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Crónica negra de verano

Magdalena Trillo | 6 de septiembre de 2015 a las 10:30

Las abejas se están volviendo adictas a los pesticidas. Los experimentos publicados en Nature han descolocado a los científicos de Newscastle que analizaban el comportamiento de estos inteligentes y laboriosos insectos en nuestro mundo contaminado y global: se les dio a elegir entre dos soluciones de glucosa –una sin insecticidas y otra cargada de neonicotinoides– y se fueron directas a por la droga. La conclusión del ensayo no es baladí. Se calcula que el papel de las abejas en el proceso de polinización se traduce en un negocio al año de 153.000 millones de euros. Se tambalean los números y se pone en riesgo el equilibrio natural: el uso de productos químicos está afectando de forma grave al desarrollo y crecimiento de las sofisticadas colonias que durante siglos han sido un modelo de orden en el reino animal y, sólo en la UE, se cifra en un 20% el descenso de las poblaciones de polinizadores.

abeja

Pensarán que poco importa que desaparezcan unos millares de insignificantes abejas cuando estamos dejando abandonadas a familias enteras en vergonzosas travesías de miseria y desesperación en una huida masiva de la guerra y el hambre hacia un decadente paraíso europeo que sólo es capaz de responder a su petición de auxilio con muros y alambradas; con mercadeo barato, fría diplomacia y derecho internacional.

Poco importa un puñado de insectos cuando ya resuenan los tambores anunciando el desmoronamiento de España en una inacabable partida de póquer entre inmovilistas, reformistas y rupturistas que –al menos hasta ahora– sólo ha avanzado subiendo las apuestas y la tensión.

Y poco importan unos molestos bichejos cuando su vecina está en el hospital tras ser golpeada con la vara de una cortina o yace en un ataúd víctima de la brutal agresión de quien, hasta aquella madrugada, había sido su compañero de toda la vida. Una pareja discutió en el Zaidín, la otra en Armilla. La primera ha logrado contarlo; la segunda recibió más de diez hachazos mientras dormía. Y todo empezó por una estúpida maceta.

Su vecina, cualquier vecina. Es el crimen de Cuenca y son las trece mujeres que han sido asesinadas este año por sus parejas. Es el indigente quemado en un cajero de Sevilla y es el sintecho apaleado en La Chana por una pandilla de adolescentes porque no quiso poner música reggaeton. Son batallas campales en las ferias patronales de los pueblos y es, en el fondo de cada tragedia, el sinsentido de nuestra especie, ese animal humano que sigue llevando en el ADN la violencia que le es connatural. Cambia el contexto, perfeccionamos los instrumentos y los escenarios, pero se mantiene la esencia.

En Alemania, unos antropólogos han confirmado que las masacres ya eran habituales en el Neolítico. Y no eran casos aislados. Hace 7.000 años ya practicaban el secuestro y el asesinato de mujeres y niños torturando y mutilando de forma asombrosamente cruel. La violencia es violencia, a pequeña y a gran escala.

La frivolidad no es hablar de abejas… porque no hablamos de abejas en realidad. Frívolos son los motivos ‘oficiales’ que terminan apareciendo en los atestados policiales de los insistentes episodios de odio que, un verano más, han ocupado la primera plana de los periódicos, las conversaciones en las redes sociales y el grueso de los telediarios.

armilla

Tanta frivolidad es mirar para otro lado como tranquilizar nuestras conciencias indignándonos, conmoviéndonos, buscando un culpable y limitándonos a ver únicamente lo que se nos muestra en la capa superficial; lo que queremos ver.

Frívolo es desviar el debate de los refugiados hacia el reparto de cuotas sin preguntarnos por qué hay una guerra en Siria y qué responsabilidad tenemos nosotros –los europeos y también esa USA que sigue enarbolando la bandera del orden mundial– en el polvorín de Oriente Medio.

Frívolo es empañar la estremecedora imagen del niño ahogado en una playa turca con un artificial debate ético sobre la oportunidad de publicar o no la imagen. ¿Es sensacionalista mostrar el horror de la guerra? ¿Es morboso denunciar el portazo de Europa a la petición de asilo? ¿Tenemos que proteger a nuestros niños del mundo real que les vamos a legar?

primer plano

Mi sobrina tiene once años. Hemos visto juntas la foto y la ha entristecido. Me ha preguntado si ese niño estaba en nuestras playas. No le ha sabido explicar por qué hemos dejado que se lo tragara el mar; por qué nadie le socorrió. No sabe muy bien dónde queda Siria pero sí sabe que es “afortunada” porque no nació allí. Ella no pudo elegir, pero tampoco pudo hacerlo quien se ha convertido en un número más que sumar a los efectos colaterales de “la mayor avalancha de refugiados desde la II Guerra Mundial”.

Me pregunto si pensar en algo tan cotidiano y cercano como una colmena de abejas podría ayudarnos a entender que es suicida la política, cualquier política, que prefiere naufragar en la superficie de las cosas parcheando los problemas con una cómoda visión cortoplacista y exculpatoria. Tal vez sea más fácil entender las consecuencias del cambio climático si les digo que en este siglo desaparecerán 30 metros de las playas que este verano les sirvieron de refugio de las olas de calor; esas mismas que reciben inmigrantes en embarcaciones de juguete y le disputan los muertos al mar.

Tal vez sea más fácil entender el drama de los muros, las alambradas y los camiones llenos de cadáveres congelados si vemos a Europa, nos vemos a nosotros mismos, como una gran colonia de abejas que se sigue sintiendo intocable y ejemplar sin darse cuenta de que está sobrepasada y perdida.

Tal vez ayude a la lucha contra el terrorismo, contra el machismo, contra la xenofobia y contra tanta salvajada y tanta barbarie si dejamos de conformarnos con conmovernos. Si nos comprometemos más allá del gesto y pose solidarios, siempre loable pero inútil. Si hacemos algo más que contar muertos y maquillar estadísticas.

El niño sirio de la foto es más que un número, es más que un símbolo. Se llamaba Aylan. Tenía tres años. Sus padres pagaron 4.000 euros a las mafias para llegar a Canadá y empezar una nueva vida. Una violenta ola lo lanzó al mar. La indiferencia de unos, la ruindad de otros, rompió la quimera.

Mi sobrina me vuelve a preguntar quién tuvo la culpa; no le sé contestar. Me dice que, si no podemos (queremos) ayudarles, por qué no se acaba con la guerra para que no tengan que huir de su país; no le sé contestar. ¿Nos hemos inmunizado ante esta tragedia? ¿Ante cualquier tragedia? ¿Ante cualquier vida que no sea la nuestra?

Mensajes envenenados

Magdalena Trillo | 19 de octubre de 2014 a las 12:41

A lo largo del último siglo, teóricos e investigadores de diferentes tendencias, países e ideologías se han dedicado a diseccionar los entresijos de la comunicación; la pública y la privada, la de los ‘todopoderosos’ medios pero también la de las empresas, los políticos o las instituciones. En todos los casos, por mucho que diverjan sus planteamientos, siempre hay una constante: una cosa es lo que se dice y otra lo que de verdad se quiere decir. Es la contradicción entre lo manifiesto y lo latente; lo evidente y lo oculto. Aplíquelo a las sugerentes imágenes laberinto que nos sorprenden a diario o pruebe a extenderlo a cualquiera de los corrosivos mensajes que nos bombardean insistentes a través de los medios…

Es un juego antiguo; el doble discurso de quienes dicen una cosa para ocultar otra, la doble vara de medir que saca de tantos callejones sin salida y, por supuesto, la doble moral de los que se deleitan dándonos lecciones en público para practicar justo lo contrario. Pensándolo bien, lo peligroso no son estos casos claros y evidentes que vemos llegar, y ante los que nos podemos proteger, sino los que deslizan envenenados.

Están, por ejemplo, los que se disfrazan de buenas noticias. Los gigantes tecnológicos Facebook y Apple han anunciado esta semana que pagarán a sus empleadas la congelación de óvulos para que no tengan que interrumpir sus carreras profesionales. Lo incorporan a la excelencia de sus planes de incentivos pero en realidad ocultan una actitud doblemente provocadora: por un lado, parten de la convicción de que tener hijos no es compatible con el trabajo -¿vuelta a las cavernas del feminismo?- y, por otro, se atribuyen un factor más de decisión, control y dominio robándonos la posibilidad misma de decidir sobre la maternidad -no obligan a nadie pero ¿alguna trabajadora con aspiraciones de ascenso se atreverá a renunciar a semejante ‘flexibilidad’?-.

Pienso en el “no me quieras tanto” de la violencia machista y me pregunto si no tenemos que empezar a clamar “¡no nos ayuden tanto!”. Digo ellos, pero también ellas… Y lo hago recordando el polémico caso de Marissa Mayer, la ex directiva de Google que estuvo en su puesto hasta el día antes del parto y se incorporó dos semanas después instalando al bebé en su oficina… Esta misma semana era Ana Botella la que nos ‘defendía': en teoría atacaba a un concejal de su propio partido que había despedido a una empleada por tener un hijo: “Me genera repulsa. Es dudar de las capacidad que tienen las mujeres de poder trabajar y poder ocuparse de ‘su’ casa”. ¿’Nuestra’ casa? ¿No habíamos superado ya que no es siendo ‘superwoman’ como tenemos que avanzar en igualdad?

Unas veces es la naturalidad del lenguaje la que destapa el pensamiento agazapado y otras es la supuesta bondad de las palabras la que nos sume en la confusión. Lleva meses practicándolo Artur Mas: “Lo democrático es votar”. ¿Siempre? ¿Sin importar las circunstancias? ¿Es lo ‘democrático’ si votamos como ha hecho Suiza para prohibir que se construyan minaretes en las mezquitas? ¿Votar aunque se roce el ridículo y la farsa con esa consulta ‘light’ en que está desintegrando su promesa incumplida del 9-N? Porque también deberíamos tener superado que la democracia tiene que ver con la convivencia, con las libertades y con el respeto a los otros; que hablamos de legalidad pero no deberíamos olvidar la ética y la moral, la solidaridad y hasta la generosidad.

Tantos interrogantes esconde el “derecho a decidir” catalán como las primarias socialistas. Hoy se celebran en toda España como ejemplo de democracia interna pero lo han dejado a medias. Por el camino se ha abandonado a quienes no han conseguido el 20% de avales exigido y atrás se han quedado los simpatizantes. En muchas ciudades serán meras ‘fiestas’ de proclamación. ¿Tan difícil era ser democrático desde el principio hasta el final?

Y, ojo, que no estamos ante prácticas exclusivas de los ‘viejos’ partidos. Podemos se ha erigido en antídoto de todos los males de la ‘casta’ y no ha tardado ni medio minuto en enfangarse. A Pablo Iglesias le han tosido en casa y ya ha advertido que no liderará el partido si no salen sus propuestas; sobre todo, que sólo puede mandar él… ¿No eran ellos los alternativos y verdaderamente democráticos? Porque lo suyo suena tan dictatorial como esa decisión de Rosa Díaz de ‘cargarse’ a Sosa Wagner por llevarle la contraria

En el laberinto

Magdalena Trillo | 28 de septiembre de 2014 a las 10:30

Si nos guiamos por la convicción con que Álex de la Iglesia cuenta sus historias a los dos lados de la cámara, podríamos darle la razón cuando dice que “sólo el humor es una garantía de libertad”. Y yo añadiría que “de cordura”. A veces, la única explicación sensata y coherente para el teatro del absurdo en que convertimos la vida pública. El director vasco hablaba de religión y de fútbol en relación al documental sobre Messi y el cortometraje sobre el catolicismo que ha presentado en el Festival de Venecia; yo lo aplico a la política.

Si poder reír es lo único que nos hace libres, la noticia hoy no debería ser la inútil representación que ayer protagonizó el presidente de la Generalitat queriendo imprimir solemnidad a su desafío soberanista; sino la que la gente, libremente, está moviendo de las redes sociales: una bandera de fondo, la catalana; una fecha, 2016; una valla, como la de Melilla; unos personajes, los catalanes intentando saltar la nueva frontera para pasar ilegalmente a España.

¡Dos días va a durar la campaña de Cataluña por la independencia! Hasta que el Constitucional reciba el recurso del Gobierno contra su Ley de Consultas y todo el proceso quede en suspensión… Lo más descorazonador es la previsión con que estamos asistiendo a este in crescendo de la ruptura institucional. Hoy podríamos escribir el titular del martes sin riesgo a equivocarnos. No hay ‘plan B’ ni una alternativa constructiva al 9-N. La hoja de ruta de la confrontación, por las dos partes, está milimétricamente diseñada. Con más empeño en pasar a los libros de historia –todavía está por ver quién hace de David y quién de Goliat– que en buscar una salida.

Y es lo único que está asegurado; pasos ciegos en un callejón sin salida. Ellos, atrapados en su propio laberinto; los demás intentado enfrentarnos a tanto desconcierto especulando sobre cuál será el siguiente paso. “Analizando” decimos en los medios para darle seriedad, conscientes de que no tienen más validez que los comentarios de una barra de bar. Opinamos unos de lo que opinan otros para terminar asegurando ‘saber’ lo que piensan todos. ¿Convocará Artur Mas elecciones plebiscitarias? Conéctense a cualquier tertulia de actualidad: se lo contarán con más vehemencia que un predicador. Porque la política no se aleja demasiado de esa idea de religión a la que aludía De la Iglesia: un refugio donde fabricar respuestas para las preguntas que no la tienen, donde levantar un camino de salvación para ese hombre moderno que “ha sustituido la religión por el casino, el dinero o el fútbol” sin que ninguno de ellos explique nada.

Todo esto debe tener relación con ese instinto natural por saber que identifica al hombre. El bueno, el que está detrás de los mayores avances, de las mayores hazañas; y el malo, el que nos ha hecho retroceder acercándonos tan peligrosamente a la conspiración y a la manipulación. Lo analiza Julian Assange en El quinto poder: dos personas y un secreto. Así empieza una conspiración y así nace la corrupción cuando se suman más mentiras y más engaños. Apliquémoslo a la causa catalana: dos personas y un sueño; luego un laberinto de mentiras que acaba encadenando a los personajes en un castillo de falacias.

Andalucía Acoge presentó esta semana un proyecto denominado Stop Rumores con el que quiere combatir los estereotipos y prejuicios que criminalizan a los inmigrantes. Un problema de distorsión y desinformación interesada que es casi una anécdota al lado del monstruo en que se está convirtiendo el desafío nacionalista, porque nace de medias verdades, juega con los sentimientos y se alimenta de ilusiones y de falsas expectativas. Más que una Agencia AntiRumor necesitaríamos una Agencia AntiManipulación.

En la película sobre Wikileaks es la figura del delator la que rompe el círculo: dale una máscara, como escribió Oscar Wilde, y te dirá la verdad. Pero, ¿y si no hay verdad? ¿Y si la verdad es sólo ‘su’ verdad? ¿Y si ni el propio protagonista sabe cuál es su verdad?

Dice Assange que “la valentía es contagiosa” y que lo que necesitamos en este mundo global de engaños y manipulación son muchos hombres valientes. Estaría bien. Pero, de momento, lo que nos arrojan estos días de ruido y confusión son hombres temerosos que utilizan las máscaras para protegerse, no para tumbar las vallas de la mentira.

Yes Scotland, el otro derecho a decidir

Magdalena Trillo | 31 de agosto de 2014 a las 10:12

Agnes tiene cinco hijas, tres nietos, un precioso Bed&Breakfast en la isla de Skye y una inquebrantable disposición a votar sí el próximo 18 de septiembre. Es más que consciente de lo reñido que está el referéndum sobre la independencia de Escocia y no esconde su certeza (que no miedo) sobre las consecuencias del histórico proceso que llega a su recta final con media Europa mirando de reojo: “Si no ganamos nos van a crucificar”. En la dureza de sus palabras subyace la fortaleza del sentimiento de identidad nacional, pero también el ‘atrevimiento’ de pensar que no es idealismo ni ingenuidad defender el “derecho” a un mañana de oportunidades.

Con dos trabajos extra para llegar a fin de mes, esta abuela hiperactiva de las Highlands no necesita ni diez minutos para desgranar sus razones del sí: no se sienten ingleses, detestan su esnobismo, creen que Londres les “roba” y confían en el potencial de su pequeño país (no hay demasiado petróleo pero sí mucho turismo, una exitosa tradición de whisky y golf y un carisma arrollador que los ha convertido en los ‘andaluces del norte’) para que les vaya mejor. Un ‘derecho a decidir’ vivir mejor.

En esencia, no es muy diferente la cuestión catalana a la escocesa. Los dos pueblos buscan lo que cualquiera querría para sí (avanzar en derechos y libertades en lugar de militar en la austeridad y sumirse en la miseria), los dos casos se construyen sobre el temperamento de las emociones y en ambos procesos se ha colado la tiránica economía como pieza decisiva. Los grandes empresarios de Escocia se acaban de unir al Gobierno británico en su campaña del miedo: los recursos del Mar del Norte se agotan, la decadente demografía de la región sería incapaz de sostener el actual estado del bienestar, la banca escocesa está en manos inglesas tras ser nacionalizada víctima de la burbuja financiera y la especulación inmobiliaria y, como colofón de males, la moneda. Qué haría una Escocia sin la plataforma de la libra y sin capacidad para entrar en la zona euro.

La conclusión del lobby es contundente: desde el punto de vista de los negocios no interesa la independencia, casi un millón de empleos escoceses se apoyan en Reino Unido y sólo la incertidumbre rodea cuestiones vitales como la regulación económica, los impuestos, las pensiones o la pertenencia a la UE.

El mismo ajuste que arrojan las encuestas se aprecia en las calles. Visualmente, la campaña del ‘yes’ es mucho más potente pero la razón es sencilla: son los independentistas los que tienen que desafiar el estatus quo de la propia Escocia y de Londres con su voto (“dare to vote”) mientras que el ‘no’ se alinea con lo políticamente correcto (“orgullosos de ser escoceses, encantados de estar unidos”) y con lo internacionalmente aceptable.

Si dejamos a un lado los sentimientos, los dos movimientos soberanistas divergen. Empezando por la propia historia de la unión británica (se forjó hace cuatro siglos sellando una fusión voluntaria) y terminando porque es el pobre y no el rico el que se quiere ir. Si unimos a ello que no existe ningún tipo de conflicto con la lengua, que nadie pone en cuestión la identidad nacional de escoceses e ingleses y que no se arrastra un complejo mapa autonómico con distintos grados de ambición de autogobierno, llegamos a un escenario difícilmente exportable a la realidad catalana o vasca.

La realidad, sin embargo, es otra. Urkullo acaba de abrir el curso político proclamando que Escocia es el modelo de autogobierno a seguir y es evidente que tanto el Gobierno de Rajoy como el de Artur Mas utilizarán el dictamen escocés para fortalecer sus argumentos. El 18-S tendrá, por tanto, un impacto directo no sólo de consumo interno en España sino también en el marco de las relaciones internacionales. No olvidemos que tanto Merkel como Obama están actuando de testigos y aliados estratégicos para Rajoy y Cameron y que buena parte de las incertidumbres que centran la batalla entre Barcelona y Madrid se despejarán (habría que ver en qué sentido) si Escocia dice sí.

Tampoco en Escocia son ajenos a los anhelos catalanes. En la prensa local, monopolizada estos días por el proceso independentista, se recogen sólidos argumentos que permiten defender con solvencia los dos posicionamientos y que dan una visión bastante certera sobre la complejidad misma del proceso y sobre las implicaciones e impacto que tendrá en otros movimientos como el catalán.

Lo decía, por ejemplo, un analista de la Universidad de Edimburgo: Escocia es mucho más escocesa que Cataluña catalana y lo que de verdad palpita tras el SNP (Partido Nacional Escocés) no es tanto el independentismo frente al unionismo como el grado de autogobierno. Nadie en Escocia tiene el más mínimo problema con ser escocés, cuando en Cataluña conviven los que se sienten catalanes pero no españoles, los que son más catalanes que españoles, los que son tan catalanes como españoles, los que son más españoles que catalanes… y los que se sienten españoles pero no catalanes.

Calentando el 18-S, ya hay quienes se anticipan a ver un futuro confederal en Reino Unido: ¿se llegará al Reino Desunido de Gran Bretaña como vaticina el líder independentista Alex Salmond? ¿Tendría cabida la monarquía en ese nuevo escenario?

El mapa de sentimientos es complejo; pero el trasfondo lo es más. Sobre todo si lo analizamos desde la perspectiva del mundo globalizado y sin fronteras de hoy y pensamos que, lamentablemente, volvemos a situar el debate en la lucha por el territorio que desde el origen de los tiempos no ha dejado de justificar conflictos y guerras (desde la vieja Galia en la que no quedaban ni hombres para luchar hasta la recién invadida Ucrania) cuando la soberanía real de los gobiernos es más que relativa y el propio concepto clásico de Estado nada tiene que ver con el mundo en que vivimos.

De momento, Londres está dando una rotunda lección a Madrid de normalidad democrática. Mientras en España nos dedicamos a asustarnos con el choque de trenes y los recursos en el Constitucional, aquí se exploran oportunidades y se buscan fórmulas para responder a las legítimas ambiciones de unos y otros.

Reconozco que, para mí, el camino no son nuevas fronteras ni himnos ni banderas, pero creo que sería más que saludable tener derecho a discutirlo. Aunque siempre he compartido aquello de que el nacionalismo, ese que tanto tiene que ver con la xenobia y el patrioterismo, es una enfermedad que se cura viajando, tal vez haya llegado el momento de extender la reflexión y proclamar que el antinacionalismo ramplón y visceral también es una enfermedad de la que nos tendríamos que empezar a curar. Más aún si el ‘derecho a decidir’ que estamos defendiendo no es otra cosa que el derecho a construir una forma de vivir mejor; más aún si la vía que estamos proponiendo es la negociación, el diálogo y el acuerdo. No son tiempos de tener alergia a la democracia.