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¿Nos conformamos con la inercia?

Magdalena Trillo | 7 de febrero de 2016 a las 10:40

Me refiero para vivir. Respiramos por pura inercia pero nunca pensaríamos que la política, la economía, las infraestructuras, la convivencia y hasta los episodios más insustanciales de nuestra vida cotidiana puedan funcionar siguiendo los principios de la primera ley de Newton.

He tenido que desempolvar un momificado libro de Bachillerato para recordar con precisión qué significaba aquello de que los cuerpos se “resisten a cambiar su estado de reposo o de movimiento” si no se aplica una fuerza externa mayor a cero. Pero es muy simple: la inercia es una fuerza ficticia. Es el observador el que determina el movimiento. Recupere el didáctico ejemplo del frenazo del automóvil con nosotros dentro sintiendo cómo una fuerza nos acelera hacia adelante; ahora reconstruyamos la misma escena pero tomando como referencia la carretera y comprobando que nadie nos empuja, que nos movemos por pura inercia.

La percepción cambia radicalmente si estamos dentro o fuera del carrusel. Newton rebatió la idea aristotélica de que un cuerpo sólo puede mantenerse en movimiento si se le aplica una fuerza y, sin preverlo, anticipó el estado de cíclica pasividad, de desidia, que no deja despegar a la economía y que ha terminado adueñándose de la política. Lo alarmante en los dos casos es que todos los síntomas apuntan a una sola dirección: estamos atrapados sin puntos de referencia.

A vueltas con el espejismo de la recuperación; a vueltas con el espejismo de la normalidad del Gobierno en funciones y de tantos gobiernos en quebradiza minoría que acaban siendo rehenes de pactos tan interesados como inestables.

Piense en Granada y responda a una simple pregunta: ¿hemos hecho algo para cambiar el tejido productivo, para invertir la inercia del paro, para funcionar de otro modo? Las fuerzas que actúan son coyunturales, ajenas y sin control. El bajo precio del dinero -con una inédita tasa de euríbor en negativo-, la gasolina por los suelos y los viajeros, casi tan espléndidos en el gasto como antes de la crisis, pulverizando los récords empujados por la situación de conflicto de nuestros competidores directos del Mediterráneo. Pero luego llega la realidad: el fin de la campaña agrícola y navideña en la provincia acaba de expulsar a otros miles de trabajadores a las colas del paro y, en la casa municipal, las cuentas son tan desastrosas que hasta ‘amenazan’ con quitarnos los toldos del Corpus.

Parece una ocurrencia, provocadoramente medida, pero no es una simple anécdota. Nada ejemplificaría más el sueño interruptus de la recuperación que la vuelta de la tijera. Y nada simboliza más la inanición que una prórroga de presupuestos. No se puede construir ciudad sin hoja de ruta; no se puede avanzar si empleamos todas las fuerzas en conseguir que no se descarrile la creciente bola de daños colaterales y nos acabe arrastrando con un efecto dominó.

Criticamos hace unos meses a Rajoy por aprobar los PGE en el tiempo de descuento y hoy, pese a las limitaciones reales que conlleva un gobierno interino, casi tendríamos que verlo como un visionario por evitar que España esté (completamente) paralizada.

En la capital, el interventor ya ha dado la alarma de que no se está pagando a los proveedores en el plazo de 60 días que establece la ley, en las cuentas irreales de 2016 faltan 17 millones de euros y, si el Ayuntamiento quiere que Hacienda no termine reteniendo la parte correspondiente de los tributos estatales, la única salida es un nuevo plan de ajuste: conseguir más ingresos -lo fácil pero no negociable es aumentar la presión fiscal- o recortar gastos.

Puede que lleve razón Pepe Torres cuando confiesa, en privado, que en ninguno de sus mandatos anteriores ha estado más tranquilo que ahora. No puede tomar decisiones y la responsabilidad es de ‘otros’. Casi tendríamos que deducir que no hay gobierno. O que el gobierno está dedicado a otras cosas. Hablo de la guerra de poder. Porque no nos engañemos, no son sólo los sillones del Consejo de Ministros los que están en juego. De Madrid depende la cuenta corriente de centenares de cargos en toda España.

En el PP, la batalla va más allá de la recurrente disputa Pepe Torres-Sebastián Pérez -¿García Montero estaría ya situado para el relevo en la Plaza del Carmen y con la mirada puesta en la presidencia del partido?- y lo mismo ocurre en el PSOE con quienes ya se ven ocupando la silla de Teresa Jiménez en la Torre de la Pólvora.

Hay dos imágenes más que elocuentes: Luis Salvador advirtiendo que no deja su acta de concejal hasta que confirme que su puesto de diputado está garantizado -y no se esfumará con una nueva convocatoria electoral- y el presidente del PP compareciendo con la concejal Rocío Díaz para explicar por qué ella sí se dedicará al Congreso al cien por cien y él lo compagina todo -no es casualidad que encabece la lista al Senado que así lo permite-.

Si volvemos a Newton, Pedro Sánchez parece haberse convertido ya en el ejemplo nacional de la lucha contra la inercia sometido a dos fuerzas que se anulan: el veto de Podemos de no negociar si habla con Ciudadanos y el condicionante de Rivera para que sume al PP al posible acuerdo. No tengo la menor idea de cómo se puede alcanzar un pacto de gobierno así. Ni hoy ni dentro de dos semanas ni en un mes.

Confesaré que mi habitual optimismo no me da para vislumbrar un escenario diferente al de la repetición electoral a las puertas del verano. Y que conste que preferiría cualquier otra opción -incluso inestable- con tal de no soportar el bucle de otra campaña y acabar con un resultado tan o más ingobernable que el del 20-D.

tiovivo

Otra vez dentro del carrusel…

Desde que vi La novia me persigue la mareante imagen de los caballos del tiovivo. Se mezclan en un movimiento infinito con la trágica danza en torno a la hoguera de la noche de bodas. Vuelvo a Bodas de sangre y es Inma Cuesta quien se ha apoderado ya del drama de García Lorca. Veo a Almería desde lo alto de las estepas del Desierto de los Monegros y me asaltan las sombras de los paisajes lunares de la Capadocia turca. La adaptación cinematográfica del texto lorquiano da vértigo. Turba. Cuando escribo estas líneas aún no sé cuántos Goya reconocerán el trabajo de Paula Ortiz; lo merece.

A este lado de la gran pantalla, no puedo evitar vernos en el centro del tiovivo. Atrapados en un movimiento infinito sin punto de partida; sin punto de llegada. Me pregunto si, más tragedia que estar dentro, es la tragedia de no saberlo; la tragedia de no saber cómo hallar un punto de referencia que nos permita despertar. Luego pienso todo lo contrario. Tal vez la única salida sea no romper la inercia. Como en las paradojas de doble vínculo, como el texto lorquiano, puede que sólo podamos escapar convenciéndonos de que no hay escapatoria.


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