Las mujeres del ‘procés’

Magdalena Trillo | 27 de marzo de 2018 a las 10:30

Oriol Junqueras llegó a situar a Marta Rovira al frente del Gobierno de la Generalitat con una épica sentencia que lanzó a la militancia de su partido desde prisión: “La República tiene nombre de mujer”. De esto hace cuatro meses. “Va siendo hora”, advertía el presidente de ERC, “de que en este país una mujer esté al frente, una mujer que nunca se rinde, con una determinación y un convencimiento inigualables, sensata y audaz a la vez, tozuda y obstinada pero también dialogante y pactista. Todos a su lado, no la dejemos nunca sola”.

Hoy se estará maldiciendo. Su mirlo blanco se ha rendido y ha huido. Marta Rovira se ha unido al club de fugados y ha contribuido a que la Justicia endurezca las medidas contra los artífices del desafío independentista que sí fueron consecuentes con sus actos y entraron en la cárcel. Ha dejado en la estacada a sus compañeros y mentores.

Ser mujer no es garantía de nada. No si un día te posicionas en la escala más radical del feminismo -ese que no habla de igualdad sino de superioridad- y al día siguiente te escondes en tu condición de mujer y madre para eludir tus responsabilidades. Es un atajo similar al que tomó hace un mes Anna Gabriel, una de las diputadas anticapitalistas de la CUP más antisistema. Puro cinismo. Se quitó el flequillo abertzale, se vistió de niña buena y se fue a Ginebra -una de las ciudades más elitistas del mundo- para eludir al juez Llarena.

Marta Rovira asegura que toma el “duro camino del exilio” para “recuperar su voz política” y “levantarse contra el Gobierno del PP”. Ya sabemos que su hija se llama Agnès y que la quiere mucho. Que huye para seguir siendo madre. Y probablemente sea lo único sincero -creíble- de la carta-testamento con que ha enterrado su trayectoria.

España registra uno de los porcentajes más altos de toda la UE de mujeres en prisión. La ex directora de Instituciones Penitenciarias Mercedes Gallizo tiene publicado un libro recopilando las cartas que le enviaban los presos. Mujeres y madres, la mayoría por delitos de “drogas” y por su “dependencia tóxica” de los “hombres”, concentran los testimonios. Y el mayor desgarro emocional es compartido: “Mis hijos son los condenados”.

Seguro que todas ellas se intercambiarían con Rovira… Pero ellas no son privilegiadas capaces de darnos lecciones (a todas) con la misma templanza con que desconcierta su cobardía. Cometieron un error, se saltaron la ley, y lo asumen. Entre barrotes. Sinceramente, no sé por qué el caso de la política catalana es diferente.

Filosofía de bolsillo

Magdalena Trillo | 20 de marzo de 2018 a las 10:00

Si dejamos a un lado la lucidez de Zapatero sentenciando lo que todos sabemos -que el PSOE no estará en condiciones de ganar si no hay “cohesión” y “convicción”-, no creo que sea ninguna exageración decir que acabamos de despedir una de las semanas más grises y de vergüenza ajena que hemos vivido en la España democrática. Sólo se salva el trabajo impecable de la Guardia Civil en la investigación del macabro asesinato del niño de Níjar y la lección de entereza y humanidad de sus padres. Todo lo demás ha sido basura. La cara más rastrera de la política envuelta en farsas de lecciones de moralidad e irrefrenables tentaciones de oportunismo político y electoral.

 “No todo vale”. Utilizar como rehenes de la lucha partidista el caso de Gabriel, el dolor de las víctimas de algunos de los asesinatos más atroces de la historia reciente de este país, ha desenfocado un debate que ni lo ha sido ni lo podía ser: por razones legales -el recurso contra la prisión permanente revisable en el TC- y por razones de sentido común -no se trata de no legislar en caliente; bastaría con ser capaces de imponer los argumentos a las tripas-. ¿Tan difícil hubiera sido posponer un debate para un Ejecutivo que marcha por inercia y al ralentí?

 “No nos representan”. Forma parte del ideario contestatario de Podemos pero habría que extenderlo a todo el arco parlamentario. La marea de indignación de los jubilados podría haber sido un revulsivo para afrontar de una vez la urgente reforma del sistema de pensiones; hemos encontrado tacticismo y chantaje. Una patada hacia adelante del problema, una ridícula promesa para subir las pensiones mínimas -¡sólo si hay presupuestos!- y un cabreo ciudadano generalizado. ¿De verdad piensa el PP que puede ganar unas elecciones, que tiene autoridad para seguir gobernando, con todo el 8-M enfrente y la rebelión de los mayores detrás?

“Nunca es tarde para echarse a la calle”. Esta contundente verdad forma parte del último disco de Manolo García. Se titula Geometría del rayo y, aunque el músico tira de “filosofía de bolsillo” para recordarnos que “nunca es tarde para vivir la vida”, resulta inevitable aplicarle el filtro de nuestro contexto social… Para conectarla con otros temas de actualidad como Urge -urge justicia social; urge dignidad; urge que no nos tomen el pelo…-, para atrevernos a vislumbrar el temible escenario que anticipa Si todo arde o para quedarnos con la inquebrantable franqueza de su sabiduría a pie de calle, esa que tan cerca está de la filosofía de la academia: “Se cazan más moscas con miel que con vinagre”.

La madeja de la Plaza del Carmen

Magdalena Trillo | 18 de marzo de 2018 a las 10:50

Quienes dedican su carrera investigadora a rasgar la madeja de intereses sobre la que se sostiene el actual sistema de medios comparten un mismo punto de partida: no se pueden entender los mensajes -desde la teórica objetividad de las noticias a los posicionamientos editoriales más ideológicos- si no conocemos la trastienda de quienes están detrás. De los “dueños” de los medios.

Esta misma máxima la podemos aplicar a la política pero en un nivel de complejidad mucho mayor. Pensemos, por ejemplo, en una matrioshka rusa: cada figura que extraemos es un relato. Y puede ser coherente, suponer una continuidad, pero también puede ser contradictorio y hasta ocultar un choque frontal. Más aún cuando combinamos en un mismo escenario la gestión -teóricamente pública y en beneficio de la ciudad- con el tacticismo político y electoral que acaba siendo rehén del color de las siglas.

Si a todo ello unimos la incertidumbre judicial, el cambio de paso que imponen los tribunales cuando se abren procesos de enorme impacto -la operación Nazarí o, por ejemplo, el caso Serrallo-, la realidad es un maremágnum difícilmente gobernable donde los intereses de partido se confunden y absorben los de la institución.

Así está la Plaza del Carmen. Todos conocemos la situación de desconcierto en la bancada del PP con hasta 6 concejales pendientes de un hilo -el judicial- para tener que dimitir. Pero el equipo de gobierno no está a salvo. No esperaba gobernar y tal vez por ello sigue actuando -y tomando decisiones- como si fuera el grupo municipal del PSOE. Han sustituido la transparencia informativa debida (para eso cuentan con la labor de profesionales cuyos sueldos se pagan con dinero público) por la filtración sistemática e indisimulada.

La estrategia es vieja: paso un tema duro y polémico que me puede perjudicar al medio amigo (el diario oficial de la Plaza del Carmen) y así contrarresto el golpe. Como va envuelto “en papel de exclusiva”, el objetivo es que la información tenga un tratamiento laudatorio y el medio cae en la trampa habitual del periodismo de mala ralea… Luego, si llegan las críticas, siempre está el recurso fácil de matar al mensajero: que no informamos bien, que “bebemos de fuentes poco recomendables”, que nos intoxican, que manipulamos… Si nos dieran un euro cada vez que un periodista que hace su trabajo ha tenido que escuchar eso… También nos dan clases de Derecho Penal, por lo que deberíamos de empezar a preocuparnos por si el síndrome del contagio también se extiende a quienes desempeñan su actividad en la vida pública y también en la enseñanza. Porque, por lo que se ve, el poder no sólo corrompe, también ciega.

Hasta aquí es opinión, por supuesto, pero también son hechos. Aunque podría aburrirles con decenas de ejemplos, me voy a centrar en el caso Serrallo y el escrito de acusación que nuestro Ayuntamiento, la institución que ha de defender el interés de la ciudad, ha presentado en el último minuto del último día del plazo como acusación particular de la causa que investiga el cambio de uso de una parcela destinada a ser un parque infantil a la construcción de una sala de fiestas. En una rueda de prensa -esta vez sí para todos los medios-, el portavoz recalcó que es el escrito de acusación de “los servicios jurídicos técnicos” del Ayuntamiento, que está “fundamentado” y “exento de valoración política”.

El problema que los políticos tienen con algunos periodistas o medios es que nos gusta contrastar, beber de otras fuentes alternativas -como las de sus adversarios políticos-, pero también de técnicos y expertos, y ponerlo todo en cuestión, especialmente lo que dicen por esa tendencia natural a la que ya nos tienen acostumbrados de que todo es susceptible de cambiar según sople el viento. Y, aunque se les olvide, también tenemos criterio. Y tenemos capacidad para leer entre líneas. Y hasta para interpretar lo que ocurre y lo que nos dicen.

Les propongo un juego: les doy unas claves y un titular y ustedes deciden si se ajusta a la realidad. El Serrallo lleva 4 años en fase de instrucción. El grupo municipal socialista se personó como acusación, pero en 2016, cuando Cuenca accedió a la alcaldía se retiró y recuperó su dinero de la fianza. Ya estaba en la causa el Ayuntamiento, gobernado por ellos, y además podía seguir representándolo el mismo abogado. Pero el caso es que en todo ese tiempo apenas se han pronunciado en nada. Han permanecido casi como convidados de piedra en el proceso. Escuchar, ver y callar. Hasta ahora…

Cuando la jueza cierra la investigación y llega la hora de que las acusaciones se retraten y formulen sus peticiones, el escrito que finalmente presentan no hace alusión alguna a los ediles del PP que en 2012 votaron a favor en el polémico expediente urbanístico. No aprecia ningún delito ni posible responsabilidad por su parte, en contra del criterio de la jueza, de la fiscal y de otras partes acusadoras. Focaliza los ilícitos en el exalcalde Torres Hurtado y en su exconcejal Isabel Nieto, además del promotor y los funcionarios que aún trabajan allí (gestionan y hacen informes cada día para el actual equipo de gobierno). Tan benévolos y comprensivos son con sus compañeros de la bancada azul que hasta los ediles afectados se pronunciaron nada más conocer el escrito congratulándose de la postura “del equipo de gobierno del PSOE, que avala su inocencia”.

Sin ánimo de enredar, sólo aporto dos apuntes más: ¿sabían que el recién nombrado jefe de la Asesoría Jurídica del Ayuntamiento (que acaba de tomar las riendas del caso Serrallo, justo antes de enviar el escrito de acusación) es el hijo de un histórico del PSOE, exconsejero de la Junta, con un sueldo muy por encima del que tiene el alcalde? ¿Han pensado, aunque sea un futurible, que los propios ediles socialistas podrían verse en una situación similar si la jueza termina pidiendo explicaciones a todos los que han votado en pleno expedientes bajo sospecha? Me refiero ahora al caso Nazarí.

El gobierno de Cuenca “amnistía” a los concejales del PP. Este es el titular que no ha gustado nada a los actuales inquilinos dela Plaza del Carmen. Lógico. Pero no porque nosotros “confundamos al partido y al Ayuntamiento”; es la consecuencia de que lo hagan ellos.
Sebastián Pérez toma las riendas
Nadie lo cuestionaba, ni dentro ni fuera del PP, pero ya es oficial. Como adelantó este periódico el pasado lunes, Sebastián Pérez ya tiene la bendición de Génova para afrontar uno de los desafíos más importantes de su partido en las municipales de 2019: recuperar el gobierno de la capital tras el escándalo y el desgaste que ha supuesto la operación Nazarí por presunta corrupción urbanística contra el exalcalde Torres Hurtado y su equipo de gobierno. A quince meses de las elecciones, hace bien el PP en deshojar la margarita y aflojar la doble presión que supone la insistente cadencia de encuestas ratificando la subida de Ciudadanos como competidores directos entre los votantes de derechas y la propia situación del partido a nivel interno en las distintas provincias andaluzas.

En la capital, el reto es importante. Los sondeos internos sólo le dan 9 concejales (estarían a sólo 500 votos del décimo, pero aún así serían peores resultados que en 2015 con Torres Hurtado en el cartel) y flota en el aire la probabilidad de que momentos clave de los casos Serrallo y Nazarí estallen en los próximos meses y acaben colándose incluso en la campaña. De momento, sólo hay dos nombres seguros: el de Sebastián Pérez y el de Rocío Díaz. Aparentemente no hay crisis con la designación final. Los demás concejales tienen preocupaciones más importantes de las que ocuparse y Rocío asegura que “está bien”. Aunque no sea ella la candidata. El reloj no ha hecho más que ponerse en marcha. Será interesante ver cómo se nada y se guarda la ropa (con Cs).

Nos mudamos a un dormitorio

Magdalena Trillo | 12 de marzo de 2018 a las 10:30

Hace trece años la ministra Trujillo consiguió hacerse un hueco en la memoria de este país con la polémica de los minipisos: viviendas protegidas y asequibles para jóvenes concentradas en menos de 30 metros cuadrados. Entonces era “indigno”; una “barbaridad”. Hoy hasta podríamos verla como una visionaria. No era el momento -la perspectiva cambia con diez años de crisis después- y erró el enfoque: las soluciones baratas y sin gancho no interesan.

A su plan le faltaba el glamour, la oportunidad y la funcionalidad que en San Francisco está despertando el proyecto de Starcity. Son profesionales con alta cualificación y buenos sueldos -no tan altos como los del sector tecnológico que han disparado el mercado- los que se están mudando a dormitorios. Literalmente. Comparten baño, cocina o salón y viven en espacios de entre 12 y 20 metros cuadrados. Pero de lujo. Con encargados del edificio y vecinos que hasta te sacan al perro y te organizan la fiesta de cumpleaños si hace falta. Con actividades colectivas como “tardes de yoga” y “noches de vino”. Te aíslas o participas. Y la despreocupación por las rutinas domésticas es absoluta. Un apartamento de una habitación cuesta unos 3.300 dólares al mes, los dormitorios de Starcity se mueven entre 1.400 y 2.400 con wifi y gastos incluidos.

Los datos del éxito coinciden con los testimonios de los residentes. Lo contaba hace unos días Nellie Bowles en El New York Times. La nueva constructora tiene ya tres propiedades con 36 unidades, planea otras 9 y hay 8.000 personas en lista de espera.

En España, en ciudades como Granada, Sevilla o Málaga, el boom de los alojamientos turísticos ha puesto en alerta al sector y está obligando incluso a reformular las estadísticas oficiales que evalúan la salud de esta industria estratégica en la economía regional y nacional. El foco en estos momentos está en el proceso de gentrificación que se está produciendo en los cascos históricos -especialmente en las ciudades que soportan altos niveles de masificación- y en la proliferación de pisos ilegales.

Pero el problema de fondo tiene mucho más recorrido y no afecta sólo al turismo. El concepto de familia tradicional se ha venido abajo; vivimos más y más solos. Y, tal vez utópicamente, más libres… Nuestras necesidades y prioridades nada tienen que ver con los cuadros costumbristas de las mansiones decimonónicas ni las casas de tres plantas de las muñecas de porcelana que ya habitan en los museos. Aunque todavía nos cueste verlo.

Rajoy feminista

Magdalena Trillo | 11 de marzo de 2018 a las 12:55

Había pensado empezar el artículo con unas fechas, dos ciudades y un intervalo de medio siglo: París, 1968-Madrid 2018. A ello iba a unirle una rectificación personal que, siendo sincera, me ha costado más de una década asimilar: sí a las cuotas y sí a la discriminación positiva. Hace más de una década me tacharon de ingenua y de ingrata por posicionarme en contra. Aunque no creo que lo fuera entonces -lo pensaba de verdad- y no soy una iluminada ni una radical ahora, tal vez sea el efecto boomerang a la inercia machista que lleva siglos instalada en nuestra sociedad -con el persistente patriarcado- y a la regresión que estamos viviendo en los últimos años.

Asumirlo no es fácil. Pero estoy descubriendo que, a diferencia de lo que suele ocurrir con la brecha de la edad -que tiende a atemperar los ánimos, que nos transmuta en maduros, conservadores y moderados-, las canas de las mareas moradas vienen cargadas de rebeldía. La inevitable, la imprescindible, para poner a cero la relación entre hombres y mujeres. Para lograr la igualdad efectiva. La pública y la privada. La oficial y la cotidiana. La de verdad.

Así, entre las tensiones locales y globales del movimiento feminista, llegué a cuestionarme si podría ser hasta un atrevimiento comparar lo que hemos vivido esta semana en España con el mitificado Mayo Francés. Por la evidente falta de perspectiva histórica y por la incertidumbre sobre el impacto real que tendrá la gigantesca ola de reivindicación y toma de conciencia que se ha expandido por un centenar de países de todo el mundo derribando fronteras geográficas, generacionales, de clases y (casi) políticas.

Las dos reflexiones, la general y la personal, se me han descafeinado en cuestión de horas: ¿Se ha producido una revelación global y ya somos todos feministas? ¿Ha transmutado en virus virulento el movimiento por la igualdad? ¿Rajoy cómplice y con lazo morado?

Más importante que las fotos del 8-M será la gestión del día después, la capacidad que tengamos para trasladar las palabras a los hechos. A nivel institucional, a nivel social y a nivel privado. En lo recomendable y en lo exigible. Desde lo más invisible y consentido del micromachismo hasta lo más alarmante del acoso, la explotación sexual y la violencia de género pasando por los espejismos escurridizos de la conciliación laboral y de la brecha salarial.

Aquí entra la revisión de Ley de Igualdad que el Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía comenzó a tramitar este martes. Es valiente en la apariencia y en la letra pequeña. El titular periodístico era evidente -multas de hasta 120.000 euros por casos graves de discriminación de la mujer- pero lo que pondrá a prueba su utilidad real y efectiva es el trasfondo: la carga de medidas para la coeducación en todos los ámbitos y sectores, para desmontar el patriarcado desde abajo y para contagiar los logros que la política ha impuesto en las últimas décadas en lo público al resistente y acomodaticio terreno de lo privado.

Me atrevería a ser optimista. Y no me conduce a ello el criticado manifiesto del 8-M -más que por revolucionario y radical, naufraga por confuso, partidista y demagogo- sino el pragmatismo. Las grandes empresas están comprobando -y tienen cifras que así lo corroboran- que la igualdad es rentable. Las razones éticas y de justicia social entran en juego pero también las contables que tienen que ver con la productividad y la competitividad. Ya hay informes que revelan un aumento de beneficios de hasta 9 puntos en compañías que tienen un índice de diversidad superior a la media. El “miedo a contratar mujeres” se empieza a desactivar ante la “oportunidad” de aprovechar mejor el talento; las barreras mentales, también.

Que lo exponga la consejera delegada de Telefónica tiene un plus de credibilidad, el que da haber escalado en un sector tan excluy ente como el tecnológico dinamitando el techo de cristal. Que lo comparta el director territorial de Endesa, corroborando los efectos tangibles que está significando en su compañía aplicar un plan de diversidad, nos debería llevar a la reflexión. María Jesús Almanzor y Francisco Arteaga participaban esta semana junto a la consejera de Igualdad, María José Sánchez Rubio, en una mesa de debate organizada por Grupo Joly sobre Cómo y por qué promover la diversidad en la empresa que tuve la oportunidad de moderar.

Les aseguro que no es fácil que hombres y mujeres, del ámbito público y del privado, de pequeñas empresas y de grandes corporaciones, coincidan hasta en lo más controvertido y polémico: no podemos permitirnos mirar para otro lado y tardar un siglo en conseguir la igualdad. No podemos dejar que ocurra; hay que actuar. Hay que provocar el cambio. Y, sí, no hay transformación, involución, sin una pequeña-gran revolución detrás.

Y aquí llegamos de lleno a Rajoy. No creo que haya visto la luz y se haya vuelto feminista de repente -ni él ni muchos de los suyos-. Tampoco creo que se haya asustado del movimiento violeta por mucho que pueda recordar a aquel 15-M que ahora lo acorrala en las encuestas. Lo sitúo más en un plano de prudencia y de estrategia. De oportunismo, tal vez, y puede que hasta de postureo.

Pero aun así me vale. Me sirve que reconozca que metió la pata cuando prefirió no meterse en el “lío” de la brecha salarial y que se haya desmarcado ahora de la innecesaria provocación de la huelga a la japonesa. Es uno más para la causa y no es uno cualquiera; es el presidente del Gobierno y podría, por ejemplo, buscar la fórmula para desbloquear los 200 millones comprometidos para luchar contra la violencia machista…

Si queremos pasar de la marea de las fotos a la marea de los hechos, necesitamos todas las gotas. ¿Ahora interesa ser feminista? ¿Competimos en los partidos a ver quién es más feminista? Bien. ¡Aprovechémoslo!

El 15-M de los ‘yayos’

Magdalena Trillo | 2 de marzo de 2018 a las 10:00

Me pregunto si estamos asistiendo al 15-M de los jubilados. No es primavera, es invierno, pero la marea de indignación de los yayos no se diferencia de aquellos ni-nis que espolearon el sistema en los años más duros de la crisis y terminaron colándose en los parlamentos y en las instituciones. Con sus vaqueros y sus camisetas. Con sus flequillos abertzales y sus coletas.

Lo curioso del problema de las pensiones, el de verdad, es que no es suyo; es nuestro. Pero ahí están los abuelos, una vez más, dando la señal de alarma y protegiendo a quienes vamos detrás: el sistema hace aguas. Tanto que hasta el Gobierno ha terminado por reconocer que los planes privados con los bancos son una tomadura de pelo y hay que rectificar. Un parche más.

Porque no puede funcionar un sistema donde se gasta más que se ingresa. Lo sabe cualquier niño que juegue con un cerdito-hucha a ahorrar; lo deberíamos saber cualquiera de nosotros con sólo echar un vistazo a los colegios con el desplome de la natalidad y con sólo preguntar a un joven cuánto gana y cuánto cotiza a la Seguridad Social. Y aquí no importa el sexo; el maltrato laboral es compartido.

Dice el refranero popular que sólo los niños y los borrachos dicen la verdad. ¿Seguro? Cada vez estoy más convencida de que son los mayores. Los que ya no son prisioneros de lo políticamente correcto; los que no tienen nada que perder y nada que proteger. Los viejos. Sí, viejos. Aunque vivamos en una sociedad que los margina, que los esconde y que hasta ha proscrito la palabra viejo porque no encajan en el cuadro social.

Les invito a que relean la entrevista al juez Miguel Ángel del Arco que publicamos el domingo y se pregunten cómo es posible, si su radiografía es tan certera, tan dura y tan inquietante, que todo siga igual. Que tengamos que esperar a que se jubilen y se quiten las ataduras para saber. Para entender.

Confieso que siento predilección por los yayos. Por todos ellos. Por los que aciertan con la predicción del tiempo leyendo las nubes y palpando la tierra y por los que son capaces de quitarse la máscara para decir lo que piensan -no lo que deben- desde el banco de un parque, el sillón de un despacho o la barra de un bar. Será deformación profesional. No me gustan las poses; me gusta la verdad. Unos lo llaman lucidez; otros sabiduría popular; otros el peso de la experiencia. Por eso quiero creer que las manifestaciones de las últimas semanas son su 15-M. Un 15-M que, en realidad, vuelve a ser nuestro.

La herencia envenenada de Pina

Magdalena Trillo | 25 de febrero de 2018 a las 11:25

La investigación judicial contra Quique Pina podría sostener el guión de una telenovela de éxito de los 80 con la misma intensidad que una serie de Netflix. De papel protagonista, el “rey” del fútbol. De secundarios, el socio italiano y los testaferros. En la trama familiar destaca la madre con un “papel central”, contando hasta el último euro, frente a un padre ausente que no se entera (o no se quiere enterar) y la hermana protegida que sirve de escaparate para el negocio.

No faltan las empresas pantallas en paraísos fiscales, el traidor que hace de garganta profunda y los pinchazos policiales que terminan deslizando las piezas del castillo de naipes de los nuevos ricos. El dinero florece en pequeños sobres en cualquier rincón -desde la clásica maleta con el millón de euros hasta la funda de una raqueta de tenis escondiendo 40.000 euros en el altillo de un armario-, un misterioso robo desata todas las alarmas convirtiéndose en el punto de inflexión de la trama y, por supuesto, hay yate y casa en Marbella.

La base de la historia se recoge en el sumario sobre la Operación Líbero que este periódico ha desgranado en exclusiva desde hace una semana, sin que podamos saber aún si pesará más en el desenlace lo que se dice en las escuchas o lo que se declara delante del juez. Porque la contradicción es absoluta. Del “yo actué de buena fe” y “firmaba lo que me decían” al gestor duro, controlador y minucioso que está encima de todos y de todo sin dejar el más mínimo detalle a la improvisación.

Al empresario murciano, expresidente del Granada CF, se le investiga por delito fiscal, blanqueo de capitales e insolvencia punible en operaciones de traspaso de jugadores. Ya ha declarado en la Audiencia Nacional ante el juez José de la Mata, ya ha pasado unos días en Soto del Real y ya está en libertad con cargos y sin pasaporte a la espera de que avance la causa con las comparecencias del resto de personajes. Los propios y los invitados.

Porque el problema del caso Pina es la tremenda dificultad que supone aislar su presunta actividad delictiva de la gestión y las consecuencias para los clubes de fútbol que ha dirigido: en el caso del Granada cuando fue el artífice del regreso a Primera y en el caso de Cádiz CF con sus responsabilidades como consejero delegado.

Para el club rojiblanco, el muro de contención de sitúa en el verano de 2016: Pina se va con su equipo de colaboradores más directo y la propiedad pasa de forma efectiva a manos del inversor chino Jiang Lizhang. El acuerdo se cerró en Londres, donde tenía la residencia habitual Gino Pozzo -antiguo propietario del Granada y socio de Quique Pina-, en el mes de mayo: la corporación asiática se haría con el 100% de la sociedad por unos 37 millones de euros en una operación que dejaba importantes plusvalías para la familia del empresario italiano -dueños también del Udinese y el Watford CF-.

Después de siete años, Jiang y Pozzo se estrechaban la mano en junio de ese 2016 formalizando el paso del Granada CF al propietario de la sociedad china Link Internation Sports Limited.

Aquí empieza la nueva era del Granada CF. La que por sorpresa ha transitado del campo del fútbol al judicial y arrastra la mancha de la corrupción, como también ocurre ahora en la gestión política, poniendo de nuevo el foco sobre Granada. Si hace dos años era la Plaza del Carmen la que se despertaba con el impacto mediático de los registros y las detenciones de la UDEF por una presunta trama de prevaricación urbanística en torno a Torres Hurtado, ahora ha sido el turno de Los Cármenes y de la Ciudad Deportiva en una operación que ha salpicado a Cádiz, Murcia y Marbella con ramificaciones en el extranjero aún por determinar.

Lo curioso es que no ha habido sorpresa. No es nada nuevo. Ni en los partidos ni, por supuesto, en un negocio tan opaco como el fútbol con escándalos habituales en torno a las operaciones millonarias que sostienen el juego.

Pero las consecuencias irán mucho más allá de lo que concluya la sentencia del caso Pina. Pierde el Granada CF -el impacto en la imagen del club es inevitable-, pierde la afición y perdemos todos. Los actuales responsables del equipo se esfuerzan en levantar una frontera con todo lo anterior a 2016 pero los lazos son escurridizos.

Para empezar, la propia entidad está implicada en la causa como investigada -de ahí que no se haya podido presentar como acusación particular para pedir responsabilidades a los anteriores gestores- y este mismo viernes tuvieron que ir a declarar en la Audiencia Nacional -resulta al menos una muestra de transparencia y un mensaje claro de colaboración con la justicia que haya sido el vicepresidente y persona de máxima confianza de Jiang Lizhang quien haya dado la cara ante el juez-.

En paralelo, las primeras revelaciones de las auditorías que se llevaron a cabo hace dos años pueden dar una idea certera de lo turbio que son las alcantarillas del caso: se produjeron justo en el momento de la salida de Pina y el cambio de propiedad y con el oportuno virus que se lanzó desde Italia contra los equipos informáticos del club, precisamente del entorno de un empleado del Udinese (de la familia Pozzo).

Que haya personajes especialmente siniestros que hayan saltado de un equipo gestor a otro tampoco ayuda a mantener las fronteras de la división. Los accionistas están preocupados, por mucha normalidad con que se intente continuar el calendario deportivo, y la afición también.

Como estrategia de comunicación, el muro de contención entre la etapa Pina y la etapa Jiang tal vez contribuya a paliar el impacto en la marca -admitamos que se está asumiendo con naturalidad que el empresario murciano tuviera negocios oscuros- pero hay consecuencias económicas y deportivas más preocupantes: el club puede acabar como responsable subsidiario por los perjuicios que se hayan podido cometer y, respecto a la denuncia inicial de amaños de partidos, al menos el Granada CF cuenta con el alivio de que es un aspecto que fue descartado de la investigación (un informe policial así lo explicita) y por ahora no está sobre la mesa del juez De la Mata.

Todo esto es lo tangible; lo invisible es de más difícil contención -en el ánimo por ejemplo del propio equipo para afrontar el desafío del ascenso- y la incertidumbre sobre hasta qué punto los actuales dueños mantendrán el compromiso y el apoyo al club se mantiene en el aire. La historia del Granada CF fluctuará a medida que el guión cinematográfico inicial vaya desmontando las contradicciones y se vayan encajando las piezas de lo que de verdad ocurrió en esa etapa no tan “gloriosa” de Quique Pina. Aquella que despertó la atención de unos inversores asiáticos y los animó a sumarse al proyecto sin atisbar que lo que realmente compraban era una herencia envenenada.

Las cejas del cine

Magdalena Trillo | 20 de febrero de 2018 a las 10:10

Con Verano 1993 me dormí. No cuestiono la belleza de los planos, las conmovedoras lágrimas de Frida y hasta lo pedagógico de distinguir entre una lechuga y una col. Pero la ópera prima de Carla Simón me ha resultado tan desesperante y soporífera como los power point de Terrence Malick en El árbol de la vida.

Aun así, es una película necesaria. Forma parte de eso que los australianos bautizaron como la “economía creativa” y reúne todos los intangibles de lo que entendemos por un producto cultural: el valor de lo original y lo simbólico, su función social, el riesgo inevitable al que se enfrenta y el mercado imperfecto en el que se desenvuelve.

Ahí está la grandeza de las industrias culturales. Por su irreverencia y su sentido crítico. Por sus aciertos y sus fracasos. Por su contribución a la diversidad y al afianzamiento de nuestra identidad. Por cuanto supone situarlas (también) en el centro del modelo económico desafiando aquella idea de la “cultura como hormiguero” que popularizó Michel de Certeau.

Nos lo podemos creer o no. Es ideología. La que está detrás de la subida o bajada de impuestos, del IVA cultural y la que subyace en la nueva Ley del Cine. El borrador que ha empezado a circular evidencia que la cultura sigue malviviendo “en los márgenes” y vendría a justificar aquel movimiento de la ceja que irrumpió con ZP.

El sistema de ayudas castiga al cine de autor frente a las grandes producciones y a los lobbies de la distribución. Cuando la industria del cine consigue, por fin, demostrar el impacto suicida que ha supuesto para el audiovisual español un modelo de ayudas sujeto a la taquilla, se fijan unos criterios previos de reparto que encumbran a los directores de éxito, a las productoras que ya dominan el establishment y a las majors. Tratamos el celuloide como una mercancía más. Sin espacio para sorpresas como Ocho apellidos vascos ni bofetadas de talento como Tarde para la ira.

Se trata de la letra pequeña (como hace unos días criticaban desde El español) que el Gobierno esconde y envuelve en el efectista marketing del relato feminista: y es que la nueva ley premiará los proyectos impulsados por mujeres. Eso es lo que se ha vendido. ¡Bien! Pero el ADN no es garantía de nada. No es mejor película Verano 1993 porque lleve la firma de una mujer ni peor Las formas del agua porque emerja del sistema con un cineasto como Guillermo del Toro detrás. El debate es otro. Uno que tampoco toca. No en tiempos electoralistas de dilación y de confusión. No cuando quienes gobiernan no tienen tiempo de ir al cine. Ni interés.

Los niños de la tablet

Magdalena Trillo | 13 de febrero de 2018 a las 9:37

El efecto más perverso de la estadística se produce cuando despersonaliza y desdibuja la realidad llevando temas sensibles y de impacto al frío terreno de las cifras. Los números del paro, de la violencia machista o de la inmigración ilegal no sólo nos lo recuerdan de forma insistente; también contribuyen a ‘normalizar’ las distorsiones de nuestro modelo de convivencia y lo reducen a rutina.

Hay veces, sin embargo, en que son clave para medir el verdadero alcance del problema. Es el caso de la violencia en menores: hemos leído titulares estremecedores pero no hay un marcado repunte de la delincuencia. Los datos del Ministerio del Interior reflejan una curva sin altibajos en el último lustro. De forma global bajan los índices de criminalidad, aunque lo cierto es que los descensos se sitúan en robos, tráfico de drogas y delitos contra la seguridad vial mientras aumentan en el apartado de la libertad sexual y los malos tratos.

No hay razones para el sensacionalismo pero sí para la preocupación: tres jóvenes participan en el asesinato de una pareja de ancianos en Bilbao; unos menores asaltan a un exjugador de fútbol del Amorebieta; un chico de 14 años mata a su hermano de 19 en Alicante; unos escolares de Jaén violan en el recreo a un niño de sólo 9.

La alarma se produce por el particular desconcierto que provoca cada historia pero también debería venir por lo que subyace respecto al contradictorio perfil de los menores de este tercer milenio de deshumanización, globalización y autismo tecnológico: no saben gestionar las emociones, tienen menos tolerancia al fracaso, carecen de habilidades sociales, son más impulsivos…

Al retrato de los expertos sobre sus pautas de comportamiento se une su preocupación por cómo se les acaba robando la infancia y los hacemos adultos precipitadamente. Sexo y violencia al alcance del móvil y de la tablet. El ‘modelo’ de las manadas, el acceso sin filtros ni control a todo tipo de pornografía y la trampa del amor romántico transmutado en humillación y sometimiento. El embarazo de una niña de 11 años en Murcia por su propio hermano, apenas dos años mayor, es otra cara de una misma realidad.

En los 90, la ‘televisión niñera’ terminó funcionando como una llamada de alerta en las familias y en las escuelas. El “espejo” que, para Fellini, reflejaba “la derrota de nuestro sistema cultural”, el “único somnífero que se toma por los ojos” como decía Vittorio de Sica. Porque, lo escribió Chantal Maillard, “a la mente le gustan las imágenes. Con ella, teje. Y el tejido hace mundo o lo refuerza”.

“Yo soy mis imágenes”. Vivimos en imágenes. Fabricándolas o consumiéndolas. Hace unas décadas en la pantalla de la televisión; hoy, al instante, con el sencillo gesto de meter la mano en la mochila o en el bolsillo. No debería extrañarnos que el Plan Nacional de Drogas vaya a incluir por primera vez el uso compulsivo de las redes sociales. Son las sustancias invisibles que nos adormecen y nos corrompen. Las consecuencias las estamos lamentando estos días; sobre las causas podríamos actuar aunque aún nos cueste darnos cuenta.

Patrias y mandangas

Magdalena Trillo | 11 de febrero de 2018 a las 10:46

El día en que los nacionalistas vascos dieron a conocer los 17 folios de su propuesta de revisión del Estatuto de Gernika, yo estaba con Bittori en la tumba del Txato. Diluviaba. Desde la cárcel, Joxe Mari al fin le había escrito unas líneas de arrepentimiento: “Si pudiera dar marcha atrás al tiempo, lo haría. No puedo. Lo siento. Ojalá me perdones. Ya estoy cumpliendo mi castigo”.

Tenía 43 años; llevaba 17 en prisión. Descubrió el sexo en un vis a vis. Su juventud, su vida, la dejó enterrada en el pueblo. En esas calles donde “hasta las farolas son abertzales”. Abandonó ETA en silencio, con el único miedo sincero a defraudar a su madre, tal vez al cura y, por encima de todo, a los vecinos y a los colegas de la herriko taberna.

Cuando empecé a leer Patria, la novela de Fernando Aramburu que pasa de mano en mano a modo de relato cotidiano sobre los cuarenta años de terrorismo etarra, pensaba que llegaba tarde. Olvidaba, sin embargo, que una de las esencias de la historia de España es dejar los conflictos abiertos. Latentes. En pausa.

Hasta el pasado miércoles, cuando el PNV planteó en la ponencia de autogobierno del Parlamento la inclusión del “derecho a decidir” en su proyecto de nuevo estatuto, la trama insistía en saltar del País Vasco a Cataluña con dos inquietudes entrecruzadas: la invisible normalidad con que en una región se llegó a la dolorosa salida de la lucha armada y el impredecible e inaudito esperpento en que se ha instalado el con su insistente órdago suicida a la legalidad.

No son diferentes los sentimientos. Ni los anhelos. Las conversaciones cotidianas -de las familias, de los amigos, del barrio- seguro que son intercambiables. El narrador vasco habla en uno de los capítulos de “Patrias y mandangas” haciendo referencia a la oportunista utilización política, a la “trampa” en que acaba el hijo de uno de los personajes. Uno de tantos: “Unos borregos, eso es lo que son. Unos ingenuos. Les calientan la cabeza, les dan un arma y, hala, a matar. Se creen héroes porque llevan pistola. Y no se dan cuenta de que, a cambio de nada, porque al final no hay más premio que la cárcel o la tumba”.

Confieso que me identifico con este desapego patriótico, con esta inclinación apolítica, pero consciente de mi extrema vulnerabilidad: porque mi pueblo es otro, porque Jokin no es mi amigo, porque Miren no es mi madre o porque el virus del nacionalismo no flota en mi ambiente.

Me decían en una excursión el otro día que los charnegos -el término despectivo con que se descalifica a los emigrados a Cataluña- son ahora los más radicales. Que se han puesto de moda. Que ya no es un factor de debilidad sino de respeto. La chica vive en Andalucía -regresó por temas laborales hace unos años- pero sus hermanos siguen en Barcelona: ellos son independentistas; ella, no. Yo, me alegro cada día de no serlo; pero sin evitar preguntarme por qué no lo soy, qué ocurría si lo fuera y de quién dependería. ¿Sólo de mí?

No me atrevería a ver la novela de Aramburu como una historia de claudicación, de vencedores y vencidos. Al contrario. Creo que nos abre los ojos sobre lo complejo y arraigado que está el problema territorial en España. En ese país “caduco, antiguo y heredero de la famosa crisis del 98 que se tuvo que reinventar como nación”.

Pensaba en ello leyendo las reflexiones del dramaturgo Alfonso Zurro sobre la versión de Luces de Bohemia que ha llevado al Teatro Alhambra. Por los paralelismos de aquella España “camino de la ruina”, marcada por la corrupción, la falta de ética y la “inutilidad de la clase política”, con la de ahora. Lo denunció hace mucho Valle-Inclán pero se podría escribir hoy: “Barcelona alimenta una hoguera de odio”; “En España, el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero”.

Sí, nos hace pensar. Nos debería hacer pensar. A los que encienden los conflictos y a los que los alimentamos desde abajo. Aunque en Cataluña y el País Vasco hay un trasfondo de frustración y reivindicaciones compartidas, están singularmente ligadas a esa “nación vasca” y “nación catalana” con que intentan vertebrar sus hojas de ruta. La clave, una vez más, está en el camino. Porque hoy, como ayer, la tentación nubla. Y aprieta. Con el riesgo de convertir una causa en una mandanga.