OCG: la Granada cultural hace aguas

Magdalena Trillo | 21 de enero de 2018 a las 10:30

En 25 años de trayectoria, tanto pesan en la OCG los momentos turbulentos de flirteo con la bancarrota como los excelsos de las primeras figuras internacionales, las giras europeas y las grabaciones históricas. Ahora toca sufrir. Empezamos en 2012 con los recortes de la crisis y, una década después, la situación es de agonía. No hay dinero “ni para pagar un taxi”. Las últimas temporadas se han puesto en pie tirando de amigos y a golpe de voluntarismo. El problema, para empezar, son las nóminas. Pero es también la renovación de los instrumentos. Y el vestuario. Y los gastos de funcionamiento. Y, por supuesto, la programación.

Cerramos hoy una larga semana en Fitur en la que Granada se ha vendido como uno de los mejores destinos de turismo cultural de toda Europa: la ciudad de la literatura y de los festivales; la ciudad de la música; la capital cultural del 2031 aunque el título aún no sea oficial. Los folletos de los touroperadores lo aguantan todo. Incluso esa publicidad engañosa de Granada ‘la bella’, la de postal, que poco tiene que ver con esa otra que sufrimos todos.

Y no tenemos que autoflagelarnos mirando a Málaga y sus museos de franquicia -refugio por cierto de los turistas en busca de sus acogedores inodoros-; basta mirar las telarañas del Centro Lorca, echar un vistazo a la redundante y mediocre cartelera de cine o preguntarnos dónde están los grandes novelistas e intelectuales que un día desfilaron por el Hay Festival y la Feria del Libro o esos músicos de primer nivel que, de verdad, movían al exigente público internacional. Seguimos sin saber siquiera si queremos el Gran Museo de la Ciudad -menos aún con qué y para qué- pero sí tenemos una legión de grafiteros destrozando el Albaicín.

El Arqueológico sigue cerrado, el proyecto del Teatro de la Ópera de Kengo Kuma duerme en algún cajón y buena parte de las instituciones culturales subsisten con respiración asistida -los Rodríguez-Acosta, por ejemplo, se han echado en los brazos de Junta conscientes de que no tienen recursos ni para mantener el Carmen y la Fundación Ayala camina silenciosa casi pendiente de la generosidad de la viuda del escritor-.

No es melancolía; no es ninguna enmienda a la totalidad. Importan las prioridades y el criterio en la política cultural -sólo conseguir que las instituciones no se contraprogramen y repartan sus propuestas a lo largo de todo el año para contribuir a desestacionalizar ya sería todo un éxito- pero lo que luce es el dinero. Con talonario se puede llenar teatros y estadios, programar festivales con impacto mundial y salir en las críticas más elitistas de la prensa cultural.

El Año Lorca no es suficiente. Para un accidentado mandato tal vez sí pero no para justificar la Granada cultural que vendemos como “emblema de ciudad”, como “seña de identidad” y como “palanca de desarrollo”. En ese retrato, en el horizonte del Festival de Música y Danza que firmará Heras Casado, con el aniversario del Concurso de Cante Jondo del 22, en plena carrera por la Capitalidad Europea, la OCG es uno de sus baluartes. Podemos dejarla morir -precipitar su caída a “orquesta de provincia”-, podemos parchear el problema pegando una patada a la deuda para los próximos diez años o nos lo podemos creer y buscar una solución.

Coinciden los músicos y el director, el italiano Andrea Marcon, en que la salida debe ser un acuerdo como el aprobado en Sevilla hace dos años para evitar la disolución de la Real Orquesta Sinfónica (ROSS): liquidar la deuda y poner el contador a cero. Desde el Ayuntamiento y desde la Consejería de Cultura hay sintonía -lo han asegurado públicamente esta misma semana- y “buena voluntad” para afrontar el desafío. ¿Pero habrá dinero para plasmarlo en el Consejo Rector que se celebrará a primeros de febrero?

En Sevilla no fue fácil. Los músicos llegaron a ir a la huelga y se tuvo que implicar toda la ciudad para presionar. La situación de la OCG es de quiebra técnica con una deuda cercana a los 1,2 millones que -no lo olvidemos- se ha originado por los recortes de las propias instituciones: 800.000 euros de ajuste (más del 40%) en la última década. A la plantilla se le redujo el salario y se le ha quitado una paga extra durante cuatro años seguidos. Si de verdad estamos en una fase de normalización económica -ahí está el ejemplo de la restitución de derechos en sanidad y educación-, la apuesta cultural no debería quedar relegada.

No será fácil en una ciudad al borde la intervención en la que el deporte de la oposición es tumbar cualquier iniciativa del equipo de gobierno. No será fácil en un país en el que cuatro de cada diez ciudadanos confiesan que no tienen el más mínimo interés por la cultura; que prefieren irse de fiesta antes que al teatro, a un concierto o a un museo. Y tampoco en un contexto fiscal y de políticas públicas de ninguneo a la cultura con una prometida ley de mecenazgo que nunca llega y con un IVA que sigue castigando el consumo cultural.

Ya sabemos que Montoro no está para rebajas pero al menos el debate debería volver a situarse en el foco público: en Francia más del 60% de los patrocinios son de pequeñas y medianas empresas. En Granada, y la situación es extrapolable, hay lo que hay, con las obras sociales de las cajas desaparecidas y con un puñado de empresas que llevan sobre sus espaldas la dinamización cultural sin apenas incentivos y cubriendo los amplios espacios que van dejando las instituciones públicas.

Estamos, sin embargo, en un contexto que podría animar al optimismo para la OCG: el precedente de Sevilla -allí sí se pudo y, aquí, la implicación de la (actual) Diputación debería ayudar- y el escenario electoral. La Granada de la Capitalidad Cultural necesita a su orquesta y la Junta necesita pacificar de cara a las próximas autonómicas -se adelanten o no- sin desatar otra tormenta como la sanitaria.

La experiencia podría ser clave, además, como fórmula para ensayar en otros proyectos culturales pendientes y, sobre todo, para dar contenido a la Capitalidad Cultural con propuestas que vayan más allá de la fiebre por la titulitis y de las celebraciones efímeras como ocurrió con el Milenio o la Universiada. Lleva razón Isidro Toro cuando se indigna por el nuevo “parche” que significará la reforma del Arqueológico y con la urgencia de contar con una política cultural con visión y con ambición: “No hay derecho a que las colecciones que tienen la Diputación, la UGR y el Ayuntamiento no estén al alcance de la ciudadanía”.

“Altura de miras”. El propio consejero lo pidió esta semana para el Centro Lorca con el acuerdo para la llegada del legado del poeta. Sí, pero no sólo para Lorca; no sólo para la Alhambra. Y, aunque no sean momentos tan históricos ni tan fotogénicos, con la responsabilidad de empezar tapando las muchas goteras que atenazan la Granada cultural.

Cárcel para Juana Rivas

Magdalena Trillo | 16 de enero de 2018 a las 10:00

La realidad paralela en que se ha instalado Puigdemont no es ninguna excentricidad del independentismo catalán; es una enfermedad compartida y contagiosa. Podemos hablar de la endogamia de las castas, de la intransigencia del sectarismo, de la supremacía del nacionalismo y, por supuesto, de la ceguera en que vivimos todos dentro de nuestras particulares burbujas de confort. Son múltiples variantes de un mismo virus -la convicción de sentirnos más y mejores- y el resultado es siempre el mismo: la distorsión.

La imagen de este verano de Juana Rivas alzando los brazos a la salida de los juzgados se convirtió en un símbolo. Había hecho justicia por su cuenta y había ganado. Su causa era noble -proteger a sus dos hijos pequeños de un “padre maltratador”- y la de las plataformas que se movilizaron en su apoyo también: poner el foco en la situación de vulnerabilidad de los menores y abrir el debate sobre el régimen de custodia compartida en los casos de violencia de género.

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La madre de Maracena se escondió con sus hijos, se negó a cumplir las resoluciones judiciales y hasta mantuvo en vilo a la Guardia Civil. Aquel 21 de agosto quedó en libertad provisional; igual que su victoria. Ahora tiene que enfrentarse al juicio oral y a durísima petición de cárcel que acaba de formalizar la Fiscalía: 5 años de prisión por un delito de sustracción de menores y 6 de inhabilitación para ejercer la patria potestad.

Los pulsos a la Justicia se pagan. Sus ritmos son otros, pero cuando llega es implacable. Y no es necesario tirar de hemeroteca para recordar a Pedro Pacheco; mucho más cercano tenemos el caso de Junqueras y los Jordis en prisión -ni siquiera han logrado salir de la cárcel para tomar posesión mañana de sus actas como diputados-, al virtual president catalán haciendo de forajido en Bruselas -cuando se produzca la detención nada tendrá de telemática- y, desde ayer mismo con la esperada sentencia por el saqueo del Palau, a Fèlix Millet contando barrotes y a un decadente Artur Mas absorbido por la endiablada dinámica del procés.

Más grave que la tentación natural de pensar que llevamos la razón es que nos la den. No entro en el creciente poder judicial -Joan Margarit nos advertía esta semana en una entrevista que en España “están empezando a mandar los jueces, más peligrosos que los dictadores”- ni en las circunstancias concretas de cada causa. Me detengo en el trasfondo tóxico que las alimenta. Escurridizo e invisible pero con consecuencias tan reales como la prisión.

La vía Montoro del 155

Magdalena Trillo | 14 de enero de 2018 a las 12:19

El sentido común y la política pocas veces discurren en sintonía. No voy a defender que un fugado de la justicia gobierne Cataluña desde Bruselas, pero sorprende escuchar la vehemencia con que se pronuncian desde Madrid quienes, de facto, ya están gobernando en la Generalitat y quienes lo harían -si pudieran- en las comunidades autónomas hostiles que no dejan de exigir la revisión del modelo de financiación, en los cientos de municipios y diputaciones (incluidos del PP) que se rebelan porque tienen superávit y no pueden invertir -el Gobierno antepone la suicida regla de gasto- y en esos 660 ayuntamientos que se empeñan en incumplir los ajustes de Hacienda.

Aunque, siendo honestos, decir que se gobierna es una exageración. Respiración asistida y un decadente reloj de arena donde ya se ha instalado el deadline electoral. Me refiero, por supuesto, a la segunda vuelta que desde el 21-D planea sobre Cataluña -la quiebra del bloque independentista y la inesperada reconversión de los artífices de la vía unilateral no parece dejar más salida al radicalismo separatista que volver a desafiar la legalidad- pero también a la incertidumbre a nivel nacional con un PP incapaz de gestionar cualquier circunstancia que se salga de la inercia -lo del temporal vía skype desde Sevilla nada tiene que envidiar a la vía plasma desde Bruselas- y, sobre todo, el escenario autonómico que en comunidades como Andalucía se sitúa ya en marzo del próximo año -si no se adelantan a otoño- y el tablero local con las municipales de mayo.

El informe de los servicios jurídicos del Gobierno, apoyado en fundamentos de la ley del Sector Público, del Estatut y del propio Parlament, no sólo sostienen la ilegalidad de la vía telemática y por delegación para la investidura de Puigdemont sino que también cuestionan que se pueda gobernar desde el extranjero. Todo muy claro y atado pero sólo hasta que se diga lo contrario con los artículos precisos de los reglamentos oportunos y acabemos, de nuevo, ante el Constitucional.

La bondad de esta vía, la que llevó a la aplicación del 155, ya la conocemos; tenemos sin embargo todo un terreno por explorar vía Montoro. La de la puerta de atrás. La economía se impone, de nuevo, y sin discrepancias de interpretación. La carta remitida esta semana a los ayuntamientos incumplidores es demoledora: el Ministerio se ha dirigido a 660 alcaldes para pedirles explicaciones. Se habían comprometido a hacer recortes, subir el IBI o eliminar bonificaciones y no lo han hecho. Era la contrapartida de la zanahoria de los fondos de liquidez que el Ejecutivo lleva aprobando desde 2012 -el año más negro de la crisis- dando patadas a la bola de la ruina municipal.

Cuatro folios con una cadencia de amenazas en alarmante crescendo: adiós a las líneas rojas de los servicios básicos y los despidos. Incluso se apunta las medidas más drásticas y coercitivas de la Ley de Estabilidad: la disolución de la corporación. Más ingresos o menos gastos; no hay margen. Y no son sólo palabras: en paralelo, también han remitido una carta a los interventores recordándoles que su “obligación” es exigir el cumplimiento de los objetivos presupuestarios y las normas de morosidad. Que sean “proactivos”.

Granada, una vez más, está en la lista negra. Es la herencia del PP pero es también la situación de “esquizofrenia política” que se ha instalado en la Plaza del Carmen. Es difícil encontrar una forma más lúcida de expresarlo: la operación Nazarí desencadenó el desalojo del equipo de Torres Hurtado y sentó al PP en la oposición con la mitad del grupo pendiente de los tribunales y otra mitad pendiente de qué hay de lo mío; los socialistas se encontraron con el bastón de mando en una de las etapas más ingratas, complejas y de bloqueo que ha podido vivir el Ayuntamiento de la capital; en Vamos Granada no son capaces ni de votar en pleno con un mismo criterio; Puentedura salva los muebles de IU como puede; y en Ciudadanos se unen a la ola de euforia de las encuestas sin mayor responsabilidad que la escuela gallega de dejar el tiempo pasar.

Hasta he llegado a pensar que no sería ninguna tragedia que (des)gobierne Montoro con su particular vía 155.

El cortijo de la Alhambra

Magdalena Trillo | 9 de enero de 2018 a las 10:00

El escándalo saltó en la Navidad de 2005. Mar Villafranca no llevaba ni un año al frente de la Alhambra cuando tuvo que hacer frente a un legado envenenado: la Policía Autonómica detenía a dos personas por una “trama fraudulenta” en la venta de entradas y el control de accesos. El sumario terminó engrosando 90.000 folios, se llegó a imputar a más de 70 personas entre funcionarios, guías turísticos y empresas del sector, y se puso en cuestión la etapa final de quien durante dos décadas había ejercido de sultán de la Alhambra.

Los nueve años de instrucción del juez Miguel Ángel del Arco fueron tan polémicos como las irregularidades que se investigaban por lo mucho que se dilató (algunos implicados hasta fallecieron) y por la munición que supuso para la batalla política: el PP lleva toda la etapa autonómica denunciando que el PSOE maneja la Alhambra como su “cortijo”, se cuestiona el uso que la Junta realiza del dinero que se recauda (el “se lo lleva Sevilla” es un clásico electoral) y, en la trastienda, son insistentes las sospechas sobre el desvío de fondos para financiar el partido.

Todo en la Alhambra se vive en exceso. Y con misterio. Lo expresaba hace unos días el propio presidente del TSJA reconociendo que “un año excede el plazo razonable para dictar sentencia” y se ratificó ayer cuando, de repente, volvió a quedar sin fecha el anunciado pronunciamiento de la Sección Segunda de la Audiencia.

Antes y después del caso Alhambra, los delirios de grandeza y las “inercias de los siglos” han marcado buena parte de la historia del monumento. Ya en 1985 una auditoría sacó a la luz el absoluto descontrol en la gestión. Revilla se estrenó de “comisario” sólo unos días después de que el delegado de Cultura descubriera en un cajón 20 millones de pesetas. Se hablaba de un sistema de funcionamiento “medieval”, con contratos a dedo, sobresueldos y prebendas. No había contabilidad oficial, pero sí una cuenta oculta en el Banco de Granada…

Hace dos veranos, Villafranca se vio obligada a abandonar su puesto de sultana. El proyecto para construir un gran Atrio desató una inaudita polémica que empañó su gestión y acabó siendo víctima de otro escándalo judicial: las irregularidades detectadas en el servicio de audioguías -otra causa que aún sigue en instrucción-. Reynaldo Fernández, el actual director, se resiste de momento a heredar el puesto de sultán en la Colina Roja. Perfil bajo y pragmatismo. Tal vez sea su mayor acierto si consigue mantenerse al margen del culebrón judicial.

El “hervidero feminazi” de Granada

Magdalena Trillo | 7 de enero de 2018 a las 11:27

Manuel Lebrón fue condenado en 2016 a dos años y diez meses por maltratar y someter a “continuas” vejaciones a su esposa en presencia de sus hijos. Hasta esta semana no ha entrado en prisión. Pisa la cárcel después de echarle un pulso a la Justicia; después de secuestrar a los menores y parapetarse detrás de ellos cuando la Policía Nacional lo detuvo en la casa de su actual pareja; después de acuchillar a tres de los agentes durante el arresto.

En este año de impasse ha tenido tiempo de engordar su expediente delictivo -ha sido detenido en dos ocasiones tras enfrentarse a sus compañeros de la Nacional y provocar altercados con sus vecinos de Alcalá de Guadaíra-, ha terminado expulsado del Cuerpo y hasta se le ha prohibido entrar al pueblo. En redes sociales, ha publicado informaciones falsas sobre el paradero de los pequeños y ha llegado a mostrar la foto de dos cadáveres en Mairena junto a la llamada de SOS Desaparecidos alertando del secuestro. Mientras, ha ejercido de padre… Al menos ha mantenido la tutela de los menores.

Sonia Barea ha podido seguir su vida huyendo. Trasladó su residencia a un piso de acogida de Granada -un “hervidero de feminazis libertinas” en palabras del expolicía- y no ha dejado de insistir en la necesidad de revocar la custodia compartida. Se produce ahora. La juez le ha enviado a prisión por un delito de atentado a la autoridad y, en un segundo auto, le prohíbe comunicarse y acercarse a sus hijos a menos de 300 metros al tiempo que suspende la patria potestad.

Manuel Lebrón se ha ido retratando en Facebook con mucha más sinceridad que lo hace ahora ante la magistrada: “No reconozco las tartufas leyes de la ideología de género, ni tampoco sus ridículos tribunales, más parecidos a los circos romanos deseosos de sangre humana”. Lo paradójico es que son precisamente las leyes contra el machismo las que -hasta ahora- lo habían protegido como padre preservando sus derechos en la custodia compartida.

Confesaba la madre que llegó a temer por la vida de sus hijos. No es ninguna casualidad que el Gobierno haya decidido priorizar las medidas de protección y asistencia a los menores en el Pacto de Estado que empieza a aplicarse este año. Siguen siendo las víctimas más invisibles y silenciosas de la violencia de género. El registro sobre los niños huérfanos por asesinatos machistas, de quienes tienen que vivir con la doble tragedia de perder a su madre y ver a su padre en prisión, apunta a medio millar en algo más de una década. Sólo hay datos desde 2013.

Veintitrés menores también han sido víctimas mortales en este tiempo. Uno de los casos que más convulsión causó en la sociedad española ocurrió en el verano de 2015 en un pueblo de Pontevedra cuando un padre mató a sus dos hijas de 4 y 9 años con una sierra radial. Una venganza contra su exmujer.

El caso de los niños desaparecidos en Granada, con un padre condenado por maltrato que mantiene la patria potestad, no es aislado. La justicia sigue otorgando regímenes de visitas, más o menos amplios, a condenados por violencia machista incluso en casos de inminente entrada en la cárcel. Una de las primeras medidas que pondrá en marcha del Pacto de Estado es la suspensión “con carácter imperativo” del régimen de visitas “en todos los casos en los que el menor hubiera presenciado, sufrido o convivido con manifestaciones de violencia”.

Hablamos de la teoría; la práctica pasa de nuevo por la interpretación judicial y por un debate mucho más profundo: ¿puede ser buen padre un maltratador? No hay respuestas tajantes. Necesitamos poner el foco en los menores, fijar un protocolo garantista y atender la singularidad de cada caso anteponiendo la seguridad y la protección de los hijos a los derechos del progenitor. Con nombres y apellidos.

Aunque no se debe legislar con el ardor de la indignación sobre la mesa, son los casos concretos los que despiertan las conciencias, los que crean los movimientos que al final nos hacen avanzar como sociedad y los que hacen saltar las alarmas sobre las grietas del sistema. De eso sabe bien el movimiento feminista. Ese que tanto inquieta a tipos como Lebrón.

Gruñones

Magdalena Trillo | 2 de enero de 2018 a las 10:00

La culpa, otra vez, la tiene Youtube. La muñeca más buscada de estas Navidades es LOL Surprise. No mide más de 5 centímetros. Cabeza enorme y ojazos al estilo Keane. El pelo, de color chillón. Se coleccionan. Cuestan entre 16 y 100 euros. Están escondidas en una bola asalmonada con purpurina. Después de bajar siete niveles de enigmáticas esferas, ahí está ella. El premio final tras superar mensajes secretos, pelucas, zapatos, accesorios y una botella de agua con poderes mágicos.

LOL Surprise

El producto estrella de MGA Entertainment es la antítesis de la palabra estrella del año: aporofobia. Siguiendo la estela de escrache, refugiado y populismo, el término acuñado por la filósofa Adela Cortina ha sido el elegido por la Fundación del Español Urgente para representarnos en 2017.

Todos constituyen, en realidad, una continuidad de un mismo sentimiento de rechazo al otro que se va adaptando a cada contexto como un camaleón. Porque no nos repelen los famosos ni los ricos; porque, cuando hablamos de xenofobia y de racismo, lo hacemos pensando en los de abajo. En los pobres.

Los dos extremos patológicos, el de la fiebre consumista y el de la aversión a quien nada tiene, no hacen sino abrazar un trastorno en auge: la fobia a la Navidad. Todos conoceremos los síntomas: ansiedad, melancolía, desórdenes alimentarios, compras compulsivas…

La consultora Coaching Club le ha puesto cifra: dos de cada cinco españoles “se dormirían el 24 de diciembre y no despertarían hasta el 2 de enero”. Lo nuevo es el nombre: necesitamos las palabras para visibilizar los fenómenos. Para comprender su alcance. De la hiperactividad a la apatía. De los atracones a la culpabilidad.

Tuvo sentido en su día: aprovechar el solsticio para engordar un poco y afrontar los negros meses de invierno. Hoy suena a frivolidad. Nos gusta quejarnos y embutirnos en el popular personaje de pitufo gruñón. Pero el trastorno es otro: es egoísmo y es ingratitud. Lavamos nuestras conciencias con impostada solidaridad para luego deleitarnos en nuestro sufrido estado de exceso insoportable.

No es ninguna casualidad que el libro de un sacerdote se haya convertido este año en uno de los fenómenos editoriales más inesperados: Biografía del silencio. Lo firma Pablo d’Ors, nieto del conocido pensador, y nos propone un recorrido de meditación interior en una dirección completamente contraria a los tiempos de exhibicionismo e hiperconexión de hoy. Se me ocurre transformar los gruñones navideños en gruñones en silencio; un alivio colectivo para dar la bienvenida al nuevo año.

La serpiente navideña de Lecrín

Magdalena Trillo | 31 de diciembre de 2017 a las 10:20

Admitimos buenismopostureo, aporofobia, mariposear posverdad. Modificamos el significado de términos como machismo para subrayar la connotación discriminatoria y mantenemos conceptos como sexo débil porque “no se puede hacer un diccionario políticamente correcto” si no queremos cargarnos el idioma.

Siempre he pensado que son los académicos de la Lengua quienes mejor diseccionan lo que ocurre en la trastienda social. Las 3.345 novedades que la RAE ha introducido en el diccionario terminan conformando un poliédrico retrato que compensa su parcialidad con la carga sugestiva con que ilustra tanto las modas y tendencias del año como los miedos, fobias y preocupaciones que nos han ido meciendo en estos doce convulsos meses que ahora despedimos.

Al final es el lenguaje, las palabras, lo que nos dan la medida de las cosas. La polémica de esta semana en Lecrín es un producto de nuestra sociedad hipócrita y de sobreactuación que justamente se explica porque ya encontramos en el diccionario palabras como buenismo y postureo. No debería extrañarnos que los vecinos estén molestos con la utilización política y el revuelo mediático que han despertado sus fiestas.

La inocentada se ha convertido en una serpiente navideña. Demasiadas noticias blandas, demasiada sequía informativa, para no aprovechar las explosivas declaraciones del confiado alcalde… Porque, por mucho que se hayan sacado de contexto, dijo lo que dijo: que se podría pujar por bailar con mujeres. ¿Fue un ejemplo desafortunado? ¿Un malentendido?

Bien. Aclaremos que formaba parte de una subasta solidaria -la idea en esta ocasión era recaudar fondos con los que rehabilitar la iglesia de la pedanía de Chite- en la que se rifaría “cualquier cosa”: hombres y mujeres; por cortarse la trenza o por quitarse la barba; por una cesta con bebidas, jamón, chorizos y productos de la tierra… Pero seamos consecuentes y no falseemos la realidad: se iba resucitar esa antigua fiesta en la que los hombres “perseguían a las mozuelas para llevarlas a bailar previo pago a los alguaciles y al alcalde…” ¿Esta es la tragedia?

Cuando hace unos años Eva Longoria y Antonio Banderas apadrinaron una de las galas benéficas del Starlite de Marbella y se subastaron en público por un baile todo el mundo lo aplaudió; era divertido y hasta ejemplar. Lecrín lo ha tenido todo en contra: la inexperiencia de un alcalde de pueblo sin glamour, la noticia coincidía con una de las semanas más trágicas de agresiones y asesinatos machistas y, a nivel local, todos los partidos se han lanzado a la yugular construyendo su particular relato de posverdad con denuncias de patrocinios (inexistentes) y recurrentes peticiones de dimisión.

Han exagerado los políticos, se ha incendiado el escándalo en las redes sociales y hemos exagerado todos desde un impostado moralismo. Pero es cierto que España no está para inocentadas. No lo está si intentamos explicar qué estamos haciendo como sociedad para que un joven decida coger el coche en plena Navidad y estrellarlo contra una gasolinera para matar a su novia; cuando degolla a su pareja en Nochebuena, la mete en un saco y la abandona en una escombrera; cuando la acuchilla hasta dejarla sin vida delante de sus tres hijos.

Pactos de Estado, recursos, formación, sensibilización… para al final comprender que todo empieza desde abajo. En lo más insignificante. En lo más invisible. Con lo que aprendemos en el colegio y en el barrio, con lo que vemos en nuestras casas. El terrorismo machista no surge de la noche a la mañana; lo alimentamos gota a gota desde el micromachismo. Con comportamientos y actitudes aparentemente inofensivas. La hija de Ana Orantes le confesaba a su madre en una carta abierta con motivo del veinte aniversario de su asesinato que “le encantaría decirle que todo ha cambiado en España”, pero que “no es así”.

No lo es. Y por eso Lecrín hace bien en suspender la puja del baile. Porque en lugar de avanzar estamos retrocediendo. Porque vivimos en una sociedad enferma que ni siquiera puede permitirse el lujo de divertirse con inocentadas…

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Los moderados de la CUP

Magdalena Trillo | 26 de diciembre de 2017 a las 10:00

Los radicales de la CUP no son el problema, son el síntoma. El voto oculto en las elecciones del 21-D (también) era independentista y (también) ha sido el factor clave que ha frustrado las expectativas de los constitucionalistas, ha tumbado la ilusión de cambio de las últimas encuestas y ha situado el conflicto catalán (casi) en el punto de partida.

La CUP se ha desplomado pero sus 4 diputados siguen teniendo rehenes a los partidos independentistas para la formación del nuevo Govern -con el regreso épico del expresident a la Generalitat con escala previa en prisión- y para construir esa idílica República que, desde “la única vía posible, la unilateralidad”, sitúe a Cataluña dónde debe: como la Noruega del sur.

No voy a entrar ni en los futuribles del pactismo que nos amenizarán las Navidades ni en los complejos análisis de relatos y estrategias que siguen empeñados en encontrar un porqué desde las viejas fórmulas de la vieja política. Me quedo en el descaro de lo obvio: es una simple cuestión de tiempo y de edad. Pura demografía. Cada anciano que muera y cada joven que se estrene a votar será decisivo para romper los bloques e inclinar la balanza al independentismo.

Me aseguraba esta semana un militar del Madoc que estuvo destinado en los 90 en Cataluña que el desapego y el extremismo es mucho mayor de lo que pensamos: “Tengo amigos que me confiesan que los de la CUP son moderados comparados con sus hijos”. Y hace 20 años que ya se “asustaba” con los contenidos que le daban a su hija en el colegio.

La “radiografía del odio” con que Morgado Bernal diseccionaba hace unos días en prensa el momento de extremismos y radicalidad de la Cataluña advertía justamente de cómo “el adoctrinamiento ideológico responde a odios ancestrales que interesa perpetuar y a ambiciones de poder”, cómo la demonización constante del adversario acaba legitimando el rechazo y cómo llega un punto en que, una vez inoculado el virus del desprecio y la rabia, se escapa del control de los propios líderes. Incendiarios que pasan a ser esclavos de una causa que ya no podrán contradecir sin convertirse en traidores. ¿Recuerdan las últimas horas de Puigdemont antes de que Rajoy aplicara el 155 y convocara elecciones?

El último Observatorio de la Juventud alerta del éxodo hacia posturas radicales que se está produciendo en las nuevas generaciones. Justo esas que van creciendo y van teniendo derecho a votar…

El legado de Lorca, quince años después

Magdalena Trillo | 24 de diciembre de 2017 a las 10:00

Granada Hoy nació un 14 de septiembre de 2003: con Ramón Ramos al frente, Grupo Joly avanzaba en su proyecto de expansión y vertebración regional con la puesta en marcha de una cabecera que se sumara a la oferta monocolor de la provincia. Sólo unos meses antes, José Torres Hurtado irrumpía en la Plaza del Carmen con una abrumadora mayoría absoluta que cerró el cuestionado gobierno tripartito del socialista José Moratalla y terminó poniendo los cimientos para más de una década de mandato de los populares.

En 2018, cuando Granada Hoy celebre su quince aniversario, podremos ser testigos del final de una de las noticias de más impacto que publicamos en aquellos primeros meses de ilusionante andadura. Miércoles 26 de noviembre: “Un gran consorcio traerá el legado de Lorca a Granada”. No fue fácil poner este titular. Ni convencer en la reunión de primera de que aquel era, sin duda, el tema del día.

Menos aún teniendo en cuenta el horizonte de sombras con que tuve que arrancar la información: “No hay fechas ni presupuestos comprometidos. Pero sí la voluntad política y el acuerdo unánime de todos los patronos de la Fundación García Lorca para trasladar el legado del poeta a Granada y construir un gran centro cultural en la Plaza de La Romanilla que se convierta en un referente de la ciudad”.

Había que creer; una cuestión de fe. Torres Hurtado no era el primer alcalde que ya en la España democrática, desde los años de Antonio Jara, había intentado la reconciliación. Y siempre sin éxito. Hace catorce años llegó el “acuerdo histórico” con los mismos intangibles que ahora: una parte de pragmatismo y de acierto y mucho de mano izquierda. No había pesadas mochilas detrás. Se negociaba desde cero, con posturas constructivas y en un clima de confianza.

Las zancadillas y las miradas de reojo llegarían después. Con la crisis, con los numerosos problemas que se cruzaron en la construcción del centro -desde el lío de la churrería colindante hasta el sobrecoste final- y, sobre todo, con el inesperado fraude que ha terminado sumándose a la cadena de despropósitos del proyecto lorquiano.

Si Torres Hurtado no hubiera caído arrastrado por un escándalo mucho mayor, la apisonadora del caso Nazarí, probablemente hoy estaríamos metidos en un duro proceso judicial para reclamar el legado. La relación entre Laura García-Lorca y el exconcejal de Cultura terminó saltando por los aires y se volaron todos los puentes entre el Ayuntamiento y la Fundación.

Si dejamos de lado hasta qué punto las instituciones habrán tenido que admitir “pulpo como animal de compañía” -se irá viendo cuando salga a la luz la letra pequeña del acuerdo-, hoy estamos ante en el mismo escenario de inflexión que se produjo en 2003: se ha puesto fecha a la llegada del legado porque así lo han hecho posible quienes hoy están al frente del Ayuntamiento, de la Junta y de la Diputación. Hablo del partido y de las personas.

La historia se repite justo al revés: el PP de José María Aznar sorprendió en su día con la inesperada foto en Moncloa que activaba el calendario para la llegada del legado y ahora son los socialistas quienes han sido capaces de tomar el relevo enterrando dos años de bloqueo y de duro conflicto con la familia del poeta. Salvo contratiempos mayúsculos, como la recurrente moción de censura con que amenaza el PP -la decisión de este viernes de tumbar las ordenanzas fiscales es un aviso-, será el actual alcalde quien gestione y rentabilice las fotos históricas que se sucederán a lo largo de los próximos meses. Así es la vida; así es la política. Es doloroso llegar (lo sabe Cuenca) pero más lo es el vacío de la ausencia (lo sabe García Montero).

A la espera de ver cómo se resuelve el desfalco del exsecretario Juan Tomás Martín, la Fundación Lorca podrá empezar a empaquetar el archivo en la Residencia de Estudiantes de Madrid y a quitar las telarañas en la cámara acorazada del Centro de la Romanilla. El final no está escrito pero sí decidido y, echando la vista atrás, creo que es justo reconocer que es mucho; muchísimo.

Turismo de copy-pega

Magdalena Trillo | 19 de diciembre de 2017 a las 10:00

Viajar más. Más lejos, más barato, más fácil, más rápido, más exótico. La historia de la especie humana es un continuum de evolución pero también de movimiento. Siempre hemos estado viajando, adaptándonos, atrapados por la curiosidad y descubriendo sitios nuevos. Somos el homo videns por imperativo de la galaxia digital pero también el homo mobilis. Desde Otzal, el hombre de hielo que fue descubierto en los Alpes ya llevaba un hacha de cobre de la lejana Toscana, hasta los millones de personas que cada minuto nos subimos y bajamos de un avión para hacer turismo a contrarreloj. Como borregos.

Pero lo masivo es incompatible con lo excepcional. Del mismo modo que el arte pierde el valor de único cuando lo sometemos a las dinámicas de la reproductibilidad, el low-cost democratiza el ocio pero hundiéndolo en el terreno de lo mediocre y llevándonos al colapso y a la saturación. ¿Una escapada en Navidad? Destinos maltratados y desnaturalizados y barrios despoblados convertidos en escenarios de cartón piedra. ¡Las mismas caras en los mismos sitios!

Los efectos de la fiebre viajera -mis padres están moviéndose más de jubilados que en toda su vida- tal vez puedan tratarse pero no curarse. ¿Nos encerramos en casa para no sufrir el estrés del turista? ¿Ponemos muros en nuestras ciudades para protegernos del foráneo? El escenario se complica si pensamos que el “viajar más” tiene una segunda parte -el dónde- que se está traduciendo en una creciente disputa entre los destinos para conquistar y exprimir al turista. ¿Queda ya algún recóndito rincón que no esté inventando cómo subirse al carro del turismo?

Todo es posible copiando y a golpe de talonario. En lugar de potenciar los valores propios, de recuperar lo autóctono, competimos plagiando. El virus del copy-pega aplicado a nuestras ciudades. ¿Nos gusta el Louvre? Nos construimos uno. ¿Preferimos el Pompidou? Ponemos una franquicia…

Málaga, por ejemplo, ha acertado (en unos casos más que en otros) con su política museística de alianzas y Bilbao se ha logrado reinventar con el Guggenheim pero naufraga estrepitosamente con el contenido… Copiar también es un arte. Hay que saber qué se copia y cómo se copia. Lo sabía Mark Landis, el mayor falsificador de la historia, y lo saben en Abu Dhabi cuando son capaces de abrir una nueva era en Oriente Medio levantando de la nada una ciudad museo con el marchamo de Nouvel. Es dinero, sí, pero también criterio y estrategia. Nos movemos en masa, sí, pero también exigimos más.