El síndrome de la Operación Nazarí

Magdalena Trillo | 20 de mayo de 2018 a las 10:00

Despilfarro y ausencia de control en el gasto público. Inversiones “totalmente improductivas”. Actuaciones que responden a intereses y caprichos individuales por encima de las necesidades colectivas. Saqueo. Derroche.

Podríamos pensar que estamos fotografiando los años del boom del ladrillo. Y de la Gürtel. Y de los ERE. Sólo en parte. Son las conclusiones a las que llegan 35 catedráticos de Derecho Financiero y Tributario de todo el país después de analizar la evolución de su especialidad en el último medio siglo. Los juristas se reunieron este viernes en la Facultad de Derecho y bautizaron su diagnóstico como Declaración de Granada.

Hablan de “involución”, arremeten contra Hacienda por tratar a los contribuyentes como “súbditos” y critican el desmedido “afán recaudatorio” de la Administración. A nivel fiscal, constatan lo que se ha convertido en la seña de identidad de nuestro fallido Estado de las autonomías: la desigualdad y discriminación que sufrimos, también a la hora de rendir cuentas, en función del lugar de residencia. Injusticia financiera e insolidaridad tributaria.

Seguro que usted, como yo, se siente vigilado por Hacienda. Y perseguido. Y se cabrea cuando el Gobierno aprueba una amnistía fiscal -esas que nunca llegan al ciudadano de a pie y que nunca cumplen sus objetivos- con tanta intensidad como cuando se anuncia un indulto. Porque es la impunidad de unos pocos frente al control de la mayoría. Y porque no hay justicia social y ahora nos advierten de que tampoco la hay fiscal.

Lamentablemente, esta Declaración de Granada tendrá el mismo recorrido que la firmada hace unos años a nivel político -los socialistas impulsaron en el verano de 2013 su propuesta de reforma de la Constitución hacia un Estado federal- buscando una salida al conflicto territorial. Los males de fondo son compartidos y las posibles soluciones son una utopía; no porque no sean viables sino porque estamos en un país incapaz de llegar a acuerdos -y cuando se alcanzan, como el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, no se ejecutan-, con las instituciones rehenes de los intereses de los partidos y los políticos distraídos con las encuestas y con la bola de cristal del adelanto electoral.

Para empezar, los catedráticos reconocen que el “mal uso de los fondos públicos no justifica de ninguna manera cualquier forma de objeción fiscal”. Es decir, que ni el derroche ni el despilfarro tiene consecuencias para Hacienda. Tampoco lo tiene la parálisis. Sobre este tema no se pronuncian los expertos pero resulta igual de alarmante: los fondos públicos están para ejecutarse, no para devolvernos o dejarlos dormir en un cajón.

Estamos ante una normalización del mal gobierno que debería preocuparnos más incluso que los casos de corrupción. Y es que por los delitos se termina pagando -o al menos se debería-, pero no por la incompetencia y la inacción. En Granada, por ejemplo, podríamos verlo como una derivada sofisticada del vuelva usted mañana. Estoy pensando en Urbanismo, un área clave que vendría a funcionar como un barómetro de la salud del Ayuntamiento. La Asociación de Constructores ha arremetido esta semana contra el equipo de gobierno por tener más de 40 millones de inversión bloqueados. Denuncian el “atasco” y los retrasos inasumibles en la concesión de licencias.

Siempre está la explicación de la sobrecarga de trabajo, la falta de personal, la complejidad de los proyectos… pero también hay intangibles. Aunque médicamente no está diagnosticado, seguro que podríamos encontrar alguna fobia que aplicar a los técnicos y funcionarios -sobre todo a sus jefes- que lidian a diario con el papeleo más sensible.

Lo voy a llamar el Síndrome de la Operación Nazarí. En realidad, los constructores no han hecho más que poner cifras y voz a una situación de la que se habla en corrillos desde hace tiempo: en Granada no se mueve un papel. Buena parte de los funcionarios están trabajando para la UDEF y tampoco ayuda que cualquier informe o expediente mínimamente conflictivo acabe bajo llave… Los excesos de los que habla la Declaración de Granada son un problema, pero no hacer nada no es una solución.

La ‘España de mierda’ de Quim

Magdalena Trillo | 15 de mayo de 2018 a las 10:00

Albert Pla no es ningún ingenuo. Cuando hace tres años lanzó España de mierda ya contaba con la polémica; la buscaba. En ese momento, las reseñas periodísticas vieron el libro como un “vodevil rocanrolero y una road moviellena de mala leche y de crítica salvaje”, un gancho para sus seguidores de siempre “entre el delirio y la ensalada de tópicos regionales”.

El mensaje era claro: denunciar desde la sátira y la ironía más feroz cómo este país ignora al mundo de la cultura. Lo hacía recurriendo a un joven cantante uruguayo y a su representante, un habitual del Madrid de Lavapiés, para sumergirlos en rocambolescas vivencias con una gira de conciertos que retratan esa España en que “la música es menos que un cagao, que no importa a nadie”.

Hoy, el libro es un arma arrojadiza del independentismo. Pocos lo han leído pero no importa. Política y nacionalismo. Basta el título; basta la mecha. La publicación tiene dos portadas, una que combina la bandera española y la estelada, y otra más cercana a su contenido musical con grafismos de carreteras, un toro y un seiscientos que ya se ha convertido en best seller. Justo ésta es la que Alfred le regaló a Amaia el Día del Libro y desató una ola visceral de indignación por que un intérprete catalán, independentista, iba a representar a España en Eurovisión

Fue y naufragó. No hubo gallo al estilo Manel Navarro pero tampoco “amor” suficiente para huir de los últimos puestos. Dejando a un lado el pastelón de canción con que hemos competido en el decadente show, las críticas han sido incendiarias y nada tienen que ver ni con la música ni con la anodina interpretación de la pareja de OT.

El procés ha conseguido que todo tenga un tinte de choque separatista y un trasfondo de patriotismo que roza el fascismo. Al veinteañero de El Prat le sacaron una foto en una Diada cuando tenía 16 años para machacarlo. ¿Le inhabilita para participar en un concurso español? La deriva catalana nos ha sumido en una psicosis colectiva. Hace unos días estuve en Barcelona y me paré en una tienda cerca de la Sagrada Familia.

Nada más decir buenos días, me situaron en el Sur y la dependienta me despidió con una disculpa: “Que no os engañen, que nuestro problema no es con los españoles, es con el Gobierno que nos está asfixiando”. Luego me cobró 5 céntimos por una bolsa de plástico y se quejó de las inspecciones: “¡Nos tienen fritos!”. Nada dijo de que las multas las pone la Generalitat. ¡Qué importa un matiz en esa España de mierda sobre la que tanto ha escrito el nuevo president catalá…!

Tiempos para inconformistas

Magdalena Trillo | 13 de mayo de 2018 a las 9:30

Cuando José Ignacio Goirigolzarri viajó a Granada en 2015 para presidir la séptima edición de los Premios Andaluces del Futuro, la imponente sede de BMN en el ‘Cubo’ -el fallido grupo que ha dejado a CajaGranada al borde del abismo- no tendría más significado que cualquier otra torre financiera de este país: la competencia. Hoy, tres años más tarde, aquella visita resulta casi profética: Bankia ha celebrado este jueves la décima edición de los premios en el Crucero del Hospital Real con un acto cargado de simbolismo: era la primera intervención pública de Goirigolzarri en Andalucía tras el proceso de fusión y no venía de vacío.

Comenzó la mañana anunciando la puesta en marcha con la Diputación de un proyecto de ofibús para acabar con la exclusión financiera -más de 39.000 vecinos de 60 pueblos no tienen servicios bancarios- y, a primera hora de la tarde, desveló en un encuentro con los periodistas que Andalucía se sitúa como un territorio estratégico en los planes de expansión de Bankia -especialmente para captar empresas- y confirmó la apuesta por Granada como base para pilotar el proyecto en toda la zona occidental.

Para Bankia, una entidad que también ha tenido que superar su particular travesía del desierto hasta consolidarse como el cuarto gran banco del país, las razones históricas y el atractivo poblacional de nuestra comunidad pesan tanto como las expectativas tangibles de crecimiento y de negocio. Podría parecer una hoja de ruta previsible pero no lo es; nunca lo es cuando entran en juego los actores del sistema financiero y, menos aún, cuando se arrastra en la mochila la burbuja de excesos y desaciertos de las antiguas cajas de ahorro -de la polémica CajaMadrid y las otras seis entidades regionales que marcaron el nacimiento de Bankia en la reestructuración del mapa bancario de 2010 y los propios de CajaGranada con sus tres socios de aventura del arco mediterráneo-.

Con permiso de los cinco jóvenes premiados este año en la convocatoria que Bankia y Grupo Joly organizan desde hace diez años para poner rostro y apoyar el talento andaluz, Goirigolzarri también fue el protagonista de la velada en el Hospital Real. Sobre el escenario, con un discurso completamente alejado de los protocolos y los lugares comunes, y abajo, en los corrillos, marcando las dotes adivinatorias de los invitados: ¿acabará siendo el próximo presidente del BBVA? ¿volverá ocupando precisamente el puesto del controvertido Francisco González?

Una pregunta sin respuesta, de momento, que tiene sentido porque hablamos de Goirigolzarri. Banquero, directivo, responsable de un gigante financiero, pero no uno más. Con una intensa trayectoria que ha construido sobre el valor de los números pero también de las palabras. Y de la ética.

Dicen los académicos de la RAE que el “inconformismo” es la “actitud o tendencia de la persona que no se conforma con lo establecido y lo rechaza”. El presidente de Bankia necesitó menos de un minuto en desmontar este sentido destructivo del concepto: porque no es “inconformismo de salón” lo que necesitamos, porque pierde todo su valor si se queda en una “crítica desapegada y sin compromiso”, porque es todo lo contrario a las actitudes ‘anti’ y porque no es meramente “destructor” si realmente queremos que transforme la realidad y cree valor a la sociedad.

Un inconformismo “sano” que “exige ambición y entereza”, que nada tiene de “ingenuo” -ahí está el fracaso siempre acechando para recordárnoslo- y que tanto necesita de la “perseverancia” y del esfuerzo. Y hasta de la humildad… No son recetas fáciles de ningún libro de autoayuda. No en “un mundo donde cada vez hay más palabras y más ruido…” No para quien tiene una idea tan clara de lo que significa ser ejemplar: por lo que perdura, por lo que legitima y por lo que contagia.

Bankia ha desembarcado en Andalucía, está dispuesta a crecer y, siendo consecuentes, habrá de hacerlo desde ese inconformismo que tiene que ver con construir, con cumplir, con sumar. Lo ha dicho públicamente alguien que cree en la responsabilidad del compromiso. Para Granada, el discurso d e Goirigolzarri no deja de ser una oportunidad; es el momento de tomarle la palabra…

FB alcahueta

Magdalena Trillo | 8 de mayo de 2018 a las 10:00

La filantropía de Zuckerberg es inconmensurable. Cuando aún estamos distraídos con el teatral velatorio de Cambridge Analytica, la consultora que ha filtrado datos de 87 millones de usuarios, el creador de Facebook rescata su lado más solidario con una nueva herramienta para encontrarnos pareja. Mark ya no es ningún adolescente excéntrico y está preocupado por el futuro del planeta: de los casi 2.000 millones de seguidores de FB, unos 200 están solteros. Facebook Dating nace como una nueva función de la red social que permitirá asistir a eventos en directo y a watch party. Eso sí, requerirá muchos más datos de todos nosotros. Un perfil hiperdetallado que facilite a los algoritmos emparejarnos…

El tiempo digital extingue y crea nuevas profesiones pero también las resucita. FB Dating cumple con exactitud las funciones de la vieja alcahueta: en sentido estricto -“persona que concierta, encubre o facilita una relación amorosa”- y en sentido extensivo -“persona o cosa que oculta algo”-. Y es que, si hay algo que ya deberíamos haber aprendido con la expansión de los gigantes tecnológicos, es la falacia de la gratuidad. Encontraremos (o no) pareja pero habrá un precio: nosotros. Millones de datos con los que mercadear.

El duopolio Google-Facebook, que acapara el 60% del mercado publicitario digital, ha conseguido algo impensable hace solo una década: que espantemos nuestra sensación de soledad. El concepto de patria -con la excepción del anacronismo catalán- ha cambiado las fronteras geográficas por los límites de cobertura del móvil y ha situado la brecha de la desigualdad en un plano mucho más sofisticado, enganchados frente a marginados digitales. ¿Nos sorprende que los vecinos de Teruel salgan a la calle para alertar contra la despoblación y exigir, entre otras necesidades básicas, buena conexión a internet?

En El laberinto mundial de la información, el profesor Ramón Reig cierra su análisis sobre la actual estructura mediática y de poder con un capítulo dedicado a los dueños de la Red que nos coloca delante de un difícil espejo: las legiones de “sabios ignorantes”, como diría Ortega y Gasset, que nos movemos por el mundo digital picoteando contenidos, que nos “informamos al segundo para olvidarlo al instante” -la viñeta de El Roto es insuperable- y que terminamos revitalizando a golpe de vanidad la inmortal sentencia de Einstein sobre lo infinita que es la estupidez. Pero mientras escurridizas empresas como Analityca se apuntan la victoria del Brexit o de Trump, la revolución de las redes nos deslumbra con sus artes de celestina y pasa por nuestra puerta sin que nos demos cuenta de que no somos cómplices ni usuarios, somos usados.

Paco Cuenca: dos años de un mandato de transición

Magdalena Trillo | 6 de mayo de 2018 a las 10:00

El 5 de mayo de 2016, el candidato socialista a la Alcaldía de Granada consiguió 16 votos favor -un respaldo sin fisuras de todos los partidos a excepción del PP- y Rocío Díaz quedó sin opciones de relevar a Torres Hurtado para culminar el cuarto mandato de los populares en la Plaza del Carmen. De forma inesperada, en un contexto de transición, Paco Cuenca cogió el bastón de mando en una ciudad todavía abierta en canal por la crisis de la operación Nazarí y puso fin a la etapa más extensa y controvertida del gobierno local con un compromiso explícito por abrir ventanas, levantar alfombras y gestionar desde el “diálogo” y la lealtad hacia el resto de grupos con la máxima “responsabilidad” y “transparencia”.

Hoy, dos años después, no es difícil vaticinar que el PSOE correría el riesgo de quedarse (casi) solo en la votación: sus 8 concejales frente a los 11 del PP y los 4 de Ciudadanos. Puede que los socialistas consiguieran atraer a su causa al nuevo edil tránsfuga Luis de Haro y, tal vez, invocando los nostálgicos y cada vez más frágiles principios de la necesidad de unión de la izquierda, lograran la abstención de Paco Puentedura (IU) y de las dos concejales de Vamos Granada. Aunque más por estrategia, para levantar un muro contra la derecha (la vieja y la nueva), que por confianza hacia el equipo de Cuenca.

Luis Salvador ya lo advirtió en el tenso pleno de investidura con que el PSOE desembarcó en el gobierno de la capital tras la era Torres Hurtado: ni eran tiempos de reeditar experiencias fallidas como el ‘tripartito’ de Moratalla ni se extendía un cheque en blanco a los socialistas. El primer año sirvió para afrontar buena parte del catálogo de exigencias de estos particulares socios en la sombra -la formación naranja ha pivotado cómodamente en toda España con su decisión de facilitar gobiernos pero no desgastarse gobernando- con actuaciones concretas como el cierre del botellódromo, con contrapartidas efectistas como la dimisión del diputado de Deportes Mariano Lorente y con un compromiso de profunda regeneración política y económica en la gestión municipal que se ha ido diluyendo en un quiero y no puedo.

Por la minoría de unos y las zancadillas de otros, pero también por una incapacidad manifiesta para llegar a acuerdos. El equipo de Cuenca lleva dos años gestionando la ciudad con los presupuestos del PP -si ya es difícil que los políticos cumplan los programas electorales, más lo es si no se puede contar ni con un escenario propio de ingresos y gastos- y con una herencia endemoniada de crisis económica y financiera que mantiene a Granada como objetivo preferente del Ministerio de Hacienda para su intervención. A pesar de ello, del difícil punto de partida, resulta paradójico que una de las principales quejas en los grupos de la oposición -sin excepción- sea la intransigencia del equipo de gobierno, su afán de protagonismo y su inexplicable opacidad en la gestión.

Ruina municipal, falta de entendimiento en el día a día, choques más o menos velados con otras instituciones -incluidas las gobernadas por el PSOE- y continuos sobresaltos judiciales… También sorprende que la auditoría prometida para esclarecer el oscuro urbanismo de la última década se esté realizando con más solvencia en los tribunales que en las dependencias municipales y la personación en las diferentes causas que acorralan al anterior equipo del PP -es el caso Nazarí, pero es también el Serrallo, Casa Ágreda, la gestión irregular en TG7 y los contratos fantasma en Emucesa- no superen un perfil bajo de aparente obligatoriedad de estar simplemente para saber más que para actuar y para liderar el esclarecimiento de los casos en beneficio de la ciudad.

Se podría valorar que no se haya querido hacer leña del árbol caído, que se hayan separado los intereses partidistas de la responsabilidad institucional, pero no son pocos los que cuestionan (dentro y fuera de las filas socialistas) la poca contundencia con que se están enfrentando a procesos que apuntan a perjuicios millonarios.

Decía este viernes el alcalde que Granada ha recuperado “normalidad”, “tranquilidad” y la “confianza” de los ciudadanos en su ayuntamiento. “Una nueva etapa sin trampas”, tal vez, pero con ausencia de autocrítica y con un legado limitado si tenemos en cuenta que estamos ya en la cuenta atrás de las próximas municipales.

Lo más relevante que ha ocurrido en la ciudad en los últimos meses ha sido la puesta en marcha del Metro y la reversión de la fusión hospitalaria -sin un protagonismo directo por parte de la capital- y entre lo que está por venir se vislumbran luces -la llegada del legado de Lorca sigue su hoja de ruta para ser una realidad antes del 30 de junio- pero también sombras: por mucho que se presente como un éxito la gratuidad de los transbordos entre autobuses y Metro, aún está por ver que se pueda llevar a cabo la “revolución” del mapa de transporte anunciada -tampoco aquí se ha logrado el acuerdo con los grupos- y, sobre todo, anticipar si terminará sumando votos o los acabará restando.

En este punto, en este horizonte político de absoluta incertidumbre, podríamos situar, por ejemplo, el reforzamiento de Paco Cuenca dentro del PSOE asumiendo las riendas de la agrupación de la capital -si no gana lo suficiente dentro de un año para pactar y gobernar, el camino previsible apunta al Congreso o el Senado más que a la bancada de la oposición- y con esas mismas expectativas de que el juego está totalmente abierto podríamos leer los efusivos abrazos que esta misma semana se daban Luis Salvador y Sebastián Pérez en la cruz de Regina Mundi…

Gracias Sr. Juez

Magdalena Trillo | 1 de mayo de 2018 a las 10:37

Volvimos a despertar con el #MeToo de la alfombra roja, después llegó el tsunami del 8-M español y hoy celebraremos el primer 1 de Mayo feminista de nuestra historia desconcertados aún por la polémica sentencia de la Manada.

Las razones de la indignación son muy simples: una chica es acorralada en el rellano de un portal y penetrada hasta nueves veces por cinco tipos y no es violación. Estaba borracha, medio inconsciente y no se resistió; no se jugó la vida ni hizo de heroína. El corto que ha analizado la Audiencia de Navarra muestra un ambiente de “jolgorio” y “regocijo”, imágenes de sexo frío y explícito en las que “no tiene cabida la afectividad”. Hay “prevalimiento”, superioridad e intimidación, pero no agresión.

Sin el voto particular del juez Ricardo González, el magistrado que ha llegado a defender la absolución de los cinco jóvenes sevillanos y que ni siquiera considera que haya habido “abuso sexual”, no estaríamos hablando ahora de cambiar el Código Penal para revisar, actualizar y dar un mínimo de coherencia a la tipificación de los delitos sexuales, no estaríamos reclamando formación especializada para jueces y fiscales en la lucha contra el machismo y no estaríamos pidiendo explicaciones al Gobierno por los 200 millones comprometidos en el Pacto de Estado contra la Violencia de Género.

El problema son las leyes -más de treinta veces se ha modificado el Código Penal de 1995 y seguimos encontrando aberrantes zonas grises- pero más aún su interpretación. El problema son las palabras -es muy distinto hablar de 9 años de cárcel por “abusos” que por “violación”- pero sólo en la medida en que hacen saltar las alarmas sobre los prejuicios y las injusticias que hay detrás.

Si el señor juez del voto particular no hubiera criminalizado a la víctima, humillándola como un simple objeto de usar y tirar y hasta convirtiéndola en cómplice de los agresores, hoy no estaríamos debatiendo sobre la crisis de la Justicia.

Si el señor juez del voto particular no nos hubiera dado a todos una lección de machismo y bajeza moral, no estaríamos preguntándonos hasta qué punto la opinión pública ha de actuar de motor para propiciar un cambio en las leyes, en quienes las hacen y en quienes las administran.

No se trata de usurpar el papel de los jueces; se trata de resquebrajar su torre de marfil. Ni siquiera es necesario buscar fantasmas -como ha hecho el ministro Catalá- para justificar lo injustificable. Nos guste o no, elseñor juez del voto particular no es ninguna excepción en este país. No es una cuestión de togas, de sexo y ni siquiera de edad.

Gracias, por tanto, señor juez por su bofetada de realidad.

La hazaña de resistir

Magdalena Trillo | 29 de abril de 2018 a las 10:30

Levantar la persiana de una ciudad cuesta mucho y no luce. Es el gris de la rutina; el tedio de la normalidad. Que funcionen los autobuses y los semáforos, que las calles estén limpias y la basura recogida, que salga agua caliente en la ducha, que haya gente haciendo algo más que proclamar el vuelva usted mañana, que los centros deportivos estén abiertos… No hay grandeza en el día a día. Ni titulares. Ni fotos que llevar a una portada.

Los políticos lo saben. Y saben también que con una hoja de servicio de pura supervivencia no se pueden ganar unas elecciones. ¿O sí? Hasta que llegaron los recortes y se acabaron las tijeras y las cintas inaugurales, pocos ayuntamientos se han salvado del “puedo prometer y prometo” del político de turno ni han esquivado el golpe de realidad que subyace en esa gráfica frase que ya se ha erigido en toda una máxima de pragmatismo municipal: “Ya lo pagará el que venga detrás”.

Fueron los años de las obras faraónicas, los grandes viajes de trabajo y los cócteles con champán. Y fueron también los tiempos de la movida municipal -desde el tráfico de influencias y los tratos de favor hasta los delitos de corrupción- que ahora empieza a ocupar protagonismo en el banquillo de los tribunales. La Fiscalía acaba de pedir 8 años de cárcel para el exalcalde Torres Hurtado (PP) por el caso Serrallo y no es más que un aperitivo de lo que significará el desenlace de la operación Nazarí. Puede que no circularan maletines pero los excesos se pagan.

Es la misma lección que nos acaba de dar Cristina Cifuentes desde Madrid -la ya expresidenta de la Comunidad ha terminado cayendo por el “escándalo” de robar dos botes de crema antiarrugas en un supermercado- al evidenciar cómo la crisis y la corrupción han convertido en toda una heroicidad la misión de resistir. Frente a los otros y frente a los propios.

Perfil plano. Laconismo. Estabilidad. Lo practica Rajoy con la misma vehemencia con que lo invocaba hace unos días Susana Díaz insistiendo en que no habrá adelanto electoral en Andalucía y lo defendía el actual alcalde, Paco Cuenca, cuando se cumplían dos años de la intervención policial que acabó desalojando al PP de la Plaza del Carmen: el valor de la “etapa de tranquilidad” en que ha entrado Granada frente a los “continuos líos” del equipo de gobierno de los populares.

¿Pero con la normalidad se pueden ganar unas elecciones? ¿Con subir la persiana cada día se puede justificar una gestión? ¿La resistencia a qué precio?

Los músicos de la OCG han vuelto a dar la voz de alarma por la situación de la orquesta. Las instituciones lograron buscar una salida puntual para el problema de personal pero la crisis financiera no se ha resuelto. No hay recursos. Ni para pagar las dietas a un artista invitado. Lo que está contra las cuerdas es su calidad y su prestigio; que no es otra cosa que su sentido de ser y su futuro. Es un desafío de todas las administraciones, no sólo de la capital, pero es un buen ejemplo de las trampas que conlleva el cómodo ejercicio de levitar. Sobre todo, si ni siquiera se consigue un mínimo de solvencia y credibilidad.

Cuando el Gobierno apruebe por fin los Presupuestos Generales del Estado, recuperaremos cierta “normalidad” y “estabilidad” pero ninguna de las partidas relacionadas con la resistencia de Rajoy tendrá recorrido mediático. Solemos decir que el periodismo no es más que el reflejo de la sociedad. Pues bien, reconozcámoslo: no hay ningún atractivo en la inercia.

Pero, ¡cuidado!, todo cambia si se tambalean los cimientos de la rutina: no puedes vender que pagas a fin de mes a los trabajadores municipales, pero sí que las próximas nóminas corren peligro. No puedes vender que los autobuses y el Metro circulan cumpliendo las frecuencias, pero sí que se interrumpe el servicio por una huelga. Eso sí, quienes lo rentabilizan son los otros. Los que acechan contando los días para citarse en duelo en las urnas. Resistir se ha convertido en toda una heroicidad, sí, pero no es garantía de nada.

El triste ejemplo de Granada

Magdalena Trillo | 24 de abril de 2018 a las 10:30

Granada lleva tres años de aislamiento ferroviario y no pasa nada: los turistas se las ingenian para seguir llegando a la ciudad y los granadinos continúan viajando a golpe de resignación y de paciencia. El 7 de abril de 2015, el Ministerio de Fomento decidió cortar el servicio de trenes para agilizar las obras del AVE. El corte no iba a durar más de cuatro meses. Mil días después, nos acordamos del bloqueo cuando compramos un billete en tren a Madrid -y sin darnos cuenta nos vemos subidos en un autobús con un puñado de japoneses despistados rumbo a Antequera- y cuando las plataformas de protesta toman las calles para celebrar -con relativo éxito de convocatoria- las tristes efemérides de la “vergüenza”.

Calculan las instituciones y los empresarios que el impacto del bloqueo supera los 420 millones en pérdidas y no pasa nada: la llegada del AVE continúa sin fecha y sin más compromiso que la palabra del presidente Rajoy asegurando que se inaugurará “en 2018″. El Gobierno ha logrado culminar las obras, pero la explotación queda ahora en manos de la Agencia Estatal de Seguridad. Aquí no hay prisas ni presiones; se pondrá en marcha cuando los técnicos lo determinen y poco importa si se adelantan las elecciones o se atrasan. En Moncloa lo saben y en Génova también.

Y no pasa nada en España… pero sí en Europa. Lo paradójico es que se lo debemos a la pequeña ciudad de Rastatt. En agosto se produjo un accidente y se derrumbó un túnel que afectó al estratégico eje de comunicación ferroviario entre Alemania y Francia. Las eurodiputadas socialistas Inés Ayala y Clara Aguilera han utilizado la presión social y empresarial de esta importante región para elevar una pregunta a la Comisión de Transportes del Parlamento Europeo, poner de relieve la incomunicación de Granada e intentar evitar que se repita.

El 2 de mayo se aprueba el presupuesto comunitario y el 28 se fijará el reglamento sobre infraestructuras transeuropeas -afecta a los nueve corredores- con la inclusión de un protocolo de buenas prácticas que exigirá a los Estados miembros que establezcan un plan alternativo -viable y lo menos perjudicial posible- cuando se aborden proyectos de gran envergadura que afecten a los servicios de transporte de la ciudadanía. Es muy sencillo: garantizar que ninguna ciudad o región europea pueda quedarse tres años sin tren y no pase nada… Y, con la ayuda de Rastatt, se lo deberemos al “triste ejemplo de Granada”.

Rehenes de la minoría

Magdalena Trillo | 22 de abril de 2018 a las 10:00

Plaza del Carmen. 8:30 de la mañana. Pleno extraordinario de movilidad. Probablemente seré una de las pocas inconscientes de esta ciudad que el viernes tuvo la santa paciencia de engancharse al ordenador para ver en streaming el debate sobre la revolución del transporte que seguirá al exitoso estreno del Metro. Interés profesional pero también particular. Egoístamente, soy usuaria de la Rober y lo sería de una segunda línea por el centro si se concreta el tercer intento de rescate del histórico tranvía -lo avanzó la concejal de Movilidad esta semana a Granada Hoy- tras los fallidos proyectos de Moratalla y Torres Hurtado.

No hubo pleno; no hubo debate. Hubo bronca, reproches y varias tomas de actuación grotesca. El equipo de gobierno se quedó solo pero pudo escenificar un sucedáneo de pleno cuando el ‘tránsfuga’ Luis de Haro aprovechó la ocasión para hacerse notar, para desmarcarse del plante acordado por todos los grupos de la oposición y, sobre todo, para dar una patada a las compañeras de su antiguo partido. Hizo el papel de responsable y dio la oportunidad al alcalde para que siguiera dirigiendo la orquesta.

Oficialmente, el Ayuntamiento celebró el pleno extraordinario de movilidad y Raquel Ruz pudo mostrar un mapa de la ciudad con la propuesta de reestructuración de las líneas de autobuses -lo más novedoso es que se conectará el Zaidín y la zona Norte pasando por la Gran Vía-.

Todos hemos perdido tiempo y dinero. Los plenos extraordinarios se convocan ante cuestiones realmente urgentes para la ciudad y en casos de tal complejidad y envergadura que se considere inasumible en una sesión ordinaria. No nos olvidemos, además, de que cuestan dinero y lo pagamos entre todos con nuestros impuestos. Si es verdad la versión del equipo socialista de que hasta la noche de antes no se había podido ultimar la documentación para entregar a la oposición y que justo por eso no existía el famoso expediente que todos los grupos exigían para poder debatir y votar, ¿para qué se convocó el pleno con urgencia? ¿por qué no se aplazó?

Es más, si realmente nos creemos que somos responsables y que trabajamos por el bien de la ciudad -Cuenca lo dijo infinidad de veces intentando desmarcarse de la bronca política que ellos mismos habían desencadenado-, ¿para qué el show del viernes? ¿para debatir en formato pleno lo que llevan discutiendo desde hace meses en el observatorio de la movilidad?

No importan los artículos a los que apeló una y otra vez el secretario interpretando la normativa municipal. Es el propio sentido común el que debería orientar la actuación de los grupos desde la mesura y la estrategia.

Lo del viernes hubiera funcionado hace unos años con Torres Hurtado y su rotunda mayoría absoluta. Se celebra y se aprueba lo que se quiera aprobar. Sin la obligación siquiera de tener que debatir e incluso con todos y todo en contra. Es lo ‘bueno’ del rodillo: pragmatismo y efectividad. Te puedes equivocar, puedes cavar tu tumba, pero tomas decisiones y las ejecutas. Gobiernas.

Un equipo en minoría está condenado a la inanición si no cautiva a algún grupo de oposición para la causa. Si no son generosos y no se imponen como credo la obligación de pactar. Son rehenes de ellos mismos, de su precaria y frágil situación en el tablero municipal, y son rehenes de los demás. Es una relación perversa: cuanto más insignificantes son, más relevancia acaban teniendo en el juego político. ¿A cuántos granadinos representa Luis de Haro? No es sólo simbólico; lo vemos continuamente en todas las escalas de gobierno. Ha sido históricamente la gran baza de los nacionalistas y lo estamos sufriendo en los últimos años como contrapartida de la fragmentación del mapa político.

A Torres Hurtado se lo llevó por delante la justicia pero ya estuvo en el precipicio cuando se implantó la LAC y cabrearon a media ciudad con los transbordos. El PSOE tiene ahora el bastón de mando pero sin la legitimidad de las urnas. En un año hay elecciones y cada decisión, cada error, sumará en la cuenta atrás. Ni siquiera es tiempo ya de apelar a la “tranquilidad” del mandato y a la inercia. Porque no hacer nada -por no ser capaz de negociar y de pactar- también es decidir.

La Alhambra, en campaña

Magdalena Trillo | 17 de abril de 2018 a las 10:30

Mateo Revilla llegó a la Alhambra en los años 80 con el título de comisario. Nada más pisar la Colina Roja, decidió prohibir los cócteles y las celebraciones. Se acabó la fiesta en el monumento más visitado de España. No tardaría mucho en levantar a todo el sector turístico: la conservación de los palacios nazaríes estaría por encima del negocio. 300 personas cada media hora.

Así empezó todo. El problema, entonces y ahora, es muy sencillo: la oferta de entradas no cubre la demanda. Hay mucha más gente dispuesta a ver la Alhambra -poco importa si llegan desde un crucero de Málaga o en vuelos desde Japón- de lo que permite el cupo de acceso a las zonas más sensibles. La globalización, la modernidad, también tiene un precio. Y, lamentablemente para las empresas que viven del turismo, las actuales políticas de gestión cultural tienden a imponer la preservación del legado a la presión lobbista.

Es verdad que luego está la letra pequeña. Por un lado, cómo gestionamos lo escaso, cómo garantizamos la equidad y cómo evitamos que unos cuantos se apropien del sistema. Más aún si tenemos en cuenta el precedente de la trama corrupta de entradas falsas que saltó en 2005 y desencadenó uno de los macrojuicios más dilatados de la justicia andaluza. Por otro lado, están los desafíos del día a día. Cómo evitar las aglomeraciones, cómo desestacionalizar la llegada de turistas, cómo diversificar y ampliar las opciones de visita y cómo mejorar la experiencia del público.

A partir de aquí se puede analizar si funciona o no el nuevo sistema de entradas nominativas que se puso en marcha el 1 de enero para los turistas individuales -se empezará a aplicar el 1 de mayo para grupos-, si se puede conseguir una mayor flexibilidad para las agencias de viaje y turoperadores, si hay medios alternativos de control y seguridad que puedan contribuir a frenar la reventa y si hay fórmulas de trabajo colaborativo entre las instituciones y el empresariado que ayuden a mitigar la “fuga” de viajeros.

De nada de esto se habla cuando la Alhambra salta al debate en el Parlamento andaluz. No hay argumentos por encima del relato político; hay críticas calculadas y reproches tacticistas. La Alhambra, como Sierra Nevada, vende. Captando turistas y atrayendo votos. Por mucho que se pongan los intereses del sector como coartada, vuelve a ser el PP contra el PSOE; Granada contra Sevilla. Y poco importan los problemas, las mesas de diálogo y las posibles soluciones cuando los partidos ya se han puesto en modo electoral.