Contra la Granada ceniza

Magdalena Trillo | 24 de septiembre de 2017 a las 10:30

El Metro ya atraviesa Granada de norte a sur… pero ha tardado diez años en ponerse en marcha; llega después de seis meses de anuncios frustrados, va demasiado lento, sólo beneficia a una pequeña parte de la población, ha costado más del doble de lo presupuestado, los transbordos no son gratis… Para colmo de males, no pasa por el centro, ni llega al Albaicín, ni sube a la Alhambra, ni nos lleva al aeropuerto… Será una infraestructura deficitaria que se acabará colando en nuestros bolsillos. ¡Si el propio consejero ha reconocido que “nunca será rentable”!

Esta sería la “Granada ceniza” sobre la que escribía un buen amigo hace unos meses a cuenta de la maldición de las infraestructuras, de los históricos agravios, de los proyectos enquistados y de crisis inesperadas como la sanitaria. A golpe de ironía y de sarcasmo, con ese tono noir que tanto le seduce, no perdonaba ni a los universitarios ni a los turistas como no salvaba al patrimonio y ni siquiera a las tapas…

¿Está en el ADN del granadino? Las redes del delirio pesimista, peligrosamente contagiosas, tienden a asentarse con la misma fortaleza con que alimentamos a diario esa Granada congelada en el tiempo que sólo nos sacudimos cuando nos dan (ocasionales) arrebatos de autoestima y no nos dejamos tentar por la malafollá; por la gasolina de la Granada ceniza que tan bien retrataba Jesús Lens.

El 21 de septiembre de 2017 quedará para la memoria, sí, pero no únicamente porque Granada haya conseguido romper la historia negra de la última década con el estreno del Metro. Sorprendentemente, los ‘peros’ han quedado diluidos por la ilusión y la expectación de poder celebrar algo; de ser noticia nacional sin necesidad de recurrir al capítulo de los sucesos, de la violencia machista y de los tribunales.

Los tranvías no son ninguna solución mágica para la compleja movilidad de la ciudad, menos aún si nos creemos (de verdad) que no hay futuro de espaldas al área metropolitana, pero pueden funcionar de palanca y revulsivo para fijar una hoja de ruta de actuaciones -las inversiones son imprescindibles pero más aún es el pragmatismo y la visión en la toma de decisiones- que nos vaya haciendo la vida un poco más fácil. Que nos despierte del estancamiento y nos haga mirar hacia adelante.

Podríamos soñar, incluso, pensando que la inauguración del Metro no es una anomalía sino un punto de inflexión; una sacudida para ese otro día histórico que también ha de llegar cuando se ponga fin al aislamiento ferroviario y los vagones del AVE lleguen a la Estación de Andaluces. Avanzan las obras, hay presupuesto, se mantiene la presión política, sigue intacto el pulso social… Con permiso de los conejos, que están demostrando tener tanta hambre de AVE como los granadinos, el Gobierno trabaja con el horizonte de terminar el proyecto en diciembre y lanzar la explotación comercial en primavera.

Que ya estemos discutiendo la segunda fase del soterramiento -analizando la viabilidad de los diferentes proyectos que se han puesto sobre la mesa, buscando financiación dentro de los programas europeo y fijando escenarios de ejecución- al menos debería sacarnos de la rutina informativa de los calendarios incumplidos y dejarnos levantar la mirada del retrovisor.

Puede que hasta Federico esté ya en su ciudad cuando paguen el billete los primeros viajeros del AVE. Debería ser un hecho en un plazo de tres meses, y no un deseo, si nos atenemos al decisivo avance que se ha producido esta semana aprobando la liquidación de la encomienda de gestión, dando por válida la justificación de los gastos de la Fundación Lorca y acordando volver a dar “voz” a la familia en el futuro ente que coordine la llegada del legado y la gestión del centro de La Romanilla.

¿Demasiado optimismo? Si las malas noticias atraen malas noticias -y a las hemerotecas me remito-, por qué no creer que las buenas noticias puedan (por una vez) llegar en cascada… Pero esto va contra la Granada ceniza. Y yo todavía no sé si nos persigue o la buscamos.

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