Alta definición

Francisco Merino | 7 de septiembre de 2011 a las 20:16

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“Hemos hecho una primera parte muy buena, espectacular diría yo, donde el Real Valladolid prácticamente no nos ha tirado a puerta. Yo no creo que el equipo haya hecho un partido para perder 2-0, pero sí es cierto que esto es una cuestión de quién está acertado de cara al gol y quién es capaz de llevar el partido a donde le interesa”.

Paco Jémez, entrenador del Córdoba, tras la derrota 2-0 en Valladolid.

“Esto no es una cuestión de merecerse, esto es una cuestión de ganar o no ganar. Hoy no hemos jugado tan bien, hemos hecho un partido muy espeso, hemos estado a lo mejor pues no al mismo nivel sobre todo con balón que otros días, pero hemos ganado y eso es lo que cuenta”.
 
Paco Jémez, entrenador del Córdoba, tras la victoria 0-1 en Murcia.

 
Ya sabe lo que es ganar. Y perder. Y empatar. El Córdoba es uno y trino. Tres partidos, tres resultados. Un sólo equipo más allá de su composición. Y una sola idea. La de Paco Jémez, el inspirador y guía de un escuadrón rebelde que se lanza al campo con la bayoneta calada y sin rehuir el cuerpo a cuerpo con nadie. A veces le sale y a veces no, pero se supone que lo intenta siempre. Así se lo reclama su vehemente entrenador, que se enfada cuando los suyos se comportan de forma timorata, sin ese punto de insolencia que homologa la nueva imagen blanquiverde.

En Murcia no se vio la afinada coreografía de la primera parte en Zorrilla, todo un lujo, y el equipo lo pasó francamente mal. Los pimentoneros tenían poderosas razones para lanzarse como descosidos a por la victoria. Acaban de regresar a Segunda y son colistas después de haberlo perdido todo. Ahora también están fuera de la Copa.Y por allí están tranquilos -eso dicen- porque cuentan que juegan muy bien, que tienen una propuesta futbolística moderna y dinámica, basada en la posesión del balon, los pases en movimiento y una permuta de posiciones en la vanguardia que desquicia a las defensas contrarias. Estupendo. El Córdoba fue menos retórico y logró lo que pretendía. Seguramente no del modo que soñaba, pero al menos volvió a casa con lo que algunos dicen que es lo único importante.

Habrá una bola con su nombre en el bombo de la próxima eliminatoria. Le sacó del atolladero un hombre con trazas de niño, Juan Quero, que puso una firma con arte a un encuentro rústico y duro de ver. Al final todos sonreían y se abrazaban. En Córdoba, muchos aficionados hacían un brindis de medianoche delante del televisor y recibían su dosis de ilusión. Ésa que les hace seguir adelante y pensar que quizá este año sí puede suceder algo. No se sabe qué, pero algo que justifique una buena fiesta. Y como en el fútbol no hay mayor divertimento que retozar en lugares comunes, lancémonos todos a ese debate -que Paco Jémez pone en bandeja- sobre estética y rentabilidad en fútbol, como si fueran conceptos imposibles de hermanar. Lo hizo Quero en La Condomina. Aprovechó el error de un contrario, el cordobés Rubén Párraga, enfiló el camino hacia la portería y elevó sutilmente la pelota por encima del meta Javi Jiménez. Gol, victoria y clasificación. Bello y productivo.

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