El efecto llamada de la violencia

Magdalena Trillo | 10 de octubre de 2010 a las 21:26

RESPONSABILIDAD. Tal vez sea la palabra que mejor defina la firmeza y la efectividad con que España está afrontando –al menos hasta ahora– la lucha antiterrorista. La responsabilidad de nuestros políticos, de nuestras instituciones, de los medios de comunicación y hasta de la opinión pública.

Ayer se cumplió el décimo aniversario del asesinato de Luis Portero a manos de tres pistoleros de ETA. En el acto de homenaje organizado el jueves en la Real Chancillería, la viuda del que fuera fiscal jefe del TSJA rechazó de plano cualquier negociación con la banda y abogó por derrotar a los criminales “con las armas de la ley y del Estado de derecho”. Sólo pidió justicia; responsabilidad.

Aunque resulte una obviedad, la carrera democrática contra la violencia, contra cualquier tipo de violencia, es inseparable del compromiso ético y profesional de todos los que terminan ‘interviniendo’ en el proceso. También de los periodistas.

Y por ello no ha de extrañar el largo debate que siempre ha suscitado el tratamiento del terrorismo entre quienes defienden la libertad de información y quienes alertan de cómo los medios pueden convertirse en altavoces de los violentos. El efecto llamada.

Ocurría con los casos de suicidio –por eso en la prensa se ha silenciado históricamente– y ahora salta el debate a las muertes por violencia machista. En este caso, el planteamiento no debería centrarse tanto en el hecho de informar (hay investigaciones recientes que constatan cómo los medios contribuyen a reducir la mortalidad por violencia de género ejerciendo un efecto protector) sino en cómo lo hacemos. Porque no es un crimen pasional, no fue un mal día y no es un caso aislado. No podemos ser indulgentes ni buscar sinrazones que expliquen cómo se rompe la supuesta “normalidad” de una relación.

No es menos criminal porque sea anciano, porque tenga educación ni tampoco porque todo el barrio lo vea como un vecino excepcional. Es un asesino (no “presunto” si ha confesado la autoría) o es un homicida.

Ni la edad, ni la piedad, ni la misericordia, como advertía esta semana la consejera de Igualdad, pueden justificar una muerte. Lo decía por el hombre de 82 años de Málaga que ha matado a su esposa para evitar ir a una residencia. Ella estaba impedida en una silla de ruedas y él acababa de ser operado de la cadera. Era un “pacto” para morir juntos… Pero él está vivo; ella, muerta. Asfixiada con una almohada (es una de las hipótesis que investiga la Policía) y con dos puñaladas en el pecho.

Las noticias no provocan más muertes –nadie decide asesinar sólo por verlo en la tele– pero sí pueden producir cierto efecto repetición y actuar como desencadenante.

Pueden ser parte del problema si es a la mujer a la que presentamos como responsable. Si disculpamos al agresor porque está celoso, obsesionado o perdidamente enamorado. Si estigmatizamos al maltratador como psicópata o monstruo olvidando la espiral de violencia que siempre hay detrás del machismo. Si convertimos los asesinatos en “un caso más” y los volvemos rutina.

El último informe de la ONU es alarmante: tres de cada cuatro mujeres en el mundo han sufrido alguna vez en su vida violencia machista. Tienen el rostro de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, de las violadas en la República del Congo o en Haití y tienen el rostro, también, de las 53 que ya han muerto este año en España a manos de sus parejas… La última, Catalina.

Hay que hablar de violencia, escribir sobre violencia para hacerla visible y no ampararla con la impunidad del silencio. Hay que huir del morbo y del sensacionalismo, aunque se vendan menos periódicos y no se ‘aproveche’ el tirón para subir audiencias. Hay que animar a la reflexión y, como en la lucha contra el terror, reclamar justicia. Debemos militar en la responsabilidad.

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