La transición

Francisco Merino | 26 de abril de 2011 a las 19:13

Salinas se reúne con los jugadores del Córdoba.

“¿Cuánto hay que poner?”, solía decir un presidente del Córdoba, ahora metido en la carrera hacia la alcaldía, cuando había que planificar una temporada del equipo no hace tanto tiempo. Cada campaña, invariablemente, tenía como objetivo el ascenso a Primera. Como campeón, por supuesto. Y dando espectáculo. Luego, claro, las cosas no salían como se había previsto y entraban las prisas. El entrenador tenía una esperanza de vida de dos o tres meses (alguno duró dos partidos, en serio), el director deportivo sólo aguantaba un poco más, en el mercado de invierno saltaba la banca para traer una nueva remesa de presuntas figuras y el drama se instalaba en la entidad hasta que llegaba la clásica fiesta de fin de curso: riada de autobuses hasta donde fuera menester, salvación en la última jornada y festejos por doquier.

Qué tiempos aquéllos. No iban menos de diez mil espectadores a cada partido y se sufría cantidad, pero era divertido. Hasta hubo un descenso con catorce mil almas en la grada, llorando de emoción y aplaudiendo a rabiar a un equipo que perpetró uno de los campeonatos más decepcionantes de la historia del deporte: el club construyó una plantilla para subir a Primera en el año del cincuentenario de su fundación y terminó descendiendo a Segunda B. Se gastó para protagonizar aquel desastre mucho más de lo que invirtió el Getafe en subir a Primera. Los azulones siguen en la élite y ahora los ha comprado un grupo de jeques de Dubai. Quién los pillara.

La transición blanquiverde se acaba de consumar con la ratificación por parte del consejo de administración del Córdoba de la entrada en el concurso de acreedores. Del “¿cuánto hay que poner?” se ha pasado al “¿quién paga esto?”. José Miguel Salinas aseguró a los futbolistas que tienen garantizado el cobro del cien por cien de la deuda que el club mantiene con ellos antes del 30 de junio. “Tenemos que creerle”, dijo tras la esperada reunión -reclamada incluso con carteles de “se busca” en el vestuario- el capitán del grupo, David Pérez Arteaga, antaño un chaval comedido y jabonoso y últimamente, como otros muchos, bastante más beligerante. Quizá tuvo mucho que ver la reciente visita de los responsables de la AFE a los jugadores para recordarles, por si alguno no lo tenía claro, que no hay convenio firmado con la patronal y que están totalmente desamparados. No es fácil la vida del futbolista hoy en día. Como la de casi nadie que dependa de una nómina para que la olla de su casa no deje de hervir. El caso es que las sonrisas de Salinas contrastaban con los rostros pétreos de los profesionales del club, que apuran las últimas semanas de una extraña temporada con la irritante sensación de que todavía quedan cosas por suceder. Y puede que duelan.

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