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Yes Scotland, el otro derecho a decidir

Magdalena Trillo | 31 de agosto de 2014 a las 10:12

Agnes tiene cinco hijas, tres nietos, un precioso Bed&Breakfast en la isla de Skye y una inquebrantable disposición a votar sí el próximo 18 de septiembre. Es más que consciente de lo reñido que está el referéndum sobre la independencia de Escocia y no esconde su certeza (que no miedo) sobre las consecuencias del histórico proceso que llega a su recta final con media Europa mirando de reojo: “Si no ganamos nos van a crucificar”. En la dureza de sus palabras subyace la fortaleza del sentimiento de identidad nacional, pero también el ‘atrevimiento’ de pensar que no es idealismo ni ingenuidad defender el “derecho” a un mañana de oportunidades.

Con dos trabajos extra para llegar a fin de mes, esta abuela hiperactiva de las Highlands no necesita ni diez minutos para desgranar sus razones del sí: no se sienten ingleses, detestan su esnobismo, creen que Londres les “roba” y confían en el potencial de su pequeño país (no hay demasiado petróleo pero sí mucho turismo, una exitosa tradición de whisky y golf y un carisma arrollador que los ha convertido en los ‘andaluces del norte’) para que les vaya mejor. Un ‘derecho a decidir’ vivir mejor.

En esencia, no es muy diferente la cuestión catalana a la escocesa. Los dos pueblos buscan lo que cualquiera querría para sí (avanzar en derechos y libertades en lugar de militar en la austeridad y sumirse en la miseria), los dos casos se construyen sobre el temperamento de las emociones y en ambos procesos se ha colado la tiránica economía como pieza decisiva. Los grandes empresarios de Escocia se acaban de unir al Gobierno británico en su campaña del miedo: los recursos del Mar del Norte se agotan, la decadente demografía de la región sería incapaz de sostener el actual estado del bienestar, la banca escocesa está en manos inglesas tras ser nacionalizada víctima de la burbuja financiera y la especulación inmobiliaria y, como colofón de males, la moneda. Qué haría una Escocia sin la plataforma de la libra y sin capacidad para entrar en la zona euro.

La conclusión del lobby es contundente: desde el punto de vista de los negocios no interesa la independencia, casi un millón de empleos escoceses se apoyan en Reino Unido y sólo la incertidumbre rodea cuestiones vitales como la regulación económica, los impuestos, las pensiones o la pertenencia a la UE.

El mismo ajuste que arrojan las encuestas se aprecia en las calles. Visualmente, la campaña del ‘yes’ es mucho más potente pero la razón es sencilla: son los independentistas los que tienen que desafiar el estatus quo de la propia Escocia y de Londres con su voto (“dare to vote”) mientras que el ‘no’ se alinea con lo políticamente correcto (“orgullosos de ser escoceses, encantados de estar unidos”) y con lo internacionalmente aceptable.

Si dejamos a un lado los sentimientos, los dos movimientos soberanistas divergen. Empezando por la propia historia de la unión británica (se forjó hace cuatro siglos sellando una fusión voluntaria) y terminando porque es el pobre y no el rico el que se quiere ir. Si unimos a ello que no existe ningún tipo de conflicto con la lengua, que nadie pone en cuestión la identidad nacional de escoceses e ingleses y que no se arrastra un complejo mapa autonómico con distintos grados de ambición de autogobierno, llegamos a un escenario difícilmente exportable a la realidad catalana o vasca.

La realidad, sin embargo, es otra. Urkullo acaba de abrir el curso político proclamando que Escocia es el modelo de autogobierno a seguir y es evidente que tanto el Gobierno de Rajoy como el de Artur Mas utilizarán el dictamen escocés para fortalecer sus argumentos. El 18-S tendrá, por tanto, un impacto directo no sólo de consumo interno en España sino también en el marco de las relaciones internacionales. No olvidemos que tanto Merkel como Obama están actuando de testigos y aliados estratégicos para Rajoy y Cameron y que buena parte de las incertidumbres que centran la batalla entre Barcelona y Madrid se despejarán (habría que ver en qué sentido) si Escocia dice sí.

Tampoco en Escocia son ajenos a los anhelos catalanes. En la prensa local, monopolizada estos días por el proceso independentista, se recogen sólidos argumentos que permiten defender con solvencia los dos posicionamientos y que dan una visión bastante certera sobre la complejidad misma del proceso y sobre las implicaciones e impacto que tendrá en otros movimientos como el catalán.

Lo decía, por ejemplo, un analista de la Universidad de Edimburgo: Escocia es mucho más escocesa que Cataluña catalana y lo que de verdad palpita tras el SNP (Partido Nacional Escocés) no es tanto el independentismo frente al unionismo como el grado de autogobierno. Nadie en Escocia tiene el más mínimo problema con ser escocés, cuando en Cataluña conviven los que se sienten catalanes pero no españoles, los que son más catalanes que españoles, los que son tan catalanes como españoles, los que son más españoles que catalanes… y los que se sienten españoles pero no catalanes.

Calentando el 18-S, ya hay quienes se anticipan a ver un futuro confederal en Reino Unido: ¿se llegará al Reino Desunido de Gran Bretaña como vaticina el líder independentista Alex Salmond? ¿Tendría cabida la monarquía en ese nuevo escenario?

El mapa de sentimientos es complejo; pero el trasfondo lo es más. Sobre todo si lo analizamos desde la perspectiva del mundo globalizado y sin fronteras de hoy y pensamos que, lamentablemente, volvemos a situar el debate en la lucha por el territorio que desde el origen de los tiempos no ha dejado de justificar conflictos y guerras (desde la vieja Galia en la que no quedaban ni hombres para luchar hasta la recién invadida Ucrania) cuando la soberanía real de los gobiernos es más que relativa y el propio concepto clásico de Estado nada tiene que ver con el mundo en que vivimos.

De momento, Londres está dando una rotunda lección a Madrid de normalidad democrática. Mientras en España nos dedicamos a asustarnos con el choque de trenes y los recursos en el Constitucional, aquí se exploran oportunidades y se buscan fórmulas para responder a las legítimas ambiciones de unos y otros.

Reconozco que, para mí, el camino no son nuevas fronteras ni himnos ni banderas, pero creo que sería más que saludable tener derecho a discutirlo. Aunque siempre he compartido aquello de que el nacionalismo, ese que tanto tiene que ver con la xenobia y el patrioterismo, es una enfermedad que se cura viajando, tal vez haya llegado el momento de extender la reflexión y proclamar que el antinacionalismo ramplón y visceral también es una enfermedad de la que nos tendríamos que empezar a curar. Más aún si el ‘derecho a decidir’ que estamos defendiendo no es otra cosa que el derecho a construir una forma de vivir mejor; más aún si la vía que estamos proponiendo es la negociación, el diálogo y el acuerdo. No son tiempos de tener alergia a la democracia.


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