Política y periodismo en Serie B

Magdalena Trillo | 10 de enero de 2016 a las 10:34

Nunca nos hemos puesto de acuerdo políticos y periodistas sobre la identidad del asesino. Me refiero al culpable de presentar como esperpento y vodevil la actualidad informativa de nuestro país: políticos huyendo por el garaje para no ser ‘cazados’ por la prensa, periodistas convertidos en paparazzi para intentar contar a sus lectores si se repetirán las elecciones en Cataluña, frívolas quinielas sobre el ¿imposible? gobierno de España que saltan del movedizo pantano de las líneas rojas al inocente escenario de los deseos sin otro sustento que la rumorología. No lo sabemos nosotros y, probablemente, no lo sepan ellos. Parece de broma. Un día pontifican, al día siguiente sopla poniente y al tercero recogen velas. Las líneas rojas ya son verdes, naranjas o moradas y ya se puede negociar.

Ahora lo llaman “explorar”. Política en versión boy scout. El sugestivo “puro teatro” con que hace meses retratábamos el desafío soberanista está transmutando en aberración. Y con riesgo de contagio. Artur Mas ni supo llegar ni ha sabido irse y el capítulo de Mariano Rajoy está work in progress. De momento, y a la espera de que algún partido se saque de la chistera una ‘solución a la española’, tan poco viable parece el pacto ‘a la alemana’ que quiere forjar el PP como la gran coalición progresista ‘a la portuguesa’ con que contraatacan los socialistas.

“Lo que la actualidad juzga negro resulta, a veces, en la lejanía, blanco como la nieve”. Lo escribió Ortega y Gasset y, con más dureza, no hace tanto que lo reinterpretó Gregorio Marañón: “La vida hoy es acción pura, sin el noble contrapeso de la razón. Y a esa acción sin freno y sin tope nos empuja el exceso de información, la información de los hechos secundarios a los que da la actualidad falsa categoría”. La tendencia a “pintar el mundo del revés” que el pensador madrileño atribuye a la prensa. Los periódicos sometidos a ese “monstruo anormal de la actualidad” con un preocupante defecto de visión: “La incapacidad de apreciar el verdadero color y las dimensiones exactas de las cosas”.

Estas reflexiones sirven al catedrático emérito Enrique de Aguinaga para tejer su particular tratado sobre las “aberraciones periodísticas” que publica en el último número de la revista de la FAPE. Sin ánimo de cuestionar ni limitar la autocrítica, olvida el profesor de la Complutense que cuando la actualidad tiene que ver con la política -¿y al final no todo es política?- cada vez está más confuso quién es el asesino y quién el cómplice; dónde empieza y dónde termina la espiral de la aberración y por culpa de quién. Porque no se puede sostener el compromiso y la honestidad informativa sobre la volatilidad e incertidumbre que hoy definen la escena pública. Y mucho menos sobre el tacticismo con que se está afrontando.

La clave no es otra que saber si el drama es sobrevenido o buscado. Si la política líquida que tanto nos preocupa es una consecuencia del 20-D porque los españoles no supimos votar (¿de verdad vamos a permitir que nos endosen el papel de verdugos?), porque los protagonistas no desempeñaron bien su papel o porque nadie ahora lo está sabiendo gestionar (¿no hemos aprendido suficiente con Cataluña sobre la frustración final de la clonación electoral?).

Que una cuarta parte de los estadounidenses vea ya la televisión en el baño parece una metáfora de nuestro tiempo. El triunfo de la serie B. Sin estrellas ni historias fabulosas. Con personajes corrientes, complejos y contradictorios. Ya ni siquiera tenemos nostalgia de los héroes. Huimos de los estereotipos y buscamos la normalidad de la vida, del sentido común, en la televisión. Porque es fiable. Porque es creíble.
Cuando se cumplen 50 años de A sangre fría, la célebre novela de Truman Capote que supuso el germen del Nuevo Periodismo, deberíamos volver a preguntarnos cuál es el nuevo periodismo de hoy tanto como cuál es la nueva política de hoy. A veces pienso que estamos volviendo a invertir los papeles. Hace medio siglo lo hicimos desde la literatura y ahora toca recurrir al audiovisual… Lo real discurre líquido en su móvil; con la ficción nos despertamos a diario. Lástima que nos hayamos quedado atrapados en la serie B.

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