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El escaso rédito del rigor

Carlos Navarro Antolín | 19 de junio de 2016 a las 5:00

JAIME RAYNAUD
SER político hoy es estar expuesto a los vertederos de las redes sociales, estar dispuesto a remar en la frágil nave que surca los mares del márquetin y el pensamiento reducido a los 140 caracteres, ser esclavo del eslogan, el titular y la fotografía y, por supuesto, asumir como propios los enemigos del jefe directo o del aparato orgánico de turno. La vida pública está degradada porque nunca antes ha sido tan fácil y ha resultado tan barato mancillar desde el anonimato a quienes la protagonizan. ¿Quiénes son entonces los mejores galeotes en las aguas embravecidas de la política actual, donde se ha sustituido el discurso estructurado desde la tribuna por la imagen efectista del líder que ve el partido de fútbol agitando la bufanda? Los mejores remeros son, en general, los que no tienen otra embarcación donde ofrecer sus servicios, otro cómitre del que recibir las órdenes, y aguantan todas las bogas. Los más reconocidos hoy no son los mejores preparados, sino los que no discuten la dirección del barco. No son los que controlan los problemas de la población a la que representan, sino los que fabrican los tuits más ingeniosos en esa exaltación del instante, del momento, del flash. Los más prestigiosos no son los que gestionan con mayor rapidez y eficacia los recursos públicos, sino los que tienen un argumento falaz que encuentra aplauso para desmentir una crítica fundamentada. En la política de hoy reinan las culebras trepadoras y no hay ramas para los búhos de ojos sabios.

Es mejor tener una imagen de bonachón, un escudero resoluto que gestione los perfiles de las redes sociales, que un buen conocimiento del funcionamiento de la Administración, un control exhaustivo del presupuesto público y unos criterios claros sobre cómo hacer qué, en cuatro años y de qué manera. Jaime Raynaud Soto (Sevilla, 1949) es un político del PP al que las circunstancias de una política cortoplacista privó de una segunda oportunidad para intentar ser alcalde de Sevilla. Su caso demuestra el escaso rédito que tiene el rigor en la política de hoy. Arquitecto técnico de profesión, vecino del centro y viejo conocido de las filas de la mitificada UCD, Raynaud siempre ha tenido mejor currículum que fotogenia, mayor capacidad para estudiar los temas, preparar las interpelaciones parlamentarias y moverse por los despachos de los técnicos de los ministerios para pulsar la tramitación de un proyecto, que para hacer el indio en una campaña electoral en la cocina de una ama de casa o haciendo pilates en un centro cívico. Raynaud es de los pocos políticos que consigue que el tostón del urbanismo sea apto para todos los públicos, que es algo tan difícil como hacer ameno el Derecho Administrativo.

Justo antes de entrar en la política municipal fue impulsor de varios edificios próximos a la Avenida de la Buhaira. En pleno esplendor profesional fue convencido por Soledad Becerril para ser integrado en la lista electoral como potencial delegado de Urbanismo, pero se quedó en la oposición después de que Alejandro Rojas-Marcos pactara con el PSOE de Chaves para convertir a Monteseirín en alcalde a cambio de la Línea 1 del Metro… Y también de varios contratos para el personal andalucista.

Siempre ha tenido aires de profesor universitario y cierto perfil de maniquí de Galán. Su problema tal vez haya radicado en que es serio en una política donde prima parecer simpático. Le ocurre como a su querida cofradía de Santa Marta: eficaz en el paso, elegante en el porte, cumplidor en los horarios, bello en la imagen, pero sin despertar aplausos…Y los vítores, aplaudidores, agradaores y demás jaleadores son imprescindibles en la dinámica electoral. Porque de ellos dependen las encuestas. Y los partidos políticos son esclavos de los augurios de las israelitas, de los redactores de las prospecciones, de los dictámenes de los sociólogos sesudos, de los caprichos de los arriolos y de otros especímenes. Dios, qué buen alcalde si hubiera tenido un buen sondeo.

“No llegamos, en Sevilla no llegamos”, dijo Arenas en el primer semestre de 2006 al ver las encuestas del PP de cara a las municipales de 2007. Y quitó a Raynaud de portavoz, lo desbancó de la vida municipal. No le dejó ser candidato a la Alcaldía por segunda vez, pese a que alcanzó proyección suficiente como para ser blanco de las bromas ácidas de Alfonso Guerra en los mítines de los barrios obreros en la campaña de 2003: “¿Cómo se llama el candidato que ha puesto el PP? ¡Decidme! ¿Renault? ¿Se llama como los coches? Si parece maestrante…”. ¡Anda que si el PP hubiera apartado a Arenas tras el primer tropiezo en las autonómicas andaluzas!.

–¿Cuántas veces ha intentado Javié ser presidente de la Junta?
–Sólo cuatro, hombre. Sólo cuatro.
–Pocas son.
–Diga usted que sí.

El tiempo litúrgico del PP andaluz se divide en candidaturas fracasadas de Arenas con el tiempo ordinario de Teófila Martínez. Todos creímos que la vida política de Raynaud se acababa aquella tarde de Corpus de 2006 en que un teletipo comunicaba que no repetiría como candidato. El teletipo que citaba “fuentes del PP” (¡Óle ahí esos tíos valientes!) era como el motorista que salía del Pardo con el comunicado de cese de los ministros. Y aquel teletipo llegó después de que Arenas hubiera tenido engañado a todos durante meses: “Jaime es hoy por hoy el candidato del PP a las municipales”, decía con la ceja arqueada. Toma del frasco, Javié. Pensamos que Raynaud entonaría el ya estoy yo en mi casa, que bien cerca la tenía del Ayuntamiento, y que le haría al de Olvera el merecido tururú. Pero no. Raynaud exigió quedarse como concejal raso para cumplir hasta el final de la corporación, de chaqué en las procesiones y oficiando las bodas que tenía comprometidas y alguna más. ¡Ay, aquella imagen suya, con los tiros largos de la dignidad, colocado en las primeras parejas de la representación municipal, como los nazarenos más jóvenes, después de haber ocupado varios años el sitio preferente del portavoz!.

Arenas tuvo que premiarle con un acta de diputado en el Parlamento Andaluz. Raynaud es hoy el decano del PP de Sevilla, con un halo de prestigio poco frecuente en la política de disciplinados galeotes que reman y reman a la espera del bocadillo de un carguillo. Todavía hoy se mantiene como uno de los depositarios de la “interpretación auténtica” del Evangelio Arenísitico, que transmite con prontitud y eficacia. Es una suerte de druida en el convulso PP sevillano. Protagoniza las intervenciones de mayor interés en las juntas provinciales de un partido que aún no se ha levantado de la lona tras recibir el golpe más duro en las últimas municipales.

La vida es recordar los años de juventud en Los Remedios, donde jugaba con un chaval llamado Quico Toscano, eterno alcalde de Dos Hermanas. La vida es un aperitivo en La Barbiana mientras cuenta batallitas del Colegio de Aparejadores, las anécdotas del último viaje a Tierra Santa (ay, qué experiencias allí vividas) o el chiste más picante oído en los pasillos del Parlamento. La vida es usar Panamá (sin papeles) para amortiguar el sol de la Avenida de la Constitución. La vida es una copa de champán francés en Navidad, sin despreciar algún cava extremeño. La vida son combinaciones extrañas de colores en el vestir, concesiones a la frivolidad que sirven quizás para descansar la mente de tanto PGOU, tanto Potau, tantas aglomeraciones urbanas, tuneladoras y legislaciones urbanísticas variadas. No se han encontrado precedentes en la historia del Ayuntamiento de aquella chaqueta de rayas rosas que lució en una audiencia de principio de curso político en la Alcaldía. La vida es corregir impertinencias sin dolo cuando pasea por la calle con la mejor compañía posible: “No son mis nietas, señora. Son mis hijas”. La vida es recordar el hotel Royal que su padre fundó en la Plaza Nueva y que, con el advenimiento de la República, tuvo que rebautizar como Hotel Iberia. La vida es salir junto a los suyos de diputado de cruces en Santa Marta, cofradía de la que su padre fue alma máter, y los fines de semana con los mismos amigos que hace treinta años.

El político al que le cabía el Ayuntamiento entero en la cabeza medita hoy si merece la pena seguir alargando la vida pública o dedicarse a su profesión y al cultivo de las plantas de su Castelgandolfo particular, que está en Almensilla. E incluso a escribir poesía, que dicen que es una de sus aficiones ocultas. Mientras algún socialista sigue respirando décadas después por la herida de la Alcaldía perdida en los tejemanejes de los pactos, Raynaud se reconcilió consigo mismo y hasta con Arenas después de haber guardado el oportuno luto. Se le podrán imputar fallos y carencias, pero nunca el de prepararse tres minutos antes una rueda de prensa, como hacen hoy tantas culebras con las que Guerra no tiene ni para una broma. Ni cierta sastrería tiene para un traje.

Todo por el hábitat

Carlos Navarro Antolín | 21 de junio de 2015 a las 5:00

muñoztraje
La troly es un símbolo. La pana y los cuellos vueltos lo fueron durante la Transición como las hombreras en los ochenta. La troly otorga estatus de magistrada estrella con rostro de cerámica trianera, de futbolista recién fichado que llega por primera vez al aeropuerto de San Pablo, o de concejal en la oposición que se marcha de fin de semana a partir del viernes. Las mochilas son malas para la espalda, pero la troly permite desplazamientos largos con comodidad en la ciudad de las personas y los veladores. La troly es como los trajes desestructurados, que aportan una imagen de frescor y soltura que contrasta con los Dustin herméticos, rectos y duros. Antonio Muñoz Martínez (La Rinconada, Sevilla, 1959) es un concejal socialista experto en turismo y al que apasionan los viajes . En este caso se trata de un lagarto que entiende de Ciencia Natural: viaja y domina la gestión de viajes. Pero el nuevo alcalde, Juan Espadas, le ha endiñado tres cruces que lo dejarán sin escapadas los fines de semana: urbanismo, turismo y cultura. A esas tres patas del gobierno se le denomina el área de Hábitat Urbano, Cultura y Turismo, en esa manía de la clase política por rebautizar las cosas. Verbigracia, lo que toda la vida de Dios (que está en San Lorenzo) fue el tráfico, ahora se denomina movilidad, por mucho que nunca se oiga en la barra de un bar: “Un agente que llevaba las gafas de sol subidas por encima de la frente me ha puesto una multa por una infracción de Movilidad, hay que ver que los tíos del PP se han ido sin aprobar el reglamento que iba a imponer la compostura en la Policía Local”. Pero sí oímos a los barandas hablar de las medidas de movilidad que se implementarán de forma transversal hasta alcanzar un modelo sostenible que contribuya a la intermodalidad, toma del frasco… Que nadie dice: “Vengo de Rochelambert en el 25 de Tussam, me he bajado en San Bernardo para para pillar el tranvía hasta la Plaza Nueva en mi apuesta por el transporte intermodal”.

Sigamos. A Muñoz le han endosado un hábitat que dejará la troly aparcada (en zona roja) varios meses. Este hijo de empresario de la construcción se sentará en el despacho principal de las caracolas de la Gerencia de Urbanismo, que fue el despacho nada menos que de Jacinto Pellón, el cántabro que hizo posible la Exposición Universal. Estudió en el instituto de San José de la Rinconada y se marchó a Málaga a sacar la licenciatura en Ciencias Económicas y Empresariales. Muy joven fue teniente de alcalde de su pueblo, en la corporación presidida por Enrique Abad. En esa misma bancada de concejales estaba Alfredo Sánchez Monteseirín, vicepresidente de la Diputación Provincial para los asuntos de Hacienda. A Muñoz se le quedó pequeña esa entrañable concejalía de su tierra. Voló pronto a un cargo de la Diputación, ese organismo que va a resistir más que los dinosaurios. Algunos no pierden la esperanza de que llegue el meteorito que acabe con las Diputaciones Provinciales… En el antiguo cuartel de la Puerta de la Carne, Muñoz se reveló como un experto en la gestión del turismo, en esos años en que ni los ayuntamientos ni la Junta dedicaban responsables específicos al sector.

Como empleado público de la Junta, se fogueó en asuntos de medio ambiente, donde conoció a un tal Juan Espadas. Muñoz, que parece primo hermano del Varoufakis griego, era vecino de la Plaza de la Encarnación hasta que se decidió a restaurar una casa de la Alamenda de Hércules, de la que hablan divinamente todos lo que en ella han recibido posada. Lo más chic del tardozoidismo es haber estado en la casa de Antonio Muñoz . Si usted no ha estado nunca, hágaselo mirar en el médico del seguro, porque entrará en depresión si se queda marginado en esas tertulias donde se ensalza el buen gusto y el estilo cool de algunas veladas organizadas a la vera de la efigie de Julio César. Antonio Muñoz simboliza la transformación urbana de la Alameda, la de un lugar decadente a una zona de esparcimiento y revitalización, como le gusta presumir a Monteseirín, uno de sus primeros mentores. Cuentan, por cierto, que Monteseirín y Muñoz viajaron a Alemania para conocer el muro antes de su derribo.

Muñoz es un socialista con hábitos propios de un canónigo de la Catedral. No cocina, pero le gusta yantar. Tiene una hermana que le abastece de ensaladilla en táper. Ymerienda a base de tortas de aceite. Eso sí, dicen las malas lenguas que come como una lima sorda, pero mantiene el tipo estilizado y fibroso de un banderillero antiguo. En eso, la verdad, no es como los canónigos.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre en qué momento termina la Transición en España. Hay debate sobre si se da por concluida en el octubre rojo de la victoria de Felipe en 1982, o si en la mayoría absoluta de Aznar en 2000. En el caso de Sevilla, hay quien defiende que la Transición estará completada cuando el PP forme gobierno en Dos Hermanas y Antonio Muñoz desfile con chaqué de concejal en una procesión del Corpus o de la Patrona. Y apuntan: “Pero será un chaqué muy fresco, muy moderno, muy cool… Como su casa alamedera”.

Aunque a muchos no lo parezca, este socialista de provincias ejerce de sevillano, pero sin dar la barrila. No es que lo vayan a ver comprando el boletín del Consejo de Cofradías, que hace bien en no comprarlo, pero su curiosidad e inquietud por el entorno (o hábitat, mejor dicho) le llevan a conocer a pie de calle la Semana Santa, a dejarse ver por la Feria y, por supuesto, a ejercer de sevillista en la final de Varsovia, una de las últimas veces que ha sido avistado con la troly que perdimos por el hábitat que ganamos.

Cuentan que una concejal del grupo, caracterizada por su elevada capacidad de montar follones, proclamó que había que estar en los barrios: “¡Vamos todos a la calle!” Las voces alteraron el despacho ordinario de Espadas y Muñoz. Cuando este Vaorufakis hispalense se la encontró después en las escaleras y fue interrogado por su destino, Muñoz respondió: “¿Qué donde voy, guapa? ¡A los barrios, a los barrios!”.

En 2012 se alegró mucho del cuarto tropiezo de Arenas por alcanzar el Palacio de San Telmo. Ahí comenzó a ver la luz al final del oscuro túnel de la oposición. Quizás haya inventando con Espadas un modo distinto de hacer política: el dontancredismo, por el que con el mismo resultado (once concejales) se puede tocar fondo o alcanzar el gobierno, todo depende del pacto con que se mire. “No pactaré con Podemos”, dijo Espadas en una intervención en el CEU.

Los concejales del PP tienen la sastretría de O´Kean como referencia de moda. Dicen que los del PSOE son más de Rico Sardelli. Muñoz es como el cura Chamizo a la hora de vestir: ninguno de los dos usa el clériman y los dos, aunque no lo parezca, miran mucho cada prenda que compran. El día de la toma de posesión, no pocos comprendieron que esos trajes tan ajustados, entallados al máximo y que parecen en los escaparates para cuerpos imposibles, no sólo los lucen los toreros cuando recogen trofeos a la mejor estocada, sino Antonio Muñoz cuando recoge la medalla de concejal con derecho a caja para su conservación. Torero, para estar en el hábitat, hay que ser torero…

Muñoz es el relaciones públicas de Juan Espadas, el hombre del que existe un 0,1% de posibilidades de que se lo encuentre usted tomando una cerveza en el Salvador. Es tremendamente afectivo. Cuando Zoido daba un discurso en temas de turismo y lo saludaba públicamente como edil y experto en la materia, a Muñoz se le apagaba el fiscalizador que todo concejal en la oposición debe llevar dentro. Así es él. Nunca esperen agresividad de este concejal, pero sí contundencia y una mijita de acidez, con cuarto y mitad de colmillito, como se puede apreciar en los artículos de su blog personal.

Gran consumidor de la agenda cultural de la ciudad, es un habitual de los conciertos, salas de teatro y exposiciones de pintura, tanto los convocados para el gran público como para sectores minoritarios. Siendo concejal de su pueblo (“La Rinco”, como le gusta decir) hizo las gestiones para que Alaska ofreciera un concierto. Yfue un éxito. Está en contra de lo que se denomina la catetización de Sevilla, materializada en una ciudad consagrada al sector terciario. Se levanta a la hora de las gallinas para hacer deporte, cuando aún se oyen los ecos del último chunda-chunda en algún garito tardío de la Alameda. Ha tenido buena relación con algunos concejales del PP, como Maximiliano Vílchez. Cuando los Plenos se alargaban, ya no había periodistas presentes y había que evacuar el Salón Colón para dejar espacio para las bodas, se sentaban juntos en la nuevo estancia y comentaban la actualidad de suspartidos políticos.

Muchos creemos que su meta política no es el manejo del hábitat que le ha endosado Espadas, sino ser alcalde de la Rinconada y luchar ante Fomento por la construcción de la Rinco-30. La de viajes que se iba a dar a Madrid con la troly en la mano…