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La cara amable del ‘aparato’

Carlos Navarro Antolín | 8 de febrero de 2015 a las 5:00

JUAN BUENO
EN política hay estereotipos que funcionan. O que operan, como se dice ahora. Los ministros de Hacienda son los que mandan, como los mayordomos en las cofradías o los tesoreros de las entidades ciudadanas. Quien maneja el taco, maneja el cotarro. El presupuesto es el hilo maestro que sirve para manejar las marionetas del poder. Y los aparatos de los partidos son los que deciden cuánto dura la carrera de un político. Los aparatos son esas estructuras de presidentes y secretarios generales, provinciales o de medio pelo a los que cualquier crío retrataría con cara de malajes, un cuchillo en la boca y siempre dispuestos a coger un teléfono para decirle a un concejal o a un diputado el punto preciso de la diana al que debe lanzar el dardo. Los miembros del aparato son los malos de la película, señores terroríficos y sin escrúpulos. Un tío bien colocado en el aparato vive sus meses de gloria en los procesos de confección de las listas electorales, más feliz que un cardenal en vísperas de cónclave. Extra omnes. Hay tiempos en los que la política es de los buenos oradores, de célebres parlamentarios. Yhay otros tiempos en los que la política es de los aparatos, de quienes están forjados para conseguir el poder y perpetuarse en los cargos, quienes tienen aguante y vocación de permanencia, quienes gozan de la virtud de ser capaces de aguardar en la puerta de su casa, ese lugar donde siempre se espera contemplar el paso del cortejo fúnebre del enemigo.

Juan Bueno (Sevilla, 1963) es el presidente del PP de Sevilla y no sólo no tiene el perfil de Saturno con hambre de Carpanta, sino que goza de grandes protectores. Usted hace cualquier comentario de Juan Bueno o escribe cualquier anécdota sin mayor alcance político y es muy probable que reciba una amonestación de Javier Arenas o Ricardo Tarno, cariñosa y afectuosa, eso sí, “como amigos”. Javié es un padrino que ejerce como tal, le encanta seguir amamantando a sus criaturas. O presumir de que lo hace, que ya se sabe que la política es como el parchís:se avanza una casilla, pero se cuentan veinte. Dicen que la clave es que Arenas lleva mal haber quitado de la secretaría provincial del PP de Sevilla en su día a Juan Bueno para colocar en ese puesto a Lola Rodríguez, componente de la maripandi que entonces frecuentaba el campeón. Juan estaba con la brocha colocando carteles electorales en esos pueblos que nunca serán del PP,cuando Arenas le birló la escalera para ponérsela a su amiga, que ya se sabe que al amigo todo, al enemigo nada y al indiferente, la legislación vigente. Las pandillas son colectivos muy influyentes, sobre todo si en ellas estaban la duquesa de Alba, Curro Romero y otras hierbas en aquellas noches y mediodías que perdimos (a lo Romero Murube) en El Espigón o Portarrosa. Aquella fue una decisión equivocada. Y Arenas, como Julio Iglesias, lo sabe. Por eso no pierde oportunidad de congraciarse con Juan Bueno, Juanito para los selectos arenistas. Dicen que a Arenas le persigue desde entonces una psicofonía mucho peor que las confesiones de Bárcenas: “¡Javieeeeeé!, ¿qué hiciste con Juanitoooo?”. Juan Bueno es un niño de Arenas, pero de la segunda generación. De la primera son José Luis Sanz y Ricardo Tarno.

Tarno es un punto más vehemente en la defensa de Juan Bueno, su gran protegido. Quien ose tocar al presidente provincial recibe un sms como tarjeta amarilla del alcalde de Mairena del Aljarafe. Tarno es la versión gaviotera de Belén Esteban con su hija: “Por Juan Bueno ¡mato!”.

Juan Bueno se ha forjado en las cocinas del partido desde los puestos técnicos, cuando entró en el PP después de que Soledad Becerril encargara a Antonio Fontán que creara un grupo de jóvenes que asumieran funciones de agentes electorales en los pueblos. Destacó mucho en esa faceta. Pepe Torres lo hizo su jefe de gabinete en la sede de la Delegación del Gobierno en Andalucía. Y fue Ricardo Tarno quien lo sacó del ámbito técnico para meterlo en el político.

Cuando Arenas lo quitó de la secretaría provincial del PP sevillano, cualquiera hubiera dado un portazo. Pero aguantó. Y eso en política tiene costes, claro que los tiene, pero también genera beneficios, sobre todo porque en política prima el estar por encima de todo. Tanto aguantó, tanto estuvo, que volvió a ser secretario provincial y hoy es el presidente del PP en la provincia más difícil para este partido en toda España, a excepción de las circunscripciones del País Vasco.

De técnico a presidente, siempre sin generar problemas, sin hacer enemigos. ¿Que había que ir a pegar tiros al territorio hostil de la Diputación Provincial? Allí que se iba Juan Bueno a estudiar expedientes de gasto. Siempre con disciplina, siempre con buena cara. Por eso dicen que es la cara amable del aparato. Juan Bueno escucha, dedica un minuto a casi todo el mundo y sonríe con facilidad. Distinto es si ofrece o no soluciones. Dicen que es el más claro ejemplo del estilo Rajoy en Sevilla, porque si hay algún problema, Juan Bueno mira el reloj, deja pasar el tiempo y, como los antiguos obispos, musita aquello de “Dios proveerá”.

Cuando Zoido arrasó en las elecciones locales, Juan Bueno estuvo a punto de quedarse relegado a edil de distrito, pero alguien advirtió que un secretario provincial debía tener más peso en el gobierno. Y el alcalde le dio la portavocía del grupo. A la mitad del mandato, Zoido le pasó el marrón de la Delegación de Seguridad y Movilidad después de que una sentencia del TC obligara a prescindir del edil Demetrio Cabello. Y esa encomienda de Zoido equivalía a lidiar con el sindicato mayoritario de la Policía Local, el miura tobillero que siempre aguarda en los chiqueros de la gestión municipal.

Cuando el dedo de Rajoy señaló a Juan Manuel Moreno Bonilla para presidir el PP andaluz en lugar de a José Luis Sanz, Bueno se bebió uno de los cálices más amargos en su trayectoria política. En menos de 24 horas pasó de recoger las firmas que avalaban la candidatura de su amigo Sanz, a tener que echar los pliegos por la trituradora y recabar apoyos en favor del político malagueño. El fútbol es así, la política es así.

Su agenda siempre tiene señaladas en rojo las noches de los jueves. Si ustedes quieren fastidiar a Juan Bueno de verdad, no es necesario recordarle el error de Arenas ni preguntarle qué hay de lo mío, sólo tienen que invitarle a un acto o a una cena un jueves por la noche, pero tienen que hacerlo con mucho interés, como si a usted le fuera la vida en contar con su presencia, porque esa noche la tiene reservada desde hace años para sus amigos más íntimos, un sanedrín donde se relaja y no habla de política. La noche de los jueves es tan clave en su vida como Zahara de los Atunes, su particular paraíso donde frecuenta el restaurante Antonio. Allí se le puede ver alternando con el peperío del barrio de Salamanca.

Hay dos secretos poco conocidos de Juan Bueno. Sus hijos le pidieron vestirse de nazarenos. Se decidió por el Carmen Doloroso cuando esta cofradía hacía estación los Viernes de Dolores, lo que le permitía tener libre toda la Semana Santa para sus escapadas a Zahara. Pero su plan se fue al traste, porque el Carmen consiguió entrar en la nómina del Miércoles Santo. Y ahora, fiel a su disciplina y al principio de no generar problemas, se pone el chaqué y recibe a la cofradía carmelita en los palcos de la Plaza de San Francisco. El otro secreto es que también es padre de dos preciosos niños seises que danzan ante el Santísimo Sacramento de azul inmaculada.

La voz de la cultura y la fe

Carlos Navarro Antolín | 1 de febrero de 2015 a las 5:00

Juan del Río -arzobispo castrense
MUY pocos años antes de su ordenación episcopal en 2000, se lo anunciaron en una mesa del restaurante Barbiana. “Lo veo a usted de obispo”. Ysu reacción fue de negación absoluta, mechada con algo de brusquedad y alguna referencia vaga a que ya estaba pasado de edad para tan altos menesteres. Tal vez ya sabía algo por sus estrechas relaciones con los nuncios de Su Santidad en España, primero con el italiano Tagliaferri y después con el portugués Monteiro, porque Juan del Río (Ayamonte, 1947) siempre ha gozado de hilo directo, directísimo, con Roma. Cardenales ha habido que subían la escalera de la sede de la Nunciatura en Madrid que se han encontrado con Juan del Río bajándola cuando era un simple sacerdote de la diócesis sevillana.

Juan del Río es el arzobispo castrense, el que tiene la archidiócesis más grande: toda España. Yha sido obispo de Jerez. Pero para muchos sevillanos sigue siendo el cura de la Universidad, el que logró abrir un servicio religioso (Sarus) en la antigua Fábrica de Tabacos siendo rector Javier Pérez Royo, gran amigo de Felipe González y autor de un magnífico manual de Derecho Constitucional, y también el que le negó cobijo a la Hermandad de Las Aguas en el Rectorado y que se presentaba en botines las mañanas de Martes Santo en el vestíbulo de la Universidad donde están preparados los dos pasos para hacer estación a la Catedral. A Pérez Royo la cofradía le importaba muy poco, tan poco que amenazó con dejarla sin espacio en la Universidad, pero un hermano mayor como Juan Moya Sanabria le habló muy claro: “Si la hermandad es obligada a salir de aquí, el señor rector sale detrás de ella”. Y ocurrió lo que decían de Paco Ojeda en el toreo: rectores vienen, rectores van, pero la hermandad siempre está.

Pérez Royo sólo bajaba del despacho las mañanas de Martes Santo si le chivaban que Pepote Rodríguez de la Borbolla había acudido como presidente de la Junta a cumplimentar a la hermandad de los Estudiantes.

Juan del Río, hijo de un trabajador del astillero de su Ayamonte natal y de una madre fundamental en su carrera, es el cura que mejor representa la alianza de la cultura y la fe, es la voz que reza el rosario mientras los penitentes van cargando las cruces por los pasillos de la Universidad las tardes de interiores de rejas, ruán y monaguillos. Aquel Sarus se convirtió en una buena cantera del seminario sevillano, donde fue vicerrector, un puesto que le costó algunas discrepancias con el cardenal Amigo. Algunos recuerdan una conversación algo airada entre ambos por los Jardines del Cristina. Don Carlos y sus más allegados colaboradores, entre ellos el cura Benigno García Vázquez, conocido como el capellán del PSOE, eran partidarios de flexibilizar los criterios de admisión en el seminario. El caso es que muchos curas ortodoxos y muchos laicos de hoy se forjaron en aquellas dependencias de la Universidad, muchas veces convertidas en salas de estudio;  en las misas que a diario oficiaba a la una del mediodía a los pies de la Buena Muerte, y en las mil y una charlas que dirigía. Aquellos eran los niños del cura, en ellos dejó huella. Hoy vuelve a la Universidad y son muchos los profesores, administrativos y limpiadoras quienes se acercan a saludarle. En aquellos años consiguió que el servicio religioso quedara consagrado en los estatutos de la Universidad, como uno más. Muchos recuerdan que las puertas del Sarus estaban abiertas a todo el que quisiera entrar. Y entraba gente muy variopinta –algunos de aquellos nombres sorprenderían hoy– buscando una respuesta a esas dudas propias de una edad en la que el futuro es difuso.

Juan del Río fue un niño de Bueno Monreal, el cardenal bizcochable, como lo ha sido del canónigo Antonio Hiraldo, uno de sus grandes mentores que le ha abierto puertas importantes junto a José María Piñero Carrión. Hiraldo bien pudo haber sido obispo de no ser por sus graves problemas de vista. El cura Castillejo, poderoso presidente de Cajasur, publicó la tesis doctoral de Juan del Río sobre la eclesiología en el pensamiento reformador de San Juan de Ávila por la Universidad Gregoriana, en cuyas aulas tuvo el privilegio de formarse.

Llegó a obispo Juan del Río en el año 2000 con muchos apoyos, entre ellos el de monseñor Cañizares, pero sin el aval del entonces arzobispo Amigo, que asistió a su ordenación pero no como ordenante principal, porque a Jerez se desplazó con tal motivo el mismísimo nuncio de Su Santidad.

Una de sus virtudes es que sabe revestir de solemnidad los cargos, hacerlos importantes y que adquieran peso específico. Con Juan del Río y los cargos que ocupa pasa como con esos hermanos mayores con carisma que cuando dejan la vara dorada ya nadie habla de sus sucesores. No es un cura que pase desapercibido, quizás porque en Roma aprendió de Juan Pablo II a perder los complejos, a no tener miedo y a vivir la fe en ambientes hostiles. Así explican algunos que negociara con éxito con Pérez Royo. Al Sarus supo darle prestigio como se lo ha dado al Arzobispado Castrense. Nunca se ha encasillado en ningún movimiento específico de la Iglesia, aunque conoce de primera mano a los neocatecumenales, de su etapa juvenil en la parroquia de la Sagrada Familia del Retiro Obrero, donde pudo coincidir hasta con Felipe González cuando éste acudía a las Juventudes Obreras de Acción Católica, y por supuesto conoce las cofradías andaluzas y todas las manifestaciones de religiosidad popular.

No lo dice, pero todos saben que el sueño de este cura rociero y matalascañero es ser arzobispo de Sevilla, la ciudad a la que nunca deja de venir y por donde se le puede ver paseando cualquier noche, como si todavía fuera el director del Sarus, acompañado por decenas de jóvenes, como si aún estuviera consagrado a la forja del brillante Pabellón de la Santa Sede de la Expo´92, como si se hubiera citado a almorzar con Ángel Gómez Guillén y el equipo del semanario diocesano de información, como si fuera camino de la Capilla de la Universidad cualquier tarde de cuaresma a oficiar el quinario y en la puerta estuvieran esperándolo Juan Moya Sanabria, Carlos Rossell, Antonio Gutiérrez de la Peña o Antonio Piñero. Tiene un pectoral con la cabeza del Cristo de la Buena Muerte, regalo de la Universidad de Sevilla en su ordenación episcopal; es aficionado a las camisas de doble puño y es notorio su porte de cura elegantón. Su destreza con los medios de comunicación es evidente, fruto de su innegable capacidad para las relaciones sociales. Es miembro de la comisión ejecutiva de la Conferencia Episcopal y es la voz enérgica de las homilías en los funerales de los militares muertos que retransmite en directo el Canal 24 horas de Televisión Española.

Hay quien dice que tuvo el coraje de formarse en San Telmo cuando en Sevilla había una tendencia a emigrar a las aulas del seminario toledano. Cuando fue nombrado obispo, su Hermandad de los Estudiantes le regaló todas las vestimentas propias de un prelado. Cuando lo llamaron para felicitarle por su condición de arzobispo castrense, aludió con humor a que la cofradía estudiantil pasaba a tener “dos generales”: Antonio Gutiérrez de la Peña, que ha sido hermano mayor, y él mismo, que tiene la consideración de general de división por decreto del Jefe del Estado en virtud de los Acuerdos de la Iglesia con la Santa Sede.

Algunos lo sitúan ya en un nuevo destino: la archidiócesis de Granada. Sería su retorno a Andalucía, a pie de la A-92 que conecta con la Plaza de la Virgen de los Reyes. Una A-92 llena de curvas que obligan a bajar la velocidad continuamente, ese freno motor que siempre ha manejado a la perfección. No le pregunten por Sevilla, donde dio una homilía de puerta grande el pasado mayo ante la Virgen de la Esperanza en el Altar del Jubileo. Dirá como a finales de los noventa en aquel almuerzo entre amigos: que se le ha pasado la edad. Al fin y al cabo, son designios de la Nunciatura, esa casa cuyas escaleras bajaba con toda soltura mientras aquel cardenal las subía con toda solemnidad.

El último virrey

Carlos Navarro Antolín | 11 de enero de 2015 a las 5:00

MANUEL MARCHENA
Hubo un tiempo nada corto en Sevilla en que funcionó con plena agilidad la ventanilla única, esa vía de gestión que siempre reclaman las patronales, las cámaras de comercio, las asociaciones de autónomos y todo aquel que se gana la vida con la agenda bajo el brazo pegando barzones de la Campana hasta la Puerta Jerez. La ventanilla única funcionó en los años de Monteseirín como alcalde. Llegaba un empresario quejándose a Alfredo de la lentitud de la licencia de primera ocupación en un negocio y su inquietud era rápidamente reconducida desde la Alcaldía hasta cierto despacho.

–Habladlo con Marchena.

Otro día eran unos extranjeros pidiendo facilidades administrativas para un centro comercial en un páramo que pretendían convertir en una nueva milla de oro.

–Estupendo, estupendo. Habladlo con Marchena.

Incluso algunos concejales de gobierno se quedaban tiesos para sus proyectos de obra, se presentaban en la Plaza Nueva con el director de área y el adjudicatario pegados a los talones, y el propio alcalde aplicaba la letanía.

–Habladlo con Marchena. Y que suban el aire acondicionado que no hago más que sudar.

Y toda Sevilla hablaba con Manuel Marchena Gómez (Brenes, 1959), que fue director de la Oficina del Plan Estratégico, gerente de Urbanismo y consejero delegado de Emasesa. Nadie ha acumulado tanto poder en el organigrama del Ayuntamiento de Sevilla desde la reinstauración de la democracia, creando una leyenda hasta el punto de que algún alto responsable del actual equipo del PP se mira al espejo cada mañana obsesionado aún por la figura de este último virrey hispalense.

–Espejito, espejito… Dime que sí, dímelo. ¿Mando yo tanto como Marchena?

Y se oye una voz profunda, rotunda, como salida de las entrañas de un paso subterráneo con desfase presupuestario y que hiere despiadadamente el agujero de las vanidades.

–¡Noooooooo! ¡Tú, noooo!

A la hora de hablar con Marchena había grados. Unos usaban su teléfono directo. Otros se tenían que conformar con los números fijos de las secretarias. Unos eran recibidos en el despacho, otros en el Rinconcillo. Y muchos otros debían esperar más que para hacerse una radiografía de boca en la Seguridad Social.

Marchena son unas gafas a lo Jonh Lennon de Brenes, un calzado de tonalidad pistacho que se cuela hasta en el suntuoso Salón del Trono del Palacio Arzobispal y una indumentaria que es un mapa mundi itinerante: pantalones comprados en Melilla, traje de alpaca de Perú, camisa de lino de la India y una chaqueta de tweed de Londres. Marchena, como los antiguos fenicios, compra telas a bajo precio en sus viajes por el mundo. Y luego se hace la ropa en Sevilla.

La acumulación de tanto poder durante tantos años genera dos cofradías: la de los agradaores y la de los censores. Monteseirín le ha hecho jugar en el área pequeña en no pocas ocasiones. Y meter el pie en esos terrenos dispara el riesgo de penalti. Hay quien dice que el león no tiene tanta zarpa y quien defiende que ha sido implacable al investigar filtraciones periodísticas o meter en cintura a subordinados reacios a seguir las indicaciones. En la Gerencia de Urbanismo tomaba café elaborado por la secretaria en una máquina de melitta. En Emasesa tenía cuatro secretarias controlando una agenda que en ocasiones tenía dos citas de mediodía en el mismo restaurante: una a las 14 horas en la barra y otra a las 15 horas sentado a la mesa.

Monteseirín le encargaba objetivos a las seis y media de la mañana o a la una de la madrugada. Si lo saludaba como “profesor”, buena noticia. Si en cambio le decía “Manolo”, mal augurio. Monteseirín era aficionado a “hacer cosas”, a tratar de cambiar la ciudad y a enfrascarse en proyectos sin hoja de ruta clara. Como los viejos canónigos, hacía lo que debía y dejaba a deber lo hecho. El brazo ejecutor era casi siempre Marchena, el cirineo perfecto, el Richelieu de la corte municipal, el ministro sin cartera y con todas las carteras a la vez, el concejal sin acta pero transversal, porque Marchena telefoneaba a cualquier delegación, a cualquier despacho y a cualquier hora.

Sufrió cuando en el verano de 1999 se publicaron las deudas de Monteseirín con la Hacienda local por los sellitos de coche y los recibos de IBI impagados. Era el inicio del primer mandato y el alcalde se revelaba ya como una figura aparentemente vulnerable. El escándalo le pilló en Pamplona, en los Sanfermines, y desde allí maldijo al periodista que firmaba la información, que hoy sigue por los lares del oficio cortando trajes aun sin tener ni pajolera idea de usar un dedal.

No es de derechas, aunque hay quien lo incluye en la derecha sociológica, ni militante del PSOE. Intentó la inscripción en la agrupación de Triana, pero hace años que una chica llamada Susana Díaz dejó congelada su solicitud, firmada por Alfredo Sánchez Monteseirín y Curro Rodríguez. La hoy presidenta andaluza y el hoy catedrático de Geografía compran las pizzas en el mismo establecimiento de la calle San Jacinto: Pane e vino.

Nunca oculta su gusto por el marisco, que el PP siempre le ha echado en cara. No hace mucho que sorprendió a varios dirigentes peperos recreándose ante un plato de percebes en un conocido bar muy próximo al Parlamento. Se acercó a saludar al grupo: “¿Cómo está esa ración de percebes? ¿Han salido buenos?”

Todavía no ha digerido que no se levantara la Biblioteca del Prado, tumbada por la Justicia cuando ya estaban edificados el párking subterráneo y los cimientos. Si para sacar adelante un proyecto urbanístico había que desviar el dinero de una empresa municipal, se hacía. Monteseirín siempre le reservaba la gestión de marrones. Cuentan que ha almorzado hasta con el diablo y hasta dicen que el diablo dejó el tridente en el guardarropa y se relajó tanto que acabó fumando un puro de los que un par de empresarios le siguen trayendo de La Habana. Tiene muchas chaquetas desgastadas por la espalda de la de abrazos que le han dado durante tantos años de millonarios convenios urbanísticos y de orondos presupuestos en Emasesa. Se lo avisaba Monteseirín: “Estás en el centro del ruedo de la ciudad más importante del mundo”. Y cuando arreciaban las polémicas: “Manolo, tápate”.

De alguien que no le gusta dice que es “más facha que el Tercio”. Si está en una charla de barra e irrumpe un tercero durante más minutos de la cuenta, le saca el pañuelo verde: “Perdona, estamos trabajando”. Y le indica la salida como el Pilatos de la Calzada.

En 1988 cambió el balonmano por la maratón. Las ha corrido en Roma, Madrid, Oporto, Amsterdam, Berlín, Nueva York, Montevideo, Marraquech, Florencia y Auckland. Inventó el urbanismo morado, por el que la Gerencia se hartó de repartir subvenciones en las cofradías. Ha salido en las presidencias del Museo y del Buen Fin. Y es nazareno guardamanto de la Virgen de la Angustia, de Los Estudiantes. Cuanto más restringida es una cita, más se pirra por estar presente. Por eso se ha sentado en el patio de butacas en el concierto de Año Nuevo de Viena y ha asistido a las carreras de caballos del Palio de Siena.

Como el Cid de las caracolas, aseguran que hace unos meses telefoneó al servicio de licencias para acelerar un permiso de obra en una casa catalogada del Porvenir. El afectado por el retraso la obtuvo en las 24 horas siguientes. Quizás por eso gente muy de derechas y de apellido rimbombante le exigía a Zoido antes de las elecciones de 2011 que cuando fuera alcalde “limpiara” el Ayuntamiento: “Pero a Manolito Marchena no me lo toques, que me lo resuelve todo”.

Hoy sigue muy presente en la vida social sevillana, todo lo contrario que Monteseirín. Ya no suena la letanía (“Habladlo con Marchena”) ni recibe tanto abrazo, pero algún jamón sigue llegando a su casa por Navidad.

La rama del tronco

Carlos Navarro Antolín | 7 de diciembre de 2014 a las 5:00

JOAQUIN MOECKEL
EN los despachos hay sillas para sentarse. O no. Depende del despacho. Hay un bufete de abogados en cuyo despacho principal sólo está libre el sillón del titular. El resto de las sillas de la estancia tienen pilas de libros encima, sobre todo las dos que están mirando hacia la mesa principal. No se trata de un criterio de decoración moderna, del último grito en el interiorismo de vanguardia que mezcla grandes bolas y otros cachivaches con enciclopedias huérfanas de lectores. Los libros encima de los asientos son eminentemente funcionales en este caso. Están para impedir que nadie se siente. No hay otro objetivo. En el despacho de Joaquín Moeckel (Sevilla, 1966) sólo se sienta, de entrada, su titular. Es la forma de ahuyentar a los apalancados: tenerlos de pie. Hasta que se marchan por agotamiento. Moeckel nunca se ofrece a acompañarle a la puerta para instarle a salir. Simplemente no quita los libros de la sillas, que resulta menos tenso. Si usted quiere manejar los verdaderos criterios de valoración de este abogado –el algodón que no engaña–compruebe si quita los libros de la sillas o no. Como no los quite, coja la puerta ligero.

El médico evalúa en sus análisis el colesterol y los triglicéridos, pero en su caso vigila también el índice de moeckelina. En este personaje son tan claves los trajes de Rodríguez Ávila, cuya caída de pantalón acaricia levemente el calzado, como los niveles de moeckelina en sangre, que informan del espíritu combativo, del instinto de réplica a todo bicho viviente y del grado de aceleración al narrar cualquier suceso. El mundo es de los inteligentes y de los que tienen ideas, se dice. A más moeckelina, mayor es la envidia que provoca. Alguien escribió una vez que todos los que critican a Moeckel, en el fondo quieren ser como él. Porque tal vez lo que escuece de su forma de ser sea su libertad de acción y de movimiento. Esta ciudad tiende a destruir todo lo que se mueve. Es una suerte de miseria de los pobres, resignados todos a no comer. Cuando uno de los pobres se levantó un día a buscar pan, el resto de los pobres reaccionaron poniéndole zancadillas para que no pudiera comer. Aquí, todos pobres.

No salir en las fotos genera desconfianza. Salir muchas veces genera notoriedad y su prima hermana: envidia. Y hay que pagar el precio de las fotos, que es como la tarjeta VISA: se sigue pagando varios meses después del gasto. La fama en Sevilla sale bastante cara. Un sabio le dijo una vez que su mejor defensa contra la envidia era la calvicie: “Si encima llegas a tener melena, te pasan por la pira en la Plaza de San Francisco”.

Y la notoriedad también genera leyendas. Como el sevillano tiene la mala costumbre de hablar tan alto, a veces con vozarrones pasados de tinto, el otro día pudimos oír una charla entre varios profesionales reconocidos de la ciudad. Uno aseguraba que el mismísimo Gobierno de España estaba presionando a los inspectores de Hacienda para que ni rozaran a Moeckel, porque se temían sus críticas en las tertulias y programas de televisión de ámbito nacional.
El rasgo principal que define su carácter lo describió a la perfección el canónigo Juan Garrido, al que asistió en la gran restauración del Salvador: “Joaquín, hijo, necesitas constantemente reivindicar tu libertad y tu independencia”. Por eso será muy difícil verle algún día encorsetado en la estructura de un partido político. No vemos a Moeckel aceptando estrategias de comunicación, argumentarios procedentes de Madrid o imposiciones de compromisos en una lista. Cuando el cardenal lo honró con la medalla Pro Ecclesia et Pontifice, dejó claro en su discurso de agradecimiento que seguiría discrepando de la Iglesia cada vez que fuera necesario. “No se vaya a pensar don Carlos que yo me callo por una medalla”.

Un día le telefoneó un letrado de Madrid. De voz engolada, nombre compuesto y con apellidos de varios vagones. El bufete, cómo no, lucía rótulo comercial en inglés, similar al que reproducimos:

–Buenos días, soy Borja Manuel López de Tejada, de Lawyers Company and Trade, ¿con quién hablo, por favor?
–Con Joaquín Moeckel, de Moeckel.
–[…]
–Dime, compañero, dime. Que no hay más títulos, que soy Moeckel, de Moeckel. Dime.

La generación de sevillanos que peor digiere la forma de ser de Moeckel es la que, como él, ya se acerca a los cincuenta años. Una generación que en muchos casos sigue vistiendo como si tuviera todavía 25, con los mismos hábitos de ocio que cuando los 25 y dedicando las tardes libres a las conspiraciones cofradieras, que es lo que hacía con 25. Cuando los servicios jurídicos del Arzobispado mandaron una carta al Baratillo, nada menos que a finales de julio de 2001, imponiendo cambios en las reglas de la cofradía, muchos creyeron ver el final de este personaje, que era entonces el hermano mayor. Y la ciudad de la guasa, representada en esa generación que describíamos, dejó asomar la patita del gato que maulla en sus entrañas:

–Ea, Moeckel… ¡Con la Iglesia has topado!
–¡O la Iglesia ha topado con Moeckel! Ya veremos.

Desde una piscina de Benidorm y con un teléfono móvil articuló toda la defensa jurídica y mediática de la cofradía. La Iglesia de Sevilla, por primera vez, tuvo que nombrar a un interlocutor para negociar de tú a tú. El cardenal confió la causa nada menos que a Manuel Benigno García Vázquez, quien en los años ochenta había pilotado la operación de venta del Palacio de San Telmo a la Junta de Andalucía, el conocido como capellán del PSOE. Y lejos de producirse un choque de egos, nació una bonita amistad. Después vino lo del Salvador y la medalla. El inteligente Juan Garrido le rogó el máximo cuidado con la figura del cardenal, al que jamás se podía evidenciar como una “figura vulnerable”. Quizás por eso la solución para contentar a ambas partes fue convertir las imposiciones en un exhorto pastoral firmado por monseñor Amigo donde se instaba –que no obligaba– a ciertos cambios normativos. El texto del exhorto se fraguó en un velador de la calle Adriano.

Jamás le oirán hablar del arzobispo como el “pastor”, denominación que considera propia de cofrade blandengue y cortito con sifón. No soporta a los “padrejones” que le dan consejos sin haberlos pedido, especialmente uno que le saca de sus casillas del Arenal:“No vayas tan rápido que eres muy joven”. La camisa por fuera es síntoma de relajación de fin de semana. Los pantalones verdes, señal de que hay barbacoa en algún lugar de la sierra. El uso reiterado del dedo índice en la conversación, con el rostro más pegado al del interlocutor que dos camiones subiendo Despeñaperros, es señal de tensión en una conversación, de moeckelina disparada, de loco muy cuerdo.

Un mediocre le dijo una vez que no daba el “perfil” para ser delegado de la Madrugada en el Consejo de Cofradías. El eco de las risas aún se oye. Otro día le recomendaron que no saliera tanto en los periódicos ni en la televisión, que sería víctima de una “sobreexposición” con graves perjuicios. “Cuando a ti te llamen, no salgas tú. No te preocupes tanto por mi, que veo que eres tú muy buena persona”. También lo acusaron de aparecer tanto en los medios para ganar clientela en el despacho. “También me quita clientes el salir tanto y también pago el precio de las críticas y las fobias por aparecer”. Yhasta le cuestionan cuándo saca tiempo de trabajo para el despacho con tanta tertulia de televisión: “No juego al golf, ni al pádel. Llego a todos los sitios porque voy en moto”.

Por fortuna ya se ha enterado de que a ciertos bares cofradieros no se debe ir de madrugada porque es cuando se produce una exposición peligrosa. El hombre en manada actúa diferente a cuando está en soledad. Este ciudadano libre sufrió una vez a la manada de lengua engordada por los gin tonics.

El PP andaluz de Javier Arenas lo incluyó hace bastantes años en una encuesta sobre posibles candidatos a la Alcaldía. Nunca será presidente del Consejo de Cofradías ni decano del Colegio de Abogados, salvo que liderara la única lista. Su forma de ser chirría por incontrolable, por la energía de su carácter y por la carencia de complejos. Es el hijo de su padre, una rama dichosa del tronco de don Otto. No hay más misterio.

Tal vez no daba el perfil por la calvicie. O por los pantalones verdes. Quién sabe. O quizás no quitó los libros de la silla en aquella reunión. Y alguien no le perdonó estar de pie, que es malo para la espalda.

El arquitecto sin chaqué

Carlos Navarro Antolín | 30 de noviembre de 2014 a las 18:05

Alfonso Jiménez
El martes de Feria de 1997 subió hasta el Giraldillo acompañado por José María Cabeza y Juan Luis Barón, arquitectos técnicos, y por el vicario general de la Diócesis, Antonio Domínguez Valverde, de rigurosa sotana. En lo más alto esperaba una cuadrilla de operarios dispuestos a seguir las indicaciones para desmontar el Giraldillo y dejarlo depositado en la azotea de las azucenas. La Giganta fue literalmente bajada a brazos mientras don Antonio rezaba el rosario. Todos sintieron miedo. La operación era de alto riesgo. Ignoraban si la veleta saldría con facilidad o si tendría algún tipo de freno en el vástago. Ni siquiera sabían cuánto medía el vástago. O si el grado de oxidación del interior era elevado y podía dificultar la extracción. Se aprovechó a conciencia que media ciudad dormía tras la noche de la prueba del alumbrao y la otra media estaba trabajando. Al mediodía, la Giralda se quedaba sin Giraldillo y cesaban los bisbiseos de las oraciones de don Antonio. La ciudad indolente no se había enterado de nada. Ningún medio de comunicación, ningún avispado viandante. Estos hombres llegaron, subieron y bajaron la veleta. En tierra todo seguía igual, como cuando las tropas alemanas entraron en París y los parisinos seguían haciendo su vida. Una breve nota de prensa comunicó los hechos. Alfonso Jiménez Martín (Sevilla, 1946) es el maestro mayor de la Catedral que osó llevar al quirófano al principal símbolo de la ciudad tras años de observación y, sobre todo, tras leer que el catedrático José Luis Comellas afirmaba en uno de sus libros que la veleta pasaba demasiado tiempo en la misma posición. Un buen observador saca partido de lo que dicen otros finos observadores. La lectura de aquella aseveración provocó la reacción propia del hombre inquieto, el impulso necesario para cometer la locura. Si está documentado en castellano antiguo que “doce moros” trasladaron la veleta recién fundida desde San Bernardo hasta la Catedral, una cuadrilla de operarios podría bastar para bajarla. Y así fue.

Lleva enamorado de la Catedral desde 1979, cuando en un paseo vio (siempre observando) que una azucena de la Giralda estaba a punto de desprenderse. Lo denunció ante la Delegación de Cultura, donde le pidieron si él mismo podía hacerse cargo de la restauración urgente, valorada en 25.000 pesetas. Y aquello, como la teja desprendida de la casa de Ben-Hur, fue el comienzo de una larga película. Casi 40 años de relación con el monumento más importante de la ciudad. Un arquitecto que hasta entonces no había tenido más contacto con la Iglesia que la que mantenía con su párroco de la Ciudad Jardín, donde fue criado en valores en un bloque de las denominadas viviendas colectivas, que son una suerte de corrales de vecinos.
Se llevó casi un mes viviendo en la Catedral con motivo de los preparativos de la boda de la infanta Elena en 1995. Consiguió que se aceptara su advertencia para que un retén de bomberos se situara discretamente durante la ceremonia a los pies del altar mayor. Convenció a la reina Sofía de que era inútil colocar ramos altos de flores, pues la gran montaña hueca que es la Catedral lo engulle todo. Y tal fue su labor y dedicación que la Casa Real le envió a última hora una invitación al enlace, cuando ya no había tiempo para encargar un chaqué. Consultó a su inseparable Francisco Navarro, el canónigo que revolucionó el modelo de gestión del templo, cómo debía proceder ante al tarjetón recibido.
–Paco, ¿qué hago?
–Ponte el traje oscuro y colócate la pegatina de un sindicato. Verás como nadie te dice nada.
Y allá que se fue a la boda en traje oscuro. El único invitado sin chaqué. Navarro iba ese día con sotana y fajín, indumentaria propia del diplomático del Vaticano que había sido con destino en África. Jamás se volvió a ver a este cura de esa guisa. Jiménez le pidió un favor al arzobispo: acceder juntos al Real Alcázar. Y así fue. Don Carlos entró acompañado por Isabel, la mujer de Alfonso Jiménez. “¿Quién será ella?”, se preguntaba el público curiosón detrás de las vallas. Y el maestro mayor de la Catedral entró junto al hermano Pablo.

Alfonso Jiménez se revuelve cuando ignora algo sobre la Catedral. Este catedrático impulsivo, inquieto, sin concesiones al tópico hispalense y con cierto aire para algunos a lo Sean Connery, nunca olvidará el día de Santiago de 2006. Los sensores colocados para la auscultación perenne de los pilares agrietados del trascoro detectaron movimientos de hasta tres centímetros en la piedra de la Catedral. Otra vez el temor a lo desconocido. El miedo. La alerta. Planteó al deán la conveniencia de desalojar el templo de turistas. Pasó la noche en la Catedral junto a Juan Luis Barón. La observación, esa suprema fuente de conocimiento, reveló que la dilatación se producía cada mañana. Y que la piedra volvía a su ubicación original por la noche. Se supo entonces que este gran templo respira hondo al amanecer y expira al anochecer. Se infla y se desinfla. No se trataba de nuevas grietas ni de nuevos riesgos.

Su relación con algunos de los grandes sacerdotes del pontificado de monseñor Amigo es absolutamente clave. Sobre todo con Francisco Navarro, aquel cura que sobrevivió como tal pese al revoltijo provocado por el Concilio Vaticano II, que hizo que la mayoría de sus compañeros de promoción colgaran los hábitos. Navarro, Garrido, García Vázquez… Sacerdotes que eran tildados de rojos por la Sevilla más conservadora y que siempre demostraron un amor, una capacidad de servicio y una lealtad a la Iglesia más allá de postureos de clergyman. Con Navarro se entendía con la mirada, con una socarronería deliciosa para los amantes de la ironía y de las cargas de profundidad. Navarro y Jiménez tal vez no sean para algunos los compañeros más idóneos para una tarde de Feria, de vino y jarana, pero nadie podía negar que entre ellos había un sentido del humor fino, para paladares exquisitos, que no pocas veces era el carril de desaceleración de las broncas que provocaba el día a día entre quienes trabajaban juntos con tanto presupuesto y tan alta responsabilidad.
En esa capacidad de observación innata al personaje figuran los turistas, los amos y señores de la Catedral. Nadie como el maestro mayor sabe cuál es el sitio en el que los visitantes se quedan boquiabiertos al comprobar la colosal grandiosidad del interior del templo. Se trata justo del momento en el que abandonan el pabellón de entrada y terminan de recorrer –un poco agachados los de mayor altura– el túnel de los vestuarios de los canónigos. En ese instante es usual oír una exclamación:“Oh, my God!”. En el caso del turismo nacional, la expresión es algo más prosaica: “¡Coñoooo!”.
En la Catedral fue testigo del interés de monseñor Amigo por comunicar en qué capilla quiere recibir sepultura. El vicario Domínguez Valverde, tal vez tensionado por el tema de conversación, zanjó el asunto: “Usted preocúpese de morirse que nosotros ya nos preocuparemos de enterrarle”.
Navarro murió. Jiménez dejará su puesto en la Catedral el 31 de diciembre. La película de Ben-Hur tiene un final feliz. Hace pocos días le preguntaron mientras disfrutaba de la comodidad de un mullido sofá.
–¿Usted cree más en Dios tras llevar casi cuatro décadas mimando a la Catedral?
La respuesta fue un silencio, después una sonrisa a medias y, de remate, una mirada a las alturas. Seguro que el mismísimo Francisco Navarro hubiera reaccionado igual. Tal vez la fe, como el movimiento, se demuestra observando. Y en la Catedral caben todos. Hasta los cables que siempre se preocupa en ocultar.

El taxi no debe esperar

Carlos Navarro Antolín | 26 de octubre de 2014 a las 5:00

Adolfo Arenas 2
EL movimiento se demuestra en taxi. No hay que viajar a ningún sitio donde no hayan estado antes los romanos, ni a ningún rincón a cuya puerta no pueda llegar un taxi. El taxi es la vara de medir el estado de ánimo de muchos ilustres sevillanos que se mueven por la vida sin carné, en el sentido literal de la expresión: sin carnet de conducir. En un taxi llegó a su casa don Manuel Clavero después de presentar su dimisión como ministro. Yen un taxi se desplazó Juan Ignacio Zoido la mañana siguiente a sacar 20 concejales en las municipales de 2011. El ya estoy yo en mi casa tan socorrido es sustituido en clave local por el ya me está usted pidiendo un taxi si es tan amable. Y eso dijo Adolfo Arenas Castillo una tarde de otoño, cuando mandó el sillón de presidente del Consejo a la furgoneta del tapicero. A partir de ese día convivió con el silencio con que le obsequiaron los adorables compañeros de la institución. En el taxi cabían al menos tres más, justos los tres cargos que lo eran gracias a su dedo, pero ninguno se subió. Yeso que un taxi entre cuatro sale siempre más económico y es una fórmula de viaje mucho más ecológica. Se montó a solas, llegó a su casa y le dieron razón de varias llamadas telefónicas:
–Adolfo han llamado unos señores muy pesados de la Universidad de Pennsylvania porque quieren estudiar tu caso. Te pagan el viaje, la estancia y un abrigo Dustin para el frío. Se han empeñado en comprobar si hay vida más allá de la presidencia del Consejo. Quieren monitorizarte a partir de ahora, evaluar tus constantes vitales y comprobar si respiras bien a pesar del enorme vacío.
El hombre que viaja en taxi se convirtió entonces en el Adolfo Suárez de las cofradías, con un equipo de gobierno que aún perdura y cuya estabilidad recuerda a la UCD de los últimos días. ¿A qué se debió la única dimisión hasta ahora de un presidente del Consejo de Cofradías? A las filtraciones a la prensa de decisiones y planes de la institución y a que sólo aceptó las tutelas justas y precisas de la autoridad, eclesiástica por supuesto. Por no ser títere se cayó del escenario. Una de las tardes previas a la dimisión se presentó en su despacho el canónigo Manuel Soria, indignado con la publicación de las votaciones del pregonero de la Semana Santa, que dejaban entrever vetos soterrados y una apuesta clara por un perfil ortodoxo. “¡Adolfo, Adolfo, tienen que rodar cabezas!” Y Adolfo le dijo, esta vez sin perífrasis: “Pues aquí tienes la mía”.
La del Consejo no ha sido más que otra tribulación en la dilatada trayectoria de este abogado cuya boda presidió nada menos que el cardenal Bueno Monreal. Arenas es un zorro viejo de las cofradías, capaz de estar hablando horas y horas con un discurso trufado de citas bíblicas y mitológicas. Generoso en la oratoria y en las convidás, que algunos del Consejo no han vuelto a comer en Becerrita desde que él dejó la presidencia. Su despacho está en la Campana, agujero de la tormenta en que se ha convertido la Semana Santa. Sus balcones están a tanta altura que representan la metáfora perfecta de su relación con la actual clase cofradiera. Demasiada perífrasis entre tanto adobo.
Llegó unos años tarde a la presidencia del Consejo, cuando la mesocracia de lenguaje políticamente correcto, de las declaraciones de carril y del doblar el espinazo ante la jerarquía política y eclesiástica, se había extendido como una mancha de cera caliente imposible de quitar con papel de estraza. Quería hacer cosas en la ciudad más estática por excelencia. Quería agitar un mundillo cofradiero disipado como una gaseosa abierta. Invitó a Möet-Chandon a quien no merecía más que un tinto Las Meninas.
Hijo de prioste del Gran Poder, fue criado en unos tiempos en los que los principales puestos eran ocupados por personalidades con currículum. En su juventud vivió la Sevilla nocturna en el café Duque, acompañado por un amigo llamado Juan Salas Tornero. Allí alternaba con los músicos de la Banda Municipal que tocaban en el Patio Sevillano, con el limpiabotas y con el lotero que ingería calorías a base de copas de coñac. En la actividad profesional se inició con apenas veinte años años probando fortuna con dos negocios en apariencia contrapuestos: la chatarra y el marisco. Alguna lengua socarrona dice que la chatarra no fue mal, pero que el marisco, más que venderlo, se lo comían. Dejó los hierros viejos y los langostinos cocidos y abrazó por completo la abogacía, incluso con despacho en Marbella en los años de expansión urbanística.
Su bufete está adornado con frases en Latín. Verba volant, scripta manent. Y sus perífrasis lo embadurnan todo mientras habla por teléfono, con sus elevaciones de tono, con un timbre de voz potente, de operadora antigua de teléfono, con el barroquismo verbal de un locutor de Radio Nacional de antes de 1975, con pausas estratégicas para no perder saliva y con rodeos y más rodeos, circunloquios y más circunloquios, pero bien adornados, recreándose en la suerte antes de llegar hasta el final del relato, que para eso el recorrido lo elige el cliente y no el taxista. Adolfo Arenas es tan amante de la solemnidad y de las formas que bien podría haber sido ceremoniero en el Vaticano, para abrir las puertas de la Capilla Sixtina antes del cónclave y mandar salir a todos los que no son cardenales con la clásica exhortación: “¡Extra omnes!”
Galante con las señoras, de la escuela antigua. Por supuesto, siempre de traje y corbata, aunque sea agosto y se encuentre en Sevilla para no faltar en la Capilla de los Negritos a la misa por la festividad de la Virgen de los Ángeles. ¿A la playa? Si hay que ir se va en tren. Si está en la barra con Juan Salas o Balbino de Bernardo y ve a unos amigos sentados en el comedor, comunica al maitre su deseo de pagar el vino de aquellos señores que están allí sentados. Ysi es Protos, mucho mejor.
La verdad es que a cierta edad, con el Café Duque y el despacho de Marbella ya cerrados, con la comodidad de tener cerca el menú de lentejas de La Reja y una parada de taxis bien poblada en Martín Villa, no estaba ya para soportar muchas directrices de curas cuyo único objetivo era apaciguar al pastor. A cierta edad, uno no acepta que le digan quién puede y, sobre todo, quién no puede pronunciar un pregón, menos aún si para eso lo citan a primera hora de la mañana, que eso es una faena para quienes la gráfica del biorritmo se viene arriba a partir del Ángelus. A cierta edad uno puede ser condescendiente con el taxista que fuma o que lleva la radio a toda potencia, pero que le digan que corte cabezas… Ahí fue como Curro Romero, que soltaba cuanto antes las orejas de los toros para no mancharse las manos de sangre.
Ninguno de los suyos se subió en el taxi el día que dimitió. Ni siquiera le preguntaron desde la puerta del Consejo un clásico, un cumplido, mientras se acomodaba en el asiento de atrás sin arrugar en exceso el faldón de la chaqueta:“Adolfo, ¿quieres dinero?” Ni siquiera pudo responderles con la mirada limpia, huérfana de enojo y sin acritud: “No lo quiero yo, lo querrá el taxista…”
Al llegar a casa y bajarse del vehículo se ajustó el abrigo. Para no sentir el frío de Sevilla. Era otoño. Los árboles estaban pelados. A lo lejos se oía el eco del motor de un taxi a la búsqueda de nuevos destinos. Lástima que el Café Duque ya no despache. Los científicos de Pennsylvania pueden por fin confirmar que sí hay vida más allá del Consejo de Cofradías. Un gran paso para la humanidad.
Dicen que cuando arrecian nuevas polémicas cofradieras, se oyen unas risas socarronas, sostenidas y monocordes. ¿Tal vez una psicofonía? Yque se intuye la redondez perfecta de un emoticono feliz.

La hiperactividad hispalense

Carlos Navarro Antolín | 19 de octubre de 2014 a las 18:08

FRANCISCO HERRERO
Agosto bajo. Hotel recoleto de Vistahermosa, en el Puerto de Santa María. Aún no son las diez de la mañana. En el salón del desayuno hay un par de familias, una camarera reponiendo el zumo y un tío soñoliento esperando que el tostador le devuelva la rebanada. Los atuendos son los propios del verano. Al momento irrumpen unos señores bien vestidos, no son huéspedes del hotel. Buscan una mesa para un desayuno de trabajo. La consiguen en el jardín, separados de las familias que apuran plácidamente los días de sol y playa y de los guiris que embadurnan de grasa la primera ingesta del día. A los pocos minutos llegan más personas. Son asesores, se sientan todos juntos y comienza la sesión. La camarera los surte de café y tostadas. Las viandas se acaban, el trabajo sigue hasta casi la hora del aperitivo. Francisco Herrero León (Sevilla, 1942) ha hecho venir a su equipo hasta su lugar de vacaciones para que cuando sea el primero de septiembre todo el mundo conozca ya las coordenadas de trabajo. El objetivo es que el primer día no se pierda más tiempo que el que se tarda en el encendido de los ordenadores.

La clave está en un continuo movimiento, en tirar siempre hacia adelante, en el frenético ajetreo del ¡vamos, vamos, vamos!En no pararse, en mantener siempre la tensión, el zigzagueo del futbolista que espera rematar el córner. Todo lo demás puede ser hasta accesorio, secundario, prescindible. Pero el movimiento es fundamental. La acción es lo primero. ¿Hacia dónde se anda? ¿Hacia dónde se camina? Eso ya se analizará después. El fin es el movimiento. Dicen que Herrero es hiperactivo, capaz de acudir a cinco actos en un día, aunque después se le quede una idea difusa de cada uno de los sitios a los que le ha guiado su frenesí.

Es un fijo de las galerías gráficas hispalenses. Los observadores de la avifauna local nos sabemos todos sus trajes, su esmoquin en la noche de la cena de gala del club de enganches, las gafas de sol para los toros en localidad preferente y los tirantes que exhibe en ocasiones al echarse una mano al bolsillo. Herrero es muy de las Penas de San Vicente, lleva la cofradía en los genes y es nazareno de ruán que mantiene la antigua costumbre de saludar con una leve inclinación de cabeza. Pero también pertenece a la Congregación de los Eternos Invitados a una Boda, que son esos sevillanos que siempre están en perfectas condiciones de asistir a un enlace matrimonial. Ustedes se fijan bien en Paco Herrero, en Javier Arenas o en Antonio Pulido y dan ganas de darles la enhorabuena, con esos trajes, esa camisas monolocolores y esas corbatas ortodoxamente cañetianas, de Cañete, que están listos para hacer el paseíllo como padrinos. Lo mismo da que sea la firma de un convenio, un funeral o una entrega de premios: siempre como recién salidos de los Salones Osiris o del Salón de las Bodas que se organiza anualmente en Fibes. Dan ganas de preguntarles:

–¿Le han tirado mucho arroz a la novia, oiga?

Pues si ustedes ven en tantas fotos a Herrero es por esa envidiada hiperactividad y porque también tiene muy clara la importancia de conjugar el verbo estar al hispalense modo. Parece muy fácil, pero hay gente que no ha entendido esta clave en su vida. ¿Pues no que hubo un arquitecto que contrató a una consultora para que le facilitara eso de entrar en Sevilla? La consultora cobró y el tío aún anda probando las llaves en la cerradura. Herrero tal vez no tenga claro hacia dónde hay que moverse, pero sí dónde hay que estar. Y él está siempre dentro de esa Sevilla por la que muchos se pirran y que otros muchos denuestan. Para Herrero, ser es estar. Y lo hace a la perfección en esos ámbitos de la ciudad tan difíciles como complicados, donde lo importante no es brillar, sino estar; no es hacer cosas sustanciales, sino estar; no son los méritos, ni el currículum, ni la trayectoria profesional, sino estar. El fin es estar. En el palco, en la presidencia de la mesa, en la barrera, en la pomada, en el machito, en la foto, en la cofradía…

Para seguir estando tanto años es fundamental no tener grandes enemigos. Para no tener grandes enemigos conviene molestar lo justo. Si es posible, nada. No pelearse con nadie. Y, por encima de todo, cumplir la regla de oro del código del estar: pasar desapercibido en el terreno corto y lucir de la forma más notable a lo lejos. Que se vea quién está sentado en la presidencia, quién ocupa la localidad más importante, quién en definitiva está donde hay que estar, con esa precisión del buen administrador que siempre ha sido como consignatario de buques.

El entorno puede cambiar, los personajes se pueden jubilar, caer en desgracia o pedir manigueta en La Canina, pero Herrero siempre está, como decían del genio del toreo: unos vienen y otros van, Paco Ojeda (Herrero) siempre está. ¿Y por qué? Por su capacidad de adaptación al hábitat como buen personaje sevillano que ha llegado a ser. Cuentan que esta ciudad está hecha a su medida como un traje de O´Kean. Herrero maneja el santoral con precisión de bordador de oro fino. No se le va un detalle. Un poner:el día de San Carlos Borromeo, correo electrónico breve y cálido a todos los Carlos.

Lo peor que a uno puede ocurrirle con Herrero no es que se olvide de felicitarte la onomástica, sino que tras empezar a contarle una historia te interrumpa y te pida muy cortesmente que la película con la que estás machacándole los oídos se la mandes en un papelito. Es lo que se llama la larga cambiada al herreriano modo. ¡Óle! Es un equivalente a la respuesta del obispo cuando el párroco de pueblo le pide reformas en el tejado del templo porque se llueve, una paguita para el sacristán y permiso para una procesión extraordinaria porque le hace mucha ilusión a los feligreses. “Se estudiará”, dice el prelado rematando con toses de indiferencia. Pues en vez de estudiar, Herrero pega la media verónica que es marca de la casa: el papelito.

Lo mejor que puede ocurrirle con este personaje es disfrutar de su sentido del humor, de su carácter vivo y de sus ocurrencias. No han sido pocos los actos en los que ha intervenido en público y ha comenzado dando las gracias a su hermano Santiago y a Juan Salas Tornero por todo lo aprendido de ellos. A ambos se ha referido en esas ocasiones como sus “hermanos mayores”, cuando Herrero es el mayor de los tres.

Preside la Cámara de Comercio y se ha hecho con el control de Antares, por cuyo foro han pasado muchos empresarios, dirigentes políticos y vendedores de crecepelo de los que hoy ya no quedan más que las cenizas sociales. Es quizás el último mohicano de aquella sociedad emergente de los años de ladrillo y champán. Se mantiene vivo, bien conservado, con ese pelo armoniosamente encanecido. A Herrero le ponen una toga blanca, lo sueltan por Itálica y habría cola de turistas para hacerse una foto con la recreación perfecta del cuñado de Trajano. Es un patricio del siglo XXI al que cualquier día nos lo nombran presidente de la Asociación de Amigos de la Cuchipanda, porque aquel acto al que no acude Paco Herrero es una cita venida a menos, decadente, de medio pelo. Por mucho que usted presuma de tener en su acto al presidente de los empresarios andaluces, la CEA, eso ya no puntúa, porque al señor de Málaga que ahora preside la patronal lo conoce menos gente que a un tal Moreno Bonilla, otro de Málaga que es presidente del PP de toda Andalucía, menos de Sevilla, que se le resiste como la aldea de Astérix y Obélix se resistía a los romanos, por aquello de no salirnos del Imperio. Hoy una cuchipanda que se precie tiene que tener a Paco Herrero, con su ¡vamos, vamos, vamos!, sus saludos a todo quisqui y su cuarto y mitad de largas cambiadas para que los pesados de turno le manden un correíto.

El desdén por el ‘aparato’

Carlos Navarro Antolín | 5 de octubre de 2014 a las 5:00

ALFREDO S. MONTESEIRÍN

Monaguillo antes que alcalde. Siempre se entendió con los curas y siempre ha presumido de honda formación teológica. En una recepción al cofraderío y a las sotanas en la caseta municipal, el ex párroco de Burguillos le pidió mayor cautela en algunas declaraciones para evitar polémicas, algunas irrisorias como cuando instó a los sevillanos a irse a la playa a partir del jueves. El alcalde, que pasaba las horas entre las lonas con un vaso de gaseosa manchado con un chorrito de tinto, se defendía del tirón de oreja del clero. “¡Algo tengo que decir, padre! ¡Es que me preguntan!”

Alfredo Sánchez Monteseirín (La Rinconada, 1957) odia el alcohol casi tanto como gastar. Los años de rey mago como presidente de la Diputación y como alcalde de Sevilla lo han alejado del coste real de la vida, de los pequeños gastos de cada día. Su tiempo en política ha sido el del cuerno de la abundancia. Nadie le podrá discutir su capacidad para inventar proyectos, “hacer cosas”, meterse en líos y tirar para adelante con la última ocurrencia de cada mañana.

El aparato del PSOE sevillano lo elevó a la Alcaldía. Yel aparato del PSOE sevillano le enseñó la puerta de salida. Ni más, ni menos. El aparato lo usó para derribar a Rodríguez de la Borbolla en las primarias de cara a las elecciones de 1999. Y el aparato lo quitó. Decidió apuntarse a la carrera por la Alcaldía estando en Ginebra (Suiza), en un viaje como presidente del Patronato de Turismo de la Diputación. Lo acompañaban Francisco Fernández, jefe de gabinete, y Manuel Marchena, director del patronato. Desde allí telefoneó personalmente a las agrupaciones de la capital y pulsó una gran mayoría de apoyos.

La Diputación fue su trampolín para darse a conocer de cara a las elecciones. Hasta se dejó fotografiar en bañador en Aquapark para ganar popularidad frente a los pesos pesados a los que debía enfrentarse en las urnas: Soledad Becerril y Alejandro Rojas-Marcos. Yprocuraba caer bien a los chicos de la prensa, a los que si después de una entrevista profesional tenía que remitir un material complementario, adjuntaba una fotocopia de la página del diccionario con el significado de la palabra simpatía. Halagador…
Su gran oportunidad política perdida fue cuando no quiso pelear por la secretaría general del PSOE sevillano en 2004, pese a que contaba con el apoyo de Manuel Chaves, deseoso de borrar la figura de José Caballos del organigrama del partido. “Ser alcalde y secretario general es la bomba atómica”, confesaba en privado aquellos días. Siempre vio en la figura de un secretario general a alguien dispuesto a mancharse las manos de sangre. José Antonio Viera, político gris donde los haya, se hizo con el cargo por 50 votos de diferencia contra Caballos. Ese día comenzó la cuesta abajo de Monteseirín y la cuesta arriba de una chica llamada Susana Díaz.
Si en el fútbol siempre ganan los alemanes, en política siempre ganan los aparatos, esas estructuras que son la sombra de las instituciones, el señor negruzco y antipático que siempre acompaña al alcalde, diputado o senador para recordarle sus orígenes y sus deudas, como el auriga recordaba a César su mortalidad mientras oía el clamor de la multitud que vitoreaba su última victoria. Chaves le ofreció al entonces alcalde el control del aparato del PSOE sevillano. Y Alfredo, ay, lo despreció. Siempre sintió desdén por aquellos que se pasaban el día en la sede del partido o en sus bares adyacentes criticando “a los que construimos”. A esos que se reúnen para comer como pretexto para luego “tomar copas” y “seguir largando de los que construimos”. Pero el aparato siempre está en los últimos cincuenta metros de la carrera de todo político. Monteseirín –ingenuo él– creyó que por el solo hecho de ser alcalde, el aparato se rendiría a sus plantas. Y aquel aparato –Viera y sus chicos– le hizo la vida imposible durante aquel tercer y último mandato en el que, para colmo, sufría ya los desgastes propios del paso del tiempo. Las polémicas arreciaban tanto como sus críticas a los medios de comunicación, a los que siempre acusaba de “no hacer ciudad”. Yhasta en ocasiones vio “fascistas” donde sólo había quienes ejercían la crítica o la fiscalización del poder.

El mismo desdén que mostró por el aparato también lo tuvo por su imagen personal. Prefería ser “auténtico” a tener un estilo impostado. No le importaron ni las gafas, ni coger kilos, ni la ropa. Pero a sus colaboradores, sí. La concejal Rosamar Prieto-Castro propuso un año que se le regalara un traje azul por su cumpleaños. Yse le regaló el traje por unanimidad.
Siempre ha odiado el calor de Sevilla. Monteseirín suda a la mínima. Ymucho. Sus asesores han sido los pingüinos del poder municipal por la de frío que han soportado en las dependencias de la Alcaldía con la refrigeración al máximo. Monteseirín es como ese cuñado que se quita la chaqueta en la boda cuando aún no han servido el consomé de primero. No espera ni la contessa del postre y ya está el tío con los tirantes al aire preguntando cuándo empieza el chimpún.

Es un orgulloso hijo de su padre, maestro que fue en Los Escolapios, donde hoy se encuentra la sede de Emasesa. Su padre y el PSOE han marcado su vida. El PSOE ha sido su obsesión. No conoce otra afición que la política. Ningún hobbie. Vivió en directo el PSOE potente, poderoso y arrollador en las elecciones. Vivió la Diputación Provincial de los grandes presupuestos, con más fuerza inversora en sus años de presidente que la de Vizcaya o Barcelona, y vivió un Ayuntamiento de Sevilla con una Gerencia de Urbanismo donde no había manos para ordenar tantos millones que entraban por la vía de los convenios. Al Ayuntamiento llegó ya con las oposiciones aprobadas al cuerpo de inspectores del Estado, una recomendación que siempre repetía a sus colaboradores: hacer oposiciones.
Monteseirín es de una austeridad supina. Hay quien dice que es el típico sevillano que nunca invita a un café o que siempre lleva el billete grande para no pagar con la excusa de no dejar sin cambio al camarero. También es un gran despistado. Pierde los teléfonos, los relojes y los bolígrafos. A quien nunca ha perdido es a su leal Manuel Marchena, su brazo ejecutor.

Jamás olvidará momentos tensos como alcalde. El primero, cuando trascendieron sus deudas por los sellitos del coche y de los recibos de la contribución urbana impagados. Aquello lo descolocó en las primeras curvas del mandato. Otro mal trago fue cuando firmó la defenestración de su delegado de Hacienda, Carmelo Gómez. Monteseirín estaba convencido de que la agrupación Macarena era un nido que había que desarmar. El tiempo no le quitó la razón. Y el tercero fue cuando a petición de Caballos le dio salida (¿Se dice así?) a Susana Díaz, que pasó de manejar presupuesto en el Ayuntamiento a la bulla del Congreso de los Diputados.

Se tomó la construcción de las setas como el examen final de sus doce años de alcalde tras presumir de aprobado en los exámenes parciales de la peatonalización de la Avenida, los pasos soterrados o el tranvía. El urbanismo era su parcela favorita. Como no podía cambiar la mentalidad de los sevillanos, siempre quiso cambiar la ciudad por la vía del urbanismo.

Intentó que Alfonso Rodríguez Gómez de Celis fuera su delfín. Se lo llevó a Madrid para pedir el apoyo de José Blanco, secretario de Organización del PSOE. Los dos salieron del despacho creyendo que el comité federal avalaba la figura de Celis y la fusión de las once agrupaciones del PSOE sevillano en una sola para no depender de los pueblos, una reforma pendiente en los estatutos del PSOE. Monteseirín, Celis y Marchena brindaron aquel día con champán Mumm en un restaurante de ópera junto al Senado. Pero ni Celis fue siquiera candidato a alcalde, ni Monteseirín tuvo el retiro soñado. Todo lo que era sólido, dejó de serlo. Sin embargo, la figura de Monteseirín, que acabó marcada por escándalos y desfases presupuestarios, se recupera cada día. Sólo hay que verle pasear ahora por las calles del centro. El tiempo juega a su favor tanto como la fragilidad de la memoria colectiva. Ysiempre tiene la ventaja de que la gaseosa no deja resaca. Sólo gases.

El tesorero de Dios

Carlos Navarro Antolín | 21 de septiembre de 2014 a las 5:00

CURA MIGUEL CASTILLEJO
DE tanto decir amén la misa no sale bien. Lo ha tenido muy claro este sacerdote que siempre ha ido más allá del altar y el coro, ajeno al qué dirán por las amistades peligrosas y que ha navegado con soltura por las aguas del poder económico y su pariente más próximo: el poder político. Miguel Castillejo Gorráiz (Fuente Obejuna, 1930) se ha hartado de dar créditos como presidente de Cajasur, se ha hartado de colocar en plantilla a familiares de curas y amigos y se ha hartado de poner dinero para causas sociales, benéficas y de conservación del patrimonio, pero también para la revitalización del sector industrial en Córdoba (la naranja, los cárnicos, el cobre, el mueble). Su problema, quizás, fue verse superado por los tiempos. La sociedad, y con ella la Iglesia, pasaron página en muchos usos y costumbres que dejaron al cura Castillejo convertido en una silueta en blanco y negro. Su estilo como presbítero estaba más ligado a Pío XII que a Juan Pablo II, con formas majestuosas de celebración y con homilías en un tono más propio de tribunal de tesis doctoral que de púlpito para llegar a todas las capas de la grey. Sus obsequios a políticos y grandes clientes de la entidad dibujaban un perfil dadivoso que no encajaba en la condición de clérigo. Hoy ni siquiera encajaría en la de presidente de una entidad financiera en una España en la que toda familia tiene uno o más miembros en el paro. Aplicaba a la perfección el viejo dicho:Al amigo, todo. Al enemigo, nada. Y al indiferente, la legislación vigente. Si el amigo le pedía veinte libros, aparecía un mensajero con dos cajas de veinte cada una.
“Espero no perder aquí la fe”, susurró un alto directivo a los pocos meses de estar en los despachos de Cajasur. Don Miguel cultivaba el buen yantar. En una primera etapa, si el cliente que había sido recibido sobre la hora del Ángelus era un VIP, el mismo don Miguel lo invitaba a almorzar a la recoleta sucursal de El Caballo Rojo. Si no era VIP, lo hacía un directivo. En una etapa posterior, las comidas fueron casi siempre en su despacho, en una mesa noble que sólo era cubierta parcialmente con manteles individuales. El camarero, de batín blanco, servía aperitivos de chacinas y un menú de tres platos: crema de verduras, un pescado y una carne. Todo rematado con postres y café. Y al término de cualquier reunión con don Miguel, se podía salir por donde se había entrado o por una puerta trasera. Ironía del destino, presagio de la arquitectura, la presidencia siempre tenía conexión directa con la calle.
Este tesorero de Dios vio a los indios cercando el fuerte de Cajasur cuando el atentado del 11-M desalojó al PP de la Moncloa. En su despacho le preguntaron: “¿Qué va a ser de Cajasur, don Miguel? Tenemos a Magdalena [Álvarez] cada día más encima y ahora…”Y Castillejo comenzó una larga respuesta que empezaba en 1864 con la narración de la fundación de aquel Monte de Piedad donde Cajasur tenía sus raíces. Y siempre, siempre, hablaba en primera persona del plural, aun refiriéndose a tiempos en los que él ni siquiera había nacido. Lo mejor fue el final, con don Miguel de visionario: “…Yen el año 2235 habrá un canónigo de Córdoba que estudiará nuestros legajos. La Junta de Andalucía no existirá. Pero la Iglesia, sí. Yla Caja será otra vez de la Iglesia”.
En los peores tiempos de confrontación con la Junta de Andalucía, don Miguel siempre encontró consuelo en el hombro del cardenal Amigo. Poca gente sabía que el presidente de Cajasur pasaba temporadas hospedado en el Palacio Arzobispal de Sevilla, en una suerte de retiro lejos de los focos. El cardenal siempre lo tuvo en alta estima. El dadivoso don Miguel pagó la millonaria restauración de una veintena de campanas de la Giralda que hubo que trasladar a un taller especializado en Alemania, como pagaba no pocas obras para la conservación de bienes inmuebles de la diócesis hispalense. Fue distinguido por el Cabildo hispalense, cómo no, con el título de canónigo honorario. Días antes de las grandes celebraciones, alguien se encargaba de telefonear a la Catedral de Sevilla para rogar que don Miguel fuera sentado “junto a los obispos”. Y siempre se le explicaba al intermediario que si don Miguel quería destacar, era mucho mejor que fuera sentado como canónigo honorario, porque entre las decenas de obispos con mitra quedaría eclipsado. Este canónigo penitenciario de la Catedral de Córdoba –un puesto que ganó con todo mérito por oposición– siempre se ha quedado con la pena de no ser obispo, pese a que ha mandado mucho más que la gran mayoría de obispos y hasta envió a paseo a cierto prelado de Córdoba con el aval de Roma. En la Ciudad Eterna se solía hospedar con su estado mayor en la distinguida Hostería del Sol. En octubre de 2003, en la celebración del cardenalato de monseñor Amigo en el Colegio Español de Roma, se pensó dos veces si concelebrar o no la eucaristía dada la gran cantidad de presbíteros. La bulla nunca fue de su agrado. En ellla se destaca menos.
Acostumbrado a mandar, a saltarse las comisiones de evaluación de riesgo para dar créditos a quien consideraba oportuno, a la tapicería de los Audi y a la fría compañía de los escoltas, no faltaba a la cena de inauguración de la caseta de Cajasur en la Feria de Córdoba, una caseta con las dimensiones de un estadio. Un año se produjo una situación esperpéntica. El concesionario de la caseta, al que se le había pedido algún espectáculo especial para esa primera noche, contrató a bailarinas para animar los postres. Un cañón de niebla fría se activó para anunciar la salida de las señoritas, ataviadas como gogós, de las que se adivinaban entre el humo los destellos de las lentejuelas de los bikinis. Don Miguel y los canónigos del consejo de administración pusieron cara de circunstancias, algunos se levantaron, pero todos aguantaron con templanza ante la rápida intervención de algunos directivos con ganas de correr a gorrazos al concesionario en presencia de cientos de trabajadores con sus familias.
–¡Por favor, sáquelas de aquí! ¡Y mientras eche más niebla, más niebla, que se vean lo menos posible! ¡Déle, déle al cañón!
Cómo no recordar las largas colas el día de San Miguel para felicitar al presidente en una ceremonia propia del salón del trono. Ola cena de cada verano en Marbella con decenas de profesionales de la caja. Don Miguel lucía igual el bonete en las celebraciones litúrgicas que el traje y la corbata para entenderse con socialistas y comunistas la mar de bien en ese estilo que alguien bautizó como la “hipocresía institucional”.
Se hizo con el precioso Palacio de Viana para el patrimonio de la caja de ahorros, convertido en un Castelgandolfo particular, donde recibir a las visitas más especiales entre los destellos de suntuosas vajillas envitrinadas. En los reposabrazos de aquellos sillones descansaban unas manos con dedos tan gruesos como morcones. “¡Don Carlos es un cardenal propio del Renacimiento!”, le dijo al periodista sevillano en una entrevista. A su término, llamó a solas al responsable de prensa de Cajasur, al que cuchicheó instrucciones.
–Don Miguel quiere que te dé un paseo en coche por Córdoba y te invite a merendar antes de que cojas el AVE de regreso.
Hoy preside la fundación que lleva su nombre. Se comunica por correo electrónico con viejas amistades y antiguos colaboradores, sobre todo para felicitarles la onomástica con puntualidad y enviar algunos libros de regalo con dedicatoria: “Espero que te guste”.
Don Miguel ha salido limpio de las desagradables cuitas que dejó la muerte de la caja, cuyo cadáver envolvió cual José de Arimatea un cura que hoy es obispo auxiliar de Sevilla: Santiago Gómez Sierra. Don Miguel no ha sufrido ni un roce. Y algunos de sus enemigos entran y salen hoy de los juzgados entre alcachofas de la prensa. Su mayor problema fue que no supo irse a tiempo, que no aceptó la llegada de la jubilación. Pero nadie puede discutirle que recibió una caja de zapatos que convirtió en una de las grandes cajas de ahorro de España. Al final, técnicamente, lo echó la Iglesia al reformar el estatuto del Cabildo. Y no el PSOE. Siempre te echan los tuyos. Los adorables compañeros de canonjía. De altar y coro. Y ahora es el tesorero emérito de Dios, viendo en el telediario cómo se sientan en el banquillo algunos de sus viejos conocidos.

Una dama en el PSOE

Carlos Navarro Antolín | 14 de septiembre de 2014 a las 5:00

ROSAMAR PRIETO
En los entierros se conoce gente. Sobre todo en una ciudad que acentúa el componente social de todo encuentro y donde se publican hasta pobladas galerías de rostros a la salida y entrada de los sepelios. En un entierro conocí a Rosamar Prieto-Castro, en el romántico cementerio de San Fernando, donde están empadronados en horizontal esa gran cantidad de sevillanos que nunca te dan una puñalá, que el yuyu lo provocan siempre los vivos. Los muertos no molestan nunca en su soledad becqueriana. Rosamar Prieto-Castro es una granadina del 47 que vive en Sevilla con el alma puesta en la almeriense Garrucha, la población que tiene musiquilla de administración de lotería premiada en el Sorteo de Navidad. “El segundo premio ha sido vendido en la tres de Tarrasa, la uno de Sabadell, la cinco, 24 y 47 de Madrid y la dos de Garrucha”. Ea, premio repartido.

–¿Te ha tocado, Rosamar?
–Nada, prenda.

A Rosamar la sacaron un día del Consejo Económico y Social de Andalucía, donde estaba más a gusto que un arbusto antes de ser podado por Zoido, para colocarla en el potro de tortura del Ayuntamiento tras haber sido gobernadora civil de Huelva y jefa de gabinete de una delegada del Gobierno en Andalucía llamada Amparo Rubiales. Pertenece a la jet del PSOE de los grandes años, aquel partido centrado que logró el voto de tantísima gente de derechas y al que nunca se le ocurrían majaderías como suspender el concordato con la Iglesia, un mérito debido a Manuel Benigno García Vázquez, el capellán del partido del puño y la rosa que daba clases de Religión en el San Francisco de Paula y que instruyó a Felipe en el respeto a la Iglesia, “una institución en la que se puede creer o no, pero que asegura un orden en valores. Y a todo gobernante le interesa mucho una sociedad en orden”. Una de las virtudes de Rosamar es que todos la sitúan en la acera de enfrente. Para la gente de derechas, de aperitivo dominical y tres vueltas del collar de perlas, Rosamar es la oveja descarriada del rebaño. Para su correligionarios, esos siempre adorables compañeros de partido, Rosamar es el ala conservadora, la que se entiende con empresarios, curas y cofrades.

A punto estuvo de ser alcaldesa interina de la ciudad en el tardoalfredismo de obras faraónicas pasadas de frenada en el presupuesto. Un Lunes Santo acudió a los palcos de la Plaza de San Francisco una chica llamada Susana Díaz, por aquel entonces secretaria general del partido en Andalucía. Hizo maripandi con ella en las sillas de Quidiello. Susana le susurró al oído que se pusiera el chándal y calentara la banda porque todo estaba preparado para relevar a Monteseirín un año antes del final del mandato. Rosamar se puso nerviosa varios meses, emergió ese genio que lleva dentro semejante figura y algunos hasta padecimos tirones de orejas de los que dejan colorado el lóbulo. Alfredo no se quiso marchar sin la seguridad de un nuevo destino bajo el ala protectora del partido y hubo concejales que no estaban dispuestos a que no se respetara el sacrosanto orden de la lista electoral. Entre unos y otros, y con el partido desangrándose en los nefastos últimos años de ZP, se esfumó la posibilidad de que toda una señora ocupara el mullido sillón de la Alcaldía.

El mayor mérito de Rosamar no es haber hecho una oposición antes de desembarcar en la política para tener siempre los garbanzos (de Escacena) asegurados. Ni siquiera haberle correspondido en suerte la lidia de la Delegación de Fiestas Mayores con unas cofradías que acabaron despidiéndola con una ovación cerrada en el Teatro de la Maestranza, que ya se sabe el cariño infinito que esta ciudad le ofrece a quien se marcha para ponérselo imposible al que llega. Su mayor mérito es haber sobrevivido a los homenajes, sobre todo porque a Rosamar, escrito sea con trazo grueso, le organizaron un bonito homenaje sus enemigos, que así son los verdaderos homenajes, que las cosas hay que hacerlas bien, como Dios manda. Quien no alimenta bien al canario enemigo con su ración de alpiste cada mañana ya sabe que se queda sin homenaje al final de sus días laborales. Un homenaje sin enemigos ni es homenaje ni es ná. Aquel canapé fue una de las ceremonias que evidencian el Maquiavelo que el sevillano lleva dentro. “Mira, ha venido aquella de allí. Y eso que nunca me ha podido ni ver”. Y Rosamar pega el pase de la firma con esos cuatro golpes de risa monocorde separadas por leves pausas profundas, muy profundas: “Ja, ja ja, ja”. “Y aquel otro… Con lo que se movió para que yo no fuera alcaldesa”. Y otra vez: “Ja, ja, ja, ja”. Cuando sí le salió la mejor sonrisa fue al llegar su admirado Manolo Chaves. Ay, aquellas tardes de domingo en el cine junto a Chaves y Griñán, rematadas en los veladores del Antonio Romero de la calle Antonia Díaz. Aquellas tardes no volverán…
Un día de Feria la invitaron a la caseta del gremio de los notarios de la calle Juan Belmonte. Como es de vista larga y retrovisores bien reglados, se dio cuenta de que alguna, pasada ya de trago largo y con los lunares caídos, la recibió con cuchicheos de censura. “¿Quién ha traído aquí a una roja?” Y Rosamar, que se hizo la sorda, templó la escena para no incomodar a sus anfitriones: “Esa muchacha no conducirá ahora, ¿no?” Y se puso a narrar sus vivencias en la caseta de los notarios del Prado de San Sebastián, en la que era una de las pocas mujeres que entraba por razones familiares en los años del Nodo. En el haber de esta señora figura que siempre se ha movido con facilidad en territorios aparentemente hostiles y ha sido una gran defensora de los derechos de la mujer sin necesidad de carnés o etiquetas especiales. Por sus obras la conoceréis. Y por la alta y fina joyería que ha lucido los Jueves Santos de mantilla en los oficios, que pasarán varias corporaciones antes de que se vuelvan a ver en los palcos municipales oros y gemas antiguos.

Una noche asistió a una tertulia como delegada de Fiestas Mayores a la entrega de un premio al catedrático Manuel Marchena, entonces consejero delegado de Emasesa. Todos los asistentes acudieron de rigurosa chaqueta y corbata, en un restaurante de maitre elegante y mantel gordo. Sentados ya y con la servilleta de tela planchada sobre las piernas, a Marchena le preguntaron al oído:

–Manolo, ¿de esta reunión quién vota el PSOE?
–Los camareros, yo… Y creo que Rosamar.

Ave nocturna sin complejos que no camufla sus aficiones ni sus ganas de vivir. La vida le ha puesto en su camino baches en los que a otros se les hubieran reventado los neumáticos. Es una suerte de ciudadana coraje a la que el trianero Rosco regaló un crucifijo del Cachorro cuando más lo necesitaba: “Jefa, aquí tienes al único Dios verdadero”. Y aquel crucificado expirante comenzó a lucir en la Dirección General de Comercio de la Junta y después en los despachos que ocupó en el Ayuntamiento.

Carente de complejos y libre de poses convencionales, un día que presidía un almuerzo profesional pidió la carta de postres en un restaurante con vistas a la Torre del Oro, se puso las gafas para leer con detenimiento, pasaron varios minutos, toda la mesa quedó expectante y cuando volvió el maitre con la libretilla para tomar nota, no se cortó un pelo: “Estos postres deben estar riquísimos, pero las calorías que llevan me las va a sustituir usted por una copita de ron con coca-cola”. Y, cómo no, hubo pase de la firma: “Ja, ja, ja. ¿Vosotros nos animáis, prendas? ¿O queréis un tiramisú de cerezas?”