Olsen, el sargento de hierro

Francisco Merino | 29 de marzo de 2012 a las 17:20

ccf 59-60 con olsen

Tenía mal genio. De acuerdo. Eso lo saben bien quienes compartieron vestuario con él, ya fuera en su época como futbolista o, principalmente, en aquella en la que a este argentino de porte físico impactante y firmes convicciones le tocó agarrar la pizarra y ser el jefe del escuadrón. Roque Olsen llegó a España para jugar en el gran Real Madrid que Santiago Bernabéu construyó alrededor de Di Stéfano en 1950. Al lado de la Saeta Rubia formó uno de los dúos más célebres de la época. Engrosó su palmarés con un buen puñado de títulos -tres Ligas y dos Copas de Europa- antes de recalar, después de una lesión de rodilla que acabó con sus expectativas en Chamartín, en El Arcángel en 1958 para ayudar a elevar a una modesta entidad que se había fundado sólo cuatro años antes y actuaba en Segunda División. Olsen sólo jugó en dos equipos en España: el Real Madrid y el Córdoba. A la vera del Guadalquivir hizo historia. Sí, tenía mal genio. Malísimo en ocasiones. Pero era un hombre de fútbol que vivía para su pasión. Y resultaba tremendamente rentable para quienes le contrataban. “Sólo había que aceptar sus órdenes y no había problema”, cuentan quienes estuvieron bajo el mando de uno de los nombres esenciales en la Liga española. En nuestro país tuvo trabajo fijo durante más de cuarenta años hasta que falleció en Sevilla, en 1992, tras una grave enfermedad que soportó con entereza.
 
Roque Olsen, nacido en Sauce de Luna, una pequeña población de la provincia argentina de Entre Ríos, llegó al Córdoba en 1957 para buscar con los blanquiverdes el salto a Primera División. Llegaba del mejor destino futbolístico que podía existir en aquellos tiempos en todo el continente, el Madrid de Bernabéu. Quienes esperaran encontrarse con un divo en la hora del declive se equivocaron. Su respeto por su profesión era absoluto. Era una estrella que sudaba, un ejemplo de compromiso que estimuló al resto y llevó la ilusión a los aficionados. Eran años de ambición juvenil, teñida por esa mezcla de valentía e ingenuidad que caracteriza los proyectos emergentes. El Córdoba había saltado dos años antes de Tercera a Segunda y tenía prisa por instalarse entre los grandes. Terminó salvándose por los pelos, gracias a un esfuerzo final para ganar tres de sus últimos cinco partidos. Fue un año convulso, con tres ocupantes en el sillón presidencial y tres cambios en el banquillo. Uno de los entrenadores fue, precisamente, Roque Olsen, que fue el que más partidos jugó (29, por 32 de Guillamón) y que sin tener aún el título hizo de puente entre Juncosa y Lozano. Ya se dio cuenta de dónde había venido. Hacían falta un plan, disciplina para llevarlo a cabo y fortaleza para soportar las dificultades sin caer. Justo lo que él tenía. Ahí se gestó la leyenda en blanquiverde de Olsen, cuya carrera estuvo jalonada -y no por casualidad- por apelativos bélicos: como delantero goleador le apodaban el Tanque. Desde entonces sería el Sargento de hierro
 
Jugó un año más antes de retirarse y fue entrenador -de forma oficial o solapada, puesto que no tenía la licencia aprobada para ejercer- en los años previos a la década de oro del club. Él tuvo un papel estelar en ese cambio: el equipo jugó una promoción de ascenso a Primera en 1960, pero el premio se lo llevó la Real Sociedad. Después de ese año llegó Juanín y dio una nueva dimensión al equipo. El Córdoba creció y en abril del 62 consiguió la gran hazaña: el jefe en el campo era el genio de Nerva y el general fue Roque Olsen. Tras el ascenso, Olsen dirigió completa la primera campaña blanquiverde en la élite y el equipo se movió con soltura, sin ningún problema para conservar su conquista. El trabajo estaba hecho y era la hora de probar nuevos retos: Olsen inició un periplo que le llevó al Barcelona, Zaragoza, Deportivo, Sevilla, Celta, Las Palmas, Cádiz o Elche.

Treinta años después de su fichaje como jugador, en 1987, Olsen regresó a El Arcángel. El Córdoba de entonces tenía muy poco que ver con el que dejó. Después de haber tocado fondo en la temporada 84-85 en la Tercera División, el equipo blanquiverde estaba empotrado en la Segunda B y aún bajo el shock que le produjo la marcha al Atlético de Madrid del técnico Iosu Ortuondo. El argentino se encontró un club deprimido, repleto de jóvenes canteranos, que vendió sobre la marcha a su mejor puntal -Valentín- al Betis y cuyos problemas económicos provocaron un encierro de futbolistas. Un panorama dantesco. Olsen sólo estuvo 17 partidos antes de decir adiós para nunca más volver. Su relación con el Córdoba terminó ahí. El club blanquiverde miró entonces hacia un técnico pujante llamado Vicente Carlos Campillo creyendo que podía ser el guía para recuperar el antiguo esplendor. No  funcionó, pero ésa es otra historia. Antes, durante un par de jornadas, se sentó en el banquillo Juanín. Sí, ese futbolista extraordinario que junto a Olsen había formado el fantástico dúo -uno en el banquillo, otro el en césped- que llevó al Córdoba, un 1 de abril de 1962, por primera vez a la Primera División

 

Roque Germán Olsen Fontana (Sauce de Luna, 1926-Sevilla, 1992) jugó en Peñarol, Patronato, Tigre y Racing en su país antes de ser traspasado al Real Madrid, donde se consagró como campeón formando una dupla letal con Alfredo Di Stéfano. Con el club blanco ganó tres títulos de Liga y dos de Copa de Eucopa. Fichó por el Córdoba en 1957, cerrando en El Arcángel su trayectoria como futbolista y abriendo su etapa en los banquillos. Dirigió también al Barcelona, donde ganó la Copa de Ferias en 1966. También entrenó al Sevilla, Las Palmas, Zaragoza, Deportivo de La Coruña, Elche, Celta o Cádiz, entre otros. Falleció en 1992 en Sevilla, donde reposan sus restos y reside su familia.

 

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