Todo es normal hasta que deja de serlo

Magdalena Trillo | 29 de marzo de 2015 a las 11:00

Era un joven normal. Llevaba una vida normal. Tenía un trabajo normal. Parecía buena persona. Nadie podría sospechar lo que pasaba por su cabeza.

Pensarán que me refiero al copiloto que esta semana ha estrellado un avión con 150 pasajeros a bordo. Podría. Pero pienso en lo equivocados que estamos cuando anhelamos una vida normal, una ciudad normal, una muerte normal. Cuando intentamos proteger nuestra irrelevante existencia dentro de una burbuja de normalidad. Cualquiera de estos comentarios los escuchamos cuando nos tenemos que enfrentar a una situación impredecible, absurda, inexplicable. La vida nos ha enseñado que el cien por cien de seguridad no existe y hasta hemos aprendido a afrontar que el azar y la fatalidad se cruce en nuestro camino. El fanatismo, incluso, con toda su carga de irracionalidad. Pero no estamos preparados para soportar que uno de nosotros, normal, sea capaz de tanta maldad. Por muy envuelta que esté en la locura. Es la rabia y la impotencia de descubrir que el mal acecha latente tras la máscara de la normalidad.

Coja cualquier noticia de periódico sobre un crimen machista. Encontrará toda la cadencia de normalidad con que comenzaba este artículo. A continuación, hallará la impotencia de los familiares. A continuación, la perplejidad de los vecinos, de los amigos y de los compañeros de trabajo que nunca intuyeron nada. A continuación, la amarga sensación de una inevitable pregunta: ¿se pudo evitar? ¿Sería nuestra tristeza menor si hallamos un culpable normal al que podamos exigir responsabilidad?

Normal se dice de aquello que se halla en su estado natural. Normal se aplica a aquello que sirve de norma o regla. Nada de esto, lo sabemos hoy, puede aplicarse a ese joven alemán obsesionado con volar que ha segado la vida de 149 pasajeros en un vuelo rutinario de Barcelona a Düsseldorf. Engañó a todos. Estaba deprimido y sabía que no podía volar. Lo hizo. Se subió al Airbus A320 y lo estrelló en los Alpes franceses cuando tuvo la oportunidad. A las 10.31 se hizo el silencio. El mismo que ayer se guardaba en la iglesia en la que su madre es organista. No había palabras en “la casa de Dios”. Ha ocurrido un martes más de una semana más de un año más, pero pudo ser cualquier otro. Se recordará la tragedia de un caprichoso y gélido 24 de marzo de 2015 y se guardará un listado con 149 víctimas inocentes. Son ellas y no usted, ni yo, por ninguna razón.

Lo descorazonador es que la vida parece darnos pistas aunque no las veamos. Nos hemos aislado tanto en nuestros insignificantes mundos de egoísta individualismo que no somos capaces de ver lo que ocurre a nuestro alrededor. A una ex novia de Andreas Lubitz le viene ahora a la memoria una frase que le dijo hace mucho: “Un día voy a hacer algo que va a cambiar todo el sistema y todo el mundo sabrá mi nombre y lo recordará“. Sus amigos recuerdan, ahora, la obsesiva afición que tenía por pilotar en la zona montañosa donde estrelló el avión. Los responsables de Lufthansa analizan, ahora, el preocupante historial de trastornos que acumulaba el copiloto de Germanwings.

El ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor. Lo escribió Saramago en La caverna pero es algo que hemos sabido siempre. En los pequeños pueblos de los Alpes cercanos a la zona cero, los vecinos han abierto sus casas, han puesto su mesa, en solidaridad con los familiares de las víctimas. Los profesionales, una vez más, vuelven a responder y las instituciones, por una vez, han estado a la altura.

De cada fatídico accidente se han extraído conclusiones y hemos sido capaces de aprender, de mejorar. Del Titanic al 11-S. Pero la catástrofe aérea en los Alpes no es un accidente, no es un suicidio; no ha habido un fallo técnico, no ha habido un fallo humano. Dicen los expertos que ni siquiera una profunda depresión puede explicar en sí misma la reacción del copiloto que quería ser comandante de Lufthansa. La caja negra ha grabado su respiración en los 8 minutos de desconcierto e incomunicación que anticiparon la tragedia. Era absolutamente normal.

Pero todo es normal, aparente y engañosamente normal, hasta que deja de serlo.

Los comentarios están cerrados.