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Sin techo de cristal

Carlos Navarro Antolín | 25 de septiembre de 2016 a las 5:00

Carmen Moya
HAY médicos que tienden al bisturí, policías que son raudos para la acción y abogados de gatillo fácil a la hora de provocar un pleito. Y también los hay que intentan que un tratamiento sustituya a la intervención quirúrgica, una amonestación verbal a la sanción económica y una mediación bien calculada evite el litigio. Tras la trágica muerte de Francisco Rivera Paquirri, las partes con intereses en la herencia (griegos y troyanos, perros y gatos) constituían un peligroso campo de minas, como recuerda media España que se lo ha contado a la otra media. El guiso tenía todos los ingredientes y los tiempos de cocción tan pasados como para salir quemado. Todo conducía cuesta abajo y sin frenos hacia un pleito desgarrado con retransmisión incluida de la emergente prensa rosa. Sólo la intervención decisiva de una joven letrada, de ojos claros y cuerpo menudo, logró inesperadamente poner de acuerdo a todos. Aquella chica, vecina del centro, amiga personal de Paquirri y que acudía a la misa dominical de la Capilla Real, supo hallar puntos de concordia donde todos esparcían cristales rotos por los caminos ajenos.

La mediación, todo por la mediación, ha sido el lema de su casa civil desde que se dio de alta en el Colegio de Abogados en 1972, cuando las mujeres que ejercían el oficio cabían en un tranvía. Carmen Moya Sanabria (Sevilla, 1948) es una de las dichosas ramas de un tronco bien conocido en la ciudad de intramuros. Sí, es la hija de don Juan, el “humilde alcalareño” que hizo de su pujante despacho una escuela de prácticas de Derecho. El nombre de esta Carmen, polvorilla de carácter, va unido a la precocidad en todos los sentidos. El carácter pionero ha coloreado su vida de luces y ciertas desgracias la han oscurecido con las sombras que el avieso destino tenía reservadas para ella. Se ha hecho un hueco allí donde ha llegado. Sin tutelas, sin ayudas añadidas, sin cuotas, sin reivindicar tratos de favor. Tal vez sea porque ha sabido entrar por primera vez en los sitios como el torero que debuta en la plaza, que hace el paseíllo desmonterado en señal de respeto. No ha conocido más cuotas que las que paga como hermana de Los Estudiantes. Su currículum demuestra que nunca ha tenido techo de cristal en ninguno de los colectivos donde ha ejercido por mucho que estuvieran tradicionalmente reservados a hombres.

Está curtida en la mediación, en la cultura del entendimiento, en el acercamiento de las partes. El pleito es la última vía, todo antes que escenificar el enfrentamiento. Le repele un pleito tanto como a Curro el tacto de las orejas cortadas al toro. De hecho, veteranos juristas recuerdan que a don Juan no le gustaba que su hija fuera a los juzgados. Está forjada en la capacidad negociadora, en el arbitraje, en el escrutinio de los posibles puntos de acuerdo. Fue de las primeras mujeres en estudiar Derecho en la sede de la Fábrica de Tabacos y aprender después el oficio en un despacho de abogados, la primera en ingresar en la Academia de Legislación y Jurisprudencia, la primera en ser vicedecana del Colegio de Abogados y la primera en formar parte de la Corte de Arbitraje. De familia conservadora y tradicional, recibió una educación moderna, basada en la inculcación de valores reales y no en igualitarismos de escaparate, lo que es notorio que le ha facilitado una rápida adaptación a todos los ambientes. Es una mujer de carácter y fortaleza, acostumbrada a abrirse camino ante adversidades tales como una precoz viudedad que la dejó sola con dos críos que sacar adelante. Suele conseguir su objetivo en todas las situaciones, pues en la conducción de las relaciones sociales sabe adaptar la velocidad a las condiciones de la calzada. Emplea apelativos cariñosos para ganarse el favor de una azafata de un avión si es preciso, con el tono melífluo que es marca de la casa. “Princesa, ¿podemos sentarnos en un sitio más cómodo?”. O para hablar de ella misma y de su familia: “Tú sabes cuánto te queremos los Moyitas”. Maneja los diminutivos con suma facilidad. Huguito es el catedrático de Medicina y muy bético Hugo Galera Davidson. Joselito es su hermano Pepe, de fuerza arrolladora y presidente de Persán. Juanito o Bosquito son dos de sus sobrinos. Hay excepciones, como la del notario Antonio Ojeda, al que llama directamente por su apellido: “Ojeda, vamos a tomarnos una cerveza y unas anchoas con leche condensada en Trifón”. Y a veces nunca llegan a casa de Rogelio porque ambos se paran más a corresponder saludos que un paso de palio: “¿Sabes algo del cardenal? En casa lo queremos mucho”.

Como abogada es como en el resto de las parcelas de la vida: aspira al control absoluto. Todo, absolutamente todo lo relacionado con sus expedientes queda guardado en carpetas. Si el expediente acaba con alguna intervención notarial, solicita una copia para su inclusión. Dicen que obra así porque su padre le dejó enseñado que para ser buen profesional hay que sentir como propios los problemas jurídicos y personales de los clientes. Cuenta alguna lengua afilada que no repitió como vicedecana del Colegio de Abogados porque José Joaquín Gallardo, el eterno decano, tenía celillos de que Carmen fuera más conocida. Eran los tiempos, por ejemplo, de Soledad Becerril como alcaldesa. En muchos actos, Soledad se iba directamente a saludarla repitiendo siempre cada expresión: “¡Carmen, Carmen! ¿Qué tal? ¿Qué tal?”. Y José Joaquín debía aguardar al segundo turno para recibir el saludo de la primera autoridad municipal. Otras lenguas menos precisas pero más afiladas dicen que lo que José Joaquín envidiaba realmente era cómo le quedaba la toga a Carmen en las fotos de juras de nuevos letrados que aparecían periódicamente en la prensa.

La vida es soportar las impertinencias autoritarias y de corte machista de aquel célebre catedrático de Derecho Romano que fue Pelsmaeker. Y disfrutar de las enseñanzas de los catedráticos Cossío, Clavero y Olivencia en las aulas de la Facultad y de Ángel Olavarría en su notaría. La vida son canciones de Serrat, láminas de Murillo y Antonio López, viajes con la abogada María Pérez Galván y otras compañeras de profesión, y aperitivos sabatinos con Carmen Diz. La vida es creer con firmeza en la igualdad de oportunidades y no en ideologías feministas. La vida son recuerdos de los hermanos prematuramente perdidos, como el inolvidable Juan en tantas tardes de toros en los abonos de Antonio Ojeda en el balconcillo del tendido 5, o en tantos Martes Santos en la casa de la Contratación. La vida es vestir en la intimidad a la Virgen de la Angustia, la de los Estudiantes. La vida es disfrutar de una copa del glamuroso Möet Chandon tanto como de la sencillez de un guiso de alcauciles rellenos de carne. La vida es genio, sobreactuar en cierta manera cuando la ocasión lo requiere, y usar las notas marginales en el bloc imaginario para dejar constancia de cuándo alguien ha hecho una trastada. Esta Carmen tiene memoria defensiva, digámoslo así. La vida es hacer reír al Rey Felipe con un piropo y dos comentarios espontáneos cuando visitó la fábrica de Persán. La vida es colocar cada día flores frescas en el altar de la memoria de Juan padre y Juan hijo. La vida son los ladridos de Roque, guau, y los paseos por el centro.

En su trayectoria más notoria hay intervenciones como letrada en pleitos muy conocidos, como el de la Basílica del Gran Poder, las impugnaciones de acuerdos sociales del hoy extinto Banco de Huelva, o la compra de empresas como el Horno de San Buenaventura y el Hospital Infanta Luisa. A sus clientes ha contado siempre una máxima: “Las personas y sus sentimientos deben tener cabida en el Derecho”. Dicen que el día que ingresó en la Academia de Legislación y Jurisprudencia llevaba un chaqué de mujer, con un lazo en vez de corbata, al que se le rascaba y aparecía la túnica de ruan de su padre, del que siempre repite un elogio en tiempos nada boyantes para la abogacía: “Gracias por dignificar la profesión”. La hija honra al padre. La discípula homenajea al maestro. La fuerza, el carácter, la memoria defensiva, el tono melífluo, la feminidad acicalada. Si hay que llorar, se llora. Si hay que reír, se ríe. Si hay que beber, se bebe. Y si hay que comer alcauciles, se comen. Pero lo último es litigar.

El niño grande

Carlos Navarro Antolín | 5 de julio de 2015 a las 5:00

Rogelio Gómez Trifón
La bicicleta es al transporte lo que el lince a la fauna, o lo que el velador al mobiliario urbano. Son especies protegidas. Los ciclistas por Tetuán son como vacas sagradas por las calles de la India. Pueden desplazarse a su antojo, al libre albedrío, sin cortapisas. Hay padres que señalan a sus hijos la amalgama de veladores y ciclistas por Mateos Gago:“Hijo, esto un día fue una acera”. Hoy tiene poco mérito ir por cualquier calle de Sevilla en una bici de alquiler. Los hay que llevan los auriculares puestos, sin poder advertir no ya una llamada de atención de un peatón, sino el claxon de un coche arrollador. Todo está consentido. Como al lince. En esta sociedad de pendulazos, lo que hoy es sagrado, ayer era todo un reto. El mérito era ir en bicicleta por las calles del centro en la Sevilla de los años 60. A Rogelio Gómez (Sevilla, 1946) lo paró un policía por ir a dos ruedas por la calle Barcelona a contramano cuando era un quinceañero. La multa pedía un marco en Venecia. Rogelio tiene varios títulos y distinciones, pero pocos pueden presumir de tener la de haber sido un ciclista multado en Sevilla.

El aprendiz de tabernero era un adolescente sonriente que trabajaba ora en bici, ora en triciclo, según el peso del porte que había que llevar a los clientes del negocio paterno. Con doce años ya se forjaba en el oficio de servir. Rogelio era un niño feliz. Y sigue siendo tan niño como feliz. Hay sevillanos adultos que en realidad son niños grandes, porque no han perdido la capacidad de ilusionarse con las cosas en apariencia pequeñas. Y eso genera un estado de bienestar interior que también produce envidiosos, pues si el sol ilumina, siempre hay quienes tuercen el gesto ante tanto destello. Ocurre en todos los oficios. Y Rogelio es uno de los astros de la galaxia hostelera.

Mucha gente regresa de sus trabajos con hastío, con la sensación de ser soldado de un ejército vencido por las inercias de la cotidianidad, con el rostro fatigado por los gajes de cada día. Los retornos del trabajo de este tabernero laureado han sido siempre a pie, anunciados por el tintineo de las llaves colgadas del cinturón, con alguna bolsa de plástico bien agarrada en una mano (la leyenda dice que era la recaudación del día) y flanqueado por las dos santas Justa y Rufina de su vida: su mujer y su hija. Un andar pausado, un adiós y hasta mañana a Enrique Becerra, una mirada entre merluzas y besugos por la cristalera de La Isla por si había alguien conocido, y una breve estación en la capilla de la Pura y Limpia para dar las gracias en el ocaso de la jornada.

El bar no es un bar. El bar es una tienda. Una tienda donde se puede comprar todo lo que se sirve. Ydonde se puede tomar algo mientras se compra. Como no es un bar, prácticamente no hay platos. Eso de te gastas menos que Trifón en lavavajillas es verdad, por mucho que lo digan los penitentes de la cofradía de la envidia, que en Sevilla no hay tiempo de paso suficiente para ese cortejo. Porque realmente es una tienda aunque parezca un bar, sublime contradicción donde radica la verdad. Esto es como el Barrio Sésamo de la hostelería, cuando el Conde Draco explica lo de arriba y abajo, lo de cerca y lejos, lo de izquierda y derecha, mientras se mueve compulsivamente por la pantalla. Pues La Flor de Toranzo es una tienda con mesas altas y taburetes, una tienda con camareros de camisas albas donde no ha llegado el color negro que sirve para disimular manchas y lamparones, una tienda con tirador de cerveza y muestrario de vinos y carbónicos. Y así quiere Rogelio que siga siendo. Como es una tienda, no se sirven copas largas, que si con el no también se educa, con las omisiones también se forja el sello de una casa. Quien quiera destilados, debe ahuecar el ala. Ocurre como en la taberna de don José Yebra Sotillo en la calle Boteros, donde jamás ha habido más de veinticuatro vasos (duralex), ni se ha servido whisky. Pepe tuvo un día la gentileza de explicárselo a un cliente preguntón, con guasa y cierta pretensión de tocar los costados.

–¿Y por qué no tiene usted whisky,Pepe? Porque veo que sí tiene ron y ginebra.
–Porque esto no es una barra americana.

Han cantado premio. Con esos criterios es cuando un bar deja de ser un bar para empezar a ser una casa. “En esta casa no se sirve whisky porque eso es propio de tugurios con mucho humo y muchas luces rojas cambiantes”. Y al que no le guste, tiene cuatro mil bares para elegir. Pues eso:en Trifón, ni platos, ni tragos largos.

Muchos empleados de Trifón son casi de la familia. Rogelio ha ayudado a muchos como a hijos. Hasta los ha habido que pidieron ser bautizados. Y allí que estaba Rogelio haciéndoles los papeles en la parroquia, que en esos casos este tabernero siempre ha recordado al cuadro de Colón llevando a los indios a la pila de bautismo en la plaza cacereña de Guadalupe, con el monasterio al fondo.

En esta casa no se sirven destilados. Ni se discute. Un día le cuestionaron machaconamente la tipología de la anchoa a quien es embajador de este boquerón en salmuera. El cliente, con el cuentakilómetros del tinto algo pasado, se puso bastante espeso y haciendo aspavientos, modalidad controlador de pista de aeropuerto con la lengua gorda. Rogelio, viendo el pitón del toro, zanjó el asunto mientras pegaba un bayetazo en otra zona de la barra:“Tiene usted razón con la anchoa, no voy a discutir, porque yo no discuto con mi mujer, así que no voy a discutir con usted”.

Los madrileños se bajan del AVE y se van de “cañas y vinos” a Trifón. Con estos calores, siempre piden que Rogelio suba la potencia del aire acondicionado. A la cuarta demanda con ese acento capitalino barnizado de prepotencia, con los chinos del interior del Daikin hartos de pedalear, este tabernero no pudo más: “Señores, el aire está al máximo. ¿No será que ustedes llevan ya dentro media Rioja Alta?”.

Rogelio es del Baratillo, donde conoció los tiempos de cuatro gatos en la vida diaria de la hermandad, cuando se daban papeletas de sitio la noche del Martes Santo con tal de conseguir dinero para pagar a las bandas de música, cuando funcionaba un rinconcito que se llamaba Bar Atillo, donde se guardaba la botella de Valdepeñas. Rogelio se ha pisado el yo hasta enterrarlo, al modo de Sor Ángela, por su hermandad del alma, pues es la escuela que ha aprendido del factótum de la cofradía: Otto Moeckel. Rogelio es personaje en Sevilla y en Cantabria. Entrando al convite de la boda de la nieta de Franco en el santanderino Hotel Palacio del Mar, toda la tribuna de prensa gráfica se desgañitaba en que este sevillano se parara un instante en la alfombra roja y posara junto a Blanca: “¡Rogelio, Rogelio! ¡Un momento, por favor, una foto!” Ytoda la Sevilla emperifollada que venía detrás se dio de bruces con la notoriedad de este tabernero que es sevillano en Cantabria y cántabro en Sevilla.

Creyeron que no sería capaz de jubilarse. Y se jubiló. Pero el tabernero, como el torero, nunca deja de serlo. Los matadores con la coleta cortada se ponen delante del toro en el campo, sólo para sus familiares y amistades, para matar el gusano que habita en el interior. Los viejos taberneros tienen también sus festejos a puerta cerrada, donde sólo sirven a sus amigos, donde cortan de nuevo el Riera al taco sin las prisas del oficio. El buen anfitrión es un gran egoísta que disfruta sirviendo a los demás. Por eso en el fondo auspicia reuniones.

Dicen que Rogelio fue de los primeros en colocar el detector de billetes falsos. Hay debate al respecto. De los primeros sí que fue en detectar a los falsos, que es mucho más importante.

–Rogelio, hay que ver lo estirada que es esa chica que nos ha atendido, ¿no?
–La marquesa de Villaverde, se cree ella… Ydetrás de una barra no se puede ir con tantos humos.

La vida es el Baratillo, un traje de chaqueta cruzada, una ración de bonito, un puente aéreo con Santander, el aperitivo de Doña María de las Mercedes, una colección de vacas tudancas en la vitrina de casa que sólo suelta en las pascuas para que pasten en el campo verde del Belén navideño, una misa de domingo por la tarde en el Sagrario, una reunión de curas en la barra de la tienda que convierte el negocio en un trozo de Roma junto a la Plaza Nueva, una tarde en los palcos de Semana Santa vigilando la compostura de los concejales, una noche de vísperas de San Pedro entre clarines que evocan las lágrimas del apóstol, un almuerzo pantagruélico en Borleña, Puente Viesgo o Comillas; una tableta de chocolate puro cien por cien, una llamada telefónica de Antonio Burgos, la memoria del padre que llegó a Sevilla a la búsqueda de la prosperidad del 29, el oro de la Medalla al Trabajo que aumenta el cuerpo de penitentes de la cofradía de la envidia, una copa de champán con burbujas diminutas, unos mejillones XXL, un tendido de sombra, una oración en voz alta mientras es vestido de nazareno, la foto en sepia de los portes en triciclo, un comentario sobre el Betis con Luis Carlos Peris, unos sobaos con la mantequilla justa, unas quesadas traídas directamente desde el Valle del Pas… Y siempre, siempre, un manojo de llaves que, como una esquila, anuncia con su melodía el final de la jornada laboral. La vida de verdad es ser fiscal del paso de la Piedad y guardián de la Pura y Limpia. Lo demás son circunstancias. Yeso, ya se sabe, no se discute.

El último traje de mil rayas

Carlos Navarro Antolín | 31 de mayo de 2015 a las 5:00

Otto  Moeckel
El verano es la coartada perfecta para relajar las buenas maneras, los usos sociales que son el lubricante de la convivencia. El verano en Sevilla empieza mucho antes que el día de San Luis. Comienza prácticamente en abril con los primeros sofocos que derriten la cera, inauguran prematuramente la venta de helados y pueblan las casetas feriales de armatostes de refrigeración con zumbido de bombarderos de la Segunda Guerra Mundial. Hasta hay curas que recortan las homilías en días de calor para no ahuyentar a la feligresía. Existen las misas light al igual que los programas de redifusión en la parrilla de televisión. La Semana Santa de la intimidad de muchos sevillanos comienza con el primer nazareno. Yel verano de un tiempo a esta parte arranca cuando se ven las primeras chanclas. El símbolo del verano hace mucho que no son las bicicletas, son las chanclas por las que asoman uñas largas y negruzcas, como son los pantalones de pirata en sus diversas modalidades:ceñidos con elástico a la pantorrilla, con tirillas sueltas, con bolsillos exteriores, con un único bolsillo trasero, etcétera. La chancla y el pantalón son los símbolos de la heráldica de los meses tórridos en una ciudad con la sombra tan en retirada como un ejército vencido.

Hay una minoría de sevillanos que resisten, como los galos de la aldea de Astérix, a la invasión de camisetas de tirantas y pelambreras al viento que se ven, por ejemplo, en la cola de turistas de la Catedral, subidos en la segunda planta del autobús panorámico, o sentados en una terraza del barrio de Santa Cruz tomando paellas recalentadas en el microondas. Y muchísimas veces son los sevillanos quienes han hecho suya la estética del turista desharrapado en riesgo de deshidratación. Entre los sevillanos que resisten la oleada del desaliño figura Otto Moeckel von Friess (Sevilla, 1929), siempre trajeado llueve, ventee o nieve; siempre con el cuello cerrado con corbata, siempre en perfecto de estado de revista. Quizás sea de los últimos sevillanos en tener trajes de invierno y de verano, ternos gruesos para el frío y el mil rayas para la canícula. Es un fin de raza de la estética elegante del verano, como en tantas otras cosas. Ver a un señor con un traje de mil rayas por la Avenida de la Constitución es más difícil que toparse con un turista en pantalones de pinza, con un cura con sotana o con un concejal de Podemos entrando en O´Kean. Don Otto es probablemente el último traje de mil rayas que se puede admirar por esa jurisdicción en la que hace su vida:el barrio del Arenal y sus zonas de influencia.

Desciende de los alemanes que vinieron a electrificar la ciudad y muchísimos pueblos de la provincia. Hágase la luz en Sevilla, dijo Dios. Y llegaron los Moeckel para quedarse en la ciudad para siempre. Hijo único, su familia paterna era de Sajonia y la materna de Baviera. Criado en los valores del esfuerzo, el orden y la disciplina. En caso de que el niño Otto cometiera las trastadas propias de la edad, su madre era el juzgado de primera instancia y su padre el Tribunal Supremo. Los abuelos encarnaban una suerte de Defensor del Pueblo.

Mucho antes de que Felipe González inventara el “mire usted” como arma letal en un debate, don Otto ya había puesto firme a más de un desahogado con el “mire usted” en la ciudad del compadreo. Lo ha sido todo en el Baratillo, donde fue inscrito en 1938. Personajes muy conocidos le han pedido ayuda para ser hermano mayor, pero siempre ha distinguido el carril de los afectos del carril de la responsabilidad de un cargo. Por mucha influencia que el pretendiente de la vara dorada tuviera sobre don Otto, si este sevillano con sangre teutona creía que no valía, se lo decía con toda contundencia. Y estaba dispuesto a pagar el coste del no. Para pasteleos ya están Los Angelitos de la calle Adriano.

Un agradaor le comentó un día lo orgulloso que debía estar al trascender que su hijo se presentaba a hermano mayor de la cofradía familiar. Encogió los hombros, marcó distancia y respondió:“Mire usted, si lo hace bien, doble alegría por mi hermandad y porque es mi hijo. Si lo hace mal, pues doble disgusto”. Años hubo que el Domingo de Resurrección aún le asomaban las hebillas en el calzado:“Me las quitaré cuando visite el último templo de las cofradías que no he podido ver en la calle”.

Al Baratillo se lo ha dado todo. Nadie ha mandado como él en esa cofradía. Su autoridad no sólo estaba basada en el sinfín de ayudas económicas que ha prestado, sino en la auctoritas ganada a pulso con las horas invertidas. Ni el mayor cicatero puede negar que la vida de este sevillano es un derroche de generosidad sin límites con una cofradía que ama como a su familia. Tiene la medalla de oro de la hermandad, la de plata de la Real Maestranza y la Pro Ecclessia et Pontífice concedida por Benedicto XVI a petición del cardenal Amigo, además de otros numerosos reconocimientos y homenajes. Nunca habla mal de nadie. Se sabe escurrir con elegancia cuando le ponen en el aprieto de ofrecer una opinión comprometida. Un circunloquio de don Otto agota a cualquiera que pretenda ponerle en un renuncio. Es imposible que diga lo que no quiere decir.

Nunca lleva tabaco encima, pero siempre se las arregla para tener un cigarrillo cuando apetece. En su opinión, los curas deben vestir de curas y no alargar su presencia en los ágapes de la casa de hermandad. ¿Cómo se le dice al sacerdote que su presencia ya es inconveniente? Muy fácil. Don Otto se acerca al corrillo y espeta:
–Don […]. Le voy pidiendo el taxi si le parece. Y yo mismo le acompaño a cogerlo.

Las hermandades son asociaciones privadas de la Iglesia Católica por mucho que la normativa diocesana de 1997 dijera lo contrario. No le insistan porque no admite cesiones en este debate, donde coincide con la corriente de opinión de eminentes juristas de la ciudad.

Para don Otto no existe el cansancio. Ni la jubilación tiene el significado etimológico de júbilo. Es hiperactivo al moeckeliano modo. El trabajo, la actividad cotidiana y las idas y venidas del barrio del Arenal son la combinación que mantienen con vitalidad a este vecino único, de exquisitas formas y costumbres arraigadas y, sobre todo, de una oratoria antigua y ordenada que pareciera que está escribiendo cuando está hablando. Sus discursos pueden ser editados directamente en papel.

El primer año que no pudo salir en el Baratillo estaba viendo la cofradía desde un palco de la plaza. De pie desde que llegó la cruz hasta que se fue el palio, como hacía don Antonio Delgado Roig con el Silencio en las sillas del Laredo. Llegaba la Santa Cruz y se levantaba, como esos cofrades que se levantan al paso de la Bandera Pontificia. En una Semana Santa de roedores de pipas a la espera de los pasos, de sillas plegables o de un público echado directamente sobre las aceras, queda aún el testimonio de quienes se forjaron en un respeto que no se explica más que desde el conocimiento profundo de la hermandad. Porque sólo lo que se conoce puede ser valorado.

Siempre ha hecho gala de un concepto de orden que distingue con precisión de tiralíneas la familia, la hermandad, los vecinos y los trabajadores. Llegó a tener 70 empleados. Si uno le invitaba a la primera comunión de un hijo, don Otto no faltaba, pero de su asistencia jamás se podría deducir ninguna suerte de favoritismo posterior sobre ese empleado. A la hora de marcar las distancias, no ha hecho excepciones. Su propio hijo, siendo hermano mayor, ha visto cómo su padre se pronunciaba en contra de algunas de sus decisiones. La objetividad en los planteamientos es uno de los estandartes de su vida.

Sufrió las interpretaciones interesadas que algunos hicieron de las directrices del Concilio Vaticano II. Siempre ha defendido que aquel concilio fue el de la renovación, pero desde la conservación de lo que había, no de la supresión. Un cura de aquellos años le exigió que quitara la mesa de altar que formaba parte del retablo y que pusiera unos taburetes con unas tablas encima como nuevo altar. “¿Pero usted comprende que yo me puedo cargar un retablo artístico de esa manera?”. Suya es una frase que pide mármol: “Ser cofrade es la forma de ser católico en Sevilla”.

Un día pidió a unos amigos que lo acercaran en coche a un barrio alejado del centro de la ciudad. Al llegar al destino, antes de bajarse, consultó al conductor: “¿Me puedes esperar cinco minutos?”. Ylos cinco minutos de un alemán son cinco minutos de reloj, no los cinco minutos del sevillano que te hace esperar veinte en la Plaza Nueva, te llama por la calle San Fernando para decirte que va por la Avenida y te endiña al final una demora de treinta. A los cinco minutos de reloj, se montó en el vehículo y ordenó rumbo al Arenal. Se sintió obligado a dar una explicación que ningún ocupante del coche le había pedido: “Muchas gracias, era necesaria mi intervención para poner orden. A los nietos hay que enseñarles el valor de la disciplina”.

La vida es aquello que ocurre en el Arenal, aquello que sucede en la institución de la familia. Es el cariño de hijos y nietos que adoran una conducta recta y ejemplar.La vida es el cumplimiento de las obligaciones antes que las devociones; es ayudar al cura en la misa de esos domingos de mirada baja de la Piedad y de sillas de enea apretadas; es hincharse los pulmones de ese olor a Baratillo que vuela por la cúpula, es visitar cualquier día la tienda de Trifón, los viernes del Silencio o los lunes del Santo Entierro. La vida es un café con doble azucarillo, una charla interminable en tantas noches de cuaresma, una gesticulación que es marca de la casa y un porte señorial donde el bastón contribuye a realzar ese señorío.