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Diálogos posibles

Magdalena Trillo | 8 de octubre de 2017 a las 10:09

La exposición de Pilar Albarracín que se muestra estos días en el Palacio de la Madraza podría verse como un gran bodegón de la política española. Cambian los códigos y la agudeza de quien compone pero se desliza la misma inquietud de los mensajes: la artista sevillana recurre al histrionismo y al humor para sumergirse en el imaginario del typical spanish justo cuando media España cuelga una bandera constitucional en el balcón queriendo contrarrestar las esteladas que ondean en tantas calles de Cataluña.

Toros, tacones y lunares. Los mismos ingredientes que utiliza la familia Martínez de Irujo en la campaña que acaba de poner en marcha, “Orgullosos de ser españoles”, para contagiarnos de su “plena identificación” con los valores de “nuestro gran país”. Los mismos símbolos que sintetizan esa España intransigente y de pandereta con la que quieren romper desde Barcelona. Hace sólo unos meses, las pulseras y las tazas reivindicativas del “orgullo español” me hubieran prevenido y alarmado; hoy las tolero y hasta las valoro por cuanto tienen de antídoto y de alerta.

chorizos

A Albarracín le preocupa abiertamente el machismo, la desigualdad o el sometimiento de la mujer pero no menos que la represión del pensamiento, la manipulación y la falta de comprensión en la sociedad actual; no menos que la “perversión”, el conflicto y el agravio del mundo en que vivimos y que tiende a camuflarse en paraísos aparentes de felicidad. Por eso sus luminosos bordados son trampantojos. Por eso se disputan el espacio unos tacones amenazando con “bailar sobre tu tumba”. Por eso es un afilado alfiler el que hacer emerger los lunares rojos de un inmaculado vestido blanco de volantes.

Sus ristras de chorizos de terciopelo brillan más que los que cuelgan en los desvanes de los pueblos andaluces aderezados con corneta pero cumplen una misma función: permitirnos refugiarnos en las metáforas. A veces punzantes y provocadoras; a veces sutiles e irónicas. Pero siempre precisas y desconcertantes; con más empatía y más carga emocional que cualquier titular de prensa.

Sus “diálogos imposibles”, con un insistente juego de cuchillos haciendo malabarismos en torno a una gota de sangre bordada a modo de flor, dicen más del tacticismo de la política de lo que nos permiten las palabras. Es lo bueno de la poesía visual, que no hay límites, líneas rojas ni fronteras; es lo bueno del arte, que cobra todo su sentido cuando “sale a convencer”, “dialoga con la sociedad” y “conecta con la gente”.

Son palacabezasbras de otro creador sevillano, el pintor Luis Gordillo, que también expone estos días en Granada. Casualidades -o no-. A sólo unos metros de Pilar, en el Museo Guerrero, pareciera que sus grandes Cabezas se ríen de nosotros. De nuestra insignificancia y nuestra torpeza; de nuestra cortedad de miras. Forman parte de su “confesión general”, más de 200 obras que recorren sesenta años de creación artística entre el centro de la Diputación y el Palacio de Carlos V de la Alhambra. Con 83 años, sigue explorando, incorporando nuevos lenguajes y reconociendo que ha tenido que “hacerse viejo” para comprender su profundo enamoramiento, su pasión, por la pintura.

 

Sin buscarlo, Albarracín y Gordillo dialogan en Granada. Con varias décadas de distancia, desde postulados artísticos y estéticos muy diferentes, nos interrogan, nos hacen fruncir el ceño y nos roban una media sonrisa. Nos sorprenden y nos espolean sin dogmatismos ni posiciones prefijadas. Sus creaciones discurren vivas y abiertas como si estuvieran pensadas para fluir en una conversación cotidiana. Y es que los dos beben de la cultura popular pero no la manipulan ni nos la sirven travestida.

A diferencia de la política, del no-arte de la política, su obra es honesta y sincera. Nace del convencimiento. No se trata de acertar ni de ganar pero tampoco de engañar. Eso sí, el arte siempre nos propone un juego: que dialoguemos. Aunque ello suponga sumergirnos en una burbuja con “extractos de fuego y de veneno”. Aunque nos obligue a compartir una “confesión general”.

Máscaras

Magdalena Trillo | 4 de octubre de 2015 a las 10:20

Me niego a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor pero reconozco que hay momentos en los que las comparaciones son suicidas… Francisco Ayala, como Alberti, Aleixandre, Cela o Chillida, aguantó sin pestañear la cámara implacable de Alberto Schommer. Hoy, aspirantes contumaces a la posteridad como Artur Mas no resistirían más que el filtro del Photoshop. Ni siquiera los bellos chicos de moda, los Rivera y Arrimadas que saborean su victoria en las catalanas con la misma escenografía de desafío y éxito que ilustra la futurista saga Divergente, soportarían la mirada desnuda y penetrante del Premio Nacional de Fotografía.

divergente

rivera

Hasta finales de mes, el Alcázar Genil acoge la exposición Máscaras, una selección de retratos del creador vasco que nos invita a mirar a través de la imagen, a bucear en la trayectoria artística, experimental y de renovación del reputado fotógrafo tanto como a desentrañar las historias de los personajes a los que atrapa en dos dimensiones. Hieráticos pero profundos, enigmáticos pero reveladores. Auténticos. Una serie de bustos modernos que se asemejan a cualquier efigie de la antigüedad en pose y poso.

ayala

schommer

Román Gubern lo describiría mejor que yo. Gilles Lipovetsky también. Y cualquiera de los dos podría integrar la serie de retratos del creador vasco recientemente fallecido sin miedo a defraudarnos. Porque podrían mirarnos, cara a cara, con mucho que contar; con poco que ocultar. Con reflexiones que soportan la inmediatez de los píxeles, las agujas del reloj y hasta las circunstancias. Del comunicador catalán acabo de rescatar un artículo de prensa que publicó con motivo de las municipales de mayo y parece que lo hubiera escrito ayer.
Se titula “El reñidero audiovisual” y analiza cómo Podemos y Ciudadanos concentran el interés de los medios “desde el colorismo gesticulante e hiperdinámico de Pablo Iglesias a la pulcritud y ambigüedad de Albert Rivera”. El líder de Podemos, con su aspecto de “apóstol social salido de una novela de Gorki, su configuración quijotesca, su barbita post-leninista, su camisa abierta (resurrección de los descamisados de Evita Perón), su gestualidad melodramática y su verbo inflamado… En contraste, un pulcro Alberto Rivera hijo de la burguesía catalana que busca “tranquilizar a la audiencia atribulada” encarnando el “sentido de la responsabilidad, la centralidad, el equilibrio y la objetividad”…

Aunque ya no recordemos el efectista gancho de su “desnudo primigenio” -se refiere Gubern al polémico cartel electoral de 2006 en el que aparecía desnudo tapándose modosamente los genitales con las manos cruzadas- en pro de esa imagen moderna de prudencia que atrae a votantes de izquierda y de derecha por igual, de líder aplicado y cumplidor que hace de “perfecta contrafigura escénica” a las estridencias de Pablo Iglesias y de Podemos.

Gubern se circunscribe a la “máscara visible”, pero también a lo que en cultura audiovisual se entiende por el “fuera de campo” para mostrarnos cómo los debates televisivos -el ring audiovisual- han metamorfoseado al pueblo en público y desatan adrenalina sin necesidad de recurrir ni al fútbol ni al porno. En la esfera pública, tal vez siempre fue así: ¿no se distrae también la política entre la realidad y la ficción? ¿No entra en juego a la hora de votar la razón tanto como la sinrazón? ¿Sentimientos y pasiones? ¿Filias y fobias?

Albert Rivera

Se preguntaba Gubern, y lo deberían hacer hoy desde el PP y desde el PSOE, si el pulcro look de Rivera, mesurado y alérgico a las subidas de tono, puede ofrecer al electorado (al de toda España en la cita del 20 de diciembre) la promesa centrista que en su día quiso encarnar Adolfo Suárez.

La apuesta es arriesgada pero no nos equivoquemos: por encima de las programas y las palabras, cada vez importa más la fotogenia, la retórica y la puesta en escena. El parecer más que el ser; la máscara por encima del original. En la realidad fría e ingrata de la calle y en la amable realidad fabricada de los platós, en los escenarios tradicionales de caza del voto y en el pujante reñidero (éste sí) de las redes sociales.

Cuando elaboran (y cocinan) las encuestas no tienen en cuenta todas estos sucedáneos, contextos y máscaras que, nos guste o no, nos acompañan inexorablemente en el camino a las urnas… Y así les va. O les iba. Porque los cambios son profundos y no son a futuro; están aquí. Les cuento. El experimento más inmediato se producirá en los próximos meses en la televisión norteamericana. En la nueva temporada de The Good Wife (si no la conocen les recomiendo la serie de la CBS que emite en España la Fox), Peter Florrick tendrá a Hillary Clinton como rival a la Casa Blanca y la primera cita en las primarias de 2016 se emitirá el 1 de febrero coincidiendo con la votación real.

Mucho más que inspiración. Mientras unos (los afectados del Ala Oeste) hablan ya de “conexión casi perversa entre la cultura popular y la política”, otros enfatizan el poder de las nuevas narrativas audiovisuales para, por ejemplo, convencer al electorado más joven que ya ni ve la televisión analógica y en cuya decisión de voto puede tener más impacto un líder de opinión de las redes sociales y un presentador de un late show que cualquier “solemne editorial”.

¿Y si la copia tiene más peso en la campaña que el candidato real? No es una hipótesis; es la preocupación que tienen ya los asesores políticos norteamericanos. ¿Y si son máscaras huecas las que mueven los hilos? Todos coincidiremos en que no es la fotogenia el fuerte de Rajoy. Pero ¿han pensado en el PP si para los años grises de crisis y recesión era justamente su imagen triste de “contable aplicado y cumplidor con gafas y barbita canosa” -como lo retrata Gubern- la que mejor funcionó?

Y lo más importante, si ahora la baza es la recuperación, ¿han calculado la fuga de votantes que se irá si se consolida Ciudadanos como ‘marca blanca’ con su pócima de éxito, regeneración y juventud? ¿Lo han previsto en el PSOE del esforzado mediático Pedro Sánchez?

the good
Las campañas no son lo que eran… la política no es lo que era… este mundo no es lo que era… Termino con la sobredosis de realidad que el filósofo francés Gilles Lipovetsky nos lanza en su último libro La estetización del mundo. Saqué esta semana la obra de la biblioteca y voy a tener que comprar un recambio si sigo a este ritmo de anotaciones. El sociólogo de la posmodernidad nos habla tan de cerca a la gente común que de cada reflexión suya podría escribirse un nuevo artículo, un nuevo libro.

Si recuerdan su Pantalla global, El imperio de lo efímero o La era del vacío, no se sorprenderán cuando lo vuelvan a ver diseccionar nuestros movimientos más rutinarios, nuestros pensamientos más cotidianos, y los hallen en la base de grandes principios filosóficos, de grandes verdades y grandes temores.

Les pongo como ejemplo tres ideas extraídas de una entrevista que El Mundo publicó en enero al salir su libro en España: “La gente común no halla ya la felicidad en el súper, por eso escribe o hace fotos”, “Hoy en día lo emocional ha penetrado en todos los ámbitos de nuestra vida, incluida la política, todos quiere hacernos reír o llorar; el capitalismo funciona como una ingeniería de sueños y emociones”, “No basta con consumir, hay que sentir”.

Pese al tono apocalíptico con que podríamos entonar cualquiera de sus sentencias, lo que más me gusta de Lipovetsky es su optimismo, el espacio que siempre encuentra para no dejarse derrotar, para abrir siempre una rendija que nos permita ser positivos. Lo digo pensando en la política: ¿Estamos viviendo un proceso de estetización de la política? ¿Y eso es bueno o es malo? ¿Supondrá más manipulación, más democracia?

Emociónese. No se limite a consumir; sienta. Por una vez, la respuesta no la tienen unos pocos; no la tienen los de siempre. La tenemos todos. Y sin máscaras.

Santones de la economía

Magdalena Trillo | 6 de mayo de 2012 a las 9:16

 

 

 

 

 

 

 

SIEMPRE me ha inquietado El grito de Munch. Por su fuerza, por el desconcierto que suscita, por su desgarro. Sumido en la angustia existencialista del XIX, el artista noruego lo pintó en 1895 como “máxima representación del miedo y la alienación” y hoy, más de un siglo después, se mantiene como el icono visual más potente de esta nueva modernidad de pesimismo y contradicciones que se empeña en fabricar pobres para que los ricos sean más ricos; un símbolo de la impotencia, incertidumbre y desesperación de esta globalización incívica a la que estamos arrebatando no sólo esperanza sino también legitimidad.

 

Pienso en el cuadro impresionista, en el original que esta semana ha hecho historia en las pujas del arte y en la triste imitación que tengo colgada en casa, mientras me sumerjo en La historia de mi gente. El escritor italiano Edoardo Nesi golpea como un grito con este librito autobiográfico, entre novela costumbrista y ensayo político, que llega a mis manos por casualidad y que termino de leer, de releer, de auscultar, en las tediosas tres horas y diez minutos de tren que separan Granada y Sevilla.

 

José Antonio Griñán acababa de pronunciar su discurso de investidura prometiendo “ética” y “solvencia” y comprometido con la “igualdad de oportunidades” y la justicia social. El hoy ya presidente de la Junta se presentaba como el escaparate de la izquierda y la “esperanza” socialdemócrata de que existe un “camino distinto” para salir de la crisis: un gobierno de coalición “realista, sin aventuras y sin claudicaciones” que rechazaba “privatizaciones” y arremetía contra todo el recetario económico de Rajoy. Nacía así el primer gobierno bicolor entre PSOE e IU en tres décadas de democracia andaluza con tres banderas de gestión indiscutibles -empleo, derechos sociales y transparencia- y un triple condicionamiento: las amenazas de intervención del Gobierno central, las exigencias de estabilidad financiera de Europa y la propia realidad de recesión y desempleo de la sociedad andaluza. ¿Podrá cumplir sus palabras Griñán? ¿Podrá Hollande si arrebata hoy la presidencia francesa a Nicolas Sarkozy?

 

Coinciden sus discursos y sus promesas con ese ‘grito’ de euforia que daba el mercado del arte en Nueva York. Sotheby’s lograba un nuevo récord: el óleo de Munch se vendía por 91 millones de euros y desbancaba el Desnudo, hojas verdes y busto de Picasso confirmando la obscena buena salud que el neoliberalismo sigue teniendo para un puñado de privilegiados.

 

Dejando atrás las vías desiertas de la Alta Velocidad, vuelvo a Historia de mi gente… No sabría responder a Nesi. No sé en qué día, en qué momento, todo lo que iba bien empezó a ir mal. Lehman Brothers, las hipotecas basura, el colapso financiero, la espiral… Se han filmado decenas de películas y documentales con el origen de todo, pero aquello fue sólo el principio. O el final. Lo peor habría de llegar cuando perdimos la batalla, como lamenta el empresario toscano reconvertido en escritor, y nos dejamos subyugar por “los dogmas y la arrogancia intelectual de los economistas que todos los días se lanzan a predecir el futuro cual chamanes, santones o profetas” ignorantes de que “sobre los sucesos futuros no hay ciencia”. ¡Qué razón llevaba Guicciardini en la Florencia del Renacimiento!

 

Y qué razón lleva nuestro ministro de Economía cuando aboga por cambiar el ladrillo por el “conocimiento” aunque sea contradiciendo a un gobierno que hunde la inversión en ciencia e investigación y ataca la educación básica y universitaria. Hasta Angela Merkel ha hablado esta semana de innovación y creatividad pero para advertir que de Plan Marshall, nada. Que mejor ponemos en funcionamiento la imaginación. Es curioso. Tantos siglos de modernidad para terminar como empezamos. En la caverna. Creyendo en milagros y en ‘santones’ cuya verdadera virtud, como han desvelado esta semana unos investigadores de la UGR, es sufrir sinestesia. ¡Que se le cruzan los cables! Unos, como el Santón de Baza, pasan de ver el aura de las personas a convocar a la Virgen dejando ciegos a decenas de incautos de tanto mirar el sol; otros, por qué no Edvard Munch, son capaces de deslumbrar a varias generaciones con el grito de dolor más perturbador de la historia; y a otros, como los gurús de la economía, les permitimos imponer la partidista y distorsionada visión de su verdad: ese mundo “sin gobierno y sin derechos” que tan rentable resulta a unos pocos.

Principio de intransigencia

Magdalena Trillo | 14 de agosto de 2011 a las 10:01

César Molina se hizo artista por casualidad. Un día se acercó con un amigo a una chatarrería y comprendió que aquellas montañas de piezas metálicas debían ser el principio de todo. El desvirgamiento, un cuadro con unas bragas de su madre metidas en una escayola, fue un aviso previo que, unos años antes, no supo escuchar. El azar, y las letras torcidas de la vida, tumbaron sus sueños de ser futbolista y le desvelaron el camino para convertirse en creador. En artista del reciclaje. No es Chillida, pero su obra empieza a cotizar y a hacerse un hueco en Lisboa, Roma o Lyon. No es un artesano; no es un fabricante de granadas gigantes para colocar en las rotondas de la ciudad.

Esta semana ha vuelto al desguace. Allí reposan los restos de su obra Principio de incertidumbre junto a radiadores desvencijados y kilos de hierro y acero. El Ayuntamiento de Albolote ha aprovechado la tranquilidad de agosto para deshacerse de la obra que hasta hace unos días daba la bienvenida al municipio uniendo el polígono con el pueblo. La encargó en 2006 el anterior equipo de gobierno (PSOE) con un presupuesto de 70.000 euros. El PP ganó las elecciones al año siguiente y el proyecto quedó paralizado. Con la mayoría absoluta que logró en mayo ya no había ningún futuro que consensuar. La obra, a la basura. De forma arbitraria y unilateral. Sin comunicárselo al autor. Sin explicaciones públicas. Poder absoluto corrompido absolutamente. ¿Política, estética, ignorancia, incultura?

Recurro a un amigo experto en creación contemporánea y me recuerda cuando Duchamp colocó un retrete en medio de una exposición para fijar la mirada intelectual del arte sobre una pieza cotidiana: “Le robó la cotidianeidad y la convirtió en obra de arte porque expresó un debate intelectual: el de su propia significación. ¿Qué es el arte? Lionello Venturi le respondió que arte es todo aquello que los historiadores o los críticos dicen que es arte… Y, cuando reprodujo la Gioconda doce veces y la tituló 12, mejor que una, debatía también sobre arte y la pieza única”.

No tarda ni medio minuto en conectar la “salvajada” de Albolote con la famosa exposición Entartete Kunst de Goebbels. Arte degenerado hacía referencia a la creación moderna prohibida por los nazis y menospreciada por “no alemana”. Sancionaban a los artistas, les prohibían exhibir y vender su obra y terminaron por reunirla en una colectiva que itineró por Alemania y Austria ridiculizando a quienes se alejaban de lo tradicional y no exaltaban los valores de la sangre y la tierra.

Desde luego, la pieza de César Molina que ahora yace en el desguace nada tiene que ver con el “arte heroico”, la raza, el militarismo ni la tradición. Puede gustar más o menos, pero es difícil contradecir a quienes tildan la actuación municipal de “fascista” –¿alguien puede justificar que una institución democrática destruya arte?– y a quienes recuerdan que este PP que ha tirado a la chatarra la escultura es el mismo que se enfrenta a una ciudad para defender el valor de una estatua que rinde homenaje a Primo de Rivera.

Pienso en la impotencia del artista de Albolote. Aparte de exigir una indemnización, le propondría que volviera a la chatarrería. Que recogiera las piezas ultrajadas, una a una, como quien recompone las quebradizas hojas de un ramillete de flores secas del cementerio, y que volviera a crear. Ahora la llamaría Principio de intransigencia. Esa misma intransigencia que alimenta las actitudes fascistas y da alas, como la estatua de Bibataubín, al radicalismo. Lo pensaba esta semana leyendo los comentarios en la Red a la noticia falsa sobre Marruecos y la Alhambra. Rabat no exige la mitad de los ingresos del monumento nazarí pero a muchos les gustaría… No es casualidad que la última encuesta sobre inmigración advierta que ya más de la mitad los andaluces piensa que es “negativa, innecesaria y excesiva” y no es casualidad que sean los magrebíes uno de los colectivos que más “desconfianza” generan. Muchos borrarían nuestro pasado de mestizaje del mismo modo que borrarían la memoria histórica. Intransigencia. Sin principio; sin final.