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Política ‘on the rocks’

Magdalena Trillo | 3 de julio de 2016 a las 10:32

La política es como el alcohol. Primero te seduce, luego te engancha y, en función del punto de saturación, puede acabar sumiéndote en la más inconsciente complacencia o expulsándote con efecto rebote. Todo depende del qué y del cómo. Son los extremos. En la franja intermedia está el coqueteo. Las burbujas.

No es una metáfora ligera. Que el cava se sirva ahora en una gran copa de balón con mucho hielo no es sólo una moda; tiene que ver con estos nuevos tiempos de inquietud y de experimentación en que vuelve todo lo viejo pero reinventado. Es un momento de sensaciones y de tendencias. De provocación. No hay espacio para los sacrilegios y sí para la novedad compitiendo con el esnobismo, eso que ahora llamamos postureo.

Los productores están obsesionados con identificar los gustos y preferencias del consumidor, adelantarse para acaparar el mercado e, incluso, ser capaces de crear la demanda. El vino, la cerveza y hasta el cava han entrado en un terreno mutante. Cerveza de garnacha negra, champán transmutado en gin-tonic, los sherry wines que regresan a lo vintage y hasta desempolvamos el ritual del vermut para las comidas familiares del fin de semana.

Si a este escenario cambiante y de confusión unimos el adictivo mundo de la coctelería y recalcamos que un factor clave de los nuevos tiempos es la drinkability -todo fácil de beber-, llegamos sin mucha dificultad a la actualidad política: el desconcierto de los partidos con nuestros gustos electorales, los somelliers rompiéndose la cabeza para encontrar el combinado perfecto -al menos el menos malo- y el populismo de lo fácil amenazando con tumbar todo el sistema.

Casi lo único poco interpretable de la resaca del 26-J es que fallaron las encuestas. Otra vez. En Podemos se arrepienten ahora de no haber realizado sondeos propios que pudieran haber atisbado la ilusión del sorpasso para evitar subirse a una ola ficticia de ganadores en un mercado en el que los clásicos siguen aguantando el envite de los emergentes. No hay autocrítica y, puestos a insistir en los errores, no se les ocurre otra cosa que ¡hacer otra encuesta! para saber por qué más de un millón de españoles le han dado la espalda y no ha funcionado su matrimonio de conveniencia con IU.

En las filas socialistas han sido prudentes esta vez evitando calificar de “histórica” su resistencia. Sin embargo, muy en la línea de las divisiones, bandos y guerras internas que el PSOE lleva en su ADN, los movimientos para “reconstruir” el partido han saltado de la escala nacional a la local con la mirada puesta en los congresos que se irán celebrando a la vuelta del verano en cuanto se despeje el puzle del Gobierno -si eso ocurre-.

En Granada, desde luego, no se prevé un cónclave tranquilo. Aunque Teresa Jiménez ha pedido que no se “mezclen” debates, muy en la línea de Susana Díaz cuando advierte que es Pedro Sánchez quien ha perdido en Andalucía (que ella no se presentaba), la realidad es que el PP ha salido fortalecido. En la provincia y en Andalucía. Las elecciones no serán extrapolables a efectos reales de poder pero sí condicionan la vida interna en los partidos. Y el liderazgo o debilitamiento de los equipos. En la capital, por ejemplo, la primera lectura era inevitable: ¿se hundiría el PP por el caso Nazarí? La respuesta era previsible (y sin necesidad de recurrir a las sobrevaloradas encuestas): el coste electoral de la corrupción en España sigue siendo contundente. Ninguno.

Hemos transitado del 20-D al 26-J saturados de política y de sondeos para terminar (casi) igual. Más que mirar a la frutería de Andorra, tal vez lo que nos falte por hacer es una encuesta de las encuestas. Hasta qué punto el clima de opinión que se va dibujando con muestras mínimas, con voto oculto, con medias verdades (o mentiras) y, por supuesto, con respuestas interesadas (¿quién no ha dicho alguna vez que ve los documentales de La 2?) termina condicionando el voto. Está la propia campaña al despiste de los partidos, están los programas electorales de evidente inviabilidad y están los cabezas de cartel que son en sí mismos una contradicción… Pero están sobre todo las expectativas sobre la utilidad final de nuestro voto. ¿Lleva razón Pablo Iglesias? ¡La culpa es de las encuestas! ¿Llevaba razón Susana Díaz? ¡Nos han emborrachado de encuestas!

131-161-199-253

Magdalena Trillo | 3 de abril de 2016 a las 20:40

Ya hemos llegado al momento Aritmética. A falta de explorar innovadoras combinaciones de la calculadora de pactos, uno de los cuatro números con que encabezo este artículo debería abrir la caja fuerte del próximo gobierno. El 131 es la alianza PSOE-Ciudadanos (con el respaldo del olvidado diputado de Coalición Canaria) que el Congreso tumbó el pasado 2 y 4 de marzo con una contundencia que parecía vislumbrar una inevitable cuenta atrás para la repetición de elecciones del 26 de junio.

Hoy, la barrera de los 100 días de no-gobierno en España nos dice justo lo contrario. Han cambiado las formas, está por ver hasta qué punto el fondo y empiezan a soplar nuevos vientos en el clima político electoral: el vaticinio de la derecha cobra fuerza y pocos cuestionan ya que, si la izquierda tiene una mínima opción de gobernar, lo hará.

Como la primera opción se ha recorrido ya sin éxito y la última, la del acuerdo PP-PSOE-C’s (253 diputados), se dio por muerta en los primeros minutos del juego, son los dos escenarios intermedios los que dan pie a la exploración política: el gobierno “a la valenciana” (161 escaños) que ha defendido esta semana Pablo Iglesias con su melodramático paso atrás y su catálogo de renuncias (la ‘artística’ de renunciar a una vicepresidencia que nunca tuvo y la táctica de moderar su programa económico por el “interés de España” y su “responsabilidad de Estado” en lo referente al déficit, el gasto público, la fiscalidad y hasta la reforma laboral) y el gobierno del “mestizaje” que se mantiene en la hoja de ruta de los socialistas (199 escaños) con el insistente intento del superviviente líder del PSOE de negociar a derecha y a izquierda y conseguir un ejecutivo transversal con ministros morados y naranjas.

Estas dos complejas fórmulas para el gobierno “reformista” y “de cambio” que ahora se están tanteando dependen tanto de la acción como de la omisión. La realidad es que tan clave resultan las negociaciones para llegar a acuerdos de gobierno tomando como punto de partida (o no) el pacto de 200 puntos que Pedro Sánchez y Albert Rivera suscribieron hace dos semanas como la presión que los propios partidos, los medios de comunicación y la opinión pública ejerzan sobre las formaciones para que se evite el “fracaso” (y el coste) que supondrían unos nuevos comicios y, como principio progresivamente compartido, la necesidad de desalojar de La Moncloa al PP de Rajoy, al PP de la corrupción.

Pero todos los caminos parecen vislumbrar una misma foto final: Pedro Sánchez al frente de un gobierno en minoría con el apoyo directo y abstención de una de las dos formaciones emergentes (Podemos y C’s) y la incierta participación del resto de partidos que el 20 de diciembre lograron representación parlamentaria. Incluidas las confluencias de la formación morada y contando incluso con los nacionalistas, ya sea el PNV en versión moderada o los catalanes con perfil separatista.

Hasta aquí la crónica del nada recomendable periodismo de declaraciones en que nos hemos sumido los medios estos días y de la política de globos sondas y de ficción con que los políticos están afrontando el sprint final de negociaciones que aún nos separa de ese 2 de mayo en que debería de empezar a contar el reloj electoral.

Y lo cierto es que no sólo Obama está esperando que haya gobierno (ya ni siquiera se especula con que sea estable) para visitar el país… No sólo Bruselas afina las tijeras a la espera de saber el color del Ejecutivo que deberá asumir la herencia recibida (acaba de constatarse un desfase presupuestario de 56.608 millones con un desvío respecto al déficit pactado de 10.400 millones y un horizonte de recortes en 2016 de hasta 23.600 millones si se mantiene la obligación de cumplir el 2,8% del PIB comprometido)… No sólo el Banco de España advierte solemnemente a todo el arco parlamentario del riesgo que el vacío político supone para la recuperación económica.

Mientras en Francia salen a la calle decenas de miles de personas contra la dura reforma laboral que su gobierno de ‘izquierdas’ quiere copiar al de Rajoy, en España hemos normalizado la precariedad. Y la pobreza. No nos preocupa que 120 banqueros estén cobrando más de un 1 millón de euros al año porque estamos distraídos soñando con ser mileuristas desde la barrera del estandarizado salario de los 500 euros.

Hemos asumido la resignación como principio de subsistencia. La advertencia la realizaba el Defensor del Pueblo Andaluz al presentar su informe de 2015 pero no es difícil constatarla en cualquiera de nuestras ciudades: la crisis no nos abandonado. No para los de siempre. No para los colectivos más desfavorables. No para las decadentes clases medias.

Los que necesitamos un gobierno resolutivo, estable y fuerte que negocie con Bruselas la flexibilización del déficit (¿de verdad la pelea es de quién es la culpa y no a dónde nos lleva el austericidio?) somos los ciudadanos. Los que deberíamos chantajear a nuestros políticos con un decálogo inamovible de líneas rojas somos nosotros. Lamentablemente, hace tiempo que normalizamos la corrupción. ¿También vamos a permitirnos ahora normalizar la crisis y el desmantelamiento del Estado del Bienestar?

131-161-199-253… Seguro que no hay una combinación mágica, pero por alguna habría que empezar. Más que nada si somos realistas y afrontamos que el problema de la alternativa, volver a votar, no es tanto la jornada electoral como tener que soportar una segunda campaña -¿se imaginan el exasperante dejavù si no renuevan ni los actores?- y una consecuente travesía del desierto con la calculadora de pactos volviendo a echar humo. La razón es de peso: ¿usted estaría dispuesto a cambiar su voto? Yo tampoco…

La navaja de Ockham en política: lo que faltan son sillones

Magdalena Trillo | 25 de octubre de 2015 a las 11:44

El líder de Podemos reconoció hace justo una semana que no le salen las cuentas. Pero que no pasa nada; que lo importante de su programa electoral son los principios a los que se aspira, lo que se pretende conseguir…

No quedó bien ni en televisión. Pablo Iglesias confesó ante cinco millones de españoles lo que muchos intuían: que sus propuestas para el 20-D son una carta a los Reyes Magos; que se pueden prometer pero no se pueden cumplir. En su decadente camino para “asaltar el cielo”, al dirigente (cansado) de la formación morada le falla ya hasta la oratoria. Pero el problema no es exclusivo de Podemos. Es compartido y se contagia.

pablo iglesias

 

Bruselas ya ha advertido al Gobierno contra las ‘alegrías’ con que ha confeccionado los presupuestos de 2016 -su programa, de facto-, del borrador socialista sólo conocemos un avance de su “radical” enmienda a la totalidad -de momento no hay letra (ni grande ni pequeña) que lo sostenga-, la Junta de Andalucía ha tenido que ceder ante Ciudadanos acordando una bajada de impuestos en un verdadero ejercicio de acrobacia financiera y, a nivel local, ya han empezado a saltar las alarmas. O se recauda más o los números no salen.

Estoy mezclando presupuestos y programas (obligaciones y deseos), pero la culpa no es mía. Es lo que tiene convocar unas elecciones generales a diez días de que se cierre el año, con olor a castañas y mazapán, con las cartas (las verdaderas) a sus Majestades de Oriente en los bolsillos y la presión nada buenista de Hacienda sobre nuestras cabezas.

En la Plaza del Carmen se han vuelto a saltar la disciplina de partido y han decidido contarlo. El propio alcalde ha sido el protagonista de este nuevo arrebato de sinceridad cuando ha cargado sonora y directamente contra el Gobierno de Rajoy (su gobierno) por provocar la asfixia económica de la ciudad y, en última instancia, obligar a subir impuestos. La palabra mágica es “revisión” pero la consecuencia es siempre la misma: cuando se desmadran los números rojos, la solución es siempre la misma. Recaudar más. Que lo paguemos usted y yo.

pablo iglesias

El razonamiento es simple: si hay que subir el sueldo un 1% a los trabajadores públicos, devolver la paga extra, empezar a amortizar el crédito que se pidió para afrontar el plan de pago a proveedores y no se pueden pedir nuevos préstamos ni aumentar la deuda por la Ley de Estabilidad Presupuestaria… ¡Pues no es sólo la TG-7 lo que se tambalea! Son los servicios básicos, la gráfica imagen de levantar a diario la persiana de la ciudad, lo que se condiciona. La deuda de 450.000 euros que se ha destapado en la televisión municipal es sólo el principio. En unos días nos contarán el ‘agujero’ de la Rober y, acomódense bien en el sillón, porque es una precampaña a tumba abierta lo que se empieza a dibujar.

En los corrillos de los periodistas hay una teoría: a Torres Hurtado lo han llamado de Madrid y le han dicho que vaya haciendo las maletas, que se coma los turrones y que no vuelva. En este escenario, por qué no pelear hasta el último día por su ciudad, caiga quien caiga, y mucho mejor si a quien se mina es al partido que ha encargado a su jefe y compañero Sebastián Pérez que dirija la campaña del PP a nivel andaluz. ¿Cuanto peor sea el resultado del 20-D para el PP mejor es para Pepe Torres? ¿Es una forma de evidenciar que su desgaste en las municipales no fue propio sino “consecuencia” del castigo de los votantes a las reformas y ajustes de Rajoy?

Deberíamos tener más que dudas sobre el servicio público de la TG-7 pero muy pocas sobre su efecto propagandístico. ¿La dejamos en servicios mínimos justo en la carrera electoral? Sitúe en este contexto el sorpresivo ataque del partido provincial a la concejal Isabel Nieto (en el núcleo duro del alcalde) y calcule opciones.

Porque, aun con fecha de caducidad, el mando lo sigue teniendo Torres Hurtado. Si ‘provoca’ una moción de censura, le abre la puerta de la Alcaldía al socialista Paco Cuenca; si accede a jubilarse no será sin contrapartida y, como imaginará, en ningún caso el relevo será Sebastián Pérez. ¿Juan García Montero candidato de consenso?

torres hurtado

Nada es casual. La tarta es cada vez más pequeña y son más lo que se quedan sin porción. Puede que PP y PSOE se mantengan en los primeros puestos, pero la sangría que se atisba tendrá consecuencias en sus filas. La fuga de apoyos al bipartidismo es creciente y son dos nuevas formaciones las que llaman con fuerza a la puerta.

Bastan dos simples restas: de los 186 diputados que consiguió el PP en 2011 a los 128 que le daba, por ejemplo, hace una semana la encuesta de ABC; de los 110 que logró el PSOE a los 84 que es estiman en la convocatoria de diciembre. Son más de ochenta sillones -¿dos menos en Granada?- los que se esfumarían del reparto para los grandes partidos. Que se sumarían a todos los damnificados que han quedado por el camino tras las municipales y las autonómicas.

Lamentablemente, hemos construido un sistema político y de poder en España que transforma en una auténtica tragedia lo que debería ser normalidad. Estar o no en política debería ser una elección, una oportunidad, no una necesidad. Pero la crítica a los partidos por actuar como agencias de colocación no es baladí. Vemos a diario cómo colocan por la puerta de atrás, gratifican los servicios prestados con las giratorias y terminan cargando con la situación familiar y hasta personal de quienes no tienen otro oficio que ser útil al partido (a nivel orgánico o a nivel institucional). ¿Sabe alguien a qué se puede dedicar Juan Antonio Fuentes después del desbarajuste de TG7? Es un simple ejemplo. Uno de tantos.

A cuenta de los buenos datos de la última EPA, me preguntaba un buen amigo si había analizado bien los datos de nueva contratación. Estaba indignado. Más de 20.000 nuevos empleos se han creado en el sector público. La ex directora de TG7 está ya colocada en los Mondragones. ¿A esto nos referimos?

tg7

Torres Hurtado ha pedido “responsabilidad” a los partidos para aprobar las ordenanzas fiscales porque sólo recaudando más (7 millones estima el concejal de Economía con la revisión del IBI) se pueden cuadrar las cuentas y evitar que se “paralice la ciudad”. Bien, pero la responsabilidad ha de ser compartida. Si de verdad estamos en un momento de gobierno sin ataduras, de ejercicio del poder al servicio de la ciudad (no del partido), deberíamos asumir que no son sólo ajenos los cadáveres que se tendrán que dejar por el camino.

El principio de la navaja de Ockham se ha utilizado en economía, en lingüística, en biología y hasta en música. Deberíamos aplicarlo a la política: “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”. No sé si a Pepe Torres lo han llamado de Madrid, pero me quedo con la reflexión más simple: ¿recuerdan aquello de “qué hay de lo mío”?. Son guerras de poder, es política, es economía… pero lo que faltan son sillones. Y sueldos.