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Maestro del instante

Carlos Navarro Antolín | 11 de octubre de 2015 a las 5:00

Jesús Martín Cartaya
DICE el sabio que apoya su sabiduría en la barra de la taberna que hay amigos de dar y amigos de recibir. Bajo los efectos del moyate y con la gesticulación alocada y un punto brusca que generan los taninos, distingue entre la gente que siempre está pidiendo favores de aquellos que te dejan la ofrenda de su amistad cada día sin hacer ruido, sin llamar al timbre, sin anunciarse en las vísperas para no forzar compromiso alguno. En Sevilla hay dos formas de ganarse el respeto: generando cierto temor, o sabiendo estar en segunda fila donde hay que estar en cada momento preciso y hacerlo en silencio durante décadas.

Jesús Martín Cartaya (Sevilla, 1938) es el último mohicano de la Leica, la cámara fotográfica alemana que requiere algo más que destreza para su manejo. Es el testigo prudente, discreto y que pasa desapercibido en un sinfín de actos y hechos noticiosos. Es en sí mismo el notario gráfico de la ciudad, sobre todo de la Sevilla de los 60, 70 y 80 del pasado siglo. Corporaciones municipales desde los tiempos del frac a los trajes desestructurados, de las cofradías pobres a los años de dispendio de coronaciones, de las corridas de toros donde era preceptivo el permiso facultativo para lidiar con el estoque simulado, a la plaza remodelada con la nueva puerta del despeje; de la vida cotidiana de una urbe con personajes como el Mudo de Triana, a estampas insólitas como el atrio de una puerta de la Catedral convertida en aparcamiento; del humo del avión estrellado de la Operación Clavel a un Viernes Santo trianero con la Torre Pelli de testigo, de la Feria de los puestos de lechuga a la de la crisis con la gente llegando ya comida de casa, de las peregrinaciones rocieras con personajes de la realeza a las de los famosos de Triana, de cabalgatas en sepia con Antonio Ordoñez de Rey Mago a la que hoy sale de la antigua Fábrica de Tabacos… Martín Cartaya sigue revelando en papel los negativos en el Fotosupra de la calle Sierpes. Y de la tienda van directamente a los sobres que reparte entre sus amistades, dejándolos en silencio en los mostradores de las empresas, en los buzones de las casas, o en los bares que frecuentan quienes han sido retratados sin saberlo. Un sevillano que recibió por primera vez un sobre de Martín Cartaya con una foto firmada por el reverso, no sabía cómo reaccionar y telefoneó a Antonio Silva de Pablos, que comparte devociones cofradieras con Jesús.

–¿A este señor cuánto se le paga? Porque habrá que pagarle semejante detallazo…
–Nada. Él lo hace así por vocación. Su gran afición es la fotografía y hacer retratos sin que la gente se de cuenta.

Sobres blancos o sobre marrones comprados en la papelería de la calle Harinas. Martín Cartaya lleva décadas sembrando los periódicos, las hermandades y las casas de sus allegados de unos sobres que utiliza como el pabilo del celador que siempre está listo para mantener encendido el tramo de sus amistades. Tal vez no lo sepa, pero Martín Cartaya tiene el toisón de oro que está ciudad concede a muy pocos de sus vecinos. Ese toisón lleva como complemento una pensión vitalicia con derecho a que nadie, nunca, hable mal de este sevillano que nació en la espartería de su padre de la calle Reyes Católicos.

Ha disparado fotos en momentos muy delicados en la vida de la ciudad. Cuando el torero Joaquín Camino volvió en un avión con los pies por delante tras dejarse la vida en la Monumental de Barcelona, Martín Cartaya estaba en San Pablo esperando la llegada del féretro. Como sabe estar y nunca incordia, acabó llegando a Camas en el mismo coche fúnebre, sentado junto al chófer. Nunca ha conducido, pero siempre ha llegado a todos los sitios. Su gran clave es la de estar en los sitios donde otros no han estado para captar el instante. Y aplica la máxima del duro y el cambio: quien tiene la foto puede publicarla.

Mucho antes de que los políticos de plantilla inventaran el pretencioso concepto de la Gran Sevilla para potenciar las relaciones entre la urbe y los municipios del área metropolitana, Martín Cartaya llevaba ya años yendo y viniendo de Castilleja de la Cuesta hasta el centro de la ciudad a todas las horas del día. Él en sí mismo era ya un modelo de sevillano que pernoctaba en el Aljarafe y trabajaba y desarrollaba su pasión (la fotografía) en la capital, antes incluso de la constitución del Consorcio Metropolitano de Transportes. Que ya podía el consorcio declararlo usuario de honor.

Martín Cartaya es un fotógrafo de ruán, tal vez porque su primer contacto con la Semana Santa vino por los cinturones de esparto que se elaboraban en el taller de su padre. Tiene el don de saber estar, del buen árbitro de fútbol que pasa desapercibido. Pocos, por no decir nadie, pueden presumir de haber estado dentro de San Antonio Abad durante la salida del Silencio, un momento vedado incluso a monarcas para los que se había solicitado ese privilegio. Martín Cartaya estuvo allí con su Leica una Madrugada, siendo hermano mayor Juan Delgado Alba, que cuando lo sorprendió lo mandó a taparse en el coro. ¿Cómo entró aquella noche en la iglesia? Por la puerta. Le preguntaron la contraseña y Martín Cartaya, con su gabardina, traje y corbata, la acertó.

–¡Capilla!
–Adelante, buenas noches.

Dicen que ha destruido su archivo secreto, del que jamás ha salido una fotografía, pese a que Interviú le ofreció veinte mil duros a finales de los setenta por las imágenes nunca vistas de la Semana Santa de Sevilla. Nunca haría daño a la Semana Santa, a la que ama con la incondicionalidad de un niño, como si fuera Inmaculada, la mujer que nunca ha sentido celos de esa señora alemana que es Leica. En esa colección secreta había fotos comprometidas, nazarenos y personajes muy conocidos en actitudes bochornosas o que hoy no serían entendidas. Tenía las fotos de una Semana Santa de alcantarilla e indisciplina, una Semana Santa pasada por el vidrio gordo y la chacota. Hizo las fotos para su uso personal. Y no hace muchos días que las pasó por la tijera.

La vida es una riada de los años cincuenta en que el joven Jesús se fue a hacer fotografías arriesgadas del Guadalquivir marineando por la zapata trianera. Su madre, Doña Reyes, se enteró de la osadía de su hijo por un vecino y le dio un merecido sopapo. La vida son las tertulias de su padre con Serrano y Arenas, donde el niño ponía el oído y nació la vocación por la fotografía, la obsesión por la captación del instante. La vida son cuatro madrugadas como último cirial del Gran Poder para cumplir una promesa en los años en que estaba mal visto salir de acólito, unas noches en que Jesús se camuflaba como podía en el alzacuellos cuando era reconocido por el público. La vida es una charla con Álvaro Pastor, catalogando fotografías en la Alfalfa y recreando una ciudad que ya sólo existe en la bolsa de plástico Kodak que contiene esos sobres que son las ofrendas que este señor bondadoso tiene para con sus amistades.

Las juntas de gobierno de las hermandades no toman posesión cuando son sancionadas por la autoridad eclesiástica, sino cuando son retratadas por Martín Cartaya, que sin saberlo ha compuesto los mejores anuncios de Cortefiel y Dustin que jamás hayan soñado las marcas comerciales. ¿Quién tiene fotos de las juntas de gobierno de los años setenta? ¿Quién de la basílica del Rocío en construcción? ¿Quién de un cardenal de la Iglesia por las calles de la Feria? ¿Quién de las primeras turistas en biquini en los tendidos de la plaza de toros? ¿Quién de Antonio Burgos en el palquillo? ¿Quién de don Antonio Colón en sus diálogos con Jesús Nazareno con la Concepción como testigo? ¿Quién de Enrique El Cojo y la duquesa de Alba en Las Dueñas? ¿Quién de los toros abiertos en canal en el desolladero de la plaza? ¿Quién del doctor Vila salvando vidas con el bisturí en la enfermería de la plaza? ¿Quién de los Reyes de España en el coro de la Catedral? ¿Quién del Peregil cantando una saeta en privado a la Familia Real en las dependencias nobles de la Macarena? ¿Quién del entierro de Bandarán, Bueno Monreal o Paquirri? ¿Quién de las corporaciones municipales bajo maza yendo a desayunar al Alcázar tras una procesión del Corpus o de la Virgen? ¿Quién de Su Divina Majestad entrando en el Corral del Conde? ¿Quién de los antiguos costaleros del muelle, rendidos por el esfuerzo de sacar a la Esperanza de Triana, tirados junto al río minutos antes de sacar a La O? ¿Quién del coche fúnebre con los restos mortales de la viuda del maestro Tejera y el paso de palio de la Macarena yéndose por Feria? Nadie como él ha retratado a esos capataces y costaleros del ayer, en unas fotos que huelen a mezcla de sudor fuerte y vino de garrafa. Nadie ha sacado la personalidad del Mudo de Triana, ramillete de llaves de Santa Ana colgadas del cinturón y los surcos del paso del tiempo en el rostro.

El gran mérito de Martín Cartaya no es el uso del obturador, ni la elección del zoom, ni siquiera ser un aliado del blanco y negro, sino ser un maestro en la primera regla suprema de todo fotógrafo apasionado de la actualidad: ser el único que está en los sitios y capta instantes valiosos. Cuando la era digital ni se intuía, Martín Cartaya disparaba con generosidad la Leica sin importarle el coste de los carretes ni de los revelados. Castilleja de la Cuesta le dedicó una plaza. Sevilla, tal vez sin ser consciente, el toisón de oro de hablar siempre bien de su persona. Y eso más que mérito de Sevilla, es mérito de este sevillano, maestro del instante preciado, señor con bastón y cámara, el último mohicano de la Leica al que un día regalaron una cámara digital.