Archivos para el tag ‘Universidad’

Más allá del foso de la Universidad

Carlos Navarro Antolín | 8 de julio de 2018 a las 5:30

sastreria.jpg

LAS cofradías no suelen dar de comer. Aunque haya gente que pelee por ciertos cargos como si llevaran añadida la pensión vitalicia a la que tendrá derecho un tal Sánchez tras asegurarse un período de uso del somier de la Moncloa. Alguien dijo una vez que la estructura de una cofradía era una cebolla con tres capas. La de mayor tamaño corresponde a los hermanos cotizantes. que no aparecen nunca por la hermandad pero pagan religiosamente la cuota por el sistema de domiciliación bancaria que mandó al paro a los cobradores. La segunda en tamaño se corresponde con los capiroteros, que solo aparecen el día de retirada de la papeleta de sitio y el día de la salida de la cofradía. Y la capa de menor tamaño, el núcleo duro de la hortaliza, es el grupo de hermanos que protagonizan la vida cotidiana en la hermandad y que forman parte antes o después de la junta de gobierno. En este colectivo los hay sin oficio ni beneficio, a los que les va la vida por mantenerse en el machito, y los hay que compaginan sus trabajos con las horas de dedicación a la cofradía de su vida, la que aprendieron a amar a través de sus padres.

Antonio Piñero Piñero (Carmona, 1957) es durante unos meses el presidente accidental del Consejo de Cofradías por la dimisión repentina de Joaquín Sainz de la Maza. Fue anteriormente un brillante hermano mayor de la cofradía de Los Estudiantes, de la que forma parte de la capa más interior de la cebolla. Por su profesión de letrado de la Administración de Justicia tiene vida más allá –mucho más allá– de las hermandades. A Piñero se lo encuentra uno en la barra del Labradores con cara de sueño y se justifica alegando que lleva desde las seis de la mañana en una misión especial. No te da más datos, que es hombre chapado a la antigua en la discreción casi excesiva. Consulta uno la web de Diario de Sevilla y aparece la información sobre una operación policial con registro y entrada en el Vacie, en Los Pajaritos o en cualquier punto sensible de la ciudad y, claro, allí estaba Piñero rodeado de policías nacionales blindados hasta la corcha para dar fe pública judicial como corresponde a su puesto en el Juzgado de Instrucción número 9. Muchísimas veces no sabe la estampa que se va a encontrar, qué ristra de miserias humanas va a tener que presenciar y sobre las que luego tendrá que escribir en ese despacho austero, presidido por una foto ochentera del Cristo de la Buena Muerte sobre fondo de cortina roja de terciopelo y dos carteles de pregones universitarios. Siempre el Cristo de la Buena Muerte, siempre presente el crucificado de la Universidad del que su padre fue maniguetero hasta su última Semana Santa.

Hijo del magistrado Francisco de Paula Piñero Carrión (Carmona, 1917-Sevilla, 2012) , sabe lo que es vivir en diferentes ciudades de España, primero como hijo de juez, y después como secretario judicial. A Antonio Piñero le pasa como al rey emérito. Ves a Don Juan Carlos en la televisión y estás viendo al mismísimo Don Juan de Borbón. Cada día la rama se parece más al tronco. Ves a Antonio Piñero camino de una función religiosa y estás viendo la silueta señorial de su padre cuando, inconfundible en las formas, salía de la tertulia de mediodía del Círculo de Labradores camino de la parada del autobús que lo llevara a Los Remedios.

Piñero tiene el don de escuchar a todos y la habilidad después de hacer lo que le da la gana. Dicen que tiene velocidad propia. Es el claro ejemplo del que sigue la proclama: “Oídos los pareceres, yo dictamino”. Tiene un catálogo de frases bien definidas para reaccionar ante determinadas situaciones. Cuando quiere expresar una oposición frontal a un planteamiento: “En modo alguno”. Cuando está un poquito harto de oír obviedades: “Es por ello, es por ello…”. Y cuando encarga una tarea particular a alguien muy concreto: “Si te encargas, te encargas tú”.

En la cofradía de la Cruzcampo tiene casi la misma antigüedad que en la de Los Estudiantes. Piñero es un tipo que prima la compañía antes que el sitio. No es nada exquisito a la hora de escoger un restaurante o una taberna. Se adapta a todo hábitat. Acaso tiene preferencia por los caracoles del bar Bolonia de la calle Juan Sebastián Elcano.

Racional y templado. Cuentan que tiene mucho de Rajoy a la hora de no alterarse. O, al menos, de no parecer alterado. Un día de la Feria de 2017 sufrió un telele cuando se dirigía al real por la calle Asunción. Requirió de ingreso hospitalario. Llamó a la enfermera al cabo de unos días y le dijo que sintiéndolo mucho se tenía que marchar, que ya no podía estar más días en la clínica porque tenía entradas para una corrida de toros. Cuando tiene algo claro es complicado frenarlo. Tal vez sea como su padre, que le insistían en los años noventa para dar el pregón de la Semana Santa y sorpresivamente decía que no, cuando había tortas por abrazar el atril, como las sigue habiendo ahora.

Piñero es la sonrisa en el mundo de las cofradías, tantas veces ajado por los conflictos internos y externos. Es un tipo abierto, extrovertido e integrador. Una prueba de ello es que los jóvenes de Los Estudiantes le tributaron un homenaje improvisado en el último almuerzo que presidía como hermano mayor. Siempre mantuvo abiertas las puertas de la hermandad, siempre obsesionado por el aperturismo. Cuando algún hermano accedía a la sala de cabildos en plena reunión de la junta de gobierno, Piñero se levantaba y le invitaba a pasar al resto de dependencias de la hermandad, para que no se quedara cortado y se marchara. Su gran preocupación es que ningún hermano se quedara en la calle. Llevó ese espíritu de apertura a tal extremo que se inventó la celebración de la Cruz de Mayo en los patios de la Fábrica de Tabacos con permiso, por supuesto, de las autoridades académicas.

La infancia son recuerdos de las aulas de las entrañables dominicas de Madre de Dios de Carmona. Y la juventud son evocaciones de las clases del colegio de San José (Padres Blancos) de Los Remedios, donde también estudió su hermano Francisco, primer alumno del centro que fue ordenado sacerdote y que hoy, además, es el párroco del templo, al que todos cariñosamente conocen como el cura Paco. ¡Cuántos recuerdos de los juegos infantiles con Francisco en los jardines de la casa familiar de Virgen de la Antigua! La vida son recuerdos de los destinos profesionales de su padre: Marchena, Fregenal de la Sierra, Las Palmas de Gran Canaria… El golpe de Estado del 23-F, precisamente, le sorprendió en el archipiélago. La vida es empezar a cursar Derecho en la Universidad de La Laguna y terminar la licenciatura en Sevilla. Hincar los codos en las oposiciones con ese inolvidable descanso de los desayunos del domingo por la mañana en la cafetería Lunchparty frente a la parroquia de Los Remedios.

La vida es llegar temprano a la legendaria caseta Wifredo el Velloso, de la que su padre era fundador, y contemplar el paseo de caballos. La vida es tener el orgullo de ser el hermano mayor que recogió la Medalla de la Universidad concedida a la cofradía de Los Estudiantes por el rector Joaquín Luque. Y la vida, cómo no, es el recuerdo de su perra Molly, un can de enorme tamaño al que sacaba a pasear por las noches –cigarrito en mano– por la calle Virgen de la Cinta.

Uno de los méritos escasamente reconocidos a este cofrade es que se aprendió el segundo apellido del obispo vasco Mario Iceta, al que recogió en el aeropuerto con motivo de unos cultos que iba a presidir en la Capilla de la Universidad. Siempre se refirió al prelado como monseñor Iceta Gavicagogeascoa. Sólo por eso merecería una distinción del Vaticano, por lo menos… Hizo buenas migas con Iceta y con el cardenal Sistach, uno de los grandes canonistas de la Iglesia española al que también invitó a presidir cultos de la cofradía.

Sin hacer mucho ruido, la verdad es que Piñero ha sido pionero en algunas apuestas. Como hermano mayor promovió la designación de la primera mujer pregonera e incorporó la primera mujer a una junta de gobierno. Hizo presión para que su dilecto Lutgardo García fuera pregonero de la Semana Santa. Lo consiguió. Después, ya de vicepresidente del Consejo, consiguió que su amigo del alma, José Ignacio del Rey, también lo fuera. Su vida es una continúa promoción de notables hermanos de Los Estudiantes. Incluso ha hecho hermanos de la cofradía a muchos abogados, jueces y fiscales.

Analítico con las situaciones de la vida cotidiana, pero siempre con corazón. Siempre tiene a mano la raqueta de pádel para jugar en las pistas junto al río. Y, cuidado, porque es tremendamente competitivo por mucho que se queje de las rodillas. Si fuera futbolista se diría que no le gusta perder ni el Torneo de la Galleta. De hecho, ha ganado en todos los comicios cofradieros que se ha presentado, hasta tal punto que en una ocasión se calificó de piñerazo la elevada cantidad de sufragios obtenidos.

Correcto en el vestir, le pierden ciertos antojos como los regalos promocionales: gafas de sol, polos, etcétera. Muy sevillista, tanto que forma parte de la peña Eindhoven. En su casa exhibe la tabla del Cristo de la Buena Muerte que pintó Ricardo Suárez, regalo de la hermandad por el fin de su mandato. Piñero es de los que cumplen con su trabajo con rigor pero sin obsesiones, sabe disfrutar del horario extralaboral. Su despacho está a escasos metros de la cofradía de su vida. Siempre está cerca de la Capilla de la Universidad por grande que sea el foso que separa el templo del exterior de la antigua fábrica. Siempre está en esa capa reducida de la cebolla. Es por ello, es por ello…

Nunca es tarde

Carlos Navarro Antolín | 27 de septiembre de 2015 a las 5:00

Antonio Fernandez Pérez
EN agosto del 97 pedimos una entrevista con Luis Fuentes Bejarano, aquel matador de toros al que concedieron una oreja en Madrid tan sólo por la perfección en la ejecución de la suerte suprema, su gran especialidad. Como estaba a punto de cumplir los 95 años, dimos todas las facilidades a sus hijas para que nos recibiera en casa cómo y cuándo fuera posible.

–No, no. Mi padre va todos los días a pie a su tertulia, al bar de la calle Tetuán.
–¿Con casi 95 años?
–Sí, va y vuelve dando un paseo. Búsquelo allí.
Se notaba que era torero en los andares, en el sombrero de ala ancha, en una estética orillada. Y en la forma de recibir a media mañana.
–Joven, ¿le pido café y aguardiente? ¿Quiere un puro?
–No, no. Agua, sólo agua.
–Pues así no va a llegar nunca a mi edad. Se lo digo en serio. Y tengo catorce cornadas: doce en las piernas, una en el cuello y otra en los testículos.

Un día del año 2000 tuvimos el honor de entrevistar en su casa al arquitecto don Antonio Delgado-Roig, del que nadie podrá decir que no era un señor. Tenía entonces 97 años. Cuando terminó la entrevista, insistió en tomar un refrigerio: “Pero vamos al bar de abajo. Espere que coja el abrigo”. Y en el bar de abajo le preguntamos por sus aficiones de niño nacido en 1902.

–¿Jugaba usted al fútbol?
–No, no existía. Llegó después.

Las entrevistas con nonagenarios pueden calificarse como un género particular, tiene un valor enorme conversar con señores que afirman con toda naturalidad que vieron corridas de toros sin petos, con caballos empitonados, cosidos y vueltos al ruedo del coso del Baratillo; una ciudad de bares donde no entraban mujeres, o cómo se encendían las farolas de gas de la Plaza Nueva.

Antonio Fernández Pérez (Sevilla, 1925) trajo a Sevilla la idea de la zona azul tras viajar a Alemania, nación cuyo gobierno lo invitó en 1967 para que aportara su experiencia como experto en seguridad vial. Ha sido muchas cosas en la vida: trabajador a los trece años, conductor del parque móvil del Estado (“El Demóstenes del Tráfico”, decían las crónicas de la época), técnico sanitario, jefe de personal de subalternos en el que hoy se llama Hospital Virgen Macarena, infatigable líder vecinal en el Arenal, diplomado en artes y oficios, estudiante de Derecho con más de 70 años… Y hoy es un doctorando nonagenario al pie de la trinchera de su larga vida. Nunca ha creído que es tarde para comenzar nada. Ingresó en la Universidad a la edad en que muchos no se pueden atar los cordones de los zapatos. Mucha gente lo para por la calle Antonia Díaz para preguntarle por el elixir de la juventud, por el secreto de soplar las 90 velas con la cabeza bien amueblada y las piernas sincronizadas con el cerebro. Y siempre desvela la fórmula.

–¿Cómo se llega a los 90 años?
–Con una buena compañera.

Vivir mucho permite conocer a los nietos y a los bisnietos, bienaventuranza reservada a una selecta minoría. Pero también obliga a bajar a los sótanos donde se amontonan las decepciones, se apilan los desengaños y se envuelve todo con la manta desvencijada de alguna tragedia. Antonio Fernández se crió sin padre. Sus hermanos mayores fueron llamados a filas junto a Mambrú en 1936. Él era el pequeño de la familia, el único que se quedó en una casa carente de ingresos económicos con la marcha de los mayores. Por eso dejó las aulas y se fue a reparar los coches militares que resultaban averiados en la guerra. Los talleres estaban donde hoy se levantan las facultades de la Avenida de Reina Mercedes. Cobraba tres pesetas al día por limpiar con una brocha las piezas de los vehículos. Los niños de hoy se espabilan estudiando en el extranjero. El niño Antonio Fernández se espabiló para toda su vida cuando los compañeros del taller le gastaron la novatada de ir a pedir la “piedra de afilar destornilladores” y se vio portando un adoquín. Aquellas risotadas forjaron al ciudadano de hoy.

Como conductor profesional del Estado trató con mucha proximidad con varios rectores del franquismo, que por el hecho de serlo eran también procuradores (o sea, diputados) de las Cortes. En esos años nació su vocación por el Derecho Administrativo, cuando los jóvenes alumnos hacían rabona y él aprovechaba para asistir a las clases de los grandes catedráticos.

José Mariano Mota era el santo varón que recibía en el Rectorado de la calle Laraña a los pobres de la Puerta Real, el rector al que daba apuro hacer trabajar a su chófer por las tardes, por lo que si había que acudir a algún acto vespertino, permitía a Antonio Fernández llevar a su novia en el vehículo oficial: “Pueden ustedes irse a pelar la pava mientras dura el acto”. Mota murió en los brazos de Antonio Fernández tras un desagradable incidente entre estudiantes en el patio de la Universidad, hechos a los que no aludió la prensa local de entonces, como si el rector hubiera fallecido por causas naturales. Aquel rector nunca decía que no. Antonio Fernández osó advertirle un día:

–Don Mariano, un día le van a pedir la luna.
–Pues buscaré una escalera.

Fue también conductor de los rectores Carlos García Oviedo, que por aquel entonces tenía un colaborador llamado Manuel Clavero Arévalo; Juan Manzano, que vivía en el Colegio Hernando Colón con una ingente cantidad de hijos; José Hernández Díaz, que también fue alcalde, y José Antonio Calderón Quijano. Hernández Díaz empleaba una semana en ir y volver de Madrid al aprovechar para visitar ciudades a la ida y a la vuelta. Antonio Fernández compartía mesa y mantel con el rector y su esposa en los viajes. Calderón Quijano era un rector bonachón, sencillo y muy religioso, al que recogía en coche cada mañana después de que asistiera a misa con su madre. Calderón fue el padrino de uno de los hijos de Antonio Fernández, bautizado por el canónigo José Sebastián y Bandarán. Aquel rector corpulento era ferviente devoto de Pasión: “Antonio, el Señor de Pasión es el mejor de los nacidos, nunca lo olvides”.

Como abogado salió en los telediarios al lograr una sentencia del TSJA de 2001 que condenaba al Ayuntamiento por su pasividad en la lucha contra la movida. Su trayectoria vecinal y jurídica está marcada por su “tenaz lucha contra la Administración pública”, según reza uno de los muchos diplomas que ha recibido este polifacético ciudadano.

Como hermano viejo de Los Estudiantes, se refiere a la cofradía de la Universidad como la “Buena Muerte”. Es hermano del Baratillo (“Por Joaquín Moeckel”), la Carretería, la Caridad y la Sacramental del Sagrario.

La infancia son recuerdos de un quinqué, de las alusiones al tío del saco para asustar al niño inquieto que se resistía a meterse en la cama, y de un sábado por la tarde, 18 de julio, en que los chiquillos del Arenal acudieron a una Plaza Nueva con firme completo de albero para ver los efectos de un cañonazo en el Hotel Inglaterra. La vida es un paseo matinal al Colegio de Abogados, una oración musitada a la Caridad, donde descansa esa buena compañera; un saludo afectuoso de los camareros del Serranito. La vida es un despacho con hojas de periódico que tienen el marco sepia del paso de los años y que dan cuenta de medallas, reconocimientos y luchas vecinales. La vida es la casa del callejón de Iris, por donde acceden los toreros a la plaza y donde también vivía Antonio Ordóñez, al que amortajó de nazareno de la Esperanza de Triana después de meses de morfina. La vida es admiración por Santiago Romero de Bustillo y fidelidad al lema Ultra et recte (De frente y por derecho) y es también hoy una reflexión con la mirada al aire a lo Belmonte: “Tengo 90 años y no me he dado ni cuenta”. Y una apostilla:”¿El futuro? Algo tendremos que hacer”. Nunca es tarde porque nunca lo fue. “¿Sabes que tengo un nieto que es mago?”. Intacta ilusión. Siempre quedan conejos por sacar de la chistera de la vida.

El último virrey

Carlos Navarro Antolín | 11 de enero de 2015 a las 5:00

MANUEL MARCHENA
Hubo un tiempo nada corto en Sevilla en que funcionó con plena agilidad la ventanilla única, esa vía de gestión que siempre reclaman las patronales, las cámaras de comercio, las asociaciones de autónomos y todo aquel que se gana la vida con la agenda bajo el brazo pegando barzones de la Campana hasta la Puerta Jerez. La ventanilla única funcionó en los años de Monteseirín como alcalde. Llegaba un empresario quejándose a Alfredo de la lentitud de la licencia de primera ocupación en un negocio y su inquietud era rápidamente reconducida desde la Alcaldía hasta cierto despacho.

–Habladlo con Marchena.

Otro día eran unos extranjeros pidiendo facilidades administrativas para un centro comercial en un páramo que pretendían convertir en una nueva milla de oro.

–Estupendo, estupendo. Habladlo con Marchena.

Incluso algunos concejales de gobierno se quedaban tiesos para sus proyectos de obra, se presentaban en la Plaza Nueva con el director de área y el adjudicatario pegados a los talones, y el propio alcalde aplicaba la letanía.

–Habladlo con Marchena. Y que suban el aire acondicionado que no hago más que sudar.

Y toda Sevilla hablaba con Manuel Marchena Gómez (Brenes, 1959), que fue director de la Oficina del Plan Estratégico, gerente de Urbanismo y consejero delegado de Emasesa. Nadie ha acumulado tanto poder en el organigrama del Ayuntamiento de Sevilla desde la reinstauración de la democracia, creando una leyenda hasta el punto de que algún alto responsable del actual equipo del PP se mira al espejo cada mañana obsesionado aún por la figura de este último virrey hispalense.

–Espejito, espejito… Dime que sí, dímelo. ¿Mando yo tanto como Marchena?

Y se oye una voz profunda, rotunda, como salida de las entrañas de un paso subterráneo con desfase presupuestario y que hiere despiadadamente el agujero de las vanidades.

–¡Noooooooo! ¡Tú, noooo!

A la hora de hablar con Marchena había grados. Unos usaban su teléfono directo. Otros se tenían que conformar con los números fijos de las secretarias. Unos eran recibidos en el despacho, otros en el Rinconcillo. Y muchos otros debían esperar más que para hacerse una radiografía de boca en la Seguridad Social.

Marchena son unas gafas a lo Jonh Lennon de Brenes, un calzado de tonalidad pistacho que se cuela hasta en el suntuoso Salón del Trono del Palacio Arzobispal y una indumentaria que es un mapa mundi itinerante: pantalones comprados en Melilla, traje de alpaca de Perú, camisa de lino de la India y una chaqueta de tweed de Londres. Marchena, como los antiguos fenicios, compra telas a bajo precio en sus viajes por el mundo. Y luego se hace la ropa en Sevilla.

La acumulación de tanto poder durante tantos años genera dos cofradías: la de los agradaores y la de los censores. Monteseirín le ha hecho jugar en el área pequeña en no pocas ocasiones. Y meter el pie en esos terrenos dispara el riesgo de penalti. Hay quien dice que el león no tiene tanta zarpa y quien defiende que ha sido implacable al investigar filtraciones periodísticas o meter en cintura a subordinados reacios a seguir las indicaciones. En la Gerencia de Urbanismo tomaba café elaborado por la secretaria en una máquina de melitta. En Emasesa tenía cuatro secretarias controlando una agenda que en ocasiones tenía dos citas de mediodía en el mismo restaurante: una a las 14 horas en la barra y otra a las 15 horas sentado a la mesa.

Monteseirín le encargaba objetivos a las seis y media de la mañana o a la una de la madrugada. Si lo saludaba como “profesor”, buena noticia. Si en cambio le decía “Manolo”, mal augurio. Monteseirín era aficionado a “hacer cosas”, a tratar de cambiar la ciudad y a enfrascarse en proyectos sin hoja de ruta clara. Como los viejos canónigos, hacía lo que debía y dejaba a deber lo hecho. El brazo ejecutor era casi siempre Marchena, el cirineo perfecto, el Richelieu de la corte municipal, el ministro sin cartera y con todas las carteras a la vez, el concejal sin acta pero transversal, porque Marchena telefoneaba a cualquier delegación, a cualquier despacho y a cualquier hora.

Sufrió cuando en el verano de 1999 se publicaron las deudas de Monteseirín con la Hacienda local por los sellitos de coche y los recibos de IBI impagados. Era el inicio del primer mandato y el alcalde se revelaba ya como una figura aparentemente vulnerable. El escándalo le pilló en Pamplona, en los Sanfermines, y desde allí maldijo al periodista que firmaba la información, que hoy sigue por los lares del oficio cortando trajes aun sin tener ni pajolera idea de usar un dedal.

No es de derechas, aunque hay quien lo incluye en la derecha sociológica, ni militante del PSOE. Intentó la inscripción en la agrupación de Triana, pero hace años que una chica llamada Susana Díaz dejó congelada su solicitud, firmada por Alfredo Sánchez Monteseirín y Curro Rodríguez. La hoy presidenta andaluza y el hoy catedrático de Geografía compran las pizzas en el mismo establecimiento de la calle San Jacinto: Pane e vino.

Nunca oculta su gusto por el marisco, que el PP siempre le ha echado en cara. No hace mucho que sorprendió a varios dirigentes peperos recreándose ante un plato de percebes en un conocido bar muy próximo al Parlamento. Se acercó a saludar al grupo: “¿Cómo está esa ración de percebes? ¿Han salido buenos?”

Todavía no ha digerido que no se levantara la Biblioteca del Prado, tumbada por la Justicia cuando ya estaban edificados el párking subterráneo y los cimientos. Si para sacar adelante un proyecto urbanístico había que desviar el dinero de una empresa municipal, se hacía. Monteseirín siempre le reservaba la gestión de marrones. Cuentan que ha almorzado hasta con el diablo y hasta dicen que el diablo dejó el tridente en el guardarropa y se relajó tanto que acabó fumando un puro de los que un par de empresarios le siguen trayendo de La Habana. Tiene muchas chaquetas desgastadas por la espalda de la de abrazos que le han dado durante tantos años de millonarios convenios urbanísticos y de orondos presupuestos en Emasesa. Se lo avisaba Monteseirín: “Estás en el centro del ruedo de la ciudad más importante del mundo”. Y cuando arreciaban las polémicas: “Manolo, tápate”.

De alguien que no le gusta dice que es “más facha que el Tercio”. Si está en una charla de barra e irrumpe un tercero durante más minutos de la cuenta, le saca el pañuelo verde: “Perdona, estamos trabajando”. Y le indica la salida como el Pilatos de la Calzada.

En 1988 cambió el balonmano por la maratón. Las ha corrido en Roma, Madrid, Oporto, Amsterdam, Berlín, Nueva York, Montevideo, Marraquech, Florencia y Auckland. Inventó el urbanismo morado, por el que la Gerencia se hartó de repartir subvenciones en las cofradías. Ha salido en las presidencias del Museo y del Buen Fin. Y es nazareno guardamanto de la Virgen de la Angustia, de Los Estudiantes. Cuanto más restringida es una cita, más se pirra por estar presente. Por eso se ha sentado en el patio de butacas en el concierto de Año Nuevo de Viena y ha asistido a las carreras de caballos del Palio de Siena.

Como el Cid de las caracolas, aseguran que hace unos meses telefoneó al servicio de licencias para acelerar un permiso de obra en una casa catalogada del Porvenir. El afectado por el retraso la obtuvo en las 24 horas siguientes. Quizás por eso gente muy de derechas y de apellido rimbombante le exigía a Zoido antes de las elecciones de 2011 que cuando fuera alcalde “limpiara” el Ayuntamiento: “Pero a Manolito Marchena no me lo toques, que me lo resuelve todo”.

Hoy sigue muy presente en la vida social sevillana, todo lo contrario que Monteseirín. Ya no suena la letanía (“Habladlo con Marchena”) ni recibe tanto abrazo, pero algún jamón sigue llegando a su casa por Navidad.