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El poder del frac

Carlos Navarro Antolín | 10 de junio de 2018 a las 5:00

ANTONIO PASCUAL

EL deporte es muy importante para los políticos. Son horas de ocio que, valga la rima, siempre se dedican al negocio, pero con el valor añadido de que se hacen fuera de contexto. Se hace política en todas sus vertientes (periodismo incluido) jugando al pádel en la Moncloa con Aznar, al baloncesto con el avieso Zapatero, o yendo de caminatas con Rajoy por las sendas gallegas. Hubo un tiempo que en Andalucía eran muy importantes los partidos de futbito de los lunes que organizaba el presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla, en el pabellón de Arquitectura de la Avenida de Reina Mercedes. Allí se citaban apellidos sonados de la política andaluza como Torres Vela, Recio, Zarrías, Pérez Cano… Los escoltas también jugaban. Un día logró entrar en tan selecto círculo deportivo un señor llamado Antonio Pascual Acosta (Jaén, 1951), el catedrático que debutó en el organigrama de la Junta de Andalucía al frente de la dirección general de Universidades, recién creada en aquellos años ochenta para gestionar las competencias recién transferidas por el Estado. Manuel Gracia era el consejero de Educación, pero sin mucho control de las universidades, por lo que el consejero de Presidencia, el catedrático Ángel López –siempre atento a los movimientos internos, corrientes de opinión y grupos de presión del mundo académico– propuso el nombre de Antonio Pascual. Y Pepote lo aprobó. Pascual terminó escalando a consejero de Educación cuando Borbolla hizo una crisis de gobierno y envió a Gracia a Gobernación. Con el tiempo, tras la marcha de Pepote, Chaves lo mantuvo en el gobierno, pero como consejero de Industria. Fue una etapa corta. Año y medio. Como Zoido en Interior. Cuentan que pese a la brevedad del período, Pascual le sacó muchísima rentabilidad a aquellos días por los contactos personales que hizo con la entonces emergente cúpula de la patronal andaluza, sobre todo con Rafael Álvarez Colunga (1937-2008). Siendo consejero de Industria desembarcó ya para siempre en el mundo de la clase dirigente empresarial. La trayectoria pública de Pascual está estrechamente vinculada a la figura del Lele Colunga.

Pascual era y sigue siendo uno de los fijos en la plantilla de los actos sociales de la ciudad. Es un jiennense del PSOE que parece un sevillano del PP. Es el Luismi de los socialistas, alguien que hace años que dejó los cargos públicos (como Martín Rubio) pero que sigue estando en todas las entregas de premios, foros empresariales de diverso pelaje, conferencias de postín en Cajasol (donde a Pulido no se le va un detalle), desayunos de políticos variados en el Alfonso XIII, retiros (no espirituales) para directivos, funerales de media mañana, cafés en Antares, y toda esa lista de citas en las que lo importante no es lo que se dice en los estrados o presbiterios, sino lo que se cuece en las cocinas o fogones.

Hay una máxima que no falla en la Sevilla de los últimos 25 años. Usted sospeche del anfitrión de cualquier convocatoria de pretendida resonancia si Antonio Pascual no está entre los invitados. Es como lo del jamón del pobre. O el pobre está malo, o lo está el jamón. O al acto va Pascual, o es un acto sin resonancia, de medio pelo.

Pascual controla algo tan serio como la luz en virtud de su condición de patrono de la Fundación Endesa. Y eso es muy peligroso. Pascual controla o interpreta las encuestas electorales, como alto mando del denominado Centro Andaluz de Prospección. Y eso también es muy peligroso. Y Pascual tiene una vara reservada en sitio preferentísimo en la cofradía de la Universidad, a la que se apuntó en 1980. Y eso son ya palabras mayores. Pascual está en todos los guisos. Pascual es ese señor que empezó a usted a ver en Telesur y que de pronto aparece en la toma de posesión de un ministro de diseño (o ministra) de Pedro Sánchez. Todo pasa, Pascual permanece. Como Luismi. El poder del corcho.

En las encuestas del organismo que preside Pascual casi siempre ocurre como en las elecciones de los pueblos: gana el PSOE mientras no se demuestre lo contrario. Pascual manda hacer una encuesta y ya están removiéndose los del PP más que de aquí al congreso extraordinario de julio. Los del PP andaluz telefonean a Pascual para preguntar cómo está el paciente, perdón el partido, y dicen que Antonio les contesta como el del chiste del abogado y el preso en el locutorio: “Lo tuyo va bien, pero si puedes te escapas. Agárrete ligero un escaño en Madrid o lo que sea”.

Pascual es ese señor de pelo caoba que siempre tiene una encuesta para usted. Como siempre tiene a punto el frac para los actos pomposos de la Academia que preside, dada en llamar Academia de las Ciencias Sociales y del Medio Ambiente de Andalucía, un tinglado creado por decreto del presidente Chaves en 1993, siendo consejero de Educación… ¿Saben quién? Tachín, tachín… [Redoble de tambor]… ¡Antonio Pascual! Exacto. Dicen que en los estatutos apócrifos se refleja que se funda para que Pascual pueda amortizar el frac que tiene en propiedad.

–¿Pero qué es lo que tiene en propiedad: la Academia o el frac?
–El frac, so malpensado.

Las academias se mantienen hoy como Mercasevilla. Por no cerrarlas. Con tantas universidades, que hay más que cofradías de vísperas, y el suministro de alimentos de las grandes poblaciones más que asegurado, hay entidades que carecen ya de sentido. Salvo, claro está, que sea para amortizar chaqués y organizar saraos de admisión de nuevos miembros con derecho a fotografía. Anda que no presumió nada don Antonio cuando recibió como académica a doña Amparo Moraleda (Madrid, 1964), entonces presidenta de IBM. Pero de la IBM de verdad, no de los “y veme por esto y veme por lo otro” que hay por Sevilla a manojos dando barzones.

Este Pascual es también conocido en ciertos círculos como el ginecólogo andaluz, porque dicen que como patrono de la Fundación Endesa ha ayudado a dar más (a) luz que el doctor Chacón. Si el IAPH controlado por los socialistas se ha hartado de restaurar cristos y vírgenes, Pascual se ha hinchado a iluminar templos y catedrales. Hágase la luz. Y allí está Pascual apretando botones para activar los leds más modernos del mercado y generar la felicidad de obispos, párrocos y cofrades. Desde que el presidente Pepote alcanzó un convenio inédito de colaboración con el Arzobispado de Sevilla en materia de conservación del patrimonio histórico-artístico, socialistas como Pascual han seguido sin complejos la senda de la colaboración con la Iglesia. ¿A cuántos botones de encendido le ha dado Pascual para alumbrar ojivas, altares y torres? Pascual siempre ha tenido muchas luces… largas. Ser patrono de la fundación Endesa es tener asegurada la buena fama en Sevilla con poco que se haga, como Julio Cuesta con la Cruzcampo. La fuerza de la luz, la fuerza del tirador. Llena ahí. Son cargos amables y de relumbrón, de repartir caramelos como un rey mago en una cabalgata que dura todo el año.

La vida es ser un miembro orgulloso de la asociación de aficionados al tinte capilar de color caoba. En Sevilla crece el número de celebridades que gastan esta tonalidad. Del blanco al caoba. De Pepote a Chaves. De Jaén a Sevilla. La vida es tener un hermano gemelo que suele recibir muchos saludos por error. Te lo encuentras por la zona de la Magdalena, lo saludas y te llevas un chasco: “No, no soy Antonio”. La vida es ser consejero de Educación de la Junta con una apuesta personal por colegios privados y religiosos, al igual que Susana Díaz tiene miembros en su gobierno que apuestan por la enseñanza privadísima en sus parcelas no menos privadas. La vida es ser la cara más amable de la beautiful people de aquel PSOE de los 90. La vida es ofrecer un trato cercano al prójimo, ser solidario al trabajar para organismos benéficos y recordar a Álvarez Colunga –su gran descubridor– en almuerzos periódicos con otros afines en Becerrita. La vida son recuerdos de las celebraciones en el campo del Lele en Olvera (Cádiz), donde Pascual coincidía con Javier Arenas, o de las del santo del Lele y Miguel Gallego, organizadas conjuntamente en el club de enganches a finales de septiembre. La vida es que la clase política andaluza te pida opinión. Pesarán después más o menos sus dictámenes, pero se la piden.

Taurino, fumador de puros, bético, nazareno del Martes Santo. Los escrutadores dicen que solo se nota que no es de Sevilla en que luce un puntito largas las mangas de la chaqueta y un poquito alevitado el faldón. Colmillo se llama. O envidia, porque lo susurran quienes no tienen frac. Pascual transmite alegría pese a los golpes de la vida. Hace poco que el cardenal Amigo lo refirió en un círculo muy privado como ejemplo de fortaleza personal y a algunos de los asistentes se le bañaron los ojos.

Pascual es ese señor en el que uno piensa al recordar aquello que repetía machaconamente el profesor de Matemáticas del extinto Bachillerato. “Quien controla las raíces cuadradas tiene más opciones de llegar lejos en la vida. O, al menos, de que no lo timen cuando compra el pan”. Pascual sabe hacer raíces cuadradas… Pero tela de cuadradas. Del futbito al frac. Del blanco al caoba. Del Telesur a La Sexta. De Pepote hasta Susana.

Con licencia para largar

Carlos Navarro Antolín | 6 de noviembre de 2016 a las 5:00

EMILIO DE LLERA 2
MANOLO García se fue del Ayuntamiento en 1999, donde había sido concejal del Partido Popular desde 1983. Ejerció de edil en la oposición y de teniente alcalde con funciones de gobierno. Hizo casi de todo, desde saludar al Papa Juan Pablo IIy a Fidel Castro hasta montarse en el patrullero de la Policía Local para cerrar bares de la movida o gestionar las reparaciones de los pavimentos del casco antiguo. Pero al dejar la Casa Grande después de tantos años de contienda política y alguna que otra polémica de las que roban el sueño, reconoció públicamente una espinita clavada: “Mi pena es no haber sido concejal de Fiestas Mayores”. Años después, gracias a que el PP decidió aquel año renovar a sus representantes en el Ayuntamiento, tuvimos a uno de los hermanos mayores de la Macarena más grandes de la era contemporánea. De haber seguido en política, el destino de Manolo hubiera sido otro bien distinto. Aquella pena se esfumó, aquella espinita de las fiestas mayores se sacó sin apenas dejar herida. La vara de las capillas ha sido, de hecho, la responsabilidad más elevada que ha podido desempeñar este hombre curtido en las madrugadas del negocio de frutas de la Encarnación.

Emilio de Llera Suárez-Bárcena (Badajoz, 1951), consejero de Justicia e Interior de la Junta de Andalucía, quiso ser fiscal jefe de la Audiencia de Sevilla. La verdad es que estaba llamado a ser el sucesor de una leyenda viva del Ministerio Público en la ciudad: el salmantino Alfredo Flores, el que llegó a ser hermano mayor de una cofradía y pregonero de la Semana Santa. Llera echó los papeles para hacerse con esa jefatura, pero le sacaron bolas negras. García se quedó sin apretar el botón del alumbrao y Llera sin dar la rueda de prensa anual de la memoria de la Fiscalía. Su gozo cayó en el pozo una y otra vez. Y bien que lo sentimos muchos partidarios de este fiscal con nombre de marisquería de selecta ensaladilla junto a la Plaza de Cuba, porque desde los despachos de Madrid apostaron por una fiscal jefe que es modelo de neutralidad, equilibrio y ponderación por las que hilan…

Emilio no fue fiscal jefe, pero con el paso del tiempo le cayó del bombo de la política el premio gordo de la Consejería de Justicia e Interior. Franco no se metió en política, pero Llera sí. Y ahí anda, desde el burladero de su despacho de la Gavidia, orientando al Ejecutivo andaluz por las arenas minadas de esos asuntos que están sub iudice. “Emilio no es del PSOE, Emilio lo que quiere es terminar su carrera de consejero, aunque pierda dinero”, dicen los compañeros de oficio. De vez en cuando saca el mandoble y se despacha a gusto contra los jueces, hace juicios sobre la magistrada Alaya trufados de cierta frivolidad e incluso arrea a los medios de comunicación por el tratamiento de algunos temas. Emilio va por libre. Tiene licencia para largar. Pocos recuerdan que es el único consejero reprobado por el Parlamento. Debe ser porque en el fondo sigue siendo un fiscal. Ya se sabe que los fiscales se pueden permitir casi todos los juicios, son casi infalibles, pues un juez, un letrado de la Administración de Justicia o un cargo público pueden incurrir en prevaricación, pero un fiscal nunca. No existe ese tipo penal para los representantes del Ministerio Público. ¿Por qué? Misterios. Si resulta que el protagonista, además, forma parte de las filas de la progresía oficial, disfruta de las ventajas de la superioridad moral de la izquierda. Así que miel sobre hojuelas. Emilio sabe que siempre hay agua en ciertas piscinas. Si Arenas o Zoido sueltan la mitad de las perlas que Llera en los últimos años, los están corriendo a gorrazos desde la calle San Fernando hasta la puerta de Antares, donde los dejan sueltos para que se reconcilien jugando al pádel. Emilio puede decir que Alaya sigue estando muy “guapa” pese a la carga de trabajo que asume, porque él está en un gobierno del PSOE. Susana jamás le va a dar un tirón de orejas. Y Amparo Rubiales tampoco le va a dedicar un artículo crítico cargado de arrobas.

Pero Emilio cae bien. Es simpático y un poco pillo. Sabe clavar dardos al enemigo con sutileza. No se suele quedar un gato en la barriga. Jamás muerde la mano que mece la cuna del PSOE en España, que es la que lo mantiene en el cargo. En política, ay Emilio, no hay plazas en propiedad. Su oficio de fiscal sí se parece al del político en que en ambos rige el principio jerárquico. Este Llera prepara a conciencia cada aparición pública con un latiguillo que evoca sus años de opositor: “Os dejo, tengo que estudiarme el tema”.

Siempre lleva encima dos o tres paquetes de tabaco rubio de diferentes marcas. A sus colaboradores más directos los sitúa a su mismo nivel, no fuerza esa estética del séquito que gusta tanto a otros consejeros. Tiene un despacho oficial en la Gavidia y una mesita alta en la terraza del Oriza, donde sigue tomando la copita de manzanilla, marca Solear, muchos mediodías de clima apacible (¿Lo de siempre, don Emilio?). Los dueños de los bares, por cierto, llaman a esas mesas altas los quitamiedos de la hostelería, porque la gente cree que la consumición es más económica que en un velador tradicional con asientos. No es el caso de este pacense, que se nota que no es de Sevilla en que suele desenfundar el primero a la hora de pagar en un bar. Es de la vieja escuela, de los que no deja nunca que sus acompañantes abonen la cuenta.

Con Zoido se lleva muy bien. Coinciden en tener el mismo dentista, en cortar trajes en privado y en saber rematar las reuniones oficiales con la confraternidad debida. Una de las muchas veces que el entonces alcalde Zoido reclamó la Ciudad de la Justicia en una visita al consejero Llera, éste, tras los cinco minutos de rigor en privado donde para decirle que no es posible porque no hay un duro, le espetó: “Bueno, Juan Ignacio, ahora ya podemos irnos a tomar una cerveza que se hace tarde, no?”. Y allá que bajaron al bar de la esquina a comentar los últimos chascarrillos judiciales…

Lo mejor de Llera es que nunca da la brasa con el fútbol ni con las cofradías. No gasta ni en un tema ni en el otro. Y siempre te cede el taburete, porque prefiere la verticalidad. Este vecino de Los Remedios es un gran admirador de la belleza femenina, usa los retrovisores con sutil y discreta habilidad. No va de místico ni de bendito, lo cual se agradece en la ciudad de los misticones.

La vida son recuerdos de la Extremadura donde nació. Su madre vivía en una pequeña localidad de Badajoz de apenas dos mil habitantes,un pueblo fundado por Felipe II con un precioso nombre: La Granja de Torrehermosa. Son recuerdos de sus primeros años como fiscal en Bilbao, una plaza dura en los años ochenta, en los que el País Vasco salía en los telediarios con tañidos de luto y banderas a media asta. La vida son recuerdos de sesiones preparando opositores de judicatura y fiscalía junto sus amigos Julio Márquez de Prado, hoy presidente del Tribunal Superior Justicia de Extremadura, y Luis Fernández Arévalo, experto en vigilancia penitenciaria y actual fiscal jefe de Huelva. La vida son refugios estivales en algún hotel de la Costa del Sol.

Si tiene que cenar en algún lugar perdido de Andalucía, fuera ya del protocolo de los actos oficiales, le pide al camarero que le hagan una tortilla francesa. Así duerme mejor y le cuesta algo menos madrugar, porque Llera no es precisamente de los aficionados a levantarse al alba por gusto.
El fiscal no fue jefe pero gestiona todas las competencias de Justicia de Andalucía. El fiscal es doctor en Derecho, con una tesis dirigida por Víctor Moreno Catena, pero se metió en política. La vida es ver pasar la ciudad desde una mesa quitamiedos. Y en Sevilla, al final, somos pocos y todos vamos desfilando. Somos casi los mismos que en La Granja de Torrehermosa. Pero sin desenfundar los primeros al pagar.

La gerente del susanismo

Carlos Navarro Antolín | 9 de octubre de 2016 a las 5:00

Verónica Pérez
EXTENDÍAN los antiguos romanos sus dominios a la velocidad que se expanden las urbanizaciones del Aljarafe en tiempos de eclosión inmobiliaria. Se expandían en tiempos de la República y en tiempos del Imperio. Cada territorio conquistado era dejado en manos de un procónsul, una suerte de gobernador de provincia con mando militar y con facultades de administración civil y de justicia. Los procónsules eran los elegidos, responsables de llevar a cabo el ineludible proceso de romanización que garantizaría la integración de los bárbaros en las costumbres y modos de Roma. Toda integración augura la estabilidad soñada por quien ejerce el poder.

Pocos se acuerdan, pero Susana Díaz se pasó cuatro años de diputada rasa en el Congreso de los Diputados. Cuatro años metida en la bulla de las Cortes, alejada de los focos tras una etapa de cinco años como concejal en el Ayuntamiento de Sevilla donde de 1999 a 2004 gestionó Juventud, Recursos Humanos y, por unos meses, su amado Distrito Triana. Cuatro años fueron demasiado tiempo para pensar, demasiados días para soñar la gestación de su particular imperio. Quienes la castigaron en 2004 al destierro capitalino (Caballos y Monteseirín) no calcularon que lo peor que podían hacer fue concederle tiempo para maquinar, especialidad de la casa civil de todo político que no conoce otro destino profesional que la política. Díaz se procuró esos años su escalada al aparato orgánico del PSOE andaluz. Una chica tan trabajadora, dedicada las 24 horas a los asuntos del PSOE, era un caramelo para cualquier dirigente ávido de tener brazos ejecutores a su servicio. Susana siempre estaba operativa para la causa mientras otros se desconectaban los viernes a mediodía. Se ganó poco a poco la confianza del entonces emergente Viera y de un peso pesado como Griñán al igual que en su día se había ganado la de Caballos. Todos fueron cayendo por diversas causas con los años. Todos menos ella. Se acabó haciendo con la secretaría de Organización del PSOE de Sevilla, después con la Secretaría General, posteriormente con la consejería de Presidencia y finalmente con la Presidencia de la Junta. Hasta se metió con éxito en asuntos del gobierno municipal desde su despacho del PSOE provincial. ¿No recuerdan cómo solucionó aquella huelga de autobuses en plena Feria después de que los conductores la hicieran llorar a las puertas de una caseta?

Todo poder que se extiende necesita de vicarios territoriales. De procónsules que decían los romanos. De gerentes que ejecuten el ideario del que manda, que sepan guardar la viña, que sean eficaces en el respeto a los principios generales. Verónica Pérez (San Juan de Aznalfarache, Sevilla, 1978) es la actual gerente del susanismo en Sevilla. Fue una precoz concejal de Hacienda de su pueblo natal (a. S., antes de Susana). Todo lo que ha sido y es posteriormente se lo debe a su mentora. Verónica es esa amiga fiel que se tira a la piscina sin agua si Susana Díaz se lo pide. Es la fiel compañera de aquella pandilla juvenil integrada por Javier Fernández, hoy consejero de Turismo; Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, en la reserva por ser el último mohicano del pedrismo andaluz; Miguel Ángel Millán, ex gerente de Urbanismo; Rafael Pineda, ex gerente de Lipasam, y la ex edil Encarnación Martínez, y el analista político David Hijón, entre otros muchachos de aquellas Juventudes Socialistas de la primera mitad de los años 90, cuando las noches de Feria eran largas, se profesaba admiración por un profesor llamado Emilio Carrillo y todo eran fotografías de papel de rostros risueños y largas cabelleras.

Verónica era la militante de San Juan de Aznalfarache entre la muchachada capitalina, la chica de menor edad de la pandilla en aquellos encuentros marcados por las pizzas en las noches de sede y por las barbacoas sabatinas en el jardín trasero de la casa de Encarnación Martínez en Valencina de la Concepción. Verónica ya participaba por aquel entonces en las maquinaciones para ganar los congresos de las juventudes del partido.

Un hito clave ocurrió cuando Gómez de Celis y Susana Díaz, los cabecillas del grupo, se retiraron mutuamente los embajadores en 1999 tras la confección de la primera lista municipal encabezada por Monteseirín. Susana, que en la facultad se hartó de perder elecciones a delegada de curso, comenzó una sucesión de victorias hasta hoy. Entró en la candidatura de Monteseirín en puesto de salida. Celis resultó orillado. La pandilla juvenil quedó fracturada. Celis se quedó con Hijón, Millán y Hernández (Los posteriormente conocidos como Celis boys) y Susana con Verónica Pérez, Javier Fernández y, posteriormente, Alberto Moriña. Verónica ejerce desde entonces un perfecto papel secundario. Ningún político con vocación de liderazgo, caso de Susana, ficha a colaboradores que le hagan sombra. La fidelidad de Verónica a Susana es absoluta. Susana, siempre ambiciosa y expansiva, la ha premiado cada vez que ha podido. En el reparto de tierras conquistadas para la causa susanista, Verónica Pérez es la procónsul del PSOE de Sevilla, la que ha recibido las riendas de la joya de la corona del socialismo español. Verónica es la que administra los principios del Movimiento Susanista en la tierra de la gran jefa. Con Verónica está asegurado el susanismo hispalense. A Mario Jiménez, por ejemplo, lo ha mandado a representar al susanismo en los despachos de la actual gestora del partido en Madrid, lo cual es también una forma de evitar que el onubense esté en una futura ejecutiva.

Que Verónica es la escudera fiel de Susana lo sabíamos en Sevilla. Pero desde hace una semana lo sabe toda España desde que La Que Manda en el PSOE le pidió que se sacrificara en la causa contra Pedro Sánchez con todas las cámaras de televisión como testigos. Susana la mandó entrar en la sede como presidenta del Comité Federal. Ella, en una sobreactuación evidente, se presentó a la hora del Ángelus como “máxima autoridad” del partido, no pasó del vestíbulo de la sede de Ferraz y acabó repelida por los seguratas a la hora del telediario. Todo un metisaca trufado con un lenguaje que recordaba a cierto señor con tricornio que una tarde de febrero instó a unos cuantos a esperar a la “autoridad, militar por supuesto”. En el márquetin que tiene secuestrada a la política, Susana había logrado su objetivo: que toda España viera la sede de Ferraz como la aldea de los locos galos. Los peones están para eso: para ser sacrificados mientras la dama queda protegida por las torres.

Aquella hija de cartero que siempre citaba a Franco en sus primeros mítines y que fue madurando su discurso, aquella chica que logró entrar en el Parlamento Andaluz en 2004, la misma que tiene capacidad para administrar información interna del partido y ejecutarla con éxito, se achicharró por sorpresa en un plisplás. Un minuto de gloria a un precio muy elevado. Y lo hizo la mar de a gusto porque su amiga del alma, su protectora, la causa de su alegría, así se lo pidió. Susana quería evidenciar la acritud de un secretario general decadente y debilitado cuya fuerza se reducía a retener las llaves de los despachos. Lo consiguió. Pero pagó el precio de mostrar de qué son capaces los políticos de hoy cuando se trata de mantener el cargo porque, sencillamente -no nos engañemos- no conocen otro medio de vida ni otra forma de vivir.

No se pregunta si la piscina tiene agua, no se cuestiona la profundidad del pozo. Si hay que prestar el testimonio a favor de Susana Díaz en un reportaje almibarado sobre la vida y obra de la trianera, se presta. Si hay que cargar contra los gigantes del comité federal, que en realidad ya son molinos averiados, se carga.

Verónica es muy joven aún, pese a lo cual puede afirmar que hace 16 años que ingresó en su primera ejecutiva del PSOE de Sevilla y que ha sido concejal de pueblo y diputada provincial antes de ser parlamentaria andaluza. Influye en Susana Díaz, pero Susana Díaz es la que manda. Verónica es la gerente del susanismo en la plaza principal de Sevilla. El susanismo es esa corriente que fluye bajo las estancadas aguas del socialismo español. El día que Caballos y Monteseirín orillaron a Madrid a aquella edil de Juventud que quiso montar un botellódromo en la Cartuja, Susana Díaz tuvo cuatro años para diseñar su imperio mientras apretaba el botón para votar en las plúmbeas sesiones del Congreso. Una leona entre leones. Siempre tuvo claro quién administraría la conquista de Sevilla: la procónsul Verónica. La “máxima autoridad” del PSOE que, en realidad, pareció una vendedora de claveles reventones a la que un segurata sin afeitar y falto de sueño frenó en la puerta de la caseta del PSOE.

Yo estudié en los Estados Unidos

Carlos Navarro Antolín | 22 de mayo de 2016 a las 5:00

Antonio Gutiérrez Limones BAJA
ESTUDIAR en los Estados Unidos imprime carácter. Es como ciertos sacramentos de la Iglesia Católica. Unos imprimen carácter y otros no, como se enseña en los manuales de Derecho Canónico. E incluso alguno, como el matrimonio, agria el carácter, según decía con su humor cargado de acidez el profesor Ribelot, todo un sabio a la hora de abordar en su tesis doctoral la mayor operación de enajenación de patrimonio eclesiástico de los últimos cincuenta años en Europa: la venta del Palacio de San Telmo. Ribelot, por cierto, era un firme defensor de las hermandades como asociaciones privadas de la Iglesia Católica, que para eso son erigidas por los cofrades y no por la autoridad eclesiástica por mucho que los juristas del cardenal Amigo endilgaran el carácter público por decreto a todas las hermandades de la diócesis sevillana para garantizarse así mayor poder de cara al futuro.

Hay gente que ha estudiado un año en el extranjero, o tan sólo unos meses, que se pasa la vida recordándotelo a la mínima oportunidad. Están los de la barrila de la primera comunión de su hijo, que te la venden como su segunda boda, dándote los detalles de la barra libre y del menú, y a quienes les importa un pimiento (de serranito) lo del estreno del niño en la eucaristía, como están los que tan dan la vara sin piedad con la mili, la magnífica casa rural de la sierra, el adosado o el mesecito en Irlanda. La de gente en Sevilla que te pega la monserga con el mes de Irlanda de su niño en cuanto te cogen desprevenidos es digna de estudio. Yo creo que hay gente en Sevilla que manda a su hijo a Irlanda el mesecito de verano para poder contarlo en las cenas de los viernes. Te cuentan hasta la transferencia inicial que hicieron en el banco para garantizar la plaza, te someten a la tortura de ver las fotos sonrientes de la familia de acogida y, cómo no, el reportaje de la visita que hicieron a mitad de mes, donde predominan los verdes prados y la estética de acantilados. Está visto que hay mesecitos que dan para toda una vida. Como ocurre con los españoles que estudiaron en los Estados Unidos después de que al Príncipe Felipe lo mandaran a hacer las Américas. Desde entonces se abrió la veda. En España ponemos verde a la monarquía, pero aquí todos se pirran por vivir como reyes.

Antonio Gutiérrez Limones (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1963) es un político socialista tan desenfadado como orgulloso de haberse formado en ultramar. Hay gente que te cuenta que ha almorzado con Limones y su recuerdo del personaje no es su indisimulada pasión por los teléfonos inteligentes y los ipad, ni siquiera por el deporte, que ha practicado en gimnasios de su pueblo. Tampoco su afición a asistir a los partidos de fútbol del equipo local. Lo que de verdad se les queda grabado a muchos es la de veces que este socialista refirió durante la comida que estudió en los Estados Unidos. Limones no te cuenta su hilo directo con Zapatero, como no te contaba el que mantenía con el gran editor José Manuel Lara, sino lo que aprendió en las aulas norteamericanas. Y eso que podía presumir de que Zapatero le pidió hacer footing por Alcalá de Guadaíra en los días que estuvo en Sevilla con motivo del congreso del PSOE en el que el de la cejita alta se despidió de la secretaría general, aquella cita que ganó Rubalcaba y perdió Chacón. Y desde entonces, por cierto, siguen perdidos tanto Zapatero como el PSOE.

Limones ha sido sobre todo y por encima de todo el alcalde de Alcalá de Guadaíra. Un alcalde obsesionado con las obras faraónicas, como la reforma del castillo, la biblioteca, el auditorio, el tranvía… Un alcalde que aprovechó, como todos los alcaldes de España, los años de vacas gordas para hacer sonar los mugidos de los grandes proyectos. Aficionado a telefonear a sus colaboradores a partir de las ocho de la mañana para ponerlos en guardia, cometió el pecado frívolo de encargar la decoración de su despacho a una empresa especializada. Quiso ser secretario general del PSOE de Sevilla, para lo que se enfrentó nada menos que con una militante llamada Susana Díaz. Costó un mundo convencerle para que encabezara una candidatura de alternativa a la trianera, pero finalmente lo hizo después de varios bandazos. Perdió aquel envite de julio de 2012 y pasó a integrar la cuota del derrotado, lo cual a veces sale muy rentable, porque el derrotado debe ser respetado para que el partido pueda presumir de integrar a todos (y a todas). La gran lideresa de la socialdemocracia en el sur de España, que ni estudió en los Estados Unidos ni falta que le hizo, exhibe en los comités federales que ella tiene altura de miras y es generosa con sus rivales, que para eso tiene a Limones sentado en un mullido escaño del Congreso de los Diputados. La verdad es que Limones y su gente jugaron limpio en aquel proceso contra la gran Susana. La ex consejera Evangelina Naranjo lo apoyó con tal intensidad que se decía que era la oposición cítrica a la emergente Díaz por aquello del chiste fácil de la unión de limones y naranjos. Limones quedó literalmente exprimido tras aquellos jornadas en las que vivió peligrosamente. Tras la derrota, este eterno crítico del PSOE se dio de baja de sí mismo. Dejó para siempre de conspirar contra el poder establecido. Renunció a la chispa que había sido siempre marca de su casa. Se rindió y se abonó al silencio. Entendió que todo se había consumado, que ya debía renunciar para siempre a su condición de eterno aspirante a todo, de impenitente crítico con el aparato del partido. Hay un Limones antes y después de aquel congreso provincial. Aquel Limones rebelde con el poder, sobre todo en años de hegemonía de Pepe Caballos, es ya una foto en sepia, es un recuerdo del militante romántico que quiso ser mucho más que alcalde de Alcalá de Guadaíra. Estuvo entre los alcaldes de la provincia de Sevilla (Antonia Hierro, Carmen Tovar, Francisco Toscano, Antonio Gutiérrez Lora, etcétera) que en 2000 apoyaron a Zapatero en lugar de a Bono en aquel congreso federal del tardofelipismo. Pero de poco le sirvió haber apostado al caballo ganador y hacerse aquel día la equivalente a la foto de la tortilla. Al final fue una foto… sin tortilla. El comité federal de perdió la memoria y se olvidó de sus apoyos en el Sur, pese a que Zapatero ganó por sólo nueve votos.

La vida es disfrutar de una cerveza en el bar Jota de Sevilla y de un gintonic en el Bliss de Alcalá. Es vivir cerca de Santa Justa, para tener un pie el territorio aforado de Atocha. La vida es procurar hablar más despacio y vocalizar con precisión para que los interlocutores entiendan el mensaje. Es aguantar la presión de la política local, en la que hay vecinos que no respetan ni la intimidad de los seres más queridos. Y procurar no tener que despedir a nadie, sino invitar a tomar la puerta de salida al asesor al que no quería ver más por los despachos del Ayuntamiento. Uno de sus grandes protegidos ha sido Luis Miguel Rivera, el jefe de protocolo que metió la pata el otro día al solicitar a las mujeres que lucieran falda en el pleno de toma de posesión de la nueva alcaldesa. La vida es sentir el calor de la hermandad del Soberano Poder, que es la de su barrio alcalareño, y el rechazo de los funcionarios cuando quiso recortar sus sueldos o el de los grupos de la oposición cuando no concedió a los portavoces los sueldos que había prometido. La vida es el brillo de un sello de oro en la mano, estética lolaila, de dominguero en Matalascañas con el loro tronando sobre un hombro. La vida es la amistad con Casimiro Gavira, el alcalde Mairena del Alcor que le presentó a José Manuel Lara.

Es cierto que fue el mentor de varias mujeres del PSOE alcalareño, entre ellas la nueva alcaldesa, pero también lo es que no escuchó a esas mismas que le advertían de las irregularidades en la sociedad ACM, por las que Limones está enganchado por la Justicia. El joven que estudió en los Estados Unidos, aquel que luego fue abogado de la UGT asesorando al comité de empresa de la base de Morón, vive pendiente de que los señores de la toga lo reclamen o no a su presencia antes del 26-J, día en que disfrutará de nuevo de su condición de aforado gracias a que el dedo magnánimo de La Que Manda en el PSOE andaluz lo ha incluido en puesto de salida. Limones es un romántico que no supo pasar página a tiempo. Se eternizó como alcalde de Alcalá de Guadaíra. Se eternizó como opositor a Caballos y a todo bicho viviente que controlara el aparato del partido. Y se eternizó contando su periplo estadounidense. Ni Caballos ni Susana han sido realmente sus enemigos, si acaso sus circunstancias. Su problema fue no haber cerrado a tiempo su dilatada etapa como alcalde de una gran ciudad y haberse dedicado a otras faenas, sin dejar por ello de contar sus batallitas norteamericanas mientras en una mano destella el sellito cani que lo devuelve de golpe a la ibérica realidad.

El lepero alcaide

Carlos Navarro Antolín | 25 de octubre de 2015 a las 5:00

Bernardo Bueno
HAY gente que dice hasta aquí he llegado, me voy y no quiero ni recoger medallas ni asistir a cenas de homenaje con derecho a placa y discurso almibarado anunciado con golpecitos de cucharilla en la taza de café. Hay gente que se corta la coleta de la lidia laboral de cada día y aplica el ya estoy yo en mi casa, hundido en el mullido sofá o acariciándome la planta de los pies en la alfombra mientras la grasa del vientre va cogiendo forma de bolsa de caramelos del rey Baltasar. Y hay gente que simplemente cambia de actividad cuando se jubila, se busca habas propias que seguir enterneciendo al fuego de la lumbre cotidiana, o incluso las circunstancias lo premian con un sobrero noble y con embestida que alarga el lucimiento de los días laborables.

Bernardo Bueno (Lepe, Huelva, 1948) estaba recogiendo el material, guardando el marco de la foto familiar en la caja de cartón, cuando Juan Espadas, alcalde de Sevilla, lo llamó para regalarle uno de los escasos títulos nobiliarios de la política local: alcaide del Real Alcázar. O de los Reales Alcázares, como prefiere decir con todo rigor, al ser una suma de palacios de diferentes etapas históricas. Estaba Bueno sellando una trayectoria política con origen en 1977 y cargos públicos hasta en La Rioja, cuando sonó el teléfono otra vez. Y no era Guerra para que lo recogiera al pie de la escalerilla el viernes por la tarde. Y no era Manuel del Valle para encargarle la cultura municipal pisando la raya de picadores de lo políticamente correcto con aquella inolvidable Cita en Sevilla. Y no era Chaves para llevarlo como dócil parlamentario por Sevilla. Ni Griñán para asignarle una delegación provincial, grada de sol alto en el reparto de cargos de la Junta. Era Juan Espadas, representante del susanismo en la Plaza Nueva, el que llamaba para concederle una suerte de ducado con grandeza local en nombre de la reina del socialismo andaluz, en nombre de la La Que Manda Tela. Porque si los jueces imparten justicia en nombre del Rey, todo lo que haga un socialista en Sevilla es hecho (o perpetrado) en nombre de esa fuerza roja, rojísima, que el laicismo de paellador exprés de Ferraz va a terminar convirtiendo en la reserva espiritual del PSOE.

La teoría de los parecidos razonables y evocadores demuestra que existen niños con cara antigua, sacados de fotos de tonalidad sepia con faldones de bautismo de larga encajería, que piden ser expuestos en la vitrina de Luis Crux, en Martín Villa; existen sevillanos de perfil antiguo, de abrigos cruzados en invierno, como sacados del rodaje de Amar en tiempos revueltos, y por supuesto, existen cofrades que parecen criogenizados a lo Walt Disney, conservados en el frío de trajes de los años 70, con una sola abertura en el faldón de la chaqueta y un tono ala de mosca en las hombreras gastadas. Existen curas con cara de Domund como existen curas con cara de concilio. Bernardo Bueno tiene rostro de la Transición, como escapado de la magnífica serie dirigida por Victoria Prego. Este lepero evoca a Suresnes, a los últimos años de los señores procuradores con bigotito y retórica pregoneril. Uno ve a Bernardo Bueno por Doña María Coronel, con esa barba modelo Junta de Andalucía (imparable), con esa chaqueta un punto holgada y con esa camisa estilo Puente y Pellón fashion, y antes que saludarle dan ganas de decirle: “¡Hay que ser socialistas antes que marxistas!”

Bueno ha sido guerrista. Le ha ido bien con Chaves y Griñán. Y cuando a la playa del socialismo llegaba esa ola roja de espuma blanca y rumor de caracolas, el tito Bueno, como le dicen con todo cariño muchos socialistas, trincó el premio extraordinaro de jubilación con derecho a Patio de la Montería. Alguna mala lengua dice que Bueno es el mejor producto de la industria del corcho del socialismo sevillano, la veleta que indica hacia dónde va a soplar el viento cuando el guerrismo busca las tablas, el oráculo que predice la patada hacia arriba del chavismo aquel Domingo de Ramos de tambores destemplados, el mejor oído del cascabeleo de las mulillas que van a arrastrar el griñanismo sobre el albero manchado de los ERE y, por supuesto, el druida que intuye la formación de ese huracán Susana que arranca de cuajo cualquier posible rival en las filas del PSOE, andaluz por supuesto. A la hora de la verdad, lo cierto es que todos los dirigentes del socialismo sevillano han contado con su participación, tal vez porque no sólo no resta nunca, sino suma. Quizás porque la ciudad siempre le deberá el haber innovado en política cultural con aquella Cita en Sevilla que trajo a la ciudad mucho más que unos conciertos en el Prado o en el solar del Maestranza. Sevilla tuvo su propia movida cultural gracias a este político austero que supo gestionar con imaginación un programa cultural de máxima innovación cuando las administraciones locales eran aún un mecano por montar. Este amante de la Feria, con caseta propia en la umbría Gitanillo de Triana 125, se trajo a Sevilla voces extranjeras como B.B. King, Miles Davis, Nina Hagen, The Kings, Georges Moustaki, Ian Dury, James Brown, Leonard Cohen, Frank Zappa… Un concejal joven llamado Javier Arenas, por cierto, ya arqueaba la ceja al arremeter contra las cuentas del festival en los plenos, pero pedía entradas para los conciertos en privado.

El tito Bernardo tenía rasgos en común con el alcalde Manuel del Valle: cierto sentido del humor inglés (“Vamos a ser malos, Bernardo…”, como entradilla a algún chascarrillo), cierto refinamiento, ausencia absoluta de guasa o una de sus derivadas, que es la ojana; y un trato exquisito con los grupos de la oposición. Monteseirín receló de algunos de los movimientos de Bueno en la Delegación Provincial de Cultura, cuando ponía algunas piedrecillas en el camino de las Setas, del tranvía o la recalificación de la sede provincial del PSOE. Bueno era visto desde la Plaza Nueva como el fuego amigo, como el mascarón de proa del susanismo emergente, dispuesto a soltar marrones para recrearse después en el yoyaísmo que aseguran que es marca de la casa de Bueno: “Yo ya te lo advertí, yo ya te lo dije, yo ya te lo avisé”.

La vida es pasión por el teatro. Es una clase de alumnos del Instituto Macarena que aplauden al profesor Bueno la mañana siguiente a su elección como parlamentario andaluz. Un profesor, por cierto, que no concebía cómo a un discípulo se le puede indigestar una ecuación. La vida es tomar la palabra en el almuerzo de despedida como concejal y pedir públicamente disculpas a un asesor, del que había dudado injustamente al inicio del mandato por atender a comentarios intoxicadores. La vida es viajar en el Damas para dar clases en el edificio del Seminario de Pilas, es ser miembro destacado de la apócrifa congregación de peatones del centro de Sevilla, es hacer las veces de embajador de su tierra y obsequiar a los amigos con cajitas de fresa. La vida es dar por terminada la trayectoria pública y apuntarse a una academia de inglés sin imaginar que el premio gordo del Alcázar aún estaba en el bombo. Es una declaración de bienes de los cargos públicos en la que este lepero, fiel a la playa de la Antilla, es de los que más capacidad de ahorro demuestran. La vida es una sonrisa, sincera y afable para muchos, suavona para otros, que cada cual cuenta su Feria.

Aficionado a los dulces tanto como a los conciertos del Maestranza, sobre todo si la entrada a la función es de válvula. En el PSOE sevillano es respetado. Y podría decirse que muy querido, cosa rara en la política, más aún en la actual de cuchillo en boca y ventilador listo para el lanzamiento de heces sobre el prójimo. Dicen que llegó a la política por pura ideología, no por hacer carrera, ni por razones terapéuticas. Jamás se metió con las cofradías para pasar por moderno. Ni tuvo que excluir ningún sector para que la ciudad avanzara por nuevas sendas. Muchos sevillanos oyeron en directo el Hay cuatro rosas para ti de Gabinete Caligari en el Prado de San Sebastián. O cumplieron el sueño de estar con Miguel Ríos. El lepero feriante tal vez soñaba con perderse en paseos hacia El Terrón cuando se encontró sentado en un despacho del Alcázar, el sobrero noble que permite una faena con adornos a un socialista moderado del que nadie podrá decir que no le coge el teléfono sin necesidad de secretarias, gabinetes, ni otros filtros.

El buen vasallo

Carlos Navarro Antolín | 1 de marzo de 2015 a las 5:00

Carlos Bourrellier
EN Sevilla hay gafes, gente ceniza que trae la desgracia con su sola presencia, como hay gente con la cara estreñida desde que los padres eran novios, que hasta existe una clasificación de los señores y señoras con el rostro todo el día oliendo a letrina. También hay gente con suerte, que son la versión hispalense del lotero de La Bruja de Sort, gente a la que habría que pasarle el décimo por la espalda, al igual que se pasan por las vestimentas de santos, gente a la que habría que parar por la Avenida, entre velador y velador, y entregarle papelitos con los deseos escritos para que los lleven en el bolsillo de la americana de Vilima.
Carlos Bourrellier (Sevilla, 1951) es el presidente del Consejo de Cofradías que nos ha obligado a todos los periodistas a agregar su apellido al corrector ortográfico y que resulta un ejemplo sólido de cómo lo interino muta en permanente en esta ciudad. Bourrellier, un hombre con suerte, llegó a la presidencia como Susana Díaz. Se fue Adolfo Arenas y se puso él. Se fue Griñán y se puso ella. Ninguno de los dos goza por ahora de la legitimidad directa de las urnas. Bourrellier, un tipo sin enemigos, el vecino idóneo para echar una charla sobre el clima en el ascensor, estaba allí cuando se produjo el hueco. Él lo tapó como el albañil de urgencia que sella una gotera, y ahí sigue para escozor de los cobardones que largan por detrás pero que no se atreven a salir del burladero y discutirle el puesto.

Fue hermano mayor de una cofradía, la franciscana del Buen Fin, un período en el que vivió una coronación canónica y la salida de su Cristo en el vía crucis de las cofradías. Y ha sido Rey Melchor de la Cabalgata. ¿Se puede ser más en el cursus honorum hispalense? Lo tiene todo para generar la envidia de esos señores (y señoras)estreñidos. Es el compañero del colegio tocado con la gracia de la potra.

Nacido en la calle Azafrán, desciende de maestros tintoreros: bisnieto, nieto e hijo de emprendedores en el sector. Se formó en el Colegio Alfonso X El Sabio y en las aulas del Santo Tomás de Aquino, donde dicen que iban los regulares, pero no precisamente los de Ceuta. Poca gente sabe que fue un pelotero de cierto nivel en sus años mozos, aunque hoy ya no practica ni fútbol ni ningún deporte, tan sólo el palquing, cuando salta de palco en palco del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección, asegurando siempre la pax romana al emperador en caso de revueltas en las tropas cofradieras. Ha ejercido de mercader de éxito en su vida profesional sin sufrir la expulsión de ningún templo, sino todo lo contrario. Sin estar doctorado en Derecho Canónico y sin haber peloteado previamente al alto clero calentando el asiento en cursos vespertinos de formación, su gran mérito es ser el niño bonito de la actual autoridad eclesiástica, el ejemplo de hombre de Iglesia, el modelo preclaro de superávit de eclesialidad. Bourrellier no se cansa de decir “pastor” como el ministro Piqué no se cansaba de inclinar el espinazo ante Bush. Y eso a los curas les encanta. Sabe tratar a los ministros de Dios como nadie, desde aquellos maravillosos veranos en que los invitaba a comer en El Paraíso, en El Portil. El Paraíso vive hoy un auténtico infierno, precintado por las deudas, mientras la oveja más destacada del rebaño cofradiero de la archidiócesis bala con fuerza y alegría. Dimitió el presidente y él estaba allí. Se quiso ir, pero, ay, el arzobispo le pidió que se quedara y él se quedó haciendo bueno el lema de los cofrades con cargos sacrificados:Nolebat, sed petiverunt. Yo no quería, pero me lo pidieron… Bourrellier es la solución provisional, interina, recurrente; la fórmula perfecta para salir del paso que tantas veces se busca en Sevilla. Por eso erigirse en provisional es abonarse al triunfo en esta ciudad. Todo lo provisional tiene vocación de perpetuidad. Ytodo lo oficialmente permanente puede durar menos que un cardenal presentando la renuncia a los 75 años. Ojú, qué poco duró…

No se le conocen más aficiones cultivadas que las cofradías y el buen yantar, que no es mala combinación. El recorrido –corto recorrido– de la sede del Consejo al Palacio Arzobispal no sirve para reducir el colesterol de las manitas de cerdo y otras exquisitas viandas caracterizadas por la pringue, por muchos saltos que haya que dar para sortear las cacas de los caballos que perfuman tan cotizada senda, cuyo aroma forma parte del patrimonio inmaterial de Sevilla, anda que no.

La mejor virtud de Bourrellier es quizás su ausencia de complejos. Habla con devoción del arzobispo, que parece su particular primo de Zumosol. Y el arzobispo le premia con susurros al oído, con la mano apretándole con afecto el antebrazo, con mensajes de voz meliflua y muestras de admiración pública. Ahí ha surgido una UTE de las buenas, de las que duran porque ambos se sostienen, ambos se ayudan y a ambos les viene de dulce llevarse bonito. Distinto será si esta UTE hace alguna gran obra. El tiempo, supremo juez contra el que no cabe recurso, lo dirá.

Bourrellier es genial cuando hace declaraciones a los medios o emplea el lenguaje coloquial en algunas reuniones a puerta cerrada. Tiene la espontaneidad y la frescura de quien no está contaminado por asesores a sueldo. Le meten la alcachofa tras la homilía del señor arzobispo en la Plaza de España ante el paso de la Virgen de la Esperanza y suelta una de las mejores perlas que se han soltado en la historia de la diócesis: “El arzobispo ha estado muy bien, pero que muy bien. ¡Ha hablado a calzón quitado!”. Nada de sotana, sino directamente calzón… Qué cosas dice este Bourrellier. Otro día habló de los “pistoleros” del Consejo en referencia a los consejeros que él cree que le hacen la pajarraca. Y otro más de la necesidad de dar un “puñetazo” en la mesa para arreglar los problemas, ¡oh problemas!, de los horarios de la Madrugada, donde sólo cabe decir sobre el cofraderío lo que aquel cubano trincón de fama fácil: “La noche me confunde”.

La suerte del alto clero que hoy puebla los despachos del Palacio Arzobispal es que Bourrellier habla con el corazón, está orgulloso de cumplir con el sacrificio que le pidió su dilecto pastor en aquellos minutos de zozobra, una encomienda que lo convierte en legionario de la diócesis, con el pecho al descubierto y el valor por bandera, con el arcabuz dispuesto siempre a defender a su mentor. La verdad es que a un mundillo cargado de pestiños, con tanto cuello duro de camisa y tantos demonios removiendo la cola en tardes de ocio, este presidente del Consejo trae una bocanada de aire fresco en no pocos momentos, por lo sencillo y natural que resulta, por lo poco artificial, por lo exento de eso que ahora llaman postureo. Habla como es, como un vecino simpático de la Alfalfa, de riguroso traje oscuro y bigote perfectamente cortado, amigo de la concordia y de la buena ensaladilla, cuyos problemas quizás son querer quedar bien con todo el mundo, y que está dispuesto a pedir perdón si sus palabras han podido ofender. Pídanle unas entradas para el pregón que hará lo imposible por conseguirlas. Pero después le mandan como agradecimiento un táper de arroz con perdiz, que le gusta más que la Amargura por Cuna a uno que yo me sé. O lo invitan a una cerveza en El Tremendo, del que su señor padre era un cliente distinguido.

Pásenle el décimo de lotería por la espalda. Este hombre tiene estrella, además de sentido del humor, que es el lubricante de la vida cotidiana. Hay veces que uno ve a Bourrellier con esa fidelidad en grado supino al pastor, con esa conducta que es modelo preclaro de eclesialidad, con su asistencia a funerales hasta en el tórrido agosto, con esa disponibilidad absoluta a subir la escalera palaciega de Leonardo de Figueroa cada vez que es llamado por el secretario de Su Excelencia, con esas doce horas al día que le dedica a la presidencia, y tiene que recordar aquellos versos del Cantar de Mio Cid que se estudiaban en el extinto COU: “Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor”.

El máster en habilidad

Carlos Navarro Antolín | 14 de febrero de 2015 a las 5:00

ANTONIO PULIDO
El cura Chamizo cria la fama de ejercer la pastoral de El Cairo y se echa a dormir en los veladores de su terraza. Y otros cardan la lana dejando que el cura parezca el único cliente de ese bar que dicen que a la hora de pagar es cairo, pero muy cairo. En esa terraza se deja ver muchísima gente: aficionados a los toros, turistas cocidos con piel de salmonetes, madrileños con ínfulas, constructores con palillo en la comisura de los labios, señoronas de copa de vino blanco Marqués de Villalúa y señorones con puro que dejan caer sobre la incipiente barriga un reguero de ceniza. Y entre esos personajes se avista con frecuencia un pájaro que vuelta alto y al que media Sevilla dispara perdigonazos porque no perdona sus éxitos, mientras la otra media lo disculpa con la condescendencia del que se siente superior al enjuiciar a la gente de pueblo. Como dice un veterano notario, nunca se debe infravalorar a la gente de pueblo, porque el de la boina y el bastón suele estar más puesto en temas de legislación, sobre todo si es sucesoria, que mucho cateto de la capital, porque aunque no se sepa los artículos del Código Civil, tiene un sentido de la intuición que le lleva a la solución lógica.

Antonio Pulido (Castro del Río, 1965) fuma puros en la terraza de El Cairo como un rico faraón que todo se lo debe al PSOE y a su innegable habilidad para estar en el sitio adecuado y en el momento preciso. Paracaidista cordobés en la sociedad sevillana, sería el perfecto titular de la Cátedra de la Habilidad para impartir los cursos del I+D del culebreo. Pulido sabe moverse, nadie puede dudarlo. Es presumido, le gusta interrumpir una reunión o una conversación encendiendo la luz del escaparate de sus relaciones con el poder:“Perdonad, pero me llama la presidenta”. En eso se parece a Javier Arenas, cuando en cualquier reunión refiere que hace pocos minutos ha estado hablando con Rajoy, o hace dos días con Soraya Saénz de Santamaría. Si usted ha hablado con Pulido en los últimos dos años y no le ha comentado la de veces que Susana Díaz le consulta los temas, es que usted no es absolutamente nadie para Pulido, hágaselo mirar en el médico del seguro. A Pulido le pirran los puros y ronear de ser el introductor de la presidenta en esa sociedad sevillana en la que ni él mismo se mueve con toda la destreza que le gustaría. ¿Se han fijado alguna vez en que cuando Pulido llega a un acto es como esos conductores de coches de lujo que no saben dónde aparcar y que acaban siendo el foco de atención de todas las miradas por la de ruido que hace con los pisotones al acelerador?

Pulido tiene arte. Los responsables de La Caixa le endilgan el marrón de alquilar las oficinas de la Torre Pelli y él lo cuenta como un éxito más en su carrera. Dice que lo han nombrado nada menos que presidente de la sociedad que gestionará los alquileres de un rascacielos en la ciudad de los mil y un locales vacíos.
–Vamos, que lo han puesto de API…
–Eso mismo.

El gran mérito de Pulido es haber hecho piña juvenil con un secretario de las Juventudes Socialistas de Andalucía llamado Rafael Velasco; una secretaria de organización de las Juventudes Socialistas de Sevilla que atendía por Susana Díaz y un subdirector del Instituto Andaluz de la Juventud de nombre Mario y de apellido Jiménez. Aquella terna (Córdoba, Huelva y Sevilla) maquinó el asalto al poder del PSOE andaluz. El mismo Pulido lo ha contado alguna vez en una tertulia. Sólo faltaba la figura del financiero, por así decirlo. Y ahí estaba Pulido, que primero fue asesor del consejero Antonio Pascual y después director general de Inturjoven.

Un cúmulo de circunstancias, entre las que no se puede olvidar el factor de la suerte, llevó a Pulido hasta la presidencia de una caja de ahorros. A río revuelto, ganancia de Pulido. Desde la carroza de Cajasol fue dadivoso. Le encantaba que le pidieran favores, porque los favores generan hipotecas con intereses que fluctúan en función de los tipos. Y Pulido es un tipo de interés. Ver a Pulido en el coche oficial de todopoderoso presidente de una caja de ahorros era toda una experiencia. A veces mandaba parar el coche para saludar a alguien, sobre todo si se trataba de un catedrático de Economía como José María O´Kean.

Primero puso velas en el altar de Luis Pizarro. Después en el de José Antonio Viera. Y hoy las pone en el de Susana Díaz. Militante de la agrupación del PSOE en Nervión-San Pablo, cuentan que una vez lo saludaron a la voz de “compañero Pulido”, a lo que espetó:“Compañero no, presidente”. Y, claro, ésas son de las que se guardan. Como las guarda el que le pidió trabajo y fue tratado con desdén. La gente –suele ocurrir– tiene paciencia de escribano al ir rellenando las notas marginales del registro de la memoria.
Pulido tiene también afición por el alto clero. A su casa del centro de Sevilla invitó a almorzar a la presidenta con el arzobispo hispalense, en aquellos primeros días de Susana Díaz en el principal despacho de San Telmo. Tanto se alargó aquel mediodía que hubo que encender las lámparas. Yuna persona que telefoneaba no daba crédito: “¿Pero todavía estáis ahí?”

Pulido es rico. Eso dicen en el PSOE. También dicen que es débil con los fuertes (los de La Caixa) y fuerte con los débiles (el Bazar Victoria). También dicen en el PSOE que ahora está en horas bajas, pero no le dan la consideración del pato cojo, que es como los norteamericanos llaman al presidente que ya está en la puerta de salida de la Casa Blanca para dejar de censurar sus decisiones. A Pulido no le conceden esa misericordia porque tiene vitola de rico, procede de un pueblo y pertenece a un partido obrero. Tal vez no se ha hecho perdonar suficientemente los éxitos en la ciudad de la envidia, quizás no puso a tiempo el silenciador en algunas de sus actuaciones.

Hizo la Torre Pelli, vista por sus críticos como su mausoleo como financiero. Yen el pecado lleva la penitencia de buscar no sólo inquilinos para ella, sino inquilinos que sean fiables. Pulido podría escribir un libro gordo con la de peticiones de ayuda y de favores que ha recibido en ese despacho de presidente de caja de ahorros con más humo (de puro) que la delantera de un paso de palio. Ha disfrutado de barrera de postín en la plaza de toros y ha apoyado los brazos en el burladero de la empresa del callejón. Cuanto más cerca del presidente de Unicaja, Braulio Medel, mucho más contento, ¿verdad, Antonio?

La Fundación Cajasol no tiene la fuerza de una caja de ahorros. Es una carroza más pequeña y con muchos menos caramelos para repartir. Pero al menos sirve para estar incluido en el mailing de los actos sociales, es la plataforma para seguir codeándose con políticos, profesionales liberales y arzobispos. Si la torre es el mausoleo, la Fundación Cajasol es la FAES de Pulido, hecha a su medida como una de sus camisas blancas, como uno de sus trajes concebidos para disimular los kilos de más que a todos nos incomodan.

Nadie podrá negarle su habilidad. Es un superviviente nato al que a veces se le percibe desbordado en ciertas alturas. Tiene la costumbre de elevarse las gafas por encima de la frente para ver mejor de cerca mientras toma alguna nota, una práctica que el gobierno de Zoido quiere prohibir a los policías locales en el proyecto de reglamento que se negocia con los sindicatos por considerarla poco decorosa para los agentes de la autoridad. Pero Pulido puede seguir subiéndose las gafas. Él no es policía local.

Muchos de quienes lo azotan quisieran haber estado en aquella piña juvenil de jóvenes socialistas y quisieran haber tenido la oportunidad de presidir una caja de ahorros. Sevilla no perdona los éxitos y guarda las muestras de desdén en los altillos de la memoria para sacarlas en el momento preciso, cuando el pato cojea o el pavo real pierde brillo en la cola. Un día lo veremos investido como doctor honoris causa por cualquier universidad que haya tenido la valentía, por fin, de impartir el Máster en Habilidad como enseñanza de posgrado. Porque Pulido tiene mucho que enseñar. Y que agradecerle a Sevilla, esa ciudad que te da ventaja para que te creas alguien y el día menos pensado pulsa el f5 y apareces en la papelera de reciclaje.

La ocupación de los nichos

Carlos Navarro Antolín | 14 de diciembre de 2014 a las 5:00

Sastrería 14 dic
EN aquella Facultad de Derecho de los años posteriores a la Exposición Universal era usual verla por aulas y pasillos. Por la antigua Fábrica de Tabacos, o su sucursal de las caracolas del Lope de Vega, también se veía a alumnos como Beltrán Pérez, hoy teniente de alcalde en el Ayuntamiento; Miguel Ángel Millán, ex gerente de Urbanismo, y Pedro Molina de los Santos y David Antequera, actuales directores de los distritos Norte y Los Remedios, respectivamente. De las aulas habían desaparecido los crucifijos con las réplicas de la Buena Muerte, preciosidades de Juan Miguel Sánchez, Francisco Maireles, Ricardo Comas y hasta de Alfonso Grosso. Muchos acabaron en despachos de catedráticos y, por supuesto, en bastantes casas particulares. Durante años sólo quedó el crucifijo del Aula Magna. Por aquella Facultad andaba Susana Díaz (Sevilla, 1974), que ya por aquel entonces tenía afición por coger el micrófono y dirigirse a sus compañeros. Cuando un festivo caía en martes, ella era una de las que se encargaban de poner de acuerdo a todos los compañeros para no acudir el lunes y hacer puente. Pero, ojo, porque había un catedrático de Derecho Civil, el jesuita Antonio Gordillo Cañas, duro y exigente como sólo lo son los grandes maestros que verdaderamente dejan huella en sus discípulos, que no transigía con las componendas de los alumnos. Si la jornada era lectiva, había que dar clase. Si no había alumnos, la lección se daba por impartida y pasaba a ser materia de examen. Se dio el caso de un reducido grupo de alumnas que acudieron a la clase de don Antonio, rompiendo el llamamiento a secundar el puente apócrifo. Enterada de la existencia de esquiroles, la alumna Díaz se enojó, tomó el micro y espetó: “¡Habemos aquí más de cien que quedamos en no venir y ha habido un grupito que ha venido!”.

Aquellos primeros años en Derecho se veía ya la forja del animal político que es hoy. Poco tardó en darse de alta en las Juventudes Socialistas con un aval de dos firmas, una de ellas la de Rafael Pineda, ex concejal y ex gerente de Lipasam. Aquellos maravillosos años participaba en las barbacoas de fin de semana en casa de Encarnación Martínez, en Valencina de la Concepción, en la pandilla que lideraba Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. Encarni, Verónica Pérez y ella eran de las escasas mujeres activas en las Juventudes Socialistas. La armonía era total, años de camaradería y dolce vita. El reparto de tareas estaba definido. Susana y David Hijón se centraban en las Juventudes en Sevilla. Miguel Ángel Millán, en las Juventudes de Madrid. Celis, consagrado a la Agrupación de Nervión-San Pablo y Rafa Pineda a la Agrupación de Triana. Los chicos de Celis vivían felices y comían perdices a la brasa hasta que se rompió la barbacoa de tanto usarla. La lista electoral al Ayuntamiento de 1999 dinamitó las sinergias. El entonces factótum del PSOE sevillano, José Caballos, eligió a Susana Díaz para un puesto de salida y orilló al que siempre se refiere como “Alfonsito”. Díaz fue concejal de Triana, una de sus grandes ilusiones, y del área de Juventud, donde fue la primera en hablar de un posible botellódromo. Es notorio que con el alcalde Monteseirín jamás se entendió. En los albores del segundo mandato, Caballos la sacó del Ayuntamiento castigándola en el puesto octavo de la lista al Congreso de los Diputados. El castigo se tornó en premio, porque el PP se hundió tras el atentado del 11-M y los socialistas sevillanos, que aspiraban sólo a siete escaños en el mejor de los casos, lograron nada menos que ocho. Ya estaba Díaz moviéndose por la Carrera de San Jerónimo sin perder el contacto ni con Sevilla ni con sus principales amigos y partidarios: Alberto Moriña, que la había apremiado siempre a terminar los estudios de Derecho; Javier Fernández y Verónica Pérez.

Un político gris como José Antonio Viera se hizo con la secretaría general del PSOE sevillano. Contó con ella como secretaria de Organización. Díaz acabó haciéndose con todo el partido, como siempre ocurre, porque siempre está dispuesta a ocupar los nichos vacíos, ya sea de jefa en la capital o de turronera por los pueblos los fines de semana cuando los demás están clavando alcayatas o con el chándal. Esa capacidad de estar literalmente consagrada a la actividad política se traduce en poder. Mientras Viera andaba de cacerías con los empresarios y Caballos comenzaba el declive, Díaz se estaba haciendo con el control del poderoso PSOE sevillano. “Tú no te preocupes que yo me encargo de todo”. El embrión de las barbacoas de Encarni estaba evolucionando hacia un verdadero modelo de éxito en la política actual, donde el control orgánico prevalece en el currículum sobre cualquier brillo en la gestión institucional. El dominio que ejerce sobre cualquier parcela de poder recién conquistada es absoluto. Los espacios se susanizan como los territorios se romanizaban. Abarca todo, acapara todo y lo sacrifica todo por la política. Y sus enemigos, que la califican de maniobrera y conspiradora, de dura e inflexible, reconocen que entiende la política como un sacerdocio y que jamás la pillarán metiendo la mano en la caja.

Guarda las distancias con los periodistas hasta en el horario de máxima animación de la Feria de Abril. Las orejas siempre altas. Si tiene que llamar a un colaborador en Nochebuena para un asunto de trabajo, lo hace sin mayores cautelas. Ytambién es verdad que si a ella la llaman en plena celebración del cumpleaños de una de sus hermanas, responde con celeridad.

Su perfil menos conocido es el de una persona muy sentimental. Se derrumba con cierta facilidad cuando entiende que ha sido herida. Una Feria de Abril, vestida de flamenca, acabó con las lágrimas saltadas ante las protestas airadas de los conductores de Tussam. Los citó en la sede del PSOE, fue a casa a cambiarse de ropa, se reunió con los enlaces sindicales y la huelga quedó desconvocada. Ella, que no era concejal, arregló el problema desde su cargo orgánico, lo cual levantó ampollas entre sus adorables compañeros de partido en la Plaza Nueva.

Ha ocupado tantos nichos que, con ayuda de las circunstancias, ha ido recortando el espacio de quienes estaban directa o indirectamente por encima de ella en el organigrama. La lista de caídos, las cuentas del rosario, es extensa. Monteseirín, Caballos, Viera, Chaves, Griñán… Tiene al Todo Madrid y al Todo Barcelona echado a sus brazos con la inestimable aportación de una ejecutiva federal a la deriva. Siempre que alguien le ha dado poder, ella lo ha ejercido y ampliado hasta el punto de acabar teniendo más competencias que su poderdante, hasta el punto de que el poderdante, por una causa o por otra, ha terminado menoscabado o directamente fuera del mapa.
Aquella chica de Presidencia, que dijo el Cura Chamizo, es de facto el principal estandarte del PSOE en España. Se entiende con reyes y arzobispos, y con financieros y cofrades. Dicen que la garra que tuvo de joven para sacarse sus primeras perras dando clases particulares, la ha aumentado y enriquecido. Aquella cabecilla del grupo que en las noches de fin de semana, a la intemperie y junto al Monumento a la Tolerancia, quería afiliar a todos los presentes a las Juventudes Socialistas, es hoy la que embelesa a esa sociedad civil de los desayunos profesionales en suntuosos hoteles de la capital donde siempre se quedan los zumos a la mitad y los platos de pastas vuelven completos a las cocinas.

El viento de la política actual favorece a quien más tiempo dedica a la causa y más rápido aprende. Los que se van de cacería son camarones en la corriente. Ydejan espacios que otros ocupan. Haber, haber… Habemos muy pocos. Yen el PSOE sólo hay una.

El renglón torcido de Dios

Carlos Navarro Antolín | 9 de noviembre de 2014 a las 5:00

JOSÉ CHAMIZO
EL teléfono sonó en agosto de 2007. El periódico preguntaba a varias personalidades de la ciudad por el impacto de las recién estrenadas catenarias del tranvía en la procesión de la Virgen de los Reyes. El Defensor del Pueblo Andaluz aceptó participar en la encuesta y se mostró esperanzado en que el paso del tiempo fuera reduciendo la contaminación visual de aquella infraestructura que acababa de irrumpir en parte del paisaje urbano más tradicional de la ciudad. Antes de terminar la conversación, en un formato ya off the record, espetó al periodista:
–Oye, niño, sabéis que yo os atiendo con mucho gusto siempre, pero eso de llamarme para preguntarme por las catenarias… ¡Que tengo a la gente llegando en patera por el Estrecho!
José Chamizo de la Rubia (Los Barrios, Cádiz, 1949) nació el mismo día que Soledad Becerril pero algunos años después. Tan cierto es que trabaja a destajo (“Ojú, hijo qué pechá”) como que se mueve siempre en los dominios que forman su particular Triángulo de las Bermudas: los restaurantes El Cairo y el Copo y el italiano Portarrosa, éste último muy frecuentado por la clase política andaluza. Tanto se deja ver en la terraza de El Cairo que es el otro Faraón de Sevilla. Aunque, siempre, es un cliente moderado en la mesa.
Mucha gente cree que no, pero Chamizo sigue siendo cura. Aunque sea un cura que no vista de cura, aunque la Sevilla más conservadora ponga la cara estreñida cuando lo ve en vaqueros, luciendo pañuelos y sentado en un velador. Tras unos años de inquieto estudiante en el Seminario de San Telmo en los años de la Transición, fue ordenado en 1978 por el obispo Dorado Soto. La cuestión sobre su condición de clérigo está incluida en las eternas preguntas de la ciudad. ¿Por qué está sentada la Virgen de los Reyes? ¿Por qué hay una curva justo en el tramo soterrado de la calle Arjona? ¿Por qué siempre llueve los Viernes Santos? ¿Sigue siendo sacerdote el cura Chamizo o se dio de baja? Pues lo sigue siendo, aunque la publicación de una foto suya celebrando la eucaristía en una parroquia de la Pañoleta le hizo ser más discreto a la hora de revestirse. No le gusta que lo saquen de cura en los papeles. No es un cura de couché. Ni por supuesto de cuello duro de clergyman. Su estilo como presbítero es más del cardenal Amigo y del difunto Diamantino que del actual arzobispo de Sevilla, monseñor Asenjo. Nunca lo ha ocultado. Los temas sociales son su pasión. Su obsesión. En las reuniones con los defensores del pueblo de toda España, no soportaba los enfoques jurídicos de la mayoría de sus colegas. Su vida está dedicada, casi consagrada, a la vertiente social de todos los temas de actualidad.
Hace tiempo que dejó de ser párroco, aunque sus maneras como tal siempre se notaron en la sede del Defensor del Pueblo Andaluz. A Chamizo le encantaba controlarlo todo, no delegar en nadie y le enervaba que los funcionarios fueran a tomar café todos juntos, dejando despobladas las mesas de trabajo. Chillidos ha habido. Cuando retornaba aquel al que había citado sin éxito, se asomaba a la barandilla interior para saludarlo públicamente:
–¡Vamos, que llevas media hora tomando café!
Es cierto que no se ha casado con nadie. Ni le ha importado enfrentarse a los que manejaban grandes presupuestos públicos con sonadas broncas telefónicas, como la que tuvo con la entonces todopoderosa consejera de Hacienda, Magdalena Álvarez. A Chamizo hay que reconocerle que elevó el prestigio, la notoriedad y la utilidad pública de la institución, que no han sido pocos los fines de semana que se ha pasado trabajando a solas en su despacho, incluso devolviendo las llamadas de particulares que dejaban razón en el contestador telefónico, y que ha recibido a todos los que se lo han pedido.
Quienes han trabajado muy de cerca con este cura, que parece un sayón de paso de misterio de cofradía de vísperas, trazan el perfil de un ciudadano maniático, inflexible en muchos momentos, puntilloso, quisquilloso, ególatra e hipocondríaco. Cuentan que es tan cesarista como Pablo Iglesias. En la presentación de su primer informe ante el Parlamento, no dudó en llamar la atención de los diputados parlanchines y desconsiderados que no guardaban una concentración absoluta en su discurso.
El aire informal que se gasta no excluye ni mucho menos una notoria afición por las marcas. A Chamizo le encantan los trajes de Armani y de Hugo Boss. Los zapatos son su gran pasión, tanto como escaparse en verano a las playas del Algarve o viajar periódicamente a Italia, más a Florencia que Roma, donde se pirra por adquirir nuevos modelos de calzado. Chamizo no luce botines, sino zapatos abotinados, que no es lo mismo. Si le piden la hora, se la dará con un reloj de marca.
Es un cura que pone las velas a Dios y no olvida la ofrenda debida al diablo, capaz de dar leña al PP cuando habita en la Moncloa y de arremeter contra el PSOE en la dilatada hegemonía de la Junta. No se doblega. Todo el mundo sabe que está escorado a la izquierda, muy a la izquierda, pero como buen cura en puestos de responsabilidad pública sabe poner el intermitente a la derecha al mismo tiempo que no deja de pegar el volantazo a esa izquierda soñada. Tiene amistades en el PSOE y en el PP, como también tiene enemigos en el PSOE y en el PP. Con el actual líder de IU, Antonio Maíllo, conserva una amistad personal.
Por mucho que sea cura, muchos dudan de que haya perdonado a Susana Díaz y al PP andaluz cuando hace un par de años pactaron su salida exprés de la Defensoría. Chamizo se encolerizó cuando culpó de su marcha a la hoy presidenta andaluza, “esa chica de Presidencia”, y a uno de los adjuntos del PP en la Oficina del Defensor, al que tildó de “paranoico” sin decir su nombre y del que ya había pedido por escrito su destitución a Javier Arenas. Todos apuntaron a Francisco Gutiérrez, hoy miembro del Consejo Consultivo de Andalucía. La verdad es que en aquella operación de derribo del cura Chamizo fueron conniventes necesarios su antiguo amigo Diego Valderas y el PP regional liderado entonces por un Zoido que dejó hacer al gobierno andaluz sin poner mayores pegas, tal vez sin valorar que se podía estar dando pie a un nuevo personaje electoral en las próximas municipales dentro de la candidatura de Ganemos.
Este renglón torcido de Dios, al que jamás se ha visto con sotana y que se formó en el Vaticano en los tiempos de las Brigadas Rojas, del secuestro y asesinato de Aldo Moro, se ha hecho ya más de Sevilla que del Campo de Gibraltar con el paso de los años. Tiene coche, pero no le gusta nada conducir. Una vez le aconsejaron saludar con cordialidad a ciertos periodistas críticos con su persona, recomendación que cumple a rajatabla.
En una de sus últimas intervenciones en el Parlamento en 2012, Chamizo volvió a reñir a sus señorías, pero esta vez no por parlanchines, sino para afearles la conducta alejada de los problemas reales de la calle:“La gente está muy cabreada con ustedes, no sé si lo saben. Están muy enfadados porque los ven todo el día en la peleíta. La gente está hasta el gorro de todos ustedes. No sé si puedo decirlo con todo el cariño del mundo. Por favor, por favor. Un ejercicio de buena voluntad y avanzad para resolver los problemas del personal”.
Hoy hay quien ve en aquella intervención a un muñidor preclaro de Podemos. Después de aquello, el cura Chamizo se quedó sin púlpito público. Mantiene una web propia de contacto con los ciudadanos. Su vida, sus tribulaciones y sus andanzas, tienen un libro. Lo quitaron los partidos políticos que lo pusieron. Se recorrió la mayoría de los pueblos andaluces porque nunca fue un ratón de despacho. Ni un cura de sacristía.

El desdén por el ‘aparato’

Carlos Navarro Antolín | 5 de octubre de 2014 a las 5:00

ALFREDO S. MONTESEIRÍN

Monaguillo antes que alcalde. Siempre se entendió con los curas y siempre ha presumido de honda formación teológica. En una recepción al cofraderío y a las sotanas en la caseta municipal, el ex párroco de Burguillos le pidió mayor cautela en algunas declaraciones para evitar polémicas, algunas irrisorias como cuando instó a los sevillanos a irse a la playa a partir del jueves. El alcalde, que pasaba las horas entre las lonas con un vaso de gaseosa manchado con un chorrito de tinto, se defendía del tirón de oreja del clero. “¡Algo tengo que decir, padre! ¡Es que me preguntan!”

Alfredo Sánchez Monteseirín (La Rinconada, 1957) odia el alcohol casi tanto como gastar. Los años de rey mago como presidente de la Diputación y como alcalde de Sevilla lo han alejado del coste real de la vida, de los pequeños gastos de cada día. Su tiempo en política ha sido el del cuerno de la abundancia. Nadie le podrá discutir su capacidad para inventar proyectos, “hacer cosas”, meterse en líos y tirar para adelante con la última ocurrencia de cada mañana.

El aparato del PSOE sevillano lo elevó a la Alcaldía. Yel aparato del PSOE sevillano le enseñó la puerta de salida. Ni más, ni menos. El aparato lo usó para derribar a Rodríguez de la Borbolla en las primarias de cara a las elecciones de 1999. Y el aparato lo quitó. Decidió apuntarse a la carrera por la Alcaldía estando en Ginebra (Suiza), en un viaje como presidente del Patronato de Turismo de la Diputación. Lo acompañaban Francisco Fernández, jefe de gabinete, y Manuel Marchena, director del patronato. Desde allí telefoneó personalmente a las agrupaciones de la capital y pulsó una gran mayoría de apoyos.

La Diputación fue su trampolín para darse a conocer de cara a las elecciones. Hasta se dejó fotografiar en bañador en Aquapark para ganar popularidad frente a los pesos pesados a los que debía enfrentarse en las urnas: Soledad Becerril y Alejandro Rojas-Marcos. Yprocuraba caer bien a los chicos de la prensa, a los que si después de una entrevista profesional tenía que remitir un material complementario, adjuntaba una fotocopia de la página del diccionario con el significado de la palabra simpatía. Halagador…
Su gran oportunidad política perdida fue cuando no quiso pelear por la secretaría general del PSOE sevillano en 2004, pese a que contaba con el apoyo de Manuel Chaves, deseoso de borrar la figura de José Caballos del organigrama del partido. “Ser alcalde y secretario general es la bomba atómica”, confesaba en privado aquellos días. Siempre vio en la figura de un secretario general a alguien dispuesto a mancharse las manos de sangre. José Antonio Viera, político gris donde los haya, se hizo con el cargo por 50 votos de diferencia contra Caballos. Ese día comenzó la cuesta abajo de Monteseirín y la cuesta arriba de una chica llamada Susana Díaz.
Si en el fútbol siempre ganan los alemanes, en política siempre ganan los aparatos, esas estructuras que son la sombra de las instituciones, el señor negruzco y antipático que siempre acompaña al alcalde, diputado o senador para recordarle sus orígenes y sus deudas, como el auriga recordaba a César su mortalidad mientras oía el clamor de la multitud que vitoreaba su última victoria. Chaves le ofreció al entonces alcalde el control del aparato del PSOE sevillano. Y Alfredo, ay, lo despreció. Siempre sintió desdén por aquellos que se pasaban el día en la sede del partido o en sus bares adyacentes criticando “a los que construimos”. A esos que se reúnen para comer como pretexto para luego “tomar copas” y “seguir largando de los que construimos”. Pero el aparato siempre está en los últimos cincuenta metros de la carrera de todo político. Monteseirín –ingenuo él– creyó que por el solo hecho de ser alcalde, el aparato se rendiría a sus plantas. Y aquel aparato –Viera y sus chicos– le hizo la vida imposible durante aquel tercer y último mandato en el que, para colmo, sufría ya los desgastes propios del paso del tiempo. Las polémicas arreciaban tanto como sus críticas a los medios de comunicación, a los que siempre acusaba de “no hacer ciudad”. Yhasta en ocasiones vio “fascistas” donde sólo había quienes ejercían la crítica o la fiscalización del poder.

El mismo desdén que mostró por el aparato también lo tuvo por su imagen personal. Prefería ser “auténtico” a tener un estilo impostado. No le importaron ni las gafas, ni coger kilos, ni la ropa. Pero a sus colaboradores, sí. La concejal Rosamar Prieto-Castro propuso un año que se le regalara un traje azul por su cumpleaños. Yse le regaló el traje por unanimidad.
Siempre ha odiado el calor de Sevilla. Monteseirín suda a la mínima. Ymucho. Sus asesores han sido los pingüinos del poder municipal por la de frío que han soportado en las dependencias de la Alcaldía con la refrigeración al máximo. Monteseirín es como ese cuñado que se quita la chaqueta en la boda cuando aún no han servido el consomé de primero. No espera ni la contessa del postre y ya está el tío con los tirantes al aire preguntando cuándo empieza el chimpún.

Es un orgulloso hijo de su padre, maestro que fue en Los Escolapios, donde hoy se encuentra la sede de Emasesa. Su padre y el PSOE han marcado su vida. El PSOE ha sido su obsesión. No conoce otra afición que la política. Ningún hobbie. Vivió en directo el PSOE potente, poderoso y arrollador en las elecciones. Vivió la Diputación Provincial de los grandes presupuestos, con más fuerza inversora en sus años de presidente que la de Vizcaya o Barcelona, y vivió un Ayuntamiento de Sevilla con una Gerencia de Urbanismo donde no había manos para ordenar tantos millones que entraban por la vía de los convenios. Al Ayuntamiento llegó ya con las oposiciones aprobadas al cuerpo de inspectores del Estado, una recomendación que siempre repetía a sus colaboradores: hacer oposiciones.
Monteseirín es de una austeridad supina. Hay quien dice que es el típico sevillano que nunca invita a un café o que siempre lleva el billete grande para no pagar con la excusa de no dejar sin cambio al camarero. También es un gran despistado. Pierde los teléfonos, los relojes y los bolígrafos. A quien nunca ha perdido es a su leal Manuel Marchena, su brazo ejecutor.

Jamás olvidará momentos tensos como alcalde. El primero, cuando trascendieron sus deudas por los sellitos del coche y de los recibos de la contribución urbana impagados. Aquello lo descolocó en las primeras curvas del mandato. Otro mal trago fue cuando firmó la defenestración de su delegado de Hacienda, Carmelo Gómez. Monteseirín estaba convencido de que la agrupación Macarena era un nido que había que desarmar. El tiempo no le quitó la razón. Y el tercero fue cuando a petición de Caballos le dio salida (¿Se dice así?) a Susana Díaz, que pasó de manejar presupuesto en el Ayuntamiento a la bulla del Congreso de los Diputados.

Se tomó la construcción de las setas como el examen final de sus doce años de alcalde tras presumir de aprobado en los exámenes parciales de la peatonalización de la Avenida, los pasos soterrados o el tranvía. El urbanismo era su parcela favorita. Como no podía cambiar la mentalidad de los sevillanos, siempre quiso cambiar la ciudad por la vía del urbanismo.

Intentó que Alfonso Rodríguez Gómez de Celis fuera su delfín. Se lo llevó a Madrid para pedir el apoyo de José Blanco, secretario de Organización del PSOE. Los dos salieron del despacho creyendo que el comité federal avalaba la figura de Celis y la fusión de las once agrupaciones del PSOE sevillano en una sola para no depender de los pueblos, una reforma pendiente en los estatutos del PSOE. Monteseirín, Celis y Marchena brindaron aquel día con champán Mumm en un restaurante de ópera junto al Senado. Pero ni Celis fue siquiera candidato a alcalde, ni Monteseirín tuvo el retiro soñado. Todo lo que era sólido, dejó de serlo. Sin embargo, la figura de Monteseirín, que acabó marcada por escándalos y desfases presupuestarios, se recupera cada día. Sólo hay que verle pasear ahora por las calles del centro. El tiempo juega a su favor tanto como la fragilidad de la memoria colectiva. Ysiempre tiene la ventaja de que la gaseosa no deja resaca. Sólo gases.