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Un socialista en la frontera

Carlos Navarro Antolín | 24 de abril de 2016 a las 5:00

Juan Carlos Cabrera
A muchos sevillanos de orden les gusta un rojo en misa más que los picos gordos de una ensaladilla servida en un par de cucharadas bien despachadas y no con pinzas de heladería para dejar dos insípidas bolitas. Qué horripilante manía la de las pelotas ensaladilleras. Cuantísimo le gustaba a la Sevilla cofradiera de los ochenta ver a Fernández Floranes debajo del paso de misterio de San Esteban, metiendo riñones en la trabajadera bajo la ojiva imposible del Martes Santo. O admirarlo de tiros largos el Domingo de Pasión para leer con voz radiofónica las pedazos de presentaciones que escribía de los pregoneros en tiempos de Manuel del Valle, alcalde de ruan y de Semanas Santas marcadas por el estruendo del laterío callejero y los excesos de flores en los pasos. Qué gran presentador de pregoneros fue este socialista barbudo que hoy no quiere ni oír hablar de su etapa municipal. ¿Y lo que ha disfrutado la Sevilla Eterna viendo a Rosamar Prieto-Castro de mantilla en los oficios del Jueves Santo con una joyería fina, justa y medida que no se volverá a ver por las Casas Consistoriales hasta sabe Dios cuándo?

–Eso digo yo. ¿Cuándo volveremos a ver algo igual?
–Cuando el PP tenga otro gobierno con 20 concejales.
–Antes tienen que desaparecer las diputaciones provinciales, por lo menos.
–Pues entonces no veremos nunca más al PP con 20 tíos en el gobierno, miarma.

La Sevilla conservadora flirtea con el rojerío de altar y coro. Se deja cortejar. Uno del PP elogia una cofradía, concede una subvención, se pone el chaqué de O´Kean delante de un paso, pero el cofraderío se queda igual, estático, al considerar todos esos gestos amortizados. Ni fú ni fá. Pero llega un socialista con su chaqué de José Gestoso, las manguitas una mijita largas y sabiéndose sentar y levantar cuando corresponde durante la misa y, hala, se ha ganado al personal en dos minutos. ¡Vengan golpes de incensario para el rojo de carné que se sabe la liturgia! La Sevilla cofradiera trata al PSOE como al hijo pródigo. Está deseandito que vuelva al redil. Ocurrió con Manuel Marchena en sus tiempos de gerente de Urbanismo, al que el Consejo de Cofradías lo sentó en primera fila en la presentación de un cartel de Semana Santa y después le insistió en que participara en la copita en Las Lapas. Aquella presencia motivó las protestas de la entonces durísima oposición municipal del PP, que hizo al oído de los señores del Consejo la sevillanísima pregunta de quien siempre se cree en una posición superior: “¿Y el Marchena éste que hace aquí?”

–Es el que nos atiende a la primera en todo.

Juan Carlos Cabrera (Sevilla, 1965) cambia de color según el ojo que lo mira. Primero, es un rojo para los del PP. Segundo, es el militante de un partido abortista dispuesto a pactar con la extrema izquierda en varias comunidades autónomas para los miembros de la Sevilla ultraconservadora, los del aperitivo de la una en el salón adornado con cuadros de la caza del ciervo. Y tercero, es un tío de derechas para muchos de sus compañeros del PSOE, que no entienden que públicamente se confiese macareno, hable de la Esperanza y exalte la caridad. Este concejal licenciado en Derecho –en las mismas aulas con preciosos crucifijos de la Buena Muerte en las que se formó Felipe González– navega en la frontera en una ciudad muy dada a las fronteras. Las propias cofradías están en la frontera de la fe. Anda que no…

Cabrera vive días de gloria en el Ayuntamiento tras los éxitos de la Semana Santa y la Feria. Pero su trayectoria también está jalonada por baches. Cuando trabajó con el concejal Blas Ballesteros en el Instituto del Taxi, tuvo que tragarse varios sapos por efecto de la agenda díscola de aquel concejal metido después a cónsul. Aquel concejal que a veces no había aparecido a la hora del Ángelus…

Cuando Monteseirín cesó a Carmelo Gómez, Cabrera se quedó fuera del organigrama municipal hasta que, buscando posada, se le abrió la puerta de la Diputación Provincial, una institución que después tuvo que indemnizarle por despido improcedente. En 2011, por fin, fue incluido en la lista municipal del PSOE por influencia del propio Carmelo Gómez. Y en 2015 mejoró el puesto por méritos propios. Es la cara amable del gobierno en minoría de Juan Espadas, la sonrisa del régimen que dirían otros. Siempre dispuesto a contar un chiste que sea celebrado con carcajadas, todo lo contrario, por ejemplo, a los candidatos a la Presidencia del Consejo, que en vez de vivir días de gloria andan detrás de las glorias hasta en la Feria. Y alguno hasta con cara de manigueta. A uno de ellos lo vieron en la puerta de una caseta y parecía el contratado de Prosegur para no dejar pasar a las gitanas de los claveles. Vamos a reírnos una mijita, por favor, que hay vida más allá de San Gregorio.

Sigamos con Cabrera. Algún veterano del PSOE le ha advertido en privado que tenga cuidado con las Fiestas Mayores, que no son siempre una parcela amable de gestión, que debe poner los cinco sentidos en la adjudicación de las casetas y en los dineros para no llevarse disgustos. También le han dicho que se apriete los machos con el sindicato mayoritario de la Policía Local. Cometió el error de colocarse el pin de esta central el día de su toma de posesión como concejal en el Salón Colón, cuando lo prudente hubiese sido seguir el sabio consejo que Asenjo le dio al delegado diocesano de hermandades cuando debutó en el cargo: “Guarda la distancia, Marcelino, no te mimetices con las cofradías”. Eso le decimos a Cabrera: ¡Cuidado con ese sindicato, que puede traer los idus en marzo o en cualquier otro mes!

Cabrera cumplió con diligencia sus labores en los cuatro años de oposición al gobierno plano de Zoido. Junto a Moriña y Bazaga formaba el trío de capilla que arropaba a Espadas en los actos cofradieros. Se llevó bien con algunos del PP, con los que compartió veladas de cuaresma en la denominada Concordia de la Croqueta. Algunas tardes de Pleno, cuando los periodistas ya se habían ido hartos de las plúmbeas sesiones, Cabrera se sentaba en los bancos de la derecha para charlar de fútbol y cofradías con Beltrán Pérez o Rafael Belmonte mientras el altivo presidente de la sesión, Javier Landa, les miraba con su ternura habitual (por las que hilan) y las mociones políticas urgentes (risas en off) se desparramaban sin control hasta la noche.

Este socialista ha sabido capitanear la Agrupación del Casco Antiguo, permanecer leal a Espadas y exigir su puesto en la lista cuando sabía que había sumado méritos y estaba en una posición de fuerza.

La vida es teñirse las patillas cuando llega el verano. Es intentar que el alcalde se pasee por la Plaza del Salvador y se pare a tomar una cerveza entre los sevillanos para que cese en el estudio minucioso de los expedientes. La vida debería ser tener claro que a ciertos sindicalistas no se les puede combatir de frente y apelando al patriotismo (¿verdad, sheriff Cabello?). La paz social sólo existe mientras haya dinero para el pago de productividades, lo demás son amistades peligrosas. La vida es recordar, ay, cuál fue la última vez que salió de nazareno en la Macarena. Cabrera, nadie lo dude, es tan socialista por los cuatro costados como votante de Manuel García, político del PP, cuando se trata de las urnas macarenas. García, por cierto, era un concejal de derechas que se llevaba mejor con socialistas y comunistas que con sus compañeros de bancada. La vida es triunfar a la primera en la presentación del pregonero. Falta, quizás, probar su perfil de gestor cuando se haya rearmado la oposición del PP, entretenida ahora en revueltas de Twitter y a la espera de que Zoido pida la cuenta. Si para entonces sigue teniendo el mismo cartel, algún día le dirán lo que le dijo un señor muy de derechas a Rosamar: “Eres como la Virgen de San Roque, le caes bien a todo el mundo”. De lo contrario, le ocurrirá como a Fernández Floranes, al que llamaban hace años para recordar sus años de vida municipal y, siempre, siempre, parecía que se cortaba el teléfono.