No perdáis la sonrisa, chicos

Francisco Merino | 7 de febrero de 2012 a las 12:51

boha

Nos vamos a hartar de oír -de hecho, ya llevamos un tiempo escuchándolo por casi todas partes- que esto se ha puesto serio. ¿Y de qué hablamos cuando hablamos de esto? Pues se trata de ascender o, si queremos ser precisos en este momento, de pelear como descosidos para conseguirlo. Como mínimo, para que al Córdoba lo tomen en serio como candidato. Eso ya lo tiene ganado. Lo de subir es matemáticamente posible y futbolísticamente probable, lo que ya es un motivo suficiente como para abordar la cuestión con seriedad absoluta. Pero sin perder la sonrisa. El Córdoba es un equipo feliz por lo que hace y no debería dejar de serlo. No hay que dejar sitio para que se instale la angustia. Los futbolistas salen al campo y hacen su trabajo de un modo que les produce satisfacción. Sus aficionados se divierten con lo que ven. Hay victorias, lo que ayuda bastante a que esa sensación de entusiasmo se propague. Pero también en los días malos, en aquellos en los que el marcador es más feo de lo previsto o los planes se han torcido por culpa propia, ajena o compartida, se aprecia en el cordobesismo una mezcla de comprensión y orgullo que parecía perdida desde hace años. En la última jornada ocurrió en Almería. Sería muy fácil decir que ese partido, en el campo de un ex Primera con futbolistas de renombre y mucho dinero invertido, es uno de los que se dan por perdidos con el calendario en la mano. Hay un buen puñado de excusas que sonarían muy bien. Pero este Córdoba no es de los que se conforma con su suerte. Perdió de rebote, en el último suspiro del tiempo añadido, y no se escuchó a nadie quejarse. Al contrario, salió a la palestra Paco Jémez y poco menos que se echó la culpa a sí mismo y a sus futbolistas. Gestos así son los que hacen que una afición golpeada por una cadena de decepciones brutal se haya reenganchado al sueño de hacer algo sonado. Vuelven las marchas blanquiverdes, las caravanas hasta donde haga falta para arropar a un equipo rebelde

Quizá el precedente más cercano de una comunión similar haya que buscarlo en aquel curso del cincuentenario, el 2004-05, un campeonato que dejó una marca imborrable y una lección inolvidable: fue el compendio, brutal y exagerado, de todas las carencias y virtudes de un club que estrenó su himno representando en carne propia las estrofas creadas por su autor. Sí, el Córdoba confirmó que es una seña de identidad y que, para y bien para mal, los corazones de los blanquiverdes le profesan una pasión infinita. Después de sumar ¡12 puntos! en una primera vuelta calamitosa, se transformó -en cuerpo y alma- para gatear desde lo más profundo del infierno hasta asomarse a la boca del pozo. Estuvo cerca el milagro. Quince mil personas aplaudieron en El Arcángel y aclamaron como a héroes a unos jugadores que bajaron a Segunda División B en la penúltima jornada. Hubiera sido la salvación más asombrosa en toda la historia del fútbol español. Ahora el Córdoba ha dado la vuelta a la situación y pelea por el ascenso más increíble que se haya conocido. No se prevé que vaya a bajar la cabeza por más golpes que reciba. Y le esperan unos cuantos. El Córdoba corre sin mirar hacia atrás, con la fe de los que saben que hay clubes a los que no se les presentan oportunidades así todos los años. A veces hay que esperar muchos para que suceda algo parecido a esto. Casi una vida. El Córdoba ya está ascendiendo.