronío, despacho en la curia pero le falta la canonjía para hacer el hat-trick de la diócesis. Yo creo que no le conviene ser canónigo, más que nada porque últimamente al Cabildo le pasa como a los partidos políticos: que no ascienden los mejores, sino los que están todo el día trabajándose el favor del aparato. Marcelino quizás sea más bien una suerte de camarlengo al sevillano modo. Eso de pedir en un cartel que el último eche la llave tiene mucho de camarlengo, de velar por los servicios mínimos, para que no falten bendiciones ni se deje de pagar el recibo de la luz y el agua en períodos de interinidad.

El cura es la sonrisa. El maletín es la cruz. La eternidad es un paseo. Y la gloria… La gloria es presidir como sacerdote el paso de misterio de San Benito, la mejor canonjía para un cura feliz. El Papa argentino vino del fin del mundo. Y el cura pilatero de Lora del Río.

¿Eres compañero?

Carlos Navarro Antolín | 22 de febrero de 2015 a las 5:00

José Joaquín Gallardo
EN Sevilla siempre es bueno tener un amigo de altura. No piensen aviesamente. Un amigo de altura es muy útil. Los altos avisan de la proximidad del paso de palio en los días de bullas de Semana Santa. Cuando los bajitos se cabrean, hartos de ver espaldas de chaquetas y puntas de capirotes, el alto siempre impone la calma: “Aguanta, aguanta, que ya veo el bacalao”. En Sevilla hay altos que destacan como Gasoles en clave local, con esos chaqués como mantas zamoranas y esas caras de despiste que tienen muchos señores altos. Hay verdaderos ingenieros del despiste, gente que parece que no se entera de nada pero que, en realidad, tiene capacidad para estar oyendo dos emisoras a la vez y seguir el hilo de una conversación próxima. Hacerse el despistado es un arte que puede ser muy rentable. Cuando muchos se afanan en aparentar lo que no son, en darse importancia y en lanzarse a sí mismos una petalada cada mañana, también los hay que tienen la habilidad de taparse y hacer el ruido justo y preciso para estar en el machito años y años sin pisar demasiados callos.

José Joaquín Gallardo, decano del Colegio de Abogados de Sevilla, estaba junto a San Fernando cuando entró triunfante en la ciudad. El Rey Santo repartió tierras entre los caballeros veinticuatro y, acto seguido, realizó unos nombramientos de los que sólo hablan los manuales apócrifos de historia. San Fernando puso a Pepe Cañete en Aprocom por los siglos de los siglos. A Luis Miguel Martín Rubio le encargó la fundación de la Real Maestranza del Corcho Flotante en Todas las Aguas. Y a José Joaquín Gallardo lo hizo decano perpetuo del Colegio de Abogados, de tal forma que muchas generaciones de sevillanos conocen dos Papas de la Iglesia, tres presidentes de la Junta de Andalucía y un sólo, único y verdadero decano del Colegio de Abogados, cuyo archivo está cargado de legajos que se catalogan como a. JJ. (antes de José Joaquín) o d. JJ. (después de José Joaquín).

Gallardo ha ganado cinco elecciones al decanato de los letrados porque, entre otros motivos, es un relaciones públicas de innegable simpatía, tal vez acrecentada por esa apariencia de despistado que se hace acreedora al perdón de los éxitos, tal vez porque siempre coge el teléfono móvil, incluidos los domingos y fiestas de guardar. Gallardo tiene claro que toda llamada que recibe es de un abogado de Sevilla mientras no se demuestre lo contrario. Por eso emplea su arma letal, con el que se ha ido ganando a todos los letrados hispalenses día a día durante tantos años: “Hola, ¿eres compañero?”.

Nunca ha necesitado de un profesional de la información para diseñar sus estrategias de comunicación. Gallardo tiene su propio periódico, La Toga, que le han copiado hasta las cofradías. La Toga es el órgano oficial de expresión del gallardismo, que es una forma de ser y de concebir el oficio de la abogacía. La ratio de fotos en las que aparece el decano es elevadísima. Ríanse ustedes de esas ratios de las que habla la Junta de Andalucía en materia de educación para estimar los niños por aula. Para ratios, las de José Joaquín en La Toga. Y siempre que es posible aparece en grupos de tres o cinco personas, de manera que haya un centro de impacto visual, naturalmente reservado para el decano. Es como las cofradías cuando se hacen representar mediante estandarte y cuatro varas, siempre en cifra impar para que la insignia que preside ocupe el puesto preferente.

Gallardo ha creado estilo. Las cofradías han inventado los anuarios, donde en ocho de cada diez fotografías sale el hermano mayor con sus distintos modelos de trajes, chaquetas y tiradoras. ¿Quién no ha visto alguna vez una foto de una toma de posesión de nuevos letrados con Gallardo en el centro luciendo puñetas? En Sevilla se usa ya una vara de medir de lo jartible que resulta un tío: “Te repites más que Gallardo en La Toga”.

Su mérito no sólo está –que también– en ser un reconocido abogado en pleitos de lo contencioso administrativo; en lo satisfechos que están importantes laboratorios farmacéuticos de la dirección jurídica de sus asuntos, o en que forma parte del selecto grupo de abogados que trabaja los domingos por la tarde. Su mérito para ser decano perpetuo es que ya ha presidido la jura de muchos abogados cincuentones y de sus hijos. Unos hijos que dicen que en el colegio ya repetían la letanía de catecismos antiguos.

–Decid, niño, como os llamáis.
–[Responda su nombre, fulano, Pedro, Juan o Francisco, etcétera]
–Decid el nombre del decano del Colegio de Abogados.
–José Joaquín Gallardo por la gracia del “¿Eres compañero?”.

Gallardo conoce como pocos el funcionamiento de los medios de comunicación sin necesidad de tener contratado un asesor específico. Sabe que el mejor día para contar un tema a un periódico es la tarde del domingo, cuando las redacciones tienen menos asuntos frescos para la edición del lunes y, además, se consigue el altavoz de los programas radiofónicos de la primera mañana laborable de la semana. Hay quien se refería con humor a “los domingos de José Joaquín” para saludar la llamada dominical del decano.

Tampoco necesita un gabinete de asesores para llevar al día los enlaces matrimoniales de los compañeros y el fallecimiento de sus familiares. Tiene hecho con sobresaliente el curso de las bodas, bautizos y comuniones, la BBCque es clave en una ciudad con aspiraciones de pueblo como Sevilla. Gallardo es el Antonio Ríos de la abogacía. No se le pasa dar un pésame, como tampoco se le olvida interesarse por el embarazo de la camarera que le sirve cada día los mil y un cafés que ingiere este abstemio consagrado en el Café Avenida de Francisco Hermosilla. Porque Gallardo es uno de los grandes cafeteros de Sevilla al que, por cierto, nunca le sorprenderán en una fotografía con un catavino o un tanque de cerveza.

Forma parte de la que llaman la S. S. sevillana, por su condición de veterano soleano (de San Lorenzo) y de discreto sanluqueño (de Barrameda). A la hora de confeccionarle este traje dominical hay que tener en cuenta que le gusta lucir largo el bajo de los pantalones, para que descanse sobre el empeine del zapato, y la corbata ajustada con cierto desdén, para confirmar quizás ese aire de despistado al que no se le va un saludo en un canapé.

Arrasa en las elecciones al decanato, pero tiene sus críticos como todo personaje público que se precie. Su particular Tendido 7 le saca el pañuelo verde cuando es complaciente con el poder. Refieren un ejemplo reciente, cuando se hizo la foto con el consejero de Justicia, Emilio de Llera, para presumir de cobrar –por fin– los retrasos de los servicios del turno de oficio, pero aseguran que no se ha movido para que el Consejo Andaluz de la Abogacía reclame a la Junta de Andalucía los intereses que sí se han exigido en otras comunidades autónomas.

El día que Gallardo deje de ser el decano de los abogados sevillanos –para los que logró la rotulación de una calle– tendrá que donar su chaqué al Museo de Artes y Costumbres Populares. No hay político, ni magistrado, ni fiscal jefe, ni presidente de entidad ciudadana cuyos tiros largos cuenten más salidas en una procesión del Corpus que los de este ciudadano alto (nunca altivo) que se hace el despistado pero que siempre es el primero del grupo en ver venir el paso de palio… Y eso es una información muy útil para saber aguantar y no marcharse antes de tiempo.