Mena, esencia de fútbol

Francisco Merino | 30 de marzo de 2012 a las 12:41

mena en el autobús

Quien sonríe desde la ventanilla del autobús ofreciendo su mano para estrecharla con la de un seguidor tan extasiado como él es Mena, uno de aquellos jóvenes que llegaron desde muy lejos a finales de los 50 y se convirtieron en cordobeses por la vía del fútbol y el sentimiento. Como Navarro o Juanín, entendió que el resto de su vida, más allá del deporte, tendría sentido en El Arcángel y sus alrededores. Rafael Mena hizo de todo en el club blanquiverde. Fue jugador, entrenador de categorías inferiores, ojeador, directivo, delegado de campo, socio, accionista y aficionado siempre. De su carácter afable y conciliador dejó muestras en todos los escenarios en los que fue protagonista, siempre desde un plano discreto y humilde.

Miren de nuevo la foto. Ese hombre del traje gris no pensaba en otra cosa que en abrazar a todo el mundo. El Córdoba se fue a Huelva con una ilusión y regresó como un equipo de Primera División. Fue el día más grande. La ciudad se movilizó como nunca se había visto. Detrás de ese autocar corrió como loco un chaval de quince años, aspirante a jugador y pinche de cocina en el hotel Meliá. Se llamaba Miguelín. Ese chico se convirtió tres años después en el portero del mejor Córdoba de todos los tiempos: Miguel Reina. Eran tiempos en los que progresar en la vida estaba muy ligado, tratándose de la sufrida clase trabajadora, al mundo del arte: o capote torero o pelota de cuero. La relevancia social del fútbol generaba un tremendo poder de adicción. Y los héroes eran vecinos del barrio.

El legendario partido del ascenso en Huelva lo vivió Mena desde detrás de las líneas de cal del Colombino. Sólo intervino en nueve encuentros. Lo de las rotaciones le sonaba a chino a Olsen, que no movió casi nada su once de referencia en aquel memorable curso. A Mena se le ve en las fotografía de la época, enchaquetado y feliz, corriendo al lado de los aficionados y jugadores que elevan sobre sus hombros al entrenador, un argentino que llegó a España para coronarse campeón al lado de Di Stéfano en el Real Madrid y que iniciaba con este éxito una larga carrera en los banquillos. Había muchos que empezaban entonces. Algunos formaron parte de las alineaciones blanquiverdes en la edad de oro, esos años 60 en los que la simple mención de El Arcángel provocaba un escalofrío en los adversarios. Para Mena, sin embargo, fue el momento del adiós. No jugó en Primera con el Córdoba, que decidió prescindir de sus servicios. “Fue una baja acertada porque ya no era el mismo desde la grave lesión que tuve en Tenerife (fractura de menisco y tobillo). Me quisieron renovar para ayudante de Roque Olsen, pero él no lo admitió. Me dolió bastante. Fui el capitán durante cuatro temporadas, pero comprendía que el equipo debía reforzarse”, declaró sobre aquel triste episodio en 2001. Fue fiel y coherente hasta el final. Lo hizo siempre lo mejor que pudo en las circunstancias que le tocaron. Seguramente no hay mejor virtud en el fútbol ni en la vida.

Cuando aún hoy se escucha hablar de la escuela canaria, algunos se echan las manos a la cabeza. Sea porque no lo entienden o, simplemente, porque no lo ven. Cualquier club está repleto de jugadores de la más variopinta procedencia y hablar de un sello propio, asimilado durante generaciones, es una rareza excepcional. El alto nivel técnico y el predominio de la improvisación sobre el despliegue físico eran las notas definitorias de aquel estilo del que Mena era un paradigma. “Ahora hay que correr más, desde el calentamiento hasta los noventa minutos. Los equipos te presionan todo el rato. En aquella época había menos contacto y se podían hacer cosas con el balón”, recordaba Mena. Y él las hacía. Sin embargo, este canario enamorado de Córdoba nunca dudó en señalar a quien considera el mejor futbolista que haya vestido la camiseta blanca y verde: “Juanín. Por su calidad y rendimiento no ha habido ninguno como él. En el fútbol de hoy sería internacional”.

Mena no dejó de acompañar al Córdoba. Como miembro de la asociación Futvecor vivió las desventuras de un club para cuyo declive él siempre propuso un remedio: la cantera. Muchos jóvenes talentos pasaron por sus manos tanto en las divisiones inferiores blanquiverdes como en la selección provincial. Cuando veía a alguno de ellos debutar con el Córdoba grande se enorgullecía. En uno de sus últimos actos públicos, el Ateneo Cordobesista 1954 le impuso una insignia por su condición de leyenda del cordobesismo. “Nuestro presidente podrá repetir la gesta que hizo su padre”, dijo desde el estrado a un auditorio en el que, especialmente entre el sector más joven, se detectaron algunos gestos de extrañeza. Mena aludía a la gran gesta del 1 de abril de 1962, la del primer ascenso a Primera. El presidente por entonces era José Salinas, padre de quien 47 años después tenía el timón de la bamboleante nave cordobesista entre las manos. Mena no pudo ver si el deseo que expresó a José Miguel Salinas se hizo realidad. Falleció en septiembre de 2010 y el minuto de silencio que se le tributó en El Arcángel sonó a aplauso eterno.
 
Rafael de Francisco López Mena (Santa Cruz de Tenerife, 1933-Córdoba, 2009) se inició en las categorías inferiores del Tenerife, de donde pasó al Mensajero de La Palma y a las divisiones base del Atlético de Madrid. Tras pasar por el Castellón y el Murcia, con el que debutó en Primera, fue fichado por el Córdoba en la temporada 1958-59. Con los blanquiverdes vivió el primer ascenso a Primera División. Tras salir de la entidad de El Arcángel, jugó en el Granada y el Algeciras.

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