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Las notas de la jornada 40

Francisco Merino | 21 de mayo de 2012 a las 15:30

Sobresaliente: Javi Patiño

Saliendo desde el banquillo revolucionó al equipo, que elevó su tono con él sobre el campo. Provocó el penalti que supuso, tras el lanzamiento de Pepe Díaz, el 2-1 para el Córdoba. Además, tuvo el empate en sus botas en un tiro que le salió desviado. Le anularon otro gol con polémica. Pone el corazón en cada pelota y no se esconde. Eso, a estas alturas, es fundamental.

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Notable: Fede Vico

Una vez más dio muestras de su extraordinaria progresión en esta primera temporada como integrante de pleno derecho de la primera plantilla. El juvenil cordobesista salió como titular y actuó con mucho descaro. Le faltó fortuna en algunas acciones, pero su presencia intimida a los rivales por su capacidad de desborde.

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Aprobado: Caballero

Jugó algo más de diez minutos y, aunque demostró que le falta tono, apuntó detalles que pueden convertirle en un jugador importante en el tramo decisivo del campeonato. Después de dos meses sin jugar por una lesión muscular, el mediocampista retornó a la actividad competitiva. Una gran noticia para el Córdoba.

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Suspenso: David Prieto

El descalabro en los primeros minutos del partido, con el Girona anotando dos goles y superando con nitidez a la retaguardia cordobesista, tuvo en él a uno de sus más negros protagonistas. Su irregularidad es dañina. A los pocos minutos de la segunda parte, Paco Jémez le sacó del campo para buscar un nuevo aire con la entrada de Patiño, un punta.

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YA TE DIGO…

“No ha sido una cuestión de salir dormidos, sino que el Girona nos ha hecho dos goles en las dos primeras veces que ha tirado a puerta”.

Paco Jémez, entrenador del Córdoba, tras la derrota en Girona (3-1).

 

El gol de López Silva

Francisco Merino | 21 de noviembre de 2011 a las 18:40

La foto lo dice todo. Se trata de una de las secuencias del tercer gol al Alcorcón del Córdoba, un equipo que definitivamente está entrando en una nueva dimensión igual que el balón pasa entre las piernas del rival burlado. López Silva y Agus frente a frente. No es difícil caer en la tentación de apreciar en esta jugada una fuerte carga simbólica. El presente contra el pasado, la chispa que surge para el deleite y la reflexión cuando se rozan las trayectorias divergentes de dos jugadores convertidos en la encarnación de dos estilos, de dos realidades de un Córdoba metido un torbellino regenerador de ilusiones y cuentas pendientes. El nuevo orden contra el antiguo régimen. 

A López Silva no le esperaban hordas de periodistas en la puerta del estadio el día que llegó al club. Entró de forma clandestina, junto a Caballero y Astrain, por una de las puertas traseras de El Arcángel en un caluroso mediodía de verano. Era el primer lote de fichajes del nuevo Córdoba, un paquete con dos jugadores que participaron en la frustrada tentativa de ascenso del Cádiz en Segunda B y otro que buscaba nuevos horizontes desde el filial de Osasuna. El club envió luego a los medios de comunicación una foto con los tres chavales posando sonrientes, todos en camiseta y bermudas. El mayor del trío era José María López de Silva Sánchez, un interior zurdo de 28 años que acababa de padecer tres cursos turbulentos con la camiseta del Cádiz, al que había llegado después de recorrer España ganándose el jornal en plazas como Linares, Burgos, Alcalá y Orihuela. No levantó olas de entusiasmo la llegada de aquel chico onubense que tuvo sus principios en la cantera del Real Madrid

De allí precisamente llegó Agustín García Íñiguez en verano del 2009. A él si le esperaban las cámaras y una gran representación de la directiva, encabezada entonces por José Miguel Salinas. Muchos aficionados habían podido verle en imágenes de televisión o en las fotos de los periódicos al lado de Mourinho, Cristiano Ronaldo o Casillas, realizando la pretemporada con el primer equipo blanco. Sólo con eso bastaba para activar el resorte de la ilusión en el cordobesismo, habituado a celebrar como si fueran títulos las agónicas salvaciones de cada año. Agus era tan bueno, o eso parecía, que el Real Madrid lo quiso repescar cuando ya había sido presentado con la blanquiverde. Lo iban a mandar al Salzburgo austriaco. Después de una negociación de corte estrambótico, el Córdoba consiguió que el central permaneciera en la entidad con un contrato de tres años en el que se especificaba que compartía los derechos del jugador en caso de un posible traspaso. El zaguero de Bonete empezó bien, siguió regular y terminó fatal. Terminó viendo los partidos del Córdoba sentado en la grada. Este verano se acordó con él su marcha por no poder soportar el club, en concurso de acreedores, sus elevados honorarios. Y el Real Madrid sigue siendo uno de los grandes acreedores del Córdoba, que aún debe a los blancos el medio millón de euros pactado en su día.

Miren la imagen. Uno muestra determinación en su gesto, perfilado para ejecutar la acción definitiva de un partido soberbio. El otro gira el cuello mientras cae a plomo, desesperado y resignado ante el engaño de su adversario y la inminencia de un desenlace inapelable. López Silva, un tipo de estampa liviana, uno de esos estilistas que soportan la etiqueta de la intermitencia, parecía patinar sobre el barro. Agus, un central de los de toda la vida, fornido y contundente, es incapaz de mantener la verticalidad ante la impetuosa irrupción de un jugador que ya iba más que decidido a plasmar su idea. Un balón rebañado con fe, una carrera directa hacia el lugar donde se cuece todo sobre un piso gastado y con los músculos lastrados por el esfuerzo, un caño en carrera sobre el marcador que se interpone en el camino, una picada por encima del portero y el delirio en el estadio.

Los aficionados silbaron desde el comienzo a Agus. No se trataba de herir al chaval, que no es más que un profesional que va donde le llaman y cobra -o trata de hacerlo- lo que libremente se firma en el contrato. Los cordobesistas no podían evitar ver en él el reflejo de otra época, otros modos y otras expectativas. Por eso todo el mundo enloqueció en el estadio con el gol de López Silva.