Archivos para el tag ‘taxi’

El arte del culebreo

Carlos Navarro Antolín | 11 de septiembre de 2016 a las 5:00

Blas
EL sueño de la razón genera monstruos. Y la actual política, secuestrada por los aparatos de los partidos, genera culebras hábiles que se adaptan a todo tipo de firmes. Cambia el firme, nunca la culebra. Existen los fondos de reptiles como existen reptiles en el fondo, muy en el fondo. Culebrear es un arte en una ciudad como Sevilla, donde hay culebras y pavimentos tan diferentes como para impartir un máster. En alguna de la ristra de universidades que pueblan esta tierra, que ya hay tantas casi como cofradías de vísperas, deberían abrir la Cátedra de Culebreo, que daría mucho más lustre al estudio de esta actividad que un mero observatorio, que los observatorios se los llevó la crisis como todo lo que era sólido. La Cátedra de Culebreo no sólo se centraría en el estudio de las habilidades de los reptadores de la política, sino, sobre todo, en la cohorte de simpatizantes, adeptos y padrinos de los que pueden llegar a gozar durante sus hazañas. La culebra hispalense nunca repta sola. Hay quienes la ayudan en su zigzagueo, le retiran los obstáculos y hasta la jalean.
Blas Ballesteros Sastre es un socialista que un día fue un importante concejal del gobierno de la ciudad gracias a que el PSOE pactó con el PA de Rojas-Marcos (catedrático del culebreo) en 1999 y desalojó de la Alcaldía a Soledad Becerril. El edil del nombre monosílabo se vio en la poltrona sin esperarlo. Como tantos. Como el propio Alfredo. Como todos los del PSOE de entonces. Y a Blas le dieron la doble T de la política municipal: tráfico y turismo. Los expertos sitúan en aquel momento el nacimiento de esta estrella de la política local que lleva más de diecisiete años en la órbita del puño y la rosa. Han leído bien: diecisiete años. Son más años que Paco Vélez en el Consejo de Cofradías y casi tantos como Cañete en Aprocom. Lo de Blas es ya de pontificado más que de supervivencia. Ha saltado de cargo en cargo, de puesto en puesto, de chiringuito en chiringuito como el que salta de velador en velador de Robles y va bordeando la fachada norte de la Catedral. Qué facilidad, que soltura, qué desparpajo. No es un tren, no es un avión. Es Blas.

Blas se hizo para la política. Y la política de hoy se hizo para Blas. Cada día tiene su intriga como cada día tiene su barra. “¿Dónde comemos hoy?”, se preguntaba cada mañana en los años del emergente alfredato. Yera como el hombre primitivo, medio pecho al descubierto y alguna piel con la que cubrir sus partes, que cada amanecida salía a cazar el mamut. Antes de que Espadas se inventara lo del hábitat urbano para revestir de una toga especial a su edil de Urbanismo, este Blas ya tenía claro su hábitat: la cervecería el Tremendo de Huerta del Hierro y el restaurante La Cococha de la Avenida del Greco. En ambos sitios tuvo Blas su corte de aduladores en los años de vino y rosas (del PSOE) municipales. Aquel tiempo en el que Blas alternaba con arzobispos a los que vender la peatonalización de la Avenida y en el que sus zapatos se deslizaban por los pasillos enmoquetados de los mejores hoteles de España. Y de Europa. Sí, hay que reconocer que Blas escondía el garbancito de la peatonalización de la Avenida en uno de los tres cubiletes sin que nadie acertara su ubicación. Nadie daba crédito al proyecto. Pero el garbancito estaba. Blas sabía que Monteseirín estaba dispuesto a dejar la Plaza Nueva sin el flujo de 2.200 autobuses que transportaban 37.000 viajeros cada día. Alfredo nunca tuvo miedo y lanzó a Blas, lo quemó en aquella iniciativa. Y Blas se tiró a la hoguera.

Vecino del Fontanal, se arrimó a don Manuel en el tardoloperismo con algunas perlas muy sonadas, como llamar “Ramona” a Sánchez Pizjuán. Como responsable de fundaciones varias no se olvidó de familiares ni de hacer carrera en Iberoamérica. Como posterior cónsul de Brasil tuvo placa de aparcamiento reservado en el barrio. ¡Cómo se mueve el artista en la pista! Como licenciado en Derecho, juró como abogado con un padrino de la categoría del ex fiscal jefe Alfredo Flores. Y hasta como integrante de un coro, Los Moracos de Triana, hizo sus pinitos en el carnaval.

En sus años de vivaqueo por la Plaza Nueva tuvo especial predilección por los periodistas. Ocurrió que no pudo engañar a todos todo el tiempo. Se acabaron los P-3 para aparcar en la Feria de tanto repartirlos. Blas repartía los aparcamientos como un antiguo rey entregaba las tierras para su cultivo tras la conquista del poder: “Hacedlas productivas y sacad provecho”. En versión: “Ve, úsalo y habla bien de mi”. Había que verlo abriendo el maletero del coche para sacar los pases y negociar como un tratante de ganado. Una vez mandó un pase de aparcamiento de oficio, sin que se lo hubieran solicitado, pero en lugar del P-3 (reservado a prensa y autoridades) metió en el sobre un pase para uno de los estacionamientos que está en Blas Infante, mirando al Aljarafe más que a la Calle del Infierno. El destinatario telefoneó a su secretaria: “Dígale a don Blas que muchas gracias, pero que lo que me ha mandado no es un parking para la Feria, sino una grada de Sol… Y con el reloj delante”.

Estaba obsesionado con la prensa, como tantos de sus compañeros de partido. Pero, en su caso particular, su obsesión le provocaba cambios de decisiones en función de lo publicado. Hay que reconocerle que quiso acabar con la mafia del taxi en el aeropuerto, que es como pretender que se vea bien la televisión en Matalascañas. Un metafísico imposible. Los bravucones del gremio quisieron pegarle y hasta acudieron a su domicilio particular. Aún hoy sigue sufriendo pintadas, prueba de que esos piratas del volante reconocen que el mero intento de este concejal por acabar con el chollo sirvió, al menos, para poner de relieve una situación de privilegio de un grupo basada en meter miedo a todos los demás compañeros.

El arte del culebreo es imposible si no se tiene verborrea ni se es simpático. Toca tantos palos este Blas que le gusta el flamenco y, en ocasiones, ha usado muchas letras de coplas en sus discursos. En la agrupación Centro del PSOE está parte del origen de su poder, pues fue secretario general y en ella conserva adeptos. Sus críticos han envidiado su capacidad para llevarse bien con destacados socialistas del País Vasco. Por Sevilla se le ha visto con Odón Elorza. Y a alguno le dio un sopitipando cuando el telediario informó de la toma de posesión de Pachi López como lehendakari y en las primeras filas estaba el sevillano Blas Ballesteros, imparable como la Junta, que aguanta más que la sábana de abajo y que no hay tsunami que arrase sus chiringos. ¿Por qué? Todos le atribuyen ser el poseedor de secretos inconfesables que comprometerían a gente importante del partido. El silencio de Blas tiene un precio que diferentes responsables del PSOE han ido pagando religiosamente.

Blas va literalmente en moto, usa pantalones Lois y una mochila que carga en el hombro derecho como Moragas cuando acompaña a Rajoy. Al igual que al presidente en funciones, le gustan los puros, aunque tiene la mala costumbre de mojarlos en la copa de alcohol.

Blas nunca ha estado solo. Cae bien a mucha gente, porque en esta tierra se siente una suerte de adoración por Rinconete. En el Ayuntamiento aún se recuerdan las mañanas en las que el edil de Tráfico no aparecía, pues la noche debió ser larga y la “cofradía” se debió encerrar al alba… Entonces era uno de sus colaboradores, el hoy concejal Cabrera, vicario en la curia de Espadas, quien tenía que intervenir en la radio para dar la información sobre la circulación y las rutas recomendadas para evitar los embotellamientos.

Algunos médicos recuerdan cuando Blas ayunaba justo antes de los análisis de sangre para mejorar los resultados. Citaba a los doctores para recoger los informes en el bar del Hotel Inglaterra, donde, destilado de importación por delante a eso de las 13:30 horas, se alegraba por el trampantojo del tubo de ensayo, la bilirrubina y los leucocitos…

La vida es una romería del Rocío vestido como un cowboy junto a Susana Díaz. Coincidió con La que Manda en el PSOE andaluz en la Casa Grande, cuando ella era la edil de Juventud, proyectaba un botellódromo y llamaba a los periodistas críticos: “Canijo, ¿otra vez escribiendo eso?”. A ella le reza ahora, como una santa apócrifa de la mística andaluza. Blas corrió el riesgo de acabar como un Guerrero suelto a la deriva en el mastodóntico organigrama de la Junta, pero tuvo mejor suerte. La vida es sobrevivir a los naufragios y a las denuncias sobrecogedoras. Nunca ha estado imputado, ni se le han sacado fotos comprometedoras. Hoy tiene un sueldo envidiado de 69.800 euros anuales como gerente de un consorcio de aguas, de cuya existencia hemos sabido gracias a Blas. La vida es estar pegado al aparato del PSOE sevillano para lograr los fines personales. Los factótum, secretarios generales y de organización pasan, pero Blas permanece. ¿Verdad, Pepe Caballos? ¿Verdad, José Antonio Viera? La vida es repetir una frase como salvoconducto: “Yo soy del PSOE”. Y dejar Tussam como la carrera oficial tras el paso de la última cofradía. La vida es pretender portar como gobernante una vara en el Baratillo con traje de chaqueta y que el entonces hermano mayor, un jovencísimo Joaquín Moeckel, fuera claro ante los servicios de protocolo del Ayuntamiento: “O viene de chaqué, o no hay vara”.

El arte del culebreo no está al alcance de cualquiera. Sólo los ungidos por la gracia y el desahogo pueden permitirse pisar ciertas rayas de picadores. Diecisiete años dan para repartir muchos P-3. Diecisiete años después, la Cococha ha cerrado y la Avenida es peatonal. El profeta Blas anunció que quitaría los coches del entorno de la Catedral. Acertó. Pero la mafia del taxi sigue en San Pablo. Y en Matalascañas se sigue engollipando la caja idiota. Sin P-3 no hay paraíso. Con Blas siempre tenemos fiesta, canijo.

El taxi no debe esperar

Carlos Navarro Antolín | 26 de octubre de 2014 a las 5:00

Adolfo Arenas 2
EL movimiento se demuestra en taxi. No hay que viajar a ningún sitio donde no hayan estado antes los romanos, ni a ningún rincón a cuya puerta no pueda llegar un taxi. El taxi es la vara de medir el estado de ánimo de muchos ilustres sevillanos que se mueven por la vida sin carné, en el sentido literal de la expresión: sin carnet de conducir. En un taxi llegó a su casa don Manuel Clavero después de presentar su dimisión como ministro. Yen un taxi se desplazó Juan Ignacio Zoido la mañana siguiente a sacar 20 concejales en las municipales de 2011. El ya estoy yo en mi casa tan socorrido es sustituido en clave local por el ya me está usted pidiendo un taxi si es tan amable. Y eso dijo Adolfo Arenas Castillo una tarde de otoño, cuando mandó el sillón de presidente del Consejo a la furgoneta del tapicero. A partir de ese día convivió con el silencio con que le obsequiaron los adorables compañeros de la institución. En el taxi cabían al menos tres más, justos los tres cargos que lo eran gracias a su dedo, pero ninguno se subió. Yeso que un taxi entre cuatro sale siempre más económico y es una fórmula de viaje mucho más ecológica. Se montó a solas, llegó a su casa y le dieron razón de varias llamadas telefónicas:
–Adolfo han llamado unos señores muy pesados de la Universidad de Pennsylvania porque quieren estudiar tu caso. Te pagan el viaje, la estancia y un abrigo Dustin para el frío. Se han empeñado en comprobar si hay vida más allá de la presidencia del Consejo. Quieren monitorizarte a partir de ahora, evaluar tus constantes vitales y comprobar si respiras bien a pesar del enorme vacío.
El hombre que viaja en taxi se convirtió entonces en el Adolfo Suárez de las cofradías, con un equipo de gobierno que aún perdura y cuya estabilidad recuerda a la UCD de los últimos días. ¿A qué se debió la única dimisión hasta ahora de un presidente del Consejo de Cofradías? A las filtraciones a la prensa de decisiones y planes de la institución y a que sólo aceptó las tutelas justas y precisas de la autoridad, eclesiástica por supuesto. Por no ser títere se cayó del escenario. Una de las tardes previas a la dimisión se presentó en su despacho el canónigo Manuel Soria, indignado con la publicación de las votaciones del pregonero de la Semana Santa, que dejaban entrever vetos soterrados y una apuesta clara por un perfil ortodoxo. “¡Adolfo, Adolfo, tienen que rodar cabezas!” Y Adolfo le dijo, esta vez sin perífrasis: “Pues aquí tienes la mía”.
La del Consejo no ha sido más que otra tribulación en la dilatada trayectoria de este abogado cuya boda presidió nada menos que el cardenal Bueno Monreal. Arenas es un zorro viejo de las cofradías, capaz de estar hablando horas y horas con un discurso trufado de citas bíblicas y mitológicas. Generoso en la oratoria y en las convidás, que algunos del Consejo no han vuelto a comer en Becerrita desde que él dejó la presidencia. Su despacho está en la Campana, agujero de la tormenta en que se ha convertido la Semana Santa. Sus balcones están a tanta altura que representan la metáfora perfecta de su relación con la actual clase cofradiera. Demasiada perífrasis entre tanto adobo.
Llegó unos años tarde a la presidencia del Consejo, cuando la mesocracia de lenguaje políticamente correcto, de las declaraciones de carril y del doblar el espinazo ante la jerarquía política y eclesiástica, se había extendido como una mancha de cera caliente imposible de quitar con papel de estraza. Quería hacer cosas en la ciudad más estática por excelencia. Quería agitar un mundillo cofradiero disipado como una gaseosa abierta. Invitó a Möet-Chandon a quien no merecía más que un tinto Las Meninas.
Hijo de prioste del Gran Poder, fue criado en unos tiempos en los que los principales puestos eran ocupados por personalidades con currículum. En su juventud vivió la Sevilla nocturna en el café Duque, acompañado por un amigo llamado Juan Salas Tornero. Allí alternaba con los músicos de la Banda Municipal que tocaban en el Patio Sevillano, con el limpiabotas y con el lotero que ingería calorías a base de copas de coñac. En la actividad profesional se inició con apenas veinte años años probando fortuna con dos negocios en apariencia contrapuestos: la chatarra y el marisco. Alguna lengua socarrona dice que la chatarra no fue mal, pero que el marisco, más que venderlo, se lo comían. Dejó los hierros viejos y los langostinos cocidos y abrazó por completo la abogacía, incluso con despacho en Marbella en los años de expansión urbanística.
Su bufete está adornado con frases en Latín. Verba volant, scripta manent. Y sus perífrasis lo embadurnan todo mientras habla por teléfono, con sus elevaciones de tono, con un timbre de voz potente, de operadora antigua de teléfono, con el barroquismo verbal de un locutor de Radio Nacional de antes de 1975, con pausas estratégicas para no perder saliva y con rodeos y más rodeos, circunloquios y más circunloquios, pero bien adornados, recreándose en la suerte antes de llegar hasta el final del relato, que para eso el recorrido lo elige el cliente y no el taxista. Adolfo Arenas es tan amante de la solemnidad y de las formas que bien podría haber sido ceremoniero en el Vaticano, para abrir las puertas de la Capilla Sixtina antes del cónclave y mandar salir a todos los que no son cardenales con la clásica exhortación: “¡Extra omnes!”
Galante con las señoras, de la escuela antigua. Por supuesto, siempre de traje y corbata, aunque sea agosto y se encuentre en Sevilla para no faltar en la Capilla de los Negritos a la misa por la festividad de la Virgen de los Ángeles. ¿A la playa? Si hay que ir se va en tren. Si está en la barra con Juan Salas o Balbino de Bernardo y ve a unos amigos sentados en el comedor, comunica al maitre su deseo de pagar el vino de aquellos señores que están allí sentados. Ysi es Protos, mucho mejor.
La verdad es que a cierta edad, con el Café Duque y el despacho de Marbella ya cerrados, con la comodidad de tener cerca el menú de lentejas de La Reja y una parada de taxis bien poblada en Martín Villa, no estaba ya para soportar muchas directrices de curas cuyo único objetivo era apaciguar al pastor. A cierta edad, uno no acepta que le digan quién puede y, sobre todo, quién no puede pronunciar un pregón, menos aún si para eso lo citan a primera hora de la mañana, que eso es una faena para quienes la gráfica del biorritmo se viene arriba a partir del Ángelus. A cierta edad uno puede ser condescendiente con el taxista que fuma o que lleva la radio a toda potencia, pero que le digan que corte cabezas… Ahí fue como Curro Romero, que soltaba cuanto antes las orejas de los toros para no mancharse las manos de sangre.
Ninguno de los suyos se subió en el taxi el día que dimitió. Ni siquiera le preguntaron desde la puerta del Consejo un clásico, un cumplido, mientras se acomodaba en el asiento de atrás sin arrugar en exceso el faldón de la chaqueta:“Adolfo, ¿quieres dinero?” Ni siquiera pudo responderles con la mirada limpia, huérfana de enojo y sin acritud: “No lo quiero yo, lo querrá el taxista…”
Al llegar a casa y bajarse del vehículo se ajustó el abrigo. Para no sentir el frío de Sevilla. Era otoño. Los árboles estaban pelados. A lo lejos se oía el eco del motor de un taxi a la búsqueda de nuevos destinos. Lástima que el Café Duque ya no despache. Los científicos de Pennsylvania pueden por fin confirmar que sí hay vida más allá del Consejo de Cofradías. Un gran paso para la humanidad.
Dicen que cuando arrecian nuevas polémicas cofradieras, se oyen unas risas socarronas, sostenidas y monocordes. ¿Tal vez una psicofonía? Yque se intuye la redondez perfecta de un emoticono feliz.