Los ‘outsiders’ de la campaña

Magdalena Trillo | 1 de marzo de 2015 a las 10:16

¿Ha tenido tiempo de rezar? Ésta era la propuesta que nos había lanzado el obispo de Córdoba para celebrar el Día de Andalucía: “Orar para que desaparezca la corrupción en la administración y en toda la sociedad”. Lo que no está logrando ni la juez Alaya con sus infinitas macrocausas y sus ya previsibles irrupciones en campaña lo quiere resolver la Iglesia con plegarias. Coincido con Demetrio Fernández en que “es una vergüenza que algunos aprovechen su puesto de servicio para enriquecerse robando el dinero de todos”. Ahora bien, media un abismo entre el diagnóstico certero que realiza sobre la codicia humana y ese remedio divino y casi mágico que propone.

A monseñor Fernández le ocurre como al arzobispo de Granada: es más que consciente de que no debe lanzarse a la arena política, de que no debería ser el púlpito una plataforma para encender la polémica, pero su ‘sentido de la responsabilidad’ le supera. Así, “llegado el Día de Andalucía”, decide ofrecer en su carta pastoral una “conveniente reflexión desde la fe” para que meditemos bien nuestro voto de cara a las próximas elecciones regionales” y aprovecha para sumarse al ambiente preelectoral recordando a fieles y electores los posicionamientos de la Iglesia en cuestiones de intenso debate como el aborto y la educación.

Sus planteamientos son un ataque directo contra la escuela pública por “ser uno de los grandes males para una sociedad que quiere ser libre y educar en libertad”. El obispo expresa su perplejidad por que, en “un Estado aconfesional” como el español, “se favorezca todo lo que va contra Dios y contra la religión católica” y, como solución, hace una defensa cerrada del modelo concertado que con tanta eficiencia controla la Conferencia Episcopal y que tan bien representa al teórico 92% de andaluces y españoles que, según él, nos decimos católicos.

No debería extrañarnos. Los obispos acaban de presentar al Gobierno su propuesta de contenidos para la asignatura de Religión -el curriculum ya se ha publicado en el BOE y se empezará a impartir el próximo curso- y la consideración más suave que ha recibido es que supone una peligrosa “involución” educativa y social. A los obispos, sin embargo, les pasa como a los bancos, que nunca tienen bastante. Mientras piden a las comunidades más díscolas que no limiten las horas de religión en las escuelas, su propuesta para “enseñar la realidad del cristianismo sin catequizar” es poner a los niños de 8 años a rezar en las aulas y, en Secundaria, eliminar las referencias a cualquier religión que no sea la estrictamente protegida en nuestra Constitución.

Es decir, que a los primeros les examinarán por sus cánticos (la asignatura es optativa pero evaluable) y a los segundos les privarán de la oportunidad de entender qué hay detrás del ataque yihadista a Charlie Hebdo y hasta de saber que Andalucía, Al-Andalus, fue un día símbolo de convivencia, respeto e integración entre pueblos. Tendremos escolares que aprenderán a “expresar la gratitud a Dios por su amistad”, “comprender el origen divino del cosmos” e, incluso, “reconocer la incapacidad de la persona para alcanzar por sí misma la felicidad”. Pero difícil será saber si estamos formando a ciudadanos críticos capaces de asumir con coherencia su responsabilidad en la sociedad y desenvolverse desde la cultura del esfuerzo y la tolerancia. Mucho menos si se inculcarán unos valores mínimos de ética y respeto que terminen siéndonos útiles a todos -también a la Iglesia- cuando nos planteemos la aspiración como sociedad de, por ejemplo, atajar la corrupción. Porque tan legítimo es defender la oración, el adoctrinamiento y la catequesis dentro de las parroquias (para eso están) como debería ser reservar la escuela pública para inculcar esos valores de civismo y moralidad que deberían impregnar nuestra convivencia y que tanta falta nos hacen para vacunarnos contra todos esos “males” ante los que nos previene la propia Iglesia.

Recriminamos a los políticos lo alejados que están de la calle, de las preocupaciones reales de la gente, pero lo cierto es que es otro mal que se contagia con la misma naturalidad con que socialmente lo aceptamos. Les aseguro que no es ingenuidad, es el reconocimiento de que lo que de verdad se nos da bien en este país es confundir. Cargados siempre de ideología y con unos intereses nunca claros. Confundir para, a continuación, interferir. Es lógico que el año electoral haya acelerado la vida pública pero no deberíamos permitir que la ‘justificación’ de unos comicios nos hurten el debate y nos dejen en una apática posición de indiferencia.

No es sólo la juez Alaya la especialista en las injerencias. Junto a los ousiders habituales de las campañas electorales, están los que aprovechan para pescar en río revuelto -admitamos que el obispo de Córdoba nos anime a rezar contra la corrupción política, pero no de que se olvide de mirar hacia dentro cuando el propio Papa está pidiendo perdón y tan cerca tiene el escándalo de los casos de pederastia en Granada…- y los que, con la excusa del patriotismo y la responsabilidad, irrumpen de forma estrepitosa arropados por el corporativismo, el interés partidista, cierta dosis de frivolidad y una absoluta y compartida ausencia de autocrítica. El momento bandera andaluza de Manolo Pezzi en el Congreso de los Diputados, prestando el ‘noble’ servicio de defender nuestra comunidad cuando se atacaba al PSOE, no es menos tramposo que el memorándum de cifras que nos arrojó el presidente del Gobierno para transformar el Debate sobre el Estado de la Nación en un improvisado ‘país de las maravillas’ y convencernos de que la recuperación no tiene los pies de barro y es real. Volvemos a confundir. El diputado granadino jugó a lo que juega su partido. Porque, aunque los socialistas llevan el rojo en sus siglas, es el verde de Andalucía el que han hecho propio en tres décadas de gobierno con la misma fuerza camaleónica con que se han quedado con la bandera del andalucismo.

Honestamente, entre los tiempos de rezos de unos y los tiempos electorales de otros poco espacio queda para “potenciar la Marca Andalucía”, para hacer país, como proponían esta semana los empresarios al presentar (ellos también) su decálogo de propuestas para el 22-M. Pidieron lealtad, pero no es la lealtad lo que mejor nos define. Y no, no es orando en los colegios como vamos a conseguir que “no prevalezca la mentira, el engaño, la trampa y el embuste” ni tampoco como vamos a desterrar esos tópicos que unas veces criticamos y otras enarbolamos. Mucho menos el ‘tópico’ de la corrupción.

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