Risas de cocodrilo

Magdalena Trillo | 28 de abril de 2013 a las 10:54

De entre todos los animales, el hombre es el único capaz de reír. De reír y de hacer reír. Pienso en Aristóteles y en su libro perdido, en el segundo tomo de su Poética, en el manuscrito envenenado que sustenta algunos de los pasajes más incisivos y sacrílegos de El nombre de la rosa. Recordarán los encendidos diálogos de Guillermo de Baskerville y su discípulo Adso de Melk; recordarán la pugna del fraile y Jorge de Burgos, ese monje austero que defiende con vehemencia una temerosa visión del mundo en torno a Dios, al castigo y la represión. La lucha entre lo antiguo y lo moderno, entre el pasado y el futuro, entre el tenebroso hombre medieval y el humanista que cree en el amor por encima del odio, en la risa por encima del miedo.

Acabamos de viajar a la Edad Media con Umberto Eco, a la misteriosa abadía del norte de Italia donde la risa es corrupción, debilidad y pecado. Es el vicio de la plebe. Pero la risa, con Aristóteles, con fray Guillermo, es también la liberación del miedo, la distracción del campesino, un nuevo arte que emancipa y hasta purifica: “La risa libera al aldeano del miedo del diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo aparece pobre y tonto, y por tanto, controlable. Cuando ríe, mientras el vino gorgotea en su garganta, el aldeano se siente amo, porque ha invertido las relaciones de dominación”.

Desde el oscuro Medievo, la Iglesia se ha encargado de adoctrinarnos en el temor y del miedo; a huir del humor, de la comedia, de la sátira, de la risa. Una vieja forma de dominación y de control. Hoy tengo la sensación de que es un territorio del que se han apropiado los políticos. Últimamente solo veo a los políticos reír. Sin razones aparentes. Con una pose falsa, nerviosa, provocadoramente molesta. Los habituales ataques de Montoro; los repentes de Carmen Chacón. Risas de cocodrilo. Ríen desde sus verdades absolutas y desde un cúmulo de errores donde no cabe la rectificación. “Huye Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia”.

Unos ríen y otros lloramos. Nos levantamos, cada viernes, temerosos del Consejo de Ministros. Nos acostamos, cada mes, conocedores de la abismal cifra de parados con que pasaremos otra página del calendario. Terriblemente saturados de tristezas y de malas noticias. Completamente desmotivados ante tantas reuniones y cumbres de iluminados que evidencian, una y otra vez, su incompetencia y su ceguera. Saturados de sus falsas risas; de su impostado humor.

Parece de chiste escuchar a un ministro revelar que se creará empleo cuando crezca la economía… A la responsable de las listas del Inem vender las bondades de la “movilidad exterior” para los miles de jóvenes que se tienen que exiliar buscando el futuro que España les niega. A la líder del partido del Gobierno hablar de finiquitos “en diferido” sin atreverse a nombrar la bicha (Bárcenas). A un diputado denunciar la dación en pago porque esconde”operaciones de especulación”. A un miembro del Ejecutivo invitarnos a ducharnos con agua fría porque es lo “sostenible”.

No termino de saber si son meteduras de pata o es su atrofiado sentido del humor. Hoy visita Rajoy Granada para mantener una reunión bilateral con el presidente de turno de la UE y aún no sabemos si nos atenderán en formato plasma y si contestarán alguna pregunta que se salga del guión. Lo cierto es que cada vez resulta más difícil saber si es la literatura la que se desliza en los periódicos o la realidad la que salta a las novelas. Si la vida imita la televisión basura, como sugería Woody Allen, o es la televisión basura la que imita los culebrones de la vida.

En Óscar y las mujeres, Santiago Roncagliolo nos propone una medicina mucho más efectiva y menos asfixiante que la austeridad: una pizca de humor y, por qué no, de frivolidad. Esta semana presentaba su libro en Granada reivindicando un poco de distracción y de diversión: “¿Por qué no olvidarnos un poco de lo mal que lo estamos pasando?”. Por qué no echarnos unas risas en lugar de sufrir. A veces, decía el novelista peruano, el humor es la única manera inteligente de hablar. Siempre, me gustaría pensar, el humor es un insobornable resorte para vivir, para liberarnos del miedo.

Hace siglos que lo sabemos aunque nos hayan obligado a olvidarlo. Volvamos a fray Guillermo: tal vez temamos al libro de Aristóteles porque nos enseña a deformar el rostro de toda verdad; a no convertirnos en esclavos de nuestros fantasmas.

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