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El legado de Lorca, por qué ahora sí

Magdalena Trillo | 1 de julio de 2018 a las 20:56

El legado de Lorca ya está en Granada. Dejando a un lado la maldición de las infraestructuras -con la Autovía a la Costa, la A-7 y el AVE hemos escrito algunas de las páginas más descorazonadoras de este país-, probablemente sea la noticia que más se ha resistido en la última década, que más quebraderos de cabeza ha provocado y que más despropósitos ha sumado por el camino.

Todos los anuncios sobre la llegada del patrimonio lorquiano, esos más de 5.000 manuscritos, cartas, libros y fotografías que recorren la vida y obra del poeta de Fuente Vaqueros, se han incumplido sistemáticamente. A golpe de fatalidades, de imprevistos y hasta de conjuros. La política ha tenido mucho que ver -sobre los porqués del fracaso llevamos quince años escribiendo- pero también las personas.

No me refiero (sólo) a la cualificación y el talento de quienes han estado gestionando el proyecto (seamos generosos presuponiéndolo) ni a los nefastos efectos de las cuotas cuando distorsionan el propio proyecto (poco importa si son geográficas, de sexo, de familias o de clases). Me refiero al factor humano. A la sensibilidad, a la predisposición y a la mano izquierda de los protagonistas. En las fotos oficiales y en la trastienda de la negociación.

Primero fuimos fieles a nuestra historia de eternas polémicas deshojando la margarita sobre dónde y cómo construir un gran centro que permitiera reconciliar a Granada con su poeta más universal, luego llegó el impacto de la crisis con el retraso de las obras, después irrumpieron los desencuentros entre las administraciones y, justo cuando parecía que todo se había enderezado, nos despertamos con el escándalo del fraude del exsecretario de la Fundación Lorca. Un tremendo lío.

El resultado han sido tres años de surrealismo. El Centro Lorca se abrió en el verano de 2015 sin los fondos lorquianos y con una programación a medio gas sumida en la desconfianza y la sospecha. El contrapunto se ha vivido en la Plaza del Carmen con los partidos políticos pivotando entre el oportunismo y los reproches, en los despachos de los funcionarios con informes jurídicos y auditorías y en el cada vez más popular escenario de los tribunales: en los juzgados de Madrid con el caso de Juan Tomás Martín, en la cuenta atrás de Torres Hurtado con las duras amenazas a la familia y ahora con toda la oposición aprobando en pleno recurrir a la Fiscalía para ver si ha habido “irregularidades” en el proceso.

Me viene a la mente la parábola sobre el amor, la muerte y la frustración con que Federico debutó en el teatro (y fracasó). El maleficio dela mariposa: el amor y la muerte marcaron su vida y la frustración parece inseparable de su figura. El viernes, a las puertas del centro de La Romanilla, Laura García-Lorca se mostraba confiada en terminar de una vez con la “sombra” que se ha ceñido estos años sobre su familia. Unos días antes, reconocía en una entrevista con este diario los “errores de comunicación” que han ido acrecentando la crisis lorquiana pero insistía en que ni son “un clan” ni han intentado bloquear el proyecto; todo lo contrario.

laura

Que el legado duerma ya en la cámara acorazada debería ser la prueba. Un punto y aparte. Pero no lo escribo convencida. Dependerá de lo que hayamos aprendido en esta larga travesía y de las personas. Ocurrió cuando Pepe Guirao tomó las riendas de la Fundación Lorca. Destensó, explicó y acercó posturas. Nos convenció a los medios y convenció a las instituciones. Antes del pinchazo del ministro Màxim Huerta y su nombramiento exprés como titular de Cultura, muchos lo situábamos en la gerencia del Centro Lorca. Más que una opción era un deseo pero lo que hay ahora es una preocupante incógnita.

¿Guirao ha sido el artífice? Ha sido clave en esta última etapa al mismo nivel que el alcalde Cuenca y el consejero Vázquez, como lo han sido siempre Laura García-Lorca y Andrés Soria -por mucho que a algunos les moleste- y como lo fueron en su día Torres Hurtado y García Montero. No pongo siglas. (Al menos yo) no estoy en campaña.

#DaleLaEspalda

Magdalena Trillo | 26 de junio de 2018 a las 10:40

Anne Igartiburu no puede dar dos pasos seguidos sin que la paren y torpedeen con la cámara del móvil. Su marido, el director de orquesta Pablo Heras-Casado, se acaba de estrenar al frente del Festival de Música y Danza de Granada, pero es la periodista vasca la que atrae todas las miradas. Impresionante su paciencia y sincera su imborrable sonrisa. Es el precio de salir en un medio como la televisión que todavía planta cara a los influencers de las redes sociales y que, por supuesto, vende mucho más que un auditorio y un teatro.

La televisión, generalista o a la carta, sigue siendo el gran escaparate del periodismo. Y de lo que no lo es. Los principios éticos se vuelven peligrosamente maleables cuando entra en juego la tiranía de las audiencias y se diluyen las líneas rojas de hasta dónde llegar por una historia. La cobertura informativa de un caso tan sensible como el de los violadores de la Manada ha vuelto a saltar todas las alarmas.

Este fin de semana tuvimos un aperitivo cuando los compañeros paracaidistas de una cadena nacional se saltaron el pacto del resto de periodistas para no acosar al padre del Prenda-muy mayor y en silla de ruedas- y lo veremos en los próximos días cuando conozcamos el desenlace de la guerra abierta entre las privadas para lograr las primeras entrevistas con los agresores.

La pelea por la exclusiva es un puro mercadeo con cifras obscenas y con consecuencias vergonzosas: en un encuentro pagado y amable con los agresores, la víctima terminará convertida en culpable y los culpables en víctimas. Eso no es periodismo; es espectáculo. Falta formación en perspectiva de género en la judicatura pero también en los medios. No podemos justificar al agresor ni caer en la trampa de la condescendencia.

No podemos darles un altavoz si el mensaje que queremos transmitir es que no hay impunidad frente al maltrato y la violencia contra las mujeres. Y no olvidemos que no es ninguna opción; es nuestra obligación como garantes del derecho a la información, forjadores de la opinión pública y vigilantes de nuestro sistema democrático y de valores.

La ola de indignación que desató la condena a 9 años de prisión por abusos -y no por agresión sexual- continúa ahora con su polémica puesta en libertad y ya se ha situado en la base del creciente movimiento impulsado por mujeres periodistas para intentar sensibilizar a los medios y boicotear cualquier programa que les dé cobertura.

#DaleLaEspalda, #NoEsUnCirco, #NoCompresManada. Es la fuerza de la calle y funciona. La entrevista a la madre del Cuco terminó enterrando La Noria: un bloguero dio la alerta y los anunciantes huyeron…

El síndrome del granadino (y no es la malafollá)

Magdalena Trillo | 24 de junio de 2018 a las 9:50

Llevo más de una hora pensando en el título de este artículo. Sé lo que quiero contar pero no consigo decidirme si escribirlo en negativo o en positivo. La primera opción es la más tentadora: Los granadinos contra Granada. Parte de la crítica (entre la constructiva y la enfermiza), se crece con la tesis del agravio y alcanza el clímax cuando introducimos el ingrediente de la fatalidad.

Ganivet se suicidó; Ayala se exilió; a Lorca lo asesinamos. Por debajo de estos grandes nombres, Granada tiene una larga historia de cadáveres que han terminado alimentando ese lugar común de que “nadie es profeta en su tierra”. Se dice en muchas ciudades; aquí es verdad.

Lo pensaba el viernes en el arranque del Festival de Música y Danza cuando le hacían el traje a su nuevo director: “Justito, justito”; “¿Este programa y esta orquesta para un concierto inaugural?”. En el patio de butacas el interés por saber dónde estaba sentada Anne Igartiburu eclipsaba los planteamientos artísticos pero no los políticos. Pablo Heras-Casado lo tendrá difícil.

Todavía no se han cerrado las heridas por el cambio de gobierno en Madrid cuando ya se ha activado en todos los partidos el modo electoral previendo que Susana Díaz disolverá la legislatura en otoño. La excusa, el relato, ya se ha puesto sobre la mesa: la crisis de la financiación.

Pedro Sánchez renuncia a reformar el modelo autonómico y da una bofetada a Andalucía optando por los acuerdos bilaterales con las comunidades: ¿para eso se ha llevado a la exconsejera Montero a Madrid?, ¿tan difícil era enfriar el tema creando, por ejemplo, una comisión?, ¿de verdad pensamos que Andalucía conseguirá los 4.000 millones en que se ha cifrado la infrafinanciación a costa de Cataluña, Madrid o País Vasco?

El clima importa y, lamentablemente, las páginas de cultura cada vez están menos alejadas de las de política. Los críticos harán sus críticas, pero Heras-Casado tendrá que pasar un doble examen: el del programa y el del ‘regreso’ a su ciudad natal. Se ha reservado el concierto inaugural, ha tenido la osadía de renunciar al éxito seguro de los Beethoven y Wagner que tanto nos gustan y ¡hasta ha impregnado de rojo el logo del Festival!

Es un director de éxito, tiene una trayectoria más que acreditada y, aunque caiga en la frivolidad, reconozcamos que tiene su tirón que sea el marido de una de las presentadoras de televisión más conocidas de este país. Pero vuelvo al dilema de base: al final no está muy claro si la ecuación resultante es positiva o negativa.

A mí me gustó el concierto. Mucho. Me atrajo la fuerza con que dirige Heras-Casado. Si lo medimos en aplausos, al público también. ¿Suficiente para hablar de éxito? Pues dependerá de los escurridizos intangibles que en una ciudad como Granada terminan contaminándolo todo.

Es el mismo juego de contradicciones que Blanca Li llevó anoche al Generalife con su montaje de Diosas y demonias. Tan diferentes, tan compenetradas. Enfrentadas unas veces, camufladas otras. Cuando todavía está en la memoria su espectacular montaje de Poeta en Nueva York, otra granadina se ha unido este año a Heras-Casado en la apertura del Festival. ¿Se lo perdonamos?

Hace tres temporadas, Granada hasta fue capaz de saldar la avinagrada deuda que tenía pendiente con Rafael Amargo y, desde hace unos años, otro grande de la escena, el tenor José Manuel Zapata, también se pasea con cierta soltura por su ciudad.

Me gustaría pensar que algo está cambiando. Que no vamos a esperar a que no estén para reconocer y rectificar. Que salieron de Granada para triunfar, pero no huyendo sino construyendo un camino que, necesariamente, debía ser de ida y vuelta. Este planteamiento nos lleva a la segunda opción del titular: Los granadinos con Granada.

Los ingredientes que lo sostienen no son tan populares: nos obliga a ser generosos, a enterrar prejuicios e, incluso, a tener fe. Y nada de esto se puede prescribir… En este punto de indecisión, mi única seguridad es lo que todos sabemos: que debe haber algo en el ambiente que moldea el ADN del granadino. Y no es (sólo) la malafollá…

Las pateras no venden

Magdalena Trillo | 19 de junio de 2018 a las 9:30

Primera foto: casi la mitad de las personas que viajaban en el Aquarius quieren marcharse a Francia y el Ejecutivo de Sánchez ya ha dado instrucciones para aceptar la oferta de colaboración. A diferencia del portazo que ha dado la Italia xenófoba de la Liga Norte, no se trataba más que de cumplir la normativa europea y el derecho internacional.

Pero la realidad es que ni hay conciencia sobre la magnitud del problema ni hay recursos que poner sobre la mesa ni hay mecanismos de cooperación para actuar ante la crisis humanitaria que supone el drama de los refugiados y la inmigración. Tampoco (demasiado) interés.

Segunda foto: más de 700 periodistas de 140 medios han estado informando todo el fin de semana sobre el ingente despliegue de efectivos que se ha activado en Valencia para acoger a los 630 ocupantes de los tres barcos que han llegado a puerto -un bebé ha nacido en la travesía- y evitar que murieran en el mar. Hasta 2.300 personas han participado en la operación Esperanza Mediterráneo. Aunque con carácter excepcional y a golpe de improvisación, se han sentado las bases para un modus operandi que habrá que ir puliendo y ensayando a medida que viren las rutas de huida de África.

Tercera foto: los inquilinos del Aquarius tendrán 45 días para aclarar su situación y despejar su destino. Los que se juegan la vida para alcanzar las costas andaluzas son retenidos durante 72 horas, abandonados a su suerte cuando se producen los colapsos en los CIE y condenados a vagar durante tres años en un limbo jurídico. Es un círculo infernal sin salida: no encuentran trabajo porque son sin papeles y son sin papeles porque no pueden demostrar arraigo ni justificar su estancia sin tener un empleo.

Cuarta foto: las pateras no venden. Ni política ni mediáticamente. Llevamos casi tres décadas interceptando inmigrantes, soportando las avalanchas que todos los veranos provoca el buen tiempo y, puntualmente, las que vienen cargadas de mensajes subliminares por parte del Gobierno de Rabat. Lo que ha ocurrido este fin de semana en Tarifa y el Mar de Alborán no es ninguna casualidad.

Tal vez, sean las imágenes más constructivas que podamos extraer de lo que nació como un gesto simbólico (uno más) tras el desalojo del PP y como un trampolín mediático para Pedro Sánchez en Europa: Francia ya colabora -se mueven las piezas del complejo ajedrez de intereses y pulso entre países- y la crisis de las pateras se coloca de nuevo en el ojo público. No es ninguna solución, pero sí un comienzo.

Las machistas del bikini

Magdalena Trillo | 17 de junio de 2018 a las 11:00

Un tórrido verano como el que ya asoma, Ryanair se jugó una condena judicial por una campaña “demasiado caliente” con seis espectaculares azafatas posando en bikini en sugerentes posturas de provocación sexual. Se titulaba “Tarifas al rojo vivo ¡Y la tripulación también!” y, oficialmente, se vendió como una acción solidaria para ayudar a una asociación polaca dedicada al cuidado de niños con fibrosis quística.

La jueza de Málaga que tuvo que lidiar con la denuncia por publicidad sexista -la Audiencia Provincial ratificó la sentencia el año pasado- dejó bien claro que no se trataba ni de machismo, ni de feminismo ni de puritanismo. Se había utilizado el cuerpo femenino de una forma burda y grosera enmascarando un fin que nada tenía que ver con la realidad. Con “Las chicas de Ryanair” se le había dado una patada a la Ley de Publicidad “utilizando a la mujer como un objeto de reclamo con una clara connotación discriminatoria y vejatoria”.

campaña Ryanair

Hace sólo unos meses una campaña impulsada por una agencia de Ámsterdam para Suistudio dio la vuelta al machismo situando a un grupo de mujeres vestidas con exclusivos trajes de chaqueta sobre hombres completamente desnudos sin rostro, sin nombre, sin valor. Eran meros objetos de decoración. Ellas dominaban; los sumisos eran ellos. Se daba un paso más, polémico y valiente, en uno de los campos que más juega en el filo de la navaja entre lo políticamente correcto y lo necesariamente creativo.

En #WomenNotObjects, la campaña lanzada por la publicista norteamericana Madonna Badger contra la cosificación de la mujer en la publicidad, no hay controversia. Es dura y efectiva -se ha convertido en una de las acciones con más recorrido e impacto mediático- pero no nos sitúa frente al espejo de nuestras contradicciones como acaba ocurriendo con la provocadora iniciativa de la marca holandesa: en una de las imágenes, el muñeco de un hombre se cuelga del tanga de una de las modelos como si fuera a quitárselo; en otras son pisoteados y humillados.

El revuelo en Instagram fue inmediato: “brillante” o denunciable. “Si esto fuera al revés, con la mujer sobre el sofá y el hombre sobre ella, los grupos de feministas saltarían con sus críticas. ¡Esta doble moral tiene que terminar!”.

suistudio

Amparado en la ola feminista que ha resurgido con el movimiento #MeToo, la actual Miss América anunció hace unos días que se sumaba a la corriente de presión para eliminar del popular concurso el tradicional pase en traje de baño con tacones: “El certamen representará a una nueva generación de líderes femeninas, su empoderamiento y talento, su impacto social y su trayectoria de becas académicas”. Bien. ¡Idílico! Pero entonces digamos abiertamente que suprimimos el concurso de belleza, denunciemos abiertamente su frivolidad -aunque desfilen con burka- y atrevámonos a reconocer el negocio que hay detrás.

¿De verdad vamos a defender un concurso de misses diciendo que la belleza está en el interior? ¿Y alguien sabe eso cómo se mide? En aras de ese feminismo de trinchera que tanto se acerca al conservadurismo, continuemos el debate y decidamos si también nos cargamos los desfiles de lencería -¿sólo el de mujeres o también el de hombres?- e, incluso, demos un paso más y hagamos una llamada a todas las mujeres para que este verano se planten en las playas renunciando al bikini -enseñamos demasiado y nosotras mismas contribuimos a que se nos cosifique- y optando por un traje de baño mucho más discreto como es el bañador.

Lo realmente alarmante de todo esto es que empecemos a callarnos, a autocensurarnos, para no desentonar. Apenas hay polémica. Pocos están dispuestos a ‘jugársela’ lanzando una piedra contra el muro feminista y, en España, los organizadores de Miss España ni siquiera se han arriesgado a pronunciase sobre el tema; mucho menos a decidir si se subirán a la ola de corrección y también suprimen el pase en bañador.

bikini

No es un debate frívolo ni menor. En los 60, el bikini fue un símbolo de liberación para la mujer. Todavía en los 80, siendo yo una niña, mi padre me prohibía ir en bikini a la piscina pública del pueblo. Conseguí comprarme uno cuando empecé a independizarme como periodista y todavía hoy ni me atrevo a hacer topless. Aunque las grandes firmas de moda llevan un par de temporadas revitalizando el bañador -tendencias, no más-, me gusta pensar que hay algo heroico en ‘decidir’ ponerme lo más minúsculo -hay bañadores mucho más sensuales que muchos bikinis- sólo para evidenciar mi (pequeña) victoria.

Me meto de lleno en la polémica: no defiendo a las ardientes chicas de Ryanair – por encima de la cosificación, me cabrea la hipocresía de la empresa alegando el fin solidario- y, sinceramente, me ha parecido espectacular la iniciativa de la marca holandesa -por los modelos de infarto (¿no es correcto que lo digamos nosotras?)- y por la agudeza del mensaje.

Cuando se estrenó Full Monty, uno de los primeros lugares de España que copiaron la iniciativa de los stripers masculinos fue Granada. Me tocó cubrirlo para la agencia Efe y lo mantengo en la memoria como una de las experiencias más divertidas y rompedoras de aquellos años. Sencillamente, lo disfruté. Fueron objetos -deseables- sobre un escenario por una buena causa.

Probablemente no debería escribirlo. Y justo por eso lo hago. Porque es aquí donde debería empezar el feminismo. En ser libres para opinar.

El mal de fondo -evitar conflictos e intentar quedar bien sin preocuparnos del coste- no es diferente al que subyace en las recetas populistas con que queremos resolver algunos de los problemas más graves a los que nos enfrentamos como sociedad. Pensemos en la inmigración. ¿De verdad estamos compitiendo por ver quién acoge a más?

No voy a entrar en la batalla política entre el oportunismo de los gestos y los riesgos del efecto llamada. Me quedo en el día a día. ¿Quienes hoy abren sus puertas les van a dar techo y comida durante tres años? ¿También un trabajo para que se integren, puedan dejar de ser ilegales y cojan nuestra nacionalidad?

Disculpen la dosis de pragmatismo y de realidad, ¿ustedes contratarían al subsahariano que lleva años vendiendo pañuelos en el semáforo de la esquina? ¿Contrataría a alguna de las mujeres embarazadas que llegan en patera para que la ayude en casa? Podrían replicarme que caigo en la demagogia y que con el Aquarius, por ejemplo, nos enfrentamos a una situación humanitaria de excepción. Bien.

Pero no mutilemos el debate. Seamos capaces de opinar y, sobre todo, de hacernos todas las preguntas; también las que no tocan. Eso la publicidad, aunque escueza, lo sabe hacer muy bien. Hablar de “machistas del bikini” es, efectivamente, un oxímoron y debería ser una contradicción. Pero no lo es.

Un golpe de timón con mano izquierda

Magdalena Trillo | 10 de junio de 2018 a las 11:50

vogue

En la imagen final del nuevo Gobierno, la que ha devuelto el rojo a Moncloa, la que viene a continuar la foto de ZP y sus ministras en Vogue, las mujeres son mayoría. Sí. Histórico. Pero más aún que en la etapa de Zapatero cuando sorprendió con el primer equipo paritario de nuestra historia. Pedro Sánchez redobla el gesto y el fondo. Estamos ante el primer Ejecutivo realmente feminista en la democracia europea. Sin cuotas de género (curiosamente son algunos de ellos los que chirrían), sin componendas territoriales y sin concesiones partidistas. Ni siquiera a los valedores que despejaron el camino de la moción.

Lo cierto es que las expectativas eran tan bajas, tan conectadas con la idea de emergencia y de provisionalidad, que el golpe de efecto se ha multiplicado convenciendo hasta a la oposición. Pero llevamos una semana situando el foco en el número, en lo cuantitativo, cuando lo realmente relevante se sitúa entre bastidores. Ha sido todo un golpe de timón con mano izquierda. Inteligente y audaz. Inesperado.

Parece incuestionable el papel clave que José Luis Ábalos, sombra de Pedro Sánchez y nuevo titular de Fomento, ha tenido en la estrategia de alianzas para conseguir la caída del PP; para torpedear lo que en 2015 y en 2016 fue un muro de hormigón de líneas rojas. Pero el punto de calidad lo ponen ellas. Fue Carmen Calvo la hacedora del difícil acuerdo para la aplicación del 155 en Cataluña y ha sido Margarita Robles quien ha hilvanado y cosido la moción de censura. En el retrato final, Pedro Sánchez está haciendo justo lo contrario de quien se presupone rehén de la ambición y del poder: rodearse de las mejores.

Se pueden equivocar, podrán defraudar, pero no hay ni una sola ministra florero y no son ninguna ‘maría’ sus responsabilidades. Al contrario. Es un misil de capacidad y de solvencia el que ha reventado el techo de cristal. Las dudas las ponen ellos. El ministro astronauta se ha llevado los mejores titulares, también los memes, pero todos miran de reojo a sus mandos intermedios -los secretarios de Estado- para saber si tranquilizarse o preocuparse. La apuesta de Grande Marlaska roza lo inescrutable y el fichaje de Màxim Huerta, la extravagancia.

maxim

Es verdad que todo está por demostrar -los que parten como valores seguros no se libran del fracaso y no deberíamos subestimar que haya alguna remontada de éxito- pero el mensaje inicial que se ha lanzado con la elección del periodista televisivo no justifica el esperado Ministerio de Cultura de un gobierno socialista. Dicen que Elvira Lindo rechazó la cartera, que Banderas también se negó, que… ¿Justo cuando hay que dar un paso adelante el mundo de la cultura se repliega?

Es, en todo caso, un gobierno para gobernar. Decía Pedro Sánchez que su máxima iba a ser “escuchar, dialogar y consensuar”. Con 84 diputados, un PP atrincherado en el Senado y unos presupuestos heredados, la actividad del BOE está por ver pero, en la gestión de coste cero, hay partido. Me recordaba una compañera esta semana que en Granada fue precisamente con el débil gobierno del tripartito cuando se aprobó el PGOU, uno de los documentos más complejos de la vida municipal. En el Corpus, los socialistas celebraban el regreso a Moncloa tomando prestado el ‘sí se puede': con 8 y con 80…

Por mucho que escueza en el PP, Cuenca será el alcalde que traiga el legado de Lorca y salga en la foto con Sánchez cuando el AVE llegue por fin a Granada. Si Madrid consigue el deshielo con Cataluña, sienta las bases del nuevo modelo de financiación, corrige lo más contestado de la ley mordaza y la reforma laboral y sitúa la igualdad (de verdad) como eje transversal de gestión, ya se podría justificar en un año todo un mandato de cuatro.

Entre bastidores se encuentra, además, una segunda lectura de todos estos movimientos, gestos y mensajes: la de partido y la electoral; pacificación a nivel interno y remontada social. Había una oportunidad y, de momento, se ha decidido aprovechar con pragmatismo y astucia, con un sexto sentido y con mucha mano izquierda. No son cualidades exclusivas de las mujeres, pero ahí están ellas: en la sombra y en la foto.

sanchez

La caída de los jueces

Magdalena Trillo | 5 de junio de 2018 a las 10:30

La juez Alaya ha decidido salir de su ostracismo mediático sin contemplaciones: gravísimas acusaciones contra la Junta, inauditos reproches al PP y furibundos ataques a sus compañeros. Basculando entre el victimismo y la heroicidad, denuncia presiones políticas y judiciales para apartarla de las grandes causas de corrupción en Andalucía. Acusa y difama a la vez. Todo sin pruebas.

En Lugo, la magistrada María Jesús García Pérez hace de pitonisa en su tiempo libre. Ya fue expedientada por ir al juzgado con su gato y ahora es el CGPJ el que ha abierto una investigación para esclarecer la rareza de que se dedique a echar las cartas del Tarot por 20 euros. Su jefe se confiesa incapaz de calificar lo que, cuanto menos, le parece “peculiar”.

Desde Granada, el jurista Carlos Castresana, conocido por su etapa como fiscal anticorrupción al frente de investigaciones como la de Gil o Pinochet, ha lanzado una dura denuncia sobre la connivencia de jueces, fiscales, políticos y empresarios, que ha removido los cimientos del complaciente sistema judicial.

En estos momentos lleva media docena de causas que afectan al anterior gobierno de Torres Hurtado (PP) y su diagnóstico inicial es demoledor: “En Granada los casos se atascan por el gran poder de los imputados”. Asegura que la situación “está muy extendida” y que no se denuncia porque los propios abogados tienen condicionadas sus carreras, sus despachos, sus clientes… Una ley del silencio que se convierte en un burladero protector.

Preguntémonos, por ejemplo, cómo es posible que todas las grandes causas de corrupción en este país (del caso Serrallo en Granada a la trama de la Gürtel) hayan sido impulsadas por ciudadanos anónimos que han terminado siendo presionados y perseguidos… Pensemos si no lleva razón Castresana cuando ve un Poder Judicial “escuálido” y “muy manipulado” porque “así interesa” al resto de poderes. Y reflexionemos sobre una realidad: en la mayoría de los casos no es el enriquecimiento del político lo que suele estar detrás, sino la financiación irregular de los partidos. “El delito electoral -dice- es el gran desconocido”. Corruptos y corruptores. Otra pieza del puzle que a nadie le interesa remover…

Son historias variopintas, diferentes, pero todas ellas transmiten una imagen de la Justicia muy alejada de la sobriedad institucional que se le presupone. Podríamos replicar que se trata de “manzanas podridas” y de “casos aislados”, pero nos engañaríamos si pasamos por alto el cáncer que supone un corporativismo a cualquier precio.

El mundo de ayer

Magdalena Trillo | 3 de junio de 2018 a las 10:00

Cuando Pedro Sánchez vino a Granada Hoy casi no había excusa para una entrevista: era diputado del PSOE en el Congreso, ni siquiera había decidido presentarse a las primarias -Pérez Tapias ya había dado el paso- y en su discurso se conjugaba con igual fluidez el respeto a los grandes referentes de su partido -de Felipe González y Alfonso Guerra a Ernest Lluch y Javier Solana- con una entusiasta admiración al modo cercano de hacer política y al sólido liderazgo que Susana Díaz había logrado forjar en Andalucía -parecía sincero- y una férrea convicción de que el futuro del socialismo tenía que venir de abajo, de la regeneración y el cambio que debía impulsar la cantera.

Fue en junio de 2014. Hace justo cuatro años. Me lo presentó Jesús Quero sin que ninguno atisbáramos entonces ni la travesía del desierto que a Pedro Sánchez le tocaría vivir dentro de su partido ni el tsunami que iba a azotar todo el sistema político español: desde el naufragio del bipartidismo hasta la fractura territorial con la ofensiva de los catalanes pasando por la abdicación del Rey. Entonces el debate era si sería bueno crear una ley orgánica que permitiera al Rey Juan Carlos dar un paso atrás… La preocupación era la crisis y la incipiente precarización del mercado laboral… El desafío era que la gente viera el PSOE como “una alternativa real a las políticas del PP”.

Lo que más me ha sorprendido de la entrevista es que hoy podríamos publicarla y tendría actualidad. Ese Pedro Sánchez que se ha especializado en renacer una y otra vez de sus cenizas no ha cambiado de discurso. Quienes le siguen (y han creído en él incluso cuando no estaba de moda) destacarían su coherencia, su infinita paciencia y su capacidad de resistencia; quienes no se tomarían con él ni un café no verían más que vacuidad y frivolidad. Ciertamente, lo más importante en política, en la vida, son las expectativas. Todo es movedizo sin un horizonte de partida y de llegada. Sin un contexto y unas coordenadas que nos ayuden a entender y a relativizar. A los personajes y a los acontecimientos.

¿España hoy está mejor que ayer? ¿Lo estará mañana? ¿Salimos de las tinieblas o nos precipitamos al abismo? Podemos elegir. Solo necesitamos un contexto (la pregunta clave sería respecto a qué) y unas expectativas (para qué). Y en este punto todo se nubla y se vuelve relativo.

Con una enorme preocupación por la incertidumbre y la inestabilidad que abre un cambio tan abrupto de Gobierno, un buen amigo me recordaba esta semana las lecciones de Stefan Zweig en El mundo de ayer. Temía que el desafío independentista conduzca a España a un proceso de balcanización y, tal vez pensando en los nulos referentes de hoy, me recordaba que Roma fue grande gracias a los viejos; no a las urgencias de los jóvenes. Era el César quien la hacía grande, pero era la sapiencia del Senado quien acababa manteniendo el imperio cuando saltaba la semilla de la destrucción que lleva aparejada el ímpetu, la vanidad y la ambición de la juventud.

Lo realmente diferencial y sintomático del escenario actual es que El mundo de ayer de Stefan Zweig, que fue capaz de retratar con serenidad la convulsión y los desvaríos de la Europa del siglo XX, hoy se sucede en cuestión de horas. ¡Si ni los más pedristas creían el viernes que la moción de censura iba a prosperar!

Son tiempos complejos, extraños y caprichosos. Pero si somos capaces de abstraernos del fatalismo ibérico y de la urgencia de la inmediatez, tal vez podamos aferrarnos a esa misma incertidumbre que nos quema para darnos una oportunidad. No digo ya al nuevo gobierno, me refiero a nosotros mismos permitiéndonos el lujo de ser (excepcional y comedidamente) optimistas. Lo dijo el propio Rajoy antes de abandonar el hemiciclo y desearle “suerte” a su sucesor en La Moncloa: egoístamente, es a España a quien le interesa que funcione y, sobre todo, que no se estrelle…

Urnas en diferido

Magdalena Trillo | 29 de mayo de 2018 a las 10:00

La pregunta no es qué -volvemos a las urnas sí o sí- sino cuándo, cómo, con qué coste y con qué protagonistas. De momento, lo único seguro es que todos los escenarios son complejos, que todos tienen más sombras que luces y que ninguno nos salva de volver a sumirnos en la insoportable travesía de ingobernabilidad que sufrimos con las elecciones de 2015.

Aunque “echar a Rajoy” se ha convertido en un objetivo transversal tras la demoledora sentencia de la Gürtel -inaudito si recordamos las líneas rojas que se levantaron hace dos años para formar gobierno-, tenemos demasiados precedentes para no pensar que sería una ingenuidad dar por muerto al líder del PP y mucho más subestimar a sus votantes.

Las encuestas recogen tendencias pero no votos y basta recordar el Brexit o los fallidos sondeos de los sorpassos para enfrentarnos a la dura realidad: las urnas pueden ser la solución -al menos una salida al bloqueo- o pueden ser una encerrona -pensemos en Cataluña o miremos en Italia el explosivo cóctel de populistas de izquierdas y de derechas haciendo como que gobiernan-.

¿Una moción de confianza? Para alguien como Rajoy que hace sólo unos días se veía con “ánimo” para seguir dos años más y hasta para repetir, recurrir a este instrumento democrático significaría tomar la iniciativa y asumir que ha perdido la legitimidad para gobernar cuando ni siquiera se da por aludido por la corrupción. No es viable.

¿La moción de censura? Era la única hoja de ruta transitable para Pedro Sánchez pero resulta igual de peligrosa si prospera -con el altísimo precio de los independentistas- como si fracasa y debilita aún más al (supuesto) líder de la oposición. Porque, bajo los grandilocuentes discursos con que nos distraen estos días todos los partidos, lo que hay es cálculo electoral.

Ciudadanos no se esconde: quiere elecciones y las quiere ya. Pero se olvida de que en 54 días son muchas las páginas que pueden distorsionar la fotografía de los sondeos y, sobre todo, pasa por alto que ni tienen estructura de partido ni tienen equipo para gobernar. Lo de fichar a independientes y aplicar sofisticados métodos de selección vende muy bien, pero la realidad es mucho más exigente e impredecible.

En sus filas ya hay quienes reconocen que tanto poder, y tan rápido, los puede llevar al borde del abismo. Ese mismo que, al otro lado del tablero, acorrala a un PP que parece soñar con una comparecencia exprés de su presidente: con tele de plasma si hace falta, pero anunciando elecciones en diferido (el tiempo suficiente para calmar las aguas y sacar partido a los recién aprobados PGE) y situando a Núñez Feijóo como candidato. ¿Demasiado para Rajoy?

Que gobierne Soraya

Magdalena Trillo | 27 de mayo de 2018 a las 11:00

El tiempo de Rajoy se ha acabado. Lo clama toda la oposición y lo saben los suyos. Incluida esa guardia pretoriana que se dopa a diario con la calculadora del empleo pensando que “España va bien” y que volverá a amainar. La economía ya no es suficiente. En apenas unas horas, la euforia del Gobierno por la aprobación de los Presupuestos del Estado -sometidos una vez más al chantaje del nacionalismo vasco y de las fuerzas más minoritarias del arco parlamentario- se ha transformado en un funeral.

La prima de riesgo se ha despertado y Bruselas no tardará en apretar el cinturón cuando salten las alarmas del déficit con la revalorización de las pensiones, la subida salarial de los funcionarios y el recorte de los impuestos. Y es que nada era posible hasta que fue. De momento, de los “burócratas de las tijeras” nos salva el estado de infarto de Europa ante el órdago que les acaba de lanzar Italia con explosiva unión de los ultras de la Liga Norte y los populistas del M5E ensayando su particular república feliz. Sin lunes y sin acné…

El momento selfie de Montoro se diluyó como en Snapchat con la apisonadora de la Gürtel. La sentencia de la Audiencia Nacional que retumbó el jueves los pilares de Génova -insuperable el meme del edificio en venta por traslado masivo a Soto del Real- es sólo el principio. Hubo caja B en el PP, queda probada la financiación ilegal del partido y se constata la existencia de “un auténtico y eficaz sistema de corrupción institucional” a través de contratos manipulados “en la administración pública central, autonómica y local”.

El muro de contención del presidente del Gobierno se ha resquebrajado y se ha llevado por delante el comodín de dos años que acababa de conseguir con los PGE. En este punto, el único interrogante que planea sobre un partido golpeado estructuralmente por la corrupción -la rotunda sentencia se ha llevado por delante tanto la defensa de que eran “casos aislados” como el escudo de que era “otro PP”- es cuánto tiempo, con cuántos errores de estrategia y con qué coste se asumirá la caída.

Porque después de la Gürtel vendrán los papeles de Bárcenas con un Rajoy especialmente vulnerable: ni siquiera los jueces lo consideraron “creíble” cuando fue a declarar como testigo -el 26 de julio llegó a decir en sede judicial que “jamás” oyó hablar de “financiación irregular”- y la previsible entrada en prisión de Rosalía Iglesias, la mujer del extesorero del PP, ha hecho saltar todas las alarmas sobre lo mucho que aún se pueda barrer bajo las alfombras.

Entre los 1.687 folios de la sentencia no sólo están los grandes titulares que estos días han ocupado el foco mediático: desde los 33 años de cárcel para Luis Bárcenas y los 51 para el cabecilla de la Gürtel, Francisco Correa, hasta la condena directa al PP obligándolo a pagar 240.000 euros como partícipe a título lucrativo. Los que se deslizan entre líneas no son menores: “Rosalía no es un simple objeto”. La Sección Penal Segunda se pronuncia feminista y advierte que el tribunal “no puede consentir” que se crea una ignorancia deliberada -el papel de mujer objeto que se limita a firmar lo que le dice su marido- en alguien que demuestra todo lo contrario.

Lo sufrimos durante meses con la despistada exministra Ana Mato, lo utilizó la infanta Cristina intentando rebajar su responsabilidad en el caso Noos y ha sido un clásico en los tribunales aunque cada vez con menos éxito -recuerden si no la ejemplaridad de Isabel Pantoja entrando en prisión con una condena menor-. La sentencia de la Gürtel va en esta misma dirección: todos iguales ante ley; para lo bueno y para lo malo… Desde este planteamiento, vuelvo a la crisis de Rajoy con una (medio) salida -la opción Soraya- que tal vez sea una de las pocas jugadas dignas que le queden al líder de los populares.

El relevo fue la solución que el PP pactó con Cs en los casos de Murcia y de Madrid y ahora podría dar un inesperado quiebro a la situación de tensión y bloqueo que se ha instalado con la moción de censura del PSOE. No obstante, Rivera ni plantea el recambio sabiendo el daño electoral que supondría para su partido situar a alguien como la vicepresidenta al frente del Ejecutivo y es un recorrido que choca de plano con la esencia de la era Rajoy: aguantar y no hacer nada…