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La trigonometría perfecta

Carlos Navarro Antolín | 21 de diciembre de 2014 a las 5:00

Luis Miguel Martín Rubio
Las Matemáticas son útiles para toda la vida, sobre todo para que no le tomen a uno el pelo al comprar el pan, que era lo que decía una profesora a sus alumnos en la antigua Educación General Básica para que vieran el sentido práctico de una materia que en ocasiones parecían tan áridas como poco aplicables a la vida cotidiana. Aquellas ecuaciones como castillos, aquella trigonometría de tiza polvorienta, aquellas elevaciones al cubo… Veinticinco años después de aquellos borrones, quién nos lo iba a decir, la trigonometría es utilísima para clasificar las chaquetas cerradas de los pájaros, pajarillos y pajarracos de la avifauna local, donde el pelaje es tan variado como un encierro de Prieto de la Cal, el hierro de toros amelocotonados. Si hay una chaqueta en Sevilla que es un perfecto tratado de trigonometría es la de Luis Miguel Martín Rubio (Sevilla, 1962). Cuando Luismi se cierra el botón de la americana, son tan ajustadas las medidas que fíjense cómo emerge lentamente un pico en la mitad de la solapa y se compone un triángulo equilátero perfecto. El pico se eleva a la velocidad de un toldo mecánico, muy despacio, lentamente, y allí que va Luismi apatrullando la ciudad con su triángulo en el pecho. Luismi y su triángulo son a Sevilla lo que Álvaro Domecq y su corbata a Jerez, que la corbata hace tal curva que llega media hora antes a los sitios que Domecq. Si el triángulo se pronuncia de una forma ya descaradamente creciente, la chaqueta de este personaje hispalense (que no es lo mismo que personaje sevillano)se convierte entonces en modelo pañoleta.

Luismi es el precursor de las estrecheces de las chaquetas, de la Sevilla ajustada por el talle que algunos diseñadores creen haber inventado ahora con esos ternos ceñidos como taleguillas de banderillero. La estrechez está de moda como si todos los cuerpos fueran como fideos. Pero Luismi la inventó muchos años antes con su particular tratado de trigonometría, tanto de lunes a viernes por las calles del centro, como los domingos a la salida de la misa en San Pedro. Hay gente que acude a comprarse un traje a Galán, O´Kean o Sobrino, o a alquilar un terno para una boda en José Gestoso, que dan instrucciones claras y precisas al dependiente: “Mire usted, el pantalón me lo pone a su criterio, pero la chaqueta como a Luismi, con el piquito de la solapa asomando cuando me la cierre, sabe usted, que eso es lo más chic en las bodas de ahora, mucho más que repartir manoletinas entre las señoras para que puedan seguir bailando sin tacones”.

En Sevilla hay avifauna rica y variada como hay una industria emergente del corcho. Al corcho no se puede dedicar cualquiera, para eso hay que saber. Y esas enseñanzas no se imparten ni en centros públicos ni privados, ni en escuelas de negocios, ni en institutos especializados. Los conocimientos para ejercer de buen corcho en Sevilla se transmiten sólo entre los escogidos. Luismi flota en todas las aguas. Y eso escuece a algunos. Es el Antonio Pascual del PP, que tantísimos años después de ser vicerrector de la Hispalense sigue llevando vara en la presidencia del paso de Cristo de Los Estudiantes. ¿Por qué? Porque ha seguido yendo vestido de nazareno cada Martes Santo y siempre ha habido alguien que le ha dado la vara. Hay quien sale de Lacave en el Gran Poder como hay quien sale de Pascual en Los Estudiantes. Porque sí, porque Pascual ha tenido la habilidad de crear costumbre. Y la costumbre en Sevilla es como la jurisprudencia del Supremo. Luismi fue un día concejal de Seguridad Ciudadana. Y ha creado costumbre. Eso es así, ¿o no?

La celebérrima anécdota sobre la detención de Lorenzo Serra Ferrer un Sábado Santo es como el toro ensabanao de Antoñete, que años después seguía toreando y toreando en foros y tertulias y le cortaba otra vez las dos orejas. Cambian los alcaldes, desaparecen las cajas de ahorro, se hunde el PP…. Pero Luismi siempre está en postura, siempre en el machito, siempre en las fotos con el pico levantado de la chaqueta. Si había un sonrisa del régimen, hay una sonrisa hispalense que es la suya. Nadie puede con Lusimi como no hay nadie que pueda con las Diputaciones Provinciales. Hasta dicen que si dos sevillanos se quedan abandonados en una isla desierta, sólo se salvaría Luismi, porque se haría amigo de los caníbales en dos minutos.

Si hay una saludo que caracteriza a este duque de la Real Maestranza del Corcho es “¡Adelante”! Nunca responde al teléfono con el “Dígame”, sino con un “¡Adelante!” enérgico y firme que hace que el interlocutor se sienta recibido con altos honores. No pocas veces interrumpe el inicio del relato del que llama y espeta con la voz baja:“Te puedo llamar yo en dos minutos, te puedo llamar yo en dos minutos”. Sí, lo dice dos veces,al igual que hace Arenas en los mítines.

El corcho flota. Y la capacidad de flote genera desconfianza en sus compañeros de filas del PP. Mucho largar de Luismi, pero cuando se casa el hijo de un alto cargo, siempre se repite la misma conversación entre los padres de la novia: “Invitamos a Fulanito, a Los Menganitos… ¿Y a Luismi habrá que invitarlo, verdad?”. Una boda del centro-derecha sevillano sin Luismi ni es boda ni es ná por mucho que la presida Sánchez-Dalp (“Sánchez-Cal”, según Paloma Gómez Borrero, que como las crónicas vaticanas las haga con el mismo rigor…). Peregil de todos los enlaces, canapés, cenas de gala y zambombas de nuevo cuño que se precien. Vuvuzela de la gracia con las anécdotas de su etapa de concejal.

Inolvidable la de la visita a casa de Manuel Ruiz de Lopera acompañando al capitán general. Un pedazo de perro como un tigre que tenía don Manuel como mascota acudió a saludar al alto militar. El amo trató de evitarlo a gritos:
–¡Beethoven! ¡Quieto, quieto!
Luismi terció para que se no enfriara el ambiente.
–Qué bien, el perro se llama como el músico.
Y don Manuel puso la guinda:
–No, el perro se llama como su padre.
Tiene el don de pararse al menos un minuto con todo el mundo por la calle. Su gran ilusión sería que los señores de la Academia de la Lengua aceptaran Luismi como abreviatura de Luis Miguel y que la Iglesia lo admitiera como santo festivo.

El problema de conocer tanta gente es que luego se le presentan en la caseta. Un atasco en la SE-30 en hora punta en los años de convenios urbanísticos no es nada comparado con este hombre metiendo gente en la caseta un Jueves de Feria (“Adelante, adelante, que esto es como el autobús de Tussam. Vayan al fondo, vayan al fondo”).

Hubo un mes horribilis en la vida de este sevillano sin igual. Entre todas las cosas que ha sido y las que le quedan por ser, dicen que fue hasta dueño de un periódico por unos días por las circunstancias del destino, porque alguien le quitó la escalera en una negociación y se quedó con la brocha en la mano. Sus muchos partidarios aseguran que Luismi abdicó de sí mismo durante aquellos días.

Caballito fijo en el tiovivo local. Amigo de Soledad Becerril, con quien suele ver la cabalgata. San Fernando entró en Sevilla y ya estaba Luismi estrechándole la mano, como se la dio a Bill Clinton en una visita relámpago a la ciudad. Su silueta es siempre la de un viejo nazareno de San Pedro, de esparto ancho volviendo descalzo por la calle Dormitorio a su feliz morada. Sus chaquetas formarán parte algún día del Museo de Artes y Costumbres Populares. Ahora disfruta de vara de consiliario macareno con la ilusión pura y sincera de un niño. Sabe ganarse la confianza de curas banqueros, obispos y cardenales. Algo tendrá Luismi cuando lo bendicen. Y atesora una virtud escasa en el sevillano:es difícil oírle hablar mal de alguien.

Nunca olvidará una comida dominical con macarenos de pro en un restaurante pretencioso en la Avenida del Pueblo Saharaui. Uno de los comensales no paraba de pedir botellas de reservas de Rioja, raciones de marisco, puros y demás delicatessen. Cuando llegó la cuenta, vació la cartera, pero todavía le faltaban euros. Preguntó al compañero de mesa al oído, enseñándole los billetes que ya tenía.
–¿Tú llevas dinero para dejarme y te lo doy mañana?
–¿Pero cuánto es la broma?
–95 euros cada uno, a 190 el matrimonio. ¿Tú sabes cuántos carros del Supersol de la Alfalfa se llenan con 190 euros?
Y del Pueblo Saharaui al centro se volvieron andando por un desierto de tiesura. No estaba la cosa para coger un taxi. Que en los taxis se arrugan las chaquetas.